Saturday, June 13, 2026

SOBRE LA EJEMPLARIDAD








Hace algún tiempo me encontré ante la encrucijada de mantener en mi departamento las horas de la optativa de Psicología, una asignatura que siempre me divirtió impartir. Decidí que mientras pudiera mantener las horas de Ética –“valores éticos”, o como la quieran denominar los legisladores de turno- el departamento estaría a salvo. Renuncié a la Psicología porque entendí que lo irrenunciable era la Ética.

¿Lo es?

Es característico del sujeto de la tardomodernidad buscar refugio a su inevitable desequilibrio en los laboratorios de la psicoterapia. Nada que objetar, yo también lo hago a menudo. Pero descubro que, por lo general, para sanar una mente azotada por el disturbio los especialistas terminan siempre insistiéndote en que eres estupendo, que tu destino no es agradar a todo el mundo y que tienes la obligación de pasártelo muy bien y enviar a tomar por culo tus complejos, tus culpabilidades y tus problemas de autoestima.

Está muy bien, pero, verán, he visto durante los últimos años a muchos individuos comportarse como auténticos indeseables después de haber pasado por largos periodos de psicoterapia. Esto no significa que la solución de buscar ayuda psicológica sea inadecuada, lo que significa es que a veces tu salud mental se asocia a elementos como la meditación, el desapego, la irresponsabilidad o el hedonismo… y eso es como poco discutible. Insisto, no digo que la psicología te convierta en un hijoputa, lo que digo es que por el mundo pululan muchas personas que han solucionado sus tormentos mentales cagándose en su madre, en sus compañeros de trabajo y en general en las desgracias del mundo.

Conozco personas muy atorrantes que hablan a menudo de la importancia de las emociones, te dan la paliza con que consumas cremas sin toxinas, practican biodanza o cuando deseas estrangular a un puto nazi te dicen que el odio es venenoso y te ofrecen una mediación.

Yo me planteo una cuestión mucho más antigua y esencial: ¿cómo podemos ser más decentes? Tengo problemas de conciencia y, lo siento por los pelmas de las terapias integrativas, pero el único camino que me sirve para estar en paz conmigo mismo es el de comportarme con dignidad.

Explica Javier Gomà en su magnífico ensayo,  “Ejemplaridad pública”, que los comportamientos reprobables nos sedan, pues cuando los observamos nos permiten sentirnos superiores, confortados en nuestra supuesta superioridad moral. Por el contrario, los comportamientos ejemplares nos turban, nos inquietan, ponen en peligro nuestra consistencia moral, pues descubrimos en ellos que no hemos hecho lo bastante.

Me está pasando en los últimos días. He participado en la movilización de profesores, un acontecimiento político al que otorgo una gran trascendencia, no solo por la justicia de sus demandas, sino por su frescura, su masividad imprevista, su voluntad de resistir y pelear con un gobierno de farsantes e incompetentes. Hay quienes han hecho mucho más que yo. Fui escéptico con las posibilidades de una huelga indefinida y eso me hizo entregarme a ella sin demasiada convicción, con más remilgos de los que tuvieron compañeros que se han dejado mucho esfuerzo y mucho dinero para hacer posible lo que a mí me parecía tan difícil.

Este escrito está dedicado a ellos. Por su decencia, por la ejemplaridad de su conducta por la cual han sido capaces de inquietar mi ánimo y mi conciencia. Va por ellos, por haber contestado a la gran pregunta de la ética: ¿cómo podemos ser más decentes?

Tuesday, June 09, 2026

HASTA EN UN PUEBLO DE DEMONIOS

 










Acudes a un psicoterapeuta porque experimentas síntomas de ansiedad, tu mente está intoxicada por pensamientos intrusivos o te devoran miedos irracionales. Por lo general te explica que debes quererte y que tu misión en la vida no es complacer a tus prójimos.

De mí han dicho que soy un hijoputa en una cuantas ocasiones, pero han sido más aquellas en las que se me ha achacado bondad excesiva, lo cual me aboca, supongo, al riesgo de recibir hostias por encima de la media.
Debo entender que estoy invirtiendo la tendencia, pues últimamente me he ganado unos cuantos enemigos. Canta Joaquín Sabina que es mentira que no tenga enemigos y que también es mentira que no tengan razón. Yo me he ganado animadversiones por exceso de embestida, por impaciencia, por actuar sin el más mínimo sentido de la oportunidad, por meterme donde no me llaman, por amar a quien no debía, por no amar a quien debía… En fin, supongo que hay pedazos de todas estas cosas en el gigantesco naufragio que es la biografía de cualquiera. Me merezco algunas de estas hostilidades, y hay opiniones que me preocupan, pero, lo siento, entre quienes me odian abundan más los cretinos.
Perdonen la arrogancia, pero sospecho que el motivo principal de algunas animadversiones, al menos desde que empecé a asomarme a la senectud, es que he decidido no someterme a ciertas tiranías. Y digo a “ciertas” porque, como cualquiera, me someto miserablemente a muchas en la vida cotidiana. Me pasa sobre todo en el trabajo. Se me insta a que apruebe el curso a alumnos que se han tocado las gónadas todo el año, que no sancione a un acosador, que aguante sus impertinencias a compañeros maleducados o que una señora que no tiene ni puta idea cuestione mi vocación o mi profesionalidad porque su dulce hija es una diosa por más que cuando la miro yo sólo veo a un mandril.
Pero los abusos no están solo en las aulas, ni mucho menos. Hay en las carreteras conductores que se comportan como matones, señoras que te empujan en el metro sin motivo, salteadores de supuestas organizaciones que se cabrean mucho si no les haces caso por la calle, especialistas en joderte la peli en las salas de cine, señoras que se cuelan en el supermercado… Me gano algún que otro odio porque, en contra de lo previsible, resulta que a veces contesto y afeo la conducta a los abusones. No lo hago siempre, ni siquiera habitualmente, pero a medida que envejezco me he dado cuenta de que si dejas que los malos ganen y te limitas a huir, el mundo termina volviéndose inhóspito sin remedio.
¿Soy mejor que ellos? A ver, ser mejor que tipos como mis vecinos del primero A no requiere grandes esfuerzos, son una tribu de indeseables. Lo que sí tengo claro es que me hallo a años luz de la perfección. ¿Cabrón? Sí, bastante, como todo el mundo excepto Vicent E., un amigo del que algún día les hablaré y al que considero venido de otro sistema solar.
Concluyo.
No estoy seguro de cuál es el camino más certero para propiciar un mundo más justo y habitable para todos. Decía Kant que un sistema normativo adecuado podría hacer posible la convivencia “hasta en un pueblo de demonios”. Quizá, puesto que Herr Kant suele tener razón, deberíamos dejar de especular sobre nuestra maldad –a fin de cuentas somos lo que somos- y ponernos de acuerdo sobre unas pocas cuestiones esenciales.
Se me ocurren dos. La primera es relativa al dolor físico. No sé cómo una mente tan laberíntica como la del simio que somos puede garantizar la paz de espíritu, pero sí creo que hay maneras de poner límites al dolor del cuerpo, es decir, el que asociamos al hambre, la enfermedad, las guerras, la violencia en todas sus formas… Necesitamos un mundo donde poner en peligro la integridad física de las personas sea absolutamente punible.
La segunda, en el fondo vinculada a la anterior, tiene que ver con los débiles en general y, en particular, con los niños. El sufrimiento de los niños es intolerable. Moriré maldiciendo a los Netanyahu del mundo que lo provocan sin ninguna piedad, pero me gustaría más ver antes de morir cómo la exigencia de poner fin al sufrimiento infantil en todo el mundo se convierte en un factor civilizatorio absolutamente innegociable e inexcusable.
… Y eso valdría hasta en un pueblo de demonios

Friday, May 15, 2026

UNA MANIFESTACIÓN HISTÓRICA EN VALENCIA

 




Hay momentos en que ver rotas tus convicciones, lejos de importunarte, te inyecta esa dosis de esperanza que necesitas para seguir viviendo, para no sucumbir a la cómoda tentación del cinismo.


A medida que envejeces se va alzando a tus espaldas la alargada sombra del pesimismo. Hace falta ser eso a lo que llaman un “ser de luz” –alguien como mi madre- para que las medias suelas de tu alma no te aneguen de melancolía. Has toreado ya en demasiadas plazas repletas de mediocridad, de apatía, de crueldad… Crees que tu especie se ha vuelto previsible en el peor sentido.


Y entonces… Y estos puntos suspensivos se hacen muy largos. Ayer presencié la mayor movilización de profesores de toda mi vida. Las he visto grandes, muy grandes, y las he visto también escuálidas y deprimentes. He hecho muchas huelgas y he participado en muchas movilizaciones a lo largo de mi vida. Normalmente siempre van los mismos y siempre faltan los mismos. Todos nos conocemos en una capital no particularmente grande como Valencia.


En los últimos años, durante el Govern del Botànic en el País Valencià he visto, con auténtica indignación, cómo se acumulaban las razones para explicarle a los partidos de izquierda que si no trabajan con honestidad y determinación a favor de la enseñanza pública es mejor que no se presenten a elecciones.  


Pero sí, lo sé, con la derecha todo es mucho peor. El PP es un partido al que votan muchos pobres pero que trabaja para los sectores sociales acomodados. He dicho en muchas ocasiones que llamar estúpidos a los votantes de PP o Vox no soluciona gran cosa, aunque, lo siento, hay que ser muy cándido para ser clase obrera y creer que tus amigos son tipos como Trump o Florentino Pérez, y tus enemigos unos desdichados que llegan en patera.


No creí que esta movilización fuera a salir bien, lo reconozco. Y resulta que me encuentro una auténtica revuelta social, perfectamente civilizada pero masiva, que alcanzó proporciones colosales en la mañana del viernes. Qué enorme alegría, qué placer haberme equivocado.


No sé si conseguiremos algo. Hay razones muy profundas por las que creo que la educación pública en España está herida de muerte. De ese pesimismo de base no voy a salir por dos semanas de litigio.


 Pero sí hay una razón para que las sonrisas regresen a los rostros. Ahora que se cumplen tres lustros del 15M, que sigue siendo la referencia política y moral que me sujeta, invade nuestro ánimo la espantosa sensación de que el espíritu  más neandertal y reaccionario se ha apoderado del alma de millones de nuestros conciudadanos en España, en Europa y en el mundo. Ayer las calles de Valencia se llenaron de gente civilizada, miles y miles de personas instruidas cantaban y bailaban en defensa de la educación. Pero hay algo más, es una movilización contra el fascismo, contra la violencia, contra la incultura, contra Trump… Es, en definitiva, un hermoso esfuerzo de miles de ciudadanos valiosos contra tantos y tantos energúmenos y fachas de mierda que creían haberse apoderado de las calles.

 

 

Tuesday, May 12, 2026

"¿Y...?"











Durante algún tiempo vivió en el apartamento de abajo del mío una pareja de argentinos. Él era algo hosco, quizá tímido, pero se intuía que era buena persona. Ella era dulce, encantadora. Un día desaparecieron. Supe por una vecina de estas que están al cabo de la calle de todo el mundo que ella le había dejado por un antiguo novio. Al cabo de algún tiempo él apareció de nuevo en el bloque. Pasaba los días y las noches en el balcón, fumando un cigarrillo tras otro. Era la imagen incontestable de la desdicha. Un hombre abandonado, desorientado, sin nada a lo que aferrarse excepto al tabaco. Alguna vez pensé en decirle algo, cualquier cosa que pudiera ofrecerle consuelo. ¿Por qué no lo hice?
Tiempo después desapareció. Pasado algún tiempo mi pareja y yo fuimos padres. Una mañana, con el bebé en brazos, me lo volví a encontrar en el patio. Parecía estar mejor. Vio a mi pequeña hija y recuerdo muy bien lo que me dijo:
“¿Y…?”
No dijo nada más. Yo le contesté que tenía dos semanas de vida. La miró con ternura. Supongo que había vuelto para recoger sus cosas, pues ya no le volví a ver. A veces, cuando miro a su balcón que ahora ocupa una familia de Pakistán me pregunto qué habrá sido de él. Si rehízo su vida con otra mujer, si regresó a Argentina, si logró superar al fin aquel trance amoroso tan triste. Me pregunto incluso si dejó de fumar cuando entendió que buscar refugio en un cigarrillo no te salva de nada en esta vida, aunque ese, el de encontrar su protección, es a lo que aspiras cuando lo enciendes.
Escribió Cioran que no es Dios sino el dolor quien tiene el don de la ubicuidad. “Quizá incluso los dinosaurios sucumbieron a la melancolía”
Hay un relato autobiográfico de Pilar Barrenechea que me persigue. Una niña lloraba incesantemente. ¿Por qué? Quizá el mundo no le gustaba. El caso es que un día descubrió que no iba a encontrar atención ni consuelo, por lo que detuvo su llanto, supongo que para siempre.
A mí, como a aquella niña, no me gusta cómo es el mundo. Lloro a veces por él, sospecho que no tiene remedio y que los seres humanos seguiremos sin entender que querer a otras personas es lo único que otorga algún sentido a nuestra existencia.
Últimamente me pongo malo cada vez que en un telediario me cuentan que un tipejo ha matado a su mujer o ha abusado de niños. O cuando los dueños del planeta juegan a la guerra y bombardean a gente inocente en Oriente Medio. Los varones no hemos parado de cargar de razones al feminismo para desconfiar de nosotros.
Después de más de medio siglo creo poder afirmar que, con todas mis inobservancias, mis violencias y mis contradicciones, no soy un mal tío. Quiero y he querido a distintas mujeres con las que he compartido muchas cosas de mi vida. He invertido muchos esfuerzos en su salud y en su felicidad, a veces con resultados frustrantes.
Dijo Kant que debemos saber qué nos es dado conocer y qué debemos hacer, pero que no somos dueños de lo que nos espera si hacemos lo que debemos. Tienes derecho a preguntarte qué puedes esperar, pero no sabes qué es lo que te espera.
Necesitamos amar y ser amados, yo al menos sé que estoy condenado a esa flaqueza.
¿Qué habrá sido de aquel argentino? Me lo pregunto a estas horas de la tarde lluviosa con la que empieza mayo

Thursday, April 16, 2026

I HATE YOU, RUE









 Tengo un problema con Rue Bennett, personaje interpretado, de manera por cierto muy convincente, por Zendaya en “Euphoria”.

Es un problema con la serie en general, aunque no es fácil explicarlo, pues creo que se trata de un producto televisivo talentoso y destinado a la trascendencia. Es más, creo que "Euphoria" se ha visto mucho, pero no se ha analizado suficientemente, pese a que muestra aspectos de la sociedad opulenta del siglo XXI que conviene no esquivar.
Otro matiz previo: mi problema no es generacional. Rue, pese a que algunos de sus atributos suenen muy a “generación de cristal”, encarna una personalidad que, en realidad, ha existido siempre. Estamos ante una libertina a la fuerza, su vida desaseada es producto de la pobreza y la desestructuración familiar. En algún momento de la primera temporada sabemos que fue diagnosticada con TDAC, TOC y ansiedad generalizada, con alguna sospecha de bipolaridad. La muchacha ya llega trastabillada al inicio narrativo de la serie, pues unos meses antes ha estado a punto de ahogarse en sus vómitos por una sobredosis.
No hay, parece, nada divertido en la vida de Rue. A sus 17 años es la más desdichada de un elenco de personajes desorientados y traumatizados a los que la forma de vida de la era de internet y las relaciones líquidas ha atropellado. Aceptamos que se enamore de Jules, quizá el personaje más puro e inocente de la saga, y nos gusta que preserve a su hermana pequeña de cualquier coqueteo con las drogas. Más allá de eso Rue es un desastre, una contradicción andante. Desconfiamos de su voluntad de mejorar porque, en realidad, no quiere reformarse, por más que eso no solo le dañe a ella sino también a sus allegados. La evolución post-escolar de Bennett, expresa en los primeros episodios de la esperadísima tercera temporada, no plantea sorpresas. Quizá por eso el producto de la HBO esté terminando por convertirse en una estrambótica parodia de sí misma y la decisión más inteligente del espectador sea no seguirla.
¿Bien hasta aquí?
Vale, pues ahora me dirijo a la verdadera cuestión que da sentido a esta reflexión. Sostengo que "Euphoria" es una enorme mentira. Hay que tener talento para engañar, por eso he denostado series como "Friends", "Sex and the city" o la reciente "Yellowstone" solo después de visionarlas atentamente. A "Euphoria" le tengo algo más de respeto, pero estimo que es un producto no solo tramposo, efectista y tremendista, sino además tóxico, especialmente para los jóvenes.
Simplemente no es verdadero el personaje de Rue Bennett.
Zendaya es tan guapa y chic que sus lágrimas, su apatía y su condición de fracasada no son creíbles. No es que no encarne con acierto a Rue. Al contrario, lo hace estupendamente, pero no es esa la cuestión. Cassie, la rubia ingenua, Jules, angel trans, Kat, obesa y sexy, Nate guaperas equivocado con respecto a sí mismo… Todos son desdichados y contradictorios, todos aspiran a parecer el James Dean de "Rebelde sin causa".
Y es aquí donde está el problema. Las drogas están buenas, pero son chungas, te deterioran y te matan. Que todos seamos medio maricones te hace muy guay cuando eres muy mona como Zendaya o como Nate, pero el mundo está lleno de Trumps y Putins que te muelen a palos. Si sales desnuda en tik tok como Kat puedes quedar estigmatizada para siempre. La serie presume de no escamotearte los sabores agrios de la vida, pero no lo hace en serio. Entra en ellos para que saborees sus momentos dulces, pero no cargamos con sus verdaderas consecuencias. Los héroes de "Euphoria" no son marginados reales ni padecen las implicaciones de sus supuestas anomalías. Son jóvenes y guapos, tienen un ángel de la guarda que son los guionistas de la serie.
Cuando ves "Euphoria" concluyes en que, después de todo, drogarse, prostituirse, traicionar a los amigos y meterse en líos con delincuentes es muy guay. Mucho más que ser leal, esforzarse por salir adelante y atreverse a cargar con las responsabilidades de los propios errores… Todo eso que hacen los jóvenes aburridos, eso sobre los cuales no trata Euphoria.

Monday, March 30, 2026

AMARGA NAVIDAD, DE PEDRO ALMODÓVAR

 











Supongo que es preceptivo referirse a Carlos Boyero cada vez que uno quiere hablar de una película de Pedro Almodóvar. Aunque no creo que sea necesario, entre otras cosas porque no veo la conveniencia de darle publicidad a un señor que, como yo, no ha hecho gran cosa en la vida aparte de despotricar. En una ocasión un supuesto experto en cine me dijo, para desacreditar mi interés por el artista manchego, que había muchos directores españoles mejores . No dudo que fueran buenos los que nombró –yo creo mucho en el cine español- pero es llamativo que el más joven de todos ellos hiciera sus películas no más tarde de los años setenta. Quizá el problema de mi amigo y el de Boyero es que Almodóvar ha envejecido con nosotros, es un cronista de nuestro presente… Pedro es  uno de los nuestros, y eso a veces activa los venenosos resortes de eso tan propio de nuestra península que es el cainismo.

Puede no gustarte Almodóvar, faltaría más. Pero hay dos cuestiones que no acepto.

La primera es que, como dijo un personaje de Cercas que –me temo- le representaba a él, su cine “es una mariconada”. Lo siento, pero no. Almodóvar tiene comedias que no por serlo constituyen productos banales o entretenimientos ligeros. Muy al contrario, hay mucha inteligencia en pelis como Mujeres al borde de un ataque de nervios o Átame. En cualquier caso, su última creación, “Amarga Navidad”, como la reciente “Dolor y gloria”, son cualquier cosa antes que narraciones poco serias. De otro lado, lo de la “mariconada” quizá Cercas –o su personaje- se lo deberían hacer mirar. Me parece estupendo que Almodóvar llene sus pelis de maricas, boyeras, colores chillones, canciones melodramáticas o lágrimas de melancolía. Más que sacar del armario a los gays, lo que ha logrado Pedro es sacarnos un poco a todos. Y ha hecho algo más importante: le ha restado dramatismo y trascendencia a un cine español demasiado instalado en lo más sórdido de la tragedia. Lo español es áspero y doliente, de acuerdo, pero también es afectado, ritual y autoparódico. Está en la cultura en castellano, siempre lo estuvo.

Segunda cuestión. Algunos avisan que El Deseo ya dio lo que tenía que dar. Entiendo que la voluntad de gustar en Hollywood y obtener enormes audiencias, así como la determinación a rodar a menudo, haya propiciado pelis poco significativas, pero es que hablamos de un director que tiene al menos 10 obras de un altísimo nivel. En cualquier caso no percibo que esté envejeciendo mal. La prueba es Amarga Navidad, que me parece de lo mejor que ha rodado este caballero.

Seré claro, yo creo que Boyero no entiende nada de lo que está viendo cuando ve una peli de Almodóvar. No es obligatorio que te guste. Tiene una propuesta muy definida y que, como sucede con las especias más intensas, es fácil que la ames o la odies. Lo que yo digo es no veo en los críticos más acérrimos de Pedro mucho más que un “me cae mal”, “se ha tirado al rollo de las audiencias masivas” o “no me creo nada de lo que veo”.

Concluyo. No voy a contarles la película, pero creo que, aparte de la potentísima seducción que ejerce sobre mí  Bárbara Lennie, Amarga navidad presenta, con mucho cine ya a sus espaldas, una serie de reflexiones que no debemos esquivar.

Podemos pensar que el dilema moral que se nos presenta es si es legítimo que el escritor use a sus allegados para construir su obra. Esto ya lo hizo Woody Allen en la inolvidable Deconstructing Harry, y sospechamos que define un pecado que cometen ambos creadores y, acaso, casi cualquier contador de historias. Creo en cualquier caso que ese es el motivo explícito y menor.

A mis ojos el trasfondo es mucho más potente. Almodóvar nos está diciendo que hay algo en nosotros, o en muchos de nosotros, que nos inclina inexorablemente a incidir una y otra vez en las mismas acciones con las que ya hemos destrozado antes nuestras vidas. Siempre los mismos errores, las mismas contradicciones que nos atraviesan, los mismos demonios… Como el escorpión que mata a la rana a mitad de río, determinando también su propia muerte, somos irreparablemente asesinos y suicidas. Podemos intentar cambiar, pero si lo conseguimos, entonces probablemente perderemos la escasa genialidad de la que podemos presumir. Dejaremos de escribir y de vivir historias que merezcan la pena ser admiradas.

Creo que Amarga Navidad es magnífica, y que Almodóvar en su senectud está mucho más enamorado del cine que de sí mismo. Eso le honra, creo. Digan lo que digan.

 

Wednesday, January 21, 2026

ADAMUZ









 



Cuando sobreviene la tragedia debemos elegir. Cabe exigir medidas de seguridad, incremento de inversiones, delimitación de responsabilidades… Todo esto se debe de hacer, pero lo que a mí me tienta es guardar silencio.



Vivimos en un sistema que se pretende hiperracionalizado. A mí el ferrocarril me ha parecido siempre un modelo de transporte precario. Tremendamente seductor, pero en permanente riesgo, pues el artefacto se desplaza por una estrecha vía que ha de estar siempre en perfectas condiciones. La invención del AVE situó a nuestra vieja nación en la tardomodernidad, convirtiendo los antiguos desplazamientos interminables en acelerados tours de force en los que -con la ayuda de otra invención reciente, el teléfono móvil- se cubren cientos de kilómetros sin establecer vínculos ni con los demás viajeros ni con el paisaje.

Según Paul Virilio, la velocidad cambia nuestra percepción del mundo, y determina por tanto una antropología diferente. No somos los mismos que se desplazan más rápido, somos otros. Es exactamente lo mismo que sucede con la electrónica, que no hace lo mismo con más facilidad, sino que hace algo distinto. “El medio es el mensaje”, dijo McLuhan… La velocidad es el mensaje. En realidad ya no nos desplazamos, viajar era otra cosa.

Si los barcos inventaron los naufragios, entonces convendremos en que los ordenadores crearon los virus y los trenes los descarrilamientos. Cuando creamos la Red de Alta Velocidad el volumen de uso de las vías era muchas veces inferior al actual. Nos desplazamos más veces y más rápido. Nos parece normal que sea así y nos vemos en condiciones de exigirlo. Los accidentes no suceden porque sí, pero aun así es inevitable que sucedan. El accidente y la catástrofe que desencadena son el reverso negativo de nuestra eficacia tecnológica. Si un tren se desplaza a trescientos por hora y se accidenta, la tragedia es espantosa. De igual manera, si se produce un apagón como el de hace unos meses, pero por algún motivo no se resuelve en unas horas, corremos el riesgo de volver a la Edad Media.


No somos fuertes, somos tremendamente débiles. Nuestra tecnología nos da muchas cosas pero está, me temo, destinada a destruirnos. Es lo único que puedo rescatar de esta tragedia: recordar que no hay una gran diferencia entre un insecto y yo. Muero con la misma facilidad y todos mis recuerdos, el amor a mi hija, la primera luz a la que dirigió sus ojos, el dolor del parto de su madre, la emoción de tanto olor a pura vida… todo desaparecerá, “como lágrimas en la lluvia”.

Mi edad no me ha hecho listo ni fuerte, pero he aprendido a valorar el colosal azar de estar vivos. Todos los días mueren seres humanos en todas partes, muchos de ellos en una terrible soledad. Pero cuando se produce una tragedia con docenas de muertos, uno piensa en tantos planes como tenían las víctimas en la cabeza, en el amante que les esperaba al volver a casa, en la camiseta de un ídolo que tienes en la habitación, en las fotos del viaje a París, en el carcinoma maligno que le quitaron de la garganta a tu madre, en aquella cervezas en la playa de O Grove…

Qué tristeza sin fin.