BRUJAS
Asisto a la última de Alex de la Iglesia, Las brujas de Zugarramurdi. Me divierto. El inicio, ese atraco a un banco perpetrado por un tipo disfrazado de Jesucristo, resulta desternillante; las imágenes del akelarre son espectaculares; hay ocurrencias que a veces parecen inspiradas en episodios esenciales de la cultura española, como Valle-Inclán, y otras que cuesta distinguir de un scary movie; algunos chistes son muy hábiles, otros resultan chuscos y oportunistas.
Diría que el film es una parodia -acaso mejor un esperpento- de la imagen que respecto a lo femenino fabricamos los varones. Así, las mujeres son controladoras, ciclotímicas y malintencionadas; no sabemos nunca lo que piensan, de manera que cuando menos te lo esperas, la relación parece satisfactoria y el mar está en calma es cuando aprovechan para sacudirlo todo e instaurar el reino de Lucifer sobre la Tierra.
Es aquí donde nos topamos con la antiquísima acusación de brujería. De pequeño yo, como todo quisqui, comulgaba -nunca peor dicho- con el tópico de las brujas que preparaban conjuros, cocinaban niños al horno y salían volando sobre una escoba. Una vieja que vivía en una inquietante casa cercana a la de mi abuela en el pueblo era tachada de bruja por los niños del lugar. Corrían leyendas respecto a sus peligros, de ahí que yo eludía siempre la necesidad de pasar por delante de aquel lugar que, sobre todo, parecía terriblemente viejo. Un día me la topé en la estación de trenes, caminaba tranquilamente por aquel lugar tan prosaico, lo cual me produjo cierto alivio, pues aquello me dio a pensar que era una persona como cualquier otra y carecía por tanto de poderes maléficos, pero también cierta decepción, pues ayudó a que la bruma del paisaje mítico de mi infancia empezara a dispersarse.
De aquí a una visión razonable e ilustrada de la brujería van unos cuantos años y algunas buenas lecturas, empezando por el Marvin Harris de Vacas, guerras, cerdos y brujas, el Thomas Szasz de El mito de la enfermedad mental, o el Julio Caro Baroja de Las brujas y su mundo. Esa visión indica que desde el Medioevo hasta casi la Ilustración, los europeos perseguían a ciertas personas, sobre todo mujeres, porque, careciendo de un modelo científico para tratar sus problemas más angustiosos, buscaban chivos expiatorios que remediaran de alguna forma su impotencia.
Si definimos los mecanismos de integración de los individuos en una comunidad como un juego de reglas, debemos entender que el mismo sistema que administra recompensas para quienes se esfuerzan en alcanzar el ideal -la santidad en la teocéntrica sociedad medieval- administra igualmente sus sanciones para quienes viven lejos de él. Esto no significa que las acusadas de brujería fueran en realidad íncubos del Maligno y dispusieran de un modelo de vida alternativo y estupendo, como creen algunos cándidos. Lo que significa es que donde anidan la pobreza, la marginación o la enfermedad mental encuentran los inquisidores el terreno abonado para detectar infectados. No estoy en consecuencia nada convencido de que las acusadas de brujería encarnaran la excepcionalidad de esos seres fronterizos a los que se acosa porque se teme su genialidad, más bien sospecho que la mayoría de las torturadas y quemadas eran pobres infortunadas a las que les tocó el peor papel dentro de un juego donde la comunidad se veía continuamente en peligro por muchísimas razones.
¿Hay algo más? Quizá sí, después de todo acaso podamos vislumbrar un efecto de gran potencia simbólica en el mito de las brujas si proyectamos sobre el problema algo más que una mirada racionalista. Alex de la Iglesia lo ha visto, pero sólo ha sido capaz de dar cuenta de él en forma de esperpento. Sin embargo, hay en el Demonio y sus adoradores algo que tiene que ver más bien con la seducción, con el Mal, con todo aquello que asociamos a lo luciferino y que, si tanto ha preocupado desde siempre en las sacristías es porque ejerce una atracción incontenible.
"Seducción", digo, Lucifer ha sido desde siempre el seductor por antonomasia, ese abismo de lo Otro, lo que se nos opone, lo que, al contrario que las criaturas dóciles, no se abre a nosotros para convertirlo en accesible y manejable, tal y como propone la lógica científica. Si Cristo es la luz de la Verdad, el demonio es el claroscuro del enigma, si el Redentor es la Vida, Lucifer es el tentador que nos recuerda que sólo viviremos una vez, que nuestra condición es efímera, y que el único goce posible es el que realicemos ahora mismo.
En los monasterios se habla del Maligno y su amenaza, Marx hablaba del enriquecimiento... Freud anduvo algo más atinado cuando invocó al Ello, esa parte irredenta que tira de cada uno de nosotros y nos recuerda a la Bestia que llevamos dentro. El demonio es el símbolo del poder femenino, ese elemento primordial, alimentado por las pasiones, que los varones aprendimos a esquivar porque se nos hizo creer que sólo eran síntomas de debilidad.
El gran mal de la moral judeo-cristiana no es el demonio, sino el hecho de que en el orden simbólico que la funda, el mal es justamente el elemento suprimido. Pero el Mal no es ninguna de las fruslerías de cuento de niños con el que se nos asusta cuando se define a Lucífer, el Mal es el equívoco, lo caduco de nuestras verdades, la conmoción de las identidades transmutadas, el cambio incesante, la metáfora que desplaza el sentido convencional de las cosas, la incertidumbre, la seducción, las sirenas de Homero, los démones que protegían el hogar, los enigmas del cruce de caminos, los estados alucinatorios...
Lo que aquel hatajo de criminales, los inquisidores, querían encontrar en el cuerpo y el alma atormentados de las brujas eran los signos de todo ello. Nunca lo lograron, en realidad nunca supieron qué buscaban cuando acosaban al Demonio.