Saturday, April 08, 2017

ADOLFO EL PELMAZO



Pasen por delante de un kiosco cualquiera... Apuesto a que entre las portadas de tipas macizas llenas de tatuajes, moteros amacarrados y señoras que hacen tartas veganas encontrarán una o dos imágenes de portada de Adolf Hitler. Si escrutan un poco más observarán que en tal o cual revista para historiadores amateurs o aficionados a temas esotéricos aparecerán reportajes sobre el vegetarianismo del Fuhrer, las pelis porno que rodaba con su amante cierto alto mando de las SS, los indicios de que la mujer de Goebbels estaba como una puta cabra o los supuestos vínculos entre Goehring y una secta vampírica. Da lo mismo, tú pones la carota del tipo del bigote y ya sabes que el producto se vende. Hitler ha dado ya de comer a tanta gente que de no ser por sus abundantes fechorías podríamos considerarlo casi un filántropo. 

Sí, señores, Hitler era malo, más malo que la quina, pero no acabo de entender por qué despierta tanta fascinación. Ya lo sé, consiguió que millones de alemanes jalearan entusiastas las barbaridades que tan teatralmente exponía en sus apasionados discursos. Pero, qué quieren, a mí me parece un majadero. A fin de cuentas también hoy encontramos multitudes que adoran a psicópatas.

Hay que estar muy loco para montar un infierno en la Tierra como Auschwitz, no hay duda. Pero deberíamos no olvidar aquello de que la historia la escriben los ganadores. Así se explica que atrocidades como el bombardeo de la aviación aliada en Dresden o la atrocidad de Hiroshima y Nagasaki pasen por acciones legítimas de guerra. En cualquier caso no hace falta que retrocedamos tanto en el tiempo para encontrar el mal en su estado más puro. La Guerra de los Balcanes, la Guerra de Iraq, la brutalidad del régimen sirio, el escándalo de los millones que mueren cada año por hambre o enfermedades perfectamente curables en un tiempo en que podemos producir alimentos y medicinas para todos... No merece la pena seguir.

No me interesa Hitler como referente del mal porque creo, como nos enseñó Hannah Arendt, que el mal que envenena el mundo es cotidiano, doméstico y, en cierto modo, banal. 

Les contaré algo. Recientemente, en una clase de Ética planteé la pregunta siguiente: ¿qué deben hacer las sociedades con los débiles? Me pidieron que definiera el concepto, y contesté que "débiles" eran los niños, los ancianos, los disminuidos psíquicos, los minusválidos, los enfermos... Varios alumnos -más de los que yo podía imaginar- declararon su convicción de que las personas "improductivas" que constituyen un gasto "inútil" para la sociedad deberían ser eliminadas o, cuanto menos, las instituciones no debían financiar su supervivencia, su salud y su bienestar. Como en esa clase hay dos niños con gravísimas enfermedades degenerativas que les obligan a desplazarse en silla de ruedas, apelé precisamente al caso de las minusvalías físicas para hacerles ver lo atroz de las creencias que manifestaban. No valió de nada, insistieron en dichas creencias, ante mi asombro y la sonrisa no sé si irónica o aterrada de alguno de los alumnos enfermos en cuestión. 

Creo presentir en aquella sarta de infamias el eco de airadas voces paternas que manifiestan que -empezando por los odiosos inmigrantes- sus impuestos no tienen por qué emplearse en cuidar de vagos, inútiles, maleantes o extraños. 

El mal no tiene para mí la cara de Adolfo. El fascismo está por todas partes y se exhibe con toda desfachatez en la banalidad de lo cotidiano. Quizá los nazis -como los vampiros, los asesinos de masas, los terroristas o los malos de las películas de Hollywood- nos dan a pensar que nosotros estamos del lado de los buenos. Pero miremos bien alrededor, puede que nos sorprendamos.     

8 comments:

Anonymous said...

Vaya entrada mas cruda... Este escrito suyo sí que da para un debate formidable (incluso podría hacer que su lectora Mr.SO decidiera dejar la enseñanza.)

Intento ponerme en su lugar pero me es imposible. No podría mantener esa envidiable pedagogía que usted posee. Detesto la ignorancia supina, esa que se admite como “aceptable” cuando pasa por el colador de la cobardía legítima. Me niego a pensar que los padres de esos chavales/as sean tan “inteligentes” como para transmitir a sus hijos esas ideas cual axiomas incuestionables.

¿Chicos y chicas hablando de improductividad? Aquí hay algo que se nos escapa... (Como diría A.Fascioli) Adolescentes que parecen rechazar el “imperio” al tiempo que trabajan para el; es inaudito que las clases obreras (esos padres de esos chicos) no sepan transmitir que la inmigración es un hecho económico dependiente del estado neoliberal. Ellos son los responsables de administrar el coeficiente productivo de la fuerza de trabajo con los derechos que puede salvaguardar tal sociedad (sanidad, educación, subsidios etc) Puede qué confundan improductividad con la merma del estado de bienestar para ser trasvasado a los ricos; luego, han producido ¿pero a quién?

La idea es que en esta globalización ultraliberal las sociedades sean capaces de compartir lo que les sobra al tiempo que defender como leones los derechos conquistados. Para esto hacen falta organizaciones (fundamentalmente sindicales) que no difuminen la línea que separa la solidaridad con la idiotez (dicho esto cuando la fuerza laboral importada se subsidia con dinero social para multiplicar los beneficios de unos pocos)

La sociedad actual no es pensante; es tecno acroamática funcional (quien más pasta pone en una idea es quien fabrica el pensamiento general) los niños, los padres, los abuelos se retroalimentan con las doctrinas tipo J.A.Marina (por poner un ejemplo donde la excelencia es = a productividad)

Finalmente creo que efectivamente el socialismo cedió el testigo al becerro de oro neoliberal que sin pausa, con sutileza, va cociendo a fuego lento las mentes inoperativas de aquellos sin experiencia o asqueados por ella.

MA

(Le recomiendo una película (fundamentalmente a esos xavales que hablan de productividad) "Yo, Daniel Blake" donde se puede extraer una conclusión tal vez fugaz: el sistema no sabe que hacer con nosotros (los improductivos) y deja que el tiempo resuelva el problema... (tantos y tantos que tienen derechos reconocidos como la dependencia, pero que jamás los disfrutarán... o como mi madre, que murio hace dos meses de epatitis C, a la que nunca le llego el tratamiento que podria haberle salvado la vida.)

Ricardo Signes said...

A Adolf Hitler los países occidentales le han erigido estatuas de agradecimiento en casi todas las grandes capitales en forma de muñecos de cera estabulados en las salas del terror de los museos de Madame Tussauds junto a los Fu Manchús, Frankenstein, Al Capone y demás gente de esa ralea. Da mucha seguridad y resulta reconfortante pensar que el mal y que la responsabilidad de la barbarie nos son ajenos. Pensar lo contrario da dolor de cabeza y nos lleva a conclusiones muy perjudiciales, por ejemplo a eso de "la banalidad del mal" que dice Hanna Arendt.
Nota: Para mí esa categoría -"banalidad"- es un eufemismo de "gilipollez", pero sin caché filosófico. En este punto, precisamente, la literatura le saca ventaja a la filosofía.

Anonymous said...

No creo que la banalidad sea equiparable a la gilipollez. Esta última suele ser normalmente un subproducto, mientras que lo banal deja un espacio vacío entre el propósito y la ejecución.

Arendt resolvió filosóficamente lo que unas cuantas décadas después vendría a confirmarse científicamente; el mal (o el bien) no es radical. Un soldado o un policía pueden ser unos gilipollas pero cuando comenten actos inhumanos (daños colaterales en una misión militar, desalojar a unas pobres personas del techo de mala muerte que los cubre de la intemperie etc no puede darse la explicación de que simplemente lo hicieron por ser gilipollas (en la literatura sí, por supuesto)

Sin embargo... tiene usted razón; el ser humano es un ser obviamente gilipollas. Por esto hay tantos literatos y tan pocos filósofos.

MA

Ricardo Signes said...

¿Subproducto? Qué gracioso. ¡Pero si es una materia prima fundamental! Y claro que no explica el acto la alegación de la inepcia del agente, pero tampoco lo explica su banalidad. Ese soldado o ese policía pueden ser gilipollas o tan listos como usted: eso no importa mucho. La cuestión es cómo se desarrolla (si lo hay) el conflicto entre la obediencia y la conciencia. Ahora bien, si al hablar de "literatura" uno piensa en "Hazañas bélicas", entonces no alego nada.

Ricardo Signes said...

Por cierto, coincido con usted, amigo Anónimo, en la apreciación de la película de "Yo, Daniel Blake". Hacía tiempo que no disfrutaba tanto en el cine.
Un saludo.

David P.Montesinos said...

Me interesa enormemente el concepto arendtiano de la banalidad del mal, pero para no perderme en el mareo semántico prescindiré de él momentáneamente. La razón por la que me hastía esta proliferación de Adolfo como icono, que supera con mucho a la de otro icono pop "positivo" como el Che Guevara, arranca de esa fascinación que arrastra a tanta gente hacia los indeseables y los psicópatas. Nos gusta pensar en un Viejo de la Montaña o en un Hannibal Lecter que lanza a las hordas malignas sobre el mundo para destruirlo. Y eso nos hace dejar de lado que el mal no se escribe con mayúsculas, como en los textos bíblicos, sino con las minúsculas de la administración, las pequeñas decisiones burocráticas, el proceder cotidiano de quien se limita a cumplir órdenes. Pensemos en esos pilotos que lanzan bombas que causan horror y muerte de la que ellos no llegan a saber ni a oler nada. Pensemos en los drones que lanzan "los buenos" y que matan sin riesgos, asépticamente, sin que la sangre nos salpique. Hay políticas de exterminio que no son decididas por el Maligno en un castillo de la Selva Negra, se traman cotidianamente y las deciden hombres a los que votamos o a los que admiramos porque se dice que crean puestos de trabajo.

Anonymous said...

Cité la línea que me parece más susceptible de ser difuminada: la que separa solidaridad con idiotez (coherencia) pero la gilipollez también me parece un calificativo acertado.

Sin embargo no creo que sea justo sospechar que las conclusiones de Arendt se sustenten en esos símbolos (aunque nosotros podamos abreviar con ellos a modo de economizar significantes). Arendt no consigue hallar Engagement en los actos de Eichmann (was dieser mann gemacht ist leer) sin otra implicación más allá de su interés profesional. El artículo en New Yorker (http://www.newyorker.com/magazine/1963/02/16/eichmann-in-jerusalem-i) de esta Sra nos da pie a sospechar de errores semánticos donde “banalidad” se entrecruza con vano... (la raíz no soporta el peso del extremo)

El peso de la obediencia tiene un límite, la elasticidad de la moral tiene más recorrido; el fascismo se sustenta en este principio.
“Ideen Eichmann waren hohl”... Un tipo que no se declara culpable pero no discute que dios le condene. Estamos ante materia prima como subproducto. Si bien el trigo es primario para la harina, esta lo es para el pan. (No es radical)

En cualquier caso, creo que todos estamos de acuerdo y no es necesario que (como dice David) no enfanguemos en cuestiones semánticas (por ahora)) y desde luego estoy totalmente en la linea que apunta David; las minúsculas del mal... tiremos de ese hilo y encontraremos el significado de banalidad.

Un saludo.

MA

P.D. La película que todos hemos visto: “la ola” está basada en las conclusiones de Hannah Arendt convenientemente probadas en laboratorio. (o el experimento de Stanford, un juego de inteligencia etc.. incluso me voy a atrever con “la cabina”) Estamos ante “valientes” sin cimientos. Cuando caen recurren a sus dioses (literatura) pero no a su ética; ¿oración de cobardes?

David P.Montesinos said...

Le añadiría los experimentos de Milgram. En cuanto a la banalidad... simplemente un apunte. Conozco "gestores", tipos que desarrollan con obediente eficacia la labor administrativa de algún tipo de organización, los cuales me jugaría un dedo a que en determinadas circunstancias se comportarían como Eichmann y acudirían al juicio de Tel Aviv con la misma sensación de perplejidad que este caballero mostraba en el juicio antes de que lo ahorcaran.