Me gustaría
mucho encontrar razones para respetar a Estefanía Molina. Su currículum
académico y profesional es deslumbrante y, dados sus antecedentes familiares,
es evidente que no lo ha tenido fácil. El problema es que luego me topo con
artículos como “Los ricos según Irene Montero”
(El País, 24/09/ 2026). Es de una torpeza tan sonrojante
que hace años hubiera resultado inimaginable en un periódico que, al
contrario que ahora, se respetaba a sí mismo.
Resulta que,
en medio del lío por el desahucio de Mari Carmen, la líder podemita, a la que
Molina detesta, como ya hemos comprobado repetidas veces, le echa a los ricos
la culpa de todo. Las medidas que el “populismo de izquierdas” plantea respecto
al salario mínimo, la semana laboral o la bajada de alquileres son, a juicio de
la autora, pura demagogia. El problema, dice, es la escasez. Vamos, que lo que
hay que hacer es crecer más. Vaya.
Ni los
milmillonarios monopolizan la actividad económica en España, que es un país de
Pymes, ni los fondos buitre acaparan la vivienda, que está fundamentalmente en
manos de pequeños propietarios, explica Molina.
Creo que los
datos que maneja están peligrosamente sesgados. La influencia de las grandes
corporaciones en nuestra economía no es residual, ni mucho menos. El peso que
las grandes inversoras tienen en el desastre inmobiliario que vivimos es, sobre
todo en grandes capitales, mucho mayor de lo que Molina pretende. En cualquier caso
tiene razón en una cosa: hay muchos rentistas en España, infinidad de pequeños
propietarios que no aportan nada a la economía productiva y se benefician
llevándose en concepto de alquileres un tanto por cien altísimo del sueldo de
muchos conciudadanos, jóvenes la mayoría de ellos. Lo que no tengo claro es que
sólo Podemos oculte esa evidencia. Pedro Sánchez, y no digamos Feijòo o Ayuso,
saben perfectamente el coste electoral de enfrentarse a los millones de
rentistas –millones, he dicho bien- que hay en este país y que no son fondos
buitre sino hermanos, amigos y vecinos de cada uno de nosotros.
Afirma
Molina que hemos de crecer en stock de pisos y en salarios. Lo de los salarios
me parece bien, pero creo recordar que nadie ha insistido tanto en ello como la
izquierda profunda a la que vitupera tan agresivamente. En cuanto a lo primero,
¿no será que en España hay demasiadas casas deshabitadas? Se construyó mucho
hace veinte años y yo vi cómo quedaba parada mucha obra, entre otras cosas
porque la obra nueva, y más si está en las afueras de las grandes ciudades,
requiere mucha infraestructura de aprovisionamiento. ¿Seguro que hace falta
tanta vivienda nueva? ¿Seguro que volverá a resultar accesible el precio de
compra si se construye más?
En uno de
los tramos más farragosos del artículo, Molina relaciona el éxito del trumpismo
con el exceso de burocracia. Podemos ver a Zizek, Sandel o Piketty quemándose
durante años las neuronas para entender el fenómeno de involución que padecemos…
Pero, tranquilos, Estefanía Molina lo resuelve fácil con esa bobada.
Alude Molina
a la afición creciente en la izquierda de rechazar la cultura del esfuerzo y
reclamar el Estado como un poder asistencial o de beneficencia. Este tópico
viene siendo exitoso entre los neoliberales desde los años noventa. Que Irene
Montero exija tejido jurídico para evitar que una nonagenaria minusválida sea
expulsada a la puta rúe por un fondo buitre es por lo visto confundir el papel
del Estado. Supongo que su papel es subvencionar a las grandes empresas y
lamerles las botas a los señores del Ibex.
Debe ser que
yo también soy un demagogo.
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