Saturday, December 15, 2007





LA ESCUELA DEVASTADA (II)



Ha hecho fortuna entre los docentes españoles la especie según la cual la LOGSE tiene la culpa de todo. No es extraño que haya circulado con tanto éxito el Panfleto antipedagógico, donde el profesor Moreno Castillo lanza una enmienda a la totalidad, no solo contra aquella reforma educativa tramada por el gobierno de Felipe González en los ochenta, sino contra los nuevos aires que en general han ido soplando en el mundo escolar desde hace tres o cuatro décadas. El texto es ciertamente recomendable, pero yerra en una cuestión básica: no entiende que la educación ha cambiado porque ha cambiado la sociedad, una sociedad que ya no demanda modelos de transmisión de conocimientos como los que yo viví de niño, por más que muchos malos profesores se sientan confortados cuando alguien como Moreno -que no deja de ser un colegón gremial de los de palmada de ánimo en el hombro- les dice que un profe es un "especialista en una determinada materia que imparte unos contenidos curriculares y luego pone unos exámenes donde juzga si el alumno ha aprendido o no dichos contenidos". Estaría bien que consistiera en eso lo de trabajar en una escuela o instituto, o en todo caso sería más cómodo. Pero resulta que ni es tan sencillo ni estamos ya a tiempo de que lo sea. Siempre podemos secundar a Moreno y pedir que la educación obligatoria se restrinja a los doce años, y no a los dieciséis como sucede ahora. Esta "solución final", que cerraría la puerta de los centros educativos a miles y miles de niños, sería bien acogida por muchos profesores, pues trasladaría de la escuela a la calle el problema de los miles y miles de niños conflictivos que no han entrado en edad laboral, lo cual supone asumir de partida que el trabajo sobre un adolescente problemático (nueve de cada diez adolescentes son problemáticos, dicho sea de paso) es más especialidad de un policía o de los servicios sociales del ayuntamiento que de un experto en educación. Es algo así como devolverle a la sociedad la pelota de tenis: con la Secundaria Obligatoria nos metieron en la escuela a los niños disruptivos de 14 a 16 años, con Moreno Castillo les abrimos la puerta para que el problema se lo coma el pueblo. Y como decía mi abuela: "así uno se avía mejor".



Que nadie vea en esta crítica sombra alguna de defensa de los reglamentos educativos vigentes en España. Todos sin excepción han fracasado, y ningún fracaso ha sido tan colosal y dañino como el de la LOGSE, por lo que no podemos extrañarnos de que figuras como Álvaro Marchesi -influyente psicopedagogo y presunto cerebro gris de la empresa reformista de los ministros Solana y Maravall- sea probablemente el personaje más odiado en los claustros de las escuelas e institutos españoles. No estaría mal, de entrada, que quienes suscriben el discurso que atribuye a los malos hábitos del profesorado los resultados del Informe Pisa, por ejemplo en lecto-escritura, se planteen si el modelo de sociedad en que hacemos crecer a nuestros niños da al profesor de literatura grandes facilidades para hacer que el alumno se sienta seducido por la posibilidad de leer el Lazarillo. Quizá algunos entiendan entonces hasta qué punto es injusto insistir en esa imbecilidad -tan escuchada a expertos en pedagogía en los últimos días- de que el problema está en que los profesores de dichas materias convierten en obligación y no en placer dichas lecturas. Así de atrevida es la ignorancia, porque ignorante es aquel que, por más títulos que ostente, diagnostica al enfermo desde una biblioteca o un despacho. Son quienes menos saben a qué huele un aula los que más seguros de sí mismos hablan de ella... debe otorgar mucha sabiduría por lo visto haberse leído a Piaget. ¿Creen ustedes de verdad que los profesores españoles de Lengua y Literatura no están interesados en que sus alumnos disfruten leyendo? El problema es más bien que pedirles que lean Anna Karenina es para sus alumnos -expertos en todo tipo de videojuegos y realitys de la tele- un acto de sadismo tal que sería para ellos más ético que el mamotreto de Tolstoi se lo tiraran directamente a la cabeza antes que hacerles leerlo.


Fueron este tipo de especialistas en aprendizaje los que parieron la LOGSE. Y así nos ha ido. Frente a los seguidores del Panfleto pedagógico, creo que la regresión a etapas educativas anteriores supone quedarse en el bucle melancólico del reaccionario. No sólo no es posible volver a la enseñanza del franquismo, es que además me parece indeseable, y lo que es peor, me huelen a reaccionarios por todas partes quienes con tanta alegría olvidan lo que suponía aquello de la letra con sangre entra, el arrinconamiento de los débiles o los apuntes amarillentos de tanto repetir el mismo rollo del profesor de Historia que nos hacía aprender la lista de los Reyes Godos. Ahora bien, incluso ese olor rancio a represión y calzoncillos cagados puede hacerse deseable para algunos con una escuela tan caótica como la que hemos creado. Hablando de la LOGSE y su refinado y tecnocrático ideario, no hay más que ver en que ha quedado el proyecto democratizador articulado a través de los Consejos Escolares -pura burocracia, puro aburrimiento-, el de la participación estudiantil, el reciclaje docente, las ratios reducidas, la dotación de centros...etc, etc... y quizá, en vez de rechazar el impulso de reforma nos empecemos a plantear que la necesidad real de una revolución en los sistemas educativos ha sido la excusa para cargarse la escuela, más en concreto la escuela pública.


No es ajeno a todo esto la difusión de un modelo ideológico mercantilista de la educación que, asumido sin las adecuadas reservas, puede convertirse en uno de esos virus que hace estragos, especialmente si se trata de sistemas inmunodeficientes como la escuela actual. En la última contienda electoral que viví para el nombramiento de director de centro, me sorprendió que, aparte de ser al final la administración y no los docentes o alumnos -habitantes del instituto- los que decidiéramos, los dos candidatos utilizaran en su programa el nombre de "clientes" para referirse a los alumnos y sus familias. Como en El Corte Inglés, la misión del profesor es la de satisfacer a su clientela, que, como ya sabemos, siempre tiene la razón: yo creía que era otra cosa eso del funcionario como servidor público, pero se ve que me quedé en la Revolución con Robespierre o en el ágora antigua con Sócrates. El resultado está a la vista: la escuela pública se va convirtiendo en un reducto infradotado para los débiles, los inmigrantes y los fracasados, mientras la privada -ahora llamada "concertada" porque también es sufragada con dinero de todos"- se ocupa del alumno deseable, cuyos padres dan gracias a curas y monjitas por haber aceptado a su hijito en sus aulas.
Hay otras dificultades de transfondo, más abstractas si se quiere, pero más decisivas. Vivimos ciertamente en un momento de crisis de autoridad, y sospecho que no sólo se trata de la autoridad de los profesores. La evidencia de la dimisión educacional de los padres, que o no tienen tiempo o no tienen ganas ni vocación de educadores, es sólo una metonimia de un problema que se puede extender capilarmente a toda la sociedad: es la tribu la que educaba y es la tribu la que ha dejado de hacerlo. Ya nadie reprueba a los niños en la calle ni en los restaurantes ni en los bares... todos asumimos que hay especialistas para cada cosa, y por la misma razón que atribuimos a la policía la obligación de evitar el delito, otorgamos a los profesores la de enseñar a los niños hasta a como limpiarse el culo. Eso sí, cuidado con decir que el niño es agresivo o indolente porque entonces puede aparecer el energúmeno de su padre como simio dominante a montar el numerito al malvado profesor que reprendió a su hijo por fumar en el water o llamar "gitano" al último alumno que ha llegado de Rumanía.


No hay duda, los modelos normativos de relación social están transformándose a una velocidad brutal, llegando a dar la sensación de que están descomponiéndose sin más. Es de ingenuos no darse cuenta de que tales procesos han de tener un impacto difícil de digerir sobre la escuela. Es lo mismo que puede decirse sobre la revolución en las formas de acceso a la información, que está obligándonos a un reciclaje muy duro en las maneras de asumir el concepto de la autoridad académica y, en consecuencia, de la relación con el educando y el lugar del profesor en el proceso de aprendizaje. (Esto, los acérrimos del Panfleto antipedagógico también creen que es un invento de Marchesi y los psicopedagogos). El síndrome de Naranja mecánica que algunos ven como consecuencia de toda esta indigestión: apatía académica, desidida respecto a la participación, rebrotes de fascismo y racismo, violencia contra los débiles...no es del todo una invención de viejos profes paranoicos. No es ciertamente la asignatura de Educación para la ciudadanía lo que va a sacarnos de este laberinto en el que estamos, entre otras cosas porque pedirle a los políticos arreglen la sociedad mediante leyes es atribuirles un poder del que carecen y, me temo, animarles a empastrar todavía más las cosas. No hay más que fijarse en ese movimiento pendular de leyes y contra-leyes con las que PSOE y PP, a través de la reglamentación educativa, han convertido la escuela en rehén de su mezquino empeño en disputarse el poder a costa de los ciudadanos.

¿Soluciones? Hablemos de ellas.

Friday, December 07, 2007







LA
EDUCACIÓN
DEVASTADA

(I)




Si algo tiene de bueno la costumbre de cifrar cuantificacionalmente la cualidad de un aspecto de la vida, es que datos como los del Informe PISA dan un motivo a la ciudadanía para preocuparse. Dura poco, claro, hay temas más suculentos a los que prestar ojos en la prensa, pero al menos se asienta la convicción de que algo no funciona como debía. Y les aseguro que no sólo es un problema de lectoescritura, como deducen algunos. Que nuestros alumnos hayan perdido tanto en capacidad comprensiva en tan poco tiempo merece una reflexión, pero es que los datos negativos, a poco que uno mire con detenimiento, se extienden a todo el edificio educativo, de manera que esta España, que tanto presume de prosperidad y madurez democrática con engolamiento de nuevo rico, anda a la cola de la OCDE en materia educacional. Y no es cosa momentánea: nos hemos instalado en el fracaso y nos hemos acostumbrado a él de tal manera que hemos decidido vivir con ello. ¿Que no es edificante tener la escuela devastada? No claro, pero siempre le cabe a uno la solución de mirar hacia otro lado. Consecuencia del éxito de dicha actitud es la gran paradoja de que la ciudadanía dice atribuir una enorme importancia a la educación, la reconoce sin ambages como la causa de los bienes y los males de la convivencia y, sin embargo, acepta que tal cosa no obtenga ninguna transitividad, ninguna plasmación política. Una legislatura tras otra -tanto a nivel estatal como autonómico- se permite a los gobernantes que restrinjan los recursos -con un castigo especialmente duro sobre la enseñanza pública- y se acepta sin resistencias que la atención mediática a la escuela recaiga sobre los casos de violencia -mejor si los autores la graban en un móvil-, el racismo, la precocidad sexual y otros espectáculos televisivamente rentables. Si los niños aprenden o no en las aulas a ser más sabios y mejores personas es algo que no parece interesar a nadie.



Los parámetros de fondo desde los que analizar el marasmo educativo español no tendrían por qué conducirnos necesariamente al pesimismo. En cien años, la escuela ha pasado en este país de modernización tan problemática desde el elitismo casi medieval hasta la universalización absoluta, incluyendo por el camino el éxito de los programas de alfabetización del tardofranquismo, la integración de la mujer o el desarrollo de las infraestructuras. En esa línea, el elefantiásico plan de reforma articulado con los socialistas a través de la LOGSE podría asumir con dignidad el efecto colateral de una cierta merma en cuanto a la calidad de los contenidos educativos, pues en la medida en que la ESO (Educación Secundaria Obligatoria) ya no permite cortar a los alumnos hasta que son prácticamente adultos (16 años), se priorizan factores como la integración en detrimento de otros como el alto rendimiento o la excelencia. El problema es que no se ha asumido con dignidad: el modelo de integración ha fracasado y sus efectos colaterales, al no emplearse adecuadamente los contrapesos que pudieran aligerarlos, se han convertido en el modus vivendi de la escuela, hasta el punto de convertirse la falta de calidad en rasgo constitutivo de la escuela. Así, no es sorprendente que profesores que accedieron por primera vez al aula creyendo preguntándose si sabrían explicar cómo hacer una derivada o por qué se combatía en la Guerra Civil, se encuentran con que muchos de sus alumnos no saben ni multiplicar ni leer, por no hablar del que no sabe español porque acaba de llegar de Bielorrusia, el que no sabe que hay que ducharse de vez en cuando o el que ha decidido que su fracaso escolar puede socializarse, es decir, que como él no va a aprobar se va a encargar de que sus compañeros tampoco aprendan nada, lo cual implica reventar una y otra vez las clases.

Esta problemática nos lleva directamente al asunto de la escuela pública. No hace falta que un gobierno de derechas trace un proyecto más o menos maquiavélico para devastar la escuela pública: basta desprotegerla. No tengo ninguna duda de que el Partido Popular pretende que la escuela pública se convierta en reducto de clases poco pudientes y de inmigrantes. Lo que habría que preguntarse es porque el Partido Socialista ha ido allanando el terreno desde tiempos de Felipe González para que tal cosa fuera posible. La diabólica conjunción de una Reforma tan ambiciosa como mal aplicada y la implantación del modelo de concertación, que otorga a la enseñanza privada -escuelas religiosas en un noventa por cien de los casos- el chollo de financiarse con dinero de todos sin dejar de aplicar criterios de selección de su clientela, ha llevado a la enseñanza pública a un deterioro tal, que nunca hemos estado tan lejos de aquel sueño de la izquierda antifranquista de construir la democracia justamente a partir de la escuela. La enseñanza es hoy en día más segregacionista y más proclive a alimentar la brecha social de lo que nunca hubiéramos imaginado.


Claro que, como suele suceder, no todo es culpa de los políticos. Los españoles han abrazado con espíritu de próspero sobrevenido la situación, alimentando la aspiración de sacar a sus hijos de las escuelas llenas de inmigrantes y llevarlos a las de la Iglesia, cuya condición de poder fáctico en nuestro país goza en nuestros días de ateísmo de una salud de hierro. Los datos de una gran ciudad como Valencia son muy claros: el impacto de una inmigración que llega a gran velocidad recae sobre la escuela pública, que es obviamente incapaz de digerirla, las ratios legalmente establecidas desde la LOGSE se incumplen de forma sistemática, los terrenos para constuir nuevos centros educativos no terminan nunca de licitarse, sospechas de gestión incompetente e incluso corrupta sobre las empresas subcontratadas... En suma, los políticos aplican la lógica del "sálvese quien pueda" porque los ciudadanos se lo permiten. La enseñanza pública se deteriora y lo va a hacer todavía más.

...CONTINÚA EN UN PAR DE DÍAS

Thursday, November 22, 2007









EXTRAÑO VIAJE LA VIDA



Hace veinte años, un compañero de universidad que se declaraba marxista estructuralista me dijo que el cine español le resultaba detestable, que todas aquellas películas que se hacían entonces sobre la España profunda le parecían un tostón, no dejando de nombrar con una mueca de desprecio a José Luis López Vázquez, Agustín González o Fernando Fernán-Gómez. Aquel tipo no era más que un pobre idiota -y ya se sabe que la ignorancia es atrevida-. Ahora me acuerdo por última vez de aquello, porque un joven alumno, cuando le he intentado explicar porque estoy triste, me ha preguntado si ese que acaba de morir y del que tanto hablamos hoy algunos profesores es aquel viejo loco que envío a la mierda a un fan que le pidió un autógrafo. Vieja peculiaridad de este país dicen que es la envidia, pero hoy parece que casi todo en cualquier parte del mundo vaya a parar al mismo fango informe de la banalidad del show televisivo. Todo parece igual de idiota.


Aquel tronante A LA MIERDA le cayó en suerte a un infortunado que ahora probablemente enseñe la cicatriz como los heridos por asta de toro: "esto me lo hizo a mí". Pero en realidad, Fernán-Gómez nos envió a la mierda un poco a todos... porque le aburríamos, y el aburrimiento es lo único que no se puede permitir un cómico.





Fernando Fernán-Gómez fue siempre un tipo indigesto. La meseta, aunque él nació en Perú en medio de una gira de cómicos, suele parir a este tipo de personajes huesudos y fibrosos, echados al vino y las mujeres, dignos en la mendicidad y generosos en la fortuna, extrañamente enfadados con medio mundo y peleados con Dios y con los curas, autores de libelos contra un poder al que por pura insolencia irresponsable parecen no temer. Era anarquista de los de mala hostia. Como su amigo Haro Tecglen, no hacía ningún esfuerzo porque le quisieran ni siquiera los suyos, aunque los dos sabían de qué lado estaban, el único del que merece la pena estar. No es concebible un personaje así en este tiempo. Por eso tenía que morirse. No se puede ya rodar hoy una joya como El extraño viaje, por las mismas razones por las que no hay huevos para rodar hoy El verdugo, quizá el único film español que está a su altura en talento y negrura. Esa capacidad para reír y retorcer la risa, ese "pero cómo puedes tener tan mala leche" que dije varias veces la primera vez que vi aquella película terrible. Si ustedes han visto Siete mil días juntos entenderán porque en la sala donde la estrenaron la gente suspiraba de horror al ver entrar en la morgue desnudo al necrófago en la escena final... y sabrán a donde van a parar las ilusiones humanas, pero sabrán también que, como dijo Quevedo, "polvo serán más polvo enamorado".




Yo pese a todo prefiero acordarme ahora del Fernando de Los pícaros, aquella serie de la tele con la cual creo que mi hermano y yo empezamos a hacernos mayores. Aquel tipo enjuto con narizota y larga melena pelirroja que iba timando y recibiendo palos por las ventas de Toledo y Salamanca nos enseñó que los héroes no siempre salvaban a la chica y que a veces tenían que moverse entre la mierda para sacar tajada. Es irremediable asociar aquello con lo que luego fue El Brujo, que inició con la versión del Lazarillo apadrinada por Fernando un magisterio del teatro en el que la voz de Fernán-Gómez parece restañar para siempre la herida del anonimato de aquella maravilla novelística: Fernando fue el converso oculto que la escribió, fue el cómico envuelto en polvo que la representó por corrales y ventas... Fernan-Gómez fue Lázaro de Tormes. Debo algunas de las risas más entregadas de mi vida a esa misteriosa empatía entre genios.


Dijo John Houston que había dos formas de vivir: una era la buena, la que nos conviene, la otra consiste en "hacer lo que te salga de los cojones". Recuerdo que cuando murió Dalí no paró de insistirse en recordarnos a todos que era un genio. Yo creo que si Fernán-Gómez hubiera sido norteamericano sería Dios, pero es imposible imaginarselo siendo yanqui, postmoderno o marxista estructuralista. Era un tipo de una pieza y tenía mucha, mucha mala hostia. Esa ralea de tipos con pocas ganas de pactar nada a los que hay que querer un poco a golpes o retirarse... algo así como Paco Ibáñez, que salió borracho y enfadado con el mundo en el programa del Loco de la Colina harto de la canción protesta y de los progres... como Pepe Rubianes cagándose en la puta España, como Leopoldo María Panero haciéndose el loco en Mondragón. No hay manera de rentabilizar políticamente a tipos tan impresentables. Se quitan a hostias de encima a los políticos y a los aduladores y luego te invitan a un whisky si les dices que te ha gustado la obra. Hay personas que consiguen ser más guapas, mas interesantes, más enigmáticas a medida que envejecen.

El peor de mis pensamientos es el que con frecuencia dedico a los viejos que admiro y que sé que nos dejarán más antes que después. En estos casos me acuerdo de aquello que le dice Taras Bulba a su hijo: "el hombre que ha muerto fue un gran guerrero, no lo olvides nunca". No sé si voy a ser capaz de hacérselo entender a mis alumnos. Voy a intentarlo.

Saturday, November 10, 2007









ENERGÚMENOS

Bien mirado, la diferenciación que tendemos a hacer entre almas pacíficas y asesinos profesionales deja por su esquematismo algunos espacios en blanco. Es cierto que existen matones a sueldo cuyo trabajo –nada personal, sólo negocios- consiste en pegarte un tiro en las encías o partirte las piernas, y que de igual manera, hay personas que, sin haber leído nunca a Gandhi ni fumado porros en una comuna hippie, piensan que lo más inteligente es ir eludiendo las numerosas situaciones cotidianas en que se huele que a uno le pueden partir la cara. Claro que, entre estos dos extremos, hay importantes zonas grises. ¿No tienen ustedes la sensación de que algunos de sus vecinos destacan fundamentalmente por su agresividad? Hay una tendencia ideológica muy extendida entre los adultos a culpabilizar de los desórdenes sociales a los jóvenes, lo cual tendría mucho de cierto –la barbarie del botellón o la odiosa costumbre de poner el altavoz de la radio del coche a un volumen infernal son, entre otras muchas lindezas, prueba de ello-, de no ser porque algunas actitudes de los mayores rivalizan con aquéllas.



No estoy hablando de mafiosos, ni siquiera de outsiders vencidos por el alcoholismo y la sensación –demoledora honestidad- de ser unos absolutos fracasados. No, no, yo me refiero a tipos muy integrados y convencidos de su normalidad y su hombría de bien. Los hay que a pesar de ser unos mierdas dedicados a obedecer servilmente a algún tiranuelo, pasan sus días al lado de una esposa débil y desgraciada que les da la razón en todo o de unos hijos que les engañan a cada minuto haciéndoles creer que les obedecen. Estos tipos siempre aparentan estar orgullosos porque se acaban de comprar un volvo o su hija –que suele ser más fea y estúpida de lo que ellos creen- se permiten el lujo de hablarte con tono engolado y mirarte por encima del hombro mientras sus perros lanosos se cagan en el jardín de tu vivienda sin que ellos se dignen a limpiarla, algo que les resultaría intolerable si lo hicieran los perros de otros en la suya, y mucho más si son inmigrantes. Conozco a un aficionado al psicoanálisis que afirma que este tipo de personalidad es característico de personas fuertemente acomplejadas, de ahí que necesiten deambular con sus perracos por las calles sacando el pecho como pavos reales. La verdad, me importa bien poco si su problema es ese, si es que en en fondo son homosexuales reprimidos o si es que su abuela abusaba de ellos los domingos, lo que de verdad me molesta es que sus perros se caguen en mi casa.



Hablando de familias, siempre he pensado que quienes “creen mucho en la familia” o consideran que es moralmente superior casarse y tener hijos que no hacerlo, son como un amigo que me dijo todo serio que era intrínsecamente mejor ser del Madrid que del Barça, o cierto homosexual que me ilustró respecto a lo mucho que me estaba perdiendo por llevar toda la vida sin ser penetrado analmente. Muchísimas personas, sin necesidad de ser asesoradas por el cura de turno, van por ahí reprochándome el hecho de no tener descendencia. “Como un árbol sin frutos”, me dijo una vez una amable señora, y me gustó tanto la metáfora que decidí imitar a tan dignas criaturas. Es bastante frecuente que quienes te hacen tal reproche, te muestren de vez en cuando un cierto sentimiento de superioridad, como si por el hecho de tener a un par de pequeños gorrones en casa sus asuntos fueran más prioritarios y solemnes que los míos. “Quédate de guardia, tú, que hoy viene a cenar la novia de mi hijo” o “¡cómo os lo pasáis, eh!”. Me ha pasado ya varias veces que alguno de estos me ha endosado a su sobrino o se me ha instalado en el piso porque, al no tener hijos, parece que estoy en una especie de situación de interinidad con la vida, de tal manera que no debe importarme que me esté meando y no pueda entrar porque está ocupado por alguien con quien jamás pedí compartir mi vida. Quizá su secreto proyecto es el de amargarme la vida para convencerme de que es mejor tener familia; y puede que tengan razón, ya que de esa forma yo encontraría una excusa para enviarles a todos a la mierda, aunque sospecho que su única verdadera pretensión es aprovecharse de que soy medio idiota y que con un par de palabras se me pueden sacar hasta los higadillos.

Volviendo a nuestro amigo, el de los perros cagones y las hijas feas como demonios, el pasado fin de semana corroboré que algo que siempre me ha gustado como es el deporte puede envenenarse hasta volverse negro negrísimo cuando interviene la institución familiar, especialmente si las deportistas son féminas. Alguien dijo a mi madre hace muchos años que tuviera cuidado con meter a sus hijas al baloncesto porque era “un nido de lesbianas”. Aquel tipo compraba en exceso el Penthouse –sí, esa revista de tetitas glamurosas donde había chicas guapas haciendo como que se hacen cositas con la lengua-, que es lo que permite a los reaccionarios seguir odiando a negros, maricones y demás sin dejar de disfrutar de su cuota de morbo. Se equivocaba, el baloncesto no es un nido de bolleras -¿y qué si lo fuera?-, pero es algo mucho peor: un nido de padres.
Lo he visto muchísimas veces, casi tantas como he acudido con mi jovial cara de tonto a las tres a presenciar un partido entre chavales al polideportivo de mi barrio. Nada sobre la cancha que no me resultara reconocible: sudor, alegría, frustración, un árbitro que a veces se equivoca, algún codazo bajo canasta… un lugar decente en suma… Pero la decencia se acaba con la primera
irrupción estelar de los verdaderos cracks: los padres de las niñas. He visto a tipejos que luego van a misa soltándole alaridos al árbitro, al entrenador contrario y, lo más odioso, a las jugadoras rivales de su hija. Me parece natural que dos jugadoras tengan una disputa por algún exceso de agresividad, pero los gritos del papá de turno contra la que discute con su hija… resulta difícil imaginar pedagogía más nefasta. Claro que, ¿por qué esperar sutilezas pedagógicas de un mamífero? No hay gran diferencia entre los adolescentes en celo que hablan a grititos o se pegan empujones cuando aparecen las hembras y la actitud que muchos progenitores tienen cuando alguien tiene la osadía de tocar a su hija. Estoy cansado de verlo en el mundo de la enseñanza. No olvidaré nunca a aquel repugnante energúmeno que cogió del cuello a un compañero –magnífico profesor y amigo, por cierto- al grito de “¡cómo suspendas a mi chiquilla!”… no lo olvidaré por el mal de conciencia que me ha quedado por no acudir a defender a mi amigo como lo haría Alatriste: “¿Qué harás si suspende a tu chiquilla, hijo de una cerda rabiosa?”




Quizá no haya nada más lindo que la familia unida, ya lo decía Fofito, el payaso de la tele, pero acuérdense de que, por pura probabilidad, son igual de impresentables, se hacen tantas pajas y fuman tantos porros como los hijos del vecino, que a ustedes les parecen que son una desgracia de hijos. Han salido a sus padres, como los de ustedes, por eso los hijos de un vecino llevan a su perro a cagar a mi casa.







Pdta: Dedicado a los chavales –conozco a alguno- que los fines de semana se sacan unas perrillas arbitrando partidos y aguantando a padres que quieren mucho a sus hijos. Dedicado a quienes aceptan morir sólos, tan dignos como quienes saben que morirán pobres. Y dedicado, es de ley, a quienes limpian las mierdas callejeras de sus chuchos. Dedicado, finalmente, a los árboles sin frutos, que sobrevivirán -tengo fe en ello- a la extinción del homo sapiens.

Friday, November 02, 2007




ZONAS SENSIBLES


Si escuchamos a autores de línea crítica tradicional –aunque adaptado su discurso a los nuevas tecnologías de poder de nuestro tiempo- como Ignacio Ramonet o Noam Chomsky*, uno advierte que la contrainformación –entendida como una forma radical y antisistema de propagación de la verdad- abre la única vía posible de resistencia frente a los monstruos comunicacionales que están haciendo mutar de manera sumamente inquietante los sistemas democráticos, convertidos ahora al socaire de la globalización y la revolución internáutica en democracias catódicas, capaces de desarrollar y perfeccionar cada vez más unos mecanismos de construcción de consenso y uniformización de la opinión que recuerdan las viejas advertencias de Orwell o Huxley.*




Si escuchamos por el contrario a los denominados “autores postmodernos”, a los que en ningún caso debemos confundir por pura coherencia intelectual con los nuevos profetas del liberalismo como Fukuyama* o de la pura reacción ultraconservadora como Huntington*, corremos el riesgo de caer en un pesimismo aún mayor. Quienes como Jean Baudrillard*, adoraron a Andy Warhol, primer artista convencido de la inexistencia de una sustancia de verdad oculta tras la producción de signos, parecen asumir la imposibilidad de una Arcadia en que la información no nos llegara ya convertida en mercancía.


Pesimista sí, pero es la sensación que queda cuando tras ponerse delante de la pantalla uno piensa en lo que le están contando. Miren a Darfur y lean lo que ya hace algunos años dijo Baudrillard. “La desdicha, la miseria y el dolor de los demás se ha convertido en todas partes en la materia prima… Los que no lo explotan directamente y en nombre propio lo hacen por delegación, no faltan los mediadores que se cobran de paso su plusvalía financiera o simbólica. El déficit y la desgracia, al igual que la deuda internacional, se negocian y se revenden en el mercado especulativo.” Información global, masiva y en directo, el mundo visto en todos sus recodos como en el Google Earth desde la escuadrilla de satélites, una gran Casa del Hombre como la del programa televisivo Gran Hermano.

Pero, paradójicamente, la consecuencia no es el reforzamiento de los cauces de participación ciudadana, sino más bien lo contrario, el cortocircuito de los canales desde los que cabía hacer real –y no virtual- la respuesta. Abrumados por un exceso tal de informaciones que proliferan en todas direcciones, acabamos sumidos en el sofá con la sensación de anonadamiento propia de la suma cero. Irresponsables en el sentido más literal de la palabra, como esos niños que lloran en la cama ante las tragedias que abruman a sus padres, que escuchan todos sus gritos y discursiones desde la cama pero sin entender nada de lo que pasa, sabedores de su impotencia absoluta. Obsequiados casi al instante, a veces incluso en directo, con el don de la imagen del que se pega fuego a lo bonzo, experimentamos por un segundo la sensación de un enorme poder: "Mira, mira lo que está pasando", como cuando desperté a mi hermano medio adormilado en el 91 porque habían empezado a bombardear Bagdad y la cámara filmaba el saque inicial de aquel partido que prometía sernos retransmitido en directo, con sus anuncios, sus tertulias post y su banda sonora original.




Pero esa sensación de poder –inimaginable para un persona de hace menos de un siglo- contagia de inmediato su decepción cuando comprobamos que se trata sólo de un espectáculo, un espectáculo horroroso y atroz, pero ante el cual nosotros solo somos espectadores que, como en las salas de cine, pueden gritar aterrados y seguir comiendo palomitas o reírse de los gritos mientras juegan con el móvil. Así hasta el siguiente horror-show, un tsunami, una niña destrozada por los maleantes o por sus propios padres, un empleado objeto de mobbing y que reclama su condición de víctima…Ante todo ello uno puede sucumbir como quiere la religión a la sensación de que su bienestar es culpable, pagarle a una ONG o indignarse contra la inacción de nuestros políticos, pero seguiremos en todos esos casos dentro de la misma burbuja de impotencia. Somos como ese niño que, con la habitación vacía, imaginaba maravillosas aventuras porque el mundo de alguna forma era suyo, pero que ahora, cuando le han saturado toda la estancia de juegos caros y sofisticados, muere de aburrimiento tras el primer impacto de abrir las luminosas cajas con el cual empezó a morir lo único que acaso le hacía libre y fuerte: la imaginación. Nada nos vuelve tan idiotas como esa facultad que nos han escamoteado sin que nos resistiéramos.


¿Qué pasa en Darfur? No lo sabemos ni usted ni yo, y lo peor, pese a Chomsky y Ramonet, es que probablemente no podamos saberlo.









*Informaré en los posts sobre los autores referidos

Saturday, October 20, 2007








ESTAMBUL.

LA CIUDAD (II)






7. A las siete de la tarde suena la voz del imam, los vendedores del Gran Bazar corren como posesos de aquí para allá, algunos transportan comida… casi parece que está a punto de estallar una revuelta. “Es el Ramadán”, me recuerda alguien, “están desesperados de hambre, se reúnen para comer después de un largo día de interminable ayuno”.






8. No sé regatear, no entiendo esa lógica del zoco, y acaso sea eso lo que me fascina. El mercader no quiere –no sólo quiere- mi dinero, quiere desafiarme, hacerme creer que yo domino el juego mientras es él secretamente quien mueve los hilos de la negociación. Soy un hombre triste e inseguro para aceptar el juego… Como católico de origen, me resisto a ver lo que de virtuoso hay en el dinero. Para él es cuestión de amor propio derrotarme, que no es otra cosa que engatusarme, dejar que me vaya enredando en la tela de araña que va tejiendo a base de gestos teatrales y palabras amistosas… es lo que se viene haciendo en los zocos desde hace siglos con las especias y las alfombras. El mercado árabe es un juego de espejos donde todos se miran: es el honor lo que está en juego.




9. Las tribus del mundo opulento tardoindustrial son las únicas en las que la fama es culpable, por eso los más rastreros de entre los hijos de perra salen en la tele. Entre los pueblos no sometidos a una modernización reflexiva, lo verdaderamente urgente es escontrar al escriba, al eskalda, al juglar que relate mis hazañas. Somos incapaces de entender esto porque ya no creemos en el prestigio.




10. El ruido de una sirena que llega desde el Bósforo suena a lamento. Estambul vive en el centro de su propia nube de amargura, la Ciudad es la decadencia en estado puro. Nada parece hacer honor a su gloria pasada: no es capital de Estado -¿alguien visita Ankara?-, pero los estambulíes tampoco entienden porque se les visita a ellos. Dicen los analistas que la ciudad se halla en la encrucijada, a medio camino entre el rigorismo de los barrios integristas como el de Eyyup, donde se venera la tumba de uno de los amigos del profeta, y el chollo oportunista de ponerse de moda y ser “destino turístico atractivo y sin conflictos ni grandes molestias”. Como una vieja reina, arrastra su belleza caduca pero, misteriosamente, su atractivo es acaso mayor de lo que nunca.

11. Según Orhan Pamuk el occidental es raramente capaz de percibir la amargura que habita el alma de los estambulíes. Yo la percibí en la cola de distribución de comidas que se forma al caer las noches durante el Ramadán junto a la plaza de Sultanahmet. Un hombre mayor, cogido de la mano de un niño, inclinaba su rostro avergonzado sobre la pared de espaldas a la calle. Estaba llorando. Caer en la categoría de mendigo es la peor de las pesadillas para un cabeza de familia.




12. Quince millones de habitantes, casi medio millón más cada año, frente a la cifra veinte veces menor de apenas hace medio siglo. Si uno se olvida de la luz del atardecer sobre las mezquitas, observa prosaicamente que ya no es mucho más que una de esas ciudades monstruosas de aluvión cuya luminosidad se advierte desde los satélites, el destino final de la interminable procesión de siervos campesinos sin trabajo que bajan de Anatolia. Demasiada pobreza, demasiados contrastes, la asimilación occidental de un país que pese a todo cree que va a ser aceptado entre los europeos pese a su condición islámica… hay niños nacidos en Estambul que no han visto el Bósforo. En realidad, dice el magnífico Pamuk, ya nadie consigue sentir Estambul como su hogar.

13. Advertir la belleza de Estambul supone tener la mirada de un occidental. Por ejemplo la de Melling, que pintó los paisajes del Bósforo henchidos de romanticismo, con todas aquellas casas señoriales de madera que, como cuenta Pamuk, ardieron después irremediablemente una tras otra. También Flaubert, que vivió aquí, o los propios escritores estambulíes, que intentaron apresar en su escritura la mirada de uno de aquellos extranjeros a los cuales intentaban parecerse.



14. Cientos de pescadores se agolpan en las barandillas del Puente Galata. Anochece, el sol se oculta entre los minaretes de la Mezquita de Suleymán, y yo no creo merecer tanta belleza. Huele a mar de petróleo y a pescado frito y aceitoso. La gente habla a voz en grito en medio del hervidero del muelle de Eminönü. Los automóviles pasan sin delicadeza entre la gente. Es un falso caos, todo parece extrañamente controlado.


15. No entiendo Estambul. Pero esto ya me pasó con otras cosas que amé.

16. Dice Pamuk que “La amargura que proporcionaba la sensación de hundimiento que dejó el imperio otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad han sido cosas que han definido Estambul a lo largo de mi vida. Toda mi vida ha transcurrido combatiendo dicha amargura o, por fin, como todos los estambulíes, asumiéndola.” Y continúa unas líneas más abajo “A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura (pero una voz interior me dice que en realidad eso ha sido una suerte).






Thursday, October 11, 2007




ESTAMBUL.
LA CIUDAD. I





1. A poco que uno rasca en la superficie, lo que descubre no es sólo Bizancio, es más que eso, descubre que está en las entrañas del mundo. Los inmensos barcos cargados de petróleo que atraviesan el Bósforo desde el Mar Negro o Asia se adelantan unos a otros desoyendo la llamada al rezo del imam… sin duda desconocen que Estambul significa “La Ciudad”

2. Los gigantescos anagramas de Santa Sofía no significan nada en realidad. Son por sí mismos imponentes, se autorrefieren, proclaman su propia grandeza en el juego de designar la grandeza de Dios. Así es esa basílica prodigiosa que uno se ve obligado a amar ya para siempre, así es Santa Sofía, vaciada cientos de años atrás como una mujer desprovista de sus atributos por un cirujano y sin embargo más madre que nunca. La época en que los iconoclastas bizantinos destruyeron todos los objetos del interior del templo fue pura torpeza, no hubo manera de robarle nada en verdad. Resentidos contra los signos porque presuntamente suplantan el contenido espiritual que representan, los iconoclastas, como los que queman libros o banderas, sufren la peor de las calamidades, la amargura del destructor que toma como excusa la exigencia moral de que la Verdad resplandezca. Pero la verdad no es nada sin sus signos, mejor, no es sino sus signos.
3. Pese a todo, Dios se presiente por todas partes en ese vacío espectral bajo las bóvedas. La fe de las masas se vuelve una fuerza ciclópea en esos tiempos memorables que hacen grandes a ciudades como ésta, tiempos que casi siempre ya han pasado. Ser de Estambul, como Orhan Pamuk, supone cargar con esa melancolía de por vida.

4. Ya nadie se atreve a llevar la cuenta de las mezquitas de Estambul. Se habla de más de dos mil, pero se desconoce el número exacto. El viajero comete el mismo error. Topas con una mezquita, por ejemplo, la de la zona de pescadores de Eminönü, crees que era la que buscabas, la camí de Suleymán el Magnífico…piensas que es grandiosa, casi tanto como la Mezquita Azul… cuando descubres la confusión quedas atravesado por la promesa de otro templo aún mayor, aún más hermoso.

5. Lo sé, Turquía no es una nación árabe, Estambul es Europa sí… pero Pepita y yo somos en cualquier caso infieles en tierra sagrada… Y el mundo musulmán es refractario siempre. ¿A qué? A Occidente, a la Razón y su historia gloriosa, a nuestra superioridad autoproclamada. No hay ningún nicho ecológico cultural que proteger en Estambul, se protege sólo. Nada que temer en la llegada de McDonald´s, que vende hamburguesas manufacturadas por el rito Halal y sustituye los donuts por baklavas. Mientras los jóvenes turcos comen hamburguesas y chips, Coca Cola y McDonald´s extienden su imperio… Pero en el fondo son un fracaso. El Islam no puede macdonalizarse, sería como volver herbívoro a un león. El mundo árabe se ha instalado en el Nuevo Orden Mundial como the dark side porque al contrario que Japón o los tigres del Extremo Oriente, no simula convertirse al integrismo blanco y protestante que domina el mundo, no integra la información aunque lo parezca, ni siquiera traduce como –al precio del lost in traslation- hacen en Japón, los signos del neocolonialismo. Simplemente es lo Otro, el inquietante continente negro de lo que no se aviene a volverse intercambiable… no juega al juego de la mercancía del turbocapitalismo. No pierdan el tiempo intentando entender a los árabes, les saldrá tan mal como con los gitanos: son incomprensibles, y es justamente eso lo que les hace seductores.

















6. Nadie parece haber pensado que el xador es irónicamente lo contrario de lo que pretende ser, o de lo que dice que pretende ser. El xador vuelve seductora a la mujer, envuelve lo femenino con el misterio de un juego de signos en el que nuestra obsesión neurótica por la transparencia y la naturalidad han perdido definitivamente la batalla.