
-“Lo que estoy diciéndole es que si lo hace el Presidente, entonces es legal.”
Esta afirmación es lo que ha quedado para la historia del desafío Frost-Nixon, nombre que se la ha dado al encuentro que preparó un afamado presentador televisivo británico, David Frost, que consiguió así la primera entrevista realizada a Richard Nixon después de su legendaria dimisión.
La película es magnífica. No creo que sea ajena a su luminosa factura la presencia del guionista de The Queen (Stephen Frears), Peter Morgan, cuyo manejo de los tempos narrativos me parece ejemplar, y cuya credibilidad sospecho que supera con creces a la de el director Ron Howard. Me trae sin cuidado si Howard ha explotado con este film, si es obra suya en el sentido de autor que manejamos en Europa o si es que hasta ahora las presiones mercadotécnicas le habían obligado a estrangular su talento. Lo cierto es queda una película redonda, muy poco que ver con Nixon, de Oliver Stone, donde se rompía con las convenciones del biopic mucho menos de lo que
el propio Stone deseaba.En realidad, El desafío… no pretende relatar la tragedia de un cadáver político que bracea estérilmente para no ahogarse y de paso sacar un buen puñado de dólares a las televisiones a las que tanto odiaba. Tampoco es exactamente una de esas shakesperianas reflexiones sobre el poder –el tirano en su laberinto, casi haciéndonos sentir lástima por él y por el vacío de las ambiciones humanas-. Esa fórmula podría funcionar con un equipo tan brillante como el que ha hecho valer Ron Howard para llevar a buen puerto el film, empezando por los interpretes, Frank Langella - Nixon menos sobreactuado y lecteriano que el de Hopkins-, secundado por Martin Sheen y Kevin Bacon.
¿Qué es lo realmente enigmático de este film? Cuando se nos relata una determinada trama política en clave de thriller, como en la ya muy envejecida Todos los hombres del Presidente, lo que se pretende es iluminar las trastiendas del espacio político. No muy lejos de la lógica de la conspiración, los grandes malvados y corruptos de este tipo de relatos nos permiten creer que nuestras vidas son gobernadas por oscuros mandarines que se juegan nuestras cabezas a los dados en lóbregas estancias. De una manera u otra, siempre hay un Juez Garzón o un periodista con espíritu de mosca cojonera capaz de marear a un pringado de Palacio para convertirlo en Garganta Profunda y empezar a tirar de un hilo que se va calentando hasta quemarse, cuando un grupo de empleados directos del candidato son sorprendidos ridículamente por el FBI en plena faena de espionaje. “Compadezco a los presidentes de la URSS, nunca saben si están rodeados de micrófonos”, ese chiste y algún otro de Nixon, muy del imaginario yanqui de la época en torno a la KGB y los e
nemigos comunistas, refleja la inconsistencia moral del personaje.Michael Moore contra Bush, Woodward y Bernstein contra Nixon, Erin Brockovitch contra las multinacionales… la historia del cine norteamericano está preñada de este tipo de cantares de gesta de un common man que decide enfrentarse a los capos mafiosos del universo y termina recordándole a la ciudadanía que las leyes están siempre por encima del juego del poder, que son los hombres los que sirven a las instituciones y no al revés, que el crimen es más execrable cuando proviene justamente de lugar donde hemos colocado a aquellos en quienes hemos depositado nuestra confianza, que el principio de que el más pequeño de los hombres puede ser presidente es tan válido como el de que el más pequeño de los hombres puede derribar al más grande… Acaso lo difícil sea hallar tramas políticas que no nos aleccionen moralmente con la misma historia: siempre la necesidad de los héroes, siempre la perversidad inequívoca de los corruptos terminando por aparecer tal cual, sin incómodas ambigüedades, para que podamos confortarnos con la convicción de que “yo no soy como ellos”.
Creo que El desafío: Nixon vs Frost va de otra cosa. Lo que hay en juego sobre el tablero creado por Frost para saltar definitivamente a la celebridad mediática no es la posibilidad de que Nixon regrese como es su deseo a Washington o que los americanos aten los últimos cabos sobre las contradicciones de su sistema… Todo eso está, desde luego, entre otras cosas porque es demasiado evidente que Gerald Ford indultó a su predecesor con las mismas corruptas malas artes que le enseñó su predecesor en la Casa Blanca. Pero el trasfondo que verdaderamente debemos atisbar es el del secreto traslado del poder desde los tradicionales foros institucionales –
deliberativos o secretos- hacia las luces de la verdad catódica, es decir, hacia los media.¿Qué revela la larga entrevista en cuatro tramos de Frost al ex-Presidente? Planteado tal cual un combate de boxeo, lo que Frost pretende, tras quedarse sin financiación, es grabar un auténtico boom periodístico, un producto que desenmascare de tal manera a Nixon que las televisiones que antes han rechazado el producto se pongan de rodillas después para adquirirlo en exclusiva. Durante las primeras sesiones su fracaso es total. Tras una entrada agresiva muy de aspirante a campeón, el periodista se va desinflando como un bluff. Nixon lanza de vez en cuando golpes imprevistos, como cuando pregunta a David unos segundos antes de empezar la segunda entrevista si “fornicasteis anoche”, desestabilizándole por completo. Después, el entrevistado hace uso de toda su maestría, forjada en décadas de lucha sórdida por instalarse en el poder desde la nada, y sostiene inanes e interminables soliloquios para mantener a distancia al oponente y no dejarle marcar los ritmos del combate. Todo parece ir de maravilla para Nixon. Está pegándole un revolcón impresionante a Frost… Hay quien entre los asistentes imparciales incluso sugiere que debería volver a la Casa Blanca.
Todo cambia cuando llega la cuarta de las entrevistas, dedicada monográficamente al Watergate. La hipótesis que maneja esta narración no es la de que Nixon se descompuso por la presión de Frost. Una noche antes Nixon llama por teléfono al periodista de forma imprevista. Frost se siente derrotado, pero Nixon, que después no recordará nunca haber realizado esa llamada –al parecer tenía algún problema con el alcohol- le da algunas claves decisivas para la entrevista del día siguiente. Nixon está convencido de su genialidad, pero no cree que sea su conducta ilegal o las matanzas ordenadas en Camboya las que hayan sepultado su carrera, cuyo final se resiste a aceptar. “Nos odian, a usted también, no pueden soportar que tipos salidos del arroyo puedan alcanzar el éxito”. Nixon cree representar la consumación del american dream: es su talento el que le ha llevado a ir escalando cada uno de los obstáculos hasta alcanzar la condición suprema. Si no ha podido seguir es solo por el resentimiento de los señores feudales que dominan la nación, hombres taimados, vestidos con elegantes trajes que conspiran en la sombra para que nadie les quite el sitio.
A la mañana siguiente Nixon entierra delante de la cámara toda su credibilidad. Es su final, y el gesto de su equipo de asesores cuando pronuncia la famosa frase –"If the Presidente does it…"- no deja lugar a dudas, los acaba de sepultar también a ellos. Tras unos minutos de pausa forzados por la violenta irrupción en el plató del primer secretario, Nixon decide hacerse el harakiri, renuncia a las estrategias de púgil tramposo y explica de una vez por todas quien es, por qué hizo lo que hizo y por qué cree estar siendo objeto de una terrible injusticia. Al final de la entrevista, el equipo de Frost celebra mezquinamente con champán su triunfo mientras el campeón derrotado se aleja hacia la jubilación definitiva. Pero Nixon no ha sido exactamente derrotado p
or Frost.Hay algo misterioso en el Nixon de Langella, algo como un deseo inconsciente de ser derrotado. Cree ser mejor que Frost, que todos los canallas de la prensa y que las serpientes de Washington… Pero hay algo que le genera un permanente desasosiego y que se concreta en el auténtico McGuffin del relato: unos zapatos italianos sin cordones que usa Frost y sobre los que Nixon parece interesarse. “Son algo afeminados”, le dice su asesor. Esos zapatos, que al final le son regalados por Frost, simbolizan lo verdaderamente crucial de esta historia: Nixon no ha sido derrotado por la Justicia ni por la oposición parlamentaria, ha sido derrotado por la prensa y, más en concreto, por la televisión. “Me sudaba el labio inferior y la gente se dio cuenta, por eso perdí en el debate electoral, la gente lo advirtió a través del televisor; sin embargo los que lo oyeron por la radio me dieron ganador”. Nixon nunca creyó haber hecho nada que no hubiera hecho ya cualquier otro Presidente, empezando por Kennedy, su verdadera bestia negra. Kennedy era atractivo y carismático, era un líder, “yo nunca gusté, es eso lo que nunca me han perdonado”.

Décadas de una carrera deslumbrante echadas al garete en un solo primer plano de labio sudoroso. Horas y horas de combate televisivo derrotando sin paliativos al periodista para acabar por darle la carnaza que desea, reconociendo su delito, y mostrando en primer plano su diente retorcido y su mirada colérica cual Luis XVI: “El Estado soy yo, ¿qué os creíais?”
En los peores momentos del proceso, cuando el fracaso parece irremediable, uno de los asesores insinúa a Frost que a fin de cuentas él solo es un showman. Y es cierto, Frost ha destacado por entrevistar brillantemente a estrellas de la farándula. “¿Por qué no a Nixon?”, se dice. Hoy sigue siendo un tipo encantador y la encarnación del personaje mediático, con esas fiestas anuales de las que todo el mundo habla en Londres y sus elegantes trajes y zapatos italianos. Con los zapatos que a última hora le regala, Frost está traspasando su secreto a su oponente, pero para Nixon ya es muy tarde. Al menos, a éste le sirve para entender por qué siempre detestó tanto a los Kennedy. Nixon representaba un modelo en extinción. No creía en la democracia sino en el poder, desde luego, pero nunca pensó que fuera la democracia la que acabara con él, fueron esos primeros planos desafortunados, ese trabajo en las cloacas del Washington Post que desató el escándalo, esos zapatos de Frost que él nunca se atrevió a llevar porque podían resultar afeminados.
Eso es lo que deja traslucir esta luminosa y ejemplar construcción fílmica, poseedora a la vez de una sombría belleza. Sabemos que Obama nada tiene que ver con Nixon. Ojalá la suya no sea la sonrisa amable tras la que se ocultan los nuevos criminales. Pero eso, me temo, ahora mismo ni siquiera él lo sabe. De momento da bien en primer plano y no le suda el labio inferior.

































