En cada entrevista pasa lo mismo, yo acabo harto y furioso después de haber gritado a la genial periodista -nunca me oye- aquello de "¡calla ya la puta boca y déjale hablar!"...Y ella sale ufana y reforzada, sin mínima sombra de vacilación, segura de que "a mí no me torea ni Cristo" mientras sus fans le jalean. Ana Pastor cree ser crítica, pero nada va más a favor de la corriente hegemónica en la época que su aceleración y su pressing... Donde sólo hay prisa no surgen ni el debate ni la reflexión, donde sólo hay sospechas y mala fe hacia el entrevistado sólo se encuentra la neurosis defensiva, lo cual no tiene nada que ver con el díalogo. Algún día Tele Cinco la intentará contratar para hacer entrevistas tipo "Sálvame", ya lo verán.
2. Concluyo "The Pacific", una miniserie de diez capítulos que, con el precedente magnífico de "Salvar al soldado Ryan" en la memoria, produjeron su director, Steven Spielberg, y su actor principal, Tom Hanks, para la HBO. Es una obra excelente, no hay duda, lo que no sé es si realmente hace falta la inversión en tantos millones de dolares para un relato que tampoco añade demasiado a su original, más allá de la singularidad, trascendental para el público norteamericano, de que aquella transcurre en Normandía y ésta lo hace en el frente asiático.
El escenario al que nos remite The Pacific es el infierno de la guerra, cuyo horror se nos muestra con un virtuosismo que, desde una crudeza espeluznante, alcanza una sofisticación técnica donde todo está rigurosamente medido y preparado, lo cual incluye fotogramas de una plasticidad aplastante, empezando por el opening con el que se inicia cada capítulo, tan brillante como es común en las teleficciones de la ya mítica HBO.
De las guerras quedan siempre memorias fragmentarias, como advertimos en The Pacífic, un conjunto de retales de experiencias de soldados que realmente existieron. No hay piedad para el espectador que tiene la osadía de exigir que le cuenten la verdad, sin concesiones y sin ridiculeces patrioteras... Las cabezas revientan tras una bomba de mortero, los cuerpos son despedazados en cada desembarco, en cada ofensiva ordenada por el alto mando. Bajo el delirio sangriento de las más terribles ofensivas en Guadalcanal, Iwo Jima u Okinawa, uno adivina la sonrisa de Lucifer, enseñoreado de tierras que uno diría que quedaron baldías y malditas para siempre, barro enrojecido por la sangre y cubierto de cadáveres amontonados y medio descompuestos.
Los que salen vivos de las peores refriegas del frente del Pacífico -ante las que el célebre ataque de Pearl Harbour queda como una tímida escaramuza- no regresaron sin daños, terriblemente heridos y lisiados muchos de ellos, con una pavorosa neurosis de guerra todos. En este sentido el relato no engaña, no hay indulgencia con esa guerra de la que nada saben los niños que disfrutan hoy matando virtualmente en sofisticados videojuegos. Las trincheras huelen a mierda, a infección, a miembros gangrenados... un dolor insufrible entre el insomnio y la locura provocada por el miedo y los gritos de los compañeros que se desangran tras reventar una granada o la carnicería de las ametralladoras japonesas en el último ataque.

Acaso echo en falta en la serie algo más de acidez respecto a las elegantes estancias donde los únicos verdaderos amantes de la guerra, los que la planean pero no la sufren, deciden enviar a la muerte a "nuestros chicos", esos que, al regreso, se encontraron en muchos casos desamparados, deseosos de recuperar la paz y la normalidad que perdieron para siempre cuando el infierno de Okinawa o Guadalcanal les arrancó de cuajo su condición de seres humanos. Desde esa lógica luciferina, la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki podría ser el epílogo que corresponde a aquella gigantesca carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial.
"Han lanzado una nueva bomba que destruye ciudades enteras, han muerto de una un montón de japos", le dicen al soldado Sledge, que acaba de matar a los últimos soldados enemigos que defendían la honra del Emperador en una isla remota y devastada. A fin de cuentas es a lo que fueron al Pacífico, a "matar japos". El armisticio se firmó unos días después. Habían muerto alrededor de sesenta millones de personas entre los frentes del Pacífico, Europa y África.


























