El Mundial de Balonmano de 2015 se celebró en Qatar, selección sin ningún currículum que acabó subcampeona, perdiendo en la final con la potente Francia por tan solo dos goles. Sería una sorpresa, pese a la condición de anfitrión del combinado catarí, de no ser porque estaba íntegramente conformado por jugadores extranjeros llegados de países punteros en este deporte. A estos jugadores se les pagó una cantidad considerable de petrodólares por nacionalizarse y disputar el campeonato bajo aquella bandera extraña. Se advirtió que, entre el público que jaleaba sus actuaciones, había muchas personas que no parecían nativas. Un aficionado español, por ejemplo, reconoció haber animado con aparente entusiasmo al equipo local, llegando incluso a "traicionar" su condición nacional al apoyar a Qatar en su partido contra España. No es difícil imaginar que le pagaron a él y a otros muchos por hacerlo, pues no parece que haya muchos ciudadanos cataríes que supieran siquiera en qué consiste este juego.
Sigo, en el Mundial de fútbol que se disputó en Corea llamaba la atención la multitud de aficionados ataviados con la camiseta del equipo que jugaba cada día. Así se advertía un considerable colorido en las gradas, por ejemplo con aficionados de naranja que coreaban a Holanda, de amarillo que lo hacían por Brasil, etc, etc... Todos eran coreanos, y sospecho que con aquello sentían que estaban haciéndole un servicio considerable a su país.

El fútbol y otros deportes han entrado en la globalización, como tantas otras cosas, a partir de lo que Vicente Verdú llamaría el "capitalismo de ficción". En esta vuelta de tuerca posmoderna, el negocio del deporte de élite se alimenta de un simulacro. Inter de Milán, Real Madrid, Manchester United ya no son simples equipos de fútbol, son marcas, lovemarks, como diría ahora un experto en marketing.
Así, cuando hoy un equipo español se enfrenta a uno de la Premier League, no parece haber rastro del tradicional estilo futbolístico de las islas, cosa que se explica porque es casi imposible encontrar un jugador británico en sus plantillas, más difícil aún si se trata de entrenadores. Esta deslocalización, y la correspondiente desnaturalización de los equipos, no afecta sólo a los ingleses; si el Sevilla, por ejemplo, se enfrenta al Manchester City, hallaremos más jugadores españoles en este equipo que en aquél.
Es llamativo que en la liga española ya no se disputen partidos de forma simultánea, es decir, la jornada de liga empieza el viernes y acaba el lunes, con encuentros sucesivos y a horas tan delirantes como el domingo a las doce, al parecer con intención de satisfacer a los clientes televisivos de todo el mundo, sobre todo los asiáticos.
Los aficionados se han convertido en figurantes. El telespectador taiwanés quiere que estén, y más si son animosos ultras, pues forman parte de la lógica del espectáculo. Lo que está claro es que la hinchada local, máximo sostén y destinatario en otro tiempo del juego, pasa hoy a formar parte de la escena. Se le pide que se pronuncie, que grite, que insulte a Cristiano Ronaldo, que despliegue banderas y cánticos, que haga lo que siempre ha hecho, pero ahora por un motivo sencillo: las cámaras deben encontrar motivos para retratarle.
Hace tres años el Valencia cf, entidad histórica y completamente arruinada por los especuladores, fue vendido a un multimillonario de Singapur, Peter Lim. "Welcome Mr Lim", proclamaba con inmensos caracteres el marcador electrónico de Mestalla, un estadio con casi un siglo de existencia. Berlanga y Mr Marshall una vez más, sí, poderío financiero llegado como el maná de muy lejos para sacarnos de pobres. Lim vive a tres mil kilómetros, no pasa por Valencia, no es seguro que le informe de que, en ocasiones, el graderío se cabrea porque el equipo es un dislate. "Cultura de club", dicen sus empleados, sabedores de que Meriton, la empresa dirigida por Lim, les paga para mantener un simulacro.
Un gran club de fúbol construye su leyenda desde el fragor de batallas épicas. "Forjado en el yunque de la adversidad", se ha dicho siempre del Levante. El Valencia no es una marca, tampoco el fútbol español ni la liga nacional. Siempre hubo negocio en torno al fútbol, siempre hubo desaprensivos que rapiñaron con este deporte que los cándidos aman hasta el punto de pagar por la ilusión que genera. Es un entretenimiento ligero, si queremos, pero no es una ficción, o mejor, no es un simulacro, nunca lo fue... Hasta ahora.

Los mercaderes del capitalismo global se apoderan de los sentimientos para venderlos cuidadosamente envueltos, como la paella congelada, en papel de celofán. Si pudieran, venderían emoción valencianista en bandejas de supermercado. Es lo mismo que hacen con cualquier cosa que se pueda convertir en artículo de consumo. La experiencia misma, aquello que constituye el mapa emocional de una persona, es desrealizado -expurgado de su valor de realidad- para convertirse en folklore. El fútbol, la tortilla de patatas, el centro histórico de las ciudades, el amor... no podemos estar seguros de no haber cruzado todavía la línea roja de lo verdadero, acaso ya sólo vivimos como simulación.
¿Funciona el trampantojo? No. El Valencia va de derrota en derrota. Es un equipo "líquido". A la búsqueda de una identidad, navega a la deriva sin encontrar un método porque se ha convertido en un monopoly donde los jugadores desfilan pasando apenas dos años y marchando para que los comisionistas se forren con los traspasos. Ningún proyecto cuaja, nada que fuera sólido puede ya abandonar el estado fluido en que lo han convertido. No funciona, no, el equipo parece ir camino de la catástrofe, pero dudo mucho a que a su dueño singapurense tal cosa le quite el sueño. A fin de cuentas, no es mucho más que perder al Monopoly.
Conozco socialistas de corazón que están sufriendo con este desgarramiento del PSOE que amenaza con llevar la organización a toda suerte de abismos imaginables. Son personas libres, sensatas y bienintencionadas que han decidido no someterse al dictamen fatalista de que la izquierda es incapaz de organizar una maquinaria institucional realmente capaz de propiciar una sociedad más justa e igualitaria desde el poder ejecutivo en los Estados europeos. En otras palabras, continúan aferrados a la idea de que todavía es posible en la Europa unificada y en la sociedad globalizada aplicar políticas de defensa de la ciudadanía.
No soy socialista de corazón porque mis circunstancias biográficas lo impiden, pero me da como para entender que un país sin PSOE, o con el Partido convertido en una fuerza parlamentaria irrelevante, abre una perspectiva inquietante. Pero aún más siniestra es la sombra que se alza sobre nosotros si lo que está en juego en este proceso es la supervivencia de la socialdemocracia, entendiendo por tal la posibilidad de presentar a la derecha una alternativa pacífica y no populista ni antisistema. Quizá esta reflexión me convierta a la postre en socialista de convicción, da igual.

Pero, ¿es realmente un drama esta crisis? De entrada deberíamos pensar que la verdadera catástrofe no está en los corredores de Ferraz, sino en las urnas, es ahí donde el partido que llegó a arrasar en los años ochenta con diez millones de votos se está desangrando. Por otro lado, esta guerra civil tiene la virtud de poner al desnudo al conjunto de la organización. Para unos -en un discurso apoyado más allá de la deontología periodística por el diario El País-, Sánchez es un insensato que, empezando por no asumir las consecuencias de sus reiterados fracasos electorales, amenaza con llevar al Partido a un desastre aún mayor. Para otros Sánchez, convertido en el Corbyn español, es la respuesta de la militancia al tóxico enganche que los viejos leones del partido mantienen con importantes sectores de la oligarquía económica.
Pacto con el PP o terceras elecciones, éste dicen que es el dilema, y lo es, sí, pero yo lo expresaría de forma más prosaica: ¿con quién vamos a perder menos votos?
Como quiera que el conflicto de poder y sus urgencias tienden a enfocar las atenciones en lo que al final tiene mucho de show mediático -no hay más que ver cómo se lo están pasando en la televisión de Milikito-, no está mal recordar que el verdadero problema -en ningún caso exclusivamente "español"- es el descrédito del laborismo europeo. Por eso, y a riesgo de ponerme más pedagógico de lo razonable, conviene no descuidar el sentido general de la situación que atravesamos.

1. El neoliberalismo se impuso como discurso hegemónico en la política-económica anglosajona con el reagan-thatcherismo en los ochenta y erosionó el prestigio de la socialdemocracia heredada del New Deal y autora del Estado del Bienestar. Ese proceso, que alcanza su punto de máxima difusión a inicios de siglo, ha debilitado las instituciones de participación ciudadana, ha incrementado la desigualdad en todo el mundo, ha individualizado y despolitizado a las comunidades y ha puesto el poder en manos de una serie de megacorporaciones que deambulan sin trabas por el mundo condicionando la vida de todos. En una palabra, el neoliberalismo es un fracaso y su supuesta "eficacia" un mito.
2. El neoliberalismo se autorrefuta hasta el punto del cinismo. Cuando los mercados, incapaces de autorregularse, se cargaron el sistema desencadenando una crisis no igualada desde el 29, acudieron como conejos los bancos a los Estados, es decir, a todos nosotros, para que les salváramos, a pesar de llevar décadas convenciéndonos de que los Estados eran el Mal y los enemigos de la prosperidad. Muchos de los reaccionarios más asertivos que conozco tienen una extraña habilidad para que sus admirables proyectos privados vivan a costa del erario público, normalmente por concesiones de los amiguetes que tienen en el odioso mundo de la política. A eso lo llaman iniciativa empresarial y libre competencia.

3. Si la realpolitik determina que un partido como el PSOE no puede liberarse del gancho del Ibex y los oligarcas que se supone que les financian, entonces es perfectamente legítimo que se hable de "casta" y se vote a otros partidos, que dentro de la propia organización haya quien explore otras opciones y que, en definitiva, haya quien siga soñando con la esperanza de que votar socialista no sea lo mismo que votar a la derecha.
Veremos...
Recientemente viví un episodio como el de Takwa, la joven estudiante musulmana cuya pretensión de entrar a las aulas del Instituto Benlliure de Valencia con un hiyab fue rechazada por contravenir las reglas del Centro. El mismo caso, distinto desenlace. Nuestra alumna se negó en redondo y de forma insistente a quitarse el hiyab ante los requerimientos del profesorado, de manera que, en atención al reglamento que rige la convivencia en el Centro, se le buscó acomodo en un instituto cercano donde, por lo visto, no existía la prohibición del hiyab.
Impartí clase de Ética durante dos semanas a esta alumna, palestina para más señas, con todo lo que implica tal origen. Tras una larga reflexión y sin dejar ni por un momento de respetar y entender el criterio de la dirección y la mayoría de mis compañeros, decidí pronunciarme a favor de que la alumna se quedara con nosotros. Algunos me recordaron la obligatoriedad del reglamento, que excluye la posibilidad de entrar a clase con cualquier prenda que cubra la cabeza y que, explícitamente, incluía entre tales prendas el velo musulmán. Otros incidían en la empresa moral que acometíamos, pues entendían que al hacer respetar esa prohibición, ayudábamos a las chicas islámicas a librarse de una imposición machista y ofensiva para los derechos de la mujer. Entendí e incluso acepté la primera cuestión, no la segunda.

De entrada me parece que quienes insisten en liberar a las mujeres musulmanas del velo suelen exhibir un conocimiento poco profundo de la problemática, en la cual entran como un elefante en una cacharrería. El asunto, me temo, es bastante más complejo y va más allá de fórmulas simplistas. En cualquier caso, no me pareció en absoluto que expulsar a la alumna fuera la mejor manera de liberarla de nada. Técnicamente no fue una expulsión, pero es así como sospecho que se sintió la niña, es decir, víctima de un rechazo que, dado su exquisito comportamiento en el aula, de ninguna manera merecía.
Lo segundo es difícil de rebatir, las normas se hacen para ser cumplidas. Pese a ello, yo efectué algunas consideraciones que entendía oportunas. Una vez la niña ya estaba entre nosotros, juzgué que lo mejor era que siguiera asistiendo a clases como la mía, donde aprendería que las chicas a las que trataría diariamente no necesitaban cubrir su cabeza para ser respetadas. Si para asistir a un Instituto necesita el velo, entonces aceptémosla con él, arguí, aunque sea porque sólo estudiando en un buen instituto llegará a entender que hay más formas de identidad y que no todo se reduce a ser la hija de un padre y después la mujer de un esposo. A menudo, pensé, aceptamos conductas indeseables y alumnos que no quieren estar entre nosotros y a los que los inspectores nos obligan a mantener a toda costa en las aulas, con el disturbio consecuente... ¿No deberíamos hacer una excepción y mantener a ésta?
Bien, quizá mi postura era inconsecuente y feble, quizá.
Déjenme que ahora les sorprenda: no sólo el tratamiento que se le ha dado a este tema desde el Consell y desde la prensa me parece injusto con los compañeros del Benlliure sino que, además, deja en mal lugar a quienes en algún momento hemos expresado dudas respecto a este delicado asunto.
Escuchando a la Conseller Mónica Oltra, que ha obligado al Benlliure a readmitir a Takwa, o a los periodistas que han informado del tema, queda la sensación de que un grupo de profesores retrógrados e insensibles prohíben la entrada a clase a una joven porque son renuentes a la diversidad cultural y a la libertad de expresión. Como nadie se ha preocupado de conocer en profundidad la versión del Instituto, les daré yo la que sospecho que ofrecería su dirección si alguien se hubiera tomado la molestia de pedírsela.

En primer lugar el Reglamento de Régimen Interno de un Centro no es decidido por la dirección ni por el Claustro de Profesores, sino por el Consell Escolar, en el que están representados padres y alumnos. Toda organización social requiere unas normas que podemos llamar de cortesía, pero que yo considero de respeto y convivencia. Yo exijo a mis alumnos que se quiten la gorra si entran con ella a clase, y haré lo mismo si algún día uno decide acceder a mi aula con un sombrero mexicano o un tricornio de la Guardia Civil. No es sólo un problema de sombreros, tampoco consentiría que un alumno se quitara la camiseta ni, obviamente, que viniera desnudo a clase.
Ahora el Consell nos exige cambiar los reglamentos, y, por lo visto, pasará una circular próximamente a los Centros para que realicemos la correspondiente modificación. ¿Ha pensado Oltra en los sombreros mexicanos? No, obviamente se nos va a exigir que toleremos el hiyab... desconozco si pretende incluir el burka. Mónica Oltra está firmemente convencida de que ha hecho algo en favor de una persona discriminada. ¿Qué nos dirá que hagamos si un compañero, por ejemplo el profesor de Religión, decide colocar cruces en las aulas?
Sospecho que a un sector de la izquierda se le olvida a menudo que la base ideológica de la democracia es ilustrada, es decir, laicista. Nos está costando mucho alcanzar normalidad democrática en España porque la Iglesia Católica continúa teniendo un inmenso poder, lo cual determina prácticas tan contrarias a la libertad como la segregación por sexos en colegios concertados o la conversión de clases de adoctrinamiento católico en asignaturas al mismo nivel que las científicas. Por eso no entiendo el porqué de la excepción con el hiyab.
Me asalta otra inquietud. La instrucción que ha dado el Consell, ¿no viola la autonomía de los Centros? Es la gente del IES Benlliure la que está asumiendo las consecuencias del laicismo, que considera la fe religiosa como una cuestión privada, y es la gente como Oltra la que la está dinamitando.

No es un plato de gusto negar la entrada a una alumna en un Centro público, menos en uno con el prestigio y el historial del Benlliure. Pero es mucho peor que una preferencia privada, tan válida y respetable como la de un joven mexicano que se pone un sombrero en homenaje a la patria que tanto añora, determine el sentido de las leyes.
Mónica Oltra y la prensa deberían saberlo, pero no parecen interesados en que los compañeros del Benlliure se lo expliquen. Se me ocurre por cierto una pregunta malintencionada: los alumnos católicos tienen derecho a que un profesor designado por la Iglesia les adoctrine en el catolicismo, ¿qué hará Oltra cuando Takwa le exija un Imán en el aula?
1. A menudo reaparecen en sueños los fantasmas que he ido dejando en el camino. A algunas personas les hice daño y, probablemente, algunos de ellos me lo hicieron a mí. La juventud es eufórica pero airada y, como afirma Cioran, tiene esa entrañable propensión a desesperarse; lo que intento decir es que perdí amigos más por impaciencia, agotamiento o pereza que por crueldad. A los pocos que sigo tratando les he pedido perdón; a los demás he tenido la elegancia de dejarlos en paz, les he brindado con absoluta conciencia de lo que hacía la oportunidad de olvidarme... Me di a sus ojos una buena muerte, estoy orgulloso de ello.
2. Si hay algo en lo que no deseo convertirme es en un pelmazo. Nadie te pierde el respeto (y mil veces prefiero que me respeten a que me quieran) antes que aquel a quien aburres. No quiero que me lean por decoro, ninguna que no lo desee irá a mi cama, cuando un alumno no me soporte haré la vista gorda ante sus bostezos... Conozco a pesados insufribles: todos se parecen en que una vez te consideran presa toman la firme determinación de no dejarte escapar. Yo no caeré bajo la lanza de Aquiles o tras tomar la cicuta condenado por la Ciudad, como reclaman mis antepasados desde el Valhalla, moriré por impotencia de anciano inválido cuando no pueda huir de un vendedor de biblias o un vecino fisgón.

3. La tolerancia ha perdido prestigio desde que la heroica lucha de Voltaire contra los fanáticos le hizo justicia. La culpable es la corrección política. "Tolerancia cero", es una fórmula recurrente en nuestro tiempo. Pese a tanto discurso en favor de la diversidad o de la singularidad de los sujetos, lo cierto es que nunca se nos ha uniformizado tanto, por ejemplo en la indiferencia y la impotencia políticas o en nuestro aprendizaje como consumidores. Se ejerce una continua presión sobre las personas para que se reciclen y sean mejores padres o mejores profesionales, incrementen su musculatura, cuiden más su salud, ingresen en la espiritualidad budista, consuman productos no tóxicos, eyaculen correctamente o se operen las tetas. Pero el mundo jamás se someterá a nuestra voluntad, nuestros prójimos son como son, es estúpido pasarse el día pegándoles broncas para que cambien y sean "buenos".
Mientras no tengamos el coraje de asumir que el destino no va a plegarse a nuestros planes estaremos en riesgo de morir de ansiedad, que es desde hace miles de años el primer enemigo de cualquier modelo de sabiduría. Así entiendo el concepto de tolerancia: entender que aquello que se resiste a la normalidad debe seguir entre nosotros, que son los bichos raros, empezando por las monstruosidades que se agazapan en las vísceras de cada uno de nosotros, las que hacen posible la supervivencia de todos.

4. Cuando en la magnífica "Desgracia", de Coetzee, el profesor Lurie es conminado a defenderse ante el consejo universitario y aceptar un tratamiento psicológico por haber abusado de una alumna de veinte años, contesta algo que se me ha quedado grabado para siempre:
"Estoy convencido de que los miembros de esta comisión tienen mejores
asuntos en los cuales ocupar su tiempo, antes que meterse a discutir
de nuevo, pormenorizadamente, una historia sobre la cual no
cabrá discrepancia alguna. Me declaro culpable de ambos cargos. Emitan
ustedes su veredicto y sigamos cada cual con su vida. "
Lo que me admira de esta intervención no es que Lurie admita su culpa, sino que sea capaz de renunciar a su puesto de trabajo sólo al precio de que le dejen en paz los pelmazos de la comisión. "Sigamos cada cual con su vida"... cuántas veces debería aparecer esta frase en cada biografía.
5. Niégate a tomarte en serio a nadie que no tenga cierta facilidad para hacer el ridículo de vez en cuando.
6. Te engañas: sólo eres digno de ser amado por tus taras... Por ellas, no a pesar de ellas. No seducimos tanto por nuestro poder o nuestros éxitos como creemos, sino más bien por esa misteriosa fragilidad a la que apuntamos. Sólo los pocos que son verdaderamente capaces de amarnos entienden esto.
Cae en mis manos en plena canícula el ejemplar de Cuore especial "¡Aaaaargh!", donde se ofrece un resumen de las excentricidades, golfadas y metidas de pata -especialmente con el atuendo- de las celebrities mundiales. Llama la atención que apenas aparezcan "estrellas" celtibéricas, de lo cual deducimos fácilmente que esta publicación que cuesta menos de dos euros vive de las fotografías que los paparazzi venden a los tabloides sensacionalistas británicos.
Cuore es algo así como el anti "¡Hola!", respetable publicación semanal que desde hace más de medio siglo presenta las mansiones de los famosos, sus bodas, sus reconciliaciones... todo aquello que en especial la aristocracia vende al exterior como una fachada amable e incluso gloriosa. Quien compra el "¡Hola!" ama a reyes, sotas y princesas, les envidia, desea ser como ellos, de ahí que su gran icono sea Isabel Preysler, quien ha conseguido desde su papel de esposa trazar una biografía femenina triunfal. Cuore sería el inconsciente de "¡Hola!", la sala oscura de los deseos, el regodeo de la pulsión insana de quien ya sabe que no vivirá jamás como los ricos, de ahí que se conforme con verlos estrellarse y morder el polvo. "¡Hola!" es una publicación burguesa e ideológica, su misión es legitimar el sistema de castas convirtiendo a los plebeyos a los valores de los afortunados. Cuore, dado que el corazón es a fin de cuentas una víscera más, es más bien una venganza, una expresión airada de resentimiento.

En cierto modo no podrían vivir la una sin la otra. El glamour presenta la felicidad del dinero, el poder y la belleza desde unos retratos artificiosos que, a poco que uno mire con perspicacia, apuntan a un vacío estremecedor. Así es cuando cierta celebritie nos enseña su casa, dentro de la cual se respira una frialdad de muerte, no lejana en el fondo del sarcófago multimillonario del Xanadú de "Citizen Kane", donde la desdicha y la soledad no parecen encontrar consuelo al que aferrarse.
Cuore es pornográfica, su lógica es la obscenidad, la exposición de aquello a lo cual corresponde el secreto, el desvelamiento de lo que debería mantenerse tras los velos de la ilusión.
En el especial "aaaaaargh!" encontramos en portada a Beyoncé en medio de una convulsión que convierte su belleza en algo monstruoso, con el añadido, convenientemente especificado por una flechita, de lo que en zona de peligro no se sabe si es un pliegue del muslamen o un labio vaginal lamentablemente desprotegido. No se trata de que sea bonito, se trata de que sea real, entendiendo que "real" es aquello que nos intentan escamotear, de manera que pagamos al paparazzi para que nos lo entregue. Todo el contenido de la revista ofrece episodios similares. Mariah Carey es insistentemente despellejada por su determinación a apretar carnes generosas, Miley Cirus aparece una y otra vez retratada como una pequeña meretriz, Lindsay Lohan como una borracha histérica y caprichosa...
Uno al final tiene la sensación de estar sucio, como cuando ves una película de porno duro o un programa de Jorge Javier Vázquez y su troupe de TeleCinco. Es muy cutre leer el Cuore, sí, llevan ustedes razón, pero debo confesarles que no es muy distinta la sensación que me asalta cuando veo el show presentado como de debate político en la Sexta los sábados. Tampoco con los interminables espacios deportivos en los que se nos explica que Messi lleva dos días estreñido. Podríamos hablar también de las tertulias radiofónicas o los telediarios donde el protagonismo estelar es para las celebrities de la política, más felices que nunca porque amenazándonos con nuevas elecciones acaparan la atención que sus enfermizas ambiciones exigen.
Miramos hacia donde no ocurre nada, las verdaderas fuerzas que determinan nuestras vidas se agitan lejos de los focos. Aaaaargh.
Me he pasado el mes de agosto sin escribir una línea, tomando el sol en la playa, leyendo novelas y mirando las estrellas desde la orilla del mar. En esas noches sublimes he podido meditar sobre los grandes arcanos de la existencia: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, qué cojones quieren decir las canciones de Heroes del Silencio..., pero no me han entrado ganas de escribir nada.
Dejé de hacerlo cuando me di cuenta de que me estaba convirtiendo en un cascarrabias y de que sólo era capaz de encontrar placer en la indecencia de hacerles cargar a ustedes con mis amarguras.
Lamento comunicarles que el descanso estival, no ha cambiado mi perspectiva, y tengo mis razones. Verán: éste ha sido un verano de muchos culos. Si han acudido a la playa se habrán dado cuenta: los bikinis han acortado extraordinariamente su parte de abajo, no es exactamente un tanga, pero el culo luce casi enteramente libre y orgulloso. Ayer, ya retornado al hogar habitual, me encontré en el parabrisas el cromo de un inmenso trasero femenino con el anuncio de un local liberal denominado La Casita. "Seguimos yendo de culo", pensé, "esta es la prueba de que el culismo es la ideología que domina este país".
Va a haber terceras elecciones. Si preguntas a los protagonistas, todos tienen un relato perfectamente aprendido consistente en echarle las culpas a los demás de que ocurra lo que supuestamente ninguno desea. Ya se encargan de recordárnoslo una y otra vez desde tertulias e informativos. Para colmo nos amenazan con que van a ser el día de Navidad, como echándonos la culpa de que ellos no se aclaren. No sé, yo creo que no tienen solución. Si al menos alguien intentara hacer ver a Rafael Hernando que no tiene ni puta gracia..., pero soy escéptico.

Nada nos asegura que a la tercera vaya la vencida. ¿Por qué no una cuarta, una quinta y así en un eterno retorno? Los políticos acaparando todo el protagonismo durante once meses, quién sabe si más. Sin duda a ellos la perspectiva les encanta, pero corren un riesgo del que no sé si se han dado cuenta: la gente puede empezar a sospechar que nos podemos pasar sin gobierno. Sí, ya conozco la murga, lo que acabo de decir es una grave irresponsabilidad. Pero, qué quieren, a estas alturas es bastante razonable preguntarse si el gobierno de un país periférico como España tiene un margen de acción institucional como para que sus decisiones determinen nuestras vidas. Quizá, como en el número de un ilusionista, miramos al lugar al que nos invitan a mirar, la política de partidos, ignorantes de que donde se dirime nuestra suerte es en los cuadros de mando de las grandes corporaciones o los agentes financieros.

¿Quién gobierna de verdad nuestro destino? Esa es la pregunta, lo demás es ilusionismo. O culismo.
Cada vez que algún programa de televisión, como la otra noche el de Buenafuente, llama a Fernando a Arrabal para montar algún show nocturno, me queda la sensación de estar delante de alguien de hace mucho, mucho tiempo. No en vano Arrabal es octogenario y superviviente de acontecimientos políticos y culturales como para conformar una biografía delirante. Como nunca termina de hacerme demasiada gracia y su vertiente de provocador y enfant terrible me parece muy superada por la coyuntura, me quedo siempre pensando que Arrabal no es mucho más que aquel borracho que la lió una noche en el programa que Sánchez Dragó dedicó nada menos que al milenarismo.
Y sin embargo... Arrabal siempre tiene algo que contar, y creo que tiene que ver con la gente que pudo conocer a lo largo de su vida. Habló del surrealismo, de Breton, de Ionesco, de Beckett, de Warhol, de Cioran. Sospecho que siempre ha querido asemejarse a este último, aunque olvida algo esencial: el rumano jamás aceptó comportarse como un mono de feria, aunque ello le supusiera envejecer y morir casi en la indigencia.

Y habló de Topor, un artista fascinante cuya influencia -estoy pensando por ejemplo en mi amado El Roto- es inmensa y poco reconocida. Contó aquel episodio célebre del Club de Cambridge, recién concluida la guerra mundial, donde se reunió a un coloso de la filosofía, Ludwig Wittgenstein, con Karl Popper -también estaba Bertrand Russell-. Alguien creyó que de aquel debate podrían salir algunas recetas para solucionar los terribles problemas que en Occidente dejaba un paisaje devastado por las monstruosas contiendas. Pero aquello no pudo acabar de peor manera, con Wittgenstein amenazando con un atizador a su interlocutor y abandonando enfurecido la reunión. Podemos entristecernos ante el fracaso o celebrar con Arrabal la ceremonia de la confusión.

Desde el surrealismo, que para mí ha sido siempre mucho más que una corriente puntual incrustada entre la Vanguardia clásica, se abren la mente y los sentidos a aquellas dimensiones de "la realidad" a las que no atiende la mirada convencional. Sólo en ese sentido se advierte que lo real es surreal, es decir, que son claves ilusorias y pautas inconscientes las que hacen habitable el escenario sobre el que deambulamos cotidianamente.
Pienso en todo esto cuando por la mañana pongo un telediario. Es la cadena Cuatro, pero podría ser la Sexta. El locutor adopta un tono muy similar al de un carrusel deportivo. Parece que a cada instante estallan noticias que habrán de incidir decisivamente sobre nuestras vidas. Entre bambalinas hay pactos y negociaciones, cualquier gesto de un líder, cualquier movimiento debe ser perseguido encarnizadamente para que no se nos escape un solo detalle, pues cuestiones de enorme trascendencia andan en juego.
¿Alguien lo cree de verdad? Lo creen muchos igual que creen en la trascendencia de los debates entre hienas que incendian telecinco sobre Belén Esteban o los espacios deportivos donde se habla durante tramos interminables de cualquier cosa menos de deporte.
No son las obras de arte, es la realidad la que es surreal. Deberíamos pensarlo.