Thursday, April 16, 2026

I HATE YOU, RUE









 Tengo un problema con Rue Bennett, personaje interpretado, de manera por cierto muy convincente, por Zendaya en “Euphoria”.

Es un problema con la serie en general, aunque no es fácil explicarlo, pues creo que se trata de un producto televisivo talentoso y destinado a la trascendencia. Es más, creo que "Euphoria" se ha visto mucho, pero no se ha analizado suficientemente, pese a que muestra aspectos de la sociedad opulenta del siglo XXI que conviene no esquivar.
Otro matiz previo: mi problema no es generacional. Rue, pese a que algunos de sus atributos suenen muy a “generación de cristal”, encarna una personalidad que, en realidad, ha existido siempre. Estamos ante una libertina a la fuerza, su vida desaseada es producto de la pobreza y la desestructuración familiar. En algún momento de la primera temporada sabemos que fue diagnosticada con TDAC, TOC y ansiedad generalizada, con alguna sospecha de bipolaridad. La muchacha ya llega trastabillada al inicio narrativo de la serie, pues unos meses antes ha estado a punto de ahogarse en sus vómitos por una sobredosis.
No hay, parece, nada divertido en la vida de Rue. A sus 17 años es la más desdichada de un elenco de personajes desorientados y traumatizados a los que la forma de vida de la era de internet y las relaciones líquidas ha atropellado. Aceptamos que se enamore de Jules, quizá el personaje más puro e inocente de la saga, y nos gusta que preserve a su hermana pequeña de cualquier coqueteo con las drogas. Más allá de eso Rue es un desastre, una contradicción andante. Desconfiamos de su voluntad de mejorar porque, en realidad, no quiere reformarse, por más que eso no solo le dañe a ella sino también a sus allegados. La evolución post-escolar de Bennett, expresa en los primeros episodios de la esperadísima tercera temporada, no plantea sorpresas. Quizá por eso el producto de la HBO esté terminando por convertirse en una estrambótica parodia de sí misma y la decisión más inteligente del espectador sea no seguirla.
¿Bien hasta aquí?
Vale, pues ahora me dirijo a la verdadera cuestión que da sentido a esta reflexión. Sostengo que "Euphoria" es una enorme mentira. Hay que tener talento para engañar, por eso he denostado series como "Friends", "Sex and the city" o la reciente "Yellowstone" solo después de visionarlas atentamente. A "Euphoria" le tengo algo más de respeto, pero estimo que es un producto no solo tramposo, efectista y tremendista, sino además tóxico, especialmente para los jóvenes.
Simplemente no es verdadero el personaje de Rue Bennett.
Zendaya es tan guapa y chic que sus lágrimas, su apatía y su condición de fracasada no son creíbles. No es que no encarne con acierto a Rue. Al contrario, lo hace estupendamente, pero no es esa la cuestión. Cassie, la rubia ingenua, Jules, angel trans, Kat, obesa y sexy, Nate guaperas equivocado con respecto a sí mismo… Todos son desdichados y contradictorios, todos aspiran a parecer el James Dean de "Rebelde sin causa".
Y es aquí donde está el problema. Las drogas están buenas, pero son chungas, te deterioran y te matan. Que todos seamos medio maricones te hace muy guay cuando eres muy mona como Zendaya o como Nate, pero el mundo está lleno de Trumps y Putins que te muelen a palos. Si sales desnuda en tik tok como Kat puedes quedar estigmatizada para siempre. La serie presume de no escamotearte los sabores agrios de la vida, pero no lo hace en serio. Entra en ellos para que saborees sus momentos dulces, pero no cargamos con sus verdaderas consecuencias. Los héroes de "Euphoria" no son marginados reales ni padecen las implicaciones de sus supuestas anomalías. Son jóvenes y guapos, tienen un ángel de la guarda que son los guionistas de la serie.
Cuando ves "Euphoria" concluyes en que, después de todo, drogarse, prostituirse, traicionar a los amigos y meterse en líos con delincuentes es muy guay. Mucho más que ser leal, esforzarse por salir adelante y atreverse a cargar con las responsabilidades de los propios errores… Todo eso que hacen los jóvenes aburridos, eso sobre los cuales no trata Euphoria.

Monday, March 30, 2026

AMARGA NAVIDAD, DE PEDRO ALMODÓVAR

 











Supongo que es preceptivo referirse a Carlos Boyero cada vez que uno quiere hablar de una película de Pedro Almodóvar. Aunque no creo que sea necesario, entre otras cosas porque no veo la conveniencia de darle publicidad a un señor que, como yo, no ha hecho gran cosa en la vida aparte de despotricar. En una ocasión un supuesto experto en cine me dijo, para desacreditar mi interés por el artista manchego, que había muchos directores españoles mejores . No dudo que fueran buenos los que nombró –yo creo mucho en el cine español- pero es llamativo que el más joven de todos ellos hiciera sus películas no más tarde de los años setenta. Quizá el problema de mi amigo y el de Boyero es que Almodóvar ha envejecido con nosotros, es un cronista de nuestro presente… Pedro es  uno de los nuestros, y eso a veces activa los venenosos resortes de eso tan propio de nuestra península que es el cainismo.

Puede no gustarte Almodóvar, faltaría más. Pero hay dos cuestiones que no acepto.

La primera es que, como dijo un personaje de Cercas que –me temo- le representaba a él, su cine “es una mariconada”. Lo siento, pero no. Almodóvar tiene comedias que no por serlo constituyen productos banales o entretenimientos ligeros. Muy al contrario, hay mucha inteligencia en pelis como Mujeres al borde de un ataque de nervios o Átame. En cualquier caso, su última creación, “Amarga Navidad”, como la reciente “Dolor y gloria”, son cualquier cosa antes que narraciones poco serias. De otro lado, lo de la “mariconada” quizá Cercas –o su personaje- se lo deberían hacer mirar. Me parece estupendo que Almodóvar llene sus pelis de maricas, boyeras, colores chillones, canciones melodramáticas o lágrimas de melancolía. Más que sacar del armario a los gays, lo que ha logrado Pedro es sacarnos un poco a todos. Y ha hecho algo más importante: le ha restado dramatismo y trascendencia a un cine español demasiado instalado en lo más sórdido de la tragedia. Lo español es áspero y doliente, de acuerdo, pero también es afectado, ritual y autoparódico. Está en la cultura en castellano, siempre lo estuvo.

Segunda cuestión. Algunos avisan que El Deseo ya dio lo que tenía que dar. Entiendo que la voluntad de gustar en Hollywood y obtener enormes audiencias, así como la determinación a rodar a menudo, haya propiciado pelis poco significativas, pero es que hablamos de un director que tiene al menos 10 obras de un altísimo nivel. En cualquier caso no percibo que esté envejeciendo mal. La prueba es Amarga Navidad, que me parece de lo mejor que ha rodado este caballero.

Seré claro, yo creo que Boyero no entiende nada de lo que está viendo cuando ve una peli de Almodóvar. No es obligatorio que te guste. Tiene una propuesta muy definida y que, como sucede con las especias más intensas, es fácil que la ames o la odies. Lo que yo digo es no veo en los críticos más acérrimos de Pedro mucho más que un “me cae mal”, “se ha tirado al rollo de las audiencias masivas” o “no me creo nada de lo que veo”.

Concluyo. No voy a contarles la película, pero creo que, aparte de la potentísima seducción que ejerce sobre mí  Bárbara Lennie, Amarga navidad presenta, con mucho cine ya a sus espaldas, una serie de reflexiones que no debemos esquivar.

Podemos pensar que el dilema moral que se nos presenta es si es legítimo que el escritor use a sus allegados para construir su obra. Esto ya lo hizo Woody Allen en la inolvidable Deconstructing Harry, y sospechamos que define un pecado que cometen ambos creadores y, acaso, casi cualquier contador de historias. Creo en cualquier caso que ese es el motivo explícito y menor.

A mis ojos el trasfondo es mucho más potente. Almodóvar nos está diciendo que hay algo en nosotros, o en muchos de nosotros, que nos inclina inexorablemente a incidir una y otra vez en las mismas acciones con las que ya hemos destrozado antes nuestras vidas. Siempre los mismos errores, las mismas contradicciones que nos atraviesan, los mismos demonios… Como el escorpión que mata a la rana a mitad de río, determinando también su propia muerte, somos irreparablemente asesinos y suicidas. Podemos intentar cambiar, pero si lo conseguimos, entonces probablemente perderemos la escasa genialidad de la que podemos presumir. Dejaremos de escribir y de vivir historias que merezcan la pena ser admiradas.

Creo que Amarga Navidad es magnífica, y que Almodóvar en su senectud está mucho más enamorado del cine que de sí mismo. Eso le honra, creo. Digan lo que digan.

 

Wednesday, January 21, 2026

ADAMUZ









 



Cuando sobreviene la tragedia debemos elegir. Cabe exigir medidas de seguridad, incremento de inversiones, delimitación de responsabilidades… Todo esto se debe de hacer, pero lo que a mí me tienta es guardar silencio.



Vivimos en un sistema que se pretende hiperracionalizado. A mí el ferrocarril me ha parecido siempre un modelo de transporte precario. Tremendamente seductor, pero en permanente riesgo, pues el artefacto se desplaza por una estrecha vía que ha de estar siempre en perfectas condiciones. La invención del AVE situó a nuestra vieja nación en la tardomodernidad, convirtiendo los antiguos desplazamientos interminables en acelerados tours de force en los que -con la ayuda de otra invención reciente, el teléfono móvil- se cubren cientos de kilómetros sin establecer vínculos ni con los demás viajeros ni con el paisaje.

Según Paul Virilio, la velocidad cambia nuestra percepción del mundo, y determina por tanto una antropología diferente. No somos los mismos que se desplazan más rápido, somos otros. Es exactamente lo mismo que sucede con la electrónica, que no hace lo mismo con más facilidad, sino que hace algo distinto. “El medio es el mensaje”, dijo McLuhan… La velocidad es el mensaje. En realidad ya no nos desplazamos, viajar era otra cosa.

Si los barcos inventaron los naufragios, entonces convendremos en que los ordenadores crearon los virus y los trenes los descarrilamientos. Cuando creamos la Red de Alta Velocidad el volumen de uso de las vías era muchas veces inferior al actual. Nos desplazamos más veces y más rápido. Nos parece normal que sea así y nos vemos en condiciones de exigirlo. Los accidentes no suceden porque sí, pero aun así es inevitable que sucedan. El accidente y la catástrofe que desencadena son el reverso negativo de nuestra eficacia tecnológica. Si un tren se desplaza a trescientos por hora y se accidenta, la tragedia es espantosa. De igual manera, si se produce un apagón como el de hace unos meses, pero por algún motivo no se resuelve en unas horas, corremos el riesgo de volver a la Edad Media.


No somos fuertes, somos tremendamente débiles. Nuestra tecnología nos da muchas cosas pero está, me temo, destinada a destruirnos. Es lo único que puedo rescatar de esta tragedia: recordar que no hay una gran diferencia entre un insecto y yo. Muero con la misma facilidad y todos mis recuerdos, el amor a mi hija, la primera luz a la que dirigió sus ojos, el dolor del parto de su madre, la emoción de tanto olor a pura vida… todo desaparecerá, “como lágrimas en la lluvia”.

Mi edad no me ha hecho listo ni fuerte, pero he aprendido a valorar el colosal azar de estar vivos. Todos los días mueren seres humanos en todas partes, muchos de ellos en una terrible soledad. Pero cuando se produce una tragedia con docenas de muertos, uno piensa en tantos planes como tenían las víctimas en la cabeza, en el amante que les esperaba al volver a casa, en la camiseta de un ídolo que tienes en la habitación, en las fotos del viaje a París, en el carcinoma maligno que le quitaron de la garganta a tu madre, en aquella cervezas en la playa de O Grove…

Qué tristeza sin fin.

Monday, December 22, 2025

LAS PIPAS DE LA PAZ


 




* Dedicado a mi amigo, José Miguel Campos. 






Tengo la suerte de formar parte de un coro. Cuando llegan estas fechas solemos interpretar alguna pieza vocal alusiva a la Navidad. Pese a mi irredento ateísmo, esta fiesta está asociada en mi memoria, por razones azarosas, a algunos de los episodios emocionalmente más intensos de mi biografía. No hay fe en mi desgastado corazón para santificar el nacimiento de Jesús de Nazareth, pero tampoco tengo ningún motivo para intentar amargarles los turrones a quiénes sí se sienten inclinados a hacerlo.

Hay quien se enfurece ante tanto deseo de paz y amor, pero yo no veo mayor hipocresía en ello. Cualquier motivo, incluso la celebración de una ficción, me parece saludable si sirve para que la gente se pregunte si de alguna forma podemos intentar ser más decentes.
De entre todas nuestras indecencias, la guerra es la más mortífera y culpable. Se insinúa que llevamos el mal en los genes, y que nuestra propensión a asesinar se escribe en los mismos términos desde hace millones de años, sin grandes diferencias entre el Cromagnon y nuestras sobreinformadas e hipertecnológicas sociedades posmodernas. Yo creo que este razonamiento es tramposo porque tiende a exculparnos. Guerreamos de igual manera que podríamos no hacerlo. Erigimos estatuas a tipos deplorables cuyo mérito es haber enviado a morir a millones de jóvenes por una entelequia llamada patria, definida precisamente por la cantidad de jóvenes de otras naciones a los que ha logrado exterminar.

Mientras escribo, cuento los minutos para interpretar en público “The pipes of peace”, canción con la que Paul McCartney conmemora uno de los episodios más extraños de la Primera Guerra Mundial.
Navidad de 1914. Frenado el avance de las fuerzas del Kaiser en Francia, los dos ejércitos se han atrincherado para proteger sus posiciones. El conflicto, una tragedia de dimensiones apocalípticas, se halla todavía lejos de sus fases más sangrientas. Un soldado asoma la cabeza desde su trinchera. Parece temerario, pero los líderes políticos parecen titubear sobre sus respectivas estrategias, con lo que han pasado algunas semanas sin órdenes de ataque y apenas se oyen disparos. Entona un villancico. El enemigo no dispara. Sale de la trinchera y avanza hacia la tierra de nadie. Desde las posiciones rivales no hay respuesta, solo un silencio expectante. Aparece un soldado enemigo que camina a su encuentro. Se saludan, intercambian cigarrillos y se muestran las fotos de sus respectivas novias. Fuman juntos. Salen otros soldados de ambos bandos. Dicen que acabaron jugando un partido de fútbol. Hay pruebas fehacientes de que esto ocurrió, y ocurrió además en otros puntos del frente y en más ocasiones.
Al año siguiente las autoridades militares se ocuparon expresamente de que tan lamentables incidentes no se repitieran. No tengo ninguna duda de que iban bien encaminados cuando declaraban que la confraternización con el enemigo suponía un grave riesgo para la guerra. Tenían razón. Cuando, como relata tan eficazmente Remarque en Si novedad en el frente, los críos son aleccionados en la escuela por un fervoroso maestro para tirar los libros y alistarse, la imagen del enemigo es la de unos monstruos sin entrañas que amenazan con destruir nuestras vidas y violar a nuestras mujeres. Cuando desde la trinchera François descubre que Heinz es, como él, un desgraciado al que han lanzado unos desaprensivos a morir por nada, la guerra está empezando de verdad a entrar en crisis. Lamentablemente, para entonces ya es una maquinaria infernal a la que no va a ser posible detener.


Alguien dijo que “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan.” Sí, lo sé, la Tregua de Navidad fue muy precaria. Después siguieron muriendo a puñados y no se hizo más voluntad que la de los asesinos, muchos de los cuales ordenaban cargas suicidas, con cientos de bajas inútiles, solo para ganar algo de reputación en el alto mando. Además después del primer año no hay noticia de que se repitiera un suceso similar.

No sé si lo saben, pero durante los cuatro años de la Gran Guerra, entre ataques y repliegues, la línea del frente de trincheras apenas se movió un global de trescientos metros. Da que pensar… Me parece a mí, vamos.
Bon Nadal per a tots.

Wednesday, December 10, 2025

OSTRAS A CUATRO EUROS

 



Deambular por la ciudad, acabando normalmente en el paseo marítimo, es un viejo recurso de mis peores momentos. Como todo ansioso no temo la
tristeza, aunque obviamente no la deseo. Esa amargura azul del derrotado, del que se extravió, del que siempre –como es mi caso- llegó tarde a casi todo… Puedo con ello. No puedo con la incertidumbre, tengo vértigo, siempre lo tuve, no sé desplazarme en el alambre. Necesito saber que he sido derrotado, habitar el “¿… y si?” me descompone.

Ayer, como todo perdedor nato, sentía que las estrellas tienden a alinearse en mi contra, cosa evidentemente falsa. Deseamos lo que no tenemos y nos sentimos los seres más desgraciados del planeta sin acordarnos de que la gente que tiene auténticos problemas no pasa las tardes paseando poéticamente por la playa compungida porque las chicas no le quieren.
En un momento dado me topé con un chiringuito en el que se anunciaban “ostras auténticas” a cuatro euros (No sé cómo son las ostras inauténticas. Me parece en cualquier caso un precio excesivo teniendo en cuenta que no me gustan particularmente y que en una ocasión intoxiqué a una señora a la que intenté seducir comprándole varios de estos bivalvos en el Mercado Central. Me llegó a espetar, mientras vomitaba hasta la primera papilla, que la había intentado envenenar). Ante la tentadora oferta pensé en lo lejos que estaba de sucumbir en aquel momento a su atractivo, en la distancia sideral que me separaba del mundo. Pensé que si entraba a aquel bar y devoraba las cuatro ostras e incluso repetía ración, mi amargura quedaría incólume, me sentiría habitando el mismo pozo de melancolía en el que a veces me instalo con la sensación de que no voy a ser capaz de salir, así los dioses del Olimpo entero se juramenten por sacarme. Qué poco serían cuatro euros y el riesgo de intoxicación si realmente aquella oferta pudiera acabar con mi tristeza.
Déjenme que les cuente algo. Cuando ingresé en la UCI, víctima de un trombo que, por lo visto, no me mató de pura chiripa, la enfermera que me dedicó los primeros cuidados sobre la camilla me indico que debía desnudarme. Le pregunte si del todo, y ella contestó que sí, que “toda la ropa”. Me extendí en la camilla como Dios me trajo al mundo. Pasó una enfermera, miró el festival de la huevada y siguió adelante. La segunda miró con la cara algo más circunspecta. La tercera, también. Sospecho que fue esta la que avisó a la compañera que se encargaba de mí, que acudió y, ante el espectáculo tan edificante, resolvió:
-”Caballero, le he dicho que se quitara la ropa, pero puede taparse con la sábana que tiene bajo su cuerpo”
Esto a ustedes les parecerá muy risible, pero yo en la UCI y a punto de morir soy muy obediente y no particularmente eficaz ni imaginativo. Me dijeron que sin ropa y supuse que debía cumplir la instrucción sin más sutilezas.

Les cuento eso porque cuando salí de la UCI pensé dos cosas que parecen contradictorias, pero que, caso de serlo, he decidido vivir con ellas. Una es lo mucho que amo la vida y lo poco inclinado que estoy a complacer a la Dama de la Guadaña cuando se acerca. La otra es que, aunque amemos mucho la vida, no debemos tenerle el más mínimo respeto.
Estoy plenamente dispuesto a no tomarme en serio a mí mismo más de media hora. Siempre he sabido que las chicas no me quieren, y parece que nunca dejaré de sufrir por ello. Moriré de amor, supongo, porque soy así de gilipollas. Permítanme acompañar estas ridículas reflexiones con una paloma muerta y tirada sobre el asfalto que fotografié esa tarde, no sé por qué, cuando empezaba a caer la noche sobre el Distrito Marítimo.

Sunday, December 07, 2025

SI TIENEN PROBLEMAS DE VOCABULARIO, LLAMEN A ESTO "WOKE"

 







Decimos que la sociedad se halla en desorden. Presentimos la agresividad en el que se cruza con nosotros. Las calles, los caminos y los hogares están llenos de gente que dice sentirse harta de que abusen de ella y cree que tiene que demostrar que “conmigo no van a poder”. A menudo esa indignación no se traduce en nada, excepto ir por el mundo con cara de perro, votar a la ultraderecha y escarnecer a inocentes desde los nicks de internet.

He oído relatos como éste muchas veces de la boca de ancianos. Eran los años cuarenta o cincuenta. Alguien en la aldea robó unas gallinas. Acusaron a un “poca roba” que no había sido, pero al que algún cacique hijo de perra le tenía ojeriza. Lo pusieron a caldo en la caserna hasta que “confesó” y pasó dos años en la cárcel. A la vuelta no le restaba sino callar, no remover el asunto, tragarse la furia y ahogar el odio. Lo curioso es que, a continuación, el anciano siempre añade el mismo remoquete: “Aquello era injusto, pero, lo de ahora, que cada cual hace lo que le da la gana… eso tampoco lo entiendo”.
Sabemos lo que es una dictadura. La de Franco era una sociedad atrasada, los bárbaros -al contrario que en el resto de Europa- habían ganado la guerra; los psicópatas, mientras estuvieran en el bando correcto, podían dar rienda a su crueldad impunemente. Los españoles que estaban realmente dotados para modernizar este país de cabreros fueron asesinados, exiliados, silenciados… Por eso prefiero detenerme en la frase final: “lo de ahora tampoco lo entiendo”… Hay mucho que interpretar en su trasfondo, que en mi opinión refleja antes que nada un estado de ánimo extendido.

Forma parte de la idiosincrasia del anciano la jeremiada, es decir, la convicción de que todo va a peor, que los jóvenes son cada día más vagos e insolentes, que los bandidos andolean impunes aterrorizando a inocentes, que los extranjeros llegan sin control para “sustituirnos”, que ya nadie conoce el respeto… Todas esas cosas ya se decían en tiempos de Platón. Pero en nuestro momento concurren algunas circunstancias especiales. El tránsito hispano de un sistema disciplinar, basado en el terror y con tizne medieval, a un estado de derecho, generó en muchos un inquietante sentimiento de desgobierno y desorden. Este proceso nos encontró paralelamente al de la posmodernidad, mucho más globalizado, que puso en cuestión demasiadas pautas en todos los ámbitos de la cultura como para no hacer estallar la desorientación que hoy parece ser el único sentimiento realmente hegemónico. Como dijo Ortega, “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”.

Hay una respuesta cómoda, la reaccionaria, que se basa en una nostalgia mal entendida. “Hay demasiados derechos”… ¿Cuántas veces he oído esta idiotez? Nunca hay demasiados derechos. El problema, en todo caso, llega cuando los derechos de unos conculcan los de otros. O cuando el derecho existe formalmente pero, como sucede con tantos de ellos, en la práctica no tiene efecto. No vale pedir que se endurezcan las leyes o se recorten derechos si ello solo ha de afectar al que no es como yo, tiene otro color de piel o no comparte mi visión del mundo. No solo no es ético, además no es eficaz, pues destruye la paz social y desactiva los mecanismos de la prosperidad y del diálogo social.

No necesitamos más violencia policial, ni ricos más ricos, ni más paraísos fiscales, ni menos inmigración, ni menos feminismo… Podemos apoyar a los Trump del planeta si queremos ser parte del problema y no de la solución. Esa solución pasa por una democracia deliberativa y enamorada de su diversidad. Debemos redefinir los parámetros del Estado del Bienestar para recuperarlo, con los mismos fines con los que se concibió históricamente y, a ser posible, sin necesitar otra catástrofe como la que propició el fascismo.
No estoy, por cierto, tan convencido como otros de que esté regresando aquel delirio liderado por monstruos como Hitler o Stalin. No hace falta un Trump para acabar con nosotros porque la deriva nuclear, las hambrunas, las pandemias, las guerras contra los parias o el caos climático no necesitan a semejante bufón para destruirnos.
El mundo debe dirigir sus pasos hacia el socialismo, un socialismo que habrá que replantear y que requerirá una innegociable dimensión democrática y cosmopolita.
Si no, nos extinguiremos.

Saturday, December 06, 2025

MAZÓN Y GORROÑO


 








Soy un varón cis hetero –creo que ahora nos llaman así-, y sobrepaso con creces la mediana edad, lo que me convierte en sospechoso de toda suerte de tendencias culpables. Tienen razón en una cosa: experimento una atracción desmesurada por el sexo opuesto. Durante décadas creí que era una deriva hormonal instalada en mis genes, pues mi padre era un macho alfa de manual.

Con el tiempo he ido descubriendo que, en realidad, el problema arranca de una circunstancia biográfica de corte traumático: me crié en un colegio religioso masculino. No se imaginan, señoras, el prestigio que obtuvieron ustedes a mis inexpertos ojos a consecuencia de ese desatino pedagógico que es la segregación escolar por género.  La razón y la experiencia, no obstante, me indican a cada momento que las mujeres son más o menos igual de egoístas, estúpidas e incongruentes que nosotros.

No sé si vivimos un tiempo de masculinidades enfermas. Quiero pensar que los milennials y sus sucesores traen perspectivas novedosas y sus mentes son, al respecto del género y sus derivados, bastante más abiertas y tolerantes que las de generaciones anteriores. Quiero pensar que, aunque sea por reacción a nuestros dislates biográficos, les hemos inyectado valores más saludables que los que nosotros conocimos.

Viene a cuento esta introducción porque yo he entendido desde el primero momento lo que le pasó a Mazón el famoso día de la Dana. No tiene gracia, pero a veces el mal es cómico, o banal, como diría Hannah Arendt. Dicen en mi pueblo que “donde tengas la olla no metas la polla”. Yo no tengo por qué juzgar la conducta privada de un gobernante, pero cuando por acción u omisión tu conducta propicia muertes, entonces la cosa cambia. Da muy mal rollo el asunto, huele fatal. “Te doy la tele y a cambio tú…”, “siempre me has gustado, ¿no te diste cuenta cuando hablé de ti en público?”… En fin, es todo muy cutre y muy mierder. .

No es un problema de Mazón, ni siquiera es solo de políticos y otros señores con poder.  Creo que hay algo profundamente enfermizo en la manera en que los varones nos hemos conducido hacia el otro sexo. No hablo solo del patriarcado institucional, del económico, ni siquiera en el matrimonio, los malos tratos o el acoso sexual… Estoy pensando en lo que solemos llamar las relaciones, o, como dirían en el Renacimiento, el “amor galante”.

Verán. Yo tuve un amigo, Gorroño, que era como el Emérito, sí, no es una broma. Empleábamos el mal chiste de que era hermafrodita, pues tenía la polla en la entrepierna y en la cabeza un coño. Pero, no se engañen, no era un obseso sexual. Uno puede padecer de ninfomanía -por cierto también las mujeres- como quien tiene un problema con el alcohol o el juego. Yo hablo de otra cosa. Aquel tipo era un cazador, necesitaba rastrear la pieza, acecharla y tenderle trampas hasta, finalmente, abatirla. Si obtenía el éxito se la llevaba a la cama, pero eso era algo así como la entrega del trofeo. Gorroño no era lo que Gil de Biedma hubiera llamado un “buscador de orgasmos”. Lo que sí sabías es que el posible noviazgo no duraría demasiado, pues, entre otras cosas, el tipo era insoportable, desleal, mezquino, inoperante.

Cuando esta extraña inclinación se vuelve patológica, ya sabes que el tipo no va a tener otro interés que el de usarte. Lo hará con sus amigos porque no sabe ni quiere hacer otra cosa. A fin de cuentas sus adoradas son importantes en la medida en que forman parte de un juego de supuesta seducción, es decir, su destino también es ser usadas. Durante años, por pura estupidez, llegué a mirar con cierta admiración esta conducta diagnosticada por los psiquiatras como “donjuanismo”. Pensaba que había algo romántico en ella, un indomeñable espíritu aventurero. Cuando lo viví más de cerca, ya no pude sino aborrecerlo. Horas interminables aguantando charlas horrorosas de un puto narcisista sobre la bondad de sus estrategias de seducción, críticas misóginas a unas damas que, obviamente, evitaban mayoritariamente someterse a los caprichos del sujeto, vueltas y revueltas a los mismos antros nocturnos donde había que hacerse el encontradizo… Que coñazo, dios mío, qué ganas de irme a ver un partido de fútbol, leer mis tintines o fotografiar calles y transeúntes.

Siempre he querido gustar a las damas. Pero, verán. Recuerdo un episodio deplorable en el cual Gorroño “le entró” a una chica en el bar de una estación. La joven, una extranjera algo despistada, estaba pasándolo muy mal porque no sabía si había comprado el billete adecuado para ir a cierta ciudad española muy alejada. Mientras la chica, angustiada,  imploraba ayuda, Gorroño se dirigía a ella con los habituales fines venatorios... Salió por piernas, con toda la razón, y yo sentí un hastío terrible, una especie de bochorno incontenible por mi condición sexual y por mis criterios en la elección de amistades. Me di cuenta de que esa situación tan deprimente no era una excepción, era la norma. Creo que aquella noche empecé a decirle adiós a Gorroño y, sobre todo, a esa atorrante exigencia masculina de depredar mujeres.

He ligado poco en mi vida y me hubiera gustado alternar con más señoras. Sospecho que ellas siempre me gustaron más a mí que yo a ellas.  Pero dicen que para un martillo todo es clavo, y yo, además de un fracasado, seré un cis hetero o lo que a ustedes les apetezca llamarme, pero no soy un martillo ni el mundo es un clavo.

No sé si me entienden.