Alguien regala una persona a la que quiere una pequeña cajita como las que enviaban los masones para no ser descubiertos. La caja, formado por varias láminas superpuestas, requiere una clave de apertura que sólo puede descifrar el receptor. Al abrirla, éste descubre un papel en el que figura una inscripción: "Tiempo". El autor del obsequio no regala en realidad, más bien solicita, le sugiere al obsequiado que le conceda más tiempo, que se detenga para hablarle, para besarle, para compartir con él algunas de sus horas.
En escenarios mucho más prosaicos la gente también pide tiempo. Me lo piden mis alumnos cuando completan un examen, lo pedimos nosotros cuando nos cuentan los beneficios de un nuevo contrato con una compañía de telefonía con internet más televisión. La marujas en el Mercadona dicen llevar prisa, lo digo yo -aunque es una excusa- para librarme de un pelmazo que prepara algún truco para conseguir mi dinero, se lo digo a mis alumnos cuando se encantan con el vuelo de una mosca porque el temario debe cumplirse y vamos retrasados.
Un salvaje llamado Tuiavii visitó Nueva York -como Tarzán- con la compañía del antropólogo que antes le estudió a él en su tribu. Contó que los papalagi, es decir, nosotros los civilizados, se refieren al tiempo como si fuera una materia tangible. Por eso lo ganamos, lo perdemos, lo aprovechamos, lo recuperamos... Deambulamos según Tuiavii dominados por ese tirano inexorable que nos maltrata sin piedad y al que hemos vendido el alma para obtener un bienestar que nunca nos satisface, pues el tiempo nos gana siempre. Quizá el tiempo sea un tesoro, pero sometido a la infección luterana de las naciones eficaces se convierte en la clave de la prosperidad y también en una enfermedad con la que nos torturamos.
Síntoma de esta neurosis de la que todos estamos aquejados, como cautivos en una cárcel móvil de la que ya no sabemos como escapar, requerimos la ayuda de psicoanalistas, sanadores y quiromantes de toda especie para que nos expliquen porque nos sentimos tan mal. Lo primero que nos dicen es que "no estás enfermo", pero lo estamos todos. Fíjense por ejemplo en lo que ocurre en una ciudad los viernes por la tarde. Es el momento para escapar a las obligaciones laborales, pero la gente tiene más prisa y está más irritable que nunca, con esa carga de violencia tan misteriosa que electriza a quienes se suben a un automóvil creyendo que su vehículo le permite pisotear al hatajo de perdedores que caminan e infestan con su exasperante lentitud los pasos de cebra.
¿No han notado que nuestras aceras se están alemanizando? Pueblo exitoso como pocos, los alemanes pasan como panzers por la acera y te empujan sin contemplaciones si un centímetro de tu cuerpo se interpone en su camino. En España, donde las aceras eran reductos de la poca vida social que todavía nos queda, es cada vez más frecuente que, si te detienes un segundo a mirar la luna o a saludar a un vecino, o simplemente no te desplazas a la velocidad correcta, algún imbécil te meta el codo. Lleva prisa, claro. Pronto pondrán señales de velocidad para los viandantes.
Veo la última entrevista de Ana Pastor en La Sexta. Lo siento, no soporto a esta chica, es un problema que tengo. Vive instalada en una aceleración enfurecida en la que sólo se siente cómoda ella porque está enferma, enferma de prisa, de ambición, de intolerancia. Acosa al infortunado entrevistado porque parece creer que éste siempre oculta algo que sólo revelará si es sometido a la presión adecuada. Interrumpe continuamente porque cree que nosotros se lo pedimos. Tiene uno que respetar muy poco a los que entrevista para no dejarles ni un instante de respiro, como si instalados en su apremio hubiéramos todos de exhibir nuestra mentira, nuestra corrupción y nuestras contradicciones. Pero por debajo de las evasivas del entrevistado sólo queda el hastío, la sensación de que uno es víctima de un interrogatorio policial. "La gente quiere saber", cree Pastor; se equivoca, la gente quiere escuchar. Qué lejos quedan los enigmáticos silencios de Jesús Quintero.