Saturday, June 13, 2026

SOBRE LA EJEMPLARIDAD








Hace algún tiempo me encontré ante la encrucijada de mantener en mi departamento las horas de la optativa de Psicología, una asignatura que siempre me divirtió impartir. Decidí que mientras pudiera mantener las horas de Ética –“valores éticos”, o como la quieran denominar los legisladores de turno- el departamento estaría a salvo. Renuncié a la Psicología porque entendí que lo irrenunciable era la Ética.

¿Lo es?

Es característico del sujeto de la tardomodernidad buscar refugio a su inevitable desequilibrio en los laboratorios de la psicoterapia. Nada que objetar, yo también lo hago a menudo. Pero descubro que, por lo general, para sanar una mente azotada por el disturbio los especialistas terminan siempre insistiéndote en que eres estupendo, que tu destino no es agradar a todo el mundo y que tienes la obligación de pasártelo muy bien y enviar a tomar por culo tus complejos, tus culpabilidades y tus problemas de autoestima.

Está muy bien, pero, verán, he visto durante los últimos años a muchos individuos comportarse como auténticos indeseables después de haber pasado por largos periodos de psicoterapia. Esto no significa que la solución de buscar ayuda psicológica sea inadecuada, lo que significa es que a veces tu salud mental se asocia a elementos como la meditación, el desapego, la irresponsabilidad o el hedonismo… y eso es como poco discutible. Insisto, no digo que la psicología te convierta en un hijoputa, lo que digo es que por el mundo pululan muchas personas que han solucionado sus tormentos mentales cagándose en su madre, en sus compañeros de trabajo y en general en las desgracias del mundo.

Conozco personas muy atorrantes que hablan a menudo de la importancia de las emociones, te dan la paliza con que consumas cremas sin toxinas, practican biodanza o cuando deseas estrangular a un puto nazi te dicen que el odio es venenoso y te ofrecen una mediación.

Yo me planteo una cuestión mucho más antigua y esencial: ¿cómo podemos ser más decentes? Tengo problemas de conciencia y, lo siento por los pelmas de las terapias integrativas, pero el único camino que me sirve para estar en paz conmigo mismo es el de comportarme con dignidad.

Explica Javier Gomà en su magnífico ensayo,  “Ejemplaridad pública”, que los comportamientos reprobables nos sedan, pues cuando los observamos nos permiten sentirnos superiores, confortados en nuestra supuesta superioridad moral. Por el contrario, los comportamientos ejemplares nos turban, nos inquietan, ponen en peligro nuestra consistencia moral, pues descubrimos en ellos que no hemos hecho lo bastante.

Me está pasando en los últimos días. He participado en la movilización de profesores, un acontecimiento político al que otorgo una gran trascendencia, no solo por la justicia de sus demandas, sino por su frescura, su masividad imprevista, su voluntad de resistir y pelear con un gobierno de farsantes e incompetentes. Hay quienes han hecho mucho más que yo. Fui escéptico con las posibilidades de una huelga indefinida y eso me hizo entregarme a ella sin demasiada convicción, con más remilgos de los que tuvieron compañeros que se han dejado mucho esfuerzo y mucho dinero para hacer posible lo que a mí me parecía tan difícil.

Este escrito está dedicado a ellos. Por su decencia, por la ejemplaridad de su conducta por la cual han sido capaces de inquietar mi ánimo y mi conciencia. Va por ellos, por haber contestado a la gran pregunta de la ética: ¿cómo podemos ser más decentes?

Tuesday, June 09, 2026

HASTA EN UN PUEBLO DE DEMONIOS

 










Acudes a un psicoterapeuta porque experimentas síntomas de ansiedad, tu mente está intoxicada por pensamientos intrusivos o te devoran miedos irracionales. Por lo general te explica que debes quererte y que tu misión en la vida no es complacer a tus prójimos.

De mí han dicho que soy un hijoputa en una cuantas ocasiones, pero han sido más aquellas en las que se me ha achacado bondad excesiva, lo cual me aboca, supongo, al riesgo de recibir hostias por encima de la media.
Debo entender que estoy invirtiendo la tendencia, pues últimamente me he ganado unos cuantos enemigos. Canta Joaquín Sabina que es mentira que no tenga enemigos y que también es mentira que no tengan razón. Yo me he ganado animadversiones por exceso de embestida, por impaciencia, por actuar sin el más mínimo sentido de la oportunidad, por meterme donde no me llaman, por amar a quien no debía, por no amar a quien debía… En fin, supongo que hay pedazos de todas estas cosas en el gigantesco naufragio que es la biografía de cualquiera. Me merezco algunas de estas hostilidades, y hay opiniones que me preocupan, pero, lo siento, entre quienes me odian abundan más los cretinos.
Perdonen la arrogancia, pero sospecho que el motivo principal de algunas animadversiones, al menos desde que empecé a asomarme a la senectud, es que he decidido no someterme a ciertas tiranías. Y digo a “ciertas” porque, como cualquiera, me someto miserablemente a muchas en la vida cotidiana. Me pasa sobre todo en el trabajo. Se me insta a que apruebe el curso a alumnos que se han tocado las gónadas todo el año, que no sancione a un acosador, que aguante sus impertinencias a compañeros maleducados o que una señora que no tiene ni puta idea cuestione mi vocación o mi profesionalidad porque su dulce hija es una diosa por más que cuando la miro yo sólo veo a un mandril.
Pero los abusos no están solo en las aulas, ni mucho menos. Hay en las carreteras conductores que se comportan como matones, señoras que te empujan en el metro sin motivo, salteadores de supuestas organizaciones que se cabrean mucho si no les haces caso por la calle, especialistas en joderte la peli en las salas de cine, señoras que se cuelan en el supermercado… Me gano algún que otro odio porque, en contra de lo previsible, resulta que a veces contesto y afeo la conducta a los abusones. No lo hago siempre, ni siquiera habitualmente, pero a medida que envejezco me he dado cuenta de que si dejas que los malos ganen y te limitas a huir, el mundo termina volviéndose inhóspito sin remedio.
¿Soy mejor que ellos? A ver, ser mejor que tipos como mis vecinos del primero A no requiere grandes esfuerzos, son una tribu de indeseables. Lo que sí tengo claro es que me hallo a años luz de la perfección. ¿Cabrón? Sí, bastante, como todo el mundo excepto Vicent E., un amigo del que algún día les hablaré y al que considero venido de otro sistema solar.
Concluyo.
No estoy seguro de cuál es el camino más certero para propiciar un mundo más justo y habitable para todos. Decía Kant que un sistema normativo adecuado podría hacer posible la convivencia “hasta en un pueblo de demonios”. Quizá, puesto que Herr Kant suele tener razón, deberíamos dejar de especular sobre nuestra maldad –a fin de cuentas somos lo que somos- y ponernos de acuerdo sobre unas pocas cuestiones esenciales.
Se me ocurren dos. La primera es relativa al dolor físico. No sé cómo una mente tan laberíntica como la del simio que somos puede garantizar la paz de espíritu, pero sí creo que hay maneras de poner límites al dolor del cuerpo, es decir, el que asociamos al hambre, la enfermedad, las guerras, la violencia en todas sus formas… Necesitamos un mundo donde poner en peligro la integridad física de las personas sea absolutamente punible.
La segunda, en el fondo vinculada a la anterior, tiene que ver con los débiles en general y, en particular, con los niños. El sufrimiento de los niños es intolerable. Moriré maldiciendo a los Netanyahu del mundo que lo provocan sin ninguna piedad, pero me gustaría más ver antes de morir cómo la exigencia de poner fin al sufrimiento infantil en todo el mundo se convierte en un factor civilizatorio absolutamente innegociable e inexcusable.
… Y eso valdría hasta en un pueblo de demonios