Friday, April 15, 2011







LA SEGUNDA REPÚBLICA
CONTADA A LOS NIÑOS







En los últimos días os ha llamado la atención que un año más, coincidiendo con la segunda semana del mes de abril, algunos de vuestros profesores hayamos conmemorado el día en que se proclamó la Segunda República española, hace nada menos que ochenta años. Por increíble que os parezca aún quedan personas que vivieron aquel acontecimiento, y algunas de ellas participaron en su defensa durante la sangrienta guerra que acabó por destruirla. Hubo quien incluso, tras huir de España ante la perspectiva terrorífica de la dictadura que acaba de imponer el triunfante bando del General Franco, luchó después en Europa contra el fascismo, pasando así de una guerra a otra, de una tragedia terrible a otra todavía mayor. Estos dos acontecimientos sumaron millones de víctimas, y el mundo tardó muchos años en reponerse de tan dolorosas experiencias.











Entiendo que para vosotros la Segunda República no sea mucho más que uno de esos temas con los que os aburre el profesor de Historia. Os aprendéis algunos nombres y fechas, escucháis una y otra vez aquello de la insurrección militar, los tres años de guerra... Finalmente, os examináis, lo olvidáis y a otra cosa. Ya habéis detectado, sin embargo, que a algunos de nosotros este tema nos despierta emociones que sólo a duras penas logramos transmitiros. Muy a pesar nuestro, porque el sentimiento que intentamos compartir con vosotros respecto a la República del 31 es tan intenso como la emoción por un concierto de Bach, la maestría de los cuadros de Velázquez, la perfección de las líneas geométricas o la misteriosa belleza de las estructuras sintácticas.











Ya os he hablado a muchos de vosotros de Galileo. Fue un hombre genial y lleno de amor por las ciencias. Resulta difícil creer que los mandarines de la Iglesia católica de su tiempo tuvieran tanto miedo a que aquel hombre humilde siguiera con sus investigaciones, hasta el punto de que no le ajusticiaron en la hoguera porque sólo en el último momento reconoció aterrorizado que todo lo que decía haber descubierto eran puras invenciones. Por eso leísteis aquello de Descartes en el Discurso del método, que no entendía por qué perseguir tanto a un hombre si en realidad estaban tan seguros de que estaba equivocado al afirmar cosas tan estrambóticas como que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés. También os he hablado de aquel griego, Sócrates, el cual tuvo que darse muerte sentenciado por la Asamblea de Atenas, que no le perdonó su afición a llamar idiotas a los idiotas, por más que esa es una de las cosas que debe hacer un sabio si no quiere convertirse en un hipócrita. También os he contado las muchas vueltas que hubo de pegarse Karl Marx huyendo por Europa porque incitaba en sus manifiestos a los proletarios de Alemania, Francia o Inglaterra a defenderse unidos de la maldición de la miseria a la que les condenaban los nuevos ricos de la Revolución Industrial.



Definió Luciano Canfora la de pensador como "una profesión peligrosa". Creo que hay algo de la rebeldía de todos estos sabios de la historia en el esfuerzo de quienes construyeron la Segunda República española. Por encima de todo el suyo fue un esfuerzo audaz, una prueba de valor, una emocionante aventura que, por desgracia, terminó trágicamente.









Mirad. Hace muchos años, tantos que yo tenía menos edad de la que tenéis muchos de vosotros, un cura nos daba clase de Literatura en el colegio religioso donde yo estudiaba. Decidió secularizarse, es decir, abandonó la condición sacerdotal, y aquella fue la oportunidad que aprovechó la dirección del Colegio para expulsarle. Todos sabíamos perfectamente que le echaban porque las ideas que nos transmitía en clase les molestaban. Decía cosas como ésta: "la tierra es de Dios, y lo que es de Dios es de todos". Ya veis que no le alejaron de nosotros por no ser suficientemente religioso, sino porque su dios no era tan imbécil como para creer, por ejemplo, en los latifundios. Aquella mañana, un grupo de compañeros de los cursos superiores decidió reunirse en el patio y hacer una sentada para no acudir a clase hasta que les dieran una explicación de por qué aquel profesor tenía que marcharse. El director, un cura tan aficionado a comer ostras que no le cabía el culo en la silla, y tan avinagrado de carácter que parecía enfadado por haber nacido, cogió a los cabecillas y los expulsó del centro. No hubo expediente sancionador, ni se consultó nada con sus padres, ni hicieron falta partes disciplinarios... Les expulsó sin más. Cuando aquellos compañeros cruzaron la puerta del colegio ante nuestra mirada, repletos de dignidad y sabedores del enorme respeto con que les mirábamos abandonarnos, entendí que la Dictadura no había muerto del todo con el General Franco, y que la democracia debía abrirse paso día a día a duras penas entre sus enemigos.



Pues bien, fue toda aquella trama de miseria moral, autoritarismo, violencia e intolerancia, de la que yo viví sus últimos coletazos, la que derrotó a la República en el año 39. Cada vez que oséis interesaros por el tema escucharéis a algunos decir que en ese pasado solo entran los rencorosos y los revanchistas; que hay que olvidar; que para qué se empeñan en buscar cadáveres los familiares de todos esos a los que el Régimen asesinó a millares cuando el enemigo ya estaba cautivo y derrotado... Vais a oírles decir que la República cometió toda suerte de crímenes, que pasó su tiempo quemando iglesias y asesinando curas y monjas; que no querían la libertad sino el comunismo; que no querían el laicismo sino la prohibición de las creencias religiosas...







Me gustaría que algún día leyerais la Constitución republicana. O que estudiaséis la vida o la obra de mujeres como Clara Campoamor o Victoria Kent, que tuvieron la insolencia -en aquel tiempo lo era para mucha gente- de reclamar la igualdad de derechos entre los sexos, eso que ahora os parece "natural" y que, sin embargo, costó muchísimos sufrimientos conseguir. Estudia el proyecto escolar de la República, las llamadas misiones pedagógicas. O su programa de acción institucional para sacar de la pobreza y la servidumbre a un pueblo español que estaba todavía demasiado cerca de la Edad Media. O las leyes respecto al divorcio. O respecto a los derechos de los trabajadores. Quizá ese fue su verdadero gran error: la audacia. Los hombres y mujeres que construyeron la República quisieron avanzar demasiado rápido, trataron de convertir en muy poco tiempo una sociedad feudal en una nación moderna, ilustrada y civilizada. Siempre contaron con enemigos poderosos y terribles, algunos de ellos –por lo visto, tan poco aficionados como los fascistas a la libertad- entre sus propias filas. ¿Los peores? La ignorancia y el miedo. A ambos quisieron derrotarlos y perdieron. Decir que fue, pese a todo, un hermoso intento puede sonar a frívolo, pues la guerra posterior ocasionó más de un millón de muertos. Y, sin embargo, lo fue.



Por todo ello muchos vivimos intentando hacernos dignos de aquella Segunda República de la que nos sentimos hijos. Quizá, después de todo, haya algo de razón en vuestra indiferencia. ¿Cómo pretendemos que compartáis con nosotros un sentimiento por una aventura que ni siquiera vivimos? ¿Por qué conmoverse con algo que pasó hace tantos años? Acaso no hayamos sabido contároslo, o puede que con nuestras vidas no hayamos sabido estar a la altura de quienes forjaron aquel sueño. Ojalá vosotros sí lo seáis, ojalá seáis capaces de recoger algo de aquel impulso, aunque no lleguéis nunca a saber de donde proviene.

Friday, April 08, 2011










MADRES (Y PADRES)





Presencio la escena en un paraje ajardinado de la gran ciudad en la que vivo. Dos mujeres de unos treinta y cinco años caminan con sus respectivos bebés en brazos. El ritmo de paseo, la cara con la que miran a sus vástagos... no sé muy bien, pero tengo la impresión de que hay algo religioso -y no en el buen sentido- en la manera de entender la maternidad que denota su actitud, una actitud que, además, tiene pinta de ser producto de un largo adiestramiento y de una conciencia ideológicamente intensa. Lo olvido, pero dos horas después, a mi regreso, me las vuelvo a encontrar y la escena es exactamente la misma. Es como si a un lama le hubieran encargado criar al pequeño Buda, o como si a un fanático católico le dijeran que lo que lleva en los brazos es el Mesías, que resulta que ha resucitado de nuevo para salvarnos o para enviarnos a todos al infierno.


Estoy seguro de que la escena provoca indiferencia a quienes se les cruzan, pero no a mí, que resulta que voy a ser padre, y que ya empiezo a padecer los riesgos de leer y escuchar en exceso sobre un asunto que, como es fácil imaginar, me preocupa sumamente en el momento actual. Me da un poco de miedo toda esa hemorragia ideológica a la que uno asiste un poco con cara de indefenso. Además de futuro padre, resulta que soy profesor, y tengo una trayectoria larga en eso de presenciar formas peligrosas, excesivas o simplemente equivocadas de relación con los hijos. Como sucede con la sobrealimentación, que en las sociedades opulentas termina produciendo más daños a la salud que su contrario, temo que ciertos excesos con respecto al cuidado y atención de los niños termine ocasionando muchos de los males contra los que reacciona.




A los niños hay que quererlos, cuidarlos y educarlos, desde luego, y sobre todo hay que reivindicar la creación de un tejido jurídico que propicie la maternidad y no convierta la posibilidad de tener hijos en poco menos que una aventura que puede a uno -y sobre todo a una- costarle el trabajo y la salud. Que se hayan echado atrás, por ejemplo, las leyes destinadas a aumentar los tiempos de permiso para el padre -veinte días actualmente- me parece una desgracia. Y hay otra mucho mayor a la que parece que nos hemos acostumbrado: que las empresas penalicen económicamente a las mujeres en la medida en que pueden estar tramando en secreto el quedarse embarazadas, algo al parecer nefasto para los intereses de la empresa. Nunca deja de sorprenderme que corrientes ideológicas de tizne fuertemente conservador y católico, supuestamente entregadas a la defensa de la institución familiar y empeñadas en que las mujeres que abortan se pudran en la cárcel, olviden siempre este tipo de abusos empresariales por los cuales las mujeres están destinadas a cobrar sueldos más bajos, a no ser contratadas por ser sospechosas de querer tener hijos o, directamente, a ser despedidas por perpetrar el dichoso crimen.















Ahora bien, empiezo a sentirme incómodo en cuanto soy asaltado por toda la legión de webs, publicaciones o simplemente personas que parecen encontrarse en posesión de la verdad -eso se deduce de la contundencia con la que vierten sus teorías- respecto a cuál es la manera correcta y cuál la incorrecta de parir, nutrir, criar y educar a los hijos. En estos días me he encontrado manifiestos verdaderamente delirantes que convierten el hecho de la lactancia, por ejemplo, en poco menos que una fe religiosa.



Recientemente, la madre de mi futura hija protagonizó una curiosa escena. Preguntada por su estado físico, manifestó estar teniendo un embarazo particularmente incómodo, con abundantes nauseas, entre otros muchos síntomas de malestar cotidiano. Un compañero le explicó que cuando una mujer no está "suficientemente convencida" de su embarazo, suelen provocarse situaciones de "rechazo", con sus consiguientes manifestaciones orgánicas. Lo curioso es que las numerosas féminas que presenciaban la escena asentían. Vamos, que si no llevas un buen embarazo es por una cuestión psicosomática, que es como ahora le llaman a tener permanentes ganas de vomitar, por no decir que es que eres una mala madre y que no quieres a tu futuro hijo.









Es curioso: hoy pocas personas te dicen que es mejor casarse que permanecer soltero, y sin embargo, te encuentras por doquier a gentes que predican sobre las bondades de traer niños al mundo. Es como si el viejo romanticismo de la unión amorosa se hubiera desplazado desde la pareja hacia la filiación. Cuando vi a aquellas dos mujeres, que parecen formar parte de una secta de adoradores de los babys, se me ocurrió una maldad: dentro de unos años, ese mesías al que das de mamar como si se tratara de un rito sagrado se pasará las tardes mirando pelis porno en internet, hará botellón con sus amigos e irá al estadio a insultar al árbitro... Ninguna de todas esas cosas me parecen después de todo indecentes; lo que me espanta son los fanáticos, aunque sean fanáticos del new age, el lactavismo, el tantra, la comida vegana o la meditación zen.



La vida, por fortuna, es mucho más rica de lo que pretenden quienes creen poder atrapar sus secretos en cuatro fórmulas aprendidas de un gurú en un fin de semana de casa rural. La vida se escapa entre los dedos. Y hará con nuestros hijos lo mismo que ha hecho con nosotros sin que nuestros padres -que no eran fanáticos de nada, pero nos querían- pudieran evitarlo, es decir, les llevará de aquí para allá bajo tormentas formidables y se reirá de los planes que hicimos para controlar lo incontrolable. Así fue siempre.




Entre tanto, y si les place, les regalo una frase del film Apocalypto. La pronuncia el protagonista, que con ella desafía al grupo de guerreros enemigos que le persiguen de forma implacable para matarlo:





"Éste es mi bosque. Aquí cazó mi padre. Aquí cazo yo. Aquí cazará mi hijo."

Me gusta, está más cerca de lo que siento que tanta chorrada como leo y escucho últimamente.

Friday, April 01, 2011











INDIGNAOS.






Es irremediable hablar de este libro. Yo lo compré en una librería absolutamente seductora de la Calle Sierpes de Sevilla. Se trata de Beta Galería Sevillana del Libro. Quería hacerme con él desde que apareció, pero no encontré un lugar mejor que un antiguo teatro para hacerlo. Entre las galerías de Filosofía, de Cine, de novelas, de novedades o de esotéricos, uno no podía dejar de pensar en el escenario, los palcos laterales, las butacas de piso, la entrada con sus taquillas... Vi algo parecido en Berlín, junto a la inquietante Catedral del Kudamm, una tienda de ropa de moda que había ocupado el espacio de un antiguo cine. Es extraño, desaparecen estos lugares porque a la gente dejan de interesarle, pero nos sentimos obligados a conservarlos -aunque sea para convertirlos en un Zara- porque nuestra memoria los asocia a la enorme felicidad que nos proporcionan los sueños, esos que nada como un teatro o un cine han sido capaces de proporcionarnos desde hace tanto tiempo.




Compré Indignaos porque me produce curiosidad cualquier fenómeno editorial. Hoy mismo lo he visto en un centro comercial situado el siete en la lista de los libros más vendidos -¡el siete!-, al lado de las novelas de legiones romanas y de templarios, del libro de Joseph Ratzinger sobre Jesús o de alguna de las últimas mamarrachadas sobre el apocalipsis socialista que suelen devorar con delectación los habitantes de la Caverna. Y lo compré también pensando en regalárselo a mi padre, pues, además de que sospechaba que podría gustarle, pensé que le divertiría la posibilidad de leer a alguien al que pudiera considerar considerablemente más viejo de lo que él es.




Cuando Stephane Hessel estudiaba en la Escuela Normal de París, mi padre apenas era apenas un bebé. Hessel nació en 1917, cuando un señor calvo llamado Lenin conducía a los bolcheviques al derrocamiento del zar y el mundo se desangraba por una guerra terrorífica. Formó parte activa de la Resistencia durante la ocupación alemana de su país, Francia, y fue torturado por los nazis tras detenerlo por sus actividades subversivas. Su increíble suerte le permitió sobrevivir a aquellas mazmorras y a dos campos de concentración, incluyendo un episodio digno de una película de Hitchcock en que, la noche antes de subir al patíbulo, cambio su nombre por el de otro preso que acababa de morir de tifus. Hessel tuvo después una participación destacada en la elaboración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Podría seguir, pero me quedo con ese episodio, pues la fe que siempre ha tenido en aquel proyecto le inspira ahora la redacción de este Indignaos, acaso suscitado también por la visita que recientemente realizó a la Franja de Gaza, donde este judío enemigo de todas las formas del fascismo comprobó hasta qué punto el Estado de Israel estaba convirtiendo Palestina en la forma más odiosa del horror y la crueldad.




Se trata de un "escrito de circunstancias" en toda la extensión del concepto. Lo es en la misma medida en que lo fue, por ejemplo, el Manifiesto comunista, de Marx y Engels, que irrumpe en el único momento en que puede hacerlo y, sobre todo, cuando puede provocar el efecto deseado sobre la sociedad. Al contrario que tantos y tantos textos de circunstancias que no reconocen serlo y cuyo futuro es ser con toda justicia olvidados, Indignaos responde apresuradamente a una emergencia, pero su destino es perdurar en el tiempo. ¿Y estamos realmente ante una emergencia mundial comparable a la de la postguerra o, más remotamente, a la revolución proletaria del XIX? Háganse la pregunta y dense tiempo -aunque no demasiado- para contestársela.













"Indignaos", dice este hombre que se siente cerca de sus últimos momentos. Carlos Boyero, que me arranca siempre un par de risas en el careo que tiene semanalmente con sus lectores de El País, preguntado por el libro, reconoce no estar demasiado interesado en leerlo, pues el de la indignación es su estado habitual, por lo que cree no necesitar que le inclinen a ello. Es una baladronada de esas a las que Boyero nos acostumbra, pero no va del todo mal orientado. Cuando lees el breve texto de Hessel, te queda la sensación de que no te dice demasiadas cosas que no supieras.




Sabemos que la cultura de los derechos humanos nació hace sesenta años porque muchos ciudadanos del mundo entendieron que era preciso reaccionar contra el horror de los totalitarismos y los campos de la muerte. Esa cultura parece haber periclitado en nuestro tiempo, por eso se hace preciso recuperar el estado de indignación moral que le dio sentido entonces. Debemos indignarnos por la inmoralidad de los poderes financieros, por la postergación de las libertades en favor de los intereses del mercado, por el agigantamiento de las brechas económicas, por la desasosegante paradoja de que nuestras ciencias y técnicas son capaces de producir más prosperidad que nunca y sin embargo producen miseria y tiranía ...




Me quedo con un momento de la lectura, ese en el cual nos relata sus impresiones del caso palestino. Cada viernes, los habitantes del pueblo cisjordano de Bil´in se dirigen hacia el muro que ha convertido su tierra en la mayor prisión al aire libre del mundo. No portan armas ni lanzan piedras. Las autoridades israelíes han calificado este acto semanal y silencioso en una forma de "terrorismo sin violencia". En sus noventa y cuatro años a Hessel no se le había ocurrido que el terrorismo pudiera ser pacífico. Me viene a la cabeza uno de los mantras del líder de FAES, José María Aznar, quien siguiendo la Doctrina Bush, ha repetido hasta la saciedad que "todos los terrorismos son iguales". Hessel cree entender las razones que inclinan a un pueblo devastado a esperar algo del uso de la violencia, pero es una vida demasiado larga como para no darse cuenta de que el terrorismo no conduce a nada porque sólo añade más dolor al dolor. Por eso recuerda a Mandela, a Gandhi o a Luther King.




Lo sabíamos o, cuanto menos, lo sospechábamos antes de leer este texto. Pero se me ocurre una cosa. De crío, leí un cuento en que una niña observaba un monumento. El sabio anciano de piedra empezaba de pronto a moverse y bajaba del pedestal para transmitir a la niña su sabiduría, todo aquello que sabe alguien que procede de otro tiempo y, por tanto de otro mundo. De alguna manera, este hombre que nació en medio de la Primera Gran Guerra, resistió al fascismo en la Segunda y participó decididamente en la redacción del texto jurídico más trascendente de la historia contemporánea, se dirige a nosotros desde el milagro de su supervivencia... a nosotros, que tan lejos estamos de lo que vivió que sólo somos capaces -pobrecitos- de pensar en ello como en episodios de las películas o en aquellos temas de los que nos examinaba un profesor pelmazo de Historia del Mundo en el colegio. Son cosas que sabemos, pero necesitamos que alguien como Stephane Hessel nos las diga. Hay que leerle.











2. Asisto al acto que una corriente socialista valenciana -Volem i podem- organiza a propósito del libro de Tony Judt Algo marcha mal. El tema de trasfondo es la socialdemocracia, su lugar en el momento presente, su difícil ajuste a un entorno cambiante y problemático donde, sin ninguna duda, las claves que convirtieron la socialdemocracia en el movimiento político más fructífero de la historia reciente han cambiado de tal manera que no encontrar asideros para la readaptación equivale al suicidio.




Los ponentes, Joan Romero y Justo Serna, consiguen reunir una cantidad de gente inusitada en el edificio Octubre. Estuvieron agudos y brillantes, dijeron algunas cosas que no habíamos pensado y otras que sabíamos, pero incluso en este último caso, acertaron a poner en orden nuestras ideas. Elucidar conceptos, ofrecer el enfoque preciso de las preguntas que conviene hacerse, desacreditar prejuicios simplistas o deshacerse de viejas pretensiones ilusorias... todo esto es en cierto modo faena de maestros, en el sentido más pedagógico de la palabra, y ambos lo son. Sólo un matiz: vi muy poca gente menor de cuarenta años en aquel acto. Me pregunto por qué, y tengo sospechas. Trato diariamente de convencer a mis alumnos de la necesidad de atender a la política, forma de uso de la libertad humana inclinada a gestionar la convivencia entre los seres humanos. Puedo entender mi vida sin el PSOE y, desde luego, sin Zapatero, pero no soy capaz de imaginar una sociedad europea contemporánea sin socialdemocracia. ¿Por qué no consigo hacer compartir esta inquietud a mis alumnos? Ver Tony Judt.




Friday, March 25, 2011






EL SEXO







Tengo la sospecha de que en los próximos días este blog va a ser más visitado de lo habitual. No es porque contenga nada especialmente interesante, es que tengo comprobado que la inclusión de determinadas palabras en el título determinan que, aplicados los algoritmos de búsqueda de google, caigan en esta orilla perdida toda suerte de desconocidos. Ocurre si, por ejemplo, uno incluye términos como "Joaquín Sabina", "Marilyn Monroe" o -no es broma- "Francisco Camps".

Creo que, por ejemplo -y disculpen la inmodestia, pero mi abuela ya murió- estuve razonablemente inspirado en un post de hace tiempo al que titulé "Octubre"http://lacuevadelgigante.blogspot.com/2008/10/octubre-bajo-la-amenaza-de-gota-fra.html , pero no recuerdo que registrara un elevado número de entradas.







Sin embargo, tengo comprobado que si soy estratégico en el título recibo numerosas visitas, aunque luego el post sea una sarta de gilipolleces. Por eso, me barrunto que titular "El sexo" va a incrementar el número de visitantes, y no les digo nada si me diera por llamarlo "Conejos rabiosos" o "Zorras en celo". Lamentablemente no va a servir para aumentar el número de mis lectores de calidad, pues, en cuanto se dejen caer y comprueben que no he pirateado la foto de una moza con dos tetas como dos capazos que se acaricia lubricamente sus partes, abandonarán rápidamente esta página tan sosa con rictus de desprecio y el fastidio de haber perdido unos segundos que, para internautas avezados, constituyen un por lo visto todo un tesoro.

Pero no. Resulta que lo del título viene a cuento porque ayer mismo por la mañana visité junto a mi mujer el hospital para conocer el sexo de nuestro hijo. Al saber que no va a ser hijo sino hija, me vino a la cabeza inmediatamente aquella imagen final de una de mis películas fetiche, El Doctor T. y las mujeres, de Robert Altman. El protagonista, ginecólogo de profesión, tiene unas relaciones algo tormentosas con el género femenino. Tras abatirse un huracán sobre la ciudad, va a parar volando dentro de su coche -recordemos a Dorothy y El mago de Oz- a una pequeña aldea perdida en un desierto mexicano. Dos lugareñas, al descubrir que lleva bata y estetoscopio, le cogen del brazo y le llevan a una cabaña donde hay una parturienta. El Doctor T., que siente haber fracasado como marido, como amante y como padre de sus hijas, se pone manos a la obra de inmediato en el único terreno de la vida en que se siente cómodo. Cuando aparece la criatura le mira la entrepierna y empieza a carcajearse: resulta que es un niño. Qué alivio.








La vida no me ha deparado la misma ironía, sino la contrario -el destino siempre ironiza con nosotros, con nuestros deseos y nuestros prejuicios- pero tengo exactamente la misma sensación que el Doctor T. respecto a mis relaciones con las mujeres. Con los de mi propio sexo suelo entenderme mejor. Los varones -si me dejo llevar por el tópico- están bien: les gusta el fútbol, leen tebeos de guerreros, haces con ellos concursos de pollas y no se ofenden a la primera broma, sino que, en todo caso, te sueltan dos hostias como dos panes, que es una cosa muy edificante que aprenden en cuanto llegan a la guardería y los demás niños les hacen entender que en la selva el depredador recula solo si le muestras los dientes. Todo esto es mentira, o verdad, no lo sé, pero hay algo incuestionable, y es que, en cualquier caso, prefiero a las chicas, qué vamos a hacerle.


Pero lo de los tópicos no está sólo en mí. Cuando comunicas a tus allegados el sexo de tu futuro hijo uno escucha más o menos siempre cosas similares. Si dices que es un niño, la gente te razona que son menos problemáticos, que es más fácil tratarlos, que enferman menos... Si es una niña, te dicen que son más cariñosas, que no dan tanto trabajo, que son menos revoltosas. Está bien, pero -¿saben?- algo que he aprendido en la vida es que nada está escrito y que cualquier previsión deberíamos hacerla con la boca bien pequeñita o directamente ahorrárnosla, al menos cuando se trata de prever comportamientos humanos. No sólo son farsantes los que publican horóscopos, lo somos todos en la medida en que creemos poder someter el laberinto de la vida a los corsés de las generalizaciones previsibles. Así es cuando le decimos de forma petulante al vecino que su hijo será tal o cual otra cosa o que el mundo va en tal o cuál dirección.





Nada está escrito. Hoy mismo, viendo un capítulo de Mad men, descubro que en los años sesenta se daba por hecho que la Nasa proyectaba fabricar robots que viajarían al espacio para no arriesgar vidas humanas. O recuerden aquel hilarante capítulo de Los Simpson en que un sabio de los años setenta muestra al público una nueva y sofisticada supercomputadora que ocupa varios pisos de un enorme edificio de la administración norteamericana. "¿Les parece grande, eh? Pues en el futuro serán muuuuucho más grandes". Un crack el tío, sí, más o menos como los gurús neoliberales de las finanzas, que no se dieron cuenta del que la economía mundial estaba al borde del colapso. O todos esos novelistas que situaban un mundo lleno de androides replicantes y naves espaciales en el año 2001, o en 1984, o en 2012. Yo creo que la previsión más sensata es que la que encuentra en la bola de cristal las mismas gilipolleces y las mismas debilidades en los humanos de dentro de cincuenta años que las que hemos tenido siempre.

No seré cómo será mi hija. No sé qué será de todos nosotros.





Pero me ha gustado verla ahí en el monitor del ecógrafo. Ese latido tenue pero enérgico, esa misteriosa manía de venir al mundo... El inagotable enigma de la existencia... No dejaré nunca de maravillarme ante ello.





Tuesday, March 15, 2011












ANTE EL HORROR








1. No sé qué suerte de vínculo existe entre el paseante solitario y los kanjis que requieren la atención desde las alturas. Entendemos que ese escrito es la traducción del SOS que se perfila levemente a su lado, una petición de ayuda en forma de helicópteros porque, a escasa distancia, hay gente que intenta escapar a las aguas del tsunami o salir de entre los escombros de una aldea destruida... Pero también podríamos maliciarnos que el autor es un joven frívolo, indiferente al dolor, que aprovecha la certeza de que la zona se ha llenado de reporteros buscando imágenes impactantes para que todos sepamos que sigo amándote, Kumiko. Hay algo seductor en esos ideogramas, esa extraña belleza de lo que para el ajeno resulta absolutamente indescifrable y en lo que, sin embargo, presume un enorme poder de significación. Más allá o más acá de nuestra fragmentación fonética, el kanji simboliza desde la integralidad del concepto, de tal manera que sólo se puede ser un iniciado para leer el japonés.



No es sorprendente que el del calígrafo haya sido tradicionalmente uno de los oficios más respetados. La representación del kanji no admite descuido ni dejadez, esa inobservancia que correspondería a un bárbaro si tratara de imitarles. Los japoneses parecen ser así para todo: observantes, metódicos, delicados. Son cuestiones esenciales el tamaño del ideograma, las distintas direcciones que -incluyendo la diagonal- siguen las rectas, la pulcritud de las rayas... Para decirlo de una vez: la escritura en Japón es un ritual... De alguna manera, el de dibujar las palabras constituye un acto honorable en sí mismo. Y sus destinatarios son los demás hombres... pero también los dioses.













2. Alguno de los trolls del blog de Justo Serna acusa al blogger de desatender el dolor de los japoneses. "Con la que está cayendo y usted hablando de cine, o de series de la tele, o del último libro de tal ..." Pero, en realidad, no hace falta un terremoto de grado 9 en el Japón para que cualquier pobre diablo se permita el lujo de someternos a ese chantaje: la que está cayendo cayó ayer, y mañana volverá a hacerlo, y tendrán que explotar en cadena varias centrales nucleares del norodeste japonés para que podamos legítimamente horrorizarnos por el desastre tanto como habríamos de hacerlo por las matanzas de los mercenarios de Gadaffi, las hambrunas del cuerno de África o el dolor de los habitantes de las habitaciones de los terminales en la sección de oncología del hospital que hay a unos metros de mi casa.


¿Cómo he de distribuir mi horror? ¿Cómo otorgar proporciones equitativas a mi llantina? ¿Quien habrá de cuantificar el vigor y la sinceridad de mi conmiseración para que se me admita entre los justos? ¿Debo dejar de ver partidos de fútbol y de hacer el amor esta noche o me bastará con rezar? Quizá sólo podamos encender velas... si aún creemos en las velas.











En el chantaje del hipócrita troll resuenan -a modo caricaturesco- los ecos de una llamada mucho más seria: Adorno se preguntaba si era posible seguir escribiendo poemas después de Auschwitz. Debemos pensar contra Auschwitz, educar a los niños contra Auschwitz, pero es falso que estemos obligados a opinar sobre el dolor de los demás. Acaso ni siquiera podamos ponerle palabras al pavor nuclear, ese del que también participamos en estas horas en las que sospechamos que el gobierno del Japón no controla los riesgos de la central de Fukushima.



3. Pero sí ha de haber debate, desde luego que ha de haberlo. Un rufián acusaba hoy a los ecologistas y a los rojos en general de estar deseando que sobrevenga una catástrofe como ésta para poder confirmar sus teorías respecto a la maldad de la energía atómica. Aterra contemplar un mapa de las centrales nucleares del Japón. ¿Era imposible prever la acción combinada de un terremoto de grado 9 y el desastre de un devastador tsunami? Yo creía que eso de la seguridad consistía precisamente en eso, en ponerse en lo peor y eliminar los riesgos.




Se me ocurre pensar qué hubiera podido pasar en España en una situación similar. Aquí no puede ocurrir, Carlos Taibo tituló así uno de sus mejores ensayos. "Si aquí se diera una situación similar ya estaríamos teniendo que dar por perdida una provincia entera", me dice un compañero del seminario de Física. Joder, qué miedo da todo esto.














4. En un reportaje sobre la bomba de Hiroshima escuché algo estremecedor de un viejo superviviente que se salvó por encontrarse a cinco kilómetros de la ciudad cuando pasó el Enola Gay sobre la ciudad. Tras la terrible detonación, cuya onda expansiva le hizo volar desde un lado a otro de la habitación donde se hallaba, pasaron unas horas de angustioso silencio. De pronto, por un lindero del bosque, vio cómo se acercaba algo que se parecía a un ser humano. "Mi primera sensación fue que se trataba de uno de esos monstruos deformes de los bosques como los que aparecían en los viejos relatos japoneses que se contaban cuando yo era niño". Era, por supuesto, un hombre -o más bien su despojo- que huía del infierno con las fuerzas que le restaban. "Cayó ante mí y murió. Tardé mucho en entender qué sucedía".




5. No entendemos por qué los japoneses sonríen incluso en el mayor de los horrores. En algunas de las fotografías que nos llegan aparecen mirando a la cámara y sonríen. Pero hay aquí un lost in traslation. La leve sonrisa y el pronunciar un leve Hai forman parte de la delicadeza de los usos sociales del Japón. Pero ni la sonrisa indica felicidad -expresar felicidad resulta tan obsceno como expresar dolor o miedo- ni "Hai" significa "Sí", aunque eso sea lo que la traducción literal nos da a pensar.





6. El imaginario de la catástrofe nuclear forma parte de la cultura del japonés contemporáneo. En el sexto de los sueños de Akira Kurosawa, el film testamental del maestro de maestros, se nos relata la pesadilla de un Fujiyama incandescente por una serie de explosiones atómicas. Podemos pensar que aquel viejo manejaba traumas antiguos ya superados por las jóvenes generaciones de la isla.








Pero no es cierto, Kurosawa avisaba, nos avisaba a todos.











Friday, March 11, 2011







...DONDE CRECEN
LAS CRUCES DE HIERRO.




1. La cruz de hierro (1977), siempre termino regresando a esta película, pero creo que sólo ahora sé la razón. No es una obra maestra sino, en todo caso, eso a lo que suelen llamar un film "de culto". Algunos de sus recursos estilísticos, que tanta polémica crearon en su momento hasta el punto de hacerle ganar a Peckinpah el sobrenombre de "Sam el Sangriento", dan a pensar que el film no ha terminado de envejecer de la manera deseable, acaso por esa un tanto efectista espectacularización de la violencia por la que la gente la recuerda. En cualquier caso tiene momentos sublimes y, sobre todo, el coraje de acudir en medio de un paisaje tan muscular como el bélico a algunos de los temas más básicos y universales que preocupan al ser humano desde siempre, hasta el punto de dotar al relato de perfiles shakesperianos.


La acción transcurre en la Península de Crimea, claustrofóbico foco de intensísima actividad militar en aquellos meses en que empezaba a barruntarse la derrota de Hitler. Ante la irreversibilidad de la invasión soviética, la tropa se ha replegado a posiciones defensivas. El bunker donde nos encontramos a los protagonistas, todos ellos soldados del Reich, parece haberse convertido en la cocina del infierno, sometida a un bombardeo inmisericorde por parte del ejército de Stalin.





El Capitán Stransky es un tipo sin escrúpulos, capaz de cualquier felonía con tal de no volver a casa sin la máxima distinción honorífica del ejército alemán desde tiempos del Kaiser: la Cruz de Hierro. Así, afirma haber encabezado un ataque suicida sobre las posiciones enemigas en el que no llegó a participar, intentando con ello convertir un acto de cobardía digno de un consejo de guerra en uno de heroísmo merecedor de los máximos honores. Es en realidad el Sargento Steiner quien ha encabezado la operación. Definido -con una mezcla de inquietud y respeto- por los altos oficiales como un "mito" entre la tropa, Steiner (un impagable James Coburn) es el tipo al que encargan las faenas más osadas y desagradables, aunque como en el caso que refiero, son otros los que terminan atribuyéndose los méritos.




En los insuperables últimos minutos del film, con el ejército diezmado y las posiciones nazis al borde de la rendición, Steiner, pese a encontrarse cargado de razones para matar a Stransky, decide entregarle un arma y le reta a salir del bunker a campo abierto en medio del infernal fuego enemigo. El diálogo consiguiente ha quedado en mi memoria:


-"Acepto el desafío, Steiner", contesta el Capitán Stransky. "Ahora le enseñaré cómo combate un aristócrata prusiano."

-"... Y yo ahora le enseñaré dónde crecen las cruces de hierro", contesta el Sargento.




2. A veces, cuando escucho a un político atribuirse conquistas en el terreno educativo, me acuerdo de esa escena. Les cuento un secreto. En una ocasión vino al Instituto recién inaugurado nada menos que el ilustrísimo President de la Generalitat. La entonces directora del IES se puso muy mona y nos convocó para que siguiéramos escrupulosamente el protocolo de la visita y no sucediera nada que nos hiciera quedar mal ante el aristocrático Stransky, que nos honraba con su visita. Recuerdo que se me pasó por la cabeza por qué cojones había que "quedar bien" con Stransky-Camps, pues yo, que soy algo infelizote, siempre he pensado que eso de pelotear a los jerifaltes es cosa de sistemas autoritarios y que en democracia a uno los derechos le dan la opción de ser descortés y hasta insolente con ellos si le da la gana. Pero bueno, allá estábamos -cual pueblerinos de Bienvenido Mr Marshall- reunidos con motivo de tan trascendente acto.


Resulta que en aquel momento teníamos un alumno al que los profesores apodábamos Chan Kai Chen. Ustedes no pueden imaginar cómo era Chan Kai Chen y lo edificante que para la autoestima de un profesor resulta intentar dar una clase de matemáticas en un aula donde te encuentras personajes como aquél. A una profesora le explicaron que el Honorable Stransky pasaría por su aula a las 10, hora en la que justamente ella estaría impartiéndole clase al grupo de Chan Kai Chen.


-"Quizá no lo habéis pensado, pero éste es capaz de cualquier cosa", comentó la profesora.

-"Tranquila", le contestó con gran sentido de la profesionalidad la Directora, "... a Adolfo..."(nombre auténtico del interfecto) " te lo saco del aula yo para que no lo vea Camps".






Estalló una carcajada general entre el traumatizado grupo de profesores: era la primera vez que un miembro del claustro iba a recibir la gracia de no tener que aguantar a Chan Kai Chen en su aula. Podía amenazar, agredir, insultar, tirarse por el suelo gritando "soy una araña, soy una araña", pero fue la visita del Honorable lo que la afortunada le permitiría librarse de Chan Kai Chen durante un ratito.





Se me pasó por la cabeza en aquel momento una maldad. ¿Por qué sacarle del aula justamente entonces? ¿No hubiera sido mejor, si los políticos quieren informarse realmente de lo que sucede en los establecimientos educativos, que ayudáramos a Camps a conocer cuál es la verdadera situación de nuestras aulas? Unos minutos antes de descubrir la placa inaugural del Centro hubiera podido conocer a Chan Kai Chen, quien acaso hubiera exhibido ante aquel tipo atildado su repertorio habitual de actitudes indecentes y simiescas.


Adivinen lo que, al modo de Virgilio guiando al Dante por los infiernos, le hubiera dicho yo al entrar en el aula:

-"Pase, Honorable, le enseñaré dónde crecen las cruces de hierro"

Saturday, March 05, 2011









POR QUÉ LA GENTE
YA NO AMA AL REAL MADRID




Hubo un tiempo en que resultaba sospechoso odiar al Real Madrid. Había que ser un catalán resentido y victimista o un sedicioso comunista -de esos que asociaban al Madrid con el franquismo- para no admirar a aquel equipo que se paseaba majestuosamente por Europa. "¡Oh, Rial Madrid! ¡Rial Madrid!". Esto le decían emocionados a mi padre en el año 62 sus vecinos alemanes en Hamburgo o Dusseldorf, donde no parece que los españoles -aquellos inmigrantes del sur de los que se decía que olían a ajo- tuvieran demasiadas cosas de las que presumir. Mi tía Ana, que siempre ha sido bastante directa para todo, me confesó recientemente la profunda melancolía que le invadió aquella mañana del 64 en que, regresada de aquellas tierras, salió a las calles de Madrid: "... aquella gente tan pobre y tan mal vestida, aquel país tan triste y apagado... Con la alegría del regreso y, ya ves, pensé seriamente en subirme de nuevo al tren y no regresar jamás a mi país."






Sólo quienes han experimentado esa vergüenza, ese complejo de inferioridad que se adhería a los huesos tanto como el frío del puerto de Hamburgo o de los sótanos de las fábricas Telefunken de Berlín, saben por qué para los españoles era tan importante que el Madrid siguiera ganando año tras año la Copa de Europa. Es una mezquindad pensar que era tan solo la solidez del Régimen lo que se ventilaba tras aquellas glorias deportivas que tanto regocijo causaban en el Palacio del Pardo.

Alfredo Di Stefano. No recuerdo un sólo día de mi vida sin conocer ese nombre, sin encontrármelo envuelto entre leyendas. Hasta el punto de que ahora, cuando veo a ese anciano al que la gente que sabe parece reverenciar, creo más bien encontrarme ante una figura de ficción, la sombra decrépita pero imponente de un cantar de gesta, una historia tan lejana que ya solo parece digna de conocerse a través de los romances.

El Madrid que yo conocí, aquel de Pirri, Santillana y Juanito, era bastante menos homérico, un equipo pret a porter que se pasó treinta años sin rascarla en la Copa de Europa y se conformaba con las competiciones domésticas, con lo que hacían permanentemente rabiar al enemigo catalán, lo que no debía parecerles poca cosa. Yo siempre presentí alguno de los resabios de la gloria pasada en aquel equipo cuya camiseta, como el traje de Superman, pesaba plomo que paralizaba a quienes no merecían enfundársela, pero daba alas y hacía mejores a quienes sí sabían estar a la altura... O aquello del "miedo escénico", que llegó a originar un sesudo artículo de Jorge Valdano en la Revista de Occidente y que, supuestamente, convertía el Santiago Bernabeu en "tierra hechizada", como si las almas de los guerreros retirados se abalanzaran sobre la hierba para volver invencibles a sus herederos y paralizar de terror a los rivales. Esto es prosodia, desde luego, pero el fútbol -como cualquier otra cosa de la vida- sólo merece la pena por lo que, a veces, tiene de prosodia.








Aquellos tipos malcarados y con piernas de madera como Pirri, Camacho o Santillana no daban bien en el traje y no eran, posiblemente, excepcionales futbolistas, pero uno sabía que cuando jugaba contra ellos tenía que pasar poco menos que por encima de sus ancas si quería derrotarles. No tenían glamour, desde luego, no hay más que acordarse de la cara tumefacta con la que Camacho regresaba al campo cuando le acababan de partir la ceja y le rodeaban la cabeza con una venda para que el árbitro no viera el chorretón de sangre que manaba... De acuerdo, pero aquella gente, acaso llegada a la capital desde pueblos de labriegos de la meseta, sabía siempre estar a la altura de un estadio donde lo único intolerable eran la desidia y la cobardía.
Ya no queda nada de todo aquello, absolutamente nada excepto un recuerdo del que a veces alguien intenta hacerse eco cuando se descubre que con el glamour y el talonario no se ganan títulos -"el espíritu de Juanito", rezaba una pancarta del Bernabeu recientemente-.






Cuando llegó a la Casa Blanca, Florentino Pérez -uno de los hombres más ricos y poderosos de este país- declaró su intención de "conducir al Madrid hacia la postmodernidad". Quienes no tienen demasiado tiempo para leer a Lyotard o a Jameson no manejan con demasiada precisión ese término, pero me aventuro a suponer a qué se refería el bueno de Florentino con aquella consigna tan peculiar: creación de una "imagen de marca" ( una lovemark o "marca de amor", se dice en el mundo del marketing) con potencial universal al modo de Nike o Coca Cola, inversiones monstruosas, búsqueda de fuentes de financiación en el terreno de la imagen... "El Madrid es como Disney, pero todavía sin explotar". Florentino entendió desde el principio que la oportunidad del negocio -porque estamos hablando de negocios, conviene no olvidarlo- estaba mucho más del lado del simulacro que de la realidad. En otras palabras, la urgencia del Madrid en la Era del Espectáculo no era hacer un equipo que ganara partidos, como siempre se hizo en el pasado, sino adquirir supuestas estrellas que permitieran seguir alimentando la leyenda, pero no desde el terreno de juego, pues éste ya sólo sería la excusa para otro tipo de sugestión mediática, en la misma medida en que la casa de Gran Hermano es la excusa para que la televisión fabrique ídolos que nos cuenten si les acosaban de pequeños, acepten ser insultados y vejados en las noches de Tele Cinco o enseñen las tetas en Interviú. Dice Vicente Verdú en El capitalismo de ficción:










Lo nuevo precisamente ahora en el Real Madrid es que desde 2002, coincidiendo con su centenario, pasó decididamente a la economía del espectáculo. Hasta entonces el Real Madrid fue deudor de su historia, pero después ha pasado a presentarse como acreedor. Consecuentemente, el Real Madrid no juega con su equipo, sino con la explotación de "la leyenda". Para ello necesita aprovisionarse de jugadores mito que realimenten la rentabilidad de la fantasía. Un Madrid que ganara sin jugadores mito podría agradar a la afición local pero es dudoso que mantuviera su cotización en el globo.


"La afición local", los hinchas de los clubs de fútbol, empezando por los del Madrid, no han entendido que ya sólo son figurantes que sirven a un propósito televisivo, por más que la televisión no pueda ocultar el hecho de que en esos partidos insufribles de las diez de la noche en pleno invierno el estadio está medio vacío. No se trata ya de complacer al graderío, quizá ni siquiera de ganar títulos... Esa es una neurosis propia de aficionados que no han entendido todavía el sentido de la posmodernidad. De lo que se trata es de que Beckam juegue en el Madrid y que Victoria pose en la Pasarela Cibeles.

El problema de vivir en el simulacro, de habitar esta lógica de signos que no remiten sino a sí mismos en el círculo vicioso de los media, es que la realidad desde la que se forjaron deja ya de sustentarlos, y se aleja más y más hasta desaparecer en la fría sugestión de los museos y la sala de trofeos. Durante décadas yo oí decir que el Madrid era un club señor. Que un patán como Mourinho genere en el madridismo tantas adhesiones explica por qué el Real ya no es ni remotamente lo que fue. Sólo al precio de una lamentable falta de lucidez puede ilusionarse uno tanto con un tipo tan desagradable, engreído y avinagrado como para no entender porque hoy al Madrid lo detestan en todos los estadios. ¿Se silba a Cristiano Ronaldo porque se le tiene envidia? No, se le silba porque su imagen resulta irritante. Hace falta un mapa moral muy pobre para despreciar al técnico rival porque entrena a un equipo modesto como el Málaga -como estos días ha hecho Mourinho- o para preguntarle a un rival "¿tú quien eres? o ¿cuánto cobras?" -como recientemente hizo Cristiano Ronaldo-.






Pobre Rial Madrid, ya sólo tiene dinero.