Thursday, October 11, 2007




ESTAMBUL.
LA CIUDAD. I





1. A poco que uno rasca en la superficie, lo que descubre no es sólo Bizancio, es más que eso, descubre que está en las entrañas del mundo. Los inmensos barcos cargados de petróleo que atraviesan el Bósforo desde el Mar Negro o Asia se adelantan unos a otros desoyendo la llamada al rezo del imam… sin duda desconocen que Estambul significa “La Ciudad”

2. Los gigantescos anagramas de Santa Sofía no significan nada en realidad. Son por sí mismos imponentes, se autorrefieren, proclaman su propia grandeza en el juego de designar la grandeza de Dios. Así es esa basílica prodigiosa que uno se ve obligado a amar ya para siempre, así es Santa Sofía, vaciada cientos de años atrás como una mujer desprovista de sus atributos por un cirujano y sin embargo más madre que nunca. La época en que los iconoclastas bizantinos destruyeron todos los objetos del interior del templo fue pura torpeza, no hubo manera de robarle nada en verdad. Resentidos contra los signos porque presuntamente suplantan el contenido espiritual que representan, los iconoclastas, como los que queman libros o banderas, sufren la peor de las calamidades, la amargura del destructor que toma como excusa la exigencia moral de que la Verdad resplandezca. Pero la verdad no es nada sin sus signos, mejor, no es sino sus signos.
3. Pese a todo, Dios se presiente por todas partes en ese vacío espectral bajo las bóvedas. La fe de las masas se vuelve una fuerza ciclópea en esos tiempos memorables que hacen grandes a ciudades como ésta, tiempos que casi siempre ya han pasado. Ser de Estambul, como Orhan Pamuk, supone cargar con esa melancolía de por vida.

4. Ya nadie se atreve a llevar la cuenta de las mezquitas de Estambul. Se habla de más de dos mil, pero se desconoce el número exacto. El viajero comete el mismo error. Topas con una mezquita, por ejemplo, la de la zona de pescadores de Eminönü, crees que era la que buscabas, la camí de Suleymán el Magnífico…piensas que es grandiosa, casi tanto como la Mezquita Azul… cuando descubres la confusión quedas atravesado por la promesa de otro templo aún mayor, aún más hermoso.

5. Lo sé, Turquía no es una nación árabe, Estambul es Europa sí… pero Pepita y yo somos en cualquier caso infieles en tierra sagrada… Y el mundo musulmán es refractario siempre. ¿A qué? A Occidente, a la Razón y su historia gloriosa, a nuestra superioridad autoproclamada. No hay ningún nicho ecológico cultural que proteger en Estambul, se protege sólo. Nada que temer en la llegada de McDonald´s, que vende hamburguesas manufacturadas por el rito Halal y sustituye los donuts por baklavas. Mientras los jóvenes turcos comen hamburguesas y chips, Coca Cola y McDonald´s extienden su imperio… Pero en el fondo son un fracaso. El Islam no puede macdonalizarse, sería como volver herbívoro a un león. El mundo árabe se ha instalado en el Nuevo Orden Mundial como the dark side porque al contrario que Japón o los tigres del Extremo Oriente, no simula convertirse al integrismo blanco y protestante que domina el mundo, no integra la información aunque lo parezca, ni siquiera traduce como –al precio del lost in traslation- hacen en Japón, los signos del neocolonialismo. Simplemente es lo Otro, el inquietante continente negro de lo que no se aviene a volverse intercambiable… no juega al juego de la mercancía del turbocapitalismo. No pierdan el tiempo intentando entender a los árabes, les saldrá tan mal como con los gitanos: son incomprensibles, y es justamente eso lo que les hace seductores.

















6. Nadie parece haber pensado que el xador es irónicamente lo contrario de lo que pretende ser, o de lo que dice que pretende ser. El xador vuelve seductora a la mujer, envuelve lo femenino con el misterio de un juego de signos en el que nuestra obsesión neurótica por la transparencia y la naturalidad han perdido definitivamente la batalla.

Sunday, September 23, 2007








POLÍTICOS
Y
MERCADERES


He practicado –y predicado- el abstencionismo activo desde el Referendum de la OTAN, es decir, desde que Felipe González, ilustre zar del socialismo español, vino –como diría Lázaro de Tormes- a “sacarme de mi natural inocencia”. Maticé ligeramente esta visión de las cosas hace aproximadamente un año, cuando después de una cena con generosa ingesta alcohólica se me ocurrió insinuar a los comensales que si los representantes del Partido Popular seguían insistiendo en que Zapatero era el mismísimo demonio, yo por primera vez en mi vida votaría, y lo haría justamente por el PSOE. La reacción de dos de los presentes, escandalizados ante la posibilidad de que “un buen tipo como tú” colaborara en la devastación de las Españas que Zapatero tramaba, me hizo convertir en algo serio lo que en aquel momento no era sino una baladronada. Cumplí mi promesa en las elecciones locales y autonómicas, pero debo reconocer que la voluntad de reforma de la que presume el Presidente del Gobierno me sigue oliendo por todas partes a marketing y arañazos de superficie. Quizá no puedan hacer más, pero entonces creo que quienes con tanta pasión defienden públicamente una causa deberían sufrir crisis de fe e identidad similares a las que me afectan a mí todos los lunes cuando veo que la semana laboral se me echa encima y mi equipo ha vuelto a perder.

Acabo de escuchar en la Cadena Ser lo que la locutora presenta como una “tertulia política”. Siempre pensé que las tertulias eran esas conversaciones de sobremesa en que la gente platica con cierta placidez entre el humo de un puro y el olor del café. En ésta, los protagonistas, tras felicitarse cortésmente por un cumpleaños o un nacimiento, pasan directamente a tirarse los trastos a la cabeza sin piedad. La diputada del PP recuerda al catalanista que no se puede pretender representar el centro político mientras uno sostiene propuestas independentistas, éste le devuelve la pelota refiriéndose a la purga de Piqué, el socialista le da la razón, pero a continuación alguien le recuerda que “vosotros también os habéis cargado a Rosa Díez”… Nula crítica, zafia incapacidad para ver la paja en otro ojo que el ajeno, mensajes rotundos pero falsos, porque, incluso cuando se dice la verdad, provienen de un estudio de marketing electoral donde el que escucha es tomado como cliente y no como ciudadano. Los políticos mienten, incluso los que no han leído a Maquiavelo… Claro que todos mentimos, sí, ya lo dice el Doctor House, todos somos malos, ¿por qué entonces pretender una superioridad moral de la ciudadanía frente a sus políticos?

Déjenme explicarles algo. No estoy en contra de la representación aunque, como lector de los viejos anarquistas, me extraña que los ciudadanos no sospechen de un mecanismo tan delicado y tan vulnerable a apropiaciones ilícitas e interpretaciones abusivas, tan abusivas como las que realizan los partidos políticos, esas máquinas burocráticas repletas de mediocres cuyo objetivo principal –quitémonos la ingenuidad de encima- es seguir viviendo de la misma fábula de la representación en la que nos hicieron creer desde la Universidad, cuando ya promovían manifestaciones y convocaban huelgas. Es Platón quien en La República recuerda insistentemente a su discípulo la necesidad de que la ciudad sea gobernada por aquellos que sólo muy a disgusto, sin ningún tipo de interés personal -como con un cierto rictus de fastidio- accedan a los cargos. Platón se habría escandalizado viendo hoy a los jefes de campaña chillar como jabalíes alborozados después de los primeros resultados electorales en los que, ya se sabe, han ganado sean del partido que sean.

El autor italiano Pino Aprile firma un libro de humor –y por tanto serio- titulado Elogio del imbécil, donde argumenta que el de la imbecilidad es el último estadio de la evolución de nuestra especie. Lo he comprobado desde que tengo uso de razón: a uno le preparan para admirar o envidiar la excelencia, pero terminan siendo los más necios, los que tienen menos escrúpulos, los que tienen alma de siervos… los que se lanzan ansiosos a abrazar esa cosa tan repugnante que llaman la “disciplina de partido”. Yo personalmente prefiero la teoría expuesta por Norbert Bilbenny en El idiota moral, donde, a vueltas con la figura del psicópata, detecta que la apatía moral, esa incapacidad para pensar desde la diferencia entre el bien y el mal, se ha convertido en el mal más extendido en nuestro tiempo, un tiempo en el cual las estadísticas de analfabetismo ya ni existen. El idiota moral no desarrolla su conducta amoral desde la perversidad o la transgresión, sino desde la banalidad. Tal y como esos malnacidos que venden un crecepelo o una operación de cirugía estética a una víctima desesperada, los políticos se asoman a los medios prometiendo acabar con la pobreza, desprecarizar el trabajo de los jóvenes o prohibir la producción de armas de combate… y después se van a la cama tranquilos, seguros de haber cumplido su deber, es decir, el de ayudar a la organización sindical o partitocrática a la que pertenecen a ganar un puñado de votos. Y a ellos a tener un poco más de dinero y poder.

¿Saben una cosa? No conozco a uno sólo de mis mejores alumnos que haya terminado dedicándose a la política. La mayoría de los que han entrado en partidos y ayuntamientos eran mediocres estudiantes, no creían firmemente en ninguna causa, llamaban ingenuos a los que se jugaban el pellejo por algo que mereciera la pena y eran tipos de los que la mayoría desconfiaba… A aquellos de los que he esperado grandes cosas los he visto después convertidos en futbolistas, empresarios, escritores, camareros o alcohólicos… pero a ninguno me lo encontré de concejal o diputado.
Ya puestos, y antes que tener a algún ex-alumno que me avergüence engañándonos para meternos en la OTAN o participando en el “Trío de las Azores”, mejor convertirse en Groucho Marx, dictador de Freedonia, y declararle la guerra a los vecinos de Tomania porque vienen a molestar cuando uno está durmiendo la siesta.

Sunday, September 09, 2007









AMNESIA
La Duquesa de Alba no debe saberlo, pero su línea genealógica, según ha demostrado la historiografía, proviene directamente de mozárabes, más en concreto de la familia de Esteban Illán, alcalde de Toledo en tiempos de las “tres culturas”. Son los mismos investigadores los que nos trasladan la historia de la familia Ben Furón, que podría ser la de tantos y tantos linajes españoles, y que podemos entender como historia de una deliberada desmemoria. Investigada en polvorientos archivos toledanos toda una larga serie de documentos producidos entre los siglos XIII y XV, advertimos que de la ortodoxa configuración onomástica árabe de Mateos ben Micael ben Furón, pasamos a su vástago Juan Mateos ben Furón, cuya identidad individual viene del primer nombre, pero que enlaza ya con el de su padre sin aplicar activamente el “ben” (o “ibn”, en árabe puro). Su hijo habría de llamarse Alfonso Juanes ben Furón, el siguiente Juan Alfonso ben Furón, y a partir de ahí desaparece el resto onomástico inicial, y el nombre Alfonso pasa a convertirse en guía de reconocimiento del linaje, apareciendo un llamado simplemente Juan Alfonso, que en el siglo XIV sería padre de Pedro Alfonso y así sucesivamente, ya sin restos extraños.

De todo este proceso podemos extraer una conclusión: la configuración histórica del sistema de patronímicos no responde tanto a una intención colectiva de ir precisando y perfeccionando –en suma, modernizando- el modelo identitario tanto como a la de ocultar unos orígenes impuros. No podemos extrañarnos de este tipo de procedimientos. La sustitución en el poder de unas tribus por otras genera una necesidad de adhesión, y de disolución del grumo en el caldo de lo colectivo, único remedio en muchos casos contra la marginación, la huida o el exterminio, lo cual termina pesando más que la vocación de sujetarse a la identidad forjada a través de los tiempos. Deberíamos no obstante plantearnos, más en el caso toledano casi en ningún otro, por qué tras la reconquista castellana de la ciudad no se elevó a santidad la categoría del mozárabe, ese “cristiano en tierra de moros” al que, por cierto, las nuevas autoridades necesitaron durante mucho tiempo. El problema es que aquellos mozárabes, pese a su condición de resistentes religiosos durante los largos siglos de dominación árabe, distaban mucho de ser un enemigo del Islam. Demasiada lengua árabe, demasiados ritos mimetizados al paso de los siglos, demasiadas costumbres convergentes con los derrotados ahora sometidos o puestos en fuga.

Este relato* nos pone sobre la pista de un fenómeno de la vida humana que viene preocupándome casi desde que me hice adulto: la necesidad del olvido, esa misteriosa fuerza disolvente que llega para quedarse en el alma de la personas y realiza su labor con abrumadora eficacia. Y les aseguro que los esfuerzos llegan a ser de una tenacidad admirable. En cierta novela, recuerdo la semblanza de un personaje que decía ser cubano, se comportaba y se divertía como un cubano, amaba como un cubano, vestía como tal… pero, para su desgracia, resulta que ni era cubano ni había estado nunca en tan hermosa isla… No nos hace falta aquí un novelista, la vida proporciona la suficiente materia prima para percatarnos de que los personajes de ficción construyeron ya su locura en las aceras de la vida real. Conocí a un tipo que vestía y se peinaba como un gitano… Uno lo veía continuamente cerca de ellos, defendía en los debates televisivos su causa, pero no como un payo solidario, sino como lo que decía o creía ser, un gitano entre otros. Nunca supe si los gitanos de verdad le consideraban un asimilado o le veían acercarse con tanta insistencia que se habían acostumbrado a su presencia y simplemente toleraban al payo renegao. Conocí a un hombre que vivía obsesionado desde adolescente con ser un catalán, y terminó viviendo en un barrio de la Barcelona profunda, hablando un catalán perfecto y votando a partidos nacionalistas… no es que le gustara Catalunya, es que era un catalán antes de vivir en el paraíso soñado –censo incluido-, con la misma lógica con que los transexuales dicen haber vivido en el “cuerpo equivocado”. Aquel hombre jamás aceptaba recordatorios sobre su origen en Motril ni reflexionaba sobre el hecho, para mí evidente, de que en Catalunya se le consideraba tan charnego como a cualquier charnego. Ese poder de lo catalán, o de lo vasco, para asimilar personas y fabricar raíces alternativas es admirable: conozco personas que han traducido nombres y apellidos sin tener la más mínima conexión genealógica, otras que se hicieron fanáticas seguidoras del Barça o del Joventut de Badalona o votantes del PNV pese a haber pasado toda su vida entre los viñedos de Valladolid. Poder de seducción, pero no exclusivo, ya que Antonio Gala –incómodo manchego- es sólo uno de los numerosos casos de andaluces interpuestos.

No niego a nadie el derecho a intentar ser lo que desee. Creo como Ortega que el hombre es proyecto, y de nada estoy más lejos que de recordar al transexual –maniobra fascista que detesto- que antes que Paula fue Manolo, como tampoco creo que se sea menos buen ciudadano catalán por el hecho de no llamarse Pujol sino Gutiérrez. Creo sin embargo que hay algo turbio en esa egonomía tan del tardocapitalismo que entroniza el principio del individuo libre haciéndonos creer que cualquier cosa es posible, que cualquier rasgo de identidad es adquirible en el mercado y puede uno terminar por desprenderse de él y sustituirlo por otra mercancía identitaria de oferta en el mercado.

El culto permanente al pasado y a la tradición llega a parecerme paranoico, nada más aburrido que esos tipos a los que la boca les huele a cerrado y que se pasan la vida dando la murga con “los clásicos”; pero deberíamos estar en guardia contra los empeños demasiado tenaces en promover la amnesia, y no sólo la histórica, ahora que tanto escándalo provoca en la España reaccionaria el empeño de algunos en desenterrar a los padres que les asesinó el bando victorioso con la humillante condena al silencio de los familiares, como si aquellos muertos nunca hubieran existido, como si quienes traicionaron la legalidad no hubieran hecho sino “restaurar el orden” con la propina de “cuarenta años de paz”.




Pero muchos olvidos no son estrictamente políticos. A mi tía Ana, al regreso de la próspera Alemania en el 65 después de cinco años como emigrante, no le pesó tanto la dictadura como la sensación de pobreza, de gente mal vestida, de Madrid llena de gente hambrienta de los secanos que parecía haberse refugiado temporalmente en un enorme campamento en medio de la meseta. Creo que es la pobreza lo que realmente queremos olvidar. España es un país de nuevos ricos, separados la mayoría del hambre –un hambre vergonzosa, intolerable- por una o dos generaciones. “Sí, aquí se pasó hambre, ya lo creo”, dicen con voz queda en el pueblo… Y no dan más datos, no nombran personas ni familias. Creo que es ese el hilo que del que tirar si queremos encontrar las causas del olvido.

Sigamos necesitando a los historiadores… escuchemos sobre todo a quienes saben quiénes somos y de qué venimos, a quienes tienen el coraje de decir: “yo sí me acuerdo”.











*Muy recomendable el estudio titulado Los que parecían árabes, de Francisco J. Hernández, en el número 224 de Revista de Occidente, bajo el genérico Al Andalus frente a España: un paraiso imaginario.

Wednesday, August 22, 2007



VIEJOS


Recientemente presencié una escena callejera que me hizo reflexionar. Un grupo de adolescentes –me enorgullezco de haber intervenido para avergonzarles- acosaba a un anciano que permanecía sentado en un banco del parque jurando en hebreo mientras aquel hatajo de miserables le lanzaban un revoltijo de piedras, risotadas e improperios. Es posible que el comportamiento de aquel hombre -la mano temblorosa sujetando el bastón y la explícita mala leche del que quiere reaccionar más rápido de lo que su cuerpo le permite- pudieran ya de por sí ser motivo de escarnio para tan adorables niños, pero no detecté en él más signos de anormalidad que los de la pura vejez, una vejez probablemente solitaria y malhumorada, una vejez no peor de la que nos espera a cualquiera si llegamos a alcanzarla. Acaso sea eso –la precarización de la ancianidad, la conversión de los viejos en anomalía, en residuo del sistema productivo, en figura pendiente de amortizar- lo que verdaderamente habría de preocuparnos.

Desde siempre fue común en mi vida ver los caminos, las plazas y los parques repletos de ancianos. El tío Justo –tío abuelo en realidad- nos daba una peseta a mi hermano y a mí cuando pasábamos en algún domingo de agosto por la avenida de Requena, pueblo de mi madre, y siempre tuve la impresión de que él, como aquellas dos ancianas sentadas permanentemente a la puerta de un jardín desde donde parecían vigilar el mundo entero, eran gente buena y poderosa, cíclopes con manos marcadas de azada y la expresión llena de arrugas de guerras y dolores cuya lógica se me escapaba pero que les conferían una misteriosa dignidad. He visto esos rituales de viejos que intercambian saludos y objetos y viejas que observan y sonríen en casi todos los pueblos españoles, especialmente en los de Andalucía … Quizá por ello me sorprendió tanto aquel pueblo de Alicante donde trabajé durante casi una década. No había ancianos por las calles, todo lo más pasaba a veces por la plaza uno de esos longevos de noventa y tantos al que no le pintan el Centro de Día ni el geriátrico. Creando un gran centro social para los viejos los ayuntamientos consiguen sus votos y los sacan de las calles. Convertida en reserva social, la Tercera Edad –qué odioso nombre- recibe el golpe de muerte, el último empujón que necesita para salir de nuestras vidas.

No es raro que nos resulten tan incomprensibles los gitanos, los chinos o los árabes, porque la consideración del anciano como figura viscosa, como peso muerto, como desecho no reciclable, es más bien propia de una cultura donde la rentabilidad inmediata se convierte en único criterio. Dice Jean Baudrillard en El intercambio simbólico y la muerte:

En otras formaciones sociales, la vejez existe verdaderamente, como base simbólica del grupo. El estatus de anciano, que perfecciona el de ancestro, es el más prestigioso. Los “años” son una riqueza real que se intercambia en autoridad, en poder; en cambio los años ganados no son sino años contables, acumulados sin poder intercambiarse.

Reconozco que me gusta esa imagen del viejo guerrero que muere luchando, pero no quiero necesitar al viejo en su puesto de trabajo para ganarse mi respeto. Lo he visto infinidad de veces: un joven pasa por delante de un anciano postrado y silencioso, tan pequeño, tan ajado, tan prescindible, se adivina fácilmente el cadáver que en él se prepara… pero resulta que aquel hombre fundó toda la civilización que el individuo en ese momento alcanza a ver. Lo dijo en Los funerales de la Mamá Grande un García Márquez con ojos de niño: Escuchad su historia, incrédulos del mundo entero.

“Viejo inútil”. Deberíamos sentirnos insultados, porque acaso estemos más cerca de lo que nos pensamos. Según Richard Sennett, es justamente ese –la descatalogación de la experiencia, y por tanto el desprestigio de la edad-uno de los principios rectores de la nueva economía. Y no hace falta tener setenta años para toparse de morros con la postergación que eso reporta. No es sólo que el experto es más renuente a olvidar lo que sabe y a pasearse por la epidermis de las cosas, disponiéndose a ejercer cada vez una función distinta tal y como pretende la nueva cultura empresarial, inspirada en figuras como Mac Donald´s… Es que, en contra del tópico de la rebeldía juvenil, el trabajador maduro, sea por tener una familia y una hipoteca, sea por predisposición al encabronamiento, tiende a buscar la solidaridad con otros damnificados y está menos dispuesto a abandonar la empresa a la primera contrariedad, cosa que suelen hacer los jóvenes que, acomodados al colchón familiar y la inexistencia de responsabilidades, se largan en cuanto la cosa no es satisfactoria.

Los empleados más viejos son más dueños de sí mismos y más críticos con sus jefes que los trabajadores más jóvenes. En los programas de reciclaje, los primeros se comportan de la misma manera que otros estudiantes maduros, esto es, juzgan el valor de la habilidad que se les ofrece y las maneras de enseñarla a la luz de su propia experiencia vital. El trabajador experimentado, hombre o mujer, enriquece el significado de lo que ha aprendido y juzga su valor en función de su pasado personal. El joven rebelde, por el contrario, es un estereotipo desmentido por muchos estudios sobre trabajadores jóvenes. (R.Sennett, La cultura del nuevo capitalismo)

No acabaré este artículo sin referirme a dos de los hombres que lo han inspirado. Uno es Rafael, ese anciano magnífico que gobierna con mano de hierro la asamblea de vecinos del bloque de viviendas donde vivo. Rafael es tenaz, honesto y parece ser feliz sintiéndose útil a la comunidad. Cuando hay cucarachas, es él quien les hace la guerra; cuando hay robos en la finca, es Rafael quien parece esperar como John Wayne a los malhechores entre las sombras para atraparlos; si los reparadores de la zanja del patio andan remolones, la mirada justiciera de este viejo león anda acechando… A uno le entran ganas de aplaudir cuando se cruza con Rafael, pero es el respetuoso saludo contenido el que conviene a un héroe. Y no deja de pensar en lo que daría por verle en el lugar de tantos y tantos miserables que pueblan parlamentos y concejalías… Claro que ahí no hay sitio para la gente como Rafael.

El otro es Zygmunt Bauman. Con ochenta y dos años, este anciano judío y errante ha publicado su enésimo libro, Miedo líquido, un ensayo cuya lectura promete tanto como cualquiera de las anteriores. Curiosamente, Bauman ha publicado la mayoría de sus ensayos en edad senil, en esos tiempos en que a uno no le da por recordar más que en batallitas para los nietos que huyó de Polonia cuando a los nazis les dio por creer que el mundo estaría mejor sin los judíos, que participó en la liberación de Berlín, que tuvo que huir del mundo comunista tras un progromo estalinista o que ni siquiera en Israel le quisieron demasiado. Es uno de los mayores escritores del mundo y se dedica a diagnosticar desde la autoridad y la experiencia un mundo postmoderno que parece licuársenos entre los dedos. Hablaremos de Bauman.




*La imagen final es un retrato del escritor Zygmunt Bauman


Tuesday, July 31, 2007










CIUDADANÍA (II)




Permitámonos entre las brumas de la pereza estival una pequeña broma, un juego malandrín a riesgo de contradecir la seriedad de mi anterior entrada. ¿Y si realmente toda esta disputa fuera sólo la escenificación, rigurosamente calculada, de una vieja disputa? Gobierno contra Iglesia, laicismo contra fe... La jerarquía católica es muchas cosas, pero no imbécil: ¿por qué entonces tanto ruido ante una cuestión que, en el fondo, sospechamos insignificante? Es posible que intuyan que con la asignatura de Educación para la ciudadanía, Zapatero y su entorno de bolcheviques pretendan cual invasión de los ultracuerpos impregnar a las jóvenes almas escolares de homosexualidad, ateísmo y furia igualitarista. A fin de cuentas es la Iglesia católica la que en España ha gozado in secula seculorum de la patente del adoctrinamiento; no pretenderemos que se avengan a compartir sin rechistar tal privilegio. No deja de sorprender que insistan tanto a través de sus voceros mediáticos en la intención zapaterista de extender el relativismo -ese "todo viene a ser lo mismo, todo equivale" con el que Ratzinger inculpa a todos los que no piensan en términos teocéntricos- y que al mismo tiempo vean en él líder socialista al campeón de propuestas ideológicas tan contundentes como la de destruir la familia, prohibir la libertad de culto o descongelar el rencor frentista de la Guerra Civil. Claro que ésta se ha convertido en una práctica común entre la derecha española: Zapatero tan pronto es un ingenuo "buenista" que habita en el mundo de los sueños como un demonio con cuernos al que le brilla un colmillo unos segundos antes de afiliarse a alguna banda terrorista, rezar junto a Bin Laden cara a La Meca o quemar alguna iglesia.


¿Y el gobierno? No ha hecho sino cumplir expediente respondiendo a lo que se presenta como una demanda social. La pérdida de valores de una juventud cada vez más desorientada moralmente reclama una intervención. Misteriosamente, la gente tiene una gran afición a esperar que Papa Estado le solucione todos sus problemas, los del cuerpo y los del alma, como si Zapatero -o los profes del colegio- pudieran enseñar a nuestros niños que es mejor ser decente que deambular por la vida como un trozo de carne. Conclusión: una hora semanal de Ciudadanía para nuestros niños. ¿Justifica tan insignificante disparo al aire la polémica? Acaso la respuesta es que todos aceptamos formar parte de la misma comedia. La Izquierda
en el Poder -si es que todavía es posible hablar de poder político- simula haber lanzado un órdago tan rojo y tan progresista que es capaz de conmover a los sectores más reaccionarios de la nación, estos juegan a indignarse y nosotros, que asistimos falsamente inocentes a un espectáculo digno de Tele 5, nos enfrentamos en los bares como si fuéramos seguidores del Barça o del Madrid.

Dice Jean Baudrillard: Antes teníamos unos objetos en los que creer, unos objetos de fe. Han desaparecido. Las ideologías cumplían el otro papel, pero también han desaparecido. Y sólo sobrevivimos gracias a un acto reflejo de credulidad colectiva que consiste no sólo en absorber todo lo que circula bajo el signo de la información, sino en creer en el principio

y la trascendencia de la información" (El crimen perfecto, 1995)
No es extraño el título de aquel ensayo del pensador francés, el crimen perfecto consistiría en haber convertido la política en un gigantesco espacio de simulación, un trompe l´oeil destinado a sacar durante unos minutos de su sopor apolítico al ciudadano para hacerle creer que hay algo realmente en juego. Un gigantesco truco de prestidigitación, similar al del mago que parte en dos a la dama con un serrucho para acabar recabando el aplauso entusiasta del público cuando ésta regresa entera, tan bella, tonta y sonriente como siempre. Iglesia y Estado ya no son Poder real, sólo juegan retóricamente con los restos de una vieja disputa para hacernos creer que todavía tienen algo que ofrecernos. Acaso no es sino la superviviencia de sus actores, Rouco, Ratzinger, Zapatero, Rajoy... lo único que verdaderamente está en juego en este trampantojo.


No me hagan demasiado caso, a fin de cuentas, sólo es una hipótesis al viento. Pero cuidado, los resultados pueden dar la razón a este juego malandrín. ¿No será que toda esta polémica tan perfectamente atrezzada oculta el hecho de que la administración socialista no se ha atrevido a tocar los privilegios de la Iglesia? Conviene recordar lo contentos que salieron los obispos de la reunión con el gobierno en que se pactó el modelo de financiación, el cual supera con mucho las expectativas que la propia Iglesia católica se había hecho con respecto a este gobierno de rojos y ateos. En cuanto a la educación privada, el más lucrativo de los negocios terrenales de sus santidades, les aseguro que goza de tan buena salud como durante el aznarismo, con la LOE pasándoles por delante sin rozarles y riendo gozosos ante la destrucción de que sigue siendo objeto la escuela pública.
¿Educación para la ciudadanía? No es después de todo una mala idea, pero sospecho que el tema no está donde quieren que miremos. acábense el granizado.



Thursday, July 19, 2007


CIUDADANÍA




Nunca el gobierno socialista agradecerá lo bastante a la derecha española, en especial al más tenaz y disciplinado de sus ejércitos –la Iglesia Católica- el enorme favor de presentarse sistemáticamente como su enemigo visible. Eso nos permite olvidar –a nosotros y a los propios socialistas- que probablemente sus peores contradicciones son internas.

En un primer nivel de análisis, a poco que se prestan oídos a los argumentos contra la nueva asignatura, denominada Educación para la ciudadanía, uno no puede por menos que pensar que, con todas las dudas que nos cause, su implantación es una pequeña turbulencia comparada con lo que supondría para el sistema educativo que las tesis que se impusieran fueran las de sus enemigos. No sé si es acertada la medida del gobierno, pero sí sé que los argumentos en su contra son torpes.


El planteamiento más escuchado indica que la asignatura es una alternativa laicista al modelo religioso de formación en valores. Así, según tales criterios, cuando el gobierno habla de un “mínimo común ético constitucionalmente consagrado”, no hace sino disfrazar de neutralidad lo que en realidad oculta un profundo sesgo ideológico, encaminado a no reconocer ni favorecer la conciencia religiosa.


No creo en la neutralidad. Siempre somos educados en valores –otra cosa es que tales valores sean buenos- y en la medida en que los agentes tradicionales de la enculturación renunciemos a suministrar pautas de conducta a los nuevos, serán poderes emergentes mucho más incontrolados los que ocupen ese espacio, con la consiguiente desestructuración moral que ello puede acarrear... que en realidad está ya acarreando en estos tiempos en que la televisión parece ser el canguro por excelencia de las familias españolas. Ahora bien, una cosa es ser imparcial –cosa indeseable- y otra convertirse en un adoctrinador, que me parece todavía peor. La dificultad de la derecha para entender que el objetivo de la asignatura no es un orwelliano lavado de cerebro de los niños en favor del ateísmo, la promiscuidad sexual, la negación de la familia y demás espantajos, arranca de su ceguera ante la posibilidad de una educación en valores no basada en el adoctrinamiento. Falta de ethos democrático, consecuencia de haber ejercido en exclusiva durante tanto tiempo la enseñanza moral como evangelización de las masas. Han amenazado durante tantos años con que se pudría la columna si te masturbabas que ahora no entienden que un libro de texto prevenga contra la homofobia o aconseje el uso de preservativos sin que les parezca que quieren volvernos a todos gays y un poco putas. (Lo cual por cierto haría mucho por vaciar las parroquias y dejar a curas y monjas sin trabajo)

Otra de las críticas más escuchadas, y directamente derivada de la anterior, consiste en que se está arrebatando a la familia una obligación que sólo ella debe ejercer. “Los niños han de venir ya educados a la escuela, ya se encargará el profe de enseñarles ciencias”. Este argumento lo he oído cientos de veces, pero la práctica demuestra su absoluto utopismo, su creciente imposibilidad. Yo más bien creo que es al revés: confiar en que la familia o la parroquia -¿por qué no la calle y los amigos?- suministre los valores que hagan factible la convivencia es pura ingenuidad, dado que no pueden garantizar el éxito de la empresa, o pérfido cinismo, dado que en la práctica ello se traduce en la extensión a la moral de la brecha socio-económica. Es magnífico –señores de la parroquia- que los padres transmitan un mapa moral bien ordenado a sus hijos –fundamentado o no en la fe en Dios- pero es una irresponsabilidad de las instituciones confiar en que lo hagan y escaquearse con ello de tal obligación.

En ese sentido, resulta discutible la interpretación del art. 27.3 de la Constitución, al que se apela con frecuencia: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Así, la aparición en el currículum de la nueva materia de conceptos como condición humana, educación afectivo-sexual, construcción de la conciencia moral, corresponde en dicha visión a una intolerable intromisión en el derecho de las familias a educar a sus hijos en sus propias convicciones. No sé porque hay que suponer que los profesores de la asignatura van a dar una visión sesgada y autoritaria de la educación afectivo-sexual, cosa que sí hay que suponer que harán los profesores de Religión, cuyos curriculum se han ocupado desde siempre de la construcción de la subjetividad moral y lo han hecho en clave doctrinal porque para tal misión son contratados y fiscalizados por los obispos, lo cual –teniendo además en cuenta que somos los ciudadanos los que pagamos a estos profesores- constituye una de las más escandalosas anomalías de la moderna España democrática.

No es extraño que ya se hable en consecuencia del derecho a la objeción de conciencia, una figura que por cierto pusieron de moda los jueces más conservadores cuando estalló el asunto de las bodas gays, pero que la derecha hizo todo lo posible por desacreditar en sus tiempos fundacionales, en que se erigió como enseña de los movimientos contra la mili obligatoria. El razonamiento es de una aplastante simpleza: no creo en las leyes que me obligan a justificar ideológicamente en clases de adoctrinamiento a los niños, ergo me acojo al derecho a no cargar con dichas clases. De nuevo el mismo prejuicio, no salen del “positivismo jurídico” y del principio de que la única misión del empleado público es acatar y poner en práctica las normas que emanan del Príncipe. Pobre concepto de la misión de la escuela. El día en que me digan que mi misión como profesor de Ciudadanía o de cualquier otra cosa es enseñar a los alumnos la bondad de las leyes del gobierno coyuntural, lo que se llevarán es una risotada –mía, pero también de mis alumnos y de sus padres, por cierto-. Por eso no objetaré si me piden que dé clases contra la discriminación y a favor de la participación política o la libertad de conciencia, algo que por cierto ya vengo haciendo desde que empecé mi labor docente.

Suscribo en este sentido la argumentación que hace Justo Serna en su blog, que arranca de la consagración de dos tipos de derechos, los naturales y los del ciudadano, que hace la Declaración Universal de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. ¿Quién dice que no corresponde a las instituciones enseñar virtudes cívicas a los niños? ¿Caemos en el adoctrinamiento cuando recordamos la trascendencia del marco constitucional como espacio de la convivencia, exigimos la tolerancia ante el distinto o incitamos a la participación en la deliberación política? No creo que se trata de enseñar normas, no solo normas, no se trata de asegurar la obediencia –y aún menos la servidumbre a través del adiestramiento en las reglas vigentes-... La convivencia es posible a través de concepciones que o deben ser universales y eternas –como el derecho a no ser torturado- o son producto de las corrientes coyunturales de pensamiento y aspiran a mediatizar positivamente la vida de la comunidad. Ambas forman parte de lo que llamamos civismo, y no veo porque la escuela no habría de enseñarlas. Me parece más cómodo y más indecente esquivar el asunto.

Seguiremos hablando. Hay mucha más en juego en este tema de lo que parece a simple vista.

Monday, July 09, 2007

EL MERCURIO



Por su gran interés, y porque me parece admirable su pasión contenida y su capacidad de indignación, reproduzco aquí la carta que me ha enviado uno de los lectores del blog, Juan José Montesinos. Dado que fue él quien inspiró la anterior entrada, consideradla su continuación.


"El servicio de expolio de los pobres vergonzantes no es la única fantasía del gobierno valenciano.

Mi nieta única tiene otitis, lo que señalo por ser la causa remota de mi envenenamiento.

Los quejidos del bebe nos desorientaban y cayó el termómetro al suelo.

Son aparatos temibles, de mirarlos apenas se rompen y desparraman el mercurio, unas gotitas brillantes que las tocas y se multiplican, empequeñecen y buscan escondrijo en las ranuras del suelo.

Tardé mucho en recogerlas, hay que empujarlas con un palillo, como si buscaras restos de comida entre los dientes; hace falta paciencia para unirlas en una sola bola y al fin pude pasarlas a una hoja de papel donde corría y escapaba al suelo de nuevo.

Con el calor y mi decreciente flexibilidad el sudor me entraba en los ojos, pero logré capturar ¿definitivamente? el veneno, arrugando el papel para cerrar escapatorias.

En la farmacia me dijeron que echase la bola en el depósito de pilas usadas (¿alguien conoce un punto en Valencia para este servicio fuera de los centros de información y turismo para envidia de los extranjeros?).

No me servía porque el mercurio se desparramaría en el contenedor, caería al suelo, se lo comerían las ratas, a éstas un ave predadora y en la carrera trófica llegaría hasta los hombres, porque el mercurio es indestructible.

Pensé en el inmenso mar al que voy todos los fines de semana pero los peces se tragarían las brillantes bolitas y otra vez el ciclo trófico.

El Ayuntamiento me remitió a la Consellería de Medio Ambiente y ésta a VAERSA, que caracteriza su servicio con un rótulo muy correcto “millorem el medi ambient”. Contesta una voz metálica que pide tus datos personales, motivo de la llamada y te promete contestación. Pasan los días, llamo de nuevo y reitero mis datos y objetivo. Quizás debí mentir y en lugar del mercurio de un termómetro roto hablar de algo suculento para la empresa.

Tengo sobre la mesa de mi despacho, donde no vienen niños, un papel arrugado que contiene el mercurio, parece un kleenex sucio olvidado y mis clientes miran con aprensión.

No sé donde dejarlo porque me olvidaré del mercurio y un día se desparramará donde se encuentre, se lo comerán las cucarachas, a éstas alguna rata y comenzará de nuevo la carrera trófica.

Lo tengo en mi mesa, algo escondido detrás de mis papeles para que no lo vean.

Lo miro y sé que me olvidaré, hasta que por un pliegue del papel escapen las bolitas plateadas, estaré comiendo atolondrado un bocadillo, por un trabajo urgente y me envenenaré la sangre con el mercurio inmortal.

Y comenzará de nuevo la carrera trófica."