Dicen que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Tan orgullosos andábamos por ganar el Mundial de fútbol... y tenían que venir los
aguafiestas de la OCDE con sus Informes Pisa para recordarnos que las bases
desde las que se sustentan nuestra prosperidad y madurez democrática son
bastante precarias.
Van a leer ustedes muchas cosas. Habrá quien se tome tan en serio el tema que exigirá a los políticos medidas inmediatas y contundentes para mejorar resultados, sin entender que precisamente uno de los problemas de la educación española es la hiperactividad legislativa, que cambia continuamente las formas organizativas en una dirección y en la contraria precisamente para que nada cambie de verdad… Salvo para complicarnos la vida a los docentes, claro.
También habrá quien nos invite a desconfiar de las pruebas, que resultan injustas porque -desde el sesgo cognitivo que las rige- valoran con precisión algunos datos muy objetivables, como la competencia matemática, pero no aprecian las mejoras que en nuestro país se están logrando por ejemplo en la integración de alumnos con dificultades. Y sí, las pruebas Pisa tienen su contexto y sus imposturas, pero no nos engañemos: si nuestros niños no entienden lo que leen y no saben resolver problemas matemáticos sencillos tenemos un problema serio. Que los docentes vengamos avisando de esto y sólo genere preocupación social ahora por los resultados de Pisa prueba que a nosotros se nos hace poquito caso. No nos pondremos histéricos con el Informe, pero no sé si es buena idea que nos entre por un oído y nos salga por el otro.
Finalmente, creo que debemos tener cuidado con la advertencia, que leo mucho en estos días, de que estamos ante “una cuestión multifactorial”. Por supuesto que lo estamos, es así con la escuela y lo es con casi todo lo importante, siempre hay una convergencia compleja de causas. Ahora bien, si el descenso de resultados se viene advirtiendo desde que se normalizó que los niños tengan un teléfono móvil, y se hizo más pronunciado desde la pandemia, cuando la actividad escolar se trasladó enteramente a la tecnología, entonces no es inteligente decir que el móvil es “solo un factor más”. No es el único factor, de acuerdo, pero sí un factor determinante y prioritario. Lo que está haciendo la tecnología con las formas de relación y búsqueda de información lo está haciendo con los cerebros o, para ser más preciso, está transformando de raíz los regímenes de atención y las formas significativas de vincularse al mundo.
Es evidente que estamos ante una crisis de civilización. Tercera ola industrial, posmodernidad, sociedad líquida… llámenla como quieran, pero en nuestra era la aceleración de los cambios es de tal magnitud que resulta inevitable la desorientación. De alguna forma, todos estamos en shock, esperando a que nos digan cuándo nuestros conocimientos se han vuelto inútiles ante una nueva eclosión tecnológica. Con suerte nos dirán que tenemos que esforzarnos por adaptarlos a nuevos procedimientos. La escuela entra en crisis porque todo está en crisis, excepto el concepto de crisis mismo, entendido como incesante mutación. Ante este delirio, un régimen basado en la relación con el pasado y con una lógica largoplacista como el educativo queda en una colosal incertidumbre.
La amplitud del problema nos obliga a movernos en un horizonte conceptual complejo. Nada está más lejos del simplismo con el que los pedagogos y los vendedores de ordenadores que suelen rodear a los gobiernos convencen a los gestores de que, con una terminología cool y gastando pasta en portátiles, lo arreglamos todo. También añadirán que los docentes presentan reticencias al cambio porque están obsoletos y en el fondo llevamos un autoritario dentro y solo creemos en la enseñanza memorística…. En fin.
Siguiendo a Neil Postman, acaso el investigador que más inteligentemente ha entendido la problemática educativa contemporánea, diré que nunca ha sido más necesario preguntarnos qué es la educación, o mejor, por qué tenemos establecimientos educativos y qué espera la sociedad de ellos. Dijo Rousseau que la educación trata de convertir niños en adultos o, lo que es lo mismo, prepara ciudadanos, personas capaces de pensar y sobrevivir por sus propios medios. No estoy seguro de que si preguntamos por la calle nos encontremos respuestas tan rotundas. Y si las encontramos en algún momento, dudo que todos los que las enuncian sepan realmente lo que están diciendo. Es común afirmar que la sociedad cambia desde la educación, pero pasa como con el calentamiento global: decimos que es el mayor problema de la humanidad y que hay que atajarlo, pero luego nos comportamos como negacionistas, pues no exigimos ni a los gestores ni a nosotros mismos la aplicación de las medidas adecuadas.
En suma: afirmo que la sociedad española no es consecuente respecto a la trascendencia del desafío educativo. Las familias llevan a sus hijos a la escuela y pagan impuestos, pero en general no tienen una idea clara de qué es la formación. Eso explica por qué se ha perdido la autoridad del docente. Cuestionar las decisiones de un profesional es razonable en un sistema garantista como el democrático, aunque el experto sea él y no el usuario… Ahora bien, cuando se cuestiona en la práctica la posibilidad de que el responsable de un aula corrija al alumno, lo que implica tomar medidas disciplinarias, entonces no estamos entendiendo en qué tipo de institución nos hallamos.
En todo régimen relacional organizado, desde el fútbol o el tráfico automovilístico hasta una biblioteca, hay reglas y sanciones. Y ha de haberlas porque si no la libertad de unos aplasta a la de otros. Al contrario que en una dictadura, y sé desde niño de qué hablo, donde todo lo que no está prohibido es obligatorio, los espacios de decisión del individuo en democracia han de ser muy amplios, pero eso no significa vivir más allá de las normas. Hay sociedad precisamente porque hay límites. Hay aulas y enseñanza precisamente porque el encargado dispone de autoridad para exigir a sus alumnos una conducta digna de un futuro adulto.
Puedo entender que la posmodernidad ha puesto en duda los grandes relatos. El de la autoridad del profesional y el experto, por ejemplo, se ha desplomado para desgracia de los docentes. La atención y el crédito de nuestros alumnos se han trasladado hacia influencers, youtubers y otras especies. Eso es problemático, como lo es dar una clase de Filosofía a sexta hora, pero la solución no es resignarse, y de igual manera que el personal sanitario es considerado autoridad, las leyes deben conceder al docente la capacidad para sancionar la falta de respeto. No es en cualquier caso una cuestión solo de autoridad punitiva. El usuario del servicio, y pienso en las familias, deben entender que el suspenso es parte de la obligación del profesional. Sin el riesgo de la mala nota no se puede trabajar. Si el aprobado está prácticamente garantizado, entonces el castigo será poner un 9 en vez de un 10, lo cual es ridículo. O entendemos que la titulación tiene algún mérito o damos por hecho que escuelas, institutos e incluso universidades son algo así como espacios de socialización y entretenimiento, pero no agentes de difusión del saber.
El mérito, la cultura del esfuerzo… se manejan con facilidad estos conceptos, pero me temo que también de forma inconsecuente. Las calificaciones de Pisa no pueden sorprendernos porque los profesionales somos perfectamente conscientes de hasta qué punto hemos rebajado los standards de exigencia. "El suspenso es violencia inútil", "repetir curso se ha demostrado que no beneficia al alumno…" He oído este tipo de afirmaciones tantas veces que me pregunto si alguna vez son pronunciadas por alguien que de verdad ha pisado las aulas. Como me pregunto, también, si tras el buenismo progresista de esta negativa a corregir conductas, no se encuentra el designio neoliberal de desprestigiar el conocimiento. A fin de cuentas no es sabios lo que pretende el tardocapitalismo, sino empleados obedientes y entusiastas consumidores.
Esa gran lógica encuentra un sorprendente cómplice en los gestores, con un papel especialmente llamativo en los de izquierda, como en España hemos observado largamente con el Psoe, cuyo primer gobierno construyó el modelo LOGSE, bajo cuya lógica seguimos. La necesaria modernización del país entero requería un especial esfuerzo en educación, pero la logse no estableció los contrapesos adecuados cuando universalizó el servicio, de manera que los remedios a la enfermedad han creado enfermedades nuevas, como bien sabe cualquier profesor que haya conocido el sistema pre-logsiano. La célebre crítica –igualar por abajo- no es un tópico.
Un secretario autonómico de educación en Valencia, el logsiano Vicent Soler, tras afirmar que no veía “ecuaciones de segundo grado caminando por la calle”, dijo que su intención era lograr una “renta educativa básica”. En otras palabras, desde el Psoe solo podemos esperar nuevas formas de rebajar standards de exigencia, degradar el acceso de las clases bajas al saber y formar mano de obra barata, renunciando definitivamente al poder de la escuela pública como ascensor social. Enhorabuena, sobre todo de parte de los compañeros de matemáticas, de los que se burla Soler por su empeño en enseñar problemas matemáticos complejos a sus alumnos. Siguiendo a Hannah Arendt, el mal puede ser pura banalidad, a veces lo que va unido a la peor indecencia es la mediocridad.
Pero lo más tóxico, hablando de gobiernos socialistas, es la creación de la doble red, según la cual se financiarían por el erario público las escuelas privadas que ocuparan zonas con necesidad del servicio, bajo el compromiso institucional de sustituir los conciertos cuando se crearan los centros públicos que se necesitaban. Este compromiso se incumplió, quizá porque nunca hubo intención de cumplirlo. Ahora nos encontramos con una escuela concertada –es decir, pagada por todos- que emplea métodos de corporación privada, permitiéndose elegir tanto a sus trabajadores como a sus alumnos. Frente a ella, una escuela pública sobre la que recae toda la problemática de una sociedad cada vez con más inmigración, más desestructuración familiar, más niños en riesgo económico, más problemas mentales… En un país donde la mayoría de los críos cursan en la escuela pública, no es sorprendente que toda esta problemática tenga repercusión en resultados. Lo que aquí es un aprobado de regalo, en el Informe Pisa es un resultado desastroso. ¿De verdad no lo vemos?
Debo referirme brevemente a otra cuestión. Le llamaré la “emocionalización” del trance educativo. La panoplia de que falta educar emocionalmente a los niños oculta peligros más allá de su aparente buena intención. Un profesor no es un paraterapeuta, entre otras cosas porque ni está formado para ello ni su función como enseñante es la de generar bienestar. La alegría que obtienes al ser elogiada por tus amigas por tu outfit o ganar un juego de ordenador no es fácil que la deparen las instrucciones de un profesor de Educación Física cuando ordena formar en silencio, ni un profe de matemáticas cuando exige esfuerzo para resolver un problema. Yo creo que aprender a hablar en inglés o analizar correctamente una oración deparan satisfacción, pero, no nos engañemos, estudiar supone batallar con la pereza y a veces puede resultar incluso inhumano.
Vivimos, por suerte y por desgracia, en una sociedad capitalista y competitiva. En ella no es relevante si te sientes bien contigo mismo, sino si eres capaz de aportar algo a una empresa cuyo objetivo es producir y vender mercancías. Los políticos mienten, la publicidad manipula, las posibles novias no te harán caso si te pasas el día jugando a la play en el sofá… ¿Preparamos a los nuevos para ser fuertes en un mundo inhóspito o seguimos pensando que el docente es un agente hostil y traumatizante?
Concluyo. Los informes Pisa advierten que los jóvenes aprenden cada vez menos en la escuela. Ante ello podemos optar por abolirla o por entregarla definitivamente a manos privadas para apartar del saber a las clases humildes. Creo que hace falta un gran New Deal educacional que obligue a los Estados a fortalecer el servicio público y ayudar de verdad a cohesionar las sociedades. Eso implica muchas cosas, empezando por incrementar las inversiones, recuperar el crédito del gremio docente, evitar la segregación escolar… Y puedo seguir, les aseguro que puedo seguir. Solo hace una semana que dejé la profesión y más de treinta y tres años que empecé en un Instituto de Toledo. Creo que sé qué es un aula y cuándo se alcanza de verdad el aprendizaje. En distintas comunidades autónomas del Estado Español los profesionales se han manifestado largamente porque saben –vaya si lo saben- que algo no funciona bien.
Quizá los informes Pisa nos indiquen algo de lo que gritábamos en las calles la pasada primavera. Claro que siempre habrá quien diga que la culpa es nuestra. O de Pedro Sánchez. Y así hay quien se queda más tranquilo, claro.





