Desde criterios puramente cinematográficos "Wild Wild Country" es un producto ejemplar y en cierto modo un pequeño milagro. Cuesta imaginar cómo los autores de este hipnótico documental han podido obtener todo el material audiovisual de hace casi cuarenta años en que se basa el film. De otro lado, algo debe tener para haber alcanzado tanta proyección, teniendo en cuenta que no es la típica teleficción que encuentras en Netflix y que consta de seis capítulos con más de una hora de duración cada uno.
Me atrevería a decir que "Wild Wild Country" es, además, un trabajo de una admirable honestidad. En todo momento invita al espectador a hacerse preguntas que la película nunca contestará por completo. Y no son preguntas baladís. Tienen que ver con cuestiones como el bien y el mal, el valor de lo espiritual en nuestras evolucionadas sociedades, la legitimidad de las instituciones democráticas o la inevitable conflictividad que atraviesa las relaciones humanas. Así escuchamos a los participantes, cada uno de los cuales ofrecerá una visión de los hechos singular y, en muchos casos, opuesta radicalmente a la de otros personajes. Y probablemente terminaremos fascinados... y hechos un lío.

Concretemos. Bhagwan, actualmente conocido como Osho, era un gurú con importantes conocimientos en filosofía y religiones que logro una congregación de adeptos. Su enigmático atractivo personal y sus planteamientos favorables a la libertad sexual ayudaron a que se extendiera su fama por occidente. Jóvenes norteamericanos y europeos empezaron a acudir masivamente a su ashram o centro de meditación. Estamos sin duda ante un coletazo más de la aventura orientalizante iniciada por los hippies en los sesenta.
El momento crucial para los sannyasin, nombre que recibieron los seguidores de Bhagwan -ya identificados claramente como comunidad-, llega en 1981, cuando entra en escena Ma Anand Sheela. Muchos años después, en su entrevista para "Wild Wild West", ya anciana, declara que el encuentro con el maestro fue el episodio más deslumbrante y decisivo de su vida. La simbiosis fue explosiva. El Bhagwan era un líder carismático, un potente intelectual, un genial manipulador de multitudes y un narcisista con una necesidad enfermiza de ser amado y obtener poder. En cuanto a Sheela, era una brillante experta en logística y gestión de personal, una eficaz buscadora de recursos financieros y un ser despiadado con rasgos psicopáticos, capaz de acciones terribles hacia cualquiera que se opusiera a sus fines.
Casada con un norteamericano y buena conocedora de los USA, país donde había cursado sus estudios, el acoso del gobierno de Indira Gandhi llevó a Sheela a urdir un plan para que Osho y los sannyasin abandonaran la India. Compraron un terreno -El Rancho- en un desierto de Oregón, junto a la pequeña localidad de Antelope, y fundaron la primera ciudad sannyasin del mundo. Incrementaron su población, maduraron un sistema de producción suficiente para alimentar a toda la comuna y construyeron viviendas y centros de meditación y de logística... llegaron incluso a crear un lago.

La hostilidad de los habitantes de Antelope indujo a Sheela a apoderarse del ayuntamiento y a dotar a la comunidad de defensores armados hasta los dientes con sofisticado material de guerra, que incluía recortadas y abundante munición, sin olvidar un laboratorio destinado al parecer a prácticas bioterroristas. Cuando el nombre de Antelope fue sustituido por el de Rajnesspuram, los escasos lugareños, algunos de los cuales aparecen ofreciendo testimonios clave en "Wild Wild Country", ya se habían hecho una idea clara de quien era Sheela y de lo que era capaz.
Todo Oregon se percató de que los sannyasin iban en serio cuando intentaron apoderarse de las instituciones del condado de Wasco. El plan de Sheela pretendía inicialmente proteger la supervivencia de la comuna, pero no es descabellado afirmar que soñaba con convertir Oregon en un estado sannyasin, en la misma medida en que tenemos a Utah como un estado mormón. Obviamente la comuna empezó a ser vista como una gran amenaza, y el acoso institucional, unido a un atentado con bomba en un hotel de la congregación, empujó a Sheela a emprender una estrategia digna de su audacia. Envió a muchos de los suyos en autobuses para ir "rescatando" indigentes por toda la nación para traerlos a Rajnesspuram y devolverles, según dijo en la televisión, la dignidad que el sistema capitalista les había robado. No era difícil intuir que lo que en realidad pretendía llevando a vivir a Rajnesspuram a esos miles de desdichados era inscribirlos como votantes para ganar las elecciones del condado.
Es aquí donde la arrogancia de Sheela tocó techo. Las instituciones tomaron al fin la iniciativa frente a su estrategia. Prohibieron inscribir a los miles de indigentes y, tras la derrota electoral de la secta, lanzaron al FBI para encontrar pruebas de actividad delincuencial y destruir Rajnesspuram. Los problemas provocados en la comuna con la abundancia de indigentes y la insistencia de Wasco y Oregon en el acoso terminaron resquebrajando la fortaleza de la sociedad Bhagwan-Sheela. Cuando aquél buscó apoyo en la gente cool de Hollywood, Sheela empezó a sentirse desplazada, no sobreviviendo su amor a los celos que le causó la presencia de Hasya, conocida por ser coproductora de "El Padrino", la cual terminó convirtiéndose en la favorita del gurú, entre otras cosas por prometer nuevas fuentes financieras para la secta.

Cuando la persecución policial empezó a encontrar argumentos sólidos, Sheela y un pequeño grupo abandonaron la comuna y se instalaron secretamente en Europa. Aparece aquí el Bhagwan más colérico y ansioso de venganza, el más alejado de la consigna de paz y amor, el que más difícil resulta de asociar a la pueril euforia adánica en que vivían los sannyasin en la comuna, esos que lloraban y gritaban de emoción solo con acercarse diez metros al maestro.
Es el fin. Bhagwan comete un error clave dejando entrar al FBI en la comuna porque pretendía que castigaran los crímenes de Sheela, lo cual permite a las autoridades encontrar indicios criminales muy serios no solo contra ella sino contra el conjunto de la comunidad. Prácticas de bioterrorismo, tramas de inmigración ilegal, intento de asesinato de un fiscal, una compleja red de escuchas ilegales, manejos financieros, un plan para incendiar un edificio público... El aire entre bailes, ceremonias tántricas y amor fraternal estaba ferozmente envenenado.
Sabedor del peligro de que los policías fueran recibidos a tiros de automática por los fanáticos sanyasin si intentaban llevárselo esposado de Rajnesspuram, Bhagwan decidió salir en secreto en un avión, seguramente con la intención de abandonar los USA rumbo a un país cercano sin riesgo de extradición. No se llevó, obviamente, su célebre colección de Rolls Royce, pero sí algunas de sus mejores joyas -le encantaban- y todo el dinero que fue capaz de introducir en el avión. Cuando paró para repostar fue finalmente detenido. Sufrió un largo y penoso peregrinaje por distintas prisiones federales, lo que parece formar parte de un plan de las autoridades para obligarle a rendirse y confesar. Finalmente, ya en Oregon, Bhagwan pactó con el Gobierno para evitar la cárcel y regresó a la India. Sheela fue extraditada a EEUU y pasó un largo tiempo en prisión por crímenes muy serios. Llegó a especularse con que podía caerle la perpetua. Actualmente Sheela vive en Suiza.
Tras la marcha del líder, la comuna no tardó en disolverse. Antelope nunca volvió a ser la misma, aunque al menos recuperó su antiguo nombre. Osho, como actualmente se le llama, vivió apenas unos años más. Hay quien, empezando por Sheela, sospecha de las circunstancias de su muerte.
Al final de "Wild Wild West", uno de los ancianos de Antelope que sobreviven de aquel extraño asunto compara el largo conflicto con un partido de fútbol americano: "luchas y luchas... y al final unos ganan y otros pierden. Y aquí ganamos nosotros"
Quizá Antelope ganara a Rajnesspuram, pero ésta es una conclusión poco lúcida. Hoy la herencia cultural de Osho ejerce más influjo y genera más divisas de lo que nunca soñó la propia Sheela. De alguna paradójica manera, su plan de "cambiar la conciencia del mundo" ha tenido éxito y está mucho más extendido en nuestra sociedad de lo que pensamos.
Denme un par de días, creo que puedo explicarlo.
Circula por ahí el chiste de que El País ha decidido cobrar por los artículos en el formato digital para poder sufragar el sueldo de Javier Marías.
Ya hace tiempo que he decidido no tomarme en serio a este caballero. Como novelista le respeto, pero no me fascina... es más, a menudo me aburre. En cuanto a sus artículos... en fin, que he llegado a un punto en que me basta leer la frase que la edición dominical recalca en mayúsculas para adivinar todo que el interfecto va a decirnos. Y no es que yo sea visionario, es que Marías es muy previsible. Sus argumentaciones consisten por lo general en una serie de jeremiadas cuyo sentido último se podría resumir así: "El mundo va por mal camino porque todos, menos yo y algunos amiguetes míos como Pérez Reverte, sois una chusma. La solución no la sé, pero, tranquilos, aquí estaré yo para crujir a cualquiera que la proponga, pues en cualquier caso no merecéis salvaros".
No es el tema del momento con la que está cayendo por la plaga dichosa, pero, al hilo del artículo en La zona fantasma de este domingo, me veo obligado a rebelarme, una vez más, contra la fobia a Podemos que intoxica a un sector muy considerable del electorado del PSOE. Pueden juzgar ustedes, si es que El País no les cobra por leerlo... De momento les dejo una cuantas impresiones personales.
Afirma don Javier sentirse "estafado" por Pedro Sánchez. Me pregunto dónde está el guapo que no haya estafado a Marías, el cual acostumbra a exigirnos tanto rigor, coherencia y pureza que dudo mucho que exista alguien a la altura. Curiosamente él no tiene remilgos en mostrarse a menudo intolerante o iracundo, sin olvidar ese hábito -académicamente intolerable además de deshonesto- de ocultar o tergiversar de manera deliberada los hechos que contradicen sus teorías.
Vamos a ello. La estafa sanchista proviene, obviamente, del pacto de gobierno con Iglesias. "Somos muchos", dice, los que, habiendo votado al PSOE, "hemos sido engañados porque se nos dijo que tal pacto era imposible". Que Sánchez se ha contradicho en numerosas ocasiones no lo pongo en duda. El problema, y las encuestas son concluyentes, es que fuimos más los que votamos a uno de los dos partidos con la intención de que pactaran, pues todos intuíamos que la izquierda solo evitaría pasar a la oposición parlamentaria si se configuraba un gobierno coaligado. En el primer periodo electoral la posibilidad de un "gobierno de progreso" en forma coaligada fue alimentada reiteradamente por ambos partidos. Fue después el tortuoso proceso negociador, que se prolongó hasta el verano, lo que distorsionó esa sintonía.
Yo, al igual que Marías, voté al PSOE en aquellas elecciones. Al contrario que él, lo hice porque entendía que solo pactando con UP habría un gobierno alternativo a la derecha, una derecha que se presentaba más dura en inquietante que nunca ante la emergencia de Vox. Pese a que Marías parece sentirse miembro de una mayoría, resulta que el porcentaje de votantes socialistas dispuestos a pactar con Iglesias era infinitamente mayor que el de los partidarios de otras coaliciones. No sé si al respecto Marías entendió el mensaje de la noche electoral en la sede de Ferraz: "¡Con Rivera no!". Yo sí lo entendí, y eso que no he estudiado en Oxford ni adopto ridículas poses de gentleman. Es esa mayoría, de la cual formo parte, la que verdaderamente fue defraudada en una negociación en la que no me cabe ya ninguna duda que fue el PSOE quien decidió que no prosperara.

A partir de aquí nos encontramos con una retahíla de imprecisiones, omisiones tramposas, mentiras y arbitrariedades sin pruebas ni argumentos capaces de soportar un mínimo análisis probatorio. Se diría que Marías no quería la coalición y que, por tanto, todo lo que ha ocurrido después prueba que él tenía razón... ¿Por qué? Porque así lo ha decidido el Rey de Redonda, esa fruslería tan cursi y ridícula inventada por algún panoli para convencernos a los plebeyos del rancio abolengo de algunos intelectuales. (Sobre todo rancios, o naftalinosos, diría yo)
Veamos. "A estas alturas no sabemos ni por qué ni a cambio de qué". Mi anotación al margen de esta frase: "tío, eres tonto ¿o qué?". Por los visto Marías aun no se ha enterado de que Sánchez pactó con Iglesias porque si no no era Presidente. Salvo que uno no quiera enterarse porque, en el fondo, lo que desea es que gobierne la derecha, claro.
Más adelante despotrica contra la mesa de negociación para Catalunya, que califica de "pamema". No hay razón para pensar que sin Iglesias en el Gobierno no existiría esta mesa. En cualquier caso, Marías parece ignorar que una de las razones por las que muchos españoles razonables prefieren a la izquierda consiste en que solo desde el diálogo se pueden encontrar soluciones al conflicto más grave que ha vivido este país en muchos años (hasta que llegó el coronavirus, claro). Más allá lo que nos encontramos es una derecha cerril y ultranacionalista, empeñada en solucionar el problema haciendo como que no existe, o limitándose a exigir medidas represivas, solución muy adecuada ésta para afrontar un incendio si uno tiene vocación de pirómano.
Respecto al precio pagado, Marías considera excesivo lo de los cuatro ministerios y la vicepresidencia. A mí no me lo parece, lo que le reprocharía enérgicamente a Sánchez es no haberlo aceptado meses antes, lo que nos habría ahorrado el engorro de otras elecciones inútiles, cansinas e inoportunas. Empieza a hacérseme bola cuando, con considerables sombras de misoginia, alude al carácter "conyugal" de las concesiones ministeriales para reforzar sus denuestos. Pese a tener sastre, a veces eres muy cutre, Javier.
Alude después a las intromisiones de Iglesias en asuntos ajenos a su cargo. Personalmente intuyo que el gancho mediático del personaje le convierte con cualquier cosa que diga, o incluso si no dice nada, en el perejil de todas las salsas. A mí, la verdad, y teniendo en cuenta que Iglesias es ciertamente un tipo con tendencia al sobreprotagonismo, me parece que anda muy prudente y moderado desde que viste la toga de estadista. Pero Marías no se priva de criticar todas sus intervenciones en diferentes asuntos, por insignificantes que hayan sido sus palabras en cada caso. También, como no, le acusa de haber determinado el cambio de postura del Gobierno Sánchez con respecto a Venezuela, como si en el propio partido de Sánchez no existieran profundas divisiones respecto a la política a seguir por parte de España en el país que todavía rigen los chavistas.
Vienen luego unas delirantes consideraciones sobre la supuesta revelación de secretos de Estado a quien Marías presenta como un enemigo del régimen y un antisistema. Afirma -¿cómo cojones sabes esto, Javi?- que los servicios secretos más sofisticados del mundo han renunciado ya a trabajar con los de España por culpa de que Pablo está en el Gobierno. Se lo deben haber contado Mortadelo y Filemón.
Le relaciona con Torra, con Otegi... efectúa una artera insinuación sobre la posible responsabilidad de Pablo en un hipotético resurgir de la banda terrorista... toma ya. Le acusa de haber gritado "Visca Catalunya lliure", sin decir que la frase, pronunciada en un mitin, venía precedida de un "Esto lo dice un español que está orgulloso de serlo", con lo que la interpretación de la intervención queda totalmente desvirtuada. Nos recuerda también lo de la financiación iraní de un programa televisivo. El argumento es muy convincente: "según se cuenta -no sé- por doquier".

Qué nivelazo, ¿verdad?. Uno al que, como es mi caso, apenas leen cuatro amigos, se preocupa por no ser arbitrario ni calumnioso en sus escritos... Mientras, el articulista más caro y leído de este país se dedica a proferir insultos y afirmar canalladas de quienes no le gustan a cambio de un montón de pasta por semana. Por mí no va a ser. Se acabó, Marías huele a rancio y además es un tipo profundamente tóxico. Tenía toda la razón Ignacio Sánchez Cuenca cuando le incluyó en La desfachatez intelectual como uno de los grandes impostores de la intelectualidad celtibérica. Adiós para siempre.
El genial humorista gráfico Perich comentó en una ocasión que "el éxito de la canción de Los Pajaritos demuestra que toda la culpa no es del Gobierno". No sé si lo recuerdan: aquella chica mojigata del acordeón cantando "pajaritos por aquí, pajaritos por allá, la colita remover"... Y millones de personas hechas y derechas en las playas y en las verbenas como un solo hombre entregados al ridículo bailecito. Vamos, que lo que venía a decir Perich es que si teníamos malos gobernantes es porque nos lo merecíamos.
Decimos que en la tele hay demasiados "todólogos", tertulianos que se sienten con autoridad para emitir opiniones sobre cualquier cosa, simulando saber de cosas de las que no tienen ni idea. Pero no son excepcionales, en realidad nos representan, pues los bancos de los parques y las barras de los bares están repletas de tipos que tienen muy claro que los gestores se equivocan, y se equivocan en todo, pues no solo son corruptos, sino que además son incompetentes. Yo no sé si las autoridades han actuado como toca, pero aquí, allá y acullá no paro de escuchar voces airadas que fustigan a los gestores por haber hecho tal cosa, por haberla hecho tarde o por haber hecho ésta y no esta otra. Lo más curioso es que el mismo indignado que afirma enérgicamente algo por la mañana afirma justo lo contrario por la noche y con el mismo tono campanudo.
Miren, yo creo que una cosa es la democracia y otra es que todos creamos servir para ministros. Además, y como sugería el Perich, en vez de mirar tanto al Gobierno deberíamos plantearnos si los demás damos la talla como ciudadanos.
¿Han ido al supermercado? Si este entrar en pánico se da con una gripe -hasta el punto de que somos nosotros mismos y no el virus quien va a colapsar los suministros de bienes básicos-, cabe preguntarse qué pasaría si viviéramos una verdadera catástrofe como las que conocen bien otros países. Llama también la atención que mientras la misma chusma que estalla de miedo y vacía las estanterías de papel higiénico es la que decide desoír los consejos de los expertos y salir de las capitales rumbo a todas partes para extender el contagio a base de bien y colapsar los centros clínicos de las localidades turísticas.
Me viene a la memoria cierta escena muy repetida en Los Simpson: una autoridad aparece en la tele para avisar a la población de que cierto fenómeno, por ejemplo el Efecto 2000, va a causar algunos "problemillas"... Cinco minutos después la s calles arden, los comercios son atracados por bandas de encapuchados y hay incendios y sabotajes por todas partes. Quizá después de todo tenía razón la Thatcher cuando dijo aquello de que "la sociedad no existe": como colectividad, ahora mismo, somos un puto desastre. Indeseables como aquella Primera Ministra han conseguido que asumamos con tal naturalidad el "sálvese quien pueda", que en cuanto sobrevienen circunstancias que se deben abordar colectivamente, nos comportamos como un hatajo de niñatos. Eso sí, siempre podemos echarle la culpa a Pedro Sánchez.

No pretendo que situaciones tan desdichadas como esta pandemia arrastren nada de bueno, entre otras cosas porque, además de provocar debacles económicas, está matando gente. Lo que sí podemos es aprender con ella, porque siempre los momentos adversos brindan nuevas perspectivas. Otra cosa es que sepamos aprovecharlas, algo que, como ya se vio con la Gran Recesión, no siempre sucede.
Todo se ha bloqueado y cancelado: las Fallas, el fútbol, las clases, los viajes... Cuando desde este blog pregunto si somos conscientes del bienestar en que vivimos irrito a los radicales, que, por lo visto, prefieren las jeremiadas de quienes afirman que hay que poner el mundo patas para arriba porque todo es un desastre. Yo, por el contrario, creo que lo revolucionario es proteger lo que hemos conseguido, empezando por derechos que han costado tanto como la sanidad y la educación universales.

No me gustan las Fallas en exceso, pero es hermoso que la ciudadanía local tome las calles durante una semana al año cuando se acerca la primavera. Deberíamos pensar, ahora que vemos a gente pegándose por un rollo de papel higiénico, que tenemos una sociedad perfectamente abastecida. Nos enfadamos, yo el primero, porque hemos cancelado una salida en San José, pero la realidad es que viajamos más que nunca y visitamos lugares con los que nuestros abuelos solo podían soñar. Mientras nuestro Presidente aparece en la tele para anunciar el estado de alarma como pidiéndonos perdón, sabiendo que la derecha -siempre tan leal- le va a crujir sin piedad, y que los españoles se enojarán con él, haga lo que haga, deberíamos dar gracias por no vivir en un Estado despiadado y autoritario como China, donde te meten en casa bajo pena de hostiarte hasta nueva orden y no necesitan recordarte que es mejor que no rechistes.

Cuídense. Es una orden.
Hace toda la vida que amo a Max Von Sydow, actor sueco favorito del gran Ingmar Bergman que acaba de fallecer a los noventa años de edad. Es difícil imaginar a un enemigo más temible para el demonio que el Padre Merrin, al cual interpreta en "El exorcista". Igualmente difícil resulta igualar al criado del joven Wayne de Michael Caine... y Von Sydow lo consigue. La serie de trabajos brillantes del sueco es interminable, pero yo me quedo con sus actuaciones para Bergman en "Fresas salvajes" y "El séptimo sello". No sé si alguna película ha sido tan influyente en mi vida como ésta última... Acaso soy el que soy porque la vi en ese momento biográfico clave en que empieza a asomar el adulto que he terminado siendo.
Un caballero, Antonius Block, regresa de las Cruzadas con su escudero, Jonas. De inmediato descubre que la peste está destruyendo a la gente de su tierra. La Muerte se le aparece para llevárselo, pero Block sugestiona su orgullo y obtiene una breve prórroga, durante la cual disputará con la criatura de la guadaña una partida de ajedrez. El objeto de esta astucia, más que por el miedo a morir, se explica por la intención de Antonius de encontrar algún sentido a la existencia antes de desaparecer.
Sucesivos encuentros y aventuras por un paisaje devastado por el miedo y el fanatismo, siempre con la sombra de la Muerte pisándole los talones, convencerán al Caballero de lo que sospecha desde su atroz experiencia guerrera en tierra de infieles: Dios ya no está entre nosotros. Su rencor al predicador que le convenció para acudir a la Cruzada envenenará hasta el final el corazón de Antonius.
En el último tramo del relato, de una belleza sobrecogedora, Antonius se encerrará en su castillo junto a su esposa y otros desorientados para protegerse de una plaga que parece precipitarlo todo hacia el abismo. Antes de que la Muerte pase para cobrarse su tributo, Antonius habrá consumado su último acto con algún sentido: distraer a la Pálida Dama para permitir la huida de la joven pareja de actores que encontrarán así, gracias a Antonius, la posibilidad de hacer sobrevivir lo que de noble pueda quedar en nuestra especie. Nadie que haya visto "El séptimo sello" puede olvidar aquella escena final: la Muerte llevándose, con su danza siniestra, a los refugiados del castillo, empezando por Antonius, quien siempre supo que el destino de su partida era el jaque mate. Nadie puede sustraerse a esa derrota.

¿Qué es el Séptimo Sello? En la Biblia, es el momento en que Dios guarda silencio. El Libro Sagrado promete que ese momento es transitorio, una incomparecencia del Padre que, al desatar la incertidumbre entre sus criaturas, las está desafiando a perseverar en la fe. El problema es que esa transitoriedad a la que hemos sido desterrados es, como los campamentos de los refugiados, el único horizonte en que se traman nuestras vidas. Dios no está, guarda silencio... ni siquiera tenemos derecho a creer que si estuviera fuera capaz de amarnos.
Dijo Cioran que el sinsentido de la existencia era la única razón que vuelve la vida tolerable. Sospecho que por eso un fanático religioso, es decir, un tipo deslumbrado por la certidumbre, es capaz de lanzar un avión contra un rascacielos, convencido de que en el cielo sabrán valorar su martirio. La vida no tiene sentido, o mejor, como no está dado de antemano -que es lo que no hay manera de que entiendan los creyentes- tenemos que inventarlo. ¿Otorga algún sentido a sus últimos días el acto de Antonius de salvar al titiritero y su familia? Esta cuestión es consecuencia de la que Bergman se plantea: ¿qué sucede con la moral cuando nuestra experiencia desenmascara la farsa de los apóstoles que anuncian al Mesías? ¿Cómo seguir sobre la tierra cuando entendemos que el Padre nos ha dejado? ¿Cómo afrontar la inminencia de la desaparición cuando ya sabemos que es irreversible?
Quizá, ante la omnipresencia de la plaga, debiéramos pensar en hacer algo digno de respeto antes de acudir a refugiarnos en los sótanos del castillo. No hay Dios vigilando. En todo caso, podemos esperar ser recordados por unos pocos.
La partida terminó, la Muerte siempre gana. Pero Von Sydow quedará para siempre en la memoria de quienes tanto le quisimos.
Los hermanos de mi abuela murieron uno tras otro del garrotillo. Daban tal nombre en aquella España rural y atrasada a una de esas enfermedades infecciosas que no se sabia cómo tratar y por las cuales los niños atestaban los cementerios. La suya es la historia de una superviviente. Contó que su madre no la quería y que deseaba que fuera ella la que ocupara el sitio de cada uno de los que caía, de ahí que la obligara a pasar las noches en la cama donde dormía el que acababa de marcharse. Ella sacaba la cabeza de la manta, estiraba el cuello para que los miasmas que se habían llevado a sus hermanos no la destruyeran también a ella. Creo que los gérmenes no sabían con quién se la jugaban. A lo largo de sus casi noventa años de vida les declaró una guerra sin cuartel que pretendía hacer durar más allá de la muerte, pues insistió a mi madre en que quería ser enterrada junto a cierta hermana suya que, por lo visto, era la única que no había faltado por alguna fiebre contagiosa.
Represión religiosa atroz, la hipocondría que la hizo enloquecer desde niña... Añadimos un egoísmo inmoderado y ya tenemos la mezcla explosiva que determinó una personalidad paranoica, capaz de mantener en una tensión intolerable a todo aquel que se le acercaba.
Lavaba la ropa y las sábanas a diario... Todo lo que le rodeaba, empezando por ella misma, olía a lejía y desinfectante. Ponía litros de limón a todas las comidas. Rechazaba el contacto humano como si todos fuéramos transmisores de la peste. "La gente me da asco", decía a veces. Como todo cazavampiros, creía saber siempre donde estaba el Mal, pues, en realidad, está en todas partes. Sabía que gérmenes y microbios deambulan por doquier, pero que son invisibles por minúsculos, lo que da idea de su luciferina perfidia.
Curiosamente no creía en los médicos; por eso, pese a que los visitaba a menudo, no solía tomarse los fármacos que le recetaban. Prefería rezar incansablemente las cuentas de su rosario. Una mañana en que yo debía marcharme a trabajar a otra provincia, ante la noticia de alguna gripe que despertó tantos temores como ahora el coronavirus, mi abuela me suplicó que no me fuera. Como una aldeana medieval, sospechaba que la Peste Negra estaba fuera, arrastrándose por los caminos entre los trapos de los peregrinos, y que si un viajero regresaba portaría el Mal consigo.
No sé qué gravedad tiene esta epidemia que amenaza no sé si con matarnos a todos, pero sí desde luego con colapsar temporalmente nuestra forma de vida. ¿Asumimos la paranoia de mi abuela? Seremos profundamente infelices, como ella lo fue, pero tendremos salud...
¿Seguro?
Cuando veo que no solo los estantes del supermercado se vacían de productos para la desinfección, sino que hay quien incluso empieza a hacer acopio de víveres, como preparándose para una catástrofe, me pregunto qué pasaría con nosotros si se declarara una guerra o si los niños, como hace un siglo, murieran a legiones. Sospecho que tardaríamos poco en sacarnos los ojos unos a otros... Y no es descabellado, a fin de cuentas está en nuestra historia.

También cabe soñar con el regreso al mundo anterior a Pasteur y Fleming. Lo de mi abuela tiene una justificación, era lista pero ignorante, los médicos le parecían un hatajo de matasanos y los centros de salud eran para ella almacenes de gérmenes. Me sorprende más que personas aparentemente formadas de nuestros avanzados tiempos aprovechen el trance para inocular a sus prójimos su veneno conspiranoico. Por no hablar de las gilipolleces new age de quienes ven en el coronavirus el síntoma de que tenemos una sociedad enfermiza por culpa de las vacunas, los tratamientos farmacológicos y la perversidad de la medicina convencional.
Estos son días en los que todo el mundo opina. Y está muy bien, a mí también me mola mucho hablar gansadas sobre lo que ignoro. Pero yo al menos sigo la máxima socrática: sé que no sé. Eso me anima a mantener cierta cautela ante el tropel de informaciones que llegan en todas direcciones y que sirven para que empecemos el día convencidos de una cosa para alcanzar la noche creyendo justamente lo contrario. Tras preguntar a una médica amiga de en cuya sensatez confío plenamente, me recordó que todos los años mueren miles de personas en España por gripes conocidas. Sin banalizar para nada un asunto serio, y asumiendo que un virus que aún no se sabe cómo tratar y que se contagia con gran facilidad debe generar preocupación, me pregunto en cualquier caso si no se nos está yendo un poquito la olla con el coronavirus.
Se me ocurren dos conclusiones.
Son muy aburridas, lo siento. Mola más decir que esto lo ha inventado Trump, el cual se va a forrar porque ya tiene la vacuna y, de paso, matando dos pájaros de un tiro, va a joder a base de bien a los chinos. También podemos rastrear a los iluminatti o a los masones, que seguro que saben algo. Pero yo soy más prosaico. Mi primera conclusión es que debemos dejar hacer su trabajo a los científicos. Y debemos, además, hacerles caso antes de escuchar a los profetas del apocalipsis. Mi abuela no confiaba en ellos, pero yo, qué le vamos a hacer, tampoco confío en las cuentas de su rosario.
La segunda es que deberíamos acordarnos de que las instituciones que constituyen los Estados no siempre son el mal. Tenemos una buena salud pública. Algunos muy pillos se frotan las manos cada vez que se pone en tela de juicio la necesidad de una salud pública, universal y bien financiada. Parece que hacen falta crisis de terror como la del coronavirus para que corramos despavoridos a exigirle a las instituciones que nos protejan. Tampoco estaría mal acordarse de que durante la crisis se echaron a perder equipos de investigación que trabajaban duramente en favor de nuestra salud.
Trabajen y encuentren la vacuna. Gracias al desarrollo de la ciencia vencimos el garrotillo y despareció en nuestro país la mortalidad infantil que, hace solo un siglo, mataba a los niños como Lucifer pasando su guadaña. Hoy nos encontramos con una esperanza de vida por encima de los ochenta años. Si no me creen siempre queda el rosario.
Cualquier socialista de formación media sabe que la historia de la izquierda está atravesada por toda suerte de apostasías, traiciones, disputas, revisiones o expulsiones. Quizá la izquierda sea inconsistente, pero al menos no podemos decir que no le asista capacidad para autocuestionarse. No estoy seguro que suceda lo mismo con su gran rival, el liberalismo. Por lo general, lo que nos encontramos en los pensadores que se proclaman liberales son simples hagiografías, a veces tan ridículamente acríticas como alguna que le he leído a Mario Vargas-Llosa. Se diría tras leerle que el único gran problema del mundo es no haber seguido a pies juntillas las recetas de todos los héroes liberales a los que el peruano vitorea.
Yo mismo, pese a que considero a los actuales neoliberales un hatajo de truhanes, manifiesto cierta propensión a condonar cualquier deuda a los viejos liberales... Como si estos, desde su distancia histórica, no tuvieran nada que ver con la enloquecida deriva a la que nos ha llevado el capitalismo de los últimos cuarenta años.

Conviene leer "Contrahistoria del liberalismo", del italiano Domenico Losurdo. Su argumentación, magníficamente documentada, además de un escrupuloso análisis de la ideología burguesa, es un estudio de prácticas políticas y económicas insistentemente atroces. Estamos ante un viaje histórico a las sombras de un discurso que ha tenido una especial habilidad para blanquear sus páginas más siniestras, que resultan ser insospechadamente abundantes. Como afirmaba Walter Benjamin, "todo documento de civilización es, a la vez, un documento de barbarie". No paré de acordarme de esa aserción durante la lectura de Losurdo.
Asumimos como idea-fuerza del liberalismo el principio que opone el libre comercio a la guerra. Muy hermoso, claro que sí. Pero no lo es tanto cuando aquellos nobles seguidores de Adam Smith acusaban a los Estados de actuar "despóticamente" contra la libertad de contratación por prohibir prácticas como el trabajo infantil. Es difícil no sentir afinidad con quienes lucharon contra el servilismo; el problema llega cuando se descubre más pasión en la fobia a los siervos que en la crítica a los privilegios de las sociedades estamentales. Aquí, y pese a la exaltación de la libre competencia y el éxito de los mejores, siempre ha subsistido la vieja presunción de origen religioso que otorga a la miseria de las masas el carácter de "designio de la Providencia".
Conozco a personas muy leídas que aman a Thomas Jefferson. No cuestiono su brillantez como legislador, pero debemos saber -como informa Losurdo- que, además de impulsar el exterminio de los nativos americanos, fue dueño de esclavos de origen africano. No deja de tener su miga, pues la Declaración de Independencia de la que es autor, auspicia una Constitución que, para la época, es profundamente libertaria, garantista e igualitaria. En tanto que tratante y explotador de seres humanos, Jefferson no es una excepción entre los padres fundadores de la democracia más longeva del mundo: abundan los esclavistas entre los primeros legisladores de los EEUU.

Como explica Losurdo, el motor burgués de la modernización de Europa arranca de la apropiación privada de las tierras comunales características del régimen feudal. Se consideraban un freno a la prosperidad, pero con su vallado se destruyó un modo de vida eficaz, dejando en situación de pobreza y dependencia a inmensas masas rurales. La misma lógica empezó a aplicarse más adelante a los sindicatos y otras prácticas "socialistas", estigmatizadas por los teóricos liberales como ataques a la libertad propia del mundo moderno y como formas residuales de regresión a los antiguos gremios y a los regímenes absolutistas. La idea de que la miseria de las masas es un destino inamovible no les pareció sin embargo un mal heredado del Medioevo.
Otro rasgo característico del liberalismo clásico es la denuncia de lo que vino a llamarse "la infección francesa". El Estado surgido de 1789 sería producto de un enloquecido radicalismo y su consecuencia sería todo tipo de desódenes. La obsesión de personajes como Robespierre -y después de Bonaparte- por legislarlo todo, corresponde entonces a la voluntad de construir un gran Leviatán como el que describió Hobbes. Fue precisamente un francés, Alexis de Tocqueville, quien, tras su viaje por Norteamérica, concluyó que el nuevo Estado de más allá del océano constituía la consumación de los ideales ilustrados del individualismo, la libertad y la prosperidad. No es extraño, pues el autor de "La democracia en América" consideraba que la tendencia francesa a asociar el espíritu liberal a impulsos sociales era propio de "mentalidades serviles". Fiel a su misión de aconsejar a sus compatriotas sobre la hoja de ruta correcta, legitimó el brutal trato del Estado francés a los rebeldes de la colonia argelina, asociándolo al que el gobierno de los EEUU estaba dando a los pieles rojas. Si estos fueron exterminados no es tanto porque se les considerara un pueblo enemigo... Más bien eran, como los argelinos insumisos, una molestia de la que había que deshacerse cuanto antes para propiciar el progreso y civilizar las inmensas praderas del Oeste.
Por supuesto, no hacía falta un francés para denunciar el peligro del contagio radical en Europa, los ingleses se encargaron. En el enfoque liberal, hegemónico en las islas, la ecuación era recurrente: jacobinismo y bonapartismo llevan a despotismo y estatalismo, ergo la infección francesa termina conduciendo al socialismo y a fenómenos tan odiosos para las élites económicas europeas como la Comuna de París.

Si leemos los textos ingleses como lo hace Losurdo, descubrimos que la libertad es en ellos antes un privilegio que un derecho común. Por eso oponen insistenmente su antigua revolución democrática -la Gloriosa- a la acaecida en Francia. De la diferente actitud de los ideólogos de una y otra nación ante la esclavitud dan idea dos cuestiones: la complicidad de muchos escritores ingleses con las fuerzas sudistas durante la Secesión norteamericana y, por otra parte, el que Francia eliminara la esclavitud de su imperio antes que Inglaterra del suyo. En ese sentido, no debe extrañarnos que creciera entre los intelectuales británicos el virus del racismo. Por esperpéntico que ahora nos parezca, hizo fortuna la especie que oponía el carácter individualista de los ario-teutónicos de Europa a las tendencias tribales y dependientes de los celtas. No parece que, mucho después, Hitler fuera impermeables a semejantes gansadas decimonónicas. Así, descubrimos con Losurdo que formas ideológicas como la "historiografía racial", el "socialdarwinismo" e incluso las teorías conspiranoicas del complot judaico tuvieron un amplio recorrido a la vera del respetado liberalismo.
La conclusión de "Contrahistoria del liberalismo" es que la ecuación que asocia comercio y paz es completamente falsa. La tan celebrada "comunidad de los libres", que remite a Adam Smith y a sus correligionarios tanto como "la Mano Invisible del mercado", es, a fin de cuentas, un mito más de la modernidad. Ese mito es en realidad el principio desde el que se blanquea el imperialismo moderno. Debemos saber que ninguna nación ha creado y alimentado tantas guerras como la británica. Comercio y paz no son sinónimos, el del capitalismo no es un relato de civilización más que lo es de barbarie.
Podemos seguir creyendo que los genocidios del siglo XX, empezando por el Holocausto, fueron el producto de unos pocos dementes. Pero sospecho que tienen antecedentes.
Supongo que ya tienen noticia de la polémica que, a vueltas con la trascendencia de Galdós, ha enredado a dos de nuestros más célebres novelistas, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas. El asunto, que salpica a otras figuras como Almudena Grandes o Javier Marías, resulta útil como divertimento más o menos morboso. No sabemos si Cercas y AMM llegaran a las manos o incluso a los pies, pero me viene a la memoria aquel chiste en que Woody Allen establecía una estrambótica afinidad entre los intelectuales y los mafiosos: "ambos tienden a matarse entre ellos".
A grandes rasgos... Al hilo de una apología galdosiana efectuada con motivo del centenario de su muerte por Almudena Grandes, Cercas se refirió a don Benito como un autor sobrevalorado. No dice que sea un mal novelista -eso no creo que lo afirme nadie que esté en sus cabales-, pero considera un delirio la presunción de que si en la era dorada de la novela realista los británicos tuvieron a Dickens, los franceses a Stendhal o Balzac, y los rusos a Tolstoi y Dostoievski, nosotros tuvimos a Pérez Galdós... Como si pudiéramos darnos el lujo de ponerlo al nivel de tales dioses de la literatura moderna. Cercas recuerda que algunos ilustres como Valle-Inclán, uno de cuyos personajes teatrales trataba a don Benito de "garbancero", ya exhibieron en otros tiempos su distancia con la idolatría galdosista. Entiende Cercas que el tiempo ha pasado para sus textos y deja caer que su influjo sobre los novelistas españoles contemporáneos ha terminado por convertirse en una carga que se arrastra pesadamente, hasta el punto de que hoy lo suyo sería, de alguna manera, olvidar al autor de "Fortunata y Jacinta".

Es curioso que, pese a situarse en la trinchera de los galdosistas, Marías haya corroborado alguna de las impresiones de Cercas. Hoy, cito a Marías de memoria, muchos diálogos de sus novelas parecen impostados y desfasados, charlatanería que llega a resultar irritante y tediosa por insistente, además de por vacua y moralista.
En la trinchera partidaria nos encontramos a Muñoz Molina, quien en mi opinión solo comete un error en su argumentación pro-Galdós: exhibe piel fina al enojarse con las críticas de Cercas al rampante galdosismo, como si el extremeño, con sus burlas, estuviera descalificando a cualquiera que osara amar los textos del insigne novelista canario. Creo que cuando el de Úbeda se aleja de la susceptibilidad y argumenta sobre la trascendencia de Galdós resulta sumamente consistente. Y así, entendemos que, más allá de comparaciones con los genios universales del XIX, la abundante producción galdosiana le acredita como un coloso literario, un maestro con un encarnizado dominio de todos los resortes del novelista profesional. Podemos polemizar sobre su tendenciosidad ideológica, sobre ciertos excesos moralistas o costumbristas, podemos incluso desear que hubiera cambiado su pluma fácil por la contención y la capacidad de síntesis... Pero, no tengo duda, la España contemporánea no puede entenderse sin las novelas de Galdós.
Como ven, no he hecho sino presentar la controversia. ¿Les interesa? Pues habrá a quien sí, como habrá también quien opine que, antes que leerse una historia de adulterios, matrimonios de conveniencia y deslealtades, asuntos obsesivamente presentes en la novela decimonónica, prefiere leerse a cualquier autor actual, especialmente si, como "Fortunata y Jacinta", sus novelas no tienen mil páginas.

No estoy capacitado para ofrecer una opinión concluyente sobre Galdós. Lo diré de otra forma: no soy capaz de ofrecer un veredicto en el que otorgue la razón a Cercas o a Muñoz Molina. Creo, como este último y otros hagiógrafos, que con Galdós entendemos qué preocupaba a los españoles de finales del XIX, qué tensiones convulsionaban a la sociedad, cómo se dislocaban las convenciones de la época para torturar las conciencias y dificultar, a veces hasta límites intolerables, las vidas de las personas. Pero no es tan sencillo. Recientemente cumplí con la vieja misión de leer "Fortunata y Jacinta". Me asombra la escrupulosa escritura de su autor, la ferocidad de su maestría en la técnica narrativa. Y sin embargo me costó... Quedé en muchos de sus tramos a una distancia excesiva de sus asuntos, de sus diálogos, de sus personajes.
Es aquí donde viene mi pregunta: ¿cómo puedo convencer a mis jóvenes alumnos de que lean a Galdós? Vicente Verdú, en mi opinión sin razón, trató a mis compañeros de los departamentos de Lengua de ser poco menos que unos atormentadores de niños por obligar a sus alumnos a leer el "Lazarillo". Se equivocaba gravemente, hay que leer esa novela, y hay que disfrutarla porque es una joya, como lo es, por supuesto, el Quijote, que tanta felicidad me deparó cuando lo leí en la adolescencia y cuando lo he releído a trozos en edades más provectas. Sin embargo, soy el primero en conceder que las mil páginas de "Fortunata y Jacinta" pueden muy bien ser disuasorias. ¿Pueden mis alumnos simpatizar con los desvelos histéricos del frágil y enfermizo Maxi en su delirante amor por Fortunata? La esterilidad que Jacinta vive como una tragedia que la enloquece, ¿tiene "pegada" para las chicas del siglo XXI?

Entiéndanme, el problema no es Galdós. El problema es "La Celestina", el problema es Ortega y Gasset, el problema es la Restauración, las revoluciones industriales, la erección del Muro de Berlín, la promulgación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, la vigencia del mensaje de Jesús de Nazaret, el sentido de los retratos de Velázquez... ¿Ven a dónde voy a parar? Sospecho que los jóvenes viven en un misterioso presentismo, sin apenas anclajes con el mundo pasado. Creen que en el pasado sólo existían unos tales Adán y Eva, como un niño contestó recientemente cuando le preguntaron cómo era el mundo antes de internet. Lo difícil de verdad es hacer entender a los jóvenes que los niños no vienen de París y que el mundo que tenemos es resultado de múltiples esfuerzos, que la comunidad en que han nacido no la ha inventado Steve Jobs, ni "La casa de papel", ni Rosalía.
La pregunta no es si debemos obligarles a leer a Galdós, la pregunta es si podemos hacerles entender que forma parte de ellos, que tiene mucho que ver con sus vidas. Desgraciadamente estamos -me temo- ante una tarea de cíclopes.