* Justo Serna dedica su último post a dos bloggers, Ángel Duarte y yo mismo, generosidad inmerecida y que agradezco en grado sumo. Leedlo por favor, está mal que yo lo diga pero es muy bonito lo que Justo dice de mí y de La Cueva del Gigante. Tenéis su blog linkeado aquí.

SEGREGACIÓN SEXUAL
EN LA
ESCUELA
Hace ya unos cuantos años escuché a una compañera de trabajo quejarse amargamente por la frustración que le producía el hecho de haber sido educada en un colegio para señoritas. "No veías a un chico ni por azar, aquello parecía un gineceo". Me sentí identificado con ese sentimiento, en mayor medida puesto que yo había experimentado la misma sensación en el otro lado de la trinchera. Me eduqué en un colegio de curas en cuyas aulas solo estaba permitido el acceso a varones. La cantidad de taras que provocaron en el niño que fui prácticas educativas tan monstruosas no soy capaz de calcularla. Sí sé que, en una ocasión, un colega de pupitre, cuando entramos en BUP y ya estábamos en edad de merecer, me aseveró muy ufano que "la regla es que las tías sangran durante un mes entero del año, por eso lo llaman el periodo o el mes... lo jodido debe ser que a una le toque todos los años en agosto, pues le pilla justo las vacaciones y no podrá bañarse."
Es posible que a muchos les parezca que la ignorancia tenga su encanto. "Si no te gusta lo que tu ojo ve, arrancátelo": esta es según Nietzsche la consigna más definitoria de la moral cristiana. En otras palabras, "mejor no sepas cómo es el otro sexo de verdad, pues descubrirás que es más o menos como tú, con lo que perderás la fascinación y te decepcionarás antes de hora." Consecuencia de aquella medida tan pedagógica fue que, cuando salía del bunker repleto de vallas y garitas de vigilancia en que se había convertido mi colegio, iba por la calle tropezándome con cualquier cosa porque me dedicaba a escrutar todo aquello que remotamente oliera a mujer. Y desde entonces no he perdido la enfermiza fascinación por el otro sexo: ser mujer me parece algo casi imposible, una especie de anomalía.
Y ahí estábamos nosotros, los tíos, gobernados por aquel hatajo de cobardes y manipuladores -huidos de la vida y del tráfago de las calles- que eran nuestros curas, de aquellos seres fracasados que eran la mayoría de nuestros profes, servilmente entregados a la tarea de hacer creer a nuestros padres que tendríamos un mejor futuro moral y profesional si nos rodeaban desde críos de la "gente adecuada"... Ahí estábamos nosotros, tan viriles y tan llenos de homosexualidad mal asumida y estúpidos prejuicios machistas respecto a nuestro papel en la sociedad y el lugar destinado a las hembras... Ahí, respirando el aire testosterónico del aula, el patio o el gimnasio mientras la vida pasaba por delante y pasándonos las revistas guarras hacíamos como si no nos enterábamos. El Valencia había ganado cinco a dos a un equipo rumano, dijo el profe de Gimnasia, sí, qué bien, y dos goles de Kempes, pero por allí no aparecía ni una sola mujer, como si tuvieran la peste y fueran a transmitírnosla.
A uno le gustaría pensar que tantos años después del fin de la dictadura es ya cuestión de tiempo y de ley natural que los enemigos de la democracia vayan desapareciendo... Por eso me sorprendo cada vez que fuegos de intolerancia que consideraba extinguidos reaparecen, un poco como esas viejas epidemias que aterraban a nuestros abuelos y que ahora nos parecen medievales, pero que de vez en cuando vuelven a registrar un nuevo brote no sé dónde. Lo de la segregación sexual en la escuela tiene ese tufillo.
El asunto salta a los noticiarios por el conflicto que se ha montado en Cantabria, cuyo gobierno autonómico ha decidido cortar la subvención a un colegio del Opus Dei -Torrevelo- que solo admite varones en sus aulas. Los motivos de esta decisión son tan obvios, que lo que sorprende es que alguna vez en su historia el erario público, es decir, usted y yo, que somos un par de tontos por lo visto, financie prácticas tan odiosamente antidemocráticas. Pero el caso es que lo hace, lo hace en Catalunya, donde el tripartito hace gala de su radicalidad para proclamar sus querencias secesionistas pero deja bien tranquila a la Iglesia con sus negocios... Y lo hace en el conjunto del Estado, donde el Gobierno Zapatero, demostrando una profunda cobardía, no ha tomado todavía una sola decisión realmente seria que obligue a las comunidades a cumplir la LOE a rajatabla y comprometa la financiación de la Iglesia. ¿Le cae a usted mal el Opus Dei? Pues sepa que usted y yo somos también miembros numerarios de la Obra, pues sufragamos con nuestros impuestos el mejor de sus negocios: la escuela.
La dirección del colegio Torrevelo ha esgrimido sus argumentos en favor de la segregación, la por ellos llamada "educación diferenciada" -y luego dicen que los eufemismos de la corrección política son cosa de rojos-. La idea es que aulas sin doncellas favorecen la concentración de los estudiantes y propician mejores resultados. La decisión de retirar fondos públicos allá donde no se cumpla la condición de ofertar aulas mixtas contraría según Torrevelo el principio constitucional (art. 27.3): "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Se refieren igualmente a la LOE, ley orgánica que regula actualmente la educación en España, y en cuya disposición adicional vigésimo quinta, referida al "fomento de la igualdad efectiva entre hombres y mujeres", se estipula la "atención prioritaria y preferente" a los centros que practiquen la coeducación. Según los feministas radicales que el Opus tiene en el Colegio Torrevelo, esta disposición, si bien prioriza la coeducación, no excluye la posibilidad de subvencionar aquellos centros que practiquen la "educación diferenciada".
La argumentación no puede parecerme más burda. En cuanto a la Constitución, el art. 27 es uno de los que más objeto ha sido de interpretaciones tendenciosas. La Constitución no dice que haya que subvencionar colegios religiosos, lo que dice es que se debe garantizar el derecho de los padres a la formación religiosa y moral de sus hijos que consideren oportuna, lo cual significa que nadie puede impedir que transmitan valores evangélicos a sus hijos o que los lleven a catequesis, prácticas que además el Estado debe incluso comprometerse a proteger. ¿Significa, por ejemplo, esa llamada a la libertad que puedo exigirle a las instituciones públicas que me financien mi deseo de que mi hija se eduque en un aula donde los varones tienen cerrado el paso? En ningún caso, porque se trata precisamente de una práctica inconstitucional, ya que es precisamente la ley máxima la que declara inviolable el principio de igualdad y garantiza el derecho a no sufrir discriminación por razones como la condición sexual. En el segundo caso, se amparan en algo que la LOE no dice para sostener -falacia ad ignorantiam- que si la ley no excluye que los colegios segregadores sean subvencionados, entonces es que deben serlo. Es la misma ley la que, en su artículo 84.3, garantiza que "en ningún caso habrá discriminación por razón de sexo".
Poco pecio flotando al que aferrarse veo en las leyes vigentes para legitimar una práctica segregacionista tan reaccionaria. Hay, claro, algo que siempre se termina aduciendo cuando de lo que se trata, como en este caso, es de hacer negocio: el mercado demanda la "educación diferenciada". La Iglesia española acostumbra a deslizarse por las aguas del lenguaje moral para ocultar que la lógica que mejor domina es la del mercado, o, para ser más preciso, la del servicio y la satisfacción del cliente. Las escuelas religiosas han entendido perfectamente que lo que quieren sus clientes es distinción, concepto muy de consumidor de élite y radicalmente opuesto al principio de inclusión que domina la moderna pedagogía. Allá con su conciencia aquellos piadosos siervos de Dios que no soportan la idea de juntar a sus hijos con niños inmigrantes o con habitantes de los barrios pobres de la ciudad... Lo que no hay manera de justificar es que una práctica tan odiosa, tan clasista y tan insolidaria sea pagada por usted y por mí. Es bien sencillo: en estos momentos es una obligación ética luchar contra la financiación pública de la escuela privada... Salvo excepciones muy localizadas, como cooperativas y centros que fomentan prácticas educativas solidarias, que los ciudadanos estemos pagando estilos educativos discriminatorios y clasistas es una prueba concluyente de que, en nuestra joven democracia, los viejos poderes fácticos mantienen hipotecas intolerables sobre la ciudadanía.
Quizá alguno aún piense que en el colegio de curas no pensábamos en chicas durante las clases solo porque no las teníamos en el aula, pobrecito. Por cierto, pringado, cuando tu hija está con las monjitas se dedica a pensar en un chico del barrio que le gusta, ¿qué creías?