Friday, May 06, 2022

LOS FEROCES NOVENTA



Reconozcámoslo: la cagamos en los noventa.


Hemos asumido que los males del nuevo siglo provienen de los años ochenta, cuando de la mano de Thatcher o Reagan estalló la llamada revolución conservadora o, lo que es lo mismo, se implantó la hegemonía neoliberal. Yo creo, pese a todo, que lo que de verdad estalló en aquellos años fue un debate urgente y apasionante: ¿era sostenible el Estado del Bienestar, característico de las naciones más avanzadas desde el final de la 2ª Gran Guerra?

 

 Es en los noventa cuando llega el momento de elegir... y elegimos mal. La Caída del Muro generó una euforia perfectamente lógica pero que no supimos digerir. Ideologos tan vacuos como Fukuyama extendieron el mantra de que la era de los conflictos políticos había tocado a su fin y que llegaba el momento para el libre comercio global sin hipotecas autoritarias. 


La cagaron tipos como Miterrand, Blair, González o Clinton... O mejor, la cagamos todos porque les creímos. Su herencia la tenemos ahora mismo extendida como un cadáver sobre la mesa: hace ya mucho que nadie cree seriamente en el poder del socialismo para imponer desde las instituciones una verdadera transformación de la sociedad. 



Pero no nos engañemos. Aquel hatajo de farsantes nos engañaron porque de alguna forma les pedimos que lo hicieran. El llamado pensamiento único era lo que se respiraba en el ambiente. Y la razón es sencilla: nos iba bien, o, al menos, eso queríamos creer. El engorde rápido producido por la explosión cibernética y la globalización estaba generando colesterol suficiente para terminar enfermándonos. Pero eso en aquel momento no nos lo planteábamos, y ni siquiera los más respetables economistas, salvo honrosísimas excepciones, fueron capaces de advertirlo. Simplemente el capitalismo había vencido y había que saber ajustarse a un orden en el que no se concebían ya las alternativas. Lo del batacazo... bueno, eso vino después y nos dejó a todos con cara de tontos.



Dice Ramón González Ferriz en "La trampa del optimismo" ("Cómo los años noventa explican el mundo actual"), lúcido y oportuno ensayo que inspira mi reflexión: 


"El mundo actual, el posterior a la crisis, puede interpretarse como una consecuencia imprevista, accidentada y contradictoria de las decisiones que tomaron los líderes políticos y económicos de la década de los noventa. Es posible afirmar que la crisis económica de la última década, que hasta ahora ha supuesto para mi generación el momento central de nuestra experiencia como adultos con deseos de trabajar, progresar y, con suerte, asentarse, tuvo sus inicios en decisiones tomadas en los años noventa en ámbitos como el financiero, el monetario o el regulatorio"

 

Hay un pasaje del libro que me ha llamado especialmente la atención, el dedicado a la serie "Friends", tan amada y añorada por los boomers, por más que en mí jamás desató ni la más mínima emoción. Los seis protagonistas eran guapos y trendy... algo tontos, sobre todo ellos, pero a veces un poquito pillos, sexuales pero sin sexo, activos pero sin que se supiera muy bien de qué vivían, deseosos de integrarse y fundar una familia pero bloqueados en una especie de permanente adolescencia. Rachel, Phoebie y Mónica eran modernas e independientes, pero cuando estaban tristes se vestían de novias para animarse. 



"Friends" fue la perfecta caja de resonancia del clintonismo. Bill no era rancio, como suelen ser los republicanos, pero durante su mandato se gestaron algunas de las barbaridades por las que crucificaríamos a los presidentes conservadores. Y no me refiero al asunto Lewinsky, que a la postre fue lo que propició su impeachment. Lo peculiar fue la habilidad para ocultar que en aquellos años de bobalicón optimismo, se engrasaron todos los mecanismos del modelo de globalización que finalmente ha impuesto su hoja de ruta al mundo entero. Las consecuencias las sufrimos ahora. Dice González Férriz:

"En los años noventa, tras la Caída del Muro y la desaparición del bloque comunista se pudo pensar, y de hecho así se hizo, que Occidente ya no sufriría algunos de lo males políticos y morales que todavía estaban presentes en los países que seguían viviendo en la historia. Pero aquí están: han vuelto el populismo, las políticas radicales de izquierda y de derecha, un racismo legitimado por el establishment político, el recelo ante la democracia representativa y el nacionalismo en todos sus grados y formas y con todos sus peligros potenciales. Hemos sucumbido a una trampa del optimismo; la de creer que determinadas expresiones políticas estaban en el basurero de la historia y no podrían volver, y que la tecnología era el camino hacia un mundo al mismo tiempo más democrático y fiable. Pero, como zombis, los fantasmas del pasado, aunque transformados y probablemente menos peligrosos, han vuelto."

Thursday, April 28, 2022

GUARDIOLA Y LA PREHISTORIA







¿Soy el único que se da cuenta de que la prensa deportiva de Madrid odia a Guardiola? Y si el tema quedara solo en As o Marca... pero me temo que, como sucede a menudo, las filias y fobias que se concretan en el mundo del deporte provienen en realidad de terrenos menos banales.


Tras el partido de Champions contra el Atlético, solventado con un escuálido 1 a 0, Pep alegó que, desde la prehistoria (desde que se inventó el fútbol, vamos) marcarle goles a un equipo que se repliega con sus once jugadores es extremadamente complicado, lo cual explica que el City no lograra un ataque más fluido. La prensa calentó a los atléticos, en especial a su racial y testosterónico entrenador, el Cholo Simeone, bajo la especie de que Guardiola había dicho que su rival jugaba "como en la prehistoria". Aunque no les interese el fútbol, creo que son ustedes capaces de advertir la manipulación semántica. Esta circunstancia intoxicó las relaciones entre los dos entrenadores, lo que permitió llenar algunas portadas. Resuelta finalmente la eliminatoria en campo atlético a favor del City, vivimos unos últimos minutos de partido especialmente violentos, echando más leña al fuego Simeone contra Guardiola en la rueda de prensa posterior.


En el siguiente partido de Champions, curiosamente frente al Real Madrid, Guardiola mantuvo una actitud deliberadamente fría y lacónica con la prensa española. Ojo, no fue irrespetuoso, Guardiola nunca lo es porque, por fortuna, está en las antípodas de Mourinho,  por cierto un personaje adorado por un amplio sector del madridismo. En cualquier caso, no hay que negar que Pep fue hostil, civilizado pero hostil. La razón es sencilla: cree que la prensa deportiva de Madrid manipula para dañarle, es así de sencillo. Y es que además tiene razón. 


Obviamente, el escándalo genera rentas periodísticas, y todos sabemos que el amarillismo y las vísceras tienen mucha pegada, lo cual explica por qué se tergiversaron las palabras de Pep. Pero hay elementos más oscuros en el trasfondo de este asunto. Cuando estalló el Procés, Guardiola fue el personaje público con más relevancia internacional que apoyó la causa secesionista. Eso no se le ha perdonado. Quien me conoce sabe que no comulgo con el plan independentista. Pero esa no es la cuestión: Guardiola tiene el mismo derecho a proclamarse secesionista como yo a considerar que dicha solución sería terriblemente dañina para millones de ciudadanos de dentro y de fuera del Principado. 


Pero me malicio que hay más. Guardiola es culto, elegante, domina con verdadera maestría al menos cuatro idiomas y es un soberbio entrenador. También fue un gran futbolista que, por cierto, rindió considerables servicios a la selección española. "Guardiola mea colonia", dicen, pero esa es una crítica de gañán mesetario y cainita. Durante los años más brillantes del Barça, las dirección de Pep dinamitó las elevadas expectativas que -equivocadamente- se crearon en el Real Madrid con Mourinho, un tipo desagradable, maleducado, rencoroso y manipulador que consiguió que el madridismo más tóxico le amara solo porque demostraba odiar al Barça tan ferozmente como ellos. Guardiola le derrotó muchas veces y lo hizo además con un fútbol hermoso con el que contrarrestó la histérica violencia de un Madrid que nunca ha vivido tan equivocado como entonces. 

No soy del Barça y, al contrario que Guardiola, no me molesta que en mi DNI ponga que mi nacionalidad es española. Pero creo que las sacudidas fóbicas que crea Pep entre muchos "españoles profundos" van más allá de una simple desavenencia ideológica. Sospecho que en el éxito de Pep, en su elegancia, en su civismo, en su inmenso talento, descubren algo de sí mismos que, en el fondo, detestan, lo cual delata un venenoso complejo de inferioridad. No hablo del Madrid: por mal que nos caiga, Pep y yo sabemos lo grande que es ese club. Yo hablo de otra cosa, es un problema que muchos españoles han tenido siempre con Catalunya. Y es algo que va más allá del rechazo a la ruptura de la unidad del Estado. Digan lo que digan, es lo catalán, o, si lo prefieren, la compostura y la finura del fenicio, del europeísta, del judío, del mediterráneo, del hombre de diálogo lo que de verdad perturba a muchos reaccionarios españoles cuando piensan en Catalunya. 


De todo ello ven en Guardiola un paradigma. Háganselo mirar.



Monday, April 25, 2022

MIGUEL HERNÁNDEZ VISTO POR CARLES ESQUEMBRE


No hablo muy a menudo de literatura, de sus géneros clásicos, quiero decir. ¿Teatro? Lo leí en exceso en mi juventud -adoraba a Shakespeare-, pero el teatro no debe leerse, sino verse y, en todo caso oírse, sólo así se saborea de verdad su veneno. La novela, bueno, hay demasiados que son mejores lectores de novelas que yo, de ahí que evite pontificar sobre el asunto. ¿Y la poesía? Temo que la poesía en mi vida es como Nietzsche, un ídolo de juventud. Siendo un crío alcancé cierta paz de espíritu leyendo a Machado sobre los campos de Castilla; amé desde muy imberbe con Neruda y con Whitman; creí hacerme mayor con Corso, Gil de Biedma, Panero, Hierro, Benedetti y Gamoneda... 


Hace como veinte años que dejé de leer. Quizá me tomé demasiado en serie la célebre aserción de Germán Coppini: "malos tiempos para la lírica". Ya solo, muy de vez en cuando, abro al azar un poemario de Cernuda como quien abre el evangelio para esperar iluminación. A veces la encuentro, Cernuda es la poesía en castellano en su punto de perfecta madurez. Quizá eso pueda decirse con más propiedad de Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez, pero el dolor de Cernuda arranca de vetas mucho más profundas, no es un lírico al uso dedicado a poner la emoción en palabras hermosas, el verbo de Cernuda transita por intersticios más inhóspitos y, por ello, fascinantes.



Bien. Mi antiguo alumno y sin embargo amigo, Carles Esquembre, publica la que si no me equivoco es su cuarta novela gráfica. Empezó como cualquier paria de la Tierra autopublicándose... hasta que le llegó la oportunidad con García Lorca y se pegó una jartá de trabajar preparando el cómic de su célebre estancia en Nueva York. Quizá haya que remontarse a las tres carabelas dichosas para pensar en un viaje tan influyente para la cultura española. Luego llegó la Brigada Lincoln, donde advirtió lo difícil que es dibujar el dinamismo y el horror de la guerra. 

Para el Sant Jordi de este año he pedido el último, dedicado a Miguel Hernández. Me gusta Carles Esquembre y me gusta lo que dibuja. Haciendo el ridículo papel de profe recto para el que es evidente que carezco de vocación, le insistí en el aula en que debía deambular de vez en cuando por los territorios de los estudios y de la vida que menos le agradaban. Nunca me hizo caso, y acertó: la vida me ha enseñado que la única cabra desgraciada es la que se priva de tirar al monte. Si me hubiera dado la razón habría sacado mejor nota en matemáticas, pero no estoy seguro de que dibujara tan brillantemente como lo hace. Quizá haya en el talento un componente obsesivo casi neurótico. En cualquier caso hay en Carles una vocación de esfuerzo que no supe reconocerle en su adolescencia. Sus libros son cada vez mejores porque ha dibujado y dibujado como un cabrón. Hace falta inspiración, desde luego, pero poca gente piensa, cuando le atribuye a John Ford la condición de genio, que cuando filmó maravillas como The Searchers, ya llevaba rodadas cerca de un centenar de películas. No sé si me entienden. 


¿Y el protagonista de la obra? Me gustan mucho algunos poemas de Hernández. Puedo entender que su carácter directo y sencillo termine a ojos de sus detractores precipitándose al simplismo e incluso la demagogia. Teniendo en cuenta la sucesión de tragedias que vivió aquel pastor de los secarrales de Orihuela, pensando en la tragedia española de aquellos años, se me ocurre que habría resultado irrelevante un poeta hablando en aquel entonces de patios ajardinados y ángeles con alas transparentes. Hay en la recuperación de Hernández operada con el fin de la Dictadura un trasfondo político ineludible. Yo sigo pensando que la destrucción de la inmensa mayoría de cabezas valientes y brillantes de este país es uno de los crímenes más eficaces del bando que ganó la Guerra. Y no estoy seguro de que nos hayamos recuperado.

A la espera de que me regalen el libro de Carles Esquembre, he vuelto a leer poemas estos días. No es mala cosa, creo.  

 

Thursday, April 14, 2022

MILTON FRIEDMAN Y LA LIBERTAD

Nada que objetar a
a que El País, que aparece perfilado ideológicamente como "centro-izquierda" en wikipedia, atienda a una pensador tan significado para el conservadurismo contemporáneo como el economista Milton Friedman. A fin de cuentas también publica cada domingo a un reaccionario tan recalcitrante como Vargas-Llosa y tampoco tengo inconveniente en leerlo, aunque solo sea para maravillarme de que un novelista de tanto talento alcance tales niveles de desfachatez y simplismo cuando se trata de argumentar opiniones políticas. 

Me mosquea más -he de decirlo- que se "blanquee" y se otorgue tanta indulgencia a la figura del fundador de la Escuela de Chicago. Como si no tuviera nada que ver con los desmanes de los muchos y muy poderosos gestores que han llevado a la práctica sus ideas. Como si a fuerza de insistir en que el Estado es el mal, aunque un "mal necesario" -claro- hubiéramos de sorprendernos después de que los aparatos estatales sean troceados para venderse a los dueños del mundo, que se privaticen los servicios públicos esenciales o que se agranden las brechas sociales. 


Afirma el articulista que el verdadero Milton, más que en sus ensayos sobre economía, se encuentra en su novela de cabecera, El manantial, de Ayn Rand, cuyo protagonista es un emprendedor hecho a sí mismo que jamás claudica. Todo un homenaje a esa fórmula tan friedmaniana de la "libertad de elegir". Friedman "fue un revolucionario", dice Miguel Ángel García Vega. Y añade, y se queda tan ancho, que su revolución consiste en la proclamación del libre mercado sin restricciones. Si trabajó durante diferentes periodos para el Gobierno fue porque quería convencer a sus gestores de que lo mejor que podían hacer con la economía es facilitarla con fórmulas monetarista, pero sin interferir en el curso natural de la ley de la oferta y la demanda, el cual siempre termina arreglando todos los desajustes. 


No es extraño que declarara al Estado norteamericano responsable del crack del 29 y la consiguiente Gran Depresión. Los burócratas siempre son los malos en la ideología liberal desde los tiempos de Adam Smith, pero a mí -que sé poquito de economía- se me ocurre que el verdadero error de el Estado fue no parar a tiempo a los especuladores. 


Nixon, Ford, Reagan... la inspiración de Milton le convierte en un pater familias neocon, aunque nadie le amó tanto como Margaret Thatcher, esa gran mujer, quien reconoce haberse criado ideológicamente "a su regazo". El mismo Bush jr se arrimó al modelo de Chicago con su "capitalismo compasivo", que responde a la idea friedmaniana de que siempre es deseable aumentar los beneficios de las corporaciones, pues ellas se ocuparán libremente de emplearlos en causas sociales. Manda huevos, con perdón.



No dudo de la sinceridad de sus convicciones cuando aseveraba que la libertad política derivaba de la económica. Por eso sus "Chicago boys", empezando por el Ministro Piñera, ayudaron tanto a Pinochet a imponer las recetas liberales en Chile, incluyendo la privatización del sistema de pensiones. Qué progresistas, jo. El terreno era ideal: tras el golpe militar y el asesinato de Allende, sindicalistas y opositores de toda ralea habían sido silenciados, encarcelados, torturados y "desaparecidos" por el turbio régimen militar, con lo que los fans de Friedman podía aplicar sin molestias todo el recetario neoliberal.

Según otro Premio Nobel, Joseph Stiglitz, al que cita el artículo de El País, Friedman fue un firme defensor de sus ideales, pero sus fórmulas a medio y largo plazo son un desastre para las naciones, pues entre otras cosas incentivan la desigualdad.

Si me hacen el favor de seguir leyendo, les presentaré la versión que de este asunto ofrece Naomi Klein en su célebre "La doctrina del shock", de la que di cuenta creo que cumplidamente en mi ensayo sobre la periodista canadiense. 

Naomi Klein, considerada como uno de los grandes azotes de la derecha norteamericana, afirma que el ideario neoliberal es tramposo, pues sus consecuencias son las opuestas a las que proclama. Lejos de la ecuación que anexa capitalismo y libertades, lo que muestra la hoja de ruta neoliberal que ha tomado la globalización es que la democracia es cada vez más una perturbación para el mercado. La bochornosa colaboración con la sangrienta dictadura chilena solo es un ejemplo. Allá donde han sido invitados los Chicago Boys a ofrecer sus propuestas, las corporaciones se han hecho más ricas y poderosas, las instituciones de protección de la ciudadanía han sido esquilmadas o vendidas y la cohesión social no ha hecho sino debilitarse. 

Es cierto que el capitalismo corporativo, traducido como "de amiguetes" y entregado a la protección de unas cuantas macroempresas, ha sido a menudo cuestionado desde los think tanks neoliberales. Aquí mismo, el friedmanita Juan Ramón Rallo ha insistido en que ni siquiera cuando gobierna el PP se asume con todas las consecuencias el recetario del libre mercado. En otras palabras, que hay que reducir más la fiscalidad a las empresas, que hay que abaratar aún más el despido, que hay que privatizar más servicios públicos, que hay que anular a los sindicatos, que hay que acabar con los gastos sociales... Cuando desde el Cato Institute o el Instituto Juan de Mariana se acusa a los gobiernos de promover el capitalismo corporativo, que supuestamente daña la libre concurrencia empresarial y disuade del emprendimiento, a mí me sobrevienen siempre las mismas sospechas. 


Por ejemplo, yo creo que Rallo se lleva muy bien con el PP y el PP con Rallo. La ecuación vale para el Cato y Trump. Si son tan malos los gestores de derechas, ¿por qué siempre las críticas y las movilizaciones vienen de la izquierda? ¿Por qué siempre es la izquierda no solo la enemiga del PP, cosa obvia, sino también de los neoliberales? Aquí no me queda otra que participar de la teoría de Paul Krugman, quien atribuye "mala fe" a los ideólogos del libre mercado que respaldan al Partido Republicano. El cinismo de personajes como Rallo consiste en que sabe que la derecha comparte su propuesta de desmantelar el Estado Social y proteger los beneficios de las empresas... Ahí sí viene bien el fuego de cobertura ideológico neoliberal, que por ejemplo ve seguro que con buenos ojos modelos como el de Aguirre-Ayuso, practicantes de un infame modelo de dumping que ha competido a Madrid en un paraíso fiscal, en clara situación de competencia desleal con las demás regiones del Estado. 

¿Y después? ¿Dónde se meten los neoliberales cuando el resultado de sus recetas aumenta la desigualdad y la injusticia y deteriora la calidad de la democracia? ¿Qué pasa cuando el sistema que han diseñado estalla y los especuladores, tan liberales como eran, van corriendo a que Papa Estado les rescate? Cuando es la salud pública quien nos salva a todos de un desastre como la Covid, ¿nos acordamos entonces de la convicción con la que hablaban de lo poco rentables y eficaces que resultan los servicios públicos?



Está muy bien cuestionar a los oligarcas, pero resulta poco creíble cuando el dogmático y purista del libre mercado de turno vive permanentemente al servicio del IBEX. Porque es eso, el IBEX, a lo que nos referimos con el capitalismo oligárquico o corporativo. Lo siento, señores herederos de Milton Friedman, pero son ustedes unos fachas, la etiqueta liberal es tramposísima. Curiosamente al final el problema para todos ustedes siempre son los sindicatos, las feministas, los políticos, los funcionarios... Ah! y el Coletas, que no se me olvide.  

Tuesday, April 05, 2022

OTRA LEY EDUCATIVA

 





Les voy a dar un consejo: no se crean nada de lo que lean. Y otro de propina: no esperen demasiado de la política, sobre todo, no esperen demasiadas cosas buenas de la política. El problema de la nueva ley de educación no es que sea mala -que lo es como carne de pescuezo- el problema es que es mentira. 

Insisto: no se dejen engañar. Desde hoy, los medios cercanos al PSOE se han lanzado a promocionar el nuevo plan desde el supuesto  de que van a promocionar las enseñanzas prácticas o "competencias" en detrimento del aprendizaje memorístico. Ya ven, por arte de birlibirloque una ley va a revolucionar el modelo pedagógico. "Bueno, la transformación tardará algún tiempo", añaden, y se quedan tan anchos, pese a que saben perfectamente que en cuanto regrese la derecha les tumbarán el decreto y volveremos a empezar de cero. 

Otro de los mantras es que quieren acabar con el fracaso escolar. "La repetición de curso no da resultados", dicen. Como si los equipos evaluadores no consideráramos una y cien veces si a tal o cual alumno le conviene o no repetir, como si necesitáramos que un grupo de desertores de la tiza y expertos en charlatanería pedagógica nos explique qué es mejor para nuestros alumnos. 

Mienten, pues falsear la realidad a sabiendas es mentir. Y mienten porque hace mucho que los gestores decidieron que el objetivo de la política educativa no debía ser mejorar la formación de la ciudadanía, sino ser usada como arma partidaria. La educación produce resultados a largo plazo; cuando se adviertan esos resultados, los Celaà, Marzà, Soler habrán sido olvidados y nadie les habrá de pedir cuentas. Eso sí, de momento harán uso de toda suerte de terminología buenista y tecnocrática para hacer creer al público que van a sacar a la escuela del siglo XIX, en el cual la mantenemos los profesores, esa turba apegada al pasado y empeñada enfermizamente en hacer que los niños aprendan algo en clase. 

Vamos al grano. 

1. El debate sobre la carga memorística es tramposo. La memoria es una parte esencial de la inteligencia, de ahí que para hablar inglés haya que saber cómo se dice "perro" y para entender la Historia haya que saber de qué hablamos cuando decimos "Edad Media" o "revolución industrial". Ahora bien, no conozco un solo profesor actual que obligue a sus alumnos a aprender la lista de los Reyes Godos ni los nombres de todos los presidentes de Francia, lo que evidentemente sería muy estúpido. 

En cuanto a la "enseñanza por competencias", tiene mucha gracia que se presente como una innovación cuando solo es una palabra que designa algo que los profesionales conocemos desde siempre. Multiplicar fracciones, comentar textos, usar un ordenador, analizar oraciones, efectuar presentaciones orales, guardar turnos de palabra, ducharse en el gimnasio, tocar la flauta, llamar a la puerta al llegar, pedir permiso para ir al servicio... todo eso son competencias, las venimos enseñando desde siempre y siempre han formado parte de la evaluación. 


2. Lo que pretende el Gobierno con esta ley es bajar las cifras de fracaso a costa de reducir los estándares educativos, es así de sencillo. Lo que estos señores no quieren entender es que los docentes no suspendemos por sadismo o por falta de recursos pedagógicos, sino porque trabajamos con chavales que necesitan algún tipo de motivación para el esfuerzo. Si un aprobado, o incluso un diez, se obtienen a cambio de nada, dejan de tener valor. Ya son muy pobres los niveles actuales para que ahora, no solo me exijan que los vuelva a bajar, sino que incluso me cuestionen la posibilidad de declarar no apto a un alumno que ni sabe, ni quiere saber ni tiene un comportamiento digno en clase. ¿Por qué no me piden que ponga la tele durante mis clases en vez de intentar enseñarles a pensar mejor, a expresarse mejor, a escribir mejor, a leer más, a ser puntuales, a sentarse correctamente, a debatir temas serios...?


3. Los gestores educativos jamás preguntan a los profesionales qué queremos y qué necesitamos. Entonces hablaríamos, por ejemplo, de las ratios por grupo, del exceso de burocracia, de la autoridad del profesor... No se nos consulta a quienes vivimos a pie de obra porque saben que lo que les diríamos no va a gustarles. Es mejor decir que necesitamos ser reciclados o que muchos somos algo reticentes a la "innovación educativa". Hay que joderse, con perdón. 


4. La incapacidad histórica del legislativo español o, lo que viene a ser lo mismo -del PSOE, el PP y los nacionalistas- para establecer un pacto educativo es consecuencia de que a todos les importa una higa la enseñanza. Prefieren convertirla en un arma arrojadiza. La nueva ley será derogada por el siguiente gobierno adversario, y lo pagará la comunidad escolar, que tratará de sobrevivir en la confusión que los gestores crean. Esto no significa que haya modelos opuestos. Muy al contrario, PP y PSOE están de acuerdo en lo fundamental, pero tienen que escenificar su batalla -por ejemplo respecto a la asignatura de Religión- para hacernos creer que están enfrentados. Es falso, la razón por la que se llevan mal es porque los dos quieren lo mismo, que es el Poder, pero sus desacuerdos en educación son humo.


5. ¿Y cuál ese acuerdo de fondo? Lo digo de una vez, y es la conclusión de esta reflexión de un profesional desanimado y escéptico: la educación es hoy entendida como un bien de mercado. Una legislatura tras otra, incluyendo esta en la que, supuestamente, la coalición con UP les iba a apretar, el laborismo español olvida que el gran problema del sistema son los conciertos educativos, entre otras cosas porque son un invento de Felipe González. En la práctica, el desvío colosal de fondos hacia los centros privados, de titularidad eclesiástica casi todos, condena a la enseñanza pública a ser una especie de beneficencia para tener guardados a los niños de clases menos pudientes unas horas en un centro. Como la concertada se permite seleccionar a sus alumnos, y como su lógica se basa en la segregación económica, el impacto de las tensiones y los desórdenes sociales es absorbido por la pública. 


Se exige rebajar los estándares porque ya hace tiempo que se renunció en España a una enseñanza pública de calidad. No es que la educación no sea importante, claro que lo es. Pero todos sabemos que el designio supremo del capitalismo es mercantilizar los bienes deseables. Por eso, lejos de aquella filosofía de la escuela pública como "ascensor social", lo que se pretende es que quien quiera un buen producto, es decir, el potencial "cliente" de la formación, lo pague como consumidor privado. Así, la institución pública queda reducida a beneficencia, guardería, garaje para niños... Lo que Celaà y compañía presentan pomposamente como una gran transformación pedagógica solo es la cortina de humo que oculta la intención de convertir la escuela pública en una especie de híbrido entre la guardería y la prisión, una fábrica de mano de obra dócil y barata y un dispositivo para extender la indiferencia y la desactivación políticas. Eso es todo lo que el neoliberalismo mantiene hoy del antiguo Estado del Bienestar. 


No se crean nada, tampoco lo que yo les diga. Aunque yo, al menos, sé que me tocará padecer a pie de obra las ocurrencias de estos tipos. 

  

Tuesday, March 29, 2022

LA CULPA

Hace muchos años una alumna me regaló un poemario cuya autora era su madre, que había fallecido inesperadamente algún tiempo antes. Al final del libro aquella mujer había dejado una anotación escrita a mano: "Todos podemos hacer más". Me persigue el eco de esa aseveración, quizá uno de los últimos pensamientos que cruzó su mente antes de desaparecer de forma tan trágica y precoz. 

Podemos hacer más, seguramente. Pero a menudo me pregunto si no es un poco como lo que en Valencia llamamos "garbellar aigua", que por más que uno se esfuerce, ni ves el final ni tienes la sensación de avanzar en lo más mínimo. Es razonable pensar que uno nunca debe dejar de esforzarse, sobre todo si cree, sinceramente, que sus desvelos pueden introducir alguna mejora en la vida de la gente. Pero esa convicción tan sensata amenaza con volverse peligrosa y dañina cuando nos arrimamos al contexto bíblico, tan secretamente influyente sobre nosotros, los judeocristianos. El concepto, que Nietzsche no dejó de fustigar, se llama culpa. 

"Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa". Yo me espantaba de repetir semejante atrocidad, cercana al masoquismo, cuando para tomar la Comunión hube de aprenderme ese catálogo de horrores que es el Credo. ¿Y cuál es mi culpa?, me preguntaba entonces. El cura podría haberme contestado que heredamos el pecado de Adán, pero es una puerilidad demasiado grande como para soltarla sin reírse. También podría haberme recordado los padecimientos del nazareno en el Gólgota, pero ese confuso asunto está muy bien resuelto por Patti Smith, quien afirma que "Cristo murió por los pecados de alguien, pero no por los míos."




Mi biografía es, sin duda, una sucesión de inobservancias y cobardías. Lo hubiera podido hacer mucho mejor, desde luego. Pero, verán, llegados a cierto punto, se me ocurre pensar que sí, puedo hacer más, pero también puedo hacer menos. A menudo he encontrado, entre quienes más insisten en avergonzar a sus prójimos recordándoles su condición pecadora, una profunda egolatría, una ambición personal sin límites, e incluso cierto sadismo. Curiosamente, quienes de verdad han logrado desatar mi admiración por su valentía y la determinación con la que defendían sus ideales de justicia, son personas que raramente me han acosado ni han pretendido perturbar mi paz para hacerme sentir como una mierda. Cuando han querido algo de mí, me lo han pedido, han dicho gracias, y me han dejado en paz. En ellos no advertí la más mínima voluntad de herirme; ningún indicio de que, en realidad, lo que pretendían es llenarme de pesadumbre, tristeza e infelicidad. Eran buenos, buenos en toda la extensión del palabra. 


He visto ya demasiadas vidas destruidas por la culpa como para creer que el asunto es baladí. Muchos allegados, y sobre todo allegadas -para empezar mi madre- han vivido de principio a fin estragadas por el sentimiento de que lo que hacían por otras personas nunca era suficiente. Ya se encargaba alguna otra de esas personas, con un egoísmo feroz, de recordarle a machamartillo que su deber era cuidarla y servirla. Educadas en la deuda infinita, el más dañino de los mitos teológicos, infinidad de mujeres han vivido en un permanente y horroroso conflicto de conciencia por la culpa, en muchos casos inyectado desde niñas por sus madres. 

¿Saben? No sé qué hacer para frenar las barbaridades de Putin en Ucrania. Me gustaría pensar que formar parte de eso a lo que llaman la opinión pública mundial sirve para algo, pero mi sentimiento más intenso cuando pongo un telediario es el de una profunda impotencia. Puedo llenarme de indignación y de cólera cuando un majadero con poder dice no ver a los pobres de Madrid, cuando el gobierno apela a la realpolitik para dejar a los saharauis abandonados a su suerte, o cuando se otorga una consideración a Ucrania que jamás valió para Palestina. Pero sí, lo que viene después es la gelidez de mi minusvalía moral... aunque supongo que siempre podemos hacer más. 


En uno de sus mejores gags, Woody Allen pregunta a un alienígena qué sentido puede tener la vida si, al final, todo desaparecerá en el olvido. "Nada tiene sentido", le contesta, "lo único que puedes hacer es contar mejores chistes". 

No es una conclusión satisfactoria, pero es la única que tengo. Cuenten mejores chistes, cuiden de sus allegados, protejan a su familia, exhiban su indignación aunque no sirva para nada. Yo, por mi parte, intentaré seguir con todo ello y, además, trataré de dar mañana buenas clases. Como todos, o casi todos, los días, trataré de ser cordial y afectuoso, escucharé con atención y trataré de no hacer daño. Seguramente puedo hacer más, pero ahora mismo no se me ocurre nada mejor. 

   


 

 

Tuesday, March 22, 2022

A PROPÓSITO DE "EUPHORIA"



No creo valer para crítico y no tengo mayores razones para promocionar una serie televisiva... Ni siquiera una de la HBO, pese a que la existencia de esta plataforma continúa pareciéndome una de las mejoras cosas que le han pasado a mis noches desde que empezó el dichoso siglo XXI.  La cuestión es que hay que ver "Euphoria". Perdérsela no es problemático por la calidad del producto, que -con los debidos matices- la tiene, vaya que sí. Es que creo que estamos ante un fenómeno audiovisual importante. Euphoria, como en su momento Friends, Sexo en Nueva York y Avatar, o, por qué no, Cristiano Ronaldo, Rosalía o Lady Ga Ga, son artefactos de la cultura de masas que proporcionan claves de inteligibilidad sumamente útiles para descifrar algunas de las pautas más relevantes de la marcha del mundo. Lo creo sinceramente desde que empecé a entender a ese maestro de maestros que fue Umberto Eco. 

De entrada, Euphoria es un mainstream en el sentido en el que lo son los buques insignia de la HBO. No es la típica serie que ha visto todo el mundo, un artículo de consumo rápido tan efectista como rápidamente olvidable, que es lo que podríamos decir, para que ustedes me entiendan, de El juego del calamar o La casa de papel. Se puede y se debe discutir la calidad de Euphoria, pero formalmente es una auténtica virguería -quizá, incluso demasiado- y la potencia visual de muchos de sus momentos llega a ser como poco deslumbrante.




Adolescentes, drogas, violencia, sexo, corrupción moral... Vale, ya sabemos como funcionan estos cócteles. Pero me parece relevante subrayar que Euphoria, aun siendo una serie "de" teenagers, no está hecha "para" teenagers. Eso valdrá para Sensación de vivir, Élite o Crónicas vampíricas, pero Euphoria es otra cosa. 

¿Y de qué va? Pues miren, podría decir que de la amistad, las drogas o la identidad sexual, pero creo que estos son simples recursos o pretextos narrativos. Lo que de verdad detecto en el trasfondo de Euphoria son dos ideas-fuerza. La primera es que la clave del temperamento depresivo es la desorientación y, su resultado, la indiferencia. La segunda es que, más allá de la adicción a las drogas que asociamos con la juventud contemporánea -como si fuera una cosa nueva de este tiempo-, los seres humanos somos incapaces de vivir ajenos a la ficción: la pura prosa de la cotidianidad se nos hace insoportable.





No es mentira lo que seguramente ya han leído: a Euphoria la amas o la odias. Prueba de ello es que algunos la han tildado de "abyecta", "dañina" y "repugnante", mientras que otros hablan de su creador, Barry Levinson, como de un visionario de vanguardia, en el mismo sentido en que lo fueron Duchamp o Picasso. 

Yo seré menos maximalista. Euphoria me interesa como síntoma. Ni siquiera creo que se instale, como también he oído, en la cima de una revolución feminista cuyo alcance aún no hemos sido capaces de evaluar. Lo que Euphoria capta a la perfección es el lenguaje de la posmodernidad. No digo que sea posmoderna, pues todos lo somos. Y lo somos incluso cuando proclamamos solemnemente resistirnos a ella. Lo posmoderno, como explicó hace más de cuatro décadas Lyotard, no es una opción que uno elige o desecha, es una condición, casi un estado de ánimo generalizado. La posmodernidad, como Matrix, está en todas partes; cuando más externa nos parece, más dentro la tenemos. 

Sin el rigor conceptual de Lyotard, yo definiría lo posmoderno como la circunstancia en la cual, tras habernos rebelado ferozmente contra los valores tradicionales, descubrimos que no somos capaces de erigir un modelo moral alternativo. Todo lo que parecía haberse extinguido regresa, y lo hace a bajo precio. Los principios supuestamente derrotados regresan, son reciclados. Las viejas identidades no desaparecen, más bien se refractan y multiplican ad infinitum. El mundo se hace pedazos, pero como no somos capaces de recomponerlo, nos aferramos a los pecios del naufragio para no ahogarnos.


¿Es feminista Euphoria? Quizá lo impertinente sea creer que esa pregunta aún tenga sentido, pues no se advierte un verdadero discurso emancipador. Todo relato relevante de la actualidad cuestiona, de alguna manera, la lógica del patriarcado. La cuestiona Rue, una depresiva -magníficamente interpretada por Zendaya- que desarrolla comportamientos adictivos y auto-destructivos para no sucumbir a su catástrofe. La cuestiona Jules, una transexual que afirma su feminidad transitando entre la relación con machos dominantes y una oscura pugna por empoderarse y, al fin, sentirse libre. La cuestiona Kat, una obesa que sufre mobbing escolar y se convierte en prostituta internáutica para explotar la fragilidad de una libido masculina enfermiza. Pero que la posmodernidad reconozca la caída de una vieja imagen del mundo no pone a sus criaturas en el trance de crear biografías liberadas y comunidades saludables. 

Quizá haya rastros de moralismo mojigato en quienes detestan Euphoria porque no se recata en mostrar pollas erectas y relaciones sexuales tóxicas. Pero tienen parte de razón quienes la acusan de hipócrita, pues mostrando los supuestos efectos negativos de las drogas, nos hacen deslizarnos hacia la convicción de que son cool, que las vidas salvajes son las que merecen ser noveladas y que, de alguna manera, mola arrimarse al desastre. 

Rue, Jules o Kat son víctimas de una certeza que las supera: no tiene sentido incorporarse a la condición adulta. La prueba es la patológica conducta de sus mayores, abotargados por el alcoholismo, las parafilias sexuales y la incapacidad para entrar en diálogo con sus hijos. Estos, desorientados, parecen necesitar para vivir con algún sentido explorar los límites de la moral, de la salud, de la supervivencia misma. 



Conviene ver Euphoria, no porque nos cuente la verdad -casi ningún relato lo hace- sino porque mas bien nos muestra un imaginario generacional del que los adultos debemos hacernos cargo, pues somos en gran medida sus responsables. Pueden no gustarles los adolescentes, pero no digan que no les entienden si antes no han visto esta serie. Aunque solo sea para vislumbrar la dirección que toma la civilización que nuestros hijos se disponen a heredar.