Monday, August 15, 2011


CARMEN

Carmen Montesinos Yáñez nació en la madrugada del 15 de agosto. Pesa tres kilos y seiscientos gramos. No soy capaz de encontrar palabras que describan lo indescriptible.


Friday, August 12, 2011












1. LA ESPERA. Hay personas que dirimen sus vidas en salas de espera. Pasa sobre todo con las mujeres viejas: ven pasar los días a la expectativa de algo por lo que tienen que alegrarse o condolerse, esperan que alguien las llame y las haga partícipes de acontecimientos en los que son otros los protagonistas. En las salas de espera el tiempo pasa despacio, pero ésta es una reflexión de hombre. El ser humano es el único animal para el que la inactividad constituye una fuente de angustia. Por eso esperamos, y por eso nos aburrimos, pero el hastío y la desesperación aparecen porque necesitamos estructurar el discurrir de la existencia. Por eso la gente echa mano continuamente del móvil, mira con ansiedad a ver si sale la enfermera o pasea hacia adelante y hacia atrás sin alejarse demasiado no sea que vaya a perderse algo.

Encontrar la fascinación de los momentos muertos. No me refiero a las vacaciones, si no a esos lugares -esos "no lugares", que diría Marc Auge- donde transcurren tantas vidas, esas que un sistema ultraproductivo y neurotizado por la eficiencia considera propias de "perdedores". Más que en esos lugares que no tienen lugar pienso en los tiempos muertos, no como en el baloncesto, donde tienen una repercusión decisiva sobre el juego, sino en esos que se pierden sin remedio, tiempos de espera, irredentos en cierto modo porque no nos pertenecen. Durante las esperas no hay nada que planificar, sería mejor limitarnos al placer de ver jugar a los niños, esos seres elegidos por los dioses porque no saben nada del tiempo y los otros virus con los que vivimos infectados los mayores. Entregarnos sin lucha a la inacción, no debemos descartar ese placer.


Si no entendemos esto es hipócrita seguir leyendo a los viejos maestros del pensamiento helenístico.





2. LONDON CALLING. No es Mayo del 68, desde luego, por más que algunas afinidades puedan alentar la confusión. Hay jóvenes encolerizados y hay disturbios. Los estudiantes de París percibían hace cuarenta años que el futuro se presentaba incierto y que no querían convertirse en los siervos que la sociedad proyectaba que fueran, cosa que acaso no está lejos de lo que, probablemente con más motivo, afecta a los jóvenes ahora. Por eso, como todos los grandes movimientos de emancipación de los años sesenta y setenta, fueron capaces de articular una propuesta de resistencia a partir de una visión ética del mundo. ¿Fracasaron? ¿Eran en el fondo unos hipócritas que sólo pretendían divertirse un poco antes de ocupar los cuadros de mando de la represión capitalista? Esto en realidad ya no importa demasiado: la cuestión es qué origina la insurrección y desde qué principios de pensamiento y acción se articula y extiende. Y ello sí nos sirve, pues nos permite comparar y discernir las cosas: los alborotadores de Londres y otras ciudades inglesas carecen de un proyecto porque no tienen un mapa moral.

Ingenuo limitarse a asentir a las amenazas de un Primer Ministro impotente o a los insultos que, como sucedió en los disturbios de hace un lustro en los banlieu de Paris, dedicó Sarkozy a la "canalla" que protagonizaba los disturbios. Ciertamente es difícil simpatizar con quienes queman los automóviles de sus vecinos o saquean tiendas, pero no he dicho que haya nada de ejemplar o de admirable en esta violencia ciega y sin sentido. Su valor, el que verdaderamente hemos de tener en cuenta, es el de "síntoma", y debemos saber diagnosticar el caso si no queremos quedar desorientados cuando el rumor de la baraúnda se acerque a nuestras haciendas.

Observemos los tumultos de los jóvenes británicos con los Mossos de Esquadra en Lloret de Mar por el cierre de las discotecas y tendremos la pista buena. ¿Conflictos raciales en Londres? Sí, pero el hooliganismo de Lloret es de turistas blancos. Son jóvenes que vienen a beber cerveza barata, lo cual supone un disturbio permanente que a veces estalla y desencadena una violencia que sorprende a quienes no han entendido que las "vacaciones" ya hace tiempo que dejaron de inspirarse en la busca del solaz y la relajación. La hipocresía de los dueños de los "locales de ocio" causa espanto: "esto no sucedería si nos dejaran cerrar más tarde".




Me sorprende que nadie efectúe esta relación, parece que ni siquiera en la propia UK, donde las fechorías de sus jóvenes pasan desapercibidas si se cometen fuera del territorio. (Se me ocurre pensar si Lloret no se ha convertido en la "zona franca" para que los jóvenes ingleses se desahoguen sacando al bárbaro que llevan dentro, lo que nos permite una divertida analogía con los desenfrenos de la segunda e incluso la tercera edad británica cada verano en Benidorm). Los de Lloret son blancos y los de Londres, mayoritariamente de origen africano, pero en ambos casos hablamos de jóvenes que promueven de forma grupal una violencia vandálica motivada por unas expectativas de consumo insatisfechas. En el caso londinense, se desea poder comprar tejanos y teléfonos móviles en los grandes almacenes; en el de los turistas de borrachera, que no les cierren los garitos antes del amanecer.

Hay un problema racial en los suburbios, desde luego, como lo hubo en el estallido de violencia que siguió a la muerte de Rodney King por la policía o en el de los banlieu de París. Pero no se trata de un movimiento de lucha por los derechos civiles. Estamos ante un ciclo nuevo de la protesta, un ciclo que se solapa con el del 15-M, con el cual sin embargo no debemos confundirlo, pues la corriente española se indigna por la pérdida de la iniciativa política popular y el totalitarismo silencioso de las élites, es decir, se ha instalado en una secuencia reivindicativa cuyas claves provienen del ciclo de emancipación y lucha por los derechos civiles de los años sesenta. Los actuales encrespados de Londres o de Lloret, como antes los de París, no reclaman ningún espacio público porque no se les ha enseñado que éste existe, no saben que tienen derecho a él y que deben reclamarlo.

Lo diré de una vez: estas explosiones de cólera, que en vez de mineros sindicados o de jóvenes reivindicativos parecen cosa de críos rabiosos, son el producto del desistimiento educacional de las sociedades contemporáneas. Tienen motivos muy serios para esta vocinglería, pero ellos lo desconocen. Como los niños en el cole cuando no está el profesor titular y llega un sustituto inexperto y apocado, la incapacidad de la autoridad para poner orden les anima a lanzarse a robar exámenes, tocar el culo a las compañeras o pegarle al empollón durante unas horas, eso que siempre les impiden hacer mientras la autoridad vigila, y que dejarán de hacer cuando se cansen o regrese el titular para asustarles... quedando a la espera de una nueva ocasión para el desorden. Esta insurrección no es "política", en todo caso es postpolítica, sus protagonistas no ven en eso a lo que llaman la Política más que otro espacio de poder con el que de ninguna manera pueden identificarse, cosa por la que no podrían pedirle cuentas, pues no han aprendido que su función es "representarles". Simplemente, no les han sabido enseñar por qué existe la política en democracia, y por tanto, tampoco entienden qué cosa es esa a la que llamamos "democracia", eso que está extendido por todas partes a veces a muy poco precio, como si hubiera sido fácil de conseguir, como si no valiera nada.





El personaje más odioso y nefasto de la Europa del último medio siglo, Margaret Thatcher, ascendió al poder con fuerza incontenible en la UK porque la clase media estaba harta de pagar impuestos, los cuales, supuestamente, sólo sirven para enriquecer a burócratas corruptos, alimentar a vagos y proteger a maleantes. El thatcherismo, inspirado en las teorías ultraliberales de Hayek y reforzado por las afinidades con el reaganismo en los USA, mostró el camino del desmantelamiento del estado social a los políticos de las décadas siguientes. "Privatizar", "externalizar", "eficacia en la gestión", "desburocratizar"... fueron los mantras de una época. Pero acabar con el estado del bienestar y las protecciones sociales no sale gratis, aunque al principio resulte barato.

Es patético ver al Primer Ministro pedir a las familias que eduquen mejor a sus hijos. Es como si nos pidiera a los ciudadanos que defendamos mejor nuestras propiedades, pues está claro que su policía, la cual pagamos todos, no es capaz de evitar que quemen nuestro automóviles y saqueen nuestra tienda. Sin duda David Cameron ignora que los padres no educan bien a sus hijos porque es la tribu entera la que ha dejado de creer en el valor de educar, porque ha dejado de creer que sea necesario cohesionar la sociedad en un proyecto de convivencia común, de ahí toda esa panoplia de la "multiculturalidad", eufemismo que esconde la renuncia a un valor tan decisivo del republicanismo moderno como es el de la integración. Los padres -negros o blancos- no pueden retener a sus hijos -muchos de ellos preadolescentes- porque cuando la sociedad desasiste las escuelas públicas y las convierte en simples centros de reclusión, entonces el los valores educacionales dejan de regir y el vector "civilizador" que resta ya es tan solo el consumo.

Es esa triste condición -la de consumidor- la que adiestra actualmente a los jóvenes. Cuando estos son "consumidores ineficaces", porque los medios para serlo se deterioran en una sociedad en pleno declive económico, entonces es cuestión de que haga un poco de calor, muchos efectivos de Scotland Yard estén de vacaciones y un policía se cargue a un chico negro para que la tormenta estalle con potencia incontenible. "Ellos se lo han buscado", he escuchado esta reflexión un par de veces en las últimas horas a vueltas con la herencia del reagan-thatcherismo en el contexto anglosajón. Me viene a la cabeza aquello de Clint Eastwood en Sin perdón: "Todos nos lo hemos buscado".









3. Hay algo que es vocacionalmente feo y turbio en el papismo actual.


Inútil insistir en el respeto que me inspiran las creencias, ya que los creyentes ortodoxos se niegan a entender de qué hablo cuando hablo de respeto. Y no se trata de tolerancia ni desprecio ni ironía... He compartido gran parte de mi vida con personas que iluminaban sus sombras -las que todos tenemos- desde una fe inconmovible en la trascendencia. Rezo junto a ellos -qué importa en qué templo y en honor a qué deidades- cuando se trata de infundirnos valor o de honrar a nuestros muertos. Admiro a quienes convierten su vida en una aventura porque su alma fue incendiada por una pasión -qué importa que fuera religiosa o profana-.

No encuentro nada de todo ello en este evento, tan empalagoso y tan viva la gente que produce vergüenza ajena. No merece la pena entrar en debate sobre lo que nos cuesta a todos que los católicos celebren su hegemonía y su influencia política, por más que no tengo ninguna duda de que eso justamente lo que pretenden los jerarcas de la Iglesia Católica con la organización de esta "Jornada Mundial de la Juventud".

Los creyentes, cuando se afirman en su supuesta euforia, en la positividad de una fe que dicen segura, y en la autoridad de sus jefes, me producen una mezcla de aburrimiento y lástima. En quien edificó los templos más grandiosos, en quien pintó la cena o esculpió la Piedad hay tormento y duda, el resquemor atormentado de un interrogante contra el gigantesco enigma de la existencia. De ello, en estos partys hechos para gente que vitorea a un tipo vestido de carnaval que dice que follar es pecado, sólo queda una sonrojante feria de souvenirs. Se me antoja que todo esto tiene un cierto aire a "día del orgullo". Salgamos del armario, contestemos con cantos de amor a los infieles que gritan contra la visita del Papa, exhibamos nuestra fe y gritemos que estamos orgullosos de ser lo que somos. "¡Benedicto, cómo mola, se merece una ola, uaaaaaaaahhhhh!"





Que la iglesia papista defienda sus parcelas de poder todo lo que haga falta, pero no sean ridículos, por amor de Dios.















Saturday, August 06, 2011








¿DÓNDE ESTÁN LOS NIÑOS?



Una de las primeras cosas que llama la atención cuando se viaja a naciones "tercermundistas" es la cantidad de niños que se ven por todas partes. Es muy característico por ejemplo del Mahgreb: uno llega a una aldea y te salen por todas partes para pedirte cosas, para mirarte, para enseñarte su camiseta del Madrid o que sepas que conocen a Iker Casillas. Corría agosto de 1997 en Rabat, con bastante menos calor de lo que la gente imagina, y una joven marroquí me relató que, al llegar al Puerto de Marsella para ir a estudiar a París, lo primero que le desconcertó era la ausencia de niños correteando por las calles. "¿Dónde están los niños?", preguntó, pero ningún francés le supo contestar, quizá porque tampoco entendieron la pregunta. Ese silencio le hizo entender por primera vez lo que significaba vivir en Europa.


A uno pueden gustarle más o menos los asuntos infantiles, pero con los niños se da una paradoja: suelen molestar, pero si desaparecen es que algo inquietante está pasando. Solemos creer que esos ancianos de zonas rurales que regalan casas y trabajos para que vengan familias tienen problemas emocionales y necesitan nietos, pero lo que en realidad pretenden es sentir, al precio que sea, que su propia decrepitud no es el final de todo lo que con enorme esfuerzo levantaron. Lo que intentan trayendo niños, a veces de países muy lejanos, es que el aire vuelva a poblarse con los rumores de cuando había vida, reabrir la vieja escuela de la que conservan un retrato en blanco y negro lleno de personas conocidas que ya han muerto... Volver en suma a intoxicarse, siquiera como espectadores, con todas las ilusiones y los dramas de la vida, como si ésta pudiera no acabarse con ellos, como si tanto haber arado el mundo hubiera por fin servido para algo. Se me ocurre que quien no teme ver morir su pueblo no llega nunca a entender esto.






No me gustan demasiado los niños, no creo entenderme especialmente bien con ellos. Mi profesión docente es vocacional -lo sé desde hace tiempo- pero prefiero que las personas recorran el mapa de la infancia en compañía de otros, al menos hasta ese momento tan incierto en que uno se asoma a las primeras luces de la condición adulta. Es entonces cuando aparezco yo en las vidas de mis alumnos, esa fase de la biografía en que uno tiene que darse cuenta de que las convicciones en las que ha vivido eran prestadas por otros, y que llega ese instante tan angustioso en que uno va a decidir qué va a hacer de su vida, qué clase de persona está dispuesto a ser.





Las miradas de desaprobación que uno recibe cuando dice estas cosas -más si tienes la mala suerte de ser mujer, condición muy poco recomendable cuando se trata de estos temas- incrementan su agresividad cuando resulta que vas a tener un hijo. ¿Por qué vas a ser padre si no quieres a los niños? Yo, dicho sea de paso, nunca he manifestado que no quiera a los niños, sólo que no me gustan. Me gustan los adultos, me fascina esa lucha por emerger en el cuerpo infantil del adulto que en el niño se prepara.

No se entienda que, reivindicando el fin de la infancia, estoy recuperando en realidad los valores más atorrantes y reaccionarios que me transmitieron a mí en la escuela aquellos señores tan peculiares con sotana. No, los sistemas educativos represivos sólo pretenden estrangular el componente indómito del infante para preparar en él la larga serie de claudicaciones que le convertirán en lo que ellos llaman un "sujeto responsable", es decir, en un siervo. Lo que a mí me interesa del final de la infancia es que con él se inicia el verdadero drama de la existencia humana, cuando ya no es aceptable seguir posponiendo la exigencia de tomar las propias decisiones y asumir los propios valores, unos valores que, probablemente, serán distintos -e incluso contrarios- a los que a uno le han transmitido.






Así son las cosas, así han sido siempre. Por eso me preocupa lo que estamos haciendo con los niños. Tenemos la petulancia de creer que los estamos educando mejor de lo que nunca se ha hecho, pero yo advierto que estamos preparando una generación de sujetos dependientes, irresponsables e irresolutos. Haciéndonos la cuenta de que los protegemos contra toda suerte de males, les impedimos que aprendan por sí mismos que la vida mancha, convirtiéndolos así en unos seres inmunodeficientes. Nos hemos fabricado una imagen ideal de la infancia y hemos decidido -con un talante tiránico acaso mayor que el de nuestros represivos y victorianos padres y abuelos- que nuestros niños permanezcan eternamente recluidos en ella. Al mismo tiempo, pese a lo mucho que decimos amarlos, hemos construido para las nuevas generaciones un inhóspito entorno de paro y precariedad, como para convencerlos de que nunca por sí mismos tendrán una vida tan plácida como la que nosotros les dimos. Qué absurdo, ¿verdad?


Voy a ser padre por primera vez en apenas unos días. Podría convencerme a mí mismo diciéndome cualquiera de esas fruslerías tan socorridas que aparecen cuando uno se pregunta por qué va a tener un hijo, pero la verdad es que no sé decir cuál es mi razón. Sé lo que todo el mundo me dice respecto a las maravillas de la maternidad y a lo inigualable de todas esas sensaciones que supuestamente se aproximan. Yo sólo soy capaz de preguntarme, como tantas otras veces en que se me ha venido encima una tormenta, si voy a estar a la altura.


Mientras espero que la enfermera nos llame para el tocólogo, me sobreviene una pregunta un poco tonta: ¿cómo será la España que conocerá mi hija? Mientras tomo estas notas improvisadas
observo a dos mujeres musulmanas. También están cerca del parto y llevan un par de críos alrededor cada una. Alborotan, gritan, ríen, se ponen de pie sobre las sillas... Se me ocurre que son estos los niños por los que preguntó la estudiante marroquí cuando llegó al Puerto de Marsella.

Friday, July 29, 2011








ESA EXTRAÑA AFICIÓN
A MALTRATAR A LA GENTE




1. La escena que les describo transcurre hace ahora exactamente un año en la lectura de una tesis doctoral de Filosofía a la que fui invitado a asistir en el distrito universitario de Castellón. Una de las miembros del Tribunal que debe evaluar la lectura de la tesis llega de forma considerablemente impuntual al acto. Desconozco las razones y si llegó a excusarse. Durante su intervención, exageradamente larga, durante la cual no mira ni una vez a los ojos al tesinando, lo fríe a críticas de toda índole, le exige que aclare expresiones y opiniones que ella ya ha sentenciado -a veces con sorna- como intolerables. Declara una y otra vez que no le gusta ser obsesiva con las cuestiones formales, pero pone pegas interminables a la forma de citar, a supuestas incongruencias sintácticas, al estilo de las citas, qué sé yo. El ataque es tan inmisericorde e insistente, que supera todas las líneas rojas del ensañamiento y la inquina personal.


Se puede y se debe criticar la labor del aspirante a doctor, para eso se convoca a un tribunal a un acto académico por el que debemos sentir un respeto absoluto. Se puede incluso demandar que la tesis no se apruebe -como me cuentan que pidió esta profesora- , aunque tal cosa es extrañísima y puede dar lugar a un casus belli entre profesores o departamentos. Lo que no entiendo es el placer por destrozar a alguien que, en ese momento, es el más débil. Curiosamente, la interfecta abandona la sala por algún tipo de urgencia justo en el momento en que acaban sus intervenciones los miembros del tribunal y corresponde al tesinando -como manda el reglamento- responder a todas las críticas y observaciones que se le han hecho. De esta manera deja claro a éste el poco interés que le produce lo que pueda contestarle. La presidenta del tribunal -que ya anteriormente le ha reído alguna gracia a su compañera, siempre a costa de la supuesta debilidad de la investigación presentada- apremia al aspirante desde el principio, otorgándole un escaso tiempo de respuesta, algo que no ha hecho con los intervinientes, a los que ha dejado explayarse a sus anchas. Eso sí, durante una de las intervenciones ha recordado con gravedad al tesinando que nodebe interrumpir bajo ningún concepto a los miembros del Tribunal.






Finalmente, el Tribunal delibera, aprueba la propuesta de Doctorado con una nota particularmente triste y todos se van a comer, por supuesto a cuenta del joven aspirante, el cual se tiene que gastar -siguiendo una ley no escrita y particularmente estúpida e innecesaria- una fortuna en el ágape con el que agasajar a quienes acaban de convertirle en Doctor. Me imagino que les preocupa bien poco si está en el paro o si sus finanzas desaconsejan un esfuerzo de esta índole. También me malicio si durante la comida le dirían que el vino era una mierda. Después se fueron a casa, durmieron con la conciencia tranquila y siguieron publicando artículos y dando lecciones magistrales sobre feminismo, sobre la explotación capitalista de las clases oprimidas o sobre los fundamentos teóricos del autoritarismo académico. Qué desfachatez.




2. No me subleva que se le diga a alguien que no está acertado o que lo que hace contiene importantes defectos. Es duro que echen por tierra el trabajo de uno y hay que estar hecho de hierro para que no te afecte. Todos le hemos dicho "No" a alguien que nos presentaba el resultado de su esfuerzo o que nos ofrecía muy convencido su opinión sobre algo. Mal vamos si, por una mal entendida diplomacia dejamos que otros, en especial si son amigos o allegados, empantanen su vida porque no quisimos avisarles a tiempo de que elegían caminos equivocados.



Lo que no soporto es el maltrato. El catálogo de mis defectos es extenso, pero soy una persona amable. Tengo -como humano que soy- malos momentos y soy vulnerable al estrés, pero suelo saber rectificar y pedir excusas si he tratado a alguien de manera inmerecidamente hosca. En algún caso, por fortuna ya lejano en el tiempo, la brutalidad con la que me he conducido hacia alguien me persigue para siempre como uno de esos fantasmas que a uno se le aparecen por las noches. Esta convicción en favor del buen trato no convierte mi alma en más ni en menos digna del infierno que la de cualquier otro, sobre todo porque el que mis formas pretendan ser corteses no significa que no tenga negra el alma. Pero esa no es la cuestión. Lo que yo creo es que en un tiempo de desorientación como el que corre, las pautas básicas de la relación entre las personas se hacen más valiosas, y mayor ha de ser por tanto el esfuerzo por cultivarlas y protegerlas.

Por eso un ejercicio de escarnio tan horroroso y gratuito como el que presencié hace ahora un verano por parte de algunas personas muy autosatisfechas con su curriculum y su académica circunspección me viene hoy a la memoria.





Preguntado respecto al sentido de su fe, el Dalai Lama, que es un tipo muy socorrido para eso de
las frases célebres, contestó que "mi religión es la amabilidad". No creo que hagan falta grandes dosis de budismo para entender según qué cosas, basta con no ser un bárbaro.

Friday, July 22, 2011






CAMPS EN FREEDONIA




1. La escena política nos otorga siempre la posibilidad de darle una vuelta de tuerca más a nuestro cinismo. Francisco Camps, Paco para quienes se autoproclaman sus amigos, presentó el miércoles su abandono del sillón presidencial como un "sacrificio". Técnicamente hablando, "sacrificarse" significa renunciar a un bien propio en favor de uno ajeno, lo cual supone que el que se sacrifica se aproxima de alguna forma a la santidad. ¿A quien pretende salvar Camps con su arrebato de heroísmo? ¿A Rajoy? ¿Al partido? ¿A España? ¿A todos nosotros?


2. Por lo general, no encuentro nunca tanta bajeza moral como en los espacios que se han creado con la supuesta intención de preservar el reinado del Bien, léase las sacristías o las salas de máquinas de los partidos políticos. En las más lóbregas estancias del poder político se suele decidir quién está out y quién se queda un trozo de la tarta. Se es práctico, frío y amoral por la misma razón que en los negocios, con la diferencia de que en este último terreno el objetivo de la rentabilidad es transparente, mientras que en la política se vuelve inconfesable. Todos sabemos que las organizaciones partidocráticas emplean la mayor parte de su tiempo en calcular de qué manera van a subir en la calle sus acciones. Lo sorprendente es que ese crédito que reciben de los ciudadanos -al alza o a la baja según mercado- se nutre teóricamente de valores éticos. Esta es la paradoja dentro de la cual vive la política, dentro de la cual vivimos todos en tanto que espectadores de una función cuya carácter de farsa sospechamos hace tiempo.





¿Un sacrificio? Tendría su lado entrañable esta presunción de martirio autoinfligido de no ser porque -como pudimos comprobar el miércoles en la esperpéntica comparecencia pública del dimisionario- viene envuelta en las bilis y los humores pútridos del ataque y la descalificación de los oponentes, cuya vileza es por lo visto la única causante de todo este via crucis. ¡Qué espantosa soberbia la de este pobre mortal que, como un elegido al estilo de Job, se agiganta desde la desmesura de su herida sangrante! Demasiada pretensión para quien -conviene no olvidarlo
- tan solo es un olvidable jefecillo de un cantón de la periferia europea. Recordaremos a Camps por esa exhibición de soberbia en la caída, o aquella en que contestó a preguntas de la oposición diciendo envolverse "en la senyera de todos los valencianos". Hagan un esfuerzo, imaginen por un segundo la escena, el cuerpo desnudo del President envuelto en la cuatribarrada con el imprescindible blau que evita confusiones... Con frecuencia, en cuanto un líder político empieza a descomponerse por verse acorralado, todo a su alrededor recuerda a aquel gobierno de Freedonia en Sopa de ganso, de los Hermanos Marx, donde a poco que te descuides ya te has perdido un chiste. Y no hay más remedio que reírse, por más que los gobiernos se ocupan de cosas tan serias como declarar guerras, detener hambrunas en Somalia o cerrar hospitales públicos.



3. Conocí a Camps en persona. No explicaré las circunstancias, pero fueron tensas y supusieron que me encontrara junto a un grupo de compañeros a centímetros del entonces conseller de Educación de la Generalitat Valenciana. Me pareció un tipo astuto y aplomado, exactamente igual que en aquella otra ocasión en que -entonces ya era honorable president- un joven le gritó en la calle que era un corrupto y él acudió a exigirle explicaciones. Aquella mañana intuí que aquel hombre acabaría llegando muy lejos. Tenía otra cualidad que ni podía ni creo que quería ocultar ante aquel grupo de profesores encolerizados porque estábamos a punto de perder nuestro puesto de trabajo: era horrorosamente prepotente. No es la bonhomía que le atribuye Rita Barberà la que ha destruido la carrera política de Camps, es la soberbia.


4. El campsismo quedará para siempre en mi memoria asociado a estilos y métodos que detesto particularmente. Es posible que el fantasma de la corrupción revolotee en el aire que respira cualquier partido político, pero parece difícil creer en un escenario más propicio para el enriquecimiento ilícito a partir de la política como el que ha creado el gobierno autonómico del PP, con el cual el territorio entero parece haber quedado en almoneda, de manera que nunca parece haber suficientes recalificaciones de terrenos, nunca suficientes empresas públicas por entregar a manos privadas, nunca suficientes fastos encomendados a empresas surgidas bajo el manto protector de quien gobierna. Parece difícil perdonar tantas trabas a la aplicación de la Ley de Dependencia, eso que tantos sufrimientos crea a personas que tratan cada día con desastres cotidianos muy ajenos a la vela y a la Fórmula 1. O el deterioro de la educación pública. O Canal Nou, ay, Canal Nou... Si Gobbels resucitara admiraría la eficacia de semejante campo de exterminio de la libertad de expresión y la pluralidad informativa, una infamia cotidiana que, por cierto, se lleva a cabo con mi dinero.

Muy bien, pero todas estas quejas dejan sin resolver una pregunta que la mayoría de grandes analistas llevan días evitando: ¿por qué ganó Camps por mayoría absoluta?




4. No me detendré en análisis sobre la crisis de identidad del oponente socialista, la desunión de la izquierda o el descrédito social de las organizaciones políticas, que sin duda castiga mucho más las expectativas electorales del PSOE que las del PP, lo cual para muchos parece explica suficientemente la debacle de las últimas elecciones, supuesta antesala de la que sobrevendrá en las generales si el llamado efecto-Rubalcaba no lo evita.



Me atrevo a postular una hipótesis que traslada la cuestión a un espacio del que los analistas políticos hablan poco. Hay algo muy doméstico, algo que está en la estructura profunda de la sociedad valenciana que le hace confiar en personajes como Rita Barberà, Francisco Camps, Eduardo Zaplana, Ricardo Costa, Alfonso Rus o Carlos Fabra. Ese algo es la autoestima, y no está muy lejos de las razones por las que los italianos han secundado durante años el berlusconismo, aún a sabiendas -porque la gente no es idiota ni aquí ni en Italia- que bajo su manto se edificaba un modelo depredador y corrupto.


Desde siempre los héroes de Occidente han sido grandes "productores", es decir tipos que creaban empresas, que inventaban, que desarrollaban una actividad desde la cual se construía la prosperidad colectiva... Hay otro tipo de héroes que podríamos identificar con una sociedad consumista y, si quieren, postmoderna: los "gastadores". Miren a su alrededor, las personas a las que hoy adora la tribu no son las que trabajan y calladamente ahorran, son las que pueden comprar lo que les plazca: mercancías, lujo, personas... Ya no valoramos a quien trabaja y produce, sino a quien invierte y gasta. Ese es el verdadero hombre ejemplar en la sociedad del crédito y el consumo, el que nos incita a endeudarnos y a no pensar en que los préstamos deben devolverse, una traba que sólo estorba en las cabezas de los perdedores y los cobardes.






¿Saben por qué Florentino Pérez gana arrasando las elecciones del Real Madrid cada vez que se presenta, pese a que con él el equipo siempre pierde? Es sencillo, Florentino Pérez "compra", y nada genera tanta ilusión hoy en las masas como el atrevimiento de quien adquiere productos de lujo sin reparar en los gastos. Fichando futbolistas galácticos, Florentino compra lo único que de verdad moviliza masivamente las voluntades: ilusión. Pues bien, esto es en Valencia la Fórmula Uno, o Terra Mítica, o los ostentosos edificios de Calatrava, o la Copa América. Algunos venden la panoplia de que nunca -gracias a tales fastos- ha gozado Valencia de tan buena proyección exterior, como si sospecháramos que el hatajo de pijos que vienen a ver los barcos o los bólidos fueran la avanzadilla de un maná empresarial que nos hará cresos a todos. Pero esto es completamente falso, y de no serlo -como a fin de cuentas se trata de "imagen"- salta por los aires en cuanto un presidente es imputado por corrupción. No, en realidad, y por paradójico que parezca, el efecto de estos fastos que se exhiben al exterior es la autoestima local, que es con lo que a fin de cuentas se ganan unas elecciones.

Se me ocurre pensar en esos monolitos de pueblos salvajes que se edificaban para ser contemplados por unos dioses complacidos. Luego vienen los intereses de la deuda, las recesiones y las cajas de ahorros intervenidas... Pero, claro, eso no venía en el programa electoral. Y en todo caso siempre podemos echarle la culpa a Zapatero. O a Rubalcaba.

Friday, July 15, 2011








YO ESTOY AQUÍ PARA DAR IDEAS.




Mi psicoanalista es buena persona, pero cuando llega julio le entra muy mala idea, creo que porque me ve de vacaciones y tiene envidia. El otro día intenté convencerle de que en sus películas Woody Allen se burlaba del psicoanálisis y que, en cualquier caso, era un magistral cineasta, a lo que él contestó que Allen se tomaba muy en serio su terapia y que, en cualquier caso, sus películas eran una mierda. Fue tan contundente en llevarme la contraria que pasé cierto rubor antes de contarle el sueño que había tenido esta semana, no sea que me espetara lo que creo que está siempre a punto de soltarte cualquier psicoanalista, es decir, que tus sueños no le interesan nada y que lo que revelan no es que estás enamorado de tu madre, sino que eres medio gilipollas y que en vez de psicoanalizarte lo que deberías hacer es arrojarte a un abismo. El caso es que empecé a contarle que me perseguía un monstruo con cuerpo de dinosaurio y cabeza de roedor y no tardó en interrumpirme.

-"Mire, David, voy a ser claro con usted, su verdadero problema es que está lleno de odio y de rencor. Váyase a casa y concéntrese en pensar que sucesos de su pasado le provocan tanta ira. En cuanto se haga consciente de ellos verá cómo le resulta más fácil controlar su atormentado estado mental"

Opté por seguir su consejo y hurgué largamente en el baúl de mis recuerdos y apunté durante las siguientes mañanas cuáles son las situaciones y personajes de mi pasado que aparecen más frecuentemente en mi torturada memoria suscitando el deseo retroactivo de estrangularles... ¿Resultado? El tipo de personaje que más me aparece es uno que dice frases como ésta: "yo estoy aquí para dar ideas".






Explicado al psicoanalista, su diagnóstico es el siguiente. A lo largo de mi vida he tenido conflictos de toda índole con mis padres, mis hermanos, mis compañeros de colegio, los profes, las mujeres e incluso con algunos columnistas de El Mundo, lo cual me ha generado ciertas disfunciones sentimentales, sexuales, intelectuales y morales, pero a fuer de ser justos, no he recibido más hostias de las que yo he propinado, por lo que -siempre según el señor que se sienta al otro lado del diván- no tengo derecho a reclamar un lugar de honor en el equipo de las víctimas, lo cual es una lástima, pues es un placer inmenso ir por la vida mostrando cicatrices y contando que de crío te sodomizó un cura en la sacristía. El único verdadero trauma que -según mi loquero- no he superado es el de haber tratado demasiado a menudo desde niño con lo que podríamos llamar "tíos listos".


Veamos. Un tío listo es un caballero -suele ser varón- que consigue convencer a su entorno de que tiene un enorme talento y que puede resolver cuántos problemas le plantea la vida a golpe de genio. Estos señores exhiben tal autoconfianza y aparentan tanta determinación a la hora de enfrentarse a los desafíos de su vida que llegas a creer que a su sombra nada malo puede pasarte. Y es justamente éste el gran error, pues desde ese mismo momento no dejan de sobrevenirte desgracias. Debido a mi natural ingenuo los excesos de confianza respecto a estos individuos han complicado extraordinariamente mi vida, de manera que, para que ustedes no sufran lo que yo he sufrido, voy a advertirles de algunas de las pautas de acción características de un tío listo.




-Suele tener muchas ideas, organiza negocios geniales o eventos que pueden congregar a un nutrido público, pero nunca se presenta en el momento de la realización ejecutiva de las mismas. Es a ti, el pringado, al que le toca después cargar con el marronazo de sacarlo adelante.

-Se irrita si en alguna ocasión criticas sus poemas, películas, fotografías o conquistas femeninas, pero no dudará en ningunear y despreciar despiadadamente cualquier cosa que tú hagas, o incluso el simple hecho de que hagas algo. Que tengas iniciativa le molesta mucho, pues supone romper con el rol de gregario que el tío listo te ha asignado.

-Te pide dinero prestado y luego no te lo devuelve, o en todo caso te lo devuelve con cuentagotas y como haciéndote un favor. No se siente culpable porque cree que si tú tienes un trabajo digno es porque te han enchufado o has tenido suerte; no como él, que sufre una persecución debida, obviamente, a su talento. "Es la dictadura del mediocre", dice a menudo, sin duda implicándote a ti en la conjura. Si tienes dinero y se lo prestas piensa, además, que si no te lo has gastado es que eres un imbécil y que mereces el sablazo que él -que sí sabe vivir- te está pegando.

-Si cometes la imprudencia de meterte en algún negocio con él, observarás que te exige con suficiencia desafiante un alto grado de compromiso y formalidad. Será después él, por supuesto, quien se salte a la torera dichas exigencias, aunque no dudará en aprovecharse de que tú si las cumplas.

-Va siempre rumiando la posibilidad de tirarse a tu novia, posibilidad que a la recíproca -que tú te tires a la suya- no llega a contemplar ni por asomo. La razón es que sospecha que tu novia sale contigo porque en realidad de quien está secretamente enamorada es de él.


Y ahora, para acabar, viene la mejor de todas, la que identifica a un tío listo sin temor a error. En una reunión siempre ofrece una idea supuestamente genial, pero jamás se vincula a su realización. ¿Cuántas veces habré visto esto? Por ejemplo, hace años, cuando yo era aún tierno y no estaba lleno de rencor como ahora, en una asamblea de la radio libertaria de la que yo formaba parte, un tío listo dio toda una lección a la concurrencia sobre lo que había que hacer para salvar la emisora. Cuando le preguntamos cómo pensaba llevar a cabo tan genial idea se limitó a contestar: "Y yo qué sé, yo estoy aquí para dar ideas".








Un cantamañanas de lo más patético, vaya que sí, pero he presenciado esta escena demasiadas veces como para creer que es un mal poco extendido. Tipos que nos dicen a las mentes vulgares lo que hemos de hacer con la finca en una reunión de vecinos y que en el momento de decidir cómo implementar sus medidas se largan porque tienen prisa; tipos que en una reunión de trabajo asignan funciones a todos menos a ellos mismos; tipos que se postulan a voz en grito y con el puño levantado para liderar una asociación reivindicativa y que al día siguiente resulta que han pegado la espantada; tipos que hacen continua ostentación pública de su integridad moral hasta que un día descubres que no son más que unos pobres diablos, capaces de gastarse tu dinero y tu confianza en putas, en la maquinita de las frutas o en restaurantes de presumir... Son legión, y sólo hay un antídoto: olvidarles.




Tuesday, July 05, 2011












EL DISCUTIBLE ENCANTO DEL MAFIOSO








En Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen parodia de manera especialmente encarnizada el cine de mafiosos italianos, que parecía una moda más o menos pasajera en aquellos años setenta en que apareció el libro de Allen, pero que ha terminado por convertirse en género, en el mismo sentido en que lo es el western.



El género es por definición una mistificación de un espacio histórico o social que, a partir de una base real, configura un imaginario cuyas claves se vuelven recurrentes hasta el punto de adiestrar al espectador, que las reconoce como si no constituyeran un artificio narrativo, como si fueran de alguna forma naturales. Pasa en las películas del Oeste con los duelos a tiros o con los ataques de los indios sobre las caravanas en círculo, y pasa en las películas de mafiosos, tan aficionadas a propagar una imagen ritualizada de las relaciones entre iniciados y a dejarse llevar por las hipérboles de una supuesta poética de la violencia donde llega un punto en que a uno le extraña que el italoamericano de turno no se líe a tiros con los espectadores de la sala. "Mendy secuestró a Gaetano, el hermano de Santucci, y se lo devolvió después en veintisiete potes de mermelada. Esta fue la señal para el inicio de un baño de sangre"... Así es el cine de mafiosos según la parodia de Woody Allen.







No es difícil encontrar las raíces culturales de este misterioso atractivo, especialmente en una sociedad como la norteamericana, constituida a partir de la hegemonía anglosajona y protestante. Los mafiosos parecen vivir atrapados en un lenguaje atávico, ese "vago rumor de la familia" en el que Hegel situaba el conflicto de Antígona y el inicio del drama de Occidente, cuyo discurrir histórico se gestará en la tensión entre los secretos intraducibles de lo privado y la luminosa publicidad de la ciudad. La Cosa Nostra atrae porque la rigurosa observancia del ritual por parte de los iniciados es irreductible a la lógica operacional de lo mercantil y lo burocrático, ese espacio gélido de la eficacia por el que transcurre tristemente la gris vida de cualquiera de tantos oficinistas, maestros o bedeles de hospital que, por las noches, soñamos con ser Vito Corleone.











Se explica muy bien en esa otra obra maestra del género, Uno de los nuestros, menos trágica y shakespeareana que la saga de El Padrino pero más dada a inmiscuirse en las profundidades del alma mafiosa. Henry Hill, protagonista interpretado por Ray Liotta, descubre desde muy pequeño que trabajar para los hampones del barrio es marcar la diferencia entre ser un tío listo y ser un perdedor y un fracasado, es decir, lo que son todos esos tipos que tienen que guardar cola en la panadería o mendigar un subsidio de paro. Lo que nos atrae de la vida que Henry adopta es que consigue aquello que, acaso sin darnos cuenta, todos deseamos: saltarnos las mediaciones. La vida de cualquiera de nosotros es una red infernal de trabas a la realización de lo que fantasea nuestro cerebro. No tememos que nuestros deseos no se realicen, eso somos capaces de soportarlo porque hace ya mucho que descubrimos que no somos dioses; lo que de verdad hace temblar nuestra integridad y nos precipita al abismo de la depresión es toda esa serie de trámites por los que habremos de pasar para gestionar correctamente nuestro bienestar. No se engañen, besos en la mejilla y juramentos de sangre siciliana aparte, lo que de verdad nos atrae de los mafiosos es que pueden saltarse las colas, los trámites y las excusas. El precio es que a veces aparecen en un congelador de carne colgados de un gancho o que van a la cárcel unos cuantos añitos. Es lo que tiene tomar atajos.









Viene a cuento la reflexión porque estoy acabando la primera temporada de Los soprano. No albergo ninguna duda respecto a la enorme calidad de la serie y, muy en especial, el carisma del logradísimo personaje central, Tony Soprano, magistralmente encarnado por James Gandolfini. La serie tiene el buen criterio de no dejarse llevar por ciertos toques de grandilocuencia -mal digeridos en muchas producciones debido a la obsesión por El Padrino-, hasta el punto de que por momentos uno diría que está más bien viendo un capítulo de Los Simpson. ¿La mejor producción televisiva de la historia? No, no lo creo, y además me pillan los fanáticos irredentos del sopranismo en mal momento porque he pasado los últimos meses con las cuatro temporadas de Mad men, y qué quieren que les diga, el mundo de Don Draper me parece más complejo, misterioso y sutil que el de Tony y su tumultuosa familia.



No acabo de saber en cualquier caso por qué el mundo de la mafia goza de tanto prestigio. Tengo un amigo que, sistemáticamente, desprecia cualquier película que no se centre en el mundo del crimen organizado, ya sean los italianos de Scorsese, los yakuza de Kitano o todo ese hatajo de psicópatas y frikis histéricos que llenan las películas de Tarantino. Lo que intento decir es que me hartan ya un poco este tipo de espectáculos del sadismo donde la vida parece que vale bien poquito. Uno tiene un mal día, le pega un tiro en las sienes al camarero porque no le ha servido el gin-tonic a su gusto, y todos a partirse de risa.







No sé, debe ser un trauma de la infancia, pero siempre me han molestado los que viven de explotar el miedo ajeno, que es a fin de cuentas de lo que viven estos tipos. Por otra parte, no estoy tan seguro de que los mafiosos del mundo real tengan el glamour que se les otorga en el cine. Los que yo he conocido son más de pegarle patadas entre varios a un tipo en el suelo que de asumir audaces desafíos solitarios. Se me ocurre entonces que podríamos desprender de una vez por todas a los mafiosos de la aureola de Marlon Brando e imbecilizarlos un poquito. Propogno una definición técnica para el asunto: mafiosa es toda forma de relación económica entre humanos que se salta los pasos previstos por la ley y usurpa al Estado el monopolio de la violencia. A partir de aquí juzguen ustedes cuántos mafiosos tienen en su entorno y probablemente se convenzan de que son numerosos, no se parecen en nada a Al Pacino y, por lo general, ni siquiera tienen gracia.