Hay momentos en que ver rotas tus convicciones, lejos de importunarte, te inyecta esa dosis de esperanza que necesitas para seguir viviendo, para no sucumbir a la cómoda tentación del cinismo.
A medida que envejeces se va alzando a tus espaldas la alargada sombra del pesimismo. Hace falta ser eso a lo que llaman un “ser de luz” –alguien como mi madre- para que las medias suelas de tu alma no te aneguen de melancolía. Has toreado ya en demasiadas plazas repletas de mediocridad, de apatía, de crueldad… Crees que tu especie se ha vuelto previsible en el peor sentido.
Y entonces… Y estos puntos suspensivos se hacen muy largos. Ayer presencié la mayor movilización de profesores de toda mi vida. Las he visto grandes, muy grandes, y las he visto también escuálidas y deprimentes. He hecho muchas huelgas y he participado en muchas movilizaciones a lo largo de mi vida. Normalmente siempre van los mismos y siempre faltan los mismos. Todos nos conocemos en una capital no particularmente grande como Valencia.
En los últimos años, durante el Govern del Botànic en el País Valencià he visto, con auténtica indignación, cómo se acumulaban las razones para explicarle a los partidos de izquierda que si no trabajan con honestidad y determinación a favor de la enseñanza pública es mejor que no se presenten a elecciones.
Pero sí, lo sé, con la derecha todo es mucho peor. El PP es un partido al que votan muchos pobres pero que trabaja para los sectores sociales acomodados. He dicho en muchas ocasiones que llamar estúpidos a los votantes de PP o Vox no soluciona gran cosa, aunque, lo siento, hay que ser muy cándido para ser clase obrera y creer que tus amigos son tipos como Trump o Florentino Pérez, y tus enemigos unos desdichados que llegan en patera.
No creí que esta movilización fuera a salir bien, lo reconozco. Y resulta que me encuentro una auténtica revuelta social, perfectamente civilizada pero masiva, que alcanzó proporciones colosales en la mañana del viernes. Qué enorme alegría, qué placer haberme equivocado.
No sé si conseguiremos algo. Hay razones muy profundas por las que creo que la educación pública en España está herida de muerte. De ese pesimismo de base no voy a salir por dos semanas de litigio.
Pero sí hay una razón para que las sonrisas regresen a los rostros. Ahora que se cumplen tres lustros del 15M, que sigue siendo la referencia política y moral que me sujeta, invade nuestro ánimo la espantosa sensación de que el espíritu más neandertal y reaccionario se ha apoderado del alma de millones de nuestros conciudadanos en España, en Europa y en el mundo. Ayer las calles de Valencia se llenaron de gente civilizada, miles y miles de personas instruidas cantaban y bailaban en defensa de la educación. Pero hay algo más, es una movilización contra el fascismo, contra la violencia, contra la incultura, contra Trump… Es, en definitiva, un hermoso esfuerzo de miles de ciudadanos valiosos contra tantos y tantos energúmenos y fachas de mierda que creían haberse apoderado de las calles.

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