
SOY UN ASTERISCO
Ya hace mucho que fui un asterisco. Cuando aprobé las oposiciones, algún Mal de Ojo hizo que yo y unos cuantos cientos de desgraciados como yo tuviéramos que lanzarnos a batallar durante años y años en la calle, los periódicos y los tribunales para que se reconociera por fin la legitimidad de nuestra condición laboral. Cuando fuimos nombrados, un político concibió la genial idea de acompañar de un asterisco el nombre de cada uno de nosotros en la publicación oficial correspondiente. El asterisco establece siempre un matiz, una condición, muestra el carácter precario e inseguro de aquello que afirma. Aquel asterisco junto a mis apellidos hacía depender la validez futura de mi nombramiento como funcionario docente de cierta sentencia judicial que habría de producirse en el futuro, sentencia que –según creyó aquel político- terminaría invalidando nuestro nombramiento. En otras palabras: lo que aquel asterisco significaba era “este nombramiento es por imperativo legal, pero quien lleva el asterisco será cesado diez minutos después de que un juez decida en su contra”. Aquello no sucedió, para desgracia de los muchos enemigos que tuvimos, pero en aquel momento muchos creímos sentirnos cerca de aquellos judíos de Europa Central cuyas puertas y ventanas eran señaladas por los nazis para que todo el mundo supiera que eran una raza maldita y que su destino llevaba
el nombre de un campo de exterminio.
el nombre de un campo de exterminio.Mi condición de funcionario dejó ya en el camino aquel signo insultante, y quien me lo puso ha sido ya olvidado por todos. Sin embargo, el paso del tiempo me ha hecho entender que mi existencia sigue llevando un asterisco. “Todos estamos viviendo con tiempo prestado”, dice el mercenario interpretado por Michael Caine en aquel tenebroso film llamado El último valle, que nos muestra el paisaje de la Europa del XVII, devastada por las interminables guerras entre príncipes caprichosos y sus desastres asociados: pestilencia, violencia, hambre… Nadie como ese Ángel de la Muerte para saber hasta qué punto la precariedad domina nuestras vidas.
En cierto templo me encontré con la estatua sonriente de un Buda gordinflón y sonriente…si mirabas un poco más allá descubrías que el oscuro pasillo te iba llevando hasta otra imagen, en este caso de una calavera. La misma postura, las mismas ropas vistiendo lo que ahora ya no era un cuerpo rosado y tripudo… se trataba en realidad del mismo Buda, solo que ahora ya era un muerto… Tan solo unos metros, apenas unos segundos de pasillo separaban la vida de la muerte, de la nada, del polvo. “Si nos miramos en profundidad descubrimos el cadáver que se prepara en cada uno de nosotros”, dice Cioran. Es una obviedad que moriremos, sí, de acuerdo, pero la inmensa mayoría de personas que conozco no parecen ser conscientes de ello, no han experimentado la muerte ni siquiera cuando creen que l
o han hecho.
En cierto templo me encontré con la estatua sonriente de un Buda gordinflón y sonriente…si mirabas un poco más allá descubrías que el oscuro pasillo te iba llevando hasta otra imagen, en este caso de una calavera. La misma postura, las mismas ropas vistiendo lo que ahora ya no era un cuerpo rosado y tripudo… se trataba en realidad del mismo Buda, solo que ahora ya era un muerto… Tan solo unos metros, apenas unos segundos de pasillo separaban la vida de la muerte, de la nada, del polvo. “Si nos miramos en profundidad descubrimos el cadáver que se prepara en cada uno de nosotros”, dice Cioran. Es una obviedad que moriremos, sí, de acuerdo, pero la inmensa mayoría de personas que conozco no parecen ser conscientes de ello, no han experimentado la muerte ni siquiera cuando creen que l
o han hecho.Pero no es el de la muerte el asterisco que me preocupa. En una entrevista realizada al final de su vida, Fernando Fernán-Gómez, escrutada su memoria a vista de pájaro, concluía que, en realidad, nada de aquello que hacíamos para “prepararnos” servía para nada. Todo era inútil, estudiar una carrera, ahorrar, mostrarnos insistentemente generosos a través del tiempo con aquellos a los que amamos… ninguna de todas esas inversiones “de futuro” tenía más valor que el del placer o la confianza que nos suministraban en el presente, cuando creíamos estar actuando acertadamente. Todo estaba destinado a saltar por los aires. Antes o después un político caprichoso como aquellos del siglo XVII decide que todo lo que ahorró nuestra madre para obtener la propiedad de una casa se ha de ir a la mierda porque han de tirarla para construir un aparcamiento o meter a la familia de un militar. Tampoco hacen falta príncipes, cualquiera de nosotros –usted también no lo dude- puede ser dejado en la estacada en cualquier momento por aquel al que han estado cuidando y mimando durante años. El día en que menos lo esperas, eres bajado de un coche y ahí te quedas, en medio de la carretera, con la misma cara de perro pachón que aquel San Bernardo ponía en el anuncio con el slogan de “No le abandones, él nunca lo haría”. Habría que añadir que precisamente por eso, porque al perro le sobran cojones y no va a a
bandonarte, va a tener que ser el otro el que lo abandone a él.
bandonarte, va a tener que ser el otro el que lo abandone a él.No sabemos nada de lo que va a ocurrirnos, no tenemos ni puta idea. Ignoramos que nuestros planes van probablemente a saltar por los aires. La publicidad –los bancos, las casas de seguros, el Estado- nos incita a vigilar nuestra seguridad. La seguridad, esa expectativa que terminamos convirtiendo en neurosis, hace que nos creamos en condiciones de garantizar nuestras certezas durante años. Los dioses deberían partirnos de un rayo irritados ante tanta insolencia, que deja en muy poquita cosa la soberbia castigada de quienes pretendieron llegar a los cielos con la Torre de Babel.
Llevo semanas temiendo que mi casa va a hundirse, lo cual no solo podría destruirme a mí, sino también a mis vecinos de abajo, que no tienen bastante con soportar mis obras de reforma para que encima yo les caiga una noche en la cabeza junto a los escombros y vestido con unos calzoncillos. Mi casa no caerá, creo, pero cuando en uno de estos trances uno ve las entrañas de una casa, los suelos abiertos, las paredes con sus viejos tubos y sus cañerías oxidadas, descubre que el paraíso que creemos habernos construido en honor al Dios Seguridad no es tan estable como creemos.
Lo he visto tantas veces… alguien que cree poder dominar el conjunto de su existencia y la de sus seres queridos se encuentra en cuestión de minutos con que todo ha saltado por los aires… y que sin brújula ha de ponerse a caminar hacia no se sabe dónde por un desierto inmenso. En estos casos uno se queda tan helado, le parece tan falsa la película que se desarrolla ante sus ojos, que algunos llegan a confundir con entereza y sangre fría lo que solo es incredulidad, pura incapacidad para reaccionar.
Llevo semanas temiendo que mi casa va a hundirse, lo cual no solo podría destruirme a mí, sino también a mis vecinos de abajo, que no tienen bastante con soportar mis obras de reforma para que encima yo les caiga una noche en la cabeza junto a los escombros y vestido con unos calzoncillos. Mi casa no caerá, creo, pero cuando en uno de estos trances uno ve las entrañas de una casa, los suelos abiertos, las paredes con sus viejos tubos y sus cañerías oxidadas, descubre que el paraíso que creemos habernos construido en honor al Dios Seguridad no es tan estable como creemos.
Lo he visto tantas veces… alguien que cree poder dominar el conjunto de su existencia y la de sus seres queridos se encuentra en cuestión de minutos con que todo ha saltado por los aires… y que sin brújula ha de ponerse a caminar hacia no se sabe dónde por un desierto inmenso. En estos casos uno se queda tan helado, le parece tan falsa la película que se desarrolla ante sus ojos, que algunos llegan a confundir con entereza y sangre fría lo que solo es incredulidad, pura incapacidad para reaccionar.
Se me ocurre lo que supone haber nacido catorce kilómetros más allá o más acá del Estrecho. En esa diferencia tan insignificante se trama la distancia inmensa entre ser un europeo civilizado, opulento y con la boca llena de derechos, y ser un africano, con todo lo que ello implica. Simple azar. Los hilos desde los que se sujeta todo son delgados… y me temo que Dios no tiene nada previsto para cuando se rompen. De pequeño me decían que si volvía rápido la vista quizá llegara a ver furtivamente a mi ángel de la guarda. Prueben… y acaso lo que se encuentren sea su asterisco. Y ¿saben?... la cosa después de todo tiene su gracia. No sé si es instinto de jugador, pero hay algo en esa sistematización de la vida humana a la que nos acostumbra nuestro neurótico entorno que resulta insoportable. Juguemos.


ban para evitar que sus viviendas fueran derribadas?
nsándolo.





















