Friday, September 18, 2015

1. No llego nunca al final de las entrevistas de Ana Pastor. Sus protagonistas se convierten en bonsais, presionados y recortados hasta la histeria. Parece no haber otra consigna que la de "no le dejes respirar ni un segundo". No me gusta Artur Mas, pero eso no importa. Si pide que se le deje explicar las ventajas de la independencia y la entrevistadora le corta -ella corta siempre- arguyendo que "eso sería permitirle hacer propaganda", a mí no me queda otra que apagar la tele, pues incluso para poder estar contra el entrevistado necesito saber cuáles son sus argumentos. Tampoco estaría mal que Pastor me dejara decidir a mí qué es y qué no es propaganda, cosa que sólo es posible si deja explicarse al personaje.

En cada entrevista pasa lo mismo, yo acabo harto y furioso después de haber gritado a la genial periodista -nunca me oye- aquello de "¡calla ya la puta boca y déjale hablar!"...Y ella sale ufana y reforzada, sin mínima sombra de vacilación, segura de que "a mí no me torea ni Cristo" mientras sus fans le jalean. Ana Pastor cree ser crítica, pero nada va más a favor de la corriente hegemónica en la época que su aceleración y su pressing... Donde sólo hay prisa no surgen ni el debate ni la reflexión, donde sólo hay sospechas y mala fe hacia el entrevistado sólo se encuentra la neurosis defensiva, lo cual no tiene nada que ver con el díalogo. Algún día Tele Cinco la intentará contratar para hacer entrevistas tipo "Sálvame", ya lo verán. 

2. Concluyo "The Pacific", una miniserie de diez capítulos que, con el precedente magnífico de "Salvar al soldado Ryan" en la memoria, produjeron su director, Steven Spielberg, y su actor principal, Tom Hanks, para la HBO. Es una obra excelente, no hay duda, lo que no sé es si realmente hace falta la inversión en tantos millones de dolares para un relato que tampoco añade demasiado a su original, más allá de la singularidad, trascendental para el público norteamericano, de que aquella transcurre en Normandía y ésta lo hace en el frente asiático.

El escenario al que nos remite The Pacific es el infierno de la guerra, cuyo horror se nos muestra con un virtuosismo que, desde una crudeza espeluznante, alcanza una sofisticación técnica donde todo está rigurosamente medido y preparado, lo cual incluye fotogramas de una plasticidad aplastante, empezando por el opening con el que se inicia cada capítulo, tan brillante como es común en las teleficciones de la ya mítica HBO.

De las guerras quedan siempre memorias fragmentarias, como advertimos en The Pacífic, un conjunto de retales de experiencias de soldados que realmente existieron. No hay piedad para el espectador que tiene la osadía de exigir que le cuenten la verdad, sin concesiones y sin ridiculeces patrioteras... Las cabezas revientan tras una bomba de mortero, los cuerpos son despedazados en cada desembarco, en cada ofensiva ordenada por el alto mando. Bajo el delirio sangriento de las más terribles ofensivas en Guadalcanal, Iwo Jima u Okinawa, uno adivina la sonrisa de Lucifer, enseñoreado de tierras que uno diría que quedaron baldías y malditas para siempre, barro enrojecido por la sangre y cubierto de cadáveres amontonados y medio descompuestos. 

Los que salen vivos de las peores refriegas del frente del Pacífico -ante las que el célebre ataque de Pearl Harbour queda como una tímida escaramuza- no regresaron sin daños, terriblemente heridos y lisiados muchos de ellos, con una pavorosa neurosis de guerra todos. En este sentido el relato no engaña, no hay indulgencia con esa guerra de la que nada saben los niños que disfrutan hoy matando virtualmente en sofisticados videojuegos. Las trincheras huelen a mierda, a infección, a miembros gangrenados... un dolor insufrible entre el insomnio y la locura provocada por el miedo y los gritos de los compañeros que se desangran tras reventar una granada o la carnicería de las ametralladoras japonesas en el último ataque. 



Acaso echo en falta en la serie algo más de acidez respecto a las elegantes estancias donde los únicos verdaderos amantes de la guerra, los que la planean pero no la sufren, deciden enviar a la muerte a "nuestros chicos", esos que, al regreso, se encontraron en muchos casos desamparados, deseosos de recuperar la paz y la normalidad que perdieron para siempre cuando el infierno de Okinawa o Guadalcanal les arrancó de cuajo su condición de seres humanos. Desde esa lógica luciferina, la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki podría ser el epílogo que corresponde a aquella gigantesca carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial.

"Han lanzado una nueva bomba que destruye ciudades enteras, han muerto de una un montón de japos", le dicen al soldado Sledge, que acaba de matar a los últimos soldados enemigos que defendían la honra del Emperador en una isla remota y devastada. A fin de cuentas es a lo que fueron al Pacífico, a "matar japos". El armisticio se firmó unos días después. Habían muerto alrededor de sesenta millones de personas entre los frentes del Pacífico, Europa y África.      

Friday, September 11, 2015

MALDITO YO

Cioran nos avisa del inconveniente de resolver suprimirnos: si nos desembarazamos de la vida nos privamos de la posibilidad de reírnos de ella. Me acuerdo de ello cuando me siento extrañamente inclinado a desaparecer de la sociedad y encerrarme en mi casa para siempre, cuando planeo dejar para siempre de hacer proyectos, cuando me propongo abrazar para siempre la elegancia del silencio... Temo que de sucumbir a tentaciones tan sensatas dejaré de hacerme gracia. 

Mi vida no es ni remotamente digna de un héroe homérico, ni siquiera del antihéroe de una novela moderna. Yo me siento más bien como el protagonista de una sit com...  Con frecuencia, tras hablar o actuar presiento el eco de las risas enlatadas de los espectadores. 


Dijo John Lennon que la vida es todo lo que te pasa mientras haces planes. No está mal, pero ¿no prefieren esto?: la vida es lo que nos pasa mientras nos convencemos, de una puta vez, de que es ridículo desear que los demás nos quieran. 

Si a veces parezco estúpidamente soberbio es porque arrastro la pesada certidumbre de ser una mercancía dañada. 

Sólo me siento bien conmigo mismo cuando caigo en la insolencia de decir "no", cosa que hago con escasa frecuencia, de ahí esa peculiar propensión al autoodio con la que exaspero a mis allegados.

Ver crecer a un niño te instala en la evidencia de que el "Yo" es una construcción social, la cual por tanto requiere un tiempo de duro aprendizaje. De esta carga provienen todas las imposturas que constituyen eso a lo que llamamos una biografía. Uno no puede por menos que envidiar a los primitivos, demasiado sanos como pasarse las noches pensando en si les quieren, si les han agraviado o si sus vidas merecen la aspiración a alguna suerte de trascendencia. 


Damos por hecho el yo como damos por hecho el derecho a la vida, que es sin embargo uno de los que han necesitado una mayor elaboración histórica. 

Dueño de la lucidez suficiente para calibrar cómo me debilitan los elogios, he aprendido a no soportarlos. La contrapartida es que eso me hace tan antipático a ojos ajenos como a quienes no saben agradecer los obsequios. Tengo el resto de mi vida para aprender a disimularlo. 

La madurez consiste en dejar de pretender que nos amen por aquello por lo que "merecemos" ser amados. Ocurre lo mismo a la inversa con quienes nos odian.  

El yo es, como querían los empiristas, el resultado de una serie de percepciones. Lo que no sabían es que ese yo se abre en los intersticios de cada experiencia, entre sus sombras. Nuestra vida no es entonces sino el sentimiento de zozobra que nos asalta cuando advertimos una perturbación. Sólo tomo conciencia de quien soy cuando me dejo sorprender extasiado por el frescor de los aires tormentosos con los que septiembre nos anuncia el final de la atonía insoportable de un verano tórrido; sólo cuando ella nos dice, por fin, que nunca nos amó; sólo cuando descubrimos -aterrados- en nuestros padres aquella debilidad tan humana que no imaginábamos; sólo cuando en las horas más inhóspitas de la noche acertamos a vislumbrar la medida exacta de la colosal responsabilidad de acabar de traer un niño al mundo; sólo cuando, fumando en el balcón, entendemos que lo que la luna nos dice es que acaso mañana ya no amanezcamos... 

Saturday, September 05, 2015



JEFFREY SACHS: SETENTA AÑOS DE LA ONU.

En 2005 el prestigioso director norteamericano Sidney Pollack presentó su película “La intérprete”, que le permitieron rodar nada menos que en las instalaciones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. La protagonista, Silvia Froome (Nicole Kidman), originaria del país imaginario de Matobo –que podemos asociar a Zimbabwe-, trabaja en el edificio como traductora simultánea. Por casualidad descubre una conspiración para asesinar en la sede al Presidente de su país, Edmond Zuwanie, a la que ésta detesta por considerarlo responsable de múltiples crímenes, entre ellos el asesinato de su familia. Se desata entonces un frenético operativo policial que convertirá el relato en un por momentos apasionante thriller.

La película es francamente entretenida, pero su mensaje, favorable al papel mundial que la organización lleva a cabo a favor de la causa de la justicia global y contra la impunidad de los dictadores, deja considerables cabos sueltos. Sabemos que hay un antiguo líder de masas que, tras un pasado revolucionario, parece haber enloquecido para convertirse en uno de tantos sanguinarios dictadores africanos. Cuenta con algunos opositores cuyas intenciones adoptan perfiles más bien difusos. Uno de ellos, Kuman-Kuman, dice creer sólo en los negocios, pero nada se nos cuenta en el film respecto a la responsabilidad de las potencias mundiales y las multinacionales en las tragedias subsaharianas. Debemos, como la matobana blanca Silvia Froome, renegar de la inclinación revolucionaria y apoyar a la ONU, pero la organización nada sabe en el film sobre las causas profundas de los terribles conflictos que asolan la zona más pobre y violenta del mundo. Hay dirigentes que al envejecer enloquecen y matan a miles de civiles, debemos permanecer en el lado del río donde actúan los justos, es decir, debemos, como la ONU, ser pacifistas y ayudar a que los malos vayan a la cárcel. Falla algo aquí.
Vuelvo a Jeffrey Sachs y al artículo sobre el setenta aniversario de la ONU, creo que hoy con más razón, cuando la crisis de refugiados que atravesamos empieza a dejar imágenes más estremecedoras que nunca y el papel de las naciones en la lucha global contra la injusticia abre toda suerte de interrogantes. La fuente que cito es el célebre texto de Naomi Klein “La doctrina del shock”, donde la figura de Sachs es sumamente relevante.
Jeffrey Sachs era un joven y brillante economista de Harvard cuando en el 85 fue convertido en asesor de uno de los candidatos a las elecciones de Bolivia, país envuelto en ese momento en una terrible crisis económica. La convicción con la que aquel hombre afirmaba poder acabar con la crisis inflacionaria en cuestión de horas ayudó a que finalmente sus planes fueran llevados a la práctica. Paradójicamente, decía estar muy influido por las recetas del keynesianismo, pero sus planes respiraban el aire de las recetas de Milton Friedman, padre del neoliberalismo contemporáneo e inspirador directo de la revolución conservadora que los anglosajones exportaron al mundo en la era Reagan-Thatcher, la cual constituye precisamente una reacción contra la herencia del New Deal, el estado del bienestar, la socialdemocracia y, en definitiva, el modelo Keynes. La maquinaria propagandística neoliberal ha hablado durante décadas de un milagro económico en Bolivia cuyo ideólogo sería Sachs. Esta historia es completamente falsa según Naomi Klein, y las consecuencias de la mentira han sido dramáticas.

Sachs compartía la especie, muy exitosa entre los conservadores estadounidenses, de que Latinoamérica era víctima del romanticismo socialista. Frente a los liberales más ortodoxos, creía que para “liberar” a las economías de la zona se precisaban inyecciones económicas exteriores, pero la receta esencial consistía en la austeridad en el gasto público. Ésta habría de imponerse de forma abrupta y repentina, como un shock, generando en la población la sensación de que es imposible resistirse. A tenor de los resultados obtenidos, la idea es enriquecer más a la oligarquía del país, de manera que el coste social de la operación recae sobre los pobres. Precarización del empleo, destrucción de la protección social, aumento exponencial de las diferencias entre pobres y ricos… Lo que ocurrió en la Bolivia intervenida por el nuevo Doctor Shock, siempre según Klein, es lo mismo que una década antes habían conseguido los Chicago Boys en Chile, donde fueron contratados por el gobierno golpista de Pinochet para arreglar la economía del país, con los resultados ya conocidos.

Jeffrey Sachs reaparece para el mundo en los años noventa, donde según la denominación de Klein se vivió tras la ilusionante caída del Muro de Berlín una “pesadilla hobbesiana” de la que no estoy seguro de que la nación haya despertado. El plan de Gorbachov consistía en convertir la antigua URSS en un modelo socialdemócrata de corte escandinavo, con una sólida red de protección social y algunas industrias clave bajo protección estatal. En cierto momento la posibilidad de una genuina revolución democrática fue sustituida por un programa basado en las recetas de la Escuela de Chicago, es decir, las de Milton Friedman. Es ahí donde, a la sombra de Boris Yeltsin, aparece Sachs, dispuesto a implantar de urgencia el programa que supuestamente ya había triunfado en Polonia. No es gratuito indicar que a los artífices de dicho plan Joseph Stiglitz, el Premio Nobel y gran refutador del mito liberal de la “mano invisible”, los llamó “bolcheviques del mercado”.

La revolución comandada por Yeltsin no fue pacífica. De igual manera que en Bolivia la terapia Sachs requirió un potente despliegue represivo, por ejemplo contra sindicalistas, Rusia requirió por ejemplo un golpe de estado organizado por el propio Yeltsin, acontecer por cierto celebrado en Occidente con gran entusiasmo. Dice Klein: “¿Qué hicieron los de Chicago y sus asesores accidentales en aquel momento crítico? Lo mismo que cuando ardía Santiago de Chile y lo mismo que harían cuando la que ardiese fuese Bagdad: libres, por fin, de la intermediación de la democracia, se dieron un festín de nuevas leyes.” Para la autora canadiense, el secreto de la doctrina del shock es que las medidas liberalizadoras consistentes en enormes recortes presupuestarios, eliminación de controles de precios de productos de primera necesidad y privatización general de servicios básicos son mucho más sencillas de aplicar cuando hay un estado de represión policial que sofoca las tentaciones de rebelión.

El boom económico capitalista que se esperaba no se dio. El comunismo fue sustituido por un estado corporativista del que se benefició una élite de rusos y unos cuantos fondos de inversión extranjeros que aprovecharon la privatización masiva de grandes compañías nacionales. Las esperanzas razonablemente suscitadas por el fin del comunismo se marchitaron ante la evidencia de que uno de los grandes países del mundo ha sido saqueado, convirtiéndose en lo que algunos han llamado una “cleptocracia”. En solo ocho años se registró el absoluto empobrecimiento de alrededor de setenta y dos millones de ciudadanos. En el año 96 el 25 por cien de los rusos vivían en una situación de pobreza desesperada. “En la Rusia actual”, afirma Klein en 2007, “la riqueza está tan estratificada que los ricos y los pobres parecen vivir no sólo en países distintos, sino también en siglos diferentes.”

No es objetivo central de este escrito desacreditar a la Organización de las Naciones Unidas, ni siquiera me preocupa demasiado cuestionar el prestigio de Jeffrey Sachs, quien por cierto ha manifestado en alguna ocasión no sentirse responsable del desastre económico operado en Rusia. Hace unos días este señor publicó un artículo cuya función, creo, era aquietadora y sedante. Me rebelo contra esta sensación, lo que en estos días sucede a las puertas de Europa con la crisis siria – y sí, pienso en imágenes como las del niño ahogado en la playa griega- no puede someterse al conformismo que propugna este autor.
No, no estamos en buenas manos, el mundo no va por buen camino, no puedo pensar otra cosa en este momento. 

(Adjunto el enlace del artículo de Sachs en El País)


SETENTA AÑOS DE LA ONU.



El pasado 29 de agosto el diario El País concedió su tribuna a un personaje que, acaso no suene demasiado al gran público, y que, sin embargo, figura en la lista de la revista Time como el economista más importante del momento y uno de los cien personajes más influyentes del planeta. Jeffrey Sachs dedicó su artículo a conmemorar el setenta aniversario de la fundación de las Naciones Unidas, organización a la que el prestigioso economista de Harvard se encuentra en la actualidad vinculado, yo diría que con amplia responsabilidad, pues se le considera el primer asesor del Presidente Ban Ki-Moon.

El artículo no habría de despertar sospechas respecto a la sinceridad de la misión a la que Sachs vive entregado: erradicar a través de las instituciones de la ONU la pobreza extrema y las epidemias, considerando también como una prioridad la sostenibilidad medioambiental, como se manifiesta en los titulares de los Objetivos del Milenio. Al final de un escrito amable y optimista, el lector corre el riesgo de sentirse aliviado y considerar que el único gran problema de la ONU es de financiación, se trata de que paguemos algo más, total un euro o así más al año, no parece gran cosa para solucionar los problemas del mundo. El autor no se permite un mínimo toque de sabor ácido, no hay imputaciones, no resultan dañados ni las grandes potencias ni los agentes financieros ni las multinacionales. No sabemos quién se aprovecha de las hambrunas, es decir, quién las crea, ni cómo Naciones Unidas puede legislar y hacer cumplir sus normas para sancionar a quienes se benefician de que el planeta sea cada día menos hospitalario.

¿Lo es? No, según Sachs, de lo que se deduce que mi pretensión de que en el mundo avanza la pobreza, que las diferencias entre ricos y pobres se abisman y que la cantidad de guerras y focos de violencia han multiplicado las situaciones de emergencia es fruto de mi pesimismo patológico. Mientras otros nos lamentamos ante la incapacidad que está demostrando en estos días Europa para resolver la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial, Sachs se felicita por el reciente gran éxito de la comisión rectora para la paralización del programa nuclear de Irán. Sachs atribuye los méritos a la comisión rectora, negando expresamente la especie de que lo decisivo ha sido la presión de los EEUU, en cuyo caso el verdadero artífice habría sido Obama. Estaría bien que fuera como quiere hacernos creer Sachs, pero dudo mucho que las autoridades iraníes hayan cedido por el miedo a la opinión pública internacional y la enorme autoridad moral que ejerce la organización que preside Ban Ki-Moon. Igualmente Sachs responsabiliza a la ONU y sus instituciones especializadas por la reducción mundial de la pobreza extrema, entre otras proezas de las que se vanagloria –en materia de igualdad sexual, salud o escolarización- antes de pedirnos más dinero.

Miren, soy profesor de Ética, creo en la necesidad imperiosa que nuestra especie tiene a efectos de su pura supervivencia de una organización transnacional con poder legislativo capaz de obligar a los poderes mundiales a cumplir los derechos humanos, y así lo expongo y debato en clase con personas que ya tienen edad para preguntarse por qué, por ejemplo, han muerto ya varios niños de hambre o se ha ahogado un refugiado en el Mediterráneo desde que yo he empezado a escribir este artículo. Si, como sospecho, la ONU no es capaz de generar en la actualidad ese poder –que es en gran medida un poder sancionador- en relación a aspectos tan trascendentes como la distribución de la riqueza, la salud pública, la escolarización, la igualdad, la explotación y el abuso infantil, la paz o el medio ambiente, lo que falla no es la organización misma, sino la disposición de sus actores hegemónicos a suministrarle los recursos adecuados, que por cierto son bastante más que recursos económicos.

¿Racanería? No, me temo que el problema es mucho más complejo.

Saber quién es de verdad Jeffrey Sachs puede ayudarnos a entender algunas cosas. Concédanme unos días.

Thursday, July 30, 2015

EL MENSAJE ES EL SMARTPHONE

Los más sabios de entre los monjes medievales se dejaron los ojos y la vida entera en lúgubres estancias para capturar la esencia de lo humano. Si por una milagrosa intercesión del Altísimo, Santo Tomás de Aquino, tan concienzudo en la descripción del espíritu, apareciera hoy por nuestras calles, tardaría poco en declarar haber encontrado el alma de los humanos actuales en un diabólico artefacto denominado teléfono móvil o, si lo prefieren, smartphone. 


Es ridículo a estas alturas seguir creyendo sin reflexión que la telefonía móvil  y otras maravillas de la tecnociencia sirven únicamente para mejorar y acelerar la "comunicación". Cuando todo se comunica, cuando todas nuestras acciones se someten a la necesidad de emitir señales insistentemente, entonces, ya no estamos ante un simple transmisor, lo que hacemos es miniaturizar nuestra vida en un archivo ultracomprimido para alojarla en la memoria del smartphone. No otra cosa significa aquella célebre frase de Marshall MacLuhan: "medium is message", es decir, no adquirimos el artefacto para decidir qué queremos que los demás sepan de nosotros, somos -y eso los adolescentes actuales lo saben mejor que nosotros- terminales de una enorme red global de información que transmite incesantemente, sin que importe nada si alguien las recibe o no.  


Así es "la sociedad abierta", me dirán, un espacio virtual al fin liberado de las trabas del secreto, la represión de la palabra y el miedo a la censura. Hemos llegado por tanto al fin a la Arcadia tecnológica que prometían las novelas de ciencia ficción de los cincuenta. 

Verán. Una de estas mañanas, paseando por El Pinós, mi pueblo adoptivo, pensaba con cierto alborozo que en las pequeñas localidades aún es posible criar a un niño sin someterse al chantaje permanente del miedo a los malhechores o la violencia del tráfico que martiriza a los padres en las grandes urbes. En eso que, pasando por un parque, localicé a tres chavales de unos diez años que, sentados en un banco, clavaban sus cabezas sobre la pantalla de sus respectivas tablets. Podían jugar al fútbol, hablar, jugar a canicas, qué sé yo... desafiarse o reñir. Pero no, como en estado de hipnosis, miraban la pantalla para hacer con ella las mismas gilipolleces que, no nos engañemos, hacen los adultos. 

No hay pues lugar al que huir: todos vivimos ya dentro de la distopía de la comunicación global, donde nada, ni el primer beso, ni lo mucho que amamos a nuestros padres, ni la emoción de reencontrarse con aquel lugar de Roma en el que lloramos tantos años atrás se libra de la exigencia de ser "comunicado", transmitido en directo, ofrecido en formato digital para que el mundo no se olvide de que estamos ahí. 

¿Nos ama realmente el mundo? No, en realidad no le importamos un comino, pero en la monstruosa potencia de esa gran mentira se instala la lógica que hace posible seguir viviendo. De eso ya se encargan quienes diseñan aplicaciones para el móvil. Nos hacen sentir que en el smartphone lo llevamos todo: el amor de nuestra familia, que envía frecuentes mensajes tuut tuut para recordánoslo, nuestra biografía, el mapa de restaurantes caros a los que no iremos pero que nos gusta saber si están cerca, el acceso a la galaxia transparente de la información total, los juegos que nos permiten olvidar que nuestra vida se tambalea, las instrucciones para dar cuerda al reloj, el cuerpo que querríamos tener, las frases célebres que deberíamos haber dicho nosotros...


Es extraño que aún no hayan inventado una aplicación para contestar a la pregunta con la que Parménides funda la reflexión filosófica: ¿por qué el ser y no más bien la nada? Se me ocurre pensar en el ágora griega repleta de tipos con túnica mirando todos su móvil con la misma atención con la que los escolásticos escudriñaron en el alma. Qué aburrimiento, joder. 

Thursday, July 23, 2015

AFORISMOS PARA FASTIDIAR (III)

1. Consigo al fin ver El mundo sigue, la película maldita que Fernando Fernán-Gómez dirigió en 1963. El Régimen sólo permitió un humilde estreno en Bilbao en el 65. Después la hicieron desaparecer y sólo muy recientemente fue emitida en TVE. El film es magnífico, tiene todas las hechuras de una obra maestra. Y es terriblemente desolador, en toda la extensión de la palabra: estamos ante un relato que incita al desaliento. 

Las autoridades del franquismo la persiguieron casi desde el momento mismo de su concepción. Tenían razón, de ser Franco yo también la hubiera censurado. Pero lo que el Caudillo desconocía era que aquella joya estremecedora no avisaba -no sólo- respecto a las miserias de una nación de cabreros que soñaba con ser aceptada en el tren de la modernidad. Ni siquiera se rebelaba -no sólo- contra la degradación provocada por el feudalismo y la pobreza, tampoco contra la criminal postración de la mujer... El mundo sigue desconfía profundamente de la condición humana. Y nada es más tenebroso. En cierto modo estamos ante una película de terror. 

2. De entre los libros de memorias de los soldados napoleónicos no hay duda que la más brillante es la del soldado Bourgogne, que sirvió al Emperador en las campañas de Portugal, España y Centro Europa y que, finalmente, formó parte de la Grande Armèe que protagonizó la campaña de Rusia. La solemnidad y el entusiasmo inicial va cediendo a medida que nos acercamos a Moscú, donde, tras una serie de gloriosos ejemplos del talento militar de Napoleón, se encontraron una capital en llamas y en la que no encontraron razón para quedarse. El regreso de Armèe, con el terrible invierno estepario y el hostigamiento permanente de los cosacos, constituye uno de los episodios más espantosos de la historia bélica de Europa. 

Jamás he sucumbido a la fascinación que aún ejerce la figura del corso. Sé lo que quiso ver Nietzsche en él, y sé que se equivocaba, como Julien Sorel, el infortunado protagonista de la inmortal El Rojo y el negro, que construyó una vida lamentable a partir de su admiración por el héroe de Austerlitz. El bonapartismo me parece la apoteosis del instinto de dominación, el mejor argumento a favor de quienes creen que los principios éticos son ingenuidades que palidecen ante el juego del poder.  


3. Catalunya será independiente el día en que ya no importe. 


4. Capturo un vídeo de youtube en que los Rolling Stones suben a Bob Dylan a un escenario rodeado por miles de fans. De pronto, los héroes de mi adolescencia aparecen juntos y ancianos, jaleados por una multitud que enloquece cuando, con un hilo de voz apenas perceptible, Dylan canta Like a rolling stone. Qué triste, qué impostado parece todo, qué similar y sin embargo qué distinto al ocaso que yo soñé para ellos. Adoramos a nuestros dioses y, con ello, les obligamos a encontrarse eternamente a la altura de nuestros sueños, pero la realidad es que son humanos, demasiado humanos. 


4. Un líder de la Argelia liberada  dijo que "el primer hombre al que un gobierno revolucionario debe contratar es un contable."  En esa frase se contienen muchas de las respuestas que buscamos. 



5. A menudo los tipos sensatos y aplomados me resultan soporíferos. Hay que darles cancha porque sostienen el mundo, pero no puedo evitar que me deje frío ese empeño en no mostrar contradicciones ni debilidades, ese proverbial alejamiento de la pusilanimidad y el pesimismo que nos aqueja a los demás. Con Iñaki Gabilondo no me pasa. Intuyo que es porque, al contrario que otros tipos sensatos, ha tenido la imprudencia de ingresar en cuantos campos de batalla le han salido al paso y jugarse la boca en cada uno de ellos.  

Thursday, July 16, 2015


 1. Acudo con mi padre al Hospital General de Valencia. Tiene que hacerse varias pruebas para una intervención que no es especialmente delicada pero que requiere algunas atenciones previas. Apenas dos horas, el proceso es fluido; la atención dispensada, eficaz e incluso amable, mi padre sale más relajado de lo que entró... Es julio, la afluencia de pacientes al centro es muy reducida, probablemente menos de la mitad de lo habitual. En otra situación la mañana en cuestión habría sido infernal. La conclusión es sencilla, no es la sanidad pública -y por tanto el personal empleado en ella- lo que funciona mal, es el volumen de trabajo que se le asigna el que vuelve imposible una gestión adecuada de la atención médica. Reflexionemos. 


2. Es posible que Manuela Carmena sea una mala elección a alcaldesa, a mí no me lo parece en absoluto, entre otras cosas porque creo que debemos ser gobernados por buenas personas, pero acepto que muchos de ustedes desconfíen. Mi duda es si sus hostiles están realmente dispuestos a dejar que gobierne Madrid. Seré pedagógico porque parece que hace falta: el enemigo llega al poder, toma decisiones, criticamos las que no nos gustan y, finalmente, votamos a otros para que se largue... éste es el proceso democráticamente estipulado. En su caso parece que se trata de que no llegue a gobernar, como si no quisiéramos enterarnos de que es ella la alcaldesa, como si por ser una abuelita algunos creyeran que pueden impedirle incluso tomar el timón. 


3. Javier Krahe se hizo célebre a raíz de la canción de Marieta que interpretó una noche en la única televisión que tenía España. Repitió ocho veces una palabra prohibida en aquel entonces ("y yo allí con la flor como un gilipollas, madre, y yo allí con la flor como un gilipo-o-o-o-llas"), lo cual generó un escándalo mayúsculo entre los bienpensantes. También dejó huella con la célebre canción "Cuervo ingenuo", donde, a vueltas con el esperpéntico giro socialista en el asunto de la OTAN, acusó a Felipe González de "hablar con lengua de serpiente". Más recientemente fue absuelto de la imputación de insultos y vejaciones a la Iglesia por su canción "Cómo cocinar un crucifijo". 

Yo vi a Krahe hace más de una década cantando nada menos que en la parada de Alameda, junto a las vías del metro. Nos acompañó una amiga que desconocía completamente al interfecto. Su cara de perplejidad ante la actuación me da a pensar que aquello fuera exactamente una actuación musical. Llevaba apenas dos músicos, soltaba una parrafada inenarrable para "explicar" el sentido de cada canción y no dejaba de pegar tragos a un vaso de tubo que llevaba demasiado hielo y limón para ser agua. 

Javier Krahe dijo una vez que prefería "vivir con una duda que con un axioma". Yo creo que fue siempre lo que muchos poetas dicen ser pero no se atreven, es decir, un hombre libre. Pero la libertad, como cantaba su amigo de La Mandrágora, Joaquín Sabina, es un vientecillo que puede despeinarnos. Manejó la lengua castellana con una agudeza que debemos relacionar con la mejor tradición satírica de la literatura española. Le gustaba divertirse como a nadie y uno presume que detestaba trabajar, pero sabía que a cambio de las perras que necesitaba tenía que darnos jolgorio, y por eso explotaba una vena creativa que le convertía en un artista único e inclasificable. A fin de cuentas, "no todo va a ser follar". 

4. Un grupo de científicos -así los presenta yahoo noticias- amenazan con la llegada hacia el año 30 de una nueva "edad del hielo", asociada a un descenso brusco de la actividad solar. Qué casualidad, en un momento en que la inacción política mundial frente a los efectos pavorosos y cada vez más incuestionables del cambio climático resulta más escandalosa que nunca, resulta que unos científicos vienen a corroborar las tesis negacionistas. Denomino así a ciertos think tanks norteamericanos que consideran una conspiración paranoide y de izquierdas la teoría de que las emisiones de gases, propiciadas en especial por las empresas extractivas, van a provocar consecuencias climatológicas catastróficas. 

Una de sus teorías preferidas consiste en que, históricamente, el clima en la Tierra ha sido determinado por los ciclos de actividad solar. Si se nos informa de que se acerca un periodo de poca actividad, eso supone que el calentamiento global apenas tendrá efecto, lo cual supone que podemos seguir contaminando sin freno, y que todo intento de regulación de emisiones es una atentado contra la libertad de empresa. A otro perro con ese hueso.