Monday, March 30, 2026

AMARGA NAVIDAD, DE PEDRO ALMODÓVAR

 











Supongo que es preceptivo referirse a Carlos Boyero cada vez que uno quiere hablar de una película de Pedro Almodóvar. Aunque no creo que sea necesario, entre otras cosas porque no veo la conveniencia de darle publicidad a un señor que, como yo, no ha hecho gran cosa en la vida aparte de despotricar. En una ocasión un supuesto experto en cine me dijo, para desacreditar mi interés por el artista manchego, que había muchos directores españoles mejores . No dudo que fueran buenos los que nombró –yo creo mucho en el cine español- pero es llamativo que el más joven de todos ellos hiciera sus películas no más tarde de los años setenta. Quizá el problema de mi amigo y el de Boyero es que Almodóvar ha envejecido con nosotros, es un cronista de nuestro presente… Pedro es  uno de los nuestros, y eso a veces activa los venenosos resortes de eso tan propio de nuestra península que es el cainismo.

Puede no gustarte Almodóvar, faltaría más. Pero hay dos cuestiones que no acepto.

La primera es que, como dijo un personaje de Cercas que –me temo- le representaba a él, su cine “es una mariconada”. Lo siento, pero no. Almodóvar tiene comedias que no por serlo constituyen productos banales o entretenimientos ligeros. Muy al contrario, hay mucha inteligencia en pelis como Mujeres al borde de un ataque de nervios o Átame. En cualquier caso, su última creación, “Amarga Navidad”, como la reciente “Dolor y gloria”, son cualquier cosa antes que narraciones poco serias. De otro lado, lo de la “mariconada” quizá Cercas –o su personaje- se lo deberían hacer mirar. Me parece estupendo que Almodóvar llene sus pelis de maricas, boyeras, colores chillones, canciones melodramáticas o lágrimas de melancolía. Más que sacar del armario a los gays, lo que ha logrado Pedro es sacarnos un poco a todos. Y ha hecho algo más importante: le ha restado dramatismo y trascendencia a un cine español demasiado instalado en lo más sórdido de la tragedia. Lo español es áspero y doliente, de acuerdo, pero también es afectado, ritual y autoparódico. Está en la cultura en castellano, siempre lo estuvo.

Segunda cuestión. Algunos avisan que El Deseo ya dio lo que tenía que dar. Entiendo que la voluntad de gustar en Hollywood y obtener enormes audiencias, así como la determinación a rodar a menudo, haya propiciado pelis poco significativas, pero es que hablamos de un director que tiene al menos 10 obras de un altísimo nivel. En cualquier caso no percibo que esté envejeciendo mal. La prueba es Amarga Navidad, que me parece de lo mejor que ha rodado este caballero.

Seré claro, yo creo que Boyero no entiende nada de lo que está viendo cuando ve una peli de Almodóvar. No es obligatorio que te guste. Tiene una propuesta muy definida y que, como sucede con las especias más intensas, es fácil que la ames o la odies. Lo que yo digo es no veo en los críticos más acérrimos de Pedro mucho más que un “me cae mal”, “se ha tirado al rollo de las audiencias masivas” o “no me creo nada de lo que veo”.

Concluyo. No voy a contarles la película, pero creo que, aparte de la potentísima seducción que ejerce sobre mí  Bárbara Lennie, Amarga navidad presenta, con mucho cine ya a sus espaldas, una serie de reflexiones que no debemos esquivar.

Podemos pensar que el dilema moral que se nos presenta es si es legítimo que el escritor use a sus allegados para construir su obra. Esto ya lo hizo Woody Allen en la inolvidable Deconstructing Harry, y sospechamos que define un pecado que cometen ambos creadores y, acaso, casi cualquier contador de historias. Creo en cualquier caso que ese es el motivo explícito y menor.

A mis ojos el trasfondo es mucho más potente. Almodóvar nos está diciendo que hay algo en nosotros, o en muchos de nosotros, que nos inclina inexorablemente a incidir una y otra vez en las mismas acciones con las que ya hemos destrozado antes nuestras vidas. Siempre los mismos errores, las mismas contradicciones que nos atraviesan, los mismos demonios… Como el escorpión que mata a la rana a mitad de río, determinando también su propia muerte, somos irreparablemente asesinos y suicidas. Podemos intentar cambiar, pero si lo conseguimos, entonces probablemente perderemos la escasa genialidad de la que podemos presumir. Dejaremos de escribir y de vivir historias que merezcan la pena ser admiradas.

Creo que Amarga Navidad es magnífica, y que Almodóvar en su senectud está mucho más enamorado del cine que de sí mismo. Eso le honra, creo. Digan lo que digan.

 

Wednesday, January 21, 2026

ADAMUZ









 



Cuando sobreviene la tragedia debemos elegir. Cabe exigir medidas de seguridad, incremento de inversiones, delimitación de responsabilidades… Todo esto se debe de hacer, pero lo que a mí me tienta es guardar silencio.



Vivimos en un sistema que se pretende hiperracionalizado. A mí el ferrocarril me ha parecido siempre un modelo de transporte precario. Tremendamente seductor, pero en permanente riesgo, pues el artefacto se desplaza por una estrecha vía que ha de estar siempre en perfectas condiciones. La invención del AVE situó a nuestra vieja nación en la tardomodernidad, convirtiendo los antiguos desplazamientos interminables en acelerados tours de force en los que -con la ayuda de otra invención reciente, el teléfono móvil- se cubren cientos de kilómetros sin establecer vínculos ni con los demás viajeros ni con el paisaje.

Según Paul Virilio, la velocidad cambia nuestra percepción del mundo, y determina por tanto una antropología diferente. No somos los mismos que se desplazan más rápido, somos otros. Es exactamente lo mismo que sucede con la electrónica, que no hace lo mismo con más facilidad, sino que hace algo distinto. “El medio es el mensaje”, dijo McLuhan… La velocidad es el mensaje. En realidad ya no nos desplazamos, viajar era otra cosa.

Si los barcos inventaron los naufragios, entonces convendremos en que los ordenadores crearon los virus y los trenes los descarrilamientos. Cuando creamos la Red de Alta Velocidad el volumen de uso de las vías era muchas veces inferior al actual. Nos desplazamos más veces y más rápido. Nos parece normal que sea así y nos vemos en condiciones de exigirlo. Los accidentes no suceden porque sí, pero aun así es inevitable que sucedan. El accidente y la catástrofe que desencadena son el reverso negativo de nuestra eficacia tecnológica. Si un tren se desplaza a trescientos por hora y se accidenta, la tragedia es espantosa. De igual manera, si se produce un apagón como el de hace unos meses, pero por algún motivo no se resuelve en unas horas, corremos el riesgo de volver a la Edad Media.


No somos fuertes, somos tremendamente débiles. Nuestra tecnología nos da muchas cosas pero está, me temo, destinada a destruirnos. Es lo único que puedo rescatar de esta tragedia: recordar que no hay una gran diferencia entre un insecto y yo. Muero con la misma facilidad y todos mis recuerdos, el amor a mi hija, la primera luz a la que dirigió sus ojos, el dolor del parto de su madre, la emoción de tanto olor a pura vida… todo desaparecerá, “como lágrimas en la lluvia”.

Mi edad no me ha hecho listo ni fuerte, pero he aprendido a valorar el colosal azar de estar vivos. Todos los días mueren seres humanos en todas partes, muchos de ellos en una terrible soledad. Pero cuando se produce una tragedia con docenas de muertos, uno piensa en tantos planes como tenían las víctimas en la cabeza, en el amante que les esperaba al volver a casa, en la camiseta de un ídolo que tienes en la habitación, en las fotos del viaje a París, en el carcinoma maligno que le quitaron de la garganta a tu madre, en aquella cervezas en la playa de O Grove…

Qué tristeza sin fin.