Mi padre era
un tipo muy viril, con los atributos de la masculinidad patriarcal muy
marcados. Condenaba moralmente cualquier asomo de desistimiento: “aguanta y no
huyas, lucha hasta el final”.
Disculpen
este edípico ajuste de cuentas, pero he de contestarle: lo siento, algunas
veces, ante un problema, es mejor huir. No es que con la huida renuncies
cobardemente a solucionar el problema, como él creía. Es que a veces la huida
es la solución, a lo mejor la única solución. Es épico luchar contra gigantes,
pero, lo siento, Don Quijote estaba loco. Yo no.
Recientemente,
supongo que no le molestará que lo cuente, Almudena, dueña de la librería Ramón
Llull, me mostró su extrañeza por mi jubilación que, ciertamente, hubiera
podido demorar unos cuantos años dada mi edad. Aludió a mi entusiasmo por la
enseñanza de la filosofía, mi defensa de la escuela pública…”Si alguien como tú
tiene que dejarlo es que algo va muy mal”, me dijo con su habitual generosidad.
Yo no me he
jubilado porque crea que ya no valgo y quiera dedicarme a campeonatos de
petanca. Me he jubilado porque he encontrado la posibilidad de huir. Y huyo de
las aulas porque después de muchas experiencias desagradables, sobre todo en
los últimos años, he llegado a la conclusión de que lo que yo sé hacer, enseñar
filosofía, no es lo que la sociedad quiere que haga. He decidido no someterme a
una lógica plastosa y miserable que degrada el papel de los docentes. Nadie me
valora ya por ser un buen profesor de filosofía, como ninguno de mis compañeros
lo será por enseñar música, inglés, matemáticas o latín. Lo que el mundo nos
pide es que cuidemos a sus niños siete horas al día, que los tengamos en esa
extraña mixtura entre guardería y presidio en que se han convertido los
institutos. Y para eso es mejor que alguien joven y con entusiasmo me
sustituya.
Huyo, es
cierto, y en cierto modo huyo de mí mismo porque temía que un día le diría a
los padres de algún alumno lo que pienso de verdad de ellos y del monstruo de
niñato consentido y sociópata que están fabricando… y eso puede acabar muy mal.
O me canso de inspectores que vienen a joderte porque has suspendido a un
zángano que no sabe hacer la o con un canuto. O de mamás que te insultan y
amenazan porque has sancionado a su hija por comportarse como una mierda de
persona y resulta que la niña “ha tenido problemas psicológicos”… Para qué
seguir, creo que el mapa de la miseria moral por la que son capaces de reptar
los seres humanos es inmenso.
Tengo una
enorme fe en los servicios públicos y en la justicia social. Tengo menos fe, lo
siento, en la capacidad de la ciudadanía para entender por qué es tan
importante sostenerlos y por qué es necesario preservar la autoridad de los
profesionales que la defienden cada día. Siento decepcionar a quienes piensan
que soy un buen chico, pero lo he de decir: no tengo por qué aguantar que una
patana que ni siquiera sabe escribir una hache se crea con derecho a amenazarme
e insultarme. Es escoria, no tengo ninguna duda, y no va a poner ni por un
momento en crisis mi autoestima. Ni siquiera cuando no tengo una jefa de
estudios capaz de cuidar adecuadamente de su equipo de trabajo y poner en su
sitio a semejante insecto.
No huyo de
esa majadera y de otros de su calaña, huyo de un tsunami porque el mal está
instalado en la sociedad. Mucha gente no quiere entender que una escuela
pública ni es el Corte Inglés ni tiene que velar por la satisfacción del
cliente. Llega un punto en que tienes que adoptar lo que Nietzsche llamaba el
pathos de la distancia. Lo siento, me respeto a mí mismo lo suficiente para
saber que valgo para algo más que para aguantar la abyección de cuatro
sabandijas. Prefiero dedicarme a otras cosas.

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