Hace algún tiempo me encontré ante la encrucijada de mantener en mi departamento las horas de la optativa de Psicología, una asignatura que siempre me divirtió impartir. Decidí que mientras pudiera mantener las horas de Ética –“valores éticos”, o como la quieran denominar los legisladores de turno- el departamento estaría a salvo. Renuncié a la Psicología porque entendí que lo irrenunciable era la Ética.
¿Lo es?
Es característico del sujeto de la tardomodernidad buscar refugio a su inevitable desequilibrio en los laboratorios de la psicoterapia. Nada que objetar, yo también lo hago a menudo. Pero descubro que, por lo general, para sanar una mente azotada por el disturbio los especialistas terminan siempre insistiéndote en que eres estupendo, que tu destino no es agradar a todo el mundo y que tienes la obligación de pasártelo muy bien y enviar a tomar por culo tus complejos, tus culpabilidades y tus problemas de autoestima.
Está muy bien, pero, verán, he visto durante los últimos años a muchos individuos comportarse como auténticos indeseables después de haber pasado por largos periodos de psicoterapia. Esto no significa que la solución de buscar ayuda psicológica sea inadecuada, lo que significa es que a veces tu salud mental se asocia a elementos como la meditación, el desapego, la irresponsabilidad o el hedonismo… y eso es como poco discutible. Insisto, no digo que la psicología te convierta en un hijoputa, lo que digo es que por el mundo pululan muchas personas que han solucionado sus tormentos mentales cagándose en su madre, en sus compañeros de trabajo y en general en las desgracias del mundo.
Conozco personas muy atorrantes que hablan a menudo de la importancia de las emociones, te dan la paliza con que consumas cremas sin toxinas, practican biodanza o cuando deseas estrangular a un puto nazi te dicen que el odio es venenoso y te ofrecen una mediación.
Yo me planteo una cuestión mucho más antigua y esencial: ¿cómo podemos ser más decentes? Tengo problemas de conciencia y, lo siento por los pelmas de las terapias integrativas, pero el único camino que me sirve para estar en paz conmigo mismo es el de comportarme con dignidad.
Explica Javier Gomà en su magnífico ensayo, “Ejemplaridad pública”, que los comportamientos reprobables nos sedan, pues cuando los observamos nos permiten sentirnos superiores, confortados en nuestra supuesta superioridad moral. Por el contrario, los comportamientos ejemplares nos turban, nos inquietan, ponen en peligro nuestra consistencia moral, pues descubrimos en ellos que no hemos hecho lo bastante.
Me está pasando en los últimos días. He participado en la movilización de profesores, un acontecimiento político al que otorgo una gran trascendencia, no solo por la justicia de sus demandas, sino por su frescura, su masividad imprevista, su voluntad de resistir y pelear con un gobierno de farsantes e incompetentes. Hay quienes han hecho mucho más que yo. Fui escéptico con las posibilidades de una huelga indefinida y eso me hizo entregarme a ella sin demasiada convicción, con más remilgos de los que tuvieron compañeros que se han dejado mucho esfuerzo y mucho dinero para hacer posible lo que a mí me parecía tan difícil.
Este escrito está dedicado a ellos. Por su decencia, por la ejemplaridad de su conducta por la cual han sido capaces de inquietar mi ánimo y mi conciencia. Va por ellos, por haber contestado a la gran pregunta de la ética: ¿cómo podemos ser más decentes?

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