Thursday, October 09, 2008










OCTUBRE








Bajo la amenaza de gota fría repetida insistentemente por los telediarios, tengo la ocurrencia de acudir a la playa… un largo camino por la orilla que afecta fuertemente a mi estado de ánimo y me convence de algunas cosas que ya sospechaba. Nubes de tormenta acechan con aire de amenaza, aunque para saber eso no hace falta salir de la ciudad, es algo que advertimos en tiempos de crisis tan solo con mirar la cara de la gente, literalmente acojonada por la sensación de que la fiesta de la abundancia –sin la cual no estamos seguros de saber muy bien cómo vivir- podría acabarse. Declina el verano de la bonanza, los bancos y los especuladores se han vuelto comunistas y piden al Estado que nacionalice la banca, y la gente se da cuenta de que una hipoteca es una soga que cuando anda suelta te deja vivir sin apreturas, pero cuando se pone cabrona le da por asfixiarte.

La playa es la vida, como dijo Jack Kerouac de la carretera. Bajo el ligero viento frío y las nubes de tormenta solo deambulan por la orilla los cangrejos que, libres al fin de repugnantes niños que destripan a todo lo que tenga vida, desovan sin más vigilancia depredadora que la de alguna bandada de estorninos. Sigo el camino que marca la orilla… a izquierda apenas un pequeño barco de pescador, a derecha la línea interminable de edificios para quienes entendieron que tenían derecho a una segunda residencia en primera línea de playa. El salitre carcome el hormigón de los bloques y el hierro de los ventanales… alguna duna insolente se atreve a escamparse por el paseo marítimo. El invierno va acercándose sin delicadeza, pero el mundo quiere que no haya invierno en la playa… basta con olvidarla durante el reinado del frío.

Sigo el camino, un pescador tiene sentado en las rodillas a su hijo. Le enseña cómo funciona una caña. Más adelante, en el colmo de la soledad, una mujer sentada sobre una silla de playa y tapada con una manta lee un libro. Quizá sea una persona lo suficientemente relajada y fuerte como para hacer lo que le viene en gana sin necesitar a nadie, pero a mí más bien me parece una de esas mujeres dañadas por el abandono y el fracaso que retrataba Hopper en sus cuadros.

Los edificios, siempre los edificios vacíos… los bloques envejecidos de los años setenta que compró la clase media y que ahora se alquilan por uno o dos meses en agosto, las moles de los ochenta, gigantes acristalados con nombres que evocan la mitología marina, la estúpida serialidad de los bungalows con los que se evitó la agresividad de las alturas y se sustituyó por una forma aún peor de colonización por el asfalto. Creo firmemente que deberían derribarlos todos… Valencia ha sido siempre una puta complaciente a la que todos se follaban: los madrileños, los europeos, los senyorets de la huerta…

Pero hay algo misterioso y atrayente en esos bloques vacíos cuando llegan las tormentas del otoño. Una conocida encontró trabajo en Benicàssim. Alquiló un piso en primera línea de playa por un precio módico. Llegó, el piso era excelente, los comercios de ropa y los bares rebosaban de niños saltarines y gente feliz gastando su dinero… No pensó que estaban apurando las vacaciones. Un día después ella estaba allí viviendo pero la gente se había marchado a escape… las horas de la tarde empezaron a pasar muy lentas, a veces pasaba un tipo con pinta rara que merodeaba, nadie en los seis kilómetros que separaban aquella urbanización siniestra del pueblo… La chica no duró ni dos semanas allí.

Las apartamentos de la playa vacíos son la encarnación de la ilusión fracasada. Cada día me invade más esta sensación de perplejidad que está acabando conmigo. Precisamente porque he aprendido lo que las cosas cuestan, no llego a entender por qué las personas erigen los ídolos que erigen… se entregan a la ilusión de una segunda vivienda donde imaginan fiestas que unirán a toda la familia… No parecen temer que sus hijos les dejen allí abandonados algún día, no piensan que el verano no es más que el nombre de una ilusión, una ilusión que dura apenas unos días, antes de llegar el verano en sí mismo, cuando empieza entonces el estrés de los niños caprichosos y los atascos interminables de la vía litoral. Todos esos proyectos realizados pero insatisfactorios, la verdad del verano llega cuando entra el otoño.


Hace muchos años, caminando por unos riscos me topé con un viejo chalet de esos que se construían hace treinta años en montañas junto al mar. La casa había sido invadida por los matorrales. El argentino, así lo llamaban por la zona porque vino de Buenos Aires con idea de quedarse allí a vivir, había fabricado con sus propias manos un pequeño parque de columpios junto a la casa para sus niños. También estaban invadidos de hierbajos… Me subí sobre un pequeño balancín, estaba oxidado. El hombre murió de pronto de un infarto… su familia desapareció, nadie supo ya de ellos. Allí quedaron las ruinas de su sueño.



Hay algo temible y a la vez hermoso en las playas solitarias. No parecen estar ahí para que la lluvia y los vientos caigan sobre ella. Esa placidez rota del veraneo y los socorristas sonrientes deja ver con demasiada evidencia que lo que perseguimos con tanta ansiedad, hasta el punto de destruir todo lo que es hermoso en la tierra, son solo fantasmas que no existen. En estas circunstancias siempre me acuerdo del astronauta Taylor ante la Estatua de la Libertad semienterrada en la arena de la playa… el mar a veces nos devuelve los restos de la catástrofe que nosotros mismos provocamos.




Al verme pasar los miles de cangrejos que desovan se entierran precipitadamente en la arena. Hacen bien.


























3 comments:

Alejandro Lillo said...

Qué melancolía al leerte, qué tristeza. Pero me ha gustado el paralelismo ¿En qué nos hemos convertido? ¿Está en el alma humana o es producto del actual sistema económico? Hay tantos lugares vacíos, tantos sitios abandonados, tantos entornos destruidos. Fíjate: pienso en un paisaje solitario, en una montaña callada y siento paz, tranquilidad, sosiego. Lo contrario que experimento al observar paisajes de edificios como los que describes: allí mis sentimientos surgen vinculados a la destrucción, la indignación y el desconsuelo. Si yo fuera cangrejo también me escondería, aunque no se si la arena será protección suficiente...

Margarita said...

Quisiera pensar que la gota fría va a borrar la primera línea de playa, que los cangrejos no tienen los días contados, que las turbulencias económicas van a acabar por absorber a tanto codicioso, que los sueños no han de tener más que el valor de las palabras. Pero me temo que algún día acabaremos por encontrar la estatua de la libertad semienterrada en algún otro planeta.

David P.Montesinos said...

No pretendo contagiaros tristeza, aunque la llegada del otoño arrastra un poco toda esa hojarasca de la melancolía. Hay una oscura belleza en todas esas edificaciones de la playa abandonada, algo en los cangrejos que resiste a la depredación. Gracias por vuestra amistad.