
NADIE ACABARÁ
CON LOS LIBROS...
NI CON LA VANIDAD

No sé si su obra es tan significativa como a mí me parece, no sé si tiene un componente excesivo de prestidigitador y una inquietante facilidad para manejarse en los media... Lo que sí sé con certeza es que siempre me he divertido mucho leyéndole, e incluyo muy especialmente aquí sus declaraciones y entrevistas, en las que demuestra -mejor cuanto más anciano- una finura analítica y una disposición a la ironía ante las que no puedo sino admirarme.
Pues bien, resulta que estoy volviendo a divertirme barbaridades con este señor gordito del Piamonte: el libro se llama Nadie acabará con los libros. Se trata de un largo diálogo con Jean-Claude Carrière, que presume -yo en su caso también presumiría- de haber trabajado como actor y, sobre todo, como guionista en muchas de las películas rodadas por Luis Buñuel a partir de los años sesenta. No me olvidaría de su guión de Cyrano de Bergerac o del de La caja china, film dirigido por Wayne Wang e interpretado por Jeremy Irons, en mi opinión uno de las mejores películas que se han rodado en los últimos veinte años. El diálogo es moderado por Jean-Philippe de Tonnac, un reputado intelectual francés que tiene alguna obra traducida al castellano y que dice en la introducción algo tan interesante como esto: ""Más que nunca, entendemos que la cultura es lo que queda cuando todo lo demás ha desaparecido". La edición de Lumen, uno de los sellos de Random House Mondadori, es ciertamente bonita, y merecen especialmente la pena las ilustraciones a cargo de André Kertesz, un reconocido maestro de la fotografía.

El contenido del texto es tan luminoso, tan ocurrente, hay tanta inteligencia y, al mismo tiempo, tanto sentido del humor en los dos interlocutores, que uno termina fastidiando a quienes comparten su vida, pues les promete dejarles el libro cuando acabes de leerlo, pero por el camino no puedes evitar ir destripándoselo. Ambos relatan episodios realmente sorprendentes sobre el mundo de la bibliofilia, la cual, más allá de la adicción a veces patológica por incunables y antigüedades literarias -patología que los dos reconocen sufrir-, abarca la larguísima historia del amor por los libros. Amor y también odio, pues episodios como el del incendio de la mítica Biblioteca de Alejandría han sido tristemente frecuentes a lo largo de los tiempos. Sometido a la presión, la vigilancia y la animadversión de toda suerte de inquisidores, el libro ha sufrido lo que Tonnac llama su "bibliocausto". Llegamos a fascinarnos ante episodios delirantes de enloquecidos que cruzaban en el año mil cordilleras y desiertos para llegar a cierto monasterio del norte de Italia que albergaba una copia anterior a Cristo de la Poética de Aristóteles. Eco insinúa hasta dónde sería capaz de llegar él mismo por conseguir una de las Biblias de Gutemberg...
Pero de los quince temas de conversación que estructuran el texto creo que me quedo con el titulado Nadie detendrá la vanidad. Umberto Eco es conocido entre otras muchas cosas por su condición de coleccionista de rarezas literarias. Le han fascinado desde siempre los libros que descubren maravillas científicas que resultaron ser completamente falsas, las obras maestras de farsantes que inventaron máquinas tan disparatadas como la "limpiadora de volcanes", las cartografías estrambóticas de tierras remotas que supuestamente se habían explorado... Eco tiene en casa una enciclopedia de la estupidez ( de la bêtise, insiste en decir) en potencia, quizá porque sospecha que nada de lo que una época escribe sobre sí misma es más verdadero que sus mentiras.
Especialmente memorable es el pasaje en el que conversa con Carrière sobre el género denominado vanity press. Se refiere a esas empresas -en número creciente con la galaxia internet- que se dedican a explotar arteramente la vanidad de las personas haciéndoles creer que van a editar, publicitar y distribuir el libro que han escrito, para lo cual se sirven de estrategias que parecen burdas a quienes nunca han experimentado el deseo de figurar al lado de los grandes escritores. Habla por ejemplo de una enciclopedia italiana que admitía dinero por incluir el nombre del cliente junto a los de los grandes escritores. Así, al lado de Cesare Pavese, del que apenas se cita su lugar y fecha de nacimiento y alguna de sus obras, aparece un personaje completamente desconocido del que se glosa largamente su fecundísima relación epistolar nada menos que con Einstein y con el Papa Pío XII. Ciertamente, el hombre escribió largas cartas durante años a ambos, lo que la enciclopedia no cuenta es que ni el científico ni el Pontífice le contestaron jamás.

En cuanto a la vanidad literaria... Hay personas que jamás han publicado una línea y que viven obsesionadas con los numerosos desaprensivos que tienen la intención de robarles sus obras, de ahí que se pasen continuamente por la SGAE para asegurar su autoría. Hay quien, tras habérsele editado un puñado de ejemplares, se obsesiona con que la modesta editorial pretende robarle sus derechos de autor y vende los libros en secreto sin comunicárselo. Pero mi preferido fue un profesor de Latín, el tipo más estrafalario que he podido conocer jamás. Una noche decidió leernos a un grupo de compañeros sus poemas de amor. Mientras recitaba aquellos ripios infumables creíamos estar asistiendo a una broma... Pero no: dos noches después, ante lo que él consideraba un gran éxito entre nosotros, optó por leernos su "antología". Había una oda a Goya, un poema de admiración a la belleza de las invitadas al recital, églogas, sonetos... Terminó leyéndolos subido a la mesa del bar donde habíamos cenado ante la incredulidad general de todos los habitantes del local.
Aquel joven poeta se ha perdido en la noche de mi pasado, ya no supe nada más de él, pese a que me consta que dejó huella entre quienes allá le conocieron. Creo que Umberto Eco le habría amado.

Creo que preferiría ser arrollado por una estampida de búfalos antes que protagonizar una escena como esa y ante millones de espectadores. Mis padres me enseñaron algunas cosas sobre el sentido del ridículo, el pudor, la vergüenza... Es probable que tales cosas no hayan conseguido sino debilitarme. En estas últimas horas me entero por el servicio de noticias de Yahoo que la próxima semana Ablissa, que así se llama el esperpéntico duo musical que han formado, tiene una actuación en Bristol.
Creo que el mundo que tenemos se resume en historias aparentemente tan estúpidas como ésta. Es cuestión de saber sacar conclusiones.
¿Cómo alguien tan insignificante, tan despreciable, puede concitar la atención planetaria en la conmemoración del 11-S? De Terry Jones -a quien podríamos confundir con uno de los Monty Python, leemos que dirige una congregación pentecostal de cincuenta personas, pero lo que todo el mundo sabe, lo que le identifica es que se proclama "antimusulmán". Lo relevante de que al tipo le pegue por quemar coranes no es el hecho en sí, ni siquiera lo es por su supuesto valor simbólico, pues todo barrio tiene a su loco que abjura de Dios desde una esquina... No, la cuestión es que los fanáticos de la religión a la que supuestamente odia Jones no acaban de entender que la mejor manera de enfrentarse al personaje sería simplemente olvidarse de él y ningunear sus patochadas.
Temo que a un Hitler le dé por apilar libros en una hoguera de Alexander Platz para quemarlos porque lo que han pretendido siempre este tipo de inquisidores es protegernos de dichos libros, un poco como sucede con los bomberos de Fahrenheit 451, aquel relato futurista de Ray Bradbury que Truffaut convirtió en un atractivo film y que advertía contra el riesgo de que un estado totalitario se cebara con los libros por miedo a la libertad de criterios. Pero no es este el caso, lo que pretende este Torquemada de opera bufa es simplemente adquirir notoriedad, satisfacer su vanidad haciendo ver que está llamado a una misión redentora y que es dueño de un enorme poder, hasta el punto de tener poco menos que a su disposición a importantes líderes políticos, los cuales no cesan de advertirle del daño que puede hacer con esta provocación hacia el t

¿Cómo alguien puede pensar que -cita textual de Jones- "el islam es el diablo"? No, no es esta la pregunta correcta. La pregunta es más bien, ¿por qué tantas líneas para este bufón? Por cierto, es cuestión de días, si no de horas que empecemos a enterarnos de que se queman coranes por aquí y por allá. Al tiempo.