Thursday, April 18, 2019

LA DÉCADA IMBÉCIL

Ustedes no se lo esperan porque no me estiman en lo que valgo y, además, secretamente desean que me vaya mal, pero estoy a punto de convertirme en una celebridad... sí, de esas que luego entrevistan en Telecinco. Si por mí fuera, me placen más las glorias futbolísticas, pero dado que Luis Enrique prefiere a Sergio Ramos -debe ser por los tatuajes- voy a probar en la Sociología. El plan es sencillo: acuño un concepto de mucha enjundia para definir la condición contemporánea -por ejemplo "postmodernidad", "sociedad tardoindustrial" o "tiempos líquidos"-, los tertulianos te citan... y, hala, a vivir. Yo ya tengo el mío. Sirve para calificar el decenio que se arrima a su conclusión: "la Década Imbécil". ¿Qué? ¿A que mola? Había pensado en "Década Gilipollas", pero lo deseché cuando mi agente me sugirió que no funcionaría en el mercado anglosajón. 

Los Diez prometían mucho en sus inicios, al contrario que los Cero, que empezaron amenazando con aviones que se estampaban contra nuestros morros, de manera que al final, entre los fanáticos y la crisis, casi agradecimos que el decenio no nos exterminara. Los primeros compases de nuestra década registraron un renacimiento de impulsos democráticos tal que uno llegaba a creerse aquella consigna genial de Juanjo Millàs: "Esto sólo lo arreglamos entre todos". Tengo dudas respecto a la contundencia con la cual se dan por sofocadas y fracasadas insurgencias como el 15M, Occupy Wall Street o la Primavera Árabe, por referirme sólo a los que obtuvieron presencia resonante en los media. No obstante, por lo que ha ido viniendo después, es evidente que los derroteros que tomó la década han ido hundiéndonos más y más en los abismos, esos en cuyas profundidades más cenagosas nos topamos con la pestilencia de Trump, Bolsonaro, el Brexit o Vox. 


Joaquín Estefanía insiste en que el recrudecimiento del autoritarismo siempre es la consecuencia de una revolución fracasada. Y, sin embargo, uno arrastra todavía el ilusorio prejuicio de que el mundo tiende a mejorar, que la sucesión de generaciones crea memoria y sabiduría y que, de alguna forma, el conocimiento tiende a acumularse. Seguramente es un simple relato, tan de ficción como cualquier otro, pero se me ocurre que la revolución iberoamericana merecía antes algo como el Subcomandante Marcos, Sandino o Lula que no como Maduro o Bolsonaro... O que después de Obama los yanquis no se buscarían un zote aún mas tóxico e impresentable que Bush jr... O que los británicos entenderían que aquello del Imperio ya queda algo lejos y que desgarrar Europa es precisamente lo que nuestros hostiles más desean,,,

Pero, verán, no es del neoautoritarismo global de lo que venía a hablarles. Bien pensado, si vivimos en la Década Imbécil no es sólo por nuestras decisiones políticas. 


En los últimos días, y por cuestiones familiares, he vuelto a pasar largas horas en uno de nuestros hospitales públicos. El paciente al que he acompañado, mi padre, para más señas, es octogenario y, como tantos ancianos, ingiere cerca de diez pastillas diarias por distintos conceptos. De no ser por todas y cada una de ellas probablemente estaría muerto. Lleva ya una cantidad considerable de intervenciones quirúrgicas por distintas patologías y su cuerpo contiene numerosas y alargadas cicatrices. Su calidad de vida no es la más deseable, pero no será tan mala cuando el caballero en cuestión parece muy convencido de querer prolongarla, incluso aunque ello le suponga duros y penosos pasos por el taller... y no precisamente para pequeños arreglos de chapa y pintura. 

Miren, estoy harto. Cada vez que diserto sobre lo que la medicina -y en general la ciencia moderna- ha hecho por mejorar la vida de la gente, resuenan las voces de la superstición con una contundencia que me hace imaginar la desfachatez con la cual el líder de una secta te invita a tirarte por un acantilado para que tu alma vuele en paz y escapes a las cadenas del materialismo. Soy el primero en proyectar sospechas sobre las maniobras de las corporaciones farmacéuticas, soy el primero que cree necesario cuestionar y vigilar la praxis clínica y exigir diagnósticos y tratamientos responsables, soy el primero que sabe que, a veces, las enfermedades surgen del hospital mismo o del exceso medicamentoso... y todo ello por no hablar del apresuramiento salvaje con que se dirimen las consultas, de lo cual por cierto los médicos se quejan a menudo. 


Hace trescientos años un hatajo de doctrinarios obtusos mortificaron largamente a Galileo para que abandonara sus investigaciones y se dedicara, como todo buen siervo de Dios, a rezar para que lloviera y para que las pústulas de los enfermos desaparecieran solas. Ha costado mucho obtener sociedades habitables, instituciones capaces de proveer las necesidades básicas de la gente y no dejarles a la intemperie al primer contratiempo -como pasó durante milenios-, pero ha merecido la pena porque resulta que hoy los niños no se mueren antes de cumplir los dos meses. Los Trump de turno sonríen cuando cuatro descerebrados afirman que hay que acabar con las vacunas, que las estatinas con las que se baja el colesterol nos van a matar más que el colesterol mismo, que los antidepresivos son un invento para volvernos drogadictos, o que si a uno le implanta las manos algún hechicero no le va a hacer falta la quimioterapia... sonríen porque tales majaderías les proporcionan la excusa que buscan para dejar a la gente indefensa y cargarse, para empezar, los seguros sociales.


No si ven dónde quiero ir a parar y por qué hablo de la "década imbécil". Todo este rollo tan feng-shui y tan gilipollicas no solo enriquece a los desaprensivos que te lo venden con la misma desfachatez con la que los buhoneros del far west vendían crecepelos. Lo peor es que despolitiza, lo peor es que distrae a la ciudadanía respecto de la vigilancia y el cuidado de aquellos bienes institucionalizados que le permiten vivir dignamente... que le permiten, incluso, pasar mucho tiempo pensando en capulladas. Por cierto, ¿nos hemos dado cuenta ya todos del timo de que la homeopatía es una puta estafa? 

Felices procesiones. 

Wednesday, April 10, 2019

HOTELES SIN NIÑOS

Uno sabe que cualquier opinión que emita va a encontrar discrepantes, pero parece razonable esperar que, si es sensata y está medianamente bien argumentada, las afinidades superen al rechazo. En la cuestión que les planteo suelo sentirme sólo, me cuesta barbaridades toparme con apoyos... Creo que en la mayoría de casos -seguramente porque no me explico bien- ni siquiera se entiende mi posicionamiento. Veamos. 


En los últimos años, a rebufo de otros países con tradición hostelera, han empezado a aparecer entre nosotros "hoteles para adultos". Es obvio lo que esto implica: en estos establecimientos no se admiten niños. Como legalmente todavía no es posible discriminar a seres humanos por razón de edad, los hoteles interesados, además de colgar el cartel "adults only", recurren a maniobras publicitarias y a otros subterfugios bastante tramposos para evitar que familias con niños puedan contratar sus servicios. De esta forma, salvo que a uno le dé por hacerlo a posta para fastidiar, sólo los despistados irán al hotel en cuestión con sus niños, no tardando más que unas horas en abandonarlo cuando se den cuenta de que no es el sitio adecuado y de que no son bienvenidos. 

Insisto, no encuentro amigos que comprendan mi malestar ante estas prácticas. Es más, cuando explico que convertir este tipo de maniobras en legalidad instituida -como pretenden los hosteleros- abre puertas peligrosísimas, el vacío a mi alrededor se hace abismal. Y entonces llegan los comentarios habituales: "Es que a mí no me gusta estar tranquilamente en un restaurante y que unos niños horribles griten y corran por todas partes mientras los padres -que son los culpables- pasen de todo". 


La fobia se extiende a muchos otros espacios. Hay quien cree tener derecho a playas sin niños, piscinas sin niños e incluso bloques de viviendas sin niños. A menudo los infantes generan molestias... Yo, por ejemplo, no soy fanático de los menores, especialmente de los menores insoportables, muchos de los cuales tienen padres a los que convendría ver algunos episodios de Supernanny. El problema es que, frente a quienes convierten a los niños en fuente de todas sus desdichas, yo a lo largo de mi vida me he sentido muchas más veces molestado por adultos. Podría hablarles de los ciclistas y patinistas que me intentan echar de las aceras, de los dueños de perros que llenan de mierda las aceras por las que transito, de los botellones y los disturbios que crean los noctámbulos, de la tiranía de ruido y barbarie de los falleros de la ciudad en que vivo, del salvajismo de los automovilistas... Igualmente, y si creyera en eso del "derecho a todo", podría vetar la entrada de subsaharianos en los autobuses, pues hablan demasiado alto por el móvil, de gitanos en mi bloque, pues son ruidosos, de musulmanes, que se ponen muy irritables durante el Ramadán porque no comen en muchas horas, o de parejas jóvenes porque hacen mucho ruido cuando copulan. 


No se puede vetar la entrada de niños en un hotel o en un restaurante porque la ley máxima española, que se basa en la Declaración de Derechos Humanos, no tolera la segregación de seres humanos por razones de religión, raza, ideología o, por supuesto, de edad. "Libertad de elegir", dirán algunos. "Yo puedo optar por hoteles sin niños y usted por otros en los que sí se les admita". No sé si vemos el riesgo de aceptar esta argumentación, que por cierto me recuerda al típico planteamiento liberal, según el cual la mercadotecnia convierte en pura formalidad el derecho, pues siempre hay quien resulta discriminado cuando la ley del beneficio económico es la única medida. En España no ha sido difícil entender, por ejemplo con la ley del tabaco, que si se deja al albur de cada establecimiento si se fuma o no, la expectativa del espacio público sin humos quedaría reducida a la excepción, pues la inmensa mayoría de empresarios habrían mantenido la situación tal y como estaba, de manera que la ley no habría servido en la práctica más que para mantener la tiranía de los fumadores. Si se pudiera prohibir tranquilamente el acceso a niños a los hoteles quienes tenemos niños encontraríamos muchos problemas para encontrar establecimientos donde alojarnos. Es lo que ya ocurre con quienes tienen perros, pero es que los perros no son seres humanos. 


Que yo sepa en los hoteles hay reglas de convivencia que, sin contravenir derechos esenciales, permiten a la dirección expulsar a aquellos clientes que las incumplen. Me he alojado con mi vástago en hoteles, jamás hemos molestado a nadie. Los niños son niños, educarlos y vigilar su conducta requiere grandes esfuerzos. Nos gusta pensar que los niños de hoy en día lo tienen todo porque les colmamos de regalos y les compramos ropa cara. Yo les podría hablar de los casos de pobreza, exclusión social, abusos, malos tratos o abandono que he conocido... Pero, claro, yo trabajo en una escuela pública, que es donde suele concentrarse la gente con problemas. Se me ocurre pensar en si estamos construyendo un mundo adecuado para todos esos niños a los que nos gusta considerar unos consentidos y unos caprichosos. Es esa generación que pronto sabrá que tendrá trabajos precarios, que sus estudios les servirán para bien poco o que vivirán en un entorno ecológico y climático que sus mayores habremos destruido previamente, lo cual no nos abochornara cuando, ya ancianos, les exijamos que paguen nuestras pensiones y nos cuiden. 


No lo tendrán fácil, porque -mientras exigimos que se les expulse de los hoteles sólo por ser niños, aunque no hayan molestado a nadie- resulta que vivimos en una pirámide demográfica absolutamente insostenible. No puede haber, amigos, un gran problema con los niños porque simplemente no hay niños. Tenerlos hoy en día en una sociedad como la nuestra es una imprudencia temeraria por muchas razones. No ayuda mucho la insolidaridad de muchos de nuestros conciudadanos, los cuales, han olvidado lo que decían los antiguos sabios: "Educa toda la tribu". Soy padre, no pienso ignorar mis obligaciones, pero si no me ayudan un poquito lo pagaremos todos en el futuro... lo pagaremos muy caro.

Saturday, April 06, 2019

ALMODOVAR

Regreso al cine de Pedro Almodovar porque los dos nos hemos hecho mayores. Huí de él hace ya años, cuando empezó a parecerme demasiado in sider, cuando entendí que la necesidad de sostener su matrimonio con el éxito y la celebridad había abotargado su talento. Por casualidad asistí, con evidente desconfianza a su penúltimo film, "Julieta", y percibí que algo había cambiado: no me entusiasmaba, seguramente nunca lo había hecho, pero había vuelto a interesarme. 

En la mejor novela de Javier Cercas, "La velocidad de la luz", un personaje que identificamos con el propio novelista contesta, cuando le preguntan en EEUU por el español más afamado, que su cine le parece "una mariconada". El controvertido crítico Carlos Boyero ha hecho siempre gala de una especial animadversión por las películas de Almodóvar, que en el mejor de los casos le parecen soporíferas y en el peor irritantes y odiosas. Estas posturas se me antojan facilonas. Uno puede opinar lo que le apetezca, pero el cine de Almodóvar no es relevante sólo por la sobrevaloración que le otorgan las multitudes adocenadas, como cree Boyero, ni es un pastiche estridente por el que se agitan personajes ridículamente hiperbólicos en medio de tramas estrambóticas y saineteras, como parece creer Cercas. No soy fanático de Almodovar, pero creo que es más útil preguntarnos que es capaz de decir sobre nosotros este cronista dotado de unas prodigiosas antenas de detección.

Mi padre me dijo una vez que la vida no debe tomarse demasiado en broma ni demasiado en serio. La gracia de Pedro es que ha sabido fluctuar entre uno y otro extremo sin detenerse jamás en el término medio. Antes muerto que sencillo, todo es chillón y excesivo en sus argumentos y en sus personajes. Puede agotar, desde luego, pero eso ocurre porque detesta la planicie, lo gris, lo único que no es capaz de traducir a su lenguaje es la frialdad. Por eso su verdadero gran tema es el amor, o mejor, los desperfectos que el amor causa. Ahora, cerca de la ancianidad, Pedro ya sabe que el tiempo es la única verdad, un tiempo que nos devasta. "Dolor y gloria", su último film, no deja lugar a dudas al respecto: todos envejecemos obscenamente, sin delicadeza, a trancas y barrancas. 

Buscamos a menudo los defectos de su cine donde no los hay. No me creo la etiqueta del "profeta de la posmodernidad", entendida ésta como la banalización de todas las causas trascendentes, la celebración acrítica e irresponsable del agotamiento de la política y el compromiso. Quizá haya algo de eso en su filmografía, pero me temo que lo hay mucho más en la realidad, y la realidad, incluso para un aprendiz del surrealismo como Almodovar es irrenunciable. El mayor problema que sigue arrastrando su cine, desde mi punto de vista, es su bulimia. En cada uno de sus relatos, y en éste especialmente, hay un exceso de temas casi hemorrágico, incontinente... Se siente en la necesidad de tocar demasiados palos y eso desdibuja y debilita sus guiones. 

Insisto: ¿qué dice el cine de Pedro sobre nosotros? Se me ocurren varias cosas. Somos un país exterior, una península extrema de Europa. Procedemos de un éxodo rural gigantesco pero tardío, una revolución burguesa precaria y una democracia frágil y mal digerida. 

Sigo. Somos un país imprevisible. El 15M no se lo esperaba nadie. Al contrario que otras viejas naciones, nosotros no hemos tenido tiempo para cansarnos de la democracia ni para aburrirnos de la Unión Europea, a la que mirábamos desde siempre con ojos admirados y mendicantes. Y, sin embargo, tampoco hemos alcanzado la despersonalización con la que se nos amenazaba: nada es más hispánico que los personajes de Almodóvar. No se trata de toros y flamenco, Pedro, como Berlanga, como Buñuel, habla de aquellos que conoce desde niño, no hay trampa aquí. 

Hemos sido malos hijos, como su madre le dice a Salvador en un momento crucial de la película. Y tiene razón, somos un hatajo de maricones, nos hemos indisciplinado y hemos construido una sociedad en pleno desorden. Pedro nos perdona por ello porque se siente tan culpable como cualquiera de nosotros. Sufrimos con él el dolor de envejecer, pero no queda otra que seguir su consejo: supera tu bloqueo y resiste. 

He vuelto a Almodovar. Lo prefiero así, pues además me cae bien, siempre me cayó bien.   

Friday, March 29, 2019

EL GRAN RETROCESO


Pronto hará cien años que el maestro Ortega dijo aquello de que "no sabemos lo que nos pasa... y eso es lo que nos pasa". No sé si ahora sabemos lo que pasaba a los españoles de hace un siglo, lo que sí tengo claro es que el diagnóstico orteguiano es perfectamente trasladable a la actualidad: no sabemos lo que nos pasa, y lo que es peor, no aprendemos. Como buen socrático puedo alentarme pensando que el reconocimiento de la ignorancia es el primer paso del camino a la verdad... el problema es que sospecho que la mayoría de nuestros conciudadanos no han descubierto todavía que habitan la caverna. Millones viven en la ridícula creencia de que la sobrecomunicación característica de la explosión tecnomediática que vivimos nos vuelve sabios casi a la fuerza. Pero hay motivos, a poco que lo pensemos, que refutan esa estúpida autoconfianza. 


Cae en mis manos un libro imprescindible editado en 2017 por Seix Barral, "El gran retroceso" ("Un debate internacional sobre el reto de reconducir el rumbo de la democracia"). Contiene una serie de artículos expresamente encargados para el libro a autores tan reputados como Zygmunt Bauman, Bruno Latour, Slavoj Zizek o Arjun Appadurai. A bote pronto, el título descarga el primer jarro de agua fría: no es sólo el relato del progreso el que se desfonda, es que ni siquiera, como gustaba a los posmodernos, nos encontramos en situación de incertidumbre o de atasco... lo que los prestigiosos autores dan por supuesto es que, al menos en muchos aspectos, estamos involucionando. 

Los síntomas apuntan en esa dirección. Hay coincidencia respecto a la incapacidad de las instituciones que articulan los Estados para controlar los procesos económicos. Ya sabemos lo que entonces significa globalización: el capital esquiva las fronteras y viaja en situación de ingravidez y a la velocidad de la luz... las personas no, los derechos tampoco. El gran problema es que los actores políticos que reconocemos desde la Paz de Westfalia, las naciones, ya no están en disposición de fiscalizar y regular los flujos económicos, lo que hace peligrosamente ubicuas y todopoderosas a las megacorporaciones, que determinan nuestra suerte como ciudadanos, como consumidores y como trabajadores en una medida que convierte en casi irrelevantes los parlamentos que hemos elegido. El consiguiente abaratamiento de la democracia es irremediable. 

¿Prosperidad? ¿Sobreproducción? Eso nos hicieron creer los que más tenían que ganar con las burbujas especulativas, con las deslocalizaciones y los procesos de desindustrialización, la pérdida de poder de sindicación, la precarización de los empleos, la privatización de los servicios públicos, la emigración descontrolada, la opacidad fiscal... Cuando la lógica del préstamo y el endeudamiento salvaje se apoderó de la economía los bancos se apoderaron a su vez de todos nosotros, convirtiéndonos en los rehenes que habríamos de rescatarlos después de sus desmanes y corruptelas. 

El mundo no va hoy hacia la cohesión porque la desigualdad no hace sino crecer, es decir, lo que caracteriza a este ciclo del capitalismo es un gigantesco traslado de riqueza desde las clases medias o bajas hacia las élites. Estamos ante uno de las mayores estafas de la historia. Debería llamarnos la atención que los países emergentes, cada vez con una influencia mayor sobre el conjunto del planeta, se llamen Rusia, China, Turquía y Singapur. Perdonen si sueno a eurocentrista, pero el futuro de los derechos humanos es oscuro. 

Hablando de Europa, ¿nos preguntamos si el Brexit y otras algaradas de provincias convierten a Europa en un Estado fallido? 

Y puestos a lanzar preguntas...¿cómo ha podido perder tanto crédito el laborismo precisamente en el tiempo en que la gran creación del socialismo democrático, el Estado del Bienestar, es más añorado que nunca, y tan claro ha quedado que el neoliberalismo destruye sociedades? 

¿Y Trump? Quizá no sea tan sencillo como presuponer que las multitudes que le encaramaron al poder están formadas por idiotas. En cualquier caso se equivocan: su problema no son los inmigrantes ni el discurso liberal de izquierda que rechaza las prácticas sexistas o racistas en nombre del derecho, su auténtico enemigo son las élites, es decir, aquellas mismas cuyos privilegios ha llegado Trump para proteger. Trump no va a solucionar nada, y por el camino todos, no solo los norteamericanos, perderemos la oportunidad de debatir y negociar sobre las soluciones

¿Y cuáles podrían ser esas soluciones? los distintos autores disertan sobre opciones como la renta mínima... cada día estoy mas convencido de que esta medida podría tener consecuencias casi revolucionarias. Podemos referirnos también a la destrucción de los paraísos fiscales o a la urgente necesidad de acabar, al menos en Europa con el "dumping", es decir, con la absurda competencia entre los miembros de la Unión Europea. No hay que olvidarse ni por un momento de la urgente necesidad de políticas de choque frente al cambio climático, cuyas devastadoras consecuencias empiezan a llegarnos en distintas formas. En directa conexión con lo anterior podríamos referirnos a la capacidad de las instituciones internacionales para racionalizar la demografía y los flujos migratorios.

Déjenme, para concluir, formular la cuestión que está en el trasfondo de todas las demás: ¿es posible recuperar la política o, si lo prefieren, el espíritu de la república frente a la omnipotencia de la economía? En esa misma línea -y quizá sea en el fondo la misma pregunta-, ¿es posible articular instituciones extranacionales con poder suficiente para regular problemas que ya no pueden ser gestionados desde el confinamiento de las viejas fronteras nacionales? 

... This is the question... Y, como a Hamlet, no es solo el honor lo que está en juego, nos va la vida en ello, me temo. 

Thursday, March 21, 2019

CIEN AÑOS DEL VALENCIA CF

El Valencia ya es un club centenario. La efemérides no le otorga un lugar especial. La mayoría de los grandes clubes españoles ya la cumplieron; también algunos de menos tamaño como los vecinos del Levante o el ilustre decano, Recreativo de Huelva, fundado nada menos que en 1889 por ingleses empleados en las minas onubenses. Lo que, hablando de longevidad, otorga características especiales al club es la supervivencia de Mestalla, el estadio construido en 1923 junto a una de las acequias árabes de la ciudad del Turia y que, milagrosamente, sobrevive hasta nuestros días. Tras cuatro años en Algirós, el club de football fundado en el Bar Torino se trasladó a Mestalla gracias a la deslumbrante celebridad que en aquellos primeros años de la década de los "años locos" adquirieron Cubells y Montes. La competencia entre los fanáticos de uno y otro, cuyas cualidades contrapuestas generaban encendidas controversias, dispararon la atención popular hacia este nuevo deporte en la ciudad, resultando determinantes para convertir al club en lo que ha terminado siendo, en especial para la capital valenciana, una institución comparable a las Fallas o la Verge dels Desemparats por el fervor multitudinario que despierta. 

Hoy me pregunto si sirve para algo la historia, si eso a lo que llamamos la memoria es algo más que un amontonamiento de experiencias inconexas que los viejos relatan a los jóvenes y que, como en el monólogo final de Blade runner, están destinadas a perderse para siempre, "como lágrimas en la lluvia". De la trayectoria futbolística de Arturo Montes a sus descendientes nos llegaron las leyendas. Haber conocido a escrupulosos estudiosos del Valencia fundacional, como mi amigo José Ricardo March, o a analistas tan documentados como Rafa Lahuerta, autor de "La balada del Bar Torino", me ha servido para no sentirme sólo ante la evidencia -sobradamente contrastada- de que todas aquellas hazañas que me contó mi padre eran verdaderas. 

He reivindicado en otras ocasiones la figura de mi abuelo. Recientemente, y con ocasión de un partido de copa contra el Sporting de Gijón en Mestalla, quedé con mi amigo Ricardo Signes junto al enorme retrato de Montes y me dediqué, obviamente sin revelar mi identidad, a escuchar lo que decían quienes curioseaban la exposición que el club ha dedicado a sus viejas glorias para celebrar el centenario. Un individuo con traza innoble, tras reírse de los inmensos pantalones negros y la camiseta de cordaje de mi abuelo dijo algo así como "debieron poner al primero que encontraron". No, pobre idiota, no fue el primero que encontraron, Montes fue muy grande, como Cubells, como Mundo, como Wilkes, como Kempes.

Se aloja en lo más profunda de mi memoria una escena que sólo la muerte o el alzheimer en sus fases más avanzadas podrá llevarse algún día. Desde la localidad que ocupaba cerca del corner norte con mi padre, vi como en la portería más alejada Kempes robaba un balón. Cabalgó casi cien metros sin que ningún defensa del Sevilla pudiera frenarle. El fragor del estadio iba creciendo a medida que el Matador se acercaba a la frontal, convirtiéndose en estallido cuando descargó un zurdazo terrorífico que batió sin remedio a SuperPaco, como llamaban al portero del Sevilla. Un anciano que se sentaba en primera fila, incapaz de contener la emoción, saltó al verde y abrazó a Mario, quien con toda naturalidad estrechó el cuerpo de aquel exaltado mientras un policía intentaba devolverlo al graderío. Yo vi en aquel momento a Kempes con su gesto característico, los brazos abiertos y su larga melena con el trasfondo de los edificios de la calle Joan Reglà aún a medio construir, que se ha convertido ya en una de las imágenes míticas del club. En algún momento he llegado a preguntarme si lo soñé, si no fue verdad. Pero sí lo fue. Lo sé porque un día Rafa Lahuerta me dijo que él también la vivió y que recordaba perfectamente a aquel anciano abrazado a Mario.    

Durante años creí tener una debilidad con el fútbol. Ya no. Mi debilidad es el Valencia, y el Valencia no es fútbol, es otra cosa, ya sé que parece absurdo, pero sé muy bien por qué lo digo. Mestalla y el Valencia son esa parte mágica de la infancia que queda en lo más profundo del alma y se resiste a morir. Es ese misterioso rumor doméstico que sólo entienden los iniciados, ese sentimiento tan ajeno a la lógica que uno ve difuminarse cuando es adulto y que le hizo creer que el mundo tenía sentido y que los mayores de tu familia garantizaban la solidez del orden de las cosas. Un día se apodera de uno el desencanto. Descubres que todo era más frágil y precario de lo que creías y que el destino más probable de las andanzas humanas, incluso de aquellas que alcanzan la dimensión de la epopeya, son la extinción y el olvido. 

¿Por qué entonces, cuando me acerco a Mestalla en los días de partido presiento la mirada de los héroes que ya se fueron? ¿Por qué aún hoy, cuando callejeo por Valencia, pienso tan a menudo que los muertos me vigilan y protegen? No sé, no soy capaz de explicarlo. Qué desatinados somos los seres humanos, ¿verdad?   

Friday, March 15, 2019

REBECA NOS HA VENCIDO

"Anoche soñé que volvía a Manderlay." Una voz femenina en off inicia con esa confidencia un film que, una vez visto por primera vez, ya nunca se olvida. La voz corresponde a la segunda señora de Winter. Tras el intrincado y neblinoso camino, asilvestrado por el descuido, averiguamos por qué jamás podrá regresar más que en sus sueños, o mejor, en sus pesadillas: Manderlay fue incendiado y destruido. Yo sí regreso a la suntuosa mansión a menudo, sus secretos me hechizan desde que la vi por vez primera siendo un párvulo. 

Sin duda ustedes conocen el guión que, por encargo del célebre productor David O. Selznick se adaptó de "Rebeca", el exitoso folletín gótico-romántico de Daphne du Maurier. El aristócrata viudo Maxim de Winter, amo del palacio de Manderlay, elige como su segunda esposa a una joven ingenua y de modestas pretensiones que conoce en Montecarlo. Ya en Manderlay, la nueva señora de Winter ve a cada momento lesionada su autoestima ante la asfixiante proliferación de los signos de Rebeca que sobreviven en la casa a su trágica desaparición en el mar. 

Un perro, al modo del cancerbero del infierno, guarda la puerta de la que fue la habitación de la señora. Esa estancia misteriosa fascina y angustia a la vez a la nueva señora, cuyo nombre, por cierto, no llegamos a conocer en ningún momento del film. La incursión "clandestina" en la suntuosa habitación de Rebeca da lugar a uno de los pasajes más célebres y perversos de la historia del cine. Imposible olvidar cada uno de los gestos de Mrs Danvers, quien descubre sin ningún recato su condición de vestal destinada a guardar la memoria de Rebeca, esa a la que "usted creyó poder sustituir". 

La estrategia del relato muestra sus cartas al fin cuando, una vez reabierto el caso de la muerte de Rebeca de Winter por la policía, descubrimos que Maxim no sólo no continúa enamorado de ella sino que la aborrecía profundamente. Rebeca era hermosa, divertida y seductora, por eso se casó con ella. Pero tras la boda no tardó en exhibir impúdicamente su feroz egoísmo y su profunda perversión. Maxi de Winter supo demasiado tarde que acababa de instalar en Manderlay al mismísimo demonio. 

Las confusas circunstancias de la muerte de Rebeca provocan el contubernio jurídico que, una vez resuelto, unirá ya sin recelos a Maxim y su segunda esposa para siempre. La venganza de Rebeca, con la señora Danvers pegando fuego a la mansión, constituye una pírrica victoria: los señores de Winter serán felices para siempre, aunque ya nunca habrán de regresar a Manderlay más que en sueños. 

Bien. Pese a que la genialidad de la realización hitchcokiana salta a la vista a cada instante, "Rebeca" sería a mis ojos un producto artísticamente menos deslumbrante si no presintiera su equívoco, ese misterioso y sublime deslizamiento hacia el horror que escapa a quienes sólo alcanzan a felicitarse por el happy end que envía definitivamente a Rebeca a los fuegos del averno. 

No pretendo sobreinterpretar -asumo la prudencia aconsejada por Umberto Eco-; no afirmo que Hitchcock, que ni siquiera tuvo un control absoluto del producto final, pretendiera colarnos algún tipo de mensaje subliminal o criptograma para iniciados. Lo que sí digo es que la ambigüedad del film abre tal espacio para el equívoco y las dobles y triples lecturas que resulta ridículo pensar en "Rebeca" tan solo como un relato romántico para chicas tontuelas y enamoradizas. Tampoco está de más saber que Alfred Hitchcock construyó el conjunto de su extensa obra desde una mirada demasiado torcida, e incluso tóxica, como para conformarnos con la interpretación edulcorada. 

Veamos. El señor de Winter es un rancio aristócrata y, sospechamos, un influyente cacique, como se deduce del trato favorable que le dispensa el juez cuando asoman los indicios de que él podría ser el asesino de Rebeca. La eligió como esposa, dice, porque era una mujer deslumbrante. Y ella -y con ella aquellos que a su sombra empezaron a merodear por Manderlay- era una arribista deseosa de escapar a su condición plebeya utilizando a Maxim de Winter. Advierto la picaresca de Rebeca, no me convence tanto el supuesto de su psicopatía ni su temperamento luciferino. Y advierto también la resistencia de la oligarquía a la movilidad social, en lo cual consiste el conflicto por excelencia de la novela moderna. 


"Era perversa, cínica, libertina... Me hizo saber cosas horribles sobre ella que es mejor que no conozcas." Observen a la segunda señora de Winter: es sumisa, pasiva, cándida, humilde, bondadosa... no puede estar más lejos de la prepotencia de su predecesora. Se ilusiona hasta tal punto por haber sido elegida por el aristócrata que, convencida de que éste aún ama a Rebeca, le propone seguir juntos aunque él no pueda corresponderle. Como sucede con Jonathan Harker o Mina en el "Drácula" de Vram Stoker, las sombras de la muerte gravitan sobre ella para empujarla a los infiernos. Lo diré de una vez: de Winter se casa con ella porque es la bella durmiente, una princesa que aguarda oculta y silenciosa a que un gentil varón llegue para salvarla. Qué estupendos son los hombres, ¿verdad?

¿Y Rebeca? Rebeca es el mal y su reino es satánico. "Ella se reía de todos ustedes", afirma su enamorada señora Danvers. Rebeca no fue una mujer destinada a obedecer. Conquistó los salones de la hipocresía y la holganza nobiliaria derrotando a cuantos creyeron poder avasallarla. Había que matarla... o inventarse, mediante un tramposo giro narrativo, inventarse una enfermedad incurable que justificara su final y exculpara a Maxim. 

En cierto modo es verdad que Rebeca nos ha vencido a todos. El mundo se parece hoy más a ella que a Maxim de Winter. Para nosotros como espectadores, exactamente igual que para la protagonista del film, todo empieza y acaba con Rebeca. Nada en la historia de los señores de Winter merece ser contado después de que arda Manderlay. Rebeca nunca aparece en la película que lleva su nombre y, sin embargo, su omnipresencia lo determina todo. Curiosamente, la única señora de Winter que conocemos ni siquiera tiene nombre. 

Setenta años después de esta obra maestra continuamos llamando "rebeca" a una prenda cuya portadora ni siquiera se llamaba así. ¿Se lo han planteado?

Friday, March 08, 2019

EL SEGUNDO SEXO

Pese a que las leyes educativas del PP se han esforzado por reducir a su mínima expresión la enseñanza de la filosofía en general, y de la filosofía feminista en particular, el departamento universitario de Valencia ha tenido el inteligente coraje de mantener la presencia de Simone de Beauvoir y "El segundo sexo" en el curso de 2º de Bachiller, que conduce a los estudios superiores. Ahora mismo, un profesor tiene la posibilidad de elegir a de Beauvoir y su célebre texto, "El segundo sexo", en competencia con Ortega, para la parte de Filosofía del siglo XX, convirtiendo a la autora francesa en directa heredera de la tradición racionalista de Descartes y la ilustrada de Kant. 

En vísperas del 8 de marzo, busco información en youtube sobre "el Castor", como le llamaba la pareja de su vida, Jean-Paul Sartre. Con este coloso compartió infinidad de cosas, incluyendo la  competencia intelectual, acaso porque fue el único sabio a su altura que puedo encontrar a lo largo de su vida. Su heterodoxa relación amorosa es ya uno de los mitos de la "gauche" francesa del siglo XX. 


Tras visionar un reportaje de Informe Semanal sobre su multitudinario funeral en París en 1986, me topo una vez más con el estercolero de internet. "Haters", los llaman así. Por cada persona sensata que insta a la gente a leer e informarse antes de decir barbaridades, alzan la voz legiones de fanáticos que apenas saben escribir en español y que se dedican a proferir insultos, calumnias y mentiras sin el mínimo atisbo de cautela. Todo ello ante la complicidad de la celebérrima y omnipresente web, que en contar sus ganancias sí debe ser muy diligente, pero que no parece interesada en hacer nada para evitar la difamación y el escarnio.

A ellos no les servirá de mucho, pues dada su ortografía, sospecho que no leen más allá del editorial de La Razón y algún catecismo, pero a ustedes sí me gustaría hablarles sobre la Simone que ganó mi corazón hace ya décadas, cuando tuve la suerte de leer la vieja edición de "El segundo sexo" que mi padre adquirió clandestinamente en la trastienda de la librería Dávila, poco antes del fin del franquismo. 

Simone de Beauvoir es básicamente dos cosas. De un lado, forma parte de una tradición que, superado el romanticismo individualista del intelectual decimonónico declarado "maldito" y enemigo de la sociedad, entiende la escritura como un acto de compromiso social y resistencia. La sombra del viejo aserto marxiano es alargada: "los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo, ahora deben transformarlo". De otro lado, en tanto que analista y crítica del patriarcado, y habiendo asumido la evidencia de que el socialismo soviético no había emancipado a la mujer, marcó la distancia entre el feminismo y las demás teorías de la izquierda, convirtiendo el pensamiento feminista en un discurso singular y con condiciones y lenguaje específicos. Puede entonces decirse sin problemas que con Beauvoir nacen los estudios de género. No es extraño que tras los años de incomprensión y escándalo sobrevenidos por la publicación de "El segundo sexo", la ya anciana Simone fuera convertida en madre fundadora y casi en celebridad totémica de las movilizaciones masivas de los años del pop y el Mayo Francés. 




"No se nace mujer, se llega a serlo", esta es la gran frase que todos citan, empezando por los detractores. No me preocupa demasiado que los torpes no pasen de la primera página, si es que llegan tan lejos. Pero a Simone hay que explicarla, porque su interpretación de la historia de la humanidad es, además de brillante, extremadamente astuta y no está exenta de ironía. 

¿Qué es una mujer? O mejor: ¿de qué hablamos cuando hablamos de lo femenino? ¿Existe algún "eterno femenino" que podemos identificar a través del tiempo y las culturas o más bien es el patriarcado el decidió qué era lo femenino y obligó a partir de entonces a las mujeres a comportarse con arreglo a ese rol pre-decidido? Siempre cabe alegar que todo esto son abstracciones y que, después de todo, lo femenino -como lo masculino- no es otra cosa que un sexo, es decir, una categoría biológica sin más. Y lo es, desde luego, pero no lo es "sin más", lo es con todo lo que ello implica, y eso son miles de años de dominación y silenciosa pasividad. Como explica Beauvoir, "si todo es una cuestión de hormonas, ¿por qué entonces se nos dice que somos mucho o poco femeninas? ¿por qué se habla de la mujer-mujer o del hombre viril como ideales a los que se nos exige acercarnos?"

Queda así desenmascarada la mayor operación ideológica de la historia: el lugar del varón no es singular, se ha erigido en el lugar de lo universal, de "lo humano". Se entiende entonces por qué no existe algo como la "literatura masculina", no hay visión masculina, la suya es la universal, ante lo cual las demás son alteridades, posiciones singulares y, por tanto, defectuosas. 

Durante milenios, dice Beauvoir hace casi setenta años, la mujer ha cargado con las supuestas imposiciones de su biología. Con la incorporación al mercado laboral, la universalización de la escolaridad o la difusión de los sistemas anticonceptivos, llega una oportunidad histórica. Las grandes reivindicaciones ya no son simples utopías de cuatro lunáticas solitarias: autonomía económica sin discriminación salarial, libertad sexual y familiar, reparto equitativo de las tareas de cuidado, coeducación a todos los niveles. 


El más ambicioso proyecto de emancipación humana de la historia contemporánea encuentra en Simone de Beauvoir su mayor fuente de inspiración. No soy mujer, pero no albergo ninguna duda respecto al valor que en mi favor tiene la propuesta de una sociedad menos inhóspita para todos, un mundo donde puedo construir mi vida y decidir mis valores sin tener que rendir cuentas a ninguna supuesta masculinidad universal a la que debo asimilarme. 

"...Bonne Journée de la femme"