Cuando sobreviene la tragedia debemos elegir. Cabe exigir medidas de seguridad, incremento de inversiones, delimitación de responsabilidades… Todo esto se debe de hacer, pero lo que a mí me tienta es guardar silencio.
Desde la Cueva del Gigante, lugar perdido en un territorio árido donde antiguamente se refugiaban los bandoleros, esta página intenta echar luz, y también alguna sombra, sobre los fenómenos sociales contemporáneos: las nuevas tribus, los simulacros culturales, los movimientos de masas, etc...
Cuando sobreviene la tragedia debemos elegir. Cabe exigir medidas de seguridad, incremento de inversiones, delimitación de responsabilidades… Todo esto se debe de hacer, pero lo que a mí me tienta es guardar silencio.
* Dedicado a mi amigo, José Miguel Campos.
Decimos que la sociedad se halla en desorden. Presentimos la agresividad en el que se cruza con nosotros. Las calles, los caminos y los hogares están llenos de gente que dice sentirse harta de que abusen de ella y cree que tiene que demostrar que “conmigo no van a poder”. A menudo esa indignación no se traduce en nada, excepto ir por el mundo con cara de perro, votar a la ultraderecha y escarnecer a inocentes desde los nicks de internet.
Soy un varón cis hetero –creo que
ahora nos llaman así-, y sobrepaso con creces la mediana edad, lo que me
convierte en sospechoso de toda suerte de tendencias culpables. Tienen razón en
una cosa: experimento una atracción desmesurada por el sexo opuesto. Durante
décadas creí que era una deriva hormonal instalada en mis genes, pues mi padre
era un macho alfa de manual.
Con el tiempo he ido descubriendo que, en realidad, el problema arranca de una circunstancia biográfica de corte traumático: me crié en un colegio religioso masculino. No se imaginan, señoras, el prestigio que obtuvieron ustedes a mis inexpertos ojos a consecuencia de ese desatino pedagógico que es la segregación escolar por género. La razón y la experiencia, no obstante, me indican a cada momento que las mujeres son más o menos igual de egoístas, estúpidas e incongruentes que nosotros.
No sé si vivimos un tiempo de masculinidades enfermas. Quiero pensar que los milennials y sus sucesores traen perspectivas novedosas y sus mentes son, al respecto del género y sus derivados, bastante más abiertas y tolerantes que las de generaciones anteriores. Quiero pensar que, aunque sea por reacción a nuestros dislates biográficos, les hemos inyectado valores más saludables que los que nosotros conocimos.
Viene a cuento esta introducción porque yo he entendido desde el primero momento lo que le pasó a Mazón el famoso día de la Dana. No tiene gracia, pero a veces el mal es cómico, o banal, como diría Hannah Arendt. Dicen en mi pueblo que “donde tengas la olla no metas la polla”. Yo no tengo por qué juzgar la conducta privada de un gobernante, pero cuando por acción u omisión tu conducta propicia muertes, entonces la cosa cambia. Da muy mal rollo el asunto, huele fatal. “Te doy la tele y a cambio tú…”, “siempre me has gustado, ¿no te diste cuenta cuando hablé de ti en público?”… En fin, es todo muy cutre y muy mierder. .
No es un problema de Mazón, ni siquiera es solo de políticos y otros señores con poder. Creo que hay algo profundamente enfermizo en la manera en que los varones nos hemos conducido hacia el otro sexo. No hablo solo del patriarcado institucional, del económico, ni siquiera en el matrimonio, los malos tratos o el acoso sexual… Estoy pensando en lo que solemos llamar las relaciones, o, como dirían en el Renacimiento, el “amor galante”.
Verán. Yo tuve un amigo, Gorroño, que era como el Emérito, sí, no es una broma. Empleábamos el mal chiste de que era hermafrodita, pues tenía la polla en la entrepierna y en la cabeza un coño. Pero, no se engañen, no era un obseso sexual. Uno puede padecer de ninfomanía -por cierto también las mujeres- como quien tiene un problema con el alcohol o el juego. Yo hablo de otra cosa. Aquel tipo era un cazador, necesitaba rastrear la pieza, acecharla y tenderle trampas hasta, finalmente, abatirla. Si obtenía el éxito se la llevaba a la cama, pero eso era algo así como la entrega del trofeo. Gorroño no era lo que Gil de Biedma hubiera llamado un “buscador de orgasmos”. Lo que sí sabías es que el posible noviazgo no duraría demasiado, pues, entre otras cosas, el tipo era insoportable, desleal, mezquino, inoperante.
Cuando esta extraña inclinación se vuelve patológica, ya sabes que el tipo no va a tener otro interés que el de usarte. Lo hará con sus amigos porque no sabe ni quiere hacer otra cosa. A fin de cuentas sus adoradas son importantes en la medida en que forman parte de un juego de supuesta seducción, es decir, su destino también es ser usadas. Durante años, por pura estupidez, llegué a mirar con cierta admiración esta conducta diagnosticada por los psiquiatras como “donjuanismo”. Pensaba que había algo romántico en ella, un indomeñable espíritu aventurero. Cuando lo viví más de cerca, ya no pude sino aborrecerlo. Horas interminables aguantando charlas horrorosas de un puto narcisista sobre la bondad de sus estrategias de seducción, críticas misóginas a unas damas que, obviamente, evitaban mayoritariamente someterse a los caprichos del sujeto, vueltas y revueltas a los mismos antros nocturnos donde había que hacerse el encontradizo… Que coñazo, dios mío, qué ganas de irme a ver un partido de fútbol, leer mis tintines o fotografiar calles y transeúntes.
Siempre he querido gustar a las damas. Pero, verán. Recuerdo un episodio deplorable en el cual Gorroño “le entró” a una chica en el bar de una estación. La joven, una extranjera algo despistada, estaba pasándolo muy mal porque no sabía si había comprado el billete adecuado para ir a cierta ciudad española muy alejada. Mientras la chica, angustiada, imploraba ayuda, Gorroño se dirigía a ella con los habituales fines venatorios... Salió por piernas, con toda la razón, y yo sentí un hastío terrible, una especie de bochorno incontenible por mi condición sexual y por mis criterios en la elección de amistades. Me di cuenta de que esa situación tan deprimente no era una excepción, era la norma. Creo que aquella noche empecé a decirle adiós a Gorroño y, sobre todo, a esa atorrante exigencia masculina de depredar mujeres.
He ligado poco en mi vida y me hubiera gustado alternar con más señoras. Sospecho que ellas siempre me gustaron más a mí que yo a ellas. Pero dicen que para un martillo todo es clavo, y yo, además de un fracasado, seré un cis hetero o lo que a ustedes les apetezca llamarme, pero no soy un martillo ni el mundo es un clavo.
No sé si me entienden.
Desde que Victoria Beckam dijo aquella genialidad de “sin tacones no puedo pensar”, nada me ha parecido tan warholiano como Lamine Yamal. Bueno, en realidad miento, pues basta proyectar una mirada irónica sobre el mundo para darse cuenta de que todo este paisaje hipercomunicado y sometido a la saturación de datos e imágenes es perfectamente warholizable… Ustedes y yo también, por cierto. Si warholizáramos nuestras vidas, si fuéramos capaces de encontrar el lado cómico de nuestras tragedias, nuestras frustraciones y esa cara ridículamente circunspecta con las que deambulamos, quizá seríamos capaces de entender que la vida, ciertamente, no se puede tomar demasiado en broma, pero, sobre todo, no se debe tomar demasiado en serio.
“Soy profundamente superficial”, dijo el padre del Pop-Art. Lo que Andy entendió como pocos es lo idiota y banal que se estaba volviendo la civilización desde que, en los años 60, decidimos que lo que de verdad queríamos no era ser amados, ni tener una familia, ni ir al cielo junto a Dios, sino alcanzar la fama, aunque solo sea durante 15 minutos, y acudir a unos grandes almacenes en vez de a misa. No se ha entendido nunca la radicalidad del gesto warholiano, una reducción al absurdo por la cual, en vez de combatir frontalmente la idiotez dominante, se exhibe compulsiva y obscenamente una idiotez hiperbólica e irónica. Emitiendo signos que, en realidad, no significan nada, Warhol asumía que el destino último de la civilización opulenta es la proliferación de significantes vacíos, efímeros y tan perfectamente seductores como olvidables.
El arte futbolístico de Lamine es mágico, pero intuimos que lleva su cercana fecha de caducidad escrita en la cara. Nadie ha jugado tan bien al fútbol durante tanto tiempo como Messi, ni probablemente, como Cristiano, pero no estoy convencido de que hayan aportado nada valioso a la sociedad. Sin duda los dos han logrado más éxitos que Maradona, pero Diego, que era cualquier cosa menos un hombre ejemplar, arrastraba el aura y la maldición de los guerreros amados de los dioses. Por eso activa fervores santeros en ciudades tan vitales y confusas como Nápoles o Buenos Aires.
Sospecho que su neymarización le dejará a medio camino, pero Lamine podría ser Diego porque tiene algo de su gracia y le acompaña ese aire mesiánico que a veces reconocemos en los héroes surgidos del suburbio. Ser futbolista de élite implica cargar con un pacto fáustico que Cristiano y Messi entendieron perfectamente porque, a pesar de todo, solo son profesionales del fútbol. Obtendrás la gloria y el dinero que desea todo niño, pero no disfrutarás de ello porque no te dejarán ni tu entrenador, ni los periodistas ni el público. Si te niegas tardarás poco en convertirte en un juguete roto. En los acompañantes de Lamine –eso a lo que llaman el entorno- uno adivina la reencarnación de esos tipos con trajes de mafioso que acompañaban a Diego por los boliches de Barcelona cuando tenía veinte años y no entendía por qué los placeres había que postergarlos.
El Príncipe del Pueblo que se hace rico y alcanza todo lo que los pobres ambicionan. En la ostentación hortera, el espantoso pelo teñido y las baladronadas que dice encontramos a un agente pro-sistema involuntario. Pero también hay algo profundamente insolente y levantisco en Lamine. Dani Carvajal, que tiene edad para ser casi su padre, le reprochó alguna tontada dicha recientemente tras la derrota del Barça en el Bernabeu. Con eso, además de demostrar que es un mal tipo y hacer ver a Florentino que es más madridista que nadie, produjo un efecto inesperado que detecto en mis alumnos: “Lamine es nuestro”, piensan.
Es tan ridículo convertir a Lamine en símbolo de una insurrección juvenil como considerar a Vinicius líder del antirracismo. De acuerdo, y sin embargo, detecto en este crío sin padre e incapaz de digerir lo que le está ocurriendo un misterioso poder de comunicación que impacta con mucha fuerza en sus coetáneos. Si lo que comunica es bueno o malo, estoy aún por decidirlo. Pero, lo reconozco, me divierte mucho este muchacho. Con el balón y sin él.