Saturday, January 16, 2010








LUNES. ¿Por qué no amar a Paquirrín? El hijo del torero y la folklórica no es ejemplar, más o menos igual que cualquiera, le sobran kilos, le falta pelo y no le asisten excesivas ganas de trabajar. Las víboras de la prensa rosa, deseosas de vengarse de la cantaora, que siempre ha tenido el buen criterio de tratarlos como lo que son, es decir, chusma, han explotado la carnaza de Paquirrín con sus noches de farra, sus putas, sus amigachos desleales, mientras un auditorio envilecido les ríe las gracias a tanto miserable que se las da de moralista. ¿Escándalo? ¿A quien puede escandalizarle un joven que bebe tres gin-tonics, fuma dos porros e intenta aprovechar su fama para ligarse a alguna tía buena? Lo escandaloso es el poder de crear opinión que tienen todos esos canallas que hacen “prensa rosa”, aunque ahora les den premios ondas. Amo a Paquirrín porque, bien pensado, los ha puesto a todos en su sitio. No se enfada, no se siente insultado, es el fondo un tipo encantador que te invita a cervezas y sabe reírse de sí mismo. Por eso ha decidido jugar la estrategia invencible: “¿queréis reíros de mí? Pues ahora soy yo el que va a hacer el bufón, pero el bufón con ganas y con vocación, y además soy yo el que se lo va a llevar crudo”. Ya no tiene morbo meterse con Paquirrín, es él el que hace chistes malos sobre las hazañas nocturnas que antes daban para un programa nauseabundo en Tele Cinco, es él quien reconoce que liga porque es famoso a pesar de ser feo, calvo y gordo. Paquirrín ha aplicado la reducción al absurdo, es el primer famoso que ha puesto en crisis la lógica envilecida que gobierna los shows televisivos.

MARTES. Era irremediable convertir a Mrs Robinson en estrella de Internet y a su joven amante en candidato a portada de revista gay, tanto como asociarla a la Señora Robinson de El graduado, relato imprescindible para entender el sentido del giro espiritual que supuso la cultura de los sesenta para las sociedades occidentales. No hay nada que me escandalice en que una mujer de sesenta años ame a un hombre de diecinueve, me parece incluso sano, yo también lo haría si fuese ella y tuviese un marido como el que tiene. El problema es la doble moral, desde luego. Da un poquito de risa imaginarse a Mrs Robinson soltando orgásmicos alaridos mientras en los periódicos de la mañana ha aparecido jaleando a las mayorías morales irlandesas y declarando que “la homosexualidad es una abominación.” ¿Sorprendidos? Yo no. He visto más hipócritas
bajo las columnas del templo que lejos de ellas, y no me parece que en esto los protestantes anden peor aviados que los papistas. Pero no es Mrs Robinson quien me preocupa, ya intentará poner en paz con Dios su alma cuando llegue su hora… No es ni siquiera que beneficiara con poder y dinero públicos a su amante. Pienso en qué pasa por la cabeza de todos aquellos que votan a alguien porque se da golpes en el pecho y amenaza con fustigar a todos los que sus disipadas costumbres amenazan los sagrados valores de la familia cristiana, la castidad y todos los demás espantajos con los que se vienen justificando atrocidades desde hace milenios. Por cierto, a mí siempre me gusto más la bruja que Blancanieves, es decir, siempre preferí a Mrs Robinson que a la tonta de Elaine, tenía más morbo… Aunque la otra Mrs Robinson, la de verdad, también tiene su punto, para qué voy a mentir.

MIÉRCOLES. Borges cuenta que entró por azar en una representación del Hamlet en un barrio bonaerense. Escenografía pueril, actores nefastos… “pero yo salí del teatro henchido de pasión trágica, Shakespeare se había abierto camino a pesar de todo.” Hermoso pero falso, Borges mentía más que hablaba. Viene a cuento la cita porque han estrenado el último Sherlock Holmes. No, lo siento, no voy a pedirle a Conan Doyle que vaya a abrirse camino ante un relato donde su héroe pega mamporros de karate y marca músculos, mientras resulta que Watson es guaperas y delgadito. “El público de hoy no soportaría a Holmes reflexionando”. ¿Por qué no decir directamente que el público de hoy es imbécil? Algún día advertiremos las dimensiones del mal que han hecho al cine Spielberg o Lucas, que solventaron la crisis del Hollywood de los setenta sustituyendo la inteligencia de los guionistas y el talento de los actores por la espectacularidad circense de los efectos especiales y la “acción”. No se trata de acabar con el trucaje, el cine siempre es, como la pintura, un “truco”, un trompe l´oeil… se trata de que a uno no le tomen por imbécil. ¿Ortodoxia? No, ¿por qué? No hay visión más heterodoxa y a la vez más hábil y hermosa del héroe de Baker Street que la de Billy Wilder en The secret life of Sherlock Holmes. Claro, pero entonces, el público amaba al personaje de Conan Doyle, el cual, qué le vamos a hacer, solía reflexionar y tocar el violín. Me entran ganas de decir aquello de “¡quita tus sucias manos de Sherlock Holmes!”, pero creo que es mejor simplemente no ir a ver semejante engendro.

JUEVES. Perdí demasiado tiempo en los años de universidad explicando a mis compañeros qué era eso tan misterioso que me hacía acudir al cine cuando se estrenaba un film de Erich Rohmer. Fue inútil. “No hay nada en sus películas”, pero es atributo de la barbarie el no saber ver nada allá donde sí se nos está mostrando algo. Mostrar, eso es lo que siempre intentó Rohmer. No hay declaraciones de principios grandilocuentes ni excesos poéticos, se trata más bien de un cine prosaico. Misteriosa seducción la que ejercen los personajes tras la banalidad de sus conversaciones. Seducción de la lentitud, del ritmo de la vida tras conversaciones aparentemente inanes donde los cuerpos se deslizan hacia su propia incapacidad para entenderse a sí mismos. Hay en los relatos de Rohmer una extraña quietud, como si se presintiera un orden espiritual en el universo, orden religioso, en cierto modo, pero no sacrificial ni paroxístico. No sé explicarlo, son las imágenes las que nos muestran eso indecible del arte que el discurso crítico no puede atrapar. Hay algo en la vida que ya es rohmeriano para siempre.


VIERNES. Haití, el horror. La gente se indigna ante la televisión porque le hace sentir el vértigo de su propia impotencia. El horror-show es la pesadilla de la sociedad sobreinformada. Las celebridades como Pitt y Jolie que declaran su pesar y ofrecen su dinero… Los cuerpos que se apilan en las calles como si las vidas de cada uno de ellos jamás hubieran valido nada, un Auschwitz en los trópicos. El silencio, creo que prefiero el silencio...





Friday, January 08, 2010








EL DOBLE
Y
LA NIEVE




Mi vida es tan fascinante o tan aburrida como la de cualquiera. Si les relato mis últimas cuarenta y ocho horas no es por ese exhibicionismo blogger tan adolescente del que la Red anda saturada, sino porque corrobora la impresión que me ronda cada vez más de que el Destino juega conmigo... y lo hace, qué maricón, para reírse a mi costa.

1. Este relato empieza anteanoche cuando, al ingresar en el ascensor, tras congelarme absurdamente en un estadio, me topé con uno de esos tipos cuya cara no te suena pero que, por su actitud, se identifica bajo la categoría presunta "Nuevos Vecinos del Bloque", algo nada extraño teniendo en cuenta que vivo en un edificio inmenso y muy propenso a habitantes esporádicos y estrafalarios (Creo que hay incluso una discreta casa de putas, no les digo más). Alude al frío reinante, yo -mientras se me pasa por la cabeza que tiene cara de duende de cuento de los Hermanos Grimm- le contesto resoplando y asintiendo con la cabeza.
-"Este frío es de nieve", dice con aire de experto en el tema, "... va a nevar".

-"Si, bueno, pero no en Valencia...", contesto dándomelas de tipo cerebral y equilibrado.
-"Le digo que va a nevar", hágame caso.



2. La conversación con Tiresias, el Profeta, sobre la inminencia de la nevada trae a mi mente dos recuerdos. Uno es una fotografía de mi madre, de los años sesenta, joven sonriente junto a sus amigas en un lugar completamente vestido con el manto blanco y cuajado: es la Plaça de la Mare de Deu de Valencia. Todos los que viven recuerdan aquel día, del que por cierto hay innumerables fotos en blanco y negro entre las familias de la ciudad, pues acaso ninguna mañana fue tan fotografiada. Yo solo vi aquella nieve mítica una vez en Valencia, donde todo el mundo sabe que tal cosa es imposible. Fue hace veinticinco años. Acudí al colegio un sábado a las ocho de la mañana para disputar un partido de la liga de futbito. Era un problema que te cambiaran porque te quedabas sudado y con los pantaloncitos cortos congelado en el banquillo. Yo llevaba el balón en el mediocampo, y recuerdo perfectamente lo que pensé en aquel momento. "joder, vienen hacia mí un montón de papelillos blancos", pero no, aquellas cositas blancas que se dejaban llevar por el viento eran copos de nieve.


3. Por la tarde ingreso en internet y, por casualidad, descubro un plagio. Nuestro amigo Justo Serna cuelga en su blog un artículo que publicó en 2003. Asisto, alucinado, a la evidencia de que ese artículo ha sido plagiado de la manera más burda y desvergonzada que se pueda imaginar. (Podéis consultar los pormenores del rocambolesco asunto consultando el blog de Justo, que tenéis aquí linkeado) No consigo terminar de indignarme, pobre hombre, pienso, me recuerda a mis alumnos cuando fusilan un trabajo de wikipedia o el Rincón del Vago. Y se me ocurre pensar también en que, después de todo, me gustaría que alguien me plagiara. Creo que me sentiría igual que si me intentaran fotografiar desnudo en la playa o me intentaran observar en la ducha... en el fondo me sentiría halagado.



4. Todas esas teorías delirantes sobre la media naranja, la leyenda urbana de que tenemos un idéntico en algún lugar del mundo. Tengo razones para pensar que mi clon es un narcotraficante de poca monta, pues hubo una época en que todo dios me pedía hachís cuando pasaba junto al bar que hay junto a la casa de mis padres. Los tímidos se me acercaban susurrando algo que nunca entendía a la primera -yo me imaginaba cualquier cosa guarrona-: "Oye, ¿tú no conocerás a alguien que pase chocolate por aquí cerca?" Hasta que uno, menos tímido o con demasiadas horas de mono, se cansó de mi tenaz negativa: "¡Va, tío, si fuiste tú el que me pasó hace cuatro noches!" "Pues debías ir muy ciego, cabrón...", pensé, "... para no darte cuenta de que no era yo tu camello" Un día no pude aguantar más mi curiosidad y entré en el baretucho de marras: y allí estaba mi presunto clon: menos sexy, fresco y lozano que yo... pero bueno, vale, teníamos una retirada común, no iban pues tan desencaminados nuestros clientes.

Ahora bien, encontrarse nuestro escrito plagiado, eso se me antoja más inquietante. Alguien, en un lugar remoto, ha hecho de caja de resonancia de nuestra voz... Sin conocernos, nos ha hecho el honor de doblarnos. Como una sombra, ha reproducido nuestros gestos, se ha apropiado siquiera momentáneamente de nuestra identidad, un poco como esas cámaras que enfurecían a los salvajes cuando los fotografiaban porque pensaban que les robaban el alma. El plagiador nos hace el honor de robarnos un cachito de alma... un honor inquietante. ¿Cómo será mi plagiario?



5. Llaman los freudianos material onírico a esos elementos de la experiencia cotidiana que se reciclan después en el relato del sueño para adoptar significaciones gobernadas desde el subconsciente. Lo sucedido por la tarde con el plagio descubierto y la lectura -meses atrás- de El castillo blanco, de Orhan Pamuk, se convierten en el material onírico de esa noche. Sueño que viajo a Estambul -una de mis ciudades más amadas- y soy recibido en la corte otomana con todos los honores. Los cientos de miradas que se concentran sobre mí no pueden reflejar una bienvenida más admirativa: me han destinado a grandes empresas porque resulta que soy el doble del Gran Turco o, si lo prefieren, del Sultán. Mi clon, o mejor, mi Original, se acerca a con ojos afectuosos, se sitúa a mi lado para que todos nos vean juntos: está orgulloso de tenerme como su nuevo y leal servidor. El sueño es estúpido, desde luego, ¿cuál no lo es?, pero es el primer sueño plácido que recuerdo en bastante tiempo.
6. Salgo de casa cuando el día no se atreve aún a asomarse ni remotamente. Me inquieta la sensación de que el sueño grato que acabo de tener me otorga el triunfo, pero solo por ser el "doble", el plagio, la reproducción de otro. Hace mucho frío. Hago recuento de los cuadernos y libros que he de llevar en la mochila. Doblo la esquina del enorme bloque donde vivo. Unos papelillos blancos se estrellan tiernamente contra mi cuerpo. Pienso que alguien los lanza desde un balcón, o que vienen de las ramas de un árbol... Y, de pronto, caigo: "Joder! que está nevando... la nieve en Valencia, otra vez" Río estruendosamente mientras camino en la noche hacia el trabajo por enmedio de la calle para que los copos se ceben sin vergüenza sobre mí. Se me cruza por la acera una mujer con cara de "estoy helada", extiende la mano fuera del arco protector del paraguas y descubre que es nieve lo que viene del cielo... Se pregunta también probablemente de qué se ríe el idiota de la mochila que acaba de cruzarse.




7. Pueden plagiarme, lo estoy deseando, pueden también fotografiarme desnudo... Pero no me pidan hachís, no soy yo el que les pasó la otra noche, cenutrios.





Friday, January 01, 2010







EN DINAMARCA







No empezamos año, empezamos década, que no significaría absolutamente nada de no ser porque políticos, popes religiosos, líderes terroristas y otros personajes del show business suelen elegir fechas señaladas para perpetrar medidas de alto calado para salvarnos. En otras palabras, que en años acabados en cero tenemos todos más posibilidades de ser considerados efecto colateral de alguna guerra santa, residuo industrial tóxico o víctima sacrificial para aplacar a Kuculcán... vamos, que -por más que usted se considere insignificante- tiene más papeletas que otras veces para que algún gran diseñador de proyectos considere que es usted muy útil, siempre y cuando se deje matar un poco.



Aparte de las conspiraciones universales, los templarios, los insultos a Zp o las leyendas urbanas, entre los blogueros es común en días como hoy dar el parte de noticias del año que viene, en este caso de la década que viene. Así, lo común -porque tiene más gracia- es ubicarse con tono pesimista en el 1 de enero de 2020 y decir cosas como éstas: "En estos diez años, y siguiendo la senda de Obama, ha habido más negritos presidentes, pero han terminado siendo tan ineptos y corruptos como los blancos... Desde La Habana se anuncia que Fidel Castro está gravemente enfermo y que se prepara una apertura política... Raúl fue nombrado entrenador del Madrid y lo destituyeron a las tres semanas ("mi corazón siempre será merengue", dijo al conocer la noticia)... Manuel Fraga empezó a perder poder paulatinamente entre los populares gallegos..."


En fin, mejor lo dejo, que tampoco es tan divertido.




Ya puestos a hacer valer la máquina del tiempo para situarnos en el futuro, prefiero ponerme serio y hacerles partícipes de la indignación que ahora mismo debe tener cualquier persona de bien por la prisión incomunicada de Juantxo López de Uralde y sus tres compañeros de la organización Greenpeace. El dirigente de la organización en España y una compañera encontraron la manera de hacerse pasar por aristocráticos invitados a la recepción real que se realizó con motivo de la Cumbre sobre el cambio climático en Copenhague. Una vez dentro del palacio desplegaron la pancarta correspondiente y denunciaron lo que todos sabemos, que la cumbre no es más que un simulacro. "Es que ahora no nos viene bien... es que nosotros también tenemos derecho a enguarrar el aire... es que yo no me puedo permitir...". Sí, vamos, que hay que reunirse porque los verdes, Al Gore y algún otro pelmazo han extendido eso de que hay cambio climático y tiene que parecer que los líderes hacen algo y andan preocupados por el tema. La Cumbre tenía un final feliz, los jefazos chismorreando sobre lo buena que está Carla Bruni y todos poníéndose hasta el culo en la cena fin de fiesta... Lástima, Juantxo y compañía les amargaron el paisaje, y eso que el Estado danés hizo mucho para que todo saliera bien, empeñado en reprimir "contundemente" las protestas en la calle. Pero nada, Greepeace recurrió como tantas veces en su ya dilatada historia reivindicativa a la astucia, jugó con las mismas armas del enemigo -vestir a dos de los suyos de aristócratas de rancio abolengo- y consiguió, no solo hacer llegar su protesta sino además, de rebote, evidenciar lo perverso de la lógica de los poderes públicos, los cuales son convocados supuestamente desde la ética, pero terminan demostrando que están muy poco dispuestos a aceptar el disenso.
Sí, sí, ya lo sé, Juantxo y su compañero cometieron "delitos" como la usurpación de identidad, la violación de un acto oficial... claro, al Gobierno de Dinamarca le preocupa mucho la legalidad. Y le va a preocupar más si la legalidad internacional se deja guiar por un principio básico de justicia, pues creo que es el gobierno danés el que algún día tendrá que rendir cuentas ante los tribunales por la barbaridad que está cometiendo.





En cualquier caso, Greenpeace ha conseguido ya lo que pretendía. Y lo ha hecho desde una estrategia de desenmascaramiento de la que todos deberíamos aprender. Está, insisto, en la historia de Greenpeace: propaganda hábil y con pegada, ironía que devuelve a los poderes el reflejo de su propia hipocresía, labor de investigación seria y fundamentada pero orientada a una propaganda con grandes connotaciones emocionales, independencia y autofinanciación respecto a los gobiernos... Y todo ello sin consentirse un solo procedimiento violento.





¿Una conclusión? Desde el principio todos sabíamos que la Cumbre sería un simulacro. Lo sabían los convocantes, lo sabían los mandarines y lo sabía Greenpeace, sencillamente porque aplicar medidas contra el cambio climático no es inmediatamente rentable, y mientras ese criterio -el de la rentabilidad inmediata- no deje de regir nuestras sociedades, seguiremos caminando hacia el abismo. Eso sí, uno siempre puede confortarse escuchando a los negacionistas que dicen que Al Gore miente, que el cambio climático es una invención conspirativa, que en Greenpeace hay tramas oscuras... En fin, lo de siempre. Les invito a pegarse una vuelta por las publicaciones de todo tipo que defienden este tipo de posturas y se darán cuenta de que quienes niegan el cambio climático lo hacen con similares argumentos a los que hace más de un siglo refutaban el "contubernio"evolucionista.
Mientras tanto, volveré a ese recurso muy blogger de avanzarme al futuro, y se me ocurren las siguientes noticias-resumen de la de década en el primer noticiario del año 2020.




1. Juantxo López de Uralde y sus compañeros fueron liberados el Día de Reyes de 2010. Un tribunal internacional obligó a los jueces daneses a eliminar los cargos e instruyó un procedimiento contra el gobierno de Dinamarca por terrorismo de estado.





2. Durante estos diez años los ciudadanos han entendido por fin que el control de la natalidad es un factor clave para la supervivencia de la especie. En el Vaticano siguieron sin entenderlo, pero durante esta década han dejado definitivamente de hacerle caso, de ahí que Benedicto XVI haya agudizado su característica cara de mala hostia.

3. Los ciudadanos han entendido que pueden vivir con menos y que la obsesión por el Crecimiento era uno más de esos grandes relatos a modo de religión con los cuales se nos mantiene lo suficientemente hipnotizados como para poder engañarnos a placer.

4. El peatón se convirtió en la nueva especie protegida, el gran agente de reivindicación que consiguió que la idea de unas ciudades peatonalizadas en todo su centro histórico y libres de humos y de ruidos dejara de ser una utopía.





5. Se entendió que el hambre y la injusticia eran verdaderas cuestiones ecológicas...

6. Los ciudadanos se dieron cuenta -al fin- de que los políticos no iban a resolverles la vida, de modo que dejaron de perder el tiempo echándoles la culpa de todo y suponiéndoles un poder que no tienen, y encontraron el coraje para buscar soluciones por sí mismos. El asociacionismo civil ha sido el gran protagonista de la década. Por contra, no ha sido una buena década para los gobernantes carismáticos... A la gente dejó de hacerle gracia Berlusconi, Sarko perdió el poder y luego a su novia -"¿no creerías que estaba contigo por lo guapo que eres?, dejo escrito ella en su carta de despedida-... en general les ha ido bastante mal a todos, incluso a Chávez, que perdió su programa de televisión Aló, Presidente por falta de audiencia.

...En fin, sigan ustedes si quieren. Y antes de eso pásense por la web de Greenpeace y firmen el documento de apoyo.

Friday, December 25, 2009





CREER Y NO CREER
Dice el tonto a las tres de Cristo Mejide "sed buenos, pero no idiotas". Es su manera de justificar el programa que hace en la tele, divertido en ocasiones porque raja despiadadamente de todo bicho viviente -más o menos lo mismo que hacemos todos cuando nos juntamos y hablamos de cómo van España y el mundo-, pero que llega a hastiar y a resultar un poquito plano cuando compruebas que las razones con las que pone a parir a alguien se convierten en las opuestas cuando hay que meterse con otro, o sea, que el rollo es pelar a todo Dios y embolchacarse con ello una buena pasta. Profetizo al amigo Mejide pocos años de supervivencia televisiva: cuando solo se sabe ser un cabrón se termina aburriendo al personal, por más que sea justamente esa condición la que le ha puesto en la pomada. Todo cansa.


Pero ahora me asalta una angustiosa incertidumbre: ¿no será que yo tampoco sé hacer otra cosa que rajar de todo y de todos? "¡Soi uno detructore!", gritó en una ocasión una folklórica a los paparazzi que la acosaban día y noche a la puerta de su casa. ¿No seré yo también un Mariñas de la vida? Quizá me refugio en la sana lucidez filosófica del escepticismo para disimular que, en realidad, lo único que sé es destruir. Digo todo esto porque, en medio de la Navidad, descubro que no es mentira eso de que a la gente le entra un espíritu algo hipocritón y un poquito cursi y empalagosillo cuando conmemoramos tan entrañables fechas. Ver que verdaderos hijos de puta te desean feliz navidad con sonrisa beatífica como si se lo creyeran es toda una experiencia, como el del noveno piso de mi bloque, quien me felicita efusivamente mientras pienso "paga lo que debes a la comunidad, pedazo de mierda y métete tu felices por donde yo te diga".




Hay quien se toma tan en serio esta bonita época del año que podríamos hablar tranquilamente de un "síndrome de la Navidad Interminable". Es el caso del actor Antonio Ozores. Según cuentan, el tipo tiene la casa permanentemente decorada con miles de motivos navideños, todos los que ha podido ir recogiendo a lo largo de su larga vida. Duele a la vista y al alma pensar en dejarse caer por casa de un caballero que tiene papás noeles de estuco, bolitas doradas y velas de colorines delirantes en pleno agosto. "Habitar para siempre el espíritu de la Navidad, ese es el mundo de paz y concordia con el que sueño, un eterno reino navideño." Seguro que el tío dice alguna cosa por el estilo y se queda tan pancho. Yo, que siempre he pensado que las pesadillas consisten en la repetición machacona e inmisericorde de lo Mismo, no imagino nada peor que una Navidad que no se marchara. Es lo mismo que me pasa con el verano o con las Fallas, que las soporto solo porque sé que están un rato y luego se marchan.





Bien es cierto que no todo el mundo sabe guardar las formas. Tengan ustedes la ocurrencia suicida de deambular en estos días por una gran ciudad con el coche como me tocó a mí ayer a media mañana. Es el efecto del viernes, que paradójicamente la gente se estresa y se vuelve agresiva más de lo habitual ante la cercanía del descanso, pero elevado a la ene potencia, de manera que uno no sabe si la gente va a comprar viandas y regalos a la Calle Colón o a pelearse con media humanidad. Me hizo pensar la situación que les relato. En uno más de tantos embotellamientos, una chica joven y guapa, muy bien vestida, maquillada y con pelo de peluquería, salió de su coche, corrió femeninamente -que es como con zancos y con los brazos extendidicos- y se abalanzó ante mi sorpresa sobre el taxi que tenía delante para empezar a soltar desgarradores alaridos "-¡¡¡¡¡HIJO LA GRAN PUTA!!!!- mientras arañaba con sus uñas de porcelana roja los cristales. Regresó al coche y siguió adelante con cara de "soy un lujo para esta ciudad", qué mona. Vamos, que la violencia es un clásico de la Navidad tanto como lo son los buenos deseos de paz, qué enrevesada es la vida, joder.


Pese a todo debemos absolver a la Navidad. Es cierto que celebramos una cosa en la que no creemos, pero eso es más o menos lo mismo que pasa con el matrimonio o con la educación, y sin embargo la gente sigue casándose con la sonrisa en la boca y enviando a los niños a la escuela. La prueba es que, por lo general, no hacemos mucho más que comer, beber, comprar cafeteras inútiles en el Corte Inglés, pelearnos y matarnos con el coche en Nochevieja.

...Y, sin embargo, yo veo que mi madre está contenta de que estemos todos al cordero... conque nihil obstat.

Además, ya descubrí hace muchos inviernos que es la ilusión lo que sostiene esta bola giratoria llamada Tierra sobre sus goznes. Puede parecer poca cosa, pero lo que hace realmente valiosa la vida no son las cosas buenas que nos pasan, los éxitos, las pruebas superadas... es más bien la promesa, la luminosa alegría de creer, esos momentos tan dulces que nos detienen en las estancias de la espera. Ese es el único espíritu de la Navidad en que me doy el derecho a creer.





En el peor de los casos, es suficiente motivo para mantener engañados a los niños con los Reyes Magos... Consumismo y todo lo que ustedes quieran, sí, pero es la única conspiración universal en la que vale la pena participar.



Friday, December 18, 2009






NAVIDAD








Si tengo la desfachatez de sentirme más cerca de la verdad que cualquier creyente es porque entendí desde el principio que este suelo al que hemos sido arrojados sin permiso es un laberinto. Las personas religiosas -y hay personas religiosas en los templos tanto como en las universidades o las oficinas- son aquellas que demandan una respuesta simple al enigma de la existencia. El nacimiento de Cristo viene a proporcionarnos una de ellas. Quien comulga solo automedica su angustia con un placebo, no porque Dios no exista -cosa que me preocupa bien poco-, sino porque va listo si cree que es posible conjurar su mal con un objeto inerte cuyas propiedades mágicas vienen dadas por rituales de magia tan ridículos como los del hechicero de las tribus de Tarzán.


No intento hacer profesión de fe atea, es demasiado fácil limitarse a decir que todo esa historia del Crucificado y la salvación prometida no es más que una leyenda. Y lo es, desde luego, los sacerdotes lo han sabido desde siempre, por la misma razón que han sido los monarcas los primeros en saber que el Poder era una mentira útil, de ahí que solo ocuparan el trono a condición de hacer de guardianes de un secreto que bajo ningún concepto habría de revelarse. Y ese Gran Secreto es el de una Ausencia: la gran pregunta por el Ser es en realidad la Pregunta Sin Respuesta. "¿Por qué el Ser y no más bien la nada?", se pregunta Heidegger, sabedor de que la verdadera Filosofía no consiste desde Parménides sino en esa pregunta desde la que se constituye todo sentido posible. "No me abandona ni un instante la sensación de perplejidad ante la existencia", dice Cioran. No digo que la existencia sea un sueño ni ninguna de esas viejas baladronadas de la tradición académica de la filosofía, lo que digo es que la existencia carece de sentido, y que solo es justamente posible existir precisamente por ello. Esa es la desgarradura que habitamos.


"Tu modo de pensar es gélido, yo no podría vivir así", me dijo Z en el colegio de curas donde tan pocas veces nos hablaron del cielo pero tantas del Poder Temporal, ese reino de Dios en este valle de lágrimas. Pero es la vida de Z la que hoy resulta triste y gris, no porque él crea en Dios, dado que algunas de las más envidiables aventuras existenciales se las he conocido a quienes peregrinaban por remotas sendas a la búsqueda de su propia santidad... Z es la encarnación del hastío porque Dios es la excusa que se ha dado para consumar su verdadero primer instinto: el de obedecer para siempre, el de no hacer preguntas, el de reprimir cualquier sombra de perplejidad o fascinación. Aún me entra una pequeña arcada pre-suicida cada vez que me lo cruzo por el barrio.


¿Por qué entonces, en vez de celebrar el Nacimiento del Salvador no nos dirigimos a Él en serio y sin mediadores ni placebos? Acaso mejor preguntarle por qué sucumbimos a la tentación de existir, por qué nos agitamos irremediablemente sin deternernos -como los deprimidos, o mejor, los bufones- por la mañana, mirarnos fijamente al espejo y estallar en una carcajada atronadora. No es el Nazareno quien puede salvarnos, pobrecito: es el Humor, único Islam infiel contra el que el universo entero sigue lanzando su Cruzada. El Humor es la única forma pura de Resistencia, es a Él a quien deberíamos celebrar.

Ustedes me permitirán que les felicite la Navidad con una inquietante cita de un resistente, no mas inquietante que la decisión que inconscientemente tomamos cada día de seguir en el mundo, qué irresponsables.


"Mientras me exponía sus proyectos, le escuchaba sin poder olvidar que no le quedaban más que unos días de vida. Qué locura la suya de hablar de futuro, de su futuro. Pero, ya en la calle,
¿cómo no pensar que a fin de cuentas la diferencia no es tan grande entre un mortal y un moribundo ? Lo absurdo de hacer proyectos es sólo un poco más evidente en el segundo caso."


Es de Cioran, sí, diríase que hacer caso de esta idea habría de angustiarnos o deprimirnos, quizá debiéramos incluso encolerizarnos con su autor y dejar de hablarnos con él para siempre. Y, sin embargo, es una extraña paz la que me asiste cuando vuelvo a ella, como si, asumida la imposibilidad de encontrar respuesta a todas mis perplejidad, hubiera encontrado al fin la manera más distinguida y noble de expresarla. Feliz Navidad.

Friday, December 11, 2009





MÈS QUE UN CLUB









Empecé a tomarme en serio el tópico del Oro Catalán con apenas ocho años, cuando mi padre me llevó a Mestalla para ver un partido contra el Barça. Aparte de su vistosa camiseta, aquel equipo clasificado entonces en la zona baja de la tabla no había de transmitirme nada en especial... excepto por un detalle. Ese detalle terminó convirtiéndose en algo muy grande, y muy temible, como descubrí aquella noche: se llamaba Johan Cruyff. Era un tipo delgado y su corte de pelo tenía un aire pop que a duras penas copiaban los todavía algo paletos futbolistas españoles, criados en la posguerra a golpe de cartilla de racionamiento y con pinta de calzarse botas de fútbol solo después de haber abandonado el azadón. Cruyff me deslumbró absolutamente. Era como si jugara en otra liga, a otra velocidad, como un extraterrestre. Los defensas rivales no llegaban ni a verle, tenía una mente tan rápida y una cintura tan prodigiosa que no eran siquiera capaces de abatirle a patadas. Supe quien era cuando él sólo se cargó al Valencia con dos goles maravillosos. Los contrarios no llegaron a entenderle, pero en cuanto sus compañeros empezaron a acostumbrarse a jugar para él el Barça se salió. En su visita a Chamartín, esa misma temporada, causaron el destrozo más grande en la historia de ese estadio, con aquel holandés irritante liderando un 0 a 5 terrible ante la mirada asombrado del mismísimo Santiago Bernabeu y con medio país -la media España de fe madridista- ofendida ante tanta infamia.







El fichaje de Cruyff le costó una fortuna al Barça, a sumar a los cincuenta millones de pesetas de sueldo por temporada, una cifra astronómica que el club pagaba con orgullo, como una señal de poderío que se emitía al exterior con la intención de asustar, y a los correligionarios con la intención de generar autoestima. En el colegio te pedían cincuenta cromos por el cromo de Cruyff; también era cosa de orgullo pagarlos.
Nunca el Barça ha llegado a arrebarme tanto como entonces, ni siquiera con Maradona, ni siquiera con el dream team -precisamente dirigido por Johan, ya como entrenador-, tampoco ahora, cuando bajo la dirección de Guardiola parece en el mejor momento de su historia.




Pero si me ha dado momentos irrepetibles. Por ejemplo aquella tarde en que Joan Gaspart, al acabar un partido con derrota dolorosa, fue abucheado por los cien mi culés que asistían al Nou Camp tras una dolorosa derrota. En vez de ahuecar el ala, tal y como le suplicaba la nieta de Casaus, él optó por permanecer en el palco, como un Santo Job, la cabeza agachada en acto de contrición y los ojos llorosos, como diciendo "humíllame, plebe, me lo merezco, sólo yo soy el culpable de este deshonor". Obviamente no dimitió, pero aquella escena tuvo algo de religioso. ¿De qué extrañarnos? El fútbol es el factor de cohesión de las comunidades más potente que hemos encontrado una vez ha ido quedando claro que las iglesias ya solo son capaces de fabricar tristeza y aburrimiento.

El Barça es més que un club. Me cuesta imaginar una consigna más densa, más repleta de connotaciones. No se trata de un simple slogan o de una boutade localista. También el Real Madrid ha sido siempre más que un club, desde luego, entre otras cosas porque el fútbol todo es bastante más que simplemente fútbol. Pero el potencial que históricamente ha tenido el FC Barcelona para vehicular sentimientos de identificación nacional no lo tiene ninguna otra institución civil. Ante esta evidencia resultan ingenuas las llamadas a "no politizar el fútbol". El Madrid fue utilizado astutamente por el franquismo como factor de legitimación del Régimen, sabedor de que cada Copa de Europa que ganaba Di Stefano aumentaba la autoestima de los españoles y les hacía creer que su país no era tan cutre ni tan pobre como parecía; el Valencia se convirtió en la Transición en la bandera de la derecha regional más ultramontana en su cruzada contra la imaginaria invasión catalanista; el Chelsea es el equipo de los pijos londinenses, mientras que el Arsenal tiende a identificarse más bien con la clase obrera; el Celtic de Glasgow se asocia a los católicos de Escocia, mientras que los protestantes tienen al Rangers... ¿Para qué seguir?








Hubo un tiempo en que desde la dirección del Barça se advertía del peligro de que el club se "politizase". En realidad, lo que el President Núñez pretendía era defenderse de la estrategia envolvente que Pujol le lanzaba desde la Generalitat, preocupado como estaba porque la gestión de la institución con más valor espiritual del país -con permiso de la Moreneta- escapaba al control de los nacionalistas. "Haga como yo, no se meta en política", decía Franco. Con el desembarco de Joan Laporta se acabó esa doble moral: el Barça no se ha politizado, simplemente ha reposicionado ideológicamente su punto de mando, o -para ser más claro- se ha vinculado definitivamente a las fuerzas políticas hegemónicas del Principado.

Laporta no me gustó nunca. Sin embargo, entró con un alarde coraje político inimaginable por lo visto para ningún otro dirigente deportivo: echó a los ultras de su estadio. Hay clubs como el Real Madrid o el Atlético donde estos grupos de modales intimidatorios e ideologías antidemocráticos han sido no solo tolerados sino incluso protegidos y fomentados. Hay casos patológicos como el del Olympic de Marsella, donde la presencia de estos sectores, lejos de ser residual o minoritaria, parece ser constitutiva de la identidad misma del club. Con esta valiente decisión, Laporta cargó con la responsabilidad de acreditar el talante racional y civilizado del que siempre han presumido los catalanes.




Desde entonces, y sin olvidar que la gestión deportiva y económica del club habla de una eficaz filosofía empresarial, el laportismo ha dado demasiadas razones en contra de su propio prestigio. Suena a conspirativa la teoría según la cual Laporta fue desde el principio la punta del iceberg del proyecto del independentismo catalán para convertir al Barça en cabeza de puente de la secesión respecto al Estado español. Se trataría de escorar al club hacia las aguas de Esquerra Republicana, aprovechando el poder del escudo para rentabilizar electoralmente sentimientos anti-españolistas. No es ajeno a este plan la presencia activa del club en los foros de los clubes europeos más poderosos, deseosos de crear una gran Liga europea que desasiría a estas instituciones del poder de las federaciones estatales. Que clubs como el Inter de Milan o el Real Madrid tienen únicamente razones económicas para simpatizar con esta opción es evidente, pero en el Barça -al menos en el Barça de Laporta- no son solo económicas, desde luego.




No soy nacionalista, tampoco nacionalista español, por más que cuando uno no simpatiza con las expectativas de quienes pasan su vida pensando que los Estados constituidos les impiden ser libres y felices siempre terminan por acusarle de tal cosa. Es, en cualquier caso, un problema que tienen ellos, no yo, que no me levanto ante más himno que La Marsellesa ni me alcanza más orgullo patrio que el que los domingos me proporcionan las paellas de Casa Paco. El problema de Laporta no es que haya politizado el Barça, pues en realidad el Barça ha sido "político" siempre, el problema es que ha manipulado la imagen del club de manera partidista, lo que es muy distinto. ¿Es que tiene Laporta que esconder su ideología? Por supuesto que no. Ahora bien, una cosa es no ocultarse y otra es aprovechar la mínima oportunidad para hacer exhibición de las propias posiciones partidarias, una actitud que podría formar parte de una estrategia de promoción personal -cada vez es más evidente que Laporta sueña con ser el primer Honorable President de la Catalunya lliure-, pero que beneficia poco a la imagen del club fuera de su ámbito local, en especial en el resto del Estado español, donde hay innumerables culés que no se identifican, por razones obvias, con las vinculaciones políticas de Laporta.

No, no soy nacionalista. La tragedia del Sahara, incandescente estos días por la huelga de hambre de Haidar en Lanzarote, o la de Palestina, y son solo dos ejemplos, hacen que resulten risibles y obscenas las apelaciones del tipo "freedom for Catalonia" a las que la gente como Laporta es tan aficionada. Dado lo esperpénticos que han terminado resultando los distintos dirigentes de Esquerra Republicana, desde Colom a Carod, pasando por la televisiva Rahola, dado que el papel del partido en la Generalitat ha dado pocas razones a los ciudadanos catalanes para seguir confiando en sus dotes como estadistas, me preguntó si alguien como Laporta no sería después de todo un sucesor a la altura de las circunstancias. Bien pensado, lo tiene todo: ansia de protagonismo, un discurso de "resistencia" pueril pero eficaz, cierto glamour postmoderno del que carecían Nuñez o Pujol...


En fin, no veo en Laporta mucho más que a un oportunista cuya trascendencia se encargará probablemente la historia de poner a la altura intelectual y moral del personaje, es decir, bajo mínimos. Y sin embargo...



Más allá de los espantajos del futbol y de algún buscavidas, se me ocurre pensar si, más allá de lo que tiene de patochada, se entiende fuera de Catalunya por qué en ciento sesenta municipios del Principado va a celebrarse mañana una consulta sobre la autodeterminación. Cada vez que yo, que no soy nacionalista, explico a alguien que alrededor de la mitad de los catalanes no desean ser españoles, que piensan que les iría mejor sin el Estado español y que creen que el actual marco autonómico bloquea sus posibilidades de desarrollo social, cultural y económico, me pregunto si realmente los españoles se hacen idea de que el asunto va en serio, muy en serio.





Y no es un fuego que se vaya a apagar fácilmente. Ni siquiera con Raúl haciendo callar al Camp Nou.











Friday, December 04, 2009






EL SÍNDROME DE TÚNEZ



Yo descubrí un síndrome. No quise por humildad -ya saben que me crié con los curas- ponerle mi nombre. Sin embargo, si repasan los catálogos de síndromes, fobias y complejos de wikipedia, se encontrarán cosas tan estrambóticas como la "rusofobia", que se define como la fobia a los rusos, o la "hippopotomonstrosesquippedaliofobia", nombre con el que se designa a la fobia a las palabras largas. De manera que, pese a mi modestia, no me opondría a que alguno de ustedes incorporara el síndrome con mi nombre a la cyberenciclopedia universal, pues parece que por allí admiten cualquier gilipollez. Me gusta imaginarme -disculpen la vanidad- al Doctor House diagnosticando a gritos mientras el paciente se convulsiona y lanza espumarajos verdes por la boca:



-"No puede ser lupus si los espumarajos son verdes: ¡Es un Montesinos clarísimo, hatajo de idiotas!"









Voy a conformarme con llamarlo Síndrome de Túnez, aunque no descarto cambiárselo por el de Síndrome del Turista Paleto. El descubrimiento proviene del relato de horror que escuché hace largos años sobre el viaje que hizo a Túnez un antiguo conocido. Desconozco las razones que empujaron a aquel cenutrio a embarcarse en una expedición a tierra sarracena, cuando muy bien hubiera podido hacer uno de esos viajes marujones al Vaticano con la parroquia, o uno de esos cruceros donde lo más emocionante que te pasa es que te vistes de bucanero gay -tu esposa de putilla de los Mares del Sur- en la fiesta de disfraces que celebra el Capitán. Pues no, señor, alguien le metió en la cabezota que en Morilandia no sólo había ladrones, terroristas y violadores... y como además salía bien de precio. El viaje le salió barato, sí, pero por lo visto también le dejó una huella profunda. Recuerdo la mirada de pavor con la que refería su odisea:


-"Túnez es un infierno... pobreza y suciedad por todas partes... no había sitio donde no intentaran estafarte...la comida era asquerosa...miran a las mujeres como si nunca hubieran visto una... todo estaba lleno de lisiados y enfermos..."

Este tipo de historias para no dormir las escucha uno con frecuencia por ejemplo de quienes tienen la ocurrencia de viajar a Cuba: "mira, yo no soy sospechoso de ser de derechas, pero, caramba, es que están muy mal, y al tío Fidel ya le vale... No paran de salirte mulatos ofreciéndote de todo. No me gustó La Habana la verdad, solo hay miseria."

En ocasiones me pregunto qué demonios espera la gente encontrar cuando hace turismo por eso a lo que suele llamarse el Tercer Mundo. Si no hubiera ladrones en las aceras, si los metros llegaran a hora y no estuvieran sucios, si los médicos te atendieran pulcramente cuando enfermas o si no te entrara diarrea con los picantes, entonces no se llamaría Tercer Mundo, serían países opulentos e hiperdesarrollados. El problema entonces es que no habría negros abanicándote ni los precios serían baratos ni resultaría todo tan pintoresco, aparte de que haría un frío de cojones, los mojitos serían cerveza, las playas no tendrían palmeras y estaría usted en Hamburgo y no en el Caribe. Y para colmo, si se le ocurriera buscar prostitutas quinceañeras probablemente acabaría en una lóbrega mazmorra, no como en esos lugares donde se vive justamente de que usted vaya de putas.

Creo, mojitos y playas tropicales al margen, que con este asunto hay un leve toque de islamofobia. Y aquí sí me pongo serio. Yo he visto a gente ponerse muy nerviosa en Estambul porque obligan a las mujeres a ponerse un pañuelo en la cabeza para entrar a la Mezquita Azul o nen Casablanca porque al conductor de un taxi le dio por ponerse de rodillas a orar cara a La Meca cuando se escuchó la llamada del Almohacín. He estado -menos de lo que me habría gustado- en algunos países árabes y mi conclusión es que la cantidad de desaprensivos que intentan engañarte o robarte es similar a la de cualquier reino de la Cristiandad. Ni siquiera diría que esa cantidad es directamente proporcional a la pobreza dominante: muy al contrario, donde hay más opulencia tiende la gente a ser más insolidaria.






Viene esta reflexión al hilo de la consulta ciudadana que el Partido Popular de Suiza ha conseguido tras recabar miles de firmas con la intención de prohibir la construcción de minaretes en el país. Como sabemos, las mezquitas suelen acompañar su construcción de este tipo de torres que son visibles a distancia. Pocas imágenes hay grabadas en mi memoria tan bellas como la de los cientos de minaretes que se recortaban en el cielo del atardecer de Estambul desde los puentes del Bósforo... pero lo que a mí me parece pura belleza a los conservadores suizos les resulta amenazante y terrorífico. No obstante, en la propaganda que difundieron para lograr el referendum aparece una mujer con el velo puesto respaldada por minaretes con forma de misil. En esa publicidad se lanzaban preguntas del tipo: "¿quieres ser lapidada?" o "¿quieres que te corten la mano?"


En Suiza un veinticinco por cien de la población es de origen extranjero. De entre los credos no cristianos, el que cuenta con mayor número de practicantes es el islámico, debido al abundante contingente de población proveniente de Turquía. Al parecer, muchos ciudadanos temen que la nación de los Alpes esté viviendo una gradual y silenciosa islamización. Curiosamente, no parece que los impulsores de la consulta preparen algo similar respecto a los templos de otras religiones que, como la hindú, la hebrea o la budista, también están diseminados por el país. Personalmente, no tengo mejor ni peor opinión de tales credos que la que tengo del musulmán -cosa que hago extensiva al cristianismo-, pero sí tengo mala opinión de la Cienciología, que me parece una broma de mal gusto y una organización de timadores, y que sin embargo también cuenta con iglesias en el país, unas iglesias que tampoco serán objeto de ninguna consulta de este tipo.




No tengo ninguna duda de que lo que pretenden los ideólogos de este desagradable asunto es atraer el voto del miedo y remover los bajos instintos de la gente. Hubo un gobernante -de nombre Adolfo Hitler- que demostró verdadera maestría por tierras centroeuropeas en eso de convertir el temor a los distintos en una excusa para presentarse como Salvador de la pureza de la Nación y de la Raza. No veo grandes distancias entre los procedimientos para manipular y movilizar a las masas de aquel tiempo y lo que ahora se pretende. No estaría mal, por cierto, por si se nos ocurre que este asunto es insignificante, que nos pongamos en la piel de los miembros de una minoría extranjera cuando son acosados de esta forma. Ayer mismo, desde mi balcón escuchaba el altavoz del coche de un partido minoritario de ultraderecha que llamaba a los lugareños a manifestarse contra la presencia de inmigrantes, los cuales están al parecer quitándonos a los españoles el trabajo en tiempos de crisis. Me vienen a la cabeza los numerosos alumnos, por ejemplo de origen hispanoamericano, que tengo en los pupitres del Instituto.


Debe ser intelectualmente confortable entregarse al juego de quienes padecen en algunos de sus tipos el Síndrome de Túnez, que consiste en seguir creyendo, mil años después de las Cruzadas, que la tribu de Ismael se extendió por el mundo para crear problemas. Yo creo que es bastante más sencillo: el Islam, al contrario que otras culturas no occidentales, es tenazmente refractario a los valores de Occidente -los buenos y los malos- y eso convierte al árabe en un personaje particularmente viscoso cuando emigra o cuando nos recibe. Como dijo un humorista de la tele: "¡Si quieren beber té que se vayan a su país!"

Yo podría no obstante ponerme tan imbécil como aquel primer caso que detecté del Síndrome de Túnez. Se me ocurre pensar entonces que Suiza es un país particularmente odioso. Absolutamente escrupuloso con la legalidad, seguro que te empapelan si te pillan fumando un porro o te aplican la ley de vagos y maleantes si andas por ahí sin ocupación fija, pero eso no les impide haber forjado su obscena prosperidad económica gracias a una maquinaria del mal perfectamente legalizada y absolutamente dañina para el mundo como es el secreto bancario. De ello se benefició especialmente el nazismo. Esa prosperidad, por cierto, tampoco sirve para evitar brutales contrastes de renta per capita entre los suizos de origen y la población inmigrante... aunque ya se sabe que para que la casa resplandezca alguien tiene que hacer el trabajo sucio.




No se preocupen, no sigo: las encuestas indican que la mayoría de los ciudadanos suizos no secundarán el proyecto de acabar con los minaretes. Son además muchas las asociaciones que han protestado enérgicamente en el país denunciando el ejercicio de racismo que todo este asunto tan turbio está intentado activar. Ya lo ven: no hay manera de declarar a un país como maldito, ni siquiera a Suiza. Mejor no perder el tiempo con maximalismos: uno siempre se equivoca con ellos.




Por eso hay inmigrantes turcos en Suiza, no sé si nos acordamos. Y hablando de acordarse: ese país está lleno de hijos de la inmigración española. Por fortuna, las iglesias católicas no tienen minaretes como las mezquitas de Suiza. O las de Túnez.