1. No voy a sorprenderme a estas alturas por declaraciones como las que esta semana ha realizado Monseñor Cañizares, actual arzobispo de Valencia. Su perfil ideológico es extremista y su intención cuando opina públicamente, antes que adoctrinar a sus fieles, es hacer sentir al Partido Popular que a la Iglesia la va a tener siempre de su lado. Cañizares insiste obsesivamente en la perversidad moral del aborto, le viene bien para esquivar cualquier pregunta sobre los casos de pederastia en la organización de la que forma parte o sobre la corrupción del partido político al que con tanta lealtad apoya. Monseñor avergüenza tanto cuando opina como cuando aparece con el traje de cola kilométrica sujeto por monaguillos, produce en ambos casos la misma sensación de extemporaneidad.
El viento de la historia borrará a majaderos de este calibre, de acuerdo, es cuestión de tiempo que la sala de máquinas de la institución jubile a un tipo cuyas intervenciones sólo suman desprestigio para ella cuando el trono de Pedro es ocupado por un moderado como Bergoglio. Pero, cuidado, no nos dejemos engañar por la cosmética. Afirmar hoy que muchos refugiados "no son trigo limpio", que no hay tanta pobreza en España como se dice o que el mal no son la peredastia o la corrupción sino el aborto pone a Cañizares a la altura de los peores líderes populistas de Europa y, lo que es peor, a años luz de cualquier cosa que recuerde al mensaje evangélico... De acuerdo, pero Cañizares no es simplemente una presencia más o menos incómoda y a duras penas tolerada, Monseñor es desde hace mucho un líder de la institución sacra porque su conducta encarna los valores que han sostenido a la misma desde hace muchísimo.
Digámoslo de una vez, la Iglesia Católica española, o para ser más exacto, quienes la dirigen, ha estado siempre del lado de la oligarquía del país. Que el mensaje evangélico sea incompatible con la ideología de derechas conduciría a la contradicción sólo si la misión de la organización fuera esencialmente ética, pero es que no lo es: lo que persigue la Iglesia es el poder, así de fácil. Esto Cañizares lo ha entendido siempre a la perfección, por eso es tan fuerte. No tengo ningún interés en que le jubilen o en que ahora simulen otros jerarcas católicos -como ya están haciendo- no compartir sus teorías, lo que toca es convencernos de una vez por todas de que debemos acabar con el Concordato del estado español con el Vaticano y suprimir los antidemocráticos privilegios con los que cuenta la Iglesia Católica, esa cuyos máximos prebostes acusarían a Cristo de no ser "trigo limpio" si se lo toparan entre los refugiados que llegan de Siria. Bien pensado me da igual lo que diga un pobre hombre decrépito, lo intolerable -y lo profundamente antidemocrático- es que yo sufrague la maquinaria que lidera.
2. Dice el President del Parlament de Catalunya que "España debería pedir perdón por el asesinato de Companys". Aquello fue una atrocidad más de tantas como cometió el franquismo, especialmente en los años inmediatamente posteriores a la Guerra, en los cuales se perpetró una operación de exterminio de todas las formas de disensión frente al Régimen, incluyendo obviamente a quienes cuestionaban la sacrosanta "Unidad Nacional". Lo que sonroja es el simplismo desde el que Ernest Benach presenta su comprensión del asunto como consecuencia de la guerra de España contra Catalunya. Pues mire, no. El franquismo, por fortuna, no es España; por más que el nacionalismo catalán ande muy interesado en que lo parezca, el integrismo de Franco y sus actuales herederos sólo es una forma de entender la realidad del Estado -o habría que decir del Imperio, supongo-. ¿Forma triunfante? Desde luego, y aquí es donde cada quien habría de hacer memoria y preguntarse cuál fue el papel de sus correligionarios en la lucha contra el fascismo. Yo pienso mucho en el esfuerzo del anarcosindicalismo catalán que protagonizó la Semana Trágica y defendió después a la República o el heroísmo de los brigadistas internacionales que defendieron la libertad de Catalunya durante la Guerra... No eran "secesionistas", claro, debe ser ese el problema.
3. Un allegado, ante la lacrimógena escena dispuesta ante el Tribunal Superior de Catalunya para alentar a la supuesta reencarnación de Lluís Companys, dice algo que me interesa: "Todo esos tipos tienen un buen trabajo, viven en buenos barrios y tienen casas mejores que la mía... Míralos, se abrazan y lloriquean como si Mas fuera Jesucristo y Catalunya fuera Palestina. Qué bonito es sentirse así, como parte de un colectivo-víctima, qué bonito poder identificar al opresor, causante de todas las desdichas."
Llevar a Mas a los tribunales me parece una estupidez que no hará sino agravar el problema... Pero, qué quieren que les diga, no me creo el martirologio. Entre tanto, sigo sin saber qué pretende hacer el actual gobierno catalán para solucionar los problemas de la gente. Eso sí, ellos se sienten jóvenes y eufóricos, como estudiantes universitarios en reuniones clandestinas y a punto de correr siempre delante de los Grises.
4. Una mujer llega moribunda al hospital y es milagrosamente resucitada en la UCI tras un valiente tratamiento de choque. Los médicos reaccionan de forma fulminante pese a que la paciente se halla mucho peor de lo que les habían dicho. Le anuncian que el proceso de recuperación será duro, pero que llevará al éxito si tiene el mismo coraje que sus médicos.
Importa poco que el spot electoral del PP sea una burda copia de uno idéntico que se hizo años atrás para unas elecciones en algún país hispanoamericano, es lo que tiene contratar a enchufados, que hacen chapuzas y además te engañan. Se trata de un relato, es el modus operandi característico del marketing: presentar la realidad en forma narrativa, encajar astutamente una serie de piezas para generar una comprensión global favorable.
¿Nos creemos el relato que hace el PP de sus cuatro años de poder? Yo podría integrar otras piezas, recuperar documentos de personas desahuciadas, conversaciones telefónicas repugnantes entre corruptos, testimonios de cientos de miles de personas que han atravesado el umbral de la pobreza, trabajadores sociales que conocen bien la realidad de la exclusión... Podríamos hablar de paraísos fiscales, de la obsesión por la represión policial, del comadreo con los privilegios de la Iglesia, de la miseria moral de la Ley Wert o de las privatizaciones de hospitales en favor de los amigachos.
Hace poco oí a una vecina decir que estábamos "siendo gobernados por bandidos". Quizá sea exagerado e injusto, pero todos podemos construir un relato...
Desde la Cueva del Gigante, lugar perdido en un territorio árido donde antiguamente se refugiaban los bandoleros, esta página intenta echar luz, y también alguna sombra, sobre los fenómenos sociales contemporáneos: las nuevas tribus, los simulacros culturales, los movimientos de masas, etc...
Friday, October 16, 2015
Saturday, October 10, 2015
GRITOS
1. ¿Por qué grita? Y, sobre todo, ¿por quién pretende ser oído? Hace una eternidad, siendo yo adolescente, me encontré por primera vez con esta enigmática pintura y tuve un presentimiento: "él grita, pero nadie le oye". Hemos sabido muchas cosas sobre el cuadro más célebre de Edvard Munch, cuya obra se expone ahora en el Reina Sofía. El autor dice haber retratado a su singular manera un episodio aparentemente banal pero que él experimentó como terrorífico. De pronto, tras cruzar el puente en un atardecer, el mundo entero pareció incendiarse con el rojo del cielo. Paralizado por un pavor incontrolable, llamó a sus acompañantes para que le sacaran de aquel lugar que tan súbitamente se había vuelto inhóspito.
Se ha comparado la imagen del rostro con una momia peruana expuesta en un museo de París; se ha hablado de las huellas que en el alma torturada del artista dejaron las lecturas de Dostoievski o Schopenhauer. Dijo Hegel que un filósofo es su tiempo en conceptos, por lo que no parece forzado pensar que Munch puso su tiempo en imágenes. Se me antoja que "El grito" remite a la más extendida de las pesadillas contemporáneas, la de no ser escuchados. Nadie nos impide gritar, en realidad no hacemos otra cosa, pero una atmósfera incendiada y venenosa ahoga nuestra llamada a otros seres humanos.
Más de un siglo después de que Munch retratara aquel espanto, se me ocurre que nunca nos hemos comunicado tanto como ahora y nunca fue tan difícil que se nos escuchara.
2. Pocas escenas cinematográficas me han impactado tanto como ésta. La cara en primer plano de Kevin Bacon mira fijamente al padre de la joven violada y asesinada cuyo cadáver acaba de identificar en una zanja. Éste, Sean Penn, le lanza gritos desgarradores mientras su cuerpo parece descoyuntarse sujeto ferreamente por media docena de agentes de policía: "¿Está mi hija ahí?", repite una y otra vez ante el inspector, cuyo silencio lo dice todo. De críos eran amigos, jugaban juntos en el barrio con otro chaval... Un infortunado día se toparon con el mal en estado puro, el tercero de ellos, Tim Robbins, fue secuestrado y su alma quedó dañada para siempre.
Hay una densidad especial en ese trágico cruce de miradas. Es la misma atmósfera hechizada que lo envuelve todo en las mejores películas de Clint Eastwood... Es un paisaje viril y a a la vez sensible en el que presentimos la necesidad ineluctable de la venganza, la cual, como en el mejor John Ford, sólo arrastrará a sus personajes hacia la barbarie y el delirio.
Se ha comparado la imagen del rostro con una momia peruana expuesta en un museo de París; se ha hablado de las huellas que en el alma torturada del artista dejaron las lecturas de Dostoievski o Schopenhauer. Dijo Hegel que un filósofo es su tiempo en conceptos, por lo que no parece forzado pensar que Munch puso su tiempo en imágenes. Se me antoja que "El grito" remite a la más extendida de las pesadillas contemporáneas, la de no ser escuchados. Nadie nos impide gritar, en realidad no hacemos otra cosa, pero una atmósfera incendiada y venenosa ahoga nuestra llamada a otros seres humanos.
Más de un siglo después de que Munch retratara aquel espanto, se me ocurre que nunca nos hemos comunicado tanto como ahora y nunca fue tan difícil que se nos escuchara.
2. Pocas escenas cinematográficas me han impactado tanto como ésta. La cara en primer plano de Kevin Bacon mira fijamente al padre de la joven violada y asesinada cuyo cadáver acaba de identificar en una zanja. Éste, Sean Penn, le lanza gritos desgarradores mientras su cuerpo parece descoyuntarse sujeto ferreamente por media docena de agentes de policía: "¿Está mi hija ahí?", repite una y otra vez ante el inspector, cuyo silencio lo dice todo. De críos eran amigos, jugaban juntos en el barrio con otro chaval... Un infortunado día se toparon con el mal en estado puro, el tercero de ellos, Tim Robbins, fue secuestrado y su alma quedó dañada para siempre.
Hay una densidad especial en ese trágico cruce de miradas. Es la misma atmósfera hechizada que lo envuelve todo en las mejores películas de Clint Eastwood... Es un paisaje viril y a a la vez sensible en el que presentimos la necesidad ineluctable de la venganza, la cual, como en el mejor John Ford, sólo arrastrará a sus personajes hacia la barbarie y el delirio.
Friday, October 02, 2015
CONFUSIÓN
Segunda temporada de la serie Perdidos. John Locke, empeñado en su delirio de rastreo de la isla, cree que el agujero excavado en la tierra que se abre tras una misteriosa escotilla le ha de conducir a su destino. Allá encuentra una sofisticada edificación, un búnker habitado por un hombre llamado Desmond, el cual parece haber enloquecido tras pasar años entregado a una misión que le ha sido encomendada por la Iniciativa Dharma a través de una grabación preparada para cualquiera que llegue al búnker. Cada ciento ocho minutos, Desmond debe escribir una serie de números en un ordenador y teclear la tecla "ejecutar". La entrada de Locke y de otros náufragos del vuelo 815 ha provocado una avería en el ordenador, lo cual aterroriza a Desmond que, al convencerse de que el trasto no tiene arreglo, sale corriendo como un poseso del búnker, seguro de que todo va a estallar. El motivo es que durante todos esos años ha creído que de su esfuerzo depende que no llegue el fin del mundo, el cual sobrevendrá cuando deje de teclear la dichosa serie numérica cada ciento ocho minutos.
El debate entre los náufragos del avión de la Ocean Airlines que quedan en el búnker arranca del absurdo que supone hacer caso a las amenazas de Desmond. Nada tiene por qué pasar si los números dejan de ser tecleados, el infortunado que acaba de huir ha sido la herramienta y la víctima de una mentira ridícula... Pero, ¿y si tuviera razón? "Es una cuestión de fe", dice el iluminado de Locke, quien, una vez arreglado el ordenador, consigue convencer al reticente Jack para que en el último instante acepte pulsar la tecla de "execute" y recomience la cuenta atrás de ciento ocho minutos. "Yo haré la primera guardia", dice Locke. Desmond ha sido sustituido en su neurosis y puede al fin escapar de la pesadilla, el ciclo no se interrumpe.
A veces me siento como los protagonistas de Lost. A cada momento aparecen aquí y allá las piezas de un rompecabezas cuyas dimensiones se antojan colosales. Como en las novelas de Kafka, profeta supremo de la condición contemporánea, la Razón avanza con su lógica implacable, pero lo hace dentro del escenario surreal de la pesadilla. Creo saber como Desmond que, si me duermo, si dejo de vigilar el reloj y no aprieto la tecla a tiempo, el mundo se destruirá y, lo que es peor, me echarán a mí las culpas. Pero cuando lo pienso detenidamente me asalta la tentación de salir huyendo y dejar que pase lo que tenga que pasar.
La diferencia es que en mi vida no hay una Iniciativa Dharma. Es a menudo grato suponer que los hilos de la escena son manejados por los dueños de la isla, es decir, del planeta, pero sospecho que ellos apenas conocen algunos trocitos más que yo del rompecabezas. En la isla hay un sentido, es laberíntico el camino que lleva hasta él, pero existe; de alguna manera aún hay Dios, pues no otra cosa es el Sentido. En mi vida no lo hay, el rompecabezas no tiene límites.
Dijo Ortega que "lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa". Yo creo que en realidad ninguna época ha sabido lo que le pasaba, pero hay algunas en que la percepción de la incertidumbre se extiende hasta lo insoportable. Sospecho que lo que nos pasa es que nos están pasando demasiadas cosas, o mejor, que sabemos que alrededor nuestro pasan demasiadas cosas y nuestro estómago no está preparado para digerir tanta información. De ahí nuestra actual esquizofrenia.
Verán. No me considero una persona inculta, pero a menudo me asalta un sentimiento próximo al anonadamiento. Si usted descubre que su hijo de cuatro años tiene caries, cometerá el error de preguntar a distintos expertos -o supuestos expertos- y descubrirá que la cantidad de explicaciones y posibles terapias son sumamente diversas, desde el exceso de azúcar hasta la calidad del PH, llegando incluso a la hipótesis de la alergia a la lactosa. Por suerte sólo son dientes, pero la decisión que usted tome para solventar el problema será como la de apretar la tecla aquella del botón nuclear que de vez en cuando le toca apretar a Homer Simpson.
Le pasará lo mismo si cae en la imprudencia de leer cualquier cosa sobre alimentación. Sabrá que todo lo que come es cancerígeno excepto un par de cosas que resulta que también son nocivas porque le producirán hemorroides.
Hágase profesor, se romperá los cuernos durante siglos para encontrar el método adecuado para hacer que sus alumnos le entiendan... Y el día que crea haberlo averiguado saldrá en El País un gordo imbécil diciendo que la escuela está obsoleta y que los juegos de ordenador que él ha diseñado van a revolucionar la enseñanza y a acabar con la dictadura de los maestros.
Consulte las noticias, otra imprudencia. Sabrá que los catalanes son un pueblo y que desean ejercer su libertad de marcharse, y entonces se mirará en el espejo del ascensor cuando salga para ir al curro y se preguntará si usted también es "pueblo" y se le quedará cara de tonto. Descubrirá también que han descubierto agua en Marte y que se inicia un proyecto de colonización del planeta rojo que ríase del programa espacial de tiempos del Apolo. Los habitantes de las ciudades marcianas vivirán sin llevar escafandra, pues las centrales nucleares que se instalarán podrán convertir el agua en oxígeno, creando unas condiciones similares a las de la Tierra. Usted seguirá preguntándose cómo demonios seguimos sin saber qué hacer con la guerra de Siria y los refugiados o el hambre y las plagas en el mundo, pero siempre podrá pensar que al final, cuando aquí ya no haya quien pueda vivir, siempre podremos pedir asilo político en Marte, que para entonces seguro que ya se ha declarado estado independiente de la Tierra.
Sólo se me ocurre decirme una cosa: no te pongas nervioso, David.
El debate entre los náufragos del avión de la Ocean Airlines que quedan en el búnker arranca del absurdo que supone hacer caso a las amenazas de Desmond. Nada tiene por qué pasar si los números dejan de ser tecleados, el infortunado que acaba de huir ha sido la herramienta y la víctima de una mentira ridícula... Pero, ¿y si tuviera razón? "Es una cuestión de fe", dice el iluminado de Locke, quien, una vez arreglado el ordenador, consigue convencer al reticente Jack para que en el último instante acepte pulsar la tecla de "execute" y recomience la cuenta atrás de ciento ocho minutos. "Yo haré la primera guardia", dice Locke. Desmond ha sido sustituido en su neurosis y puede al fin escapar de la pesadilla, el ciclo no se interrumpe.
A veces me siento como los protagonistas de Lost. A cada momento aparecen aquí y allá las piezas de un rompecabezas cuyas dimensiones se antojan colosales. Como en las novelas de Kafka, profeta supremo de la condición contemporánea, la Razón avanza con su lógica implacable, pero lo hace dentro del escenario surreal de la pesadilla. Creo saber como Desmond que, si me duermo, si dejo de vigilar el reloj y no aprieto la tecla a tiempo, el mundo se destruirá y, lo que es peor, me echarán a mí las culpas. Pero cuando lo pienso detenidamente me asalta la tentación de salir huyendo y dejar que pase lo que tenga que pasar.
La diferencia es que en mi vida no hay una Iniciativa Dharma. Es a menudo grato suponer que los hilos de la escena son manejados por los dueños de la isla, es decir, del planeta, pero sospecho que ellos apenas conocen algunos trocitos más que yo del rompecabezas. En la isla hay un sentido, es laberíntico el camino que lleva hasta él, pero existe; de alguna manera aún hay Dios, pues no otra cosa es el Sentido. En mi vida no lo hay, el rompecabezas no tiene límites.
Dijo Ortega que "lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa". Yo creo que en realidad ninguna época ha sabido lo que le pasaba, pero hay algunas en que la percepción de la incertidumbre se extiende hasta lo insoportable. Sospecho que lo que nos pasa es que nos están pasando demasiadas cosas, o mejor, que sabemos que alrededor nuestro pasan demasiadas cosas y nuestro estómago no está preparado para digerir tanta información. De ahí nuestra actual esquizofrenia.
Verán. No me considero una persona inculta, pero a menudo me asalta un sentimiento próximo al anonadamiento. Si usted descubre que su hijo de cuatro años tiene caries, cometerá el error de preguntar a distintos expertos -o supuestos expertos- y descubrirá que la cantidad de explicaciones y posibles terapias son sumamente diversas, desde el exceso de azúcar hasta la calidad del PH, llegando incluso a la hipótesis de la alergia a la lactosa. Por suerte sólo son dientes, pero la decisión que usted tome para solventar el problema será como la de apretar la tecla aquella del botón nuclear que de vez en cuando le toca apretar a Homer Simpson. Le pasará lo mismo si cae en la imprudencia de leer cualquier cosa sobre alimentación. Sabrá que todo lo que come es cancerígeno excepto un par de cosas que resulta que también son nocivas porque le producirán hemorroides.
Hágase profesor, se romperá los cuernos durante siglos para encontrar el método adecuado para hacer que sus alumnos le entiendan... Y el día que crea haberlo averiguado saldrá en El País un gordo imbécil diciendo que la escuela está obsoleta y que los juegos de ordenador que él ha diseñado van a revolucionar la enseñanza y a acabar con la dictadura de los maestros.
Consulte las noticias, otra imprudencia. Sabrá que los catalanes son un pueblo y que desean ejercer su libertad de marcharse, y entonces se mirará en el espejo del ascensor cuando salga para ir al curro y se preguntará si usted también es "pueblo" y se le quedará cara de tonto. Descubrirá también que han descubierto agua en Marte y que se inicia un proyecto de colonización del planeta rojo que ríase del programa espacial de tiempos del Apolo. Los habitantes de las ciudades marcianas vivirán sin llevar escafandra, pues las centrales nucleares que se instalarán podrán convertir el agua en oxígeno, creando unas condiciones similares a las de la Tierra. Usted seguirá preguntándose cómo demonios seguimos sin saber qué hacer con la guerra de Siria y los refugiados o el hambre y las plagas en el mundo, pero siempre podrá pensar que al final, cuando aquí ya no haya quien pueda vivir, siempre podremos pedir asilo político en Marte, que para entonces seguro que ya se ha declarado estado independiente de la Tierra.
Sólo se me ocurre decirme una cosa: no te pongas nervioso, David.
Friday, September 25, 2015
LA DESCONEXIÓN
Observo con una curiosidad casi de entomólogo la pasión, la fervorosa determinación con la que algunos proclaman su fe en la unidad irrompible de la nación más antigua de Europa, equiparable en su intensidad a la que exhiben quienes desde el catalanismo entregan todas las esperanzas de una vida mejor al proceso de secesión... no puedo por menos que sentirme en outside. No experimento envidia: de igual manera que, como dijo Amin Maloouf, hay "identidades asesinas", yo creo que hay amores que matan.
Un viejo amigo nacido a orillas del Xúquer, el Vicent, ha sido nacionalista y partidario acérrimo dels Països Catalans toda la vida. Se burlaba de mí cuando yo me declaraba "ciudadano del mundo" -que ciertamente es una cursilada- y me miraba con cierta lástima por mi incapacidad para sentirme espiritualmente vinculado a algún tipo de identidad patria. Se hubiera sentido cómodo en nuestras controversias si yo hubiera afirmado de forma inequívoca y con lágrimas de fervor mi condición de "español".
Yo no me presté al juego, en parte porque por entonces sólo andaban por ahí gritando su españolidad irredenta los franquistas, que exhibían la rojigualda como para arrojártela a la cara a poco que parecieras sospechoso de comunista, masón, judío o maricón. Hay otra razón: yo era incapaz de proponer un sentimiento equiparable en ardor al del Vicent. De ahí él deducía que yo era así para todo, es decir, un tipo de baja intensidad, un hombre desorientado que deambulaba por los desiertos de la apatridad, vulnerable en el fondo a que cualquier secta capturara mi voluntad y me anulara para siempre. No es raro que pensara de esta forma, pues, además de nacionalista, era -y me consta que sigue siendo- un católico de misa dominical y rigurosa penitencia cuaresmal.
Lo siento, pido perdón, no he sabido ser un hombre como Dios manda, la mayoría de mis convicciones son febles, no me veo en condiciones de arrastrar a ninguna multitud a casi nada... los tipos como yo son una plasta y no hacen más que estorbar, sobre todo cuando, como este domingo en las elecciones catalanas, llega un "choque de trenes" y lo que toca, al parecer, es eliminar a los que dudan. Creo que mi amigo el nacionalista nunca entendió que si yo no me afirmaba patriota irredento no era por carecer de la suerte que él tenía de sentirse partícipe de una identidad colectiva gloriosa, sino porque simplemente yo no la necesitaba. Él sí, necesitaba tanto sentirse parte de una comunidad nacional como de otra religiosa. Por cierto, sus padres eran inmigrantes andaluces que llegaron muchos años antes a Valencia en busca de trabajo y una vida mejor. Vaya por Dios.
Yo no quiero que haya secesión en Catalunya. Sin embargo me produce una enorme inquietud este enconamiento por el cual un hatajo de pirómanos insisten en decirle a los catalanes que sólo hay una manera de estar en España y que es justamente la que ellos imponen, es decir, precisamente la contraria a la que la inmensa mayoría de catalanes estaría dispuesta a aceptar. Es posible que esta actitud tan resuelta y carente de ambigüedades otorgue muchos votos a la derecha en noviembre, pero por el camino, habremos perdido Catalunya. Quizá sea ese el problema, que si es falso que nos juguemos el domingo la permanencia de este viejo matrimonio es porque posiblemente a los catalanes los hayamos perdido ya. Podemos insistir en lanzar amenazas -reales seguramente muchas de ellas- para que se asusten y el proceso se detenga, pero si no les hacemos ver que es mejor para ellos que sigamos juntos será como en esas parejas en las que no hay amor, que estarán tan mal juntas que el divorcio de facto terminará siendo lo más deseable.
Me cuesta entender que tantos ciudadanos de una comunidad libre y próspera como Catalunya concentren sus expectativas de una vida mejor en separarse de quienes les han acompañado durante tanto tiempo, los cuales, por lo visto, sólo somos una rémora y no hacemos sino ralentizarles el paso. Creo que se equivocan. Creo que, en un tiempo de profunda desorientación para todos, están abrazando eso a lo que Josep Ramoneda llama la "utopía disponible". ¿Creen de verdad que en la Catalunya independiente quedarán los gobernantes libres de corrupción, las brechas socioeconómicas se suturarán y se detendrá la sangría del estado del bienestar? Teniendo en cuenta lo astutamente que quienes lideran el proceso se sirven de "la desconexión" para ocultar la absoluta sumisión de su gestión a las élites económicas, me sorprende mucho esta inflamación de optimismo.
Claro que yo entiendo poco de patrias, me falta fervor, lo siento.
Un viejo amigo nacido a orillas del Xúquer, el Vicent, ha sido nacionalista y partidario acérrimo dels Països Catalans toda la vida. Se burlaba de mí cuando yo me declaraba "ciudadano del mundo" -que ciertamente es una cursilada- y me miraba con cierta lástima por mi incapacidad para sentirme espiritualmente vinculado a algún tipo de identidad patria. Se hubiera sentido cómodo en nuestras controversias si yo hubiera afirmado de forma inequívoca y con lágrimas de fervor mi condición de "español".
Yo no me presté al juego, en parte porque por entonces sólo andaban por ahí gritando su españolidad irredenta los franquistas, que exhibían la rojigualda como para arrojártela a la cara a poco que parecieras sospechoso de comunista, masón, judío o maricón. Hay otra razón: yo era incapaz de proponer un sentimiento equiparable en ardor al del Vicent. De ahí él deducía que yo era así para todo, es decir, un tipo de baja intensidad, un hombre desorientado que deambulaba por los desiertos de la apatridad, vulnerable en el fondo a que cualquier secta capturara mi voluntad y me anulara para siempre. No es raro que pensara de esta forma, pues, además de nacionalista, era -y me consta que sigue siendo- un católico de misa dominical y rigurosa penitencia cuaresmal.
Lo siento, pido perdón, no he sabido ser un hombre como Dios manda, la mayoría de mis convicciones son febles, no me veo en condiciones de arrastrar a ninguna multitud a casi nada... los tipos como yo son una plasta y no hacen más que estorbar, sobre todo cuando, como este domingo en las elecciones catalanas, llega un "choque de trenes" y lo que toca, al parecer, es eliminar a los que dudan. Creo que mi amigo el nacionalista nunca entendió que si yo no me afirmaba patriota irredento no era por carecer de la suerte que él tenía de sentirse partícipe de una identidad colectiva gloriosa, sino porque simplemente yo no la necesitaba. Él sí, necesitaba tanto sentirse parte de una comunidad nacional como de otra religiosa. Por cierto, sus padres eran inmigrantes andaluces que llegaron muchos años antes a Valencia en busca de trabajo y una vida mejor. Vaya por Dios.
Yo no quiero que haya secesión en Catalunya. Sin embargo me produce una enorme inquietud este enconamiento por el cual un hatajo de pirómanos insisten en decirle a los catalanes que sólo hay una manera de estar en España y que es justamente la que ellos imponen, es decir, precisamente la contraria a la que la inmensa mayoría de catalanes estaría dispuesta a aceptar. Es posible que esta actitud tan resuelta y carente de ambigüedades otorgue muchos votos a la derecha en noviembre, pero por el camino, habremos perdido Catalunya. Quizá sea ese el problema, que si es falso que nos juguemos el domingo la permanencia de este viejo matrimonio es porque posiblemente a los catalanes los hayamos perdido ya. Podemos insistir en lanzar amenazas -reales seguramente muchas de ellas- para que se asusten y el proceso se detenga, pero si no les hacemos ver que es mejor para ellos que sigamos juntos será como en esas parejas en las que no hay amor, que estarán tan mal juntas que el divorcio de facto terminará siendo lo más deseable.
Me cuesta entender que tantos ciudadanos de una comunidad libre y próspera como Catalunya concentren sus expectativas de una vida mejor en separarse de quienes les han acompañado durante tanto tiempo, los cuales, por lo visto, sólo somos una rémora y no hacemos sino ralentizarles el paso. Creo que se equivocan. Creo que, en un tiempo de profunda desorientación para todos, están abrazando eso a lo que Josep Ramoneda llama la "utopía disponible". ¿Creen de verdad que en la Catalunya independiente quedarán los gobernantes libres de corrupción, las brechas socioeconómicas se suturarán y se detendrá la sangría del estado del bienestar? Teniendo en cuenta lo astutamente que quienes lideran el proceso se sirven de "la desconexión" para ocultar la absoluta sumisión de su gestión a las élites económicas, me sorprende mucho esta inflamación de optimismo.
Claro que yo entiendo poco de patrias, me falta fervor, lo siento.
Friday, September 18, 2015
1. No llego nunca al final de las entrevistas de Ana Pastor. Sus protagonistas se convierten en bonsais, presionados y recortados hasta la histeria. Parece no haber otra consigna que la de "no le dejes respirar ni un segundo". No me gusta Artur Mas, pero eso no importa. Si pide que se le deje explicar las ventajas de la independencia y la entrevistadora le corta -ella corta siempre- arguyendo que "eso sería permitirle hacer propaganda", a mí no me queda otra que apagar la tele, pues incluso para poder estar contra el entrevistado necesito saber cuáles son sus argumentos. Tampoco estaría mal que Pastor me dejara decidir a mí qué es y qué no es propaganda, cosa que sólo es posible si deja explicarse al personaje.
En cada entrevista pasa lo mismo, yo acabo harto y furioso después de haber gritado a la genial periodista -nunca me oye- aquello de "¡calla ya la puta boca y déjale hablar!"...Y ella sale ufana y reforzada, sin mínima sombra de vacilación, segura de que "a mí no me torea ni Cristo" mientras sus fans le jalean. Ana Pastor cree ser crítica, pero nada va más a favor de la corriente hegemónica en la época que su aceleración y su pressing... Donde sólo hay prisa no surgen ni el debate ni la reflexión, donde sólo hay sospechas y mala fe hacia el entrevistado sólo se encuentra la neurosis defensiva, lo cual no tiene nada que ver con el díalogo. Algún día Tele Cinco la intentará contratar para hacer entrevistas tipo "Sálvame", ya lo verán.
2. Concluyo "The Pacific", una miniserie de diez capítulos que, con el precedente magnífico de "Salvar al soldado Ryan" en la memoria, produjeron su director, Steven Spielberg, y su actor principal, Tom Hanks, para la HBO. Es una obra excelente, no hay duda, lo que no sé es si realmente hace falta la inversión en tantos millones de dolares para un relato que tampoco añade demasiado a su original, más allá de la singularidad, trascendental para el público norteamericano, de que aquella transcurre en Normandía y ésta lo hace en el frente asiático.
El escenario al que nos remite The Pacific es el infierno de la guerra, cuyo horror se nos muestra con un virtuosismo que, desde una crudeza espeluznante, alcanza una sofisticación técnica donde todo está rigurosamente medido y preparado, lo cual incluye fotogramas de una plasticidad aplastante, empezando por el opening con el que se inicia cada capítulo, tan brillante como es común en las teleficciones de la ya mítica HBO.
De las guerras quedan siempre memorias fragmentarias, como advertimos en The Pacífic, un conjunto de retales de experiencias de soldados que realmente existieron. No hay piedad para el espectador que tiene la osadía de exigir que le cuenten la verdad, sin concesiones y sin ridiculeces patrioteras... Las cabezas revientan tras una bomba de mortero, los cuerpos son despedazados en cada desembarco, en cada ofensiva ordenada por el alto mando. Bajo el delirio sangriento de las más terribles ofensivas en Guadalcanal, Iwo Jima u Okinawa, uno adivina la sonrisa de Lucifer, enseñoreado de tierras que uno diría que quedaron baldías y malditas para siempre, barro enrojecido por la sangre y cubierto de cadáveres amontonados y medio descompuestos.
Los que salen vivos de las peores refriegas del frente del Pacífico -ante las que el célebre ataque de Pearl Harbour queda como una tímida escaramuza- no regresaron sin daños, terriblemente heridos y lisiados muchos de ellos, con una pavorosa neurosis de guerra todos. En este sentido el relato no engaña, no hay indulgencia con esa guerra de la que nada saben los niños que disfrutan hoy matando virtualmente en sofisticados videojuegos. Las trincheras huelen a mierda, a infección, a miembros gangrenados... un dolor insufrible entre el insomnio y la locura provocada por el miedo y los gritos de los compañeros que se desangran tras reventar una granada o la carnicería de las ametralladoras japonesas en el último ataque.

Acaso echo en falta en la serie algo más de acidez respecto a las elegantes estancias donde los únicos verdaderos amantes de la guerra, los que la planean pero no la sufren, deciden enviar a la muerte a "nuestros chicos", esos que, al regreso, se encontraron en muchos casos desamparados, deseosos de recuperar la paz y la normalidad que perdieron para siempre cuando el infierno de Okinawa o Guadalcanal les arrancó de cuajo su condición de seres humanos. Desde esa lógica luciferina, la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki podría ser el epílogo que corresponde a aquella gigantesca carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial.
"Han lanzado una nueva bomba que destruye ciudades enteras, han muerto de una un montón de japos", le dicen al soldado Sledge, que acaba de matar a los últimos soldados enemigos que defendían la honra del Emperador en una isla remota y devastada. A fin de cuentas es a lo que fueron al Pacífico, a "matar japos". El armisticio se firmó unos días después. Habían muerto alrededor de sesenta millones de personas entre los frentes del Pacífico, Europa y África.
En cada entrevista pasa lo mismo, yo acabo harto y furioso después de haber gritado a la genial periodista -nunca me oye- aquello de "¡calla ya la puta boca y déjale hablar!"...Y ella sale ufana y reforzada, sin mínima sombra de vacilación, segura de que "a mí no me torea ni Cristo" mientras sus fans le jalean. Ana Pastor cree ser crítica, pero nada va más a favor de la corriente hegemónica en la época que su aceleración y su pressing... Donde sólo hay prisa no surgen ni el debate ni la reflexión, donde sólo hay sospechas y mala fe hacia el entrevistado sólo se encuentra la neurosis defensiva, lo cual no tiene nada que ver con el díalogo. Algún día Tele Cinco la intentará contratar para hacer entrevistas tipo "Sálvame", ya lo verán.
2. Concluyo "The Pacific", una miniserie de diez capítulos que, con el precedente magnífico de "Salvar al soldado Ryan" en la memoria, produjeron su director, Steven Spielberg, y su actor principal, Tom Hanks, para la HBO. Es una obra excelente, no hay duda, lo que no sé es si realmente hace falta la inversión en tantos millones de dolares para un relato que tampoco añade demasiado a su original, más allá de la singularidad, trascendental para el público norteamericano, de que aquella transcurre en Normandía y ésta lo hace en el frente asiático.
El escenario al que nos remite The Pacific es el infierno de la guerra, cuyo horror se nos muestra con un virtuosismo que, desde una crudeza espeluznante, alcanza una sofisticación técnica donde todo está rigurosamente medido y preparado, lo cual incluye fotogramas de una plasticidad aplastante, empezando por el opening con el que se inicia cada capítulo, tan brillante como es común en las teleficciones de la ya mítica HBO.
De las guerras quedan siempre memorias fragmentarias, como advertimos en The Pacífic, un conjunto de retales de experiencias de soldados que realmente existieron. No hay piedad para el espectador que tiene la osadía de exigir que le cuenten la verdad, sin concesiones y sin ridiculeces patrioteras... Las cabezas revientan tras una bomba de mortero, los cuerpos son despedazados en cada desembarco, en cada ofensiva ordenada por el alto mando. Bajo el delirio sangriento de las más terribles ofensivas en Guadalcanal, Iwo Jima u Okinawa, uno adivina la sonrisa de Lucifer, enseñoreado de tierras que uno diría que quedaron baldías y malditas para siempre, barro enrojecido por la sangre y cubierto de cadáveres amontonados y medio descompuestos.
Los que salen vivos de las peores refriegas del frente del Pacífico -ante las que el célebre ataque de Pearl Harbour queda como una tímida escaramuza- no regresaron sin daños, terriblemente heridos y lisiados muchos de ellos, con una pavorosa neurosis de guerra todos. En este sentido el relato no engaña, no hay indulgencia con esa guerra de la que nada saben los niños que disfrutan hoy matando virtualmente en sofisticados videojuegos. Las trincheras huelen a mierda, a infección, a miembros gangrenados... un dolor insufrible entre el insomnio y la locura provocada por el miedo y los gritos de los compañeros que se desangran tras reventar una granada o la carnicería de las ametralladoras japonesas en el último ataque.

Acaso echo en falta en la serie algo más de acidez respecto a las elegantes estancias donde los únicos verdaderos amantes de la guerra, los que la planean pero no la sufren, deciden enviar a la muerte a "nuestros chicos", esos que, al regreso, se encontraron en muchos casos desamparados, deseosos de recuperar la paz y la normalidad que perdieron para siempre cuando el infierno de Okinawa o Guadalcanal les arrancó de cuajo su condición de seres humanos. Desde esa lógica luciferina, la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki podría ser el epílogo que corresponde a aquella gigantesca carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial.
"Han lanzado una nueva bomba que destruye ciudades enteras, han muerto de una un montón de japos", le dicen al soldado Sledge, que acaba de matar a los últimos soldados enemigos que defendían la honra del Emperador en una isla remota y devastada. A fin de cuentas es a lo que fueron al Pacífico, a "matar japos". El armisticio se firmó unos días después. Habían muerto alrededor de sesenta millones de personas entre los frentes del Pacífico, Europa y África.
Friday, September 11, 2015
MALDITO YO
Cioran nos avisa del inconveniente de resolver suprimirnos: si nos desembarazamos de la vida nos privamos de la posibilidad de reírnos de ella. Me acuerdo de ello cuando me siento extrañamente inclinado a desaparecer de la sociedad y encerrarme en mi casa para siempre, cuando planeo dejar para siempre de hacer proyectos, cuando me propongo abrazar para siempre la elegancia del silencio... Temo que de sucumbir a tentaciones tan sensatas dejaré de hacerme gracia.
Mi vida no es ni remotamente digna de un héroe homérico, ni siquiera del antihéroe de una novela moderna. Yo me siento más bien como el protagonista de una sit com... Con frecuencia, tras hablar o actuar presiento el eco de las risas enlatadas de los espectadores.

Dijo John Lennon que la vida es todo lo que te pasa mientras haces planes. No está mal, pero ¿no prefieren esto?: la vida es lo que nos pasa mientras nos convencemos, de una puta vez, de que es ridículo desear que los demás nos quieran.
Si a veces parezco estúpidamente soberbio es porque arrastro la pesada certidumbre de ser una mercancía dañada.
Sólo me siento bien conmigo mismo cuando caigo en la insolencia de decir "no", cosa que hago con escasa frecuencia, de ahí esa peculiar propensión al autoodio con la que exaspero a mis allegados.
Ver crecer a un niño te instala en la evidencia de que el "Yo" es una construcción social, la cual por tanto requiere un tiempo de duro aprendizaje. De esta carga provienen todas las imposturas que constituyen eso a lo que llamamos una biografía. Uno no puede por menos que envidiar a los primitivos, demasiado sanos como pasarse las noches pensando en si les quieren, si les han agraviado o si sus vidas merecen la aspiración a alguna suerte de trascendencia.

Damos por hecho el yo como damos por hecho el derecho a la vida, que es sin embargo uno de los que han necesitado una mayor elaboración histórica.
Dueño de la lucidez suficiente para calibrar cómo me debilitan los elogios, he aprendido a no soportarlos. La contrapartida es que eso me hace tan antipático a ojos ajenos como a quienes no saben agradecer los obsequios. Tengo el resto de mi vida para aprender a disimularlo.
La madurez consiste en dejar de pretender que nos amen por aquello por lo que "merecemos" ser amados. Ocurre lo mismo a la inversa con quienes nos odian.
El yo es, como querían los empiristas, el resultado de una serie de percepciones. Lo que no sabían es que ese yo se abre en los intersticios de cada experiencia, entre sus sombras. Nuestra vida no es entonces sino el sentimiento de zozobra que nos asalta cuando advertimos una perturbación. Sólo tomo conciencia de quien soy cuando me dejo sorprender extasiado por el frescor de los aires tormentosos con los que septiembre nos anuncia el final de la atonía insoportable de un verano tórrido; sólo cuando ella nos dice, por fin, que nunca nos amó; sólo cuando descubrimos -aterrados- en nuestros padres aquella debilidad tan humana que no imaginábamos; sólo cuando en las horas más inhóspitas de la noche acertamos a vislumbrar la medida exacta de la colosal responsabilidad de acabar de traer un niño al mundo; sólo cuando, fumando en el balcón, entendemos que lo que la luna nos dice es que acaso mañana ya no amanezcamos...
Cioran nos avisa del inconveniente de resolver suprimirnos: si nos desembarazamos de la vida nos privamos de la posibilidad de reírnos de ella. Me acuerdo de ello cuando me siento extrañamente inclinado a desaparecer de la sociedad y encerrarme en mi casa para siempre, cuando planeo dejar para siempre de hacer proyectos, cuando me propongo abrazar para siempre la elegancia del silencio... Temo que de sucumbir a tentaciones tan sensatas dejaré de hacerme gracia.
Mi vida no es ni remotamente digna de un héroe homérico, ni siquiera del antihéroe de una novela moderna. Yo me siento más bien como el protagonista de una sit com... Con frecuencia, tras hablar o actuar presiento el eco de las risas enlatadas de los espectadores.

Dijo John Lennon que la vida es todo lo que te pasa mientras haces planes. No está mal, pero ¿no prefieren esto?: la vida es lo que nos pasa mientras nos convencemos, de una puta vez, de que es ridículo desear que los demás nos quieran.
Si a veces parezco estúpidamente soberbio es porque arrastro la pesada certidumbre de ser una mercancía dañada.
Sólo me siento bien conmigo mismo cuando caigo en la insolencia de decir "no", cosa que hago con escasa frecuencia, de ahí esa peculiar propensión al autoodio con la que exaspero a mis allegados.
Ver crecer a un niño te instala en la evidencia de que el "Yo" es una construcción social, la cual por tanto requiere un tiempo de duro aprendizaje. De esta carga provienen todas las imposturas que constituyen eso a lo que llamamos una biografía. Uno no puede por menos que envidiar a los primitivos, demasiado sanos como pasarse las noches pensando en si les quieren, si les han agraviado o si sus vidas merecen la aspiración a alguna suerte de trascendencia.

Damos por hecho el yo como damos por hecho el derecho a la vida, que es sin embargo uno de los que han necesitado una mayor elaboración histórica.
Dueño de la lucidez suficiente para calibrar cómo me debilitan los elogios, he aprendido a no soportarlos. La contrapartida es que eso me hace tan antipático a ojos ajenos como a quienes no saben agradecer los obsequios. Tengo el resto de mi vida para aprender a disimularlo.
La madurez consiste en dejar de pretender que nos amen por aquello por lo que "merecemos" ser amados. Ocurre lo mismo a la inversa con quienes nos odian.
El yo es, como querían los empiristas, el resultado de una serie de percepciones. Lo que no sabían es que ese yo se abre en los intersticios de cada experiencia, entre sus sombras. Nuestra vida no es entonces sino el sentimiento de zozobra que nos asalta cuando advertimos una perturbación. Sólo tomo conciencia de quien soy cuando me dejo sorprender extasiado por el frescor de los aires tormentosos con los que septiembre nos anuncia el final de la atonía insoportable de un verano tórrido; sólo cuando ella nos dice, por fin, que nunca nos amó; sólo cuando descubrimos -aterrados- en nuestros padres aquella debilidad tan humana que no imaginábamos; sólo cuando en las horas más inhóspitas de la noche acertamos a vislumbrar la medida exacta de la colosal responsabilidad de acabar de traer un niño al mundo; sólo cuando, fumando en el balcón, entendemos que lo que la luna nos dice es que acaso mañana ya no amanezcamos...
Saturday, September 05, 2015
JEFFREY SACHS: SETENTA AÑOS DE LA ONU.
En 2005 el prestigioso director norteamericano Sidney Pollack presentó su película “La intérprete”, que le permitieron rodar nada menos que en las instalaciones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. La protagonista, Silvia Froome (Nicole Kidman), originaria del país imaginario de Matobo –que podemos asociar a Zimbabwe-, trabaja en el edificio como traductora simultánea. Por casualidad descubre una conspiración para asesinar en la sede al Presidente de su país, Edmond Zuwanie, a la que ésta detesta por considerarlo responsable de múltiples crímenes, entre ellos el asesinato de su familia. Se desata entonces un frenético operativo policial que convertirá el relato en un por momentos apasionante thriller.
La película es francamente entretenida, pero su mensaje, favorable al papel mundial que la organización lleva a cabo a favor de la causa de la justicia global y contra la impunidad de los dictadores, deja considerables cabos sueltos. Sabemos que hay un antiguo líder de masas que, tras un pasado revolucionario, parece haber enloquecido para convertirse en uno de tantos sanguinarios dictadores africanos. Cuenta con algunos opositores cuyas intenciones adoptan perfiles más bien difusos. Uno de ellos, Kuman-Kuman, dice creer sólo en los negocios, pero nada se nos cuenta en el film respecto a la responsabilidad de las potencias mundiales y las multinacionales en las tragedias subsaharianas. Debemos, como la matobana blanca Silvia Froome, renegar de la inclinación revolucionaria y apoyar a la ONU, pero la organización nada sabe en el film sobre las causas profundas de los terribles conflictos que asolan la zona más pobre y violenta del mundo. Hay dirigentes que al envejecer enloquecen y matan a miles de civiles, debemos permanecer en el lado del río donde actúan los justos, es decir, debemos, como la ONU, ser pacifistas y ayudar a que los malos vayan a la cárcel. Falla algo aquí.
Vuelvo a Jeffrey Sachs y al artículo sobre el setenta aniversario de la ONU, creo que hoy con más razón, cuando la crisis de refugiados que atravesamos empieza a dejar imágenes más estremecedoras que nunca y el papel de las naciones en la lucha global contra la injusticia abre toda suerte de interrogantes. La fuente que cito es el célebre texto de Naomi Klein “La doctrina del shock”, donde la figura de Sachs es sumamente relevante.
Jeffrey Sachs era un joven y brillante economista de Harvard cuando en el 85 fue convertido en asesor de uno de los candidatos a las elecciones de Bolivia, país envuelto en ese momento en una terrible crisis económica. La convicción con la que aquel hombre afirmaba poder acabar con la crisis inflacionaria en cuestión de horas ayudó a que finalmente sus planes fueran llevados a la práctica. Paradójicamente, decía estar muy influido por las recetas del keynesianismo, pero sus planes respiraban el aire de las recetas de Milton Friedman, padre del neoliberalismo contemporáneo e inspirador directo de la revolución conservadora que los anglosajones exportaron al mundo en la era Reagan-Thatcher, la cual constituye precisamente una reacción contra la herencia del New Deal, el estado del bienestar, la socialdemocracia y, en definitiva, el modelo Keynes. La maquinaria propagandística neoliberal ha hablado durante décadas de un milagro económico en Bolivia cuyo ideólogo sería Sachs. Esta historia es completamente falsa según Naomi Klein, y las consecuencias de la mentira han sido dramáticas.
Sachs compartía la especie, muy exitosa entre los conservadores estadounidenses, de que Latinoamérica era víctima del romanticismo socialista. Frente a los liberales más ortodoxos, creía que para “liberar” a las economías de la zona se precisaban inyecciones económicas exteriores, pero la receta esencial consistía en la austeridad en el gasto público. Ésta habría de imponerse de forma abrupta y repentina, como un shock, generando en la población la sensación de que es imposible resistirse. A tenor de los resultados obtenidos, la idea es enriquecer más a la oligarquía del país, de manera que el coste social de la operación recae sobre los pobres. Precarización del empleo, destrucción de la protección social, aumento exponencial de las diferencias entre pobres y ricos… Lo que ocurrió en la Bolivia intervenida por el nuevo Doctor Shock, siempre según Klein, es lo mismo que una década antes habían conseguido los Chicago Boys en Chile, donde fueron contratados por el gobierno golpista de Pinochet para arreglar la economía del país, con los resultados ya conocidos.
Jeffrey Sachs reaparece para el mundo en los años noventa, donde según la denominación de Klein se vivió tras la ilusionante caída del Muro de Berlín una “pesadilla hobbesiana” de la que no estoy seguro de que la nación haya despertado. El plan de Gorbachov consistía en convertir la antigua URSS en un modelo socialdemócrata de corte escandinavo, con una sólida red de protección social y algunas industrias clave bajo protección estatal. En cierto momento la posibilidad de una genuina revolución democrática fue sustituida por un programa basado en las recetas de la Escuela de Chicago, es decir, las de Milton Friedman. Es ahí donde, a la sombra de Boris Yeltsin, aparece Sachs, dispuesto a implantar de urgencia el programa que supuestamente ya había triunfado en Polonia. No es gratuito indicar que a los artífices de dicho plan Joseph Stiglitz, el Premio Nobel y gran refutador del mito liberal de la “mano invisible”, los llamó “bolcheviques del mercado”.
La revolución comandada por Yeltsin no fue pacífica. De igual manera que en Bolivia la terapia Sachs requirió un potente despliegue represivo, por ejemplo contra sindicalistas, Rusia requirió por ejemplo un golpe de estado organizado por el propio Yeltsin, acontecer por cierto celebrado en Occidente con gran entusiasmo. Dice Klein: “¿Qué hicieron los de Chicago y sus asesores accidentales en aquel momento crítico? Lo mismo que cuando ardía Santiago de Chile y lo mismo que harían cuando la que ardiese fuese Bagdad: libres, por fin, de la intermediación de la democracia, se dieron un festín de nuevas leyes.” Para la autora canadiense, el secreto de la doctrina del shock es que las medidas liberalizadoras consistentes en enormes recortes presupuestarios, eliminación de controles de precios de productos de primera necesidad y privatización general de servicios básicos son mucho más sencillas de aplicar cuando hay un estado de represión policial que sofoca las tentaciones de rebelión.
El boom económico capitalista que se esperaba no se dio. El comunismo fue sustituido por un estado corporativista del que se benefició una élite de rusos y unos cuantos fondos de inversión extranjeros que aprovecharon la privatización masiva de grandes compañías nacionales. Las esperanzas razonablemente suscitadas por el fin del comunismo se marchitaron ante la evidencia de que uno de los grandes países del mundo ha sido saqueado, convirtiéndose en lo que algunos han llamado una “cleptocracia”. En solo ocho años se registró el absoluto empobrecimiento de alrededor de setenta y dos millones de ciudadanos. En el año 96 el 25 por cien de los rusos vivían en una situación de pobreza desesperada. “En la Rusia actual”, afirma Klein en 2007, “la riqueza está tan estratificada que los ricos y los pobres parecen vivir no sólo en países distintos, sino también en siglos diferentes.”
No es objetivo central de este escrito desacreditar a la Organización de las Naciones Unidas, ni siquiera me preocupa demasiado cuestionar el prestigio de Jeffrey Sachs, quien por cierto ha manifestado en alguna ocasión no sentirse responsable del desastre económico operado en Rusia. Hace unos días este señor publicó un artículo cuya función, creo, era aquietadora y sedante. Me rebelo contra esta sensación, lo que en estos días sucede a las puertas de Europa con la crisis siria – y sí, pienso en imágenes como las del niño ahogado en la playa griega- no puede someterse al conformismo que propugna este autor.
No, no estamos en buenas manos, el mundo no va por buen camino, no puedo pensar otra cosa en este momento.
(Adjunto el enlace del artículo de Sachs en El País)
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