Saturday, October 19, 2013





BRUJAS

Asisto a la última de Alex de la Iglesia, Las brujas de Zugarramurdi. Me divierto. El inicio, ese atraco a un banco perpetrado por un tipo disfrazado de Jesucristo, resulta desternillante; las imágenes del akelarre son espectaculares; hay ocurrencias que a veces parecen inspiradas en episodios esenciales de la cultura española, como Valle-Inclán, y otras que cuesta distinguir de un scary movie; algunos chistes son muy hábiles, otros resultan chuscos y oportunistas. 

Diría que el film es una parodia -acaso mejor un esperpento- de la imagen que respecto a lo femenino fabricamos los varones. Así, las mujeres son controladoras, ciclotímicas y malintencionadas; no sabemos nunca lo que piensan, de manera que cuando menos te lo esperas, la relación parece satisfactoria y el mar está en calma es cuando aprovechan para sacudirlo todo e instaurar el reino de Lucifer sobre la Tierra. 

Es aquí donde nos topamos con la antiquísima acusación de brujería. De pequeño yo, como todo quisqui, comulgaba -nunca peor dicho- con el tópico de las brujas que preparaban conjuros, cocinaban niños al horno y salían volando sobre una escoba. Una vieja que vivía en una inquietante casa cercana a la de mi abuela en el pueblo era tachada de bruja por los niños del lugar. Corrían leyendas respecto a sus peligros, de ahí que yo eludía siempre la necesidad de pasar por delante de aquel lugar que, sobre todo, parecía terriblemente viejo. Un día me la topé en la estación de trenes, caminaba tranquilamente por aquel lugar tan prosaico, lo cual me produjo cierto alivio, pues aquello me dio a pensar que era una persona como cualquier otra y carecía por tanto de poderes maléficos, pero también cierta decepción, pues ayudó a que la bruma del paisaje mítico de mi infancia empezara a dispersarse. 

De aquí a una visión razonable e ilustrada de la brujería van unos cuantos años y algunas buenas lecturas, empezando por el Marvin Harris de Vacas, guerras, cerdos y brujas, el Thomas Szasz de El mito de la enfermedad mental, o el Julio Caro Baroja de Las brujas y su mundo. Esa visión indica que desde el Medioevo hasta casi la Ilustración, los europeos perseguían a ciertas personas, sobre todo mujeres, porque, careciendo de un modelo científico para tratar sus problemas más angustiosos, buscaban chivos expiatorios que remediaran de alguna forma su impotencia. 

Si definimos los mecanismos de integración de los individuos en una comunidad como un juego de reglas, debemos entender que el mismo sistema que administra recompensas para quienes se esfuerzan en alcanzar el ideal -la santidad en la teocéntrica sociedad medieval-  administra igualmente sus sanciones para quienes viven lejos de él. Esto no significa que las acusadas de brujería fueran en realidad íncubos del Maligno y dispusieran de un modelo de vida alternativo y estupendo, como creen algunos cándidos. Lo que significa es que donde anidan la pobreza, la marginación o la enfermedad mental encuentran los inquisidores el terreno abonado para detectar infectados. No estoy en consecuencia nada convencido de que las acusadas de brujería encarnaran la excepcionalidad de esos seres fronterizos a los que se acosa porque se teme su genialidad, más bien sospecho que la mayoría de las torturadas y quemadas eran pobres infortunadas a las que les tocó el peor papel dentro de un juego donde la comunidad se veía continuamente en peligro por muchísimas razones. 

¿Hay algo más? Quizá sí, después de todo acaso podamos vislumbrar un efecto de gran potencia simbólica en el mito de las brujas si proyectamos sobre el problema algo más que una mirada racionalista. Alex de la Iglesia lo ha visto, pero sólo ha sido capaz de dar cuenta de él en forma de esperpento. Sin embargo, hay en el Demonio y sus adoradores algo que tiene que ver más bien con la seducción, con el Mal, con todo aquello que asociamos a lo luciferino y que, si tanto ha preocupado desde siempre en las sacristías es porque ejerce una atracción incontenible. 

"Seducción", digo, Lucifer ha sido desde siempre el seductor por antonomasia, ese abismo de lo Otro, lo  que se nos opone, lo que, al contrario que las criaturas dóciles, no se abre a nosotros para convertirlo en accesible y manejable, tal y como propone la lógica científica. Si Cristo es la luz de la Verdad, el demonio es el claroscuro del enigma, si el Redentor es la Vida, Lucifer es el tentador que nos recuerda que sólo viviremos una vez, que nuestra condición es efímera, y que el único goce posible es el que realicemos ahora mismo. 

En los monasterios se habla del Maligno y su amenaza, Marx hablaba del enriquecimiento... Freud anduvo algo más atinado cuando invocó al Ello, esa parte irredenta que tira de cada uno de nosotros y nos recuerda a la Bestia que llevamos dentro. El demonio es el símbolo del poder femenino, ese elemento primordial, alimentado por las pasiones, que los varones aprendimos a esquivar porque se nos hizo creer que sólo eran síntomas de debilidad. 


El gran mal de la moral judeo-cristiana no es el demonio, sino el hecho de que en el orden simbólico que la funda, el mal es justamente el elemento suprimido. Pero el Mal no es ninguna de las fruslerías de cuento de niños con el que se nos asusta cuando se define a Lucífer, el Mal es el equívoco, lo caduco de nuestras verdades, la conmoción de las identidades transmutadas, el cambio incesante, la metáfora que desplaza el sentido convencional de las cosas,  la incertidumbre, la seducción, las sirenas de Homero, los démones que protegían el hogar, los enigmas del cruce de caminos, los estados alucinatorios... 

 Lo que aquel hatajo de criminales, los inquisidores, querían encontrar en el cuerpo y el alma atormentados de las brujas eran los signos de todo ello. Nunca lo lograron, en realidad nunca supieron qué buscaban cuando acosaban al Demonio. 


Friday, October 11, 2013

 

TETAS

 Me sorprende que a estas alturas aún no hayamos entendido qué significa aquello de "la sociedad del espectáculo" que tan brillantemente teorizó Guy Debord hace casi medio siglo. La candidez de quienes ven con simpatía la acción perpetrada en el Parlamento por Femen llega a resultar enternecedora. Me recuerda a la de un ultrafeminista -por increíble que parezca he conocido a varones ultrafeministas- que me intentó convencer hace mucho de que cuando en una entrevista televisiva la cantante punk Nina Hagen empezó a masturbarse, lo que pretendía era demostrarle al mundo que era dueña de su propio cuerpo y que no necesitaba a ningún macho opresor para tener placer. Inútil intentar replicarle que lo que pretendía la transgresora artista era simplemente montar el cirio para ganar fama y fortuna. Claro que yo soy un cínico y un malpensado.

Nos cuentan que la acción perpetrada por las bellas chicas de Femen es producto de un largo adiestramiento. Lo que yo advierto es un escrupuloso casting -son jóvenes y hermosas- y, en todo caso, mucha osadía. No voy a escandalizarme por el agravio a la sala que representa la sagrada voluntad democrática de los españoles. En primer lugar porque he presenciado otras intervenciones similares y hasta he aplaudido algunas de ellas y, en segundo lugar, porque no está en condiciones un parlamento de exigir el respeto si él ya se lo  ha perdido a sí mismo muchas veces. Es interminable la lista de situaciones en que yo mismo he sentido vergüenza viendo como nuestros representantes se gritan, se insultan, cacarean para obstruir la exposición de un oponente... Lo sucedido por ejemplo en la bancada popular cuando durante los años de Zapatero fueron oposición merece a este respecto una investigación muy seria sobre la calidad de nuestra joven democracia. 

El problema es que lo del otro día no cuela, o no debería colar. Que el típico abuelete reaccionario diga aquello de "¿Veis? Las que abortan son unas putas", no me sorprende teniendo en cuenta que tales personas se adoctrinan cotidianamente con ABC, La Razón o Intereconomía. No obstante, si lo que Femen pretende es convencer a personas más bien moderadas de que el aborto no se puede criminalizar como pretende el actual gobierno español, no parece que el método utilizado sea el más eficaz. 

Tampoco le veo ninguna consistencia al argumento contrario, es decir, el de los que afirman que lo importante es el fondo de la protesta, su mensaje, y que el procedimiento es anecdótico, pues se trata de llamar la atención, concitar la atención mediática y generar debate en torno al problema. Ya ven la cantidad de sesudas controversias que se han desatado entre la gente sobre el aborto a raíz de la intervención de Femen. No se habla de otra cosa... quiero decir que no se habla sino de las tetas de las chicas de Femen.

Es cierto que muchos españoles no sabían que en aquel momento se celebraba en el Congreso el debate que preludía la sustitución de la actual Ley del Aborto por otra que va a acercar el estado de la cuestión a las tinieblas del franquismo, pues no otra cosa puede decirse de una normativa que pretende enviar a la cárcel incluso a mujeres que habiendo quedado embarazadas no se sienten en condiciones psicológicas de seguir adelante, o a quienes creen que un síndrome de Down es razón suficiente para interrumpir la gestación. Es curioso: todo esto lo decide -obviamente sin más apoyo que el de sus propios correligionarios, ya lo verán- uno de los tipos más taimados y venenosos que jamás hemos conocido en la política, colider por cierto de un partido donde se perdona e incluso se jalea a los corruptos. Qué malas son las que abortan, por cierto, muchas de ellas de colegio de monjas y misa diaria, cómodamente instaladas junto a sus familias en las capas sociales con las que se identifica mejor el partido al que votan. 

No me parece que toda esta repugnante hipocresía quede desenmascarada por el show de hace unos días, acaso convendría escuchar a todas aquellas mujeres que, desde hace décadas, vienen luchando denodadamente para conducirnos a una sociedad más justa, una sociedad donde las mujeres sean dueñas de su cuerpo, puedan conciliar su vida profesional y familiar, no sean maltratadas o no cobren menos que los hombres por realizar el mismo trabajo. La del movimiento feminista es una historia noble y hasta heroica, yo evitaría banalizar las causas que defienden desde hace más de un siglo.

Reclamemos seriedad, al menos en este tema, que puede generar un enorme dolor para muchas personas gracias a que un ministro ha decidido que las mujeres vuelvan a ser estigmatizadas por no querer parir y tengan que volver a Londres a interrumpir sus embarazos. Por eso me irrita tanto tener que darle la razón por una vez cuando reprochó a la bancada de Izquierda Unida sus aplausos. ¿Cómo se puede vitorear a unas señoras que gritan "El aborto es sagrado"? No se me ocurre una consigna más desafortunada. El aborto es de todo menos sagrado, el aborto es una desgracia, una realidad que habría que aprender a evitar educando sexualmente a la gente, que es por cierto lo que un desalmado como Wert y un mojigato como Gallardón jamás aceptarán. "El aborto es sagrado", valiente majadería. 

En el trabajo, un compañero me insinúa que acaso hayamos de acostumbrarnos a estas cosas, adaptarnos. Lo que intenta decir es que en el tipo de sociedad que se está configurando en este nuevo siglo la premisa del éxito es el marketing, y que, por tanto, hay que hacerse a la idea de que, como los focos de emisión de mensajes son infinitos, la atención está muy cara y si quieres que se vuelva hacia ti has de montar numeritos como los que monta Femen. De acuerdo, puede que tenga parte de razón, pero mucho me temo que lo que pretende Femen no es llamar la atención para liberar a la mujer. Lo que pretende Femen es publicitarse a sí mismo. Si, como indica su ideario fundacional, quieren demostrar al mundo que la mujer ucraniana es activa y emprendedora, romper en definitiva el prejuicio que europeo que las considera estupendas para servir en casas alemanas, casarse con vejestorios franceses o prostituirse en las costas del Mediterráneo, no parece que la iniciativa del otro día sea la más adecuada.   

Mucho me temo que pronto veremos a algunas cobrando de algún parlamento porque algunos cándidos voten al partido que piensan fundar, saliendo en algún reality o enseñando las tetas -otra vez- en la revista Interviú.

Friday, October 04, 2013





ARRIBA Y ABAJO

 En Arriba y abajo se nos relataba con precisión y elegancia -como era común en otros tiempos en las series televisivas británicas- la vida de dos grupos humanos que habitaban la misma mansión: la familia del dueño de la casa, que si no recuerdo mal era un Lord del Parlamento londinense, y los criados. Aquellos vivían en los upstairs, mientras que estos dirimían su vida de servicio en los downstairs, una separación física que reflejaba un estado social propio del Antiguo Régimen, por más que el relato se situaba en tiempos de la Gran Guerra. Aquel orden profundamente clasista tenía una lógica propia, acaso decadente, pero aún sólidamente estructurada y en la que sus miembros eran adiestrados con eficacia. 

La reelaboración de la democracia en Occidente con la segunda posguerra mundial y el advenimiento de las comunidades tardoindustriales parecía llamada a abolir definitivamente este orden estamental, propiciando sociedades abiertas, ensanchando las clases medias y desarrollando las instituciones de compensación. Hoy se diría que este modelo se halla en franca regresión, lo cual no sé si supone que volvemos casi todos al piso de abajo. No creo que nadie desee aquello, pero puedo entender que algunos, viendo la serie en retrospectiva, experimenten cierta nostalgia por la pérdida de un mundo donde, al menos, las cosas parecían tener su sentido. 

Me explico. Ayer mismo pasé por una de las avenidas más largas de Valencia. El carril derecho estaba colapsado por una ristra de cerca de medio kilómetro de automóviles mal aparcados. Eran los padres de los alumnos de un prestigioso cole de monjitas que esperaban a sus hijas. No solo no eran multados por la evidente ilegalidad que cometían, es que además había un policía dirigiendo el tráfico para que los demás vehículos no les molestasen. Creo que así es la ciudad de Rita Barberá, sectores sociales privilegiados que pueden violar la ley bajo protección, mientras que en otros lugares los niños dan clase en barracones o los tejados se caen por la falta de atención. Eso sí, tanto el elitista colegio de las monjitas como la protección policial las hemos de pagar todos, los pobres también, aunque no gocen de ellas. 

Sigo. En un informativo de la simpar Canal 9, que lleva dos décadas avergonzándonos con una política de propaganda progubernamental que sonrojaría a Goebbels o a los editores del NoDo -tambien pagándola entre todos-, se nos cuenta como para alborozarnos que se ha creado una guardería de vanguardia en el Parque Tecnológico. La han dotado con una millonada colosal, tiene piscina de agua salada -parece que es muy buena para la motricidad de los infantes-, ratios mínimas, psicólogos especializados, material escolar de último modelo y hasta un burrito. Ni usted ni yo podemos llevar a nuestro hijo a ese sitio, no estamos enchufados ni podemos pagar lo que te cobran, de manera que sólo podemos esperar que las demás guarderías tomen ejemplo y aprendan de estas innovaciones tan inspiradas. Yo podría informar sobre el asunto a los de la guarde a la que llevo a mi hija sobre las ventajas del agua salada, el burrito y las demás sofisticaciones pedagógicas, pero mucho me temo que no van a poder incorporar nada de eso, pues con lo que sacan por mes bastante tienen con aguantar el tirón y cuidar dignamente de nuestros niños. 

Me viene a la cabeza la pintoresca genialidad de otro preboste de talento, la también simpar Esperanza Aguirre, que lanzó en Madrid la idea de crear "institutos de excelencia". Se trata de colocar en centros especiales a los niños que destaquen. Esto equivale a que los pocos alumnos que sobresalen en mis aulas desaparecerán de ellas, no solo como hasta ahora porque vayan a las monjitas, sino porque irán a parar a los centros excelentes, hacia los que supongo que desplazarán considerables pedazos del presupuesto. Los niños medianejos, los que tienen problemas motóricos o de aprendizaje, los inmigrantes y toda la demás ralea de fracasados que no puedan pagarse algo mejor quedarán en los centros no excelentes, destinados a una función asistencial, sin ninguna esperanza de alcanzar aquello a lo que en los ochenta -cuando se creyó de verdad en la enseñanza pública- se llamaba el "ascensor social".

Yo creo que detrás de toda esta sarta de memeces no sólo hay un espíritu profundamente reaccionario y clasista, creo que también hay una galopante falta de sentido institucional, la incapacidad para entender que el único sentido de la existencia de políticos profesionales es la voluntad de construir un mundo menos injusto y más habitable. Como esto no les interesa, y como en el fondo siempre han pensado que uno es rico o pobre porque se lo merece y que no es función de las instituciones compensar nada, lo que se les ocurre para que la gente les vote son estas sandeces, las cuales, por cierto, suelen crear comisiones opíparas en contratas y favores. La excusa sería la ejemplaridad, algo así como inspirar el progreso desde arriba, por capilaridad, una soberbia estupidez que desecha cualquier persona sensata, consciente de que la prosperidad se crea precisamente al revés, es decir, desde abajo, mejorando los territorios más deprivados de la comunidad para remediar los verdaderos conflictos sociales.

Pienso en el modelo de ciudad que lleva décadas defendiendo el PP en Valencia. ¿Hay miseria y marginación en el Distrito Marítimo? Destruyámoslo y llenemoslo de casas para pijos. ¿Hay que mejorar la imagen que tenemos de la zona portuaria? Montemos la Copa América y el Circuito de la Fórmula Uno. ¿Hay pobreza en la zona de la Plata? Pues plantamos delante la Ciudad de las Ciencias y la gente que viene le ve ya otra cara a la ciudad. 

Mostremos fachadas bonitas y hagamos propaganda insistente en las televisiones. Seguiremos siendo igual de pobres, pero le pareceremos otra cosa a los turistas y, sobre todo, nos creeremos nosotros mismos que somos los mejores. No lo olviden, aquella baladronada de la "California del Mediterráneo", por la que Paco Camps merece pasar a la historia, no era un gancho para visitantes e inversores, se trataba más bien de que nos lo creyéramos nosotros mismos, a ver si así incrementábamos la autoestima. Vamos, que nunca hemos sido pijos, ni siquiera cuando vivíamos la supuesta gran orgía del consumo, pero nos gustaría serlo, qué demonios.

Mientras tanto estos se llevaban sacos de votos. Echémosles ya, por Dios.

Friday, September 27, 2013

 





INFELICES

 ¿Por qué no somos felices? La primera obligación profesional del filósofo es cuestionar el sentido de la pregunta; a fin de cuentas no sabemos muy bien en qué consiste la felicidad, cuál es el contenido de un concepto que obsesiona a la civilización desde sus orígenes más remotos. 

Creo que algunos males -no sólo el nacionalismo, aunque éste sobre todo- se curan viajando. Piensen en esa baladronada tan hispánica de que "Nosotros sabemos vivir", alimentada por argumentos como el del número de bares o la costumbre de salir por la noche. La certeza con la que se pronuncia incorpora la presunción de que en otros países la gente se pasa el día llorando por los rincones, atesora el dinero que gana sin gastárselo, come en silencio sepulcral una bazofia precocinada sin siquiera mirar a los otros comensales...
 

Recuerdo una estancia de algún tiempo en Berlín: pensé mucho en lo fascinante que me parecía aquella ciudad -más cuanto más la conocía- y en lo provinciana y cutre que desde la distancia me resultaba la mía. Como saben, el tópico reza precisamente lo opuesto: los mediterráneos nos lo montamos muy bien, mientras los nórdicos son fríos y se suicidan en invierno por el hastío insoportable en el que viven.  

¿Y los otros? Me refiero a los del Hemisferio Sur, todos los que quedan por debajo de la Valla de Melilla o, si lo prefieren, del Sur de California, los cuales suelen parecerse en tener la piel oscura y ser pobres. Con esto se acaba el debate, son pobres, están jodidos, no hay más que decir. En España lo hemos sido durante mucho tiempo -sí, amigos, nosotros éramos rumanos-  por más que ahora creamos que la valla dichosa nos separa para siempre del Tercer Mundo. Aventurada creencia, a fe mía, ahora cuando parece que el avión de la prosperidad vuelve a dejarnos en tierra.

Un español afincado en Marrakesh afirma en un programa de la tele que lo que más le ha llamado la atención del país es que "los marroquíes son más felices que nosotros". El caso merece cuanto menos una reflexión: ¿qué pasa en Marruecos? De entrada la idea puede resultar algo irritante. No parece por ejemplo demasiado tentador ser mujer en un país regido por la moral islámica. Tampoco son especialmente recomendables ciertas prácticas políticas usuales en el reino alauí, la mayoría de las cuales aquí creemos haber dejado atrás. Puedo seguir, pero presiento que algo se desliza por entre las curvas del juicio político y que se terminan escapando. He visitado Marruecos y otras naciones del mundo musulmán. Más que ser felices los habitantes de Marrakesh, yo diría que son las ciudades occidentales las que se han desprendido de los hábitos que hicieron que durante milenios la vida mereciera la pena. Y es un proceso que se ha desarrollado poco a poco en nuestra vida cotidiana, sin que nos enteráramos de lo que estaba pasando. 

Deambulamos por Nueva York, o por Madrid, da lo mismo. La gente es infeliz, camina cabizbaja; vive dentro de una cárcel de prisa a la que se ha esclavizado; tiene mal rollo con la familia, a la cual ha dejado de llamar y -paradójicamente- echa de menos; hablan poco cada día con su cónyuge; se alteran cada vez que llega una carta del banco porque la hipoteca de la casa estupenda que compraron los está estrangulando; se ponen malos cada vez que ven a un gobernante hablando de austeridad después de todo lo que les han robado ellos y sus amiguetes...

No sé si los marroquíes son felices. Presiento que el tiempo no les agobia, que la calma de un té de menta con amigos no se cambia por ganar más dinero, que están atentos al desfile de las cosas, que los niños corretean por las calles sin que sus padres pasen las noches pensando histéricamente en qué clase de cítara los van a meter para que no estén en la calle y se los lleve el hombre del saco. 

Creo que hay algo de pacto fáustico en esta gran lógica del bienestar que se legitima mediante la fiesta del consumo. Quizá no haya que ir a tantos sitios ni tomar a los vecinos como unos pelmas a los que sólo debemos esquivar. Podríamos igualmente plantearnos si la solidaridad, en vez de una hucha del Domund o la cuota de una ONG, consistiría más bien en cubrir al vecino o al primo cuando están pasando apuros. 
 
 Observando a ese grupo de varones de mediana edad sentados ante el té, aseveramos que el mundo árabe ha quedado varado en el discurrir de la historia por pura pereza. Mientras, yo me enveneno con el caramelo de ansiedad con el que nos sometemos a la servidumbre del miedo, la prisa y el consumo. 

Saturday, September 21, 2013



HIPÓCRITAS

Nunca deja de sorprenderme la doble moral de los conservadores españoles. La misma persona que recientemente me ponderó las excelencias de Eurovegas exhibe, sin ningún tipo de rubor, su condición de siervo de la Santa Madre Iglesia, lo cual quiero suponer que le obliga a seguir las prescripciones del Crucificado. Tiene su miga la cosa: cuando leo atentamente los Evangelios o escucho a los frailes, no parece haber duda de que la más suprema de las aspiraciones humanas es la de la santidad, entendida ésta como una vida dedicada al cultivo de las virtudes teologales, empezando por el sacrificio, la compasión o el amor al prójimo, incluyendo a los prójimos que nos caen gordos.

¿Es Eurovegas el proyecto de una gran reserva espiritual para el sur de Europa a unas yardas de Madrid? Precisamente porque aún es un proyecto, no puedo decirlo con certeza, pero la fantasía que suscita este nuevo Xanadú es la de que pones cara de poker antes de desplumar a unos incautos, y te tomas después un visky mientras una rubia te la chupa al ritmo de Elvis. Eso es el imaginario, claro, en la realidad es otra cosa: te despluman a ti, se pasean los matones del jefe -que no es Robert de Niro- por las ruletas con cara de mala hostia y a la que te la chupa resulta que tienes que pagarle.  



Pues bien, resulta que el interfecto al que me refería también se ha tirado un largo periodo despotricando contra la inmigración. Las pateras, los aviones cargados de hispanoamericanos, las fruterías de los pakistanís o las tiendas de chinos formaban los ejes de un colosal proyecto de invasión por parte de los pueblos famélicos del mundo. Curiosamente, cuando su madre estaba ya seriamente enferma e inválida pagó –por supuesto en negro- a una chica boliviana para que la cuidara. Salía bien de precio y era sumisa.



Este tipo de actitudes son comunes en otros terrenos. Por ejemplo, me cuesta mucho entender qué hay de virtuoso en llevar a los nenes a colegios de monjitas porque ya se encargan éstas de evitar que las aulas se les llenen de inmigrantes, que ya se sabe que los extranjeros, sobre todo cuando van oscuritos de piel, son niños conflictivos y estudiantes nefastos que bajan el nivel académico. Mejor que los atiendan en la escuela pública, a pesar de que, curiosamente, la enseñanza concertada también la pagamos entre todos. Una obra religiosa, ésta de discriminar a los forasteros, que sin duda Cristo también jalea con entusiasmo desde el cielo.


Hablando de la estricta moral de los iluminados por la fe, me llama poderosamente la atención lo mucho que insisten en la malignidad del aborto o en la reprobación de los matrimonios gays y otras perversiones, siempre bajo el principio de que la familia es una institución sagrada. Se refieren, claro, a familias como las suyas. Esta misma gente y sus referentes morales, los curas, no suelen sin embargo alzar su voz cuando el capital y la derecha lesionan sistemáticamente la posibilidad de formar familias, impidiendo que existan guarderías públicas y limitando al máximo los derechos de las trabajadoras a ser madres... Ya saben, todo eso de la conciliación laboral con la que se ponen tan pesados sindicalistas y feministas.



Resumen esclarecedor del asunto es la evidencia de que la derecha vota a toque de corneta cuando llegan elecciones aunque, como en estos días sucede, no duda en despotricar de sus venerados representantes con asuntos como el de Bárcenas. En Valencia, por ejemplo, la corrupción viene siendo sistémica desde hace décadas, pero la gente vota mayoritariamente al partido que la ha convertido en su libro de estilo. “Los políticos”, suelen decir, como si la oligarquía empresarial allegada al poder político no fuera la pieza maestra de todas estas tramas. Algunos se ponen muy nerviosos cuando a su hija enfermera o a su hijo guardia civil les crecen los problemas porque el PP ha privatizado el hospital o porque cada vez son menores los recursos con los que se dota a las fuerzas del orden. De todas formas no debe importarles tanto cuando al final vuelven a votar a esos que tantos les molestan. La izquierda en esto parece que es más cándida: cuando los políticos a los que votaron se corrompen o actúan como la derecha dejan de votarles.



El asunto de Eurovegas, qué quieren que les diga, a mí me huele fatal. Como soy un poco cenizo tiendo a pensar que los yanquis a los que recibimos con alegría vienen a llevarse la pasta, tratar con mujeres, imponer limbos legales y fiscales, especular con terrenos y ladrillos, llenar el entorno de cámaras de vigilancia y matones y hacer ricos con comisiones a los hospitalarios prebostes locales que tanto han hecho por allanarles el camino. Claro que yo soy un tipo más bien cínico. Quizá este bonito emporio sea, como insisten en que creamos, el secreto de la futura prosperidad y cree todos los puestos de trabajo prometidos, supongo que serán casi todos crupiers o extras para la próxima de James Bond, que transcurrirá en Eurovegas, claro. Pero, qué le vamos a hacer, a mí me da mala espina, puede que sea por la idea que tengo sobre el tipo de país en que me gustaría vivir, que se parece muy poco al que, por lo visto, encandila a los fachas. Ya hace unos meses, por cierto, que planeo irme a vivir a Islandia.    
 

Saturday, September 14, 2013



LA DIADA Y MADRID 2020. 

Nunca, ni en mis momentos más radicales, comulgué con el nacionalismo. Me cuesta sentir entusiasmo por ningún fenómeno de este tipo que no se parezca al caso palestino, donde nos topamos con una problemática humanitaria excepcional. Hay otras cuestiones que acaso tengan demasiado que ver con las cicatrices que sobre mi mapa emocional ha dejado la vida: escepticismo es la palabra, me temo. Me pasa por ejemplo cuando juega la selección y tocan el himno nacional, veo a Sergio Ramos elevando ojos al cielo como un legionario y me entran ganas de chanza, ya ven. Como cantaba Georges Brassens, “a mí la música militar nunca me pudo levantar”. No es mala fe: me pasa exactamente igual cuando interpretan el himno de Valencia: veo a los falleros emocionados tras la cremà, la Mare de Deu cubierta de flores, y les juro que, por un instante, quiero creer, pero se recrudecen en mi memoria tantos episodios en los que al amor de un estandarte se ha machacado a la gente que no sé, me entran ganas de fugarme.

Por eso, cuando tras la diada veo a un político catalán explicándonos su euforia casi con lágrimas en los ojos, como cuando el Barça gana copas de Europa, estoy a punto de contagiarme... hasta que me acuerdo de que lo que pretenden los manifestantes es abandonar el barco que compartimos, de lo cual no sé si se derivan cosas tan estupendas para ellos como parecen creer, pero, desde luego, no se deriva nada bueno para los que nos quedamos. Todo eso de los niños vestidos de pagesos, la emoción patriótica de la ofrenda a una virgen que resulta que tiene el corazón cuatribarrado, las lágrimas del "por fin ha llegado nuestra hora", las manos entrelazadas de la vieja burguesía con los nietos de la inmigración andaluza mientras suena Els segadors. Lo lamento, no consigo verle la gracia. En fin, que cada vez que se desatan las pasiones colectivas con aquello de la tierra, la sangre y la bandera yo me acuerdo de aquello de Els Joglars en la tele que indignó tanto a los catalanes: Gurruchaga y Boadella descubrieron que la Moreneta era en realidad el portero camerunés N´Kono, es decir, que ni siquiera era del Barça. Aún me acuerdo del escándalo que se lió.

 Y sí, lo sé, es inútil explicarle esto al que lo siente, tan inútil como llamarme a mí “nacionalista español”, gansada que ilusiona al que me la espeta con la pretensión de que lo que hay más allá del Principado son tierras de cabreros, que todos simpatizamos oscuramente con los bárbaros que atacaron la sede de la Generalitat en Madrid, que nada ha cambiado aquí demasiado desde Franco, que comulgamos con la caverna mediática... Y ante esto sí hay que decir energicamente que no, como cantaba Raimon.

En lo que tiene razón la cadena es en la presunción de que gran parte de la crecida espectacular de la causa independentista que se registra en el seno de la sociedad catalana se debe a la actitud que la derecha española ha exhibido ante el conflicto. ¿Humillación? Desde luego que sí. Cualquier portada de La Razón o el ABC suena a fascismo cuando se menta el tema. La singularidad catalana es sistemáticamente pisoteada o, como sucede con el actual Gobierno, eludida. Esta elusión está haciendo un daño terrible, pues los catalanes –también los no independentistas- lo interpretan como manifestaciones de hostilidad. Y aciertan, en la derecha española no hay un residual sentimiento de desprecio o rechazo, lo que hay es un profundo anticatalanismo. 

Da grima oír hablar ahora de diálogo cuando la visión de partida es que no ocurre nada, que lo presenciado en las últimas diadas es un alboroto fugaz. Tras la maldición que cayó sobre todos nosotros el día que el PP y el Constitucional se cargaron el nuevo Estatut, quedamos abocados en el mejor de los casos a una reforma constitucional que requiere mucha finura e interminables negociaciones, y en el peor a una secesión que a quienes amamos a Catalunya –aunque nos burlemos de ella, a fin de cuentas me burlo más de España y de Valencia- nos sumirá en la melancolía, por no hablar de las inimaginables implicaciones económicas. Mientras tanto la derecha opta entre seguir ignorando el problema, conducida por el don Tancredo que tenemos de Presidente, y seguir fabricando nuevos independentistas con los insultos y los gritos de la caverna. Sigan así, ya verán lo bien que nos va a ir a todos.    

2. Cuando no se abstrae de los supuestos beneficios que habría de depararnos la concesión olímpica, lo mejor que nos queda es aquello de Gila: “Se me ha muerto el hijo, pero lo que me he reído...”. Impagable la actuación de Ana Botella, un personaje a la altura de su leyenda, la de la matriarca de una familia digna de una sit com a la que el también simpar Ruiz-Gallardón puso en el trono del consistorio madrileño para hacerle la pelota a Aznar. Éste último, por cierto, ya marcó el camino del “hablemos inglés sin reparos” aquel día en el rancho de Bush. Su señora esposa le ha superado, sin el aire tejano y machote de aquella comparecencia delirante, con ese toque de dama de colegio de monjas, sobreactuado y cariñoso, como de cuestación contra el cáncer.



Tiene su aquél toda la monserga suscitada por el imprevisto batacazo sobre la maldad del COI y el contubernio judeo-masónico contra España. No digo que no haya una parte de verdad, dudar de la integridad de los procedimientos de elección de sede olímpica es casi una cuestión de higiene: es pura política, en el sentido más peyorativo de la expresión, y lo que pretenden es propiciar negocios opíparos. Lo que pasa es que mucho me temo que de haber ganado Madrid a nadie se le habría ocurrido escarbar en estos fangos.

Acaso lo sano sea proponer una reflexión seria sobre una evidencia: lo que se juzgó en Buenos Aires no es una candidatura, tampoco una ciudad y sus infraestructuras, ni siquiera el tratamiento que las instituciones han dado al tema del dopaje, lo que de verdad ha examinado el inconsciente de los electores es la robustez de un país, su credibilidad, su seriedad. Y el resultado ha sido negativo por un sencillo motivo: el mundo desarrollado no nos ve como un país en apuros: nos ve como un país en quiebra, una nación políticamente fracturada, un estado del bienestar desmantelado y en situación de saldo, seis millones de parados, colas repletas en los bancos de alimentos, una clase política desacreditada por su inoperancia y su corrupción... Se me ocurre pensar qué habría ocurrido si Madrid hubiera ganado. ¿Nos encontraríamos en el 2030 todavía juzgando los casos de corrupción que se habrían derivado de la organización del magno acontecimiento? ¿A cuánto habrían ascendido los sobrecostes de esta Olimpiada vendida como la de la austeridad? ¿Dejaría de ser Madrid el ayuntamiento más endeudado de Europa? ¿Continuará la Comunidad vendiendo hospitales públicos?

No se aflijan, amigos. Viene el papito Addison con Eurovegas, Madrid está salvada.

Saturday, September 07, 2013




HORROR-SHOW

He dejado la peor de mis adicciones: ver telediarios. Muchos viejos dicen ver retrospectivamente su vida como una larga cadena de renuncias. Tienen razón: a mí, por ejemplo, un médico se empeñó en que dejase las bebidas espirituosas -cosa que no le perdono-, y ahora a otro le ha dado por alejarme de la cafeína. No se crean, mis achaques no son gran cosa, el caso es que soy un poco cobardica y hago caso moderadamente a los galenos. Quitarse del vino es como dejar de leer novelas o prescindir del sexo; son cosas de las que uno no se marcha sin lágrimas, preguntándose, mientras agita lloroso el pañuelo, si la vida tendrá algún sentido cuando tan leales amigos desaparezcan para siempre. 


Con lo de dejar de ver telediarios no hay llanto. A poco que lo piensas te das cuenta de que hacen bastante más daño que el tabaco, y que ni siquiera te otorgan la paz de espíritu y el placer que ciertas sustancias tóxicas prometen. Las drogas te matan, eso es cierto, pero los telediarios también y a cambio de nada. Ya ven, los he dejado y ahora me siento con ganas de entrar a una de esas terapias de infortunados en las que dices que has dejado tu veneno y la gente te aplaude y te abraza como a un héroe.  

Sí, amigos, me encuentro mejor, pero aquí viene la gran pregunta: ¿deberían todos ustedes imitarme? Rotundamente, sí. 


Me explico. Lo que ha invadido nuestro inconsciente a través de los media es una lógica de la información que nos convierte a todos en espectadores de una película de terror. No necesitamos a los viejos monstruos, o mejor, el lugar del Conde Drácula o Frankenstein ha sido ocupado por fanáticos religiosos, terroristas suicidas, los tipos que asesinan a sus hijos o los pederastas. Malvados hay muchos otros, menos tenebrosos aunque igual de criminales, pero la cámara tiene que concentrarse en unos pocos de ellos, aquellos que tienen feeling con ella, aquél que ejecuta eficazmente su papel. 


He pasado el verano encontrándome, una y otra vez y sin el más mínimo deseo, con la mirada de José Bretón. No me parece inquietante ni seductora; es un monstruo, obviamente, pero carece del aura del vampiro, el Golem o Hannibal Lecter. O será que yo no se la veo. Tras esos ojos gélidos sólo adivino el vacío, la ausencia de un mapa emocional reconocible como humano, seguramente porque en Bretón nunca existió. No hay drama en esa frialdad, no hay más hipnosis que le concede un público como el que en el pasado acudía jubilosamente a suplicios y ejecuciones. 

Pero el horror-show no es sólo cosa de los telediarios, por lo que bien haríamos en prescindir de la vieja disociación televisiva entre información y entretenimiento. Acaso nunca existió en la tele, pero es ahora, en los tiempos del reality, cuando se revela como una panoplia que sólo creen los cándidos. Las reacciones de Bretón en primer plano, las de la madre de los niños, las declaraciones del abogado que ha decidido descender a los infiernos aceptando el caso, la indignación del presentador de un programa de marujas que monta un debate sobre el suceso, los extras que acuden a gritar a un juzgado -¿no trabaja esa gente?-.



No hay descanso en los pocos momentos en que nos libramos de Bretón. Tras él llega la degollina de Siria, las redes de pederastia organizada, el silencio inane de Rajoy, las colas con personas normales como nosotros ante los bancos de alimentos, los asesinatos machistas...

"Necesitamos informarnos", ¿estamos seguros de que nos están informando? ¿no será que lo que hacen es distraernos? La corrupción hecha espectáculo ha hallado en Bárcenas una pieza estelar. Todo acabará en casi nada, pero nos habremos divertido. Y sí, claro, el objetivo son las audiencias y los dividendos por publicidad, pero el resultado es la parálisis, una parálisis de miedo. El horror televisivo da lugar a los gritos y el insomnio, como ocurría en las salas oscuras desde que inventaron el cinematógrafo, pero añade una ilusión de realidad, a pesar de que no hay nada que podamos hacer con ella. Somos irresponsables ante la pantalla, sólo podemos indignarnos como respuesta al embobamiento que la tele produce. "Es el pensamiento el que ha entrado en paro técnico", dice Jean Baudrillard. El horror global de los medios no desata los mecanismos de la solidaridad, más bien los desactiva, aniquila todo su poder operativo. 


Añade Baudrillard: "A los medios de comunicación les da igual, no son responsables, propagan la irresponsabilidad, que es actualmente nuestro modo de solidaridad colectiva. Los ciudadanos no deciden conscientemente ver la televisión. Lo hacen por una especie de atracción, de hipnosis aturdida." (El paroxista indiferente)