Thursday, July 22, 2021

LOS AUDIOS








 

Florentino Pérez piensa que todos somos unos mierdas. No estoy en condiciones de aseverar que se equivoca. No lo ha dicho textualmente, pero suponemos, en función de lo que dice en los célebres audios, que si solo se refiere a Del Bosque, Cristiano o Casillas para defenestrarlos, es porque no le da tiempo a crujirnos a usted o a mí.


Se trata de una conversación privada, claro. Si cuando el tito Floren llama “tolilis” a los demás se aplicara un poquito el cuento, quizá sería más precavido a la hora de confiar en indeseables y no se dejaría grabar conversaciones. Pero es lo que tiene ser un líder, que uno cree que quien le mira embelesado solo es un fan y no un Judas en potencia.


Debemos ser sinceros. Yo, que no ostento cargos relevantes, digo auténticas burradas de ustedes en mis conversaciones privadas. Si salieran a la luz mis conversaciones, advertirían que a menudo me salen espumarajos por la boca. Y no es para menos, porque ustedes, mis prójimos, son exasperantes, entre otras cosas porque se niegan contumazmente a plegarse a mis deseos. 


No obstante, no deja de tener su gracia que un amplio sector de la prensa deportiva se invista con los ropajes de la dignidad para negarse a dar difusión a unas declaraciones obtenidas de forma ilícita. El caso de la Sexta,  el canal de Milikito y Ferreras, que presume de independencia y desenfado pero que besa por donde pisa el Presidente del Madrid, resulta especialmente significativo: ni una palabra en el circo del Chiringuito para los audios robados al Gran Señor.



Lo primero que se me ocurre tras escuchar los audios es que, de entre todos sus empleados, los únicos que merecen la pena son los que le obedecen ciegamente. Eso no significa que no los desprecie. Piensen por ejemplo en su portavoz, Butragueño, quien ya era un petardo como futbolista y que ahora vive de lamerle el culo a quien él definió en algún momento como “un ser superior”. (Sí, amigos, la miseria humana no tiene límites, ya ven lo que puede llegar a reptar un ser humano por un buen salario). Seguro que de él también piensa que es un mierda, pero un mierda que no crea problemas merece menos palabras. Por el contrario, Raúl, Casillas, Del Bosque y cualquier otro que en algún momento haya puesto en duda aquello de “sus deseos son órdenes”  son reos de toda suerte de crímenes. ¿Leyendas del madridismo? Desde luego, y personajes mucho más nobles y valiosos que él en todos los aspectos. Por eso, porque lo que necesitan los tipos como él son súbditos, terminó librándose de ellos tras haber usado a sus tribunos mediáticos para desprestigiarles.

 






Floren es la perfecta definición del macho alfa hispánico. Él siempre tiene planes geniales para salvar al mundo, y nuestra obligación es “ayudarle”, es decir, ponernos a sus órdenes. Lo demás es poner palos en las ruedas. ¿Y si esos planes incluyen mi destrucción? Es el coste de la prosperidad y el progreso. ¿Y si un tipo así puede terminar causando la ruina general? Eso es lo que profetizamos los agoreros que no entendemos de qué va esto del capitalismo posmoderno.

Me contó un amigo en el que confío que asistió, junto a Floren, a una reunión de alto standing en un banco. El aludido entró con una botella de champán -del bueno- que descorchó con gran solemnidad para celebrar que acababa de echar a trescientos empleados de alguna de sus numerosas empresas. Qué majo, ¿eh? Ignoro si dio rienda suelta al espumoso también el día que empezaron a temblar las costas de Castellón por las prospecciones de Castor en busca de petróleo.


En España han triunfado muchos tipos así. Recuerdo las simpatías que en su momento despertó el estrambótico Ruiz-Mateos, al que mi abuela quiso entregar alguna limosna para salvarlo de la ruina en la que le había sumido el malvado gobierno socialista. O lo gracioso que a algunos les resultaba Jesús Gil, uno de los personajes más repelentes y tóxicos que he visto nunca. Italia, por ejemplo, ha probado durante décadas de esa medicina con Berlusconi. Está bien que nos quejemos porque en otros pagos europeos nos consideren países poco serios a los del sur, pero hay que saber hacerse responsable de lo que uno apoya.


Floren parece menos esperpéntico que estos. Además sabe mantenerse prudentemente alejado de los territorios anti-sistema que frecuentaron otros. Pero en el fondo creo que no hay grandes diferencias. Son personajes igualmente nocivos, oligarcas destinados a fomentar el capitalismo de amiguetes, destruyendo cualquier atisbo de igualdad de oportunidades en el espacio empresarial, y a neutralizar la acción política sometiendo -de grado o por la fuerza- la voluntad de los gobernantes.

 

¿Moralismo?

 

A ver, dijo la bicha, es decir, el ex Vicepresidente Iglesias, que los amos financieros del país no son tan malos como él pensaba antes de gobernar, sino que aún “son peores”. El Real Madrid de Pérez se hizo inmensamente rico gracias a una operación inmobiliaria digna de una república bananera y que el Psoe no se atrevió a echar atrás porque el tito les advirtió que con el Madrid en contra jamás tendrían a Zp de Presidente del Gobierno. 


En cualquier caso, uno debe saber deducir de cualquier buen texto de un economista, incluyendo a los más izquierdistas, que el problema del capitalismo no se explica por la iniquidad moral de los explotadores y por la inocencia de los explotados. Lo diré de una vez: este país no es víctima de sus amos porque, a muchos de ellos, los ha convertido deliberadamente en lo que son. Si ahora mismo a Floren le diera por presentarse a las elecciones ocupando el trono de Pablo Casado estoy casi convencido de que alcanzaría la Moncloa.

 

Explicando la trascendencia y la dificultad de la Ilustración, dijo Kant hace dos siglos que llega un momento en que no es la crueldad y el poder omnímodo lo que explica la fortuna de los mandarines, es más bien la debilidad humana -la necesidad de amos- lo que les hace fuertes. “Es tan cómodo”, dijo el de Konigsberg, “no estar emancipado”.  Lo que no quieren saber los lacayunos, esos españoles que siguen -a estas alturas, Señor- gritando aquello de “vivan las caenas”, es lo mucho que sus líderes los desprecian.

 

“Solo sois unos tolilis”, dice. No hay más que servirle la segunda copita y arrimarle la grabadora. Y lo peor es que tiene razón, hay que ser imbéciles.




Thursday, July 15, 2021

A PROPÓSITO DEL ASESINATO DE SAMUEL











Las comunidades en las que vivimos no son tan civilizadas como para sentirnos liberados de una violencia que puede llegar a ser atroz, pero sí lo son al menos para que la actividad de manadas y jaurías continúe desatando la indignación colectiva. 

No albergo dudas sobre el carácter homófobo del asesinato de Samuel. Destrozar a un pobre chico al grito de "maricón de mierda" incorpora un serio agravante -el previsto en los delitos de odio- a la ferocidad del acto. Si eres débil, estás solo o formas parte de algún colectivo vulnerable, tus posibilidades de ser víctima de los bárbaros se incrementan seriamente... por eso hay más mujeres o más homosexuales a los que se acosa, se golpea o se asesina. En cualquiera caso dudo que la brutalidad de la jauría de Riazor se hubiera detenido en caso de que Samuel hubiera sido heterosexual. En mayor o menor medida, todos estamos expuestos a esta barbarie porque, a diferencia del fascismo más institucionalizado de la ultraderecha, que sí señala con precisión a quién hay que perseguir, las jaurías no distinguen en exceso, sobre todo cuando van cargadas de alcohol a altas horas de la madrugada. 

Tampoco me extenderé sobre las causas inmediatas de esta violencia juvenil que parece haberse recrudecido, al menos en los medios, desde que empezaron a relajarse las medidas contra la pandemia. Las crisis económicas, yo lo sé bien porque trabajo en una escuela pública de un barrio humilde, no salen gratis. Alcohol, desocupación, fracaso escolar, violencia sexual, drogas... La fórmula incorpora muchos conceptos de este tipo, ya lo sabemos. 

No es un buen momento para invitar a la gente a desdramatizar esta psicosis creciente, entre otras cosas porque la violencia, y más -obviamente- cuando conduce al asesinato, es siempre dramática. Ahora bien, me niego a sucumbir a algunas conclusiones muy tentadoras en estos momentos, como las de horrorizarse ante la agresividad de la juventud actual o lanzar jeremiadas sobre lo insoportable del tiempo en que vivimos, entre otras cosas porque -afortunadamente- no soy Javier Marías. 

Lo siento por los revolucionarios más acérrimos, pero no vivimos en una sociedad sustancialmente violenta, fundamentalmente porque no formamos parte de un estado fallido. Tengo alumnos hispanoamericanos, subsaharianos, eslavos, magrebíes... Sé de lo que hablo, vivir en un país europeo supone, en términos comparativos, formar parte de comunidades pacificadas y respirables. Y no es así porque nos lo hayan regalado Franco, la Iglesia, los terratenientes o la alta burguesía -estos son más bien los que históricamente han intentado evitarlo-, es así porque la ciudadanía ha peleado por construir el estado de derecho. 

En cuanto a la violencia juvenil... Pues, verán, existe, no hay duda, y se debe neutralizar con políticas adecuadas, pero creo que a menudo mostramos cierta amnesia respecto a los viejos tiempos, esos por los que tanto suspiran los rancios como Marías. Puedo hablarles, si quieren, de la violencia que se respiraba hace cuatro décadas en las aulas o en el patio de la escuela, en las calles, incluso en los hogares. No, amigos, los chavales de ahora ni son más violentos ni son más crueles o acosadores que lo fuimos nosotros, no seamos hipócritas. 

Sí acepto que el paisaje actual integre algunos elementos novedosos. Y conviene identificarlos. 

No es éste, por muchas razones, un buen momento para la credibilidad de las instituciones, especialmente las destinadas a la representación. Si los adultos vamos por el mundo -seguramente sin que nos falten razones- acusando de sinvergüenzas y corruptos a los profesionales de la política, tampoco parece muy razonable pedir después a nuestros sucesores que se afilien a los partidos y cumplan con su "sagrado deber democrático" de ejercer la participación. 

Concurre de otro lado un grave problema generacional. Nosotros crecimos en medio de una expectativa biográfica que vinculaba el esfuerzo al éxito o, al menos, a una vida digna. Ese relato se ha ido desfondando de tal manera, sobre todo en las dos últimas décadas, que la incertidumbre parece haberse adueñado de las mentes, con los resultados imaginables: jóvenes sumisos cuando alcanzan algún bienestar digno de tal nombre, jóvenes desencantados y cínicos cuando, como la mayoría, dirimen sus días en medio de una lamentable precariedad. 

Para acabar con el diagnóstico, y ya que a los políticos y a la prensa les gusta descargar culpas sobre los docentes -no hay más que ver cómo aquellos nos ignoran sistemáticamente con cada nueva ley-, yo les lanzo una pequeña andanada a todos ellos. Es una grave inconsecuencia depositar sobre la escuela la promesa de una sociedad justa, pacificada e ilustrada, sobre todo cuando todo lo que ocurre tras los muros del aula, y que nuestros alumnos viven a diario, juega radicalmente en contra de lo que nosotros les transmitimos. Está muy bien poner alguna hora semanal de Ética o de talleres de emociones, introducir algún educador social entre los pasillos y en el patio o crear grupos de mediación y convivencia. Pero si convertimos los establecimientos educativos, en especial los públicos, en una gran red de cuidados paliativos para lo que la tribu al completo hace mal, entonces la escuela fracasará incesantemente, pues nunca se puede estar a la altura de unas demandas utópicas. ¿De verdad creen que no luchamos contra el acoso y la violencia a diario en nuestros centros? Y, por cierto, recordando el caso de Samuel, lo hacemos por ejemplo contra la discriminación a los compañeros homosexuales, por más que luego aparezcan los señores de la derecha acusándonos de "adoctrinarles en la ideología de género", que tiene cojones la cosa. 

Entiendo que todo diagnóstico respecto a una situación problemática exige tratamiento. No tengo vacunas, no al menos fáciles de explicar en este espacio. Hace quince años, en el ensayo que logré publicar, traté de explicar que la herencia generacional no estaba siendo transmitida, y que éste es un signo de los tiempos. La idea es compleja y necesité casi 300 páginas para perfilarla, pero insisto en lo esencial: los jóvenes, muy especialmente en nuestro país, no saben para qué están aquí. Los hemos educado como consumidores, pero no hemos tenido agallas para explicarles que tienen que tomar el relevo y gobernar la sociedad que les estamos dejando, lo cual es una faena titánica... precisamente por eso no puede dilatarse indefinidamente el fin de la adolescencia. Si se educa a un niño negándole sistemáticamente la mirada hacia el horizonte del universo adulto, lo que conseguiremos es que sea niño para siempre... Y lo que es peor, que quiera serlo, que tenga miedo a la emancipación y que se ampare hasta el fin en el confort de la dependencia. 

Pueden algunos asociar mis impresiones a la propuesta de un regreso de la mili o, aún peor, de los viejos valores ascéticos o religiosos en las que ya no creen ni los párrocos de aldea. No es cierto. Lo que yo planteo es desmercantilizar la vida de los jóvenes, hacerles entender que no todo es comprable y consumible, sacarles del bucle adictivo del botellón, las redes sociales y los videojuegos, todas esas formas de "soma" con los que los súbditos del Mundo Feliz de Huxley sorteaban el malestar de una sociedad destinada a la obediencia y a la previsibilidad. Podría explicarles cómo lo intentamos desde la escuela, al menos muchos de nosotros, pero no hay mucho que hacer si no conseguimos implicarles a todos ustedes en la pelea. Como dice un proverbio africano: "Educa toda la tribu". 

Descansa en paz, Samuel. 

Friday, July 02, 2021

IMPREVISTOS

 



 


 

1. La vida y el fútbol son imprevisibles. Decía Cioran que cuando alguien está demasiado convencido de algo se le dibuja cara de asesino... Varias veces, durante el ya legendario España-Croacia del lunes, aseveré con ridícula suficiencia que ocurriría tal y tal cosa, y que no ocurrirían tales otras. Me equivoqué en todo. También estaba absolutamente seguro de que un rato después Francia derrotaría sin dificultades a la frágil selección suiza... y adivinen qué equipo se clasificó para cuartos de final. 

 

A lo largo de mi vida, ante mis ojos incrédulos, se han desarrollado aconteceres que jamás creí posibles. Demasiadas cosas han quedado fuera del guion, demasiados acontecimientos resultaron incontrolables. Se me ocurre que solo al precio de perder la lucidez puedes atreverte a ir por ahí pretendiendo hallarte en posesión de la verdad. Quizá envejecer consista en saber que nunca dejarás de rectificar, o mejor, que vas a seguir equivocándote hasta el fin.






 

 

 

 

 

 

 


2. La serie "El niño ciervo" tiene una pinta de puerilidad que tira para atrás, pero opté por concederle una oportunidad... Y resulta que funciona. Adolece acaso de un exceso de inocencia, ausentes los desparrames sanguinolentos habituales en este tipo de teleficciones. 

 

Como en casi toda serie distópica, la humanidad se ha ido a la mierda, en este caso por algún virus mortífero. Al tiempo que estalla la pandemia, empiezan a nacer humanos con algunos atributos animales: niños-ciervo, niños-oso, niños cerdo... Grupos de sobrevivientes, a los que no cuesta asociar con el fascismo, deciden que los híbridos son los causantes del desastre y forman patrullas para capturarlos y exterminarlos. Algunos individuos aislados les protegen porque de alguna manera empiezan a entender que, en realidad, los híbridos no son los causantes del desastre, sino más bien la respuesta que la naturaleza ofrece para salvar a la humanidad. 

 

Hay momentos en que se me ocurre alguna afinidad entre el niño ciervo y algún alumno inmigrante, trans, homosexual o simplemente "no normal" que me encuentro en mis aulas. Sí, quizá es un símil muy traído de los pelos, pero me asalta cuando veo la serie, qué le voy a hacer. 




 

 

 

 

 


 

 

3. "La España de las piscinas. (Cómo el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado su mapa político)", de Jorge Dioni López, va ya por la segunda edición, y sospecho que es más por el boca a boca que por una ingente labor de promoción editorial. 

 

El ensayo es excelente, está perfectamente documentado y las implicaciones políticas que es capaz de vislumbrar invitan a un debate profundo sobre lo que de verdad importa, que es la manera en que vivimos. Olviden las causas identitarias y las banderas, viene a decir... ocupen  los espacios de decisión urbanísticos y dominarán el mundo. El modelo de la propiedad inmobiliaria, la vida a crédito, el "cochismo"... Todos estos fenómenos están vinculados a la cultura de la extensión descontrolada de las grandes urbes, las llamadas edge cities, exportadas de los USA y que han terminado por imponerse en la vieja Europa. También la forma en que vivimos es política, mejor dicho, nada es más político que eso.  La ocupación del territorio, la gentrificación de los viejos centros urbanos, la "turistización"... todo está secretamente vinculado al impulso de construir suburbios supuestamente seguros y tranquilos, destinados a la vivienda individualizada y conectados a la metrópoli gracias a una red interminable de ramales y autovías. No cuesta reconocer la íntima conexión entre el boom inmobiliario y la consiguiente recesión, de cuyos efectos aún luchábamos por salir cuando nos sorprendió el covid. Estamos ante un modelo insostenible y sus consecuencias de futuro son desastrosas. 

Lectura imprescindible. Tan necesaria como en su momento lo fue la de "La España vacía", el célebre e influyente ensayo de Sergio del Molino.

 

* Escribí hace muchos años sobre la gelidez de los edge cities, aquí llamados "urbanizaciones". Es curioso, el tipo al que visité en su casa de "Nuevos Edenes" -nombre que, obviamente me inventé- era lector acérrimo de Thoreau y su "Walden", y presumía de amar la naturaleza y detestar el aire viciado de las urbes. Qué paradoja: destruimos los bosques para urbanizarlo todo, pero nos gusta pensar que somos, como Thoreau, unos amantes de la naturaleza refugiados en su pequeño paraíso ecológico. Qué poderosa ideología es el neoliberalismo y cómo nos gusta engañarnos a nosotros mismos, joder. 

http://lacuevadelgigante.blogspot.com/2006/12/nuevos-edenes-visito-un-primo-lejano.html

 

Thursday, June 24, 2021

¡¡¡¡SU PRIMER LUISVI!!!








La inflación mediática que padecemos es muy tóxica, ya lo sé, pero nos proporciona impagables momentos de comicidad. El video de la mamá del "luisvi" parece extraído de El Mundo Today,  pero resulta que va completamente en serio. "No es para tanto, cariño", le dice a la niña cuando sus lágrimas de emoción se hacen incontenibles. ¿Como que no, majadera? Con lo que has pagado por el bolso viviría una familia durante meses.

Teniendo en cuenta la cantidad de personas valiosas que a duras penas llegan a fin de mes, que semejante tonta de baba nade en la abundancia invita a imitar al Santo Job y, mirando al cielo, preguntar: "Tío, pero tú, ¿de qué cojones vas?"

La humanidad tiene un problema muy grande con la riqueza. El imaginario novelesco retrata a los antiguos mandarines como ridículos glotones, pero los ricos de nuestro tiempo son aún más patéticos: basan su distinción en el standing de las marcas que consumen. En mi juventud me causaba cierto apuro denunciar la opulencia: temía ser acusado de envidioso. Ya no. Pasaron los años en que me seducían personajes como el Gran Gatsby, el Ciudadano Kane o, por aterrizar en la realidad, Richard Branson o Mark Zuckerberg, que por cierto me parecen casi tan vacuos y tan gilipollas como nuestros Mario Conde, Jesús Gil o Ruiz-Mateos. La realidad es que la inmensa mayoría de privilegiados que fabrica el capitalismo contemporáneo son unos mierdas. Conozco infinidad de pijos insufribles que no han tenido un problema en su vida y que jamás han hecho otra cosa que obedecer a sus papis y seguir la corriente. Si yo fuera capaz de escribir una novela sobre un héroe de verdad buscaría a un subsahariano que se sube a una patera en Libia o pensaría en algunos de mis alumnos, de cuya existencia sin padres y criándose en un hospicio me informan puntualmente los servicios sociales del ayuntamiento de la localidad donde trabajo. (Fliparían ustedes con algunos casos, se lo aseguro)

 

Recuerdo una conferencia del admirable economista Juan Torres que denunciaba a los especuladores como "criminales". Cuando, atascada la rentabilidad de sus inversiones en el petróleo, se inclinan al sector alimentario, generan subidas en el precio de mercancías como el trigo que complican la vida e incluso matan de hambre a cientos de miles de personas en los lugares más pobres del planeta. Pero no hay que viajar muy lejos para encontrar infamias. La Gran Recesión, con el consiguiente rescate a los bancos, es probablemente la mayor estafa de la historia, y ha supuesto un traslado de riqueza a las élites y de consiguiente desigualdad que no tiene precedentes. Es curioso que sean los reaccionarios que por pura estupidez adoran a este tipo de bandidos los que más se quejan de la "blandura" de las leyes con respecto a rateros y ladrones de poca monta, o los que disfrutan gritando en los bares contra los inmigrantes. 

 

 

 

¿Demagogia? Sí, probablemente. Cioran afirma que debemos estar de lado de los débiles, "pero sin olvidar ni por un momento que están hechos de la misma pasta que sus opresores". También se me podría objetar que yo soy, a fin de cuentas, otro privilegiado y que también aspiro a distinguirme de mis vecinos a través de mis elecciones como consumidor. Podríamos debatir sobre el exceso de confort en que vivimos y la huella ecológica que dejamos, pero me cuesta pensar que el opel corsa de 11 años que tengo y el piso de 70 metros en que vivo con mi familia son un ejemplo de obscena opulencia. 

 

Lo diré de una vez: la feroz desigualdad que atraviesa este planeta es una vergüenza para un tiempo en el cual somos capaces de modificar genéticamente los alimentos, viajamos a Marte o fabricamos vacunas en dos meses que salvan millones de vidas frente a una pandemia. En un momento en que las colas del hambre están repletas, se desestructuran vidas a velocidad inusitada o se incrementa hasta el 30 por ciento el porcentaje de niños en riesgo de exclusión, insulta a cualquier conciencia mínimamente sensible saber que en España el número de ricos se acercará a los dos millones de personas hacia 2025, lo cual explica por qué una de las pocas industrias que ha crecido en la última década es la del lujo. 

 

Por cierto, y a propósito de mi condición de docente, dos consejos a la ínclita tik toker, quien por cierto dicen que tiene un millón de seguidores, lo que me hace preguntarme si la mayoría no la siguen para reírse de ella. 

 


El primero es que la próxima vez que una hija suya acabe "la sele" se meta el luisvi por donde le quepa. Me ha costado un huevo motivar a mis alumnos para preparar las pruebas EBAU hablándoles sobre un futuro universitario y profesional en el que ni yo mismo creo demasiado. No sé si me entienden. 

 

El segundo: si quieres lucirte en youtube ten al menos la decencia de no sacar a la niña, a la que has conseguido convertir en el hazmerreír nacional. Con mofarnos de tu estupidez ya tenemos bastante. 

  


Thursday, June 17, 2021

NORUEGA. RAFAEL LAHUERTA.

 


Cuando supe que Rafael Lahuerta había llamado "Noruega" a su novela me picó la curiosidad. Bastó iniciar la lectura para confirmar lo que suponía, que Rafa sólo querría escribir sobre aquello que conoce perfectamente: Valencia. 


Conocí a Lahuerta hace algunos años. Creo que me tiene cierto cariño porque soy nieto de uno de los primeros héroes del club de fútbol que ambos amamos enfermizamente. En su primer libro, "La balada del Bar Torino", me sentí identificado con todo lo que relataba sobre la magia del viejo Mestalla, sobre el Matador Mario Kempes, sobre esa indescifrable pasión que hace temblar desde que, siendo niños, nuestros padres o abuelos nos llevaban al estadio. En aquel graderío aprendí cómo son los varones adultos cuando, abandonados el traje y las responsabilidades, se dejan llevar por sus pasiones más primitivas. Rafa es la única persona que recuerda perfectamente una anécdota que formará parte de mi memoria hasta el día que me extinga. Valencia-Sevilla... Kempes capturó el balón en área propia, lanzó el contragolpe, atravesó la inmensidad del rectángulo sin que ningún rival pudiera frenarle mientras el rumor en la grada se incrementaba, alcanzó la frontal y, contra toda prudencia, conectó un izquierdazo feroz que entró cruzado ante la inútil estirada del célebre portero sevillista, conocido como Super Paco. Un viejo que se sentaba siempre en primera fila saltó al campo... No era nada premeditado, fue el puro entusiasmo de un anciano que, acaso, vivió el último momento de inflamación pasional de su vida... Se abrazó sobre la hierba a Kempes, que, sorprendentemente, le abrazó también a él. Una comunión así entre un futbolista y sus fans me parece irrepetible, pero Mario era así. 



"Noruega" es una novela sobre el dolor de crecer, sobre la falta de delicadeza con la que la vida nos atropella. Y es, también, el relato entrecortado de una ciudad que se abrió a duras penas a la modernidad y a la posmodernidad, que aquí se dieron a la vez. 


"Tú, que eres joven y aún estás a tiempo, huye de aquí, márchate... Esta ciudad te matará", le dice Raúl Núñez, el flaco, al protagonista. 


Tiene razón en lo básico: Valencia es una ciudad criminal, aunque quizá lo sea toda ciudad donde uno nace y crece si cae en la imprudencia de amarla. Una mujer de Calabria me dijo hace poco que en Valencia se sentía como en casa. Aquello me hizo pensar en cierta frase de "Noruega" que cito de memoria: "Valencia es una ciudad italiana en el país equivocado". 

 


Valencia te mata, te mata lentamente porque es una ciudad que no tiene remedio. Nos aferramos con tal convicción a nuestras contradicciones que si en algún momento desfilara la Diosa Razón ante nosotros giraríamos la cabeza para no tener que verla. 

 

Resultado de un aterramiento interminable ganado a los pantanos, los cronistas romanos de los tiempos fundacionales describieron la desembocadura del Turia como un contorno de mosquitos y malaria. Como en la albufera, especies destinadas a sobrevivir en el fango chapotean respirando a duras penas y tratando de arrebatarle la pieza al vecino. No afirmo que en esta ciudad haya más hijos de puta que en ninguna otra... el éxito de bandidos y trileros atraviesa el conjunto de la civilización. Sin embargo aquí cualquier robaperas llegado de Murcia o de Madrid consigue hacer fortuna entre arrozales y naranjos. Es nuestro -y muy nuestro- esperar a que algún majadero descubra que basta con estimular astutamente nuestra ridícula megalomanía para cautivar nuestras voluntades. 


Valencia es una de tantas tierras de venas abiertas, un paisaje rico pero condenado a la explotación, casi siempre a la explotación extranjera. Hijos de Caín, nos enojamos de forma tempestuosa y pirotécnica cuando nos insultan desde Madrid o Barcelona, pero después somos nosotros los primeros en escarnecer a los nuestros cuando brillan. 


No sigo, se apodera de mí la melancolía y termino diciendo cosas que pienso pero que no debo decir. Es la misma melancolía, en dirección contraria, que me asaltó durante los años que viví fuera de Valencia. Soñaba con regresar, con trabajar para hacer una ciudad de la que dejar de avergonzarnos. 



He claudicado, mi melancolía era más profunda de lo que creí en aquellos años. No bastaba con regresar, salió mal y no fui feliz. No sé si aún estoy a tiempo de marcharme ni si seré capaz de hacerlo cuando  llegue el momento. 

Lean "Noruega". Gocen y sufran con ella, les prometo ambas cosas.




Thursday, June 10, 2021

CASANOVA Y LA VIOLENCIA INDÓMITA

 














Con motivo de la Ley Wert, me quejé ante un compañero del Seminario de Sociales por el acoso a las asignaturas de Filosofía. Para buscar su complicidad, le recordé aquello tan brechtiano de que "a continuación irán a por vosotros". A lo que contestó, muy inteligentemente, que no temía tal cosa "porque pocas tentaciones mayores para un gobernante que manipular la Historia". Se diría que más que correr peligro las asignaturas de ciencias sociales, lo que sí está bajo permanente amenaza es la fiabilidad científica de los estudios historiográficos, al menos aquellos que llegan a un público masivo. 


Hace tiempo que quería referirme al ensayo de Julián Casanova, "Una violencia indómita. El siglo XX europeo". En su epílogo avisa sobre aquel peligro. "En vez de enfrentarse de verdad a los diferentes y terribles pasados, se elaboran historias para el uso y la tranquilidad de quienes quieran, o sientan la necesidad, de identificarse con ellas. No son los hechos históricos los que se investigan y discuten, sino la interpretación de esos hechos que mejor sirve a los gobernantes y grupos políticos para montar una versión oficial de la historia..."


El encarnizado esfuerzo de documentación que sostiene las casi cuatrocientas páginas del ensayo cargan de legitimidad al autor para realizar la advertencia con la que termina, en lo que constituye en realidad una defensa de la historiografía. 


Pugno para que el estremecimiento no me domine a lo largo de la lectura. Nunca me pareció más cargado de sentido aquello de "el horror, el horror" del Kurz de Joseph Conrad en "El corazón de las tinieblas". 














Debe ser mi pereza lo que me anima a consolarme con la imagen del novecientos como una centuria confusa, febril y, de alguna manera, euforica. Ante la alegría noctámbula del jazz, el hechizo del cinematógrafo o la tecnología del consumo, la degollina de las guerras mundiales asalta mi  imaginario como dos terremotos de odio, violentas explosiones de furia que, al modo de infecciones extraordinariamente virulentas, envenenan -solo momentáneamente- el glorioso relato del progreso que los europeos nos hemos construido. 

La exhaustiva crónica de la barbarie que Casanova efectúa convierte esta visión en una puerilidad. No hubo largos periodos de paz interrumpidos por dos enloquecidas contiendas alentadas por alguna misteriosa secta de vampiros. El "brutalismo" se había convertido en una forma de vida por la aventura colonial en el sur del mundo. En África, prácticas de exterminio como la perpetrada por los esbirros de Leopoldo de Bélgica en el Congo, no las hacemos equivaler a Auschwitz o el Gulag porque, en el fondo, hemos comprado el más siniestro de los boletos vendidos por el racismo: algunas vidas valen más que las otras. 

Sí, la primera Gran Guerra la decidieron sátrapas y cancilleres, tipos taimados y sin escrúpulos. Algunos de ellos son magistralmente retratados por Kubrick en "Senderos de gloria", donde la instrucción de enviar millares de jóvenes a una muerte segura se emite con una espantosa frialdad. Pero no nos engañemos: el ardor patriótico que celebraba ruidosamente las declaraciones de guerra, creando colas entusiastas de reclutas voluntarios, no es solo consecuencia de la perversidad de unos cuantos oligarcas. Murieron como moscas en las trincheras. Una tecnología de la muerte ya muy sofisticada se empleaba frente a movimientos masivos de infantería no muy diferentes de las guerras napoleónicas. El precio en vidas humanas fue endemoniadamente elevado.










Antes y después, las calles de media Europa eran invadidas por paramilitares que perseguían a proletarios insurrectos, mujeres feministas o judíos supuestamente entregados a la conspiración por destruir la civilización. Adolf Hitler fue un monstruo, desde luego. Pero las condiciones de posibilidad de ese "mal absoluto" -como definimos hoy el plan nazi de dominar el mundo, destruir la democracia y exterminar a los judíos y a otros de "sangre impura"- se establecieron antes. Y no solo por las insoportables deudas de guerra heredadas de la guerra anterior por Alemania. 
 
¿Hará falta referirse a la degollina española del 36-39? La conclusión de aquella contienda terrible entre españoles y las posteriores venganzas emprendidas por un régimen de asesinos completaron la única gran victoria del fascismo en aquellos años, prologándose su obra criminal en nuestro país hasta los años setenta. 

El estudio de Casanova nos impide caer en la candidez de entregar el monopolio de la brutalidad al fascismo, como si una ideología pudiera apropiarse de la crueldad en exclusiva. Solo es un ejemplo -quizá el "mejor" ejemplo- pero los bombardeos y la invasión de Alemania por los aliados, con especial mención a las tropas soviéticas, constituyeron un calculado programa de atrocidad y destrucción. 

Prefiero no seguir, lean el libro... Casanova se explica mucho mejor que yo.

Me asalta una pregunta. Hace más de 300 años, con la Paz de Westfalia, las naciones europeas demostraron ser capaces de escarmentar. Aquel tratado sirvió para poner fin a unas guerras interminables que estuvieron cerca de destruir el continente. La Ilustración es en gran medida una consecuencia de aquel esfuerzo por pacificar tierras demasiado habituadas a ver correr la sangre. El horror nunca se fue, de acuerdo, pero hubo que esperar al siglo XIX para ver cómo una explosión tecnológica sin precedentes se ponía al servicio de las pasiones más primitivas y feroces, desencadenando un largo periodo de devastación. Si nos hemos autodestruido por completo todavía debe ser porque la suerte nos ha acompañado... Hasta el momento, claro. 

No sé qué decir. Quizá Walter Benjamin, que vivió los peores momentos del novecientos, debe ser especialmente atendido cuando desmitifica el sentido de lo que entendemos por civilización, cuyo camino es siempre indisociable de la barbarie que va causando a su paso. 

Soy educador, solo se me ocurre citar a Adorno, quien continuará hasta el fin de mis días iluminando mis pasos: "La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación". Quizá, como el propio Adorno añade, la lucha corre el riesgo de volverse desesperada cuando uno intuye que en el principio mismo de la civilización está instalada la barbarie. 



Wednesday, June 02, 2021

LOS INDULTOS


Inevitable a estas horas opinar sobre los indultos. 


No hace falta escuchar imprecaciones, desafíos, amenazas y otros graznidos en los diarios, radios y teles de la Brunete mediática... Basta con acercarse a la barra de un bar o, como me pasó ayer, deambular por la frutería del Mercadona, para ver cómo se van afilando las cuerdas y cuchillos del linchamiento de Pedro Sánchez. Es preciso decirlo, y da igual si responde a un pacto anterior con Esquerra Republicana -como todos sospechamos- o lo hace por sentido de la responsabilidad: este gesto acabará con su gobierno, y puede que incluso con su carrera política... Y él lo sabe, ergo hay que tenerlos muy bien puestos para tomar una decisión así.  


Me dirijo, en exclusiva, a quienes tienen ganas de hablar y, de estos, a aquellos para los cuales dialogar no consiste en defender una posición, sino en esperar que el otro me proporcione algo que yo no tengo. Como no soy seguidor de Habermas, no creo en la posibilidad de establecer unas condiciones ideales para el diálogo... Siempre hay presiones, siempre se ejerce alguna forma de violencia en controversias tan inflamables. No hay manera de escapar al aire viciado que respiramos cuando el asunto en cuestión afecta a nuestro bienestar, a nuestro futuro, a nuestro amor propio incluso. Me conformaré con esperar, por consiguiente, que quienes me lean partan de la consideración de mi buena fe, que es exactamente lo que yo haré con ellos.


Al grano. Sánchez ha de indultar a los presos. Es mi opinión y creo poder argumentarla. 



En primer lugar -y pese a que de ninguna manera acepto la denominación de "presos políticos" para Jonqueras y compañía, ni la de "exiliados" para Puigdemont y otros- entiendo que el Procés es  una iniciativa secundada por gran parte del pueblo catalán. Violar la ley y suspender o abolir garantías parlamentarias básicas, como hizo el Govern de la Generalitat, es una conducta delictiva y debe ser juzgada como tal por las instituciones judiciales del Estado democrático. 


Que se traicione la legalidad constitucional por motivos políticos no hace desaparecer la especie delictiva, pero sí tiene valor a efectos de la posibilidad del indulto, máxime cuando el carácter de rebelión contra el Estado que impulsa al infractor no ha sido canalizado desde la violencia. No cabe la amnistía, como pretenden los independentistas, pues España no es en ningún caso una dictadura ni un Estado ilegítimo, ni tampoco subsiste la figura del "error judicial". Pero el indulto no es una decisión de los jueces, es una medida política prevista, y por cierto se ha aplicado anteriormente a personajes condenados por crímenes de corrupción e incluso de terrorismo de Estado, sin olvidarnos de la amnistía generalizada que se acordó, al modo de Ley de Punto Final, al Régimen de Franco. Conviene no ignorar que Jonqueras y sus compañeros han pasado varios años en la cárcel, incluyendo una prisión preventiva de dudosa legitimidad.



Hay una segunda razón, y me remito a las explicaciones que han aparecido en los últimos días en el diario El País, que no es sospechoso de activismo radical, excepto a los ojos de los reaccionarios más talibanes,  ( https://elpais.com/opinion/2021-05-31/indultos-a-tejero-si-y-a-junqueras-no.html) (https://elpais.com/opinion/2021-05-30/a-los-catalanes.html). (https://elpais.com/opinion/2021-06-01/necesidad-y-utilidad-social-del-indulto.html?rel=lom). Los presos han de ser liberados porque ese es el gesto que el Gobierno Central ha de hacer para superar la fase del choque de trenes y encaminarse hacia un tiempo nuevo de deliberación. Como muy bien explicó el Editorial del diario del 30 de mayo, el gesto no busca una reconciliación del Estado con los líderes, sino con la ciudadanía catalana. Es preocupante, y en cierto modo desalentador, que la mitad de los catalanes haya apoyado iniciativas tan dudosas como un referéndum sin garantías, o tan irresponsables y antidemocráticas como la proclamación de la República, que se saltó olímpicamente los derechos de millones de catalanes y aún de españoles del resto del Estado. Pero también fue intolerable el ejercicio de violencia represiva que llevó a cabo el Gobierno Rajoy para evitar el referéndum, que constituyó en cualquier caso una movilización popular pacífica. 


No sé si con esto se rebaja el célebre suflé. Sí sé que lo que no lo rebaja es enviar a las fuerzas del orden a soltar porrazos. Lo que se consigue con eso es exactamente lo contrario, y sucede lo mismo con la obtusa pretensión de ignorar la existencia de un conflicto muy serio en Catalunya, por no hablar del ridículo anticatalanismo que se detecta en gran parte de la derecha española. Hay veces en que me pregunto si la evidencia, nos guste o no, de que la mitad de los catalanes no desean seguir siendo españoles tiene que ver con el deseo de muchos ciudadanos del Estado de una España completamente "descatalanizada". Lo diré de una vez: los reaccionarios españoles son por lo común hostiles a todo lo catalán. Y, qué quieren, si yo tuviera esa sensación respecto a mi tierra también me fugaría. No sé si me irían bien las cosas, a lo mejor no, pero sería la manera de no tener que decir que soy paisano de Jiménez Losantos, Herrera, Aznar, la horda de Vox y tantos y tantos tipos y tipas que están en mis antípodas mucho más de lo que están algunos de mis allegados, catalanes o valencianos, que simpatizan con el Procés. 


A estos solo les pido una cosa. Dejen de equipararme, cada vez que se me define como unionista, con el facherío hispánico. No tengo nada que ver con ellos, y me ofende enormemente que se sugiera tal cosa. En la España que pretenden me reconozco tan poco como ustedes... puedo que incluso menos. Y de esa España yo también me iría. De otro lado tampoco estoy seguro que haya grandes distancias, más allá del idioma, entre ese facherío hispánico al que ustedes tanto desprecian y las élites del Principado, que por si no lo saben son las que aspiran a seguir dirigiendo la República cuando se proclame no en falso. 


Deberían considerarlo. Pero si siguen pensando que Sánchez y su gobierno es lo mismo que Rajoy and company... entonces los que de verdad no quieren dialogar son ustedes.