Saturday, October 16, 2010









LA DISCORDIA









1. EL OSCURO HERÁCLITO me proporciona -google mediante- la primera impresión del día, aún muy lejos de empezar a clarear: "El conflicto es el padre de todas las cosas, el rey de todas las cosas. A unos ha hecho dioses y a otros hombres; a unos ha hecho esclavos y a otros libres". El término polemós es traducido como "conflicto", y a veces -creo que más equívocamente- como "guerra". A mí me gusta más "discordia". Suena mejor y, sobre todo, nos pone a distancia de ciertas manipulaciones lingüísticas particularmente arteras. Por ejemplo, la del superministro José Blanco, quien -en relación a la afirmación del Gobierno Obama de que en Afganistán los USA están en guerra- dijo algo así como que el significado que para los norteamericanos tiene el término war no es el mismo que para nosotros tiene el de "guerra". La idea es que no pensemos que el ejército español está en aquel país olvidado por Dios para matar a nadie, sino para ayudar a que se haga la paz. Siempre he pensado que España, por muchas razones, debía seguir las doctrinas de la ONU, por más que cada día me provoca más desánimo la misión afgana. Pero también tengo la impresión de que algunos gobernantes tienen demasiado claro que los ciudadanos somos imbéciles. Y eso es preocupante, pues significa que creen que pueden convencernos de cualquier cosa, aunque sea la mas soberbia de las majaderías.










2. Es tan ingenuo querer encontrar en los aforismos del sabio de Efeso un elogio de las armas y los ejércitos como lo es convertir a Nietzsche -el mayor de los heraclíteos- en profeta del nazismo.



Lo que intenta hacernos entender Heráclito es que la condición que el Ser nos pone para que seamos capaces de comprenderle es habitar su paradoja, el enigma de la existencia misma. Queremos saber lo que es el bien, pero no podemos definirlo sin su contrario. Queremos ser damas, pero no podemos serlo sin saber cómo es ser puta. Queremos la felicidad, pero no la alcanzaremos sin esa angustiosa carencia del deseo cuya satisfacción se posterga. Amamos la vida y expresamos nuestro desacuerdo con la inevitabilidad de nuestra desaparición, pero debemos aprender a estimar la caducidad -amar la muerte en cierto modo- porque sólo así podemos maravillarnos del inmenso valor de estar vivos. ("Los dioses nos envidian porque somos capaces de vivir cada instante con toda la intensidad, como si fuera el último", dice Aquiles -o si quieren Brad Pitt- en medio de la madre de todas las guerras contra Troya). Heráclito no amaba a los generales ni deseaba ver correr la sangre, simplemente tuvo el coraje de asumir que la discordia es el fuego primitivo en el que se engendran y al que van a perecer todas las figuras que salieron del barro, todas los verbos, todas las pasiones en las que tan ciegamente creímos algún día.


Pero, ¿qué es la discordia? Los seres estamos fatalmente destinados a la desavenencia. Cuando decimos "dialogar" y "entendernos", a poco que uno sepa mirar qué hay tras las palabras, hallamos toda suerte de deseos oscuros, el designio de gobernar al otro y apropiarnos de su voluntad o simplemente sodomizarlo y explotarlo, la pretensión de conminarlo a que nos ame, a que asienta a esa verborrea estúpida con la que nos autosatisfacemos diciendo que nuestras razones son honradas. Estamos condenados a bajar a la batalla porque las cosas solo se ajustan con el combate...y con él se desajustan nuevamente, dando lugar así al ciclo interminable de los veranos y los inviernos, los vicios y las virtudes, los padres y los niños, los amores y sus dolores.



En una ocasión unos Testigos de Jehová intentaron convencerme de que el horizonte de Dios es un mundo sin discordias. Me entregaron un cuadernillo con un dibujo de una aldea idílica donde las personas no disputaban y los leones jugaban pacíficamente con los niños. Pero si el león solo tuviera los colmillos de adorno entonces ya no sería un león, sería un cordero, y un mundo de corderos sólo merece morir entre las fauces de los lobos.













3. QUENTIN TARANTINO protagoniza la polémica que, a través de su blog, recupera estos días Justo Serna de la hemeroteca. Ya hace como quince años, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías discordaron seria y lúcidamente sobre la validez del joven director que, en aquel entonces, parecía irrumpir en la poética cinematográfica contemporánea con una fuerza incontenible. Mientras AMM se muestra escéptico ante los valores artísticos y, sobre todo, las implicaciones éticas del cine tarantiniano, al que acusa de trivializar el dolor y la muerte, JM acusa a tales posiciones de moralismo y parece querer prevenirnos contra la tentación de no saber deslindar la calidad artística de un producto de su supuesto trasfondo ideológico. Creo que los dos tienen gran parte de razón, impresión que acaso compartirán conmigo en relación al autor de Pulp fiction si aceptan mi consejo de leer las intervenciones.
Y si quieren continuar:
http://www.elpais.com/articulo/opinion/encima/recochineo/elpepiopi/19950502elpepiopi_4/Tes





No obstante, y para evitar malos entendidos en relación a lo dicho sobre el polemós heraclíteo, matizo que ha terminado por hastiarme tanto pastiche sanguinolento como presenciamos en las películas del enfant terrible de Hollywood. Al final, me parece como esos reposteros que lo llenan todo de azucar, nata y chocolate: sus pasteles resultan seductores a primera vista pero terminan siendo empalagosos y facilones ... La sangre y los sesos desparramados son un recurso fácil, una opción que se hace sistemática en Tarantino y que, casi siempre, provoca hilaridad entre un público que termina sintiéndose cómodo entre tanta muerte estéril de quienes, más que seres humanos, parecen figurantes fabricados para deslumbrarnos con el espectáculo de su muerte. No dudo que haya una estética de la violencia. De lo contrario no existiría la épica, eso cuya desaparición lamentaba Borges como signo deprimente de los tiempos modernos. Sin la épica acaso no tendríamos a Kurosawa ni a Ford. Pero en Tarantino no hay épica, no hay heroísmo porque la muerte se vende barata. Así de simple.














4. LA CAMPANARIO es ya la última de mis heroínas, la única que me queda desde que dicen que el Juez Garzón tiene cuentas turbias o desde que Villa fichó por el Barça. Su discordia eterna con Belén Esteban arranca de la atávica rivalidad entre la Reina del Castillo y la Primera Dama abandonada. Eso de haber sido expulsada del tálamo real da históricamente mucho juego: ahí tenemos los precedentes de Soraya, que gastó su fortuna por el mundo de fiesta en fiesta tras ser repudiada por el Sha de Persia debido a su incapacidad para concebir, o Lady Diana Spencer, que echaba unas lágrimas en los actos benéficos para que el Pueblo la convirtiera en la Reina que su pérfida familia política le impedía ser.


Belén es una Princesa del Pueblo como Lady Di, pero en versión choni de barrio. Si la quiere la cámara tanto es porque se nos da sin ambages: exhibe sus emociones sin ningún pudor ante las cámaras. Lo sabemos todo de ella, no hay nada que el mirón en que nos hemos convertido pueda reprocharle: es perfecta, es un artefacto fabricado a la medida del Reality World en que vivimos. María José Campanario, por contra, ha optado por vengarse de los medios no compareciendo. Puedes gritar, llorar o insultar a los que te entrevistan, pero no aparecer y rechazar enormes cantidades de dinero para revelarnos las intimidades de Ambiciones... eso no se lo van a perdonar jamás. Llevan intentando divorciarla tanto tiempo, que al final, cuando parece que la torre se derrumba, proliferan las hienas con el "ya te lo dije".



Quizá Jesulín ya no te ame, Campanario, pero yo te sigo siendo fiel.

Saturday, October 09, 2010












EL INSOMNIO es una de esas dolencias sobre las que uno sospecha que los médicos van a ayudarle bien poco. Soy poco proclive al esoterismo, de manera que no voy a lanzar soflamas ideológicas contra la medicina convencional. El objetivo de la práctica clínica es sanar, de manera que si uno tiene una bacteria en la válvula del corazón, me parece perfecto que los galenos apliquen los fármacos adecuados para eliminarla. Si el proceso ha dejado dañado el órgano en cuestión, es igualmente aceptable que, tras estudiar las opciones y sus consecuencias, decidan hacer intervenir la cirugía, en la cual no tengo duda de que, por ejemplo en España, la sanidad pública es perfectamente competente.

Claro que tampoco hay que ser extremista. Conocí un tipo con ideas originales que, para fastidiar a sus allegados ecologistas o con propensiones new age, solía predicar en favor de los fármacos. "Cuando tengo un problema, enseguida tomo medicamentos: a mí me gusta la química." A mí, la verdad, no me gusta la química... ni tampoco me disgusta, si me soluciona un problema sin matarme estoy dispuesto a pagar por ella, si no, pues no. El problema de aquel gran defensor de los adelantos de la ciencia es que, a fuerza de llevar la contraria al hatajo de hippies revenidos que eran sus amigos, había perdido la lucidez para entender que si hay algo peor que negarse por sistema a consumir medicamentos es embutirse pastillitas al primer síntoma de picor en los pelillos de la oreja.

Creo que uno debe consultar a los médicos. Si arrastras síntomas persistentes de lo que te parece un resfriado, será un doctor, al menos un buen doctor el que seguramente se percate de que llevas cuatro días pernoctando en un hotel con moqueta, y que lo que se manifiesta como tos y congestión de vías respiratorias es en realidad la respuesta de tu cuerpo a un síndrome alérgico, de manera que, salvo que seas masoquista y te guste estar jodido, lo mejor será que tomes el zyrtec que te ha prescrito. No, mi problema no es ese, mi problema es el mismo que en las anteriores ocasiones de mi vida en que a mi sistema nervioso le ha dado por fastidiarme.





Hace años, en un periodo de alteración psicosomática bastante incómodo, un especialista me diagnosticó un "síndrome de irritación digestiva". Yo no necesitaba tal ejercicio de nomenclatura para saber que lo que me pasaba era que a mi estómago le había pegado por remolonear durante las digestiones. Me prescribió unas pastillas y me dio los consejos al uso respecto al café, el alcohol, el tabaco... todo eso que a ustedes les dicen cada vez que se acercan a una consulta. (No conozco a ningún médico que te aconseje que hagas más el amor, por cierto, y sin embargo estoy firmemente convencido de que es una de las prácticas más salutíferas, siempre y cuando uno lo haga por la misma razón por la que se fuma un habano, es decir, por divertirse, y no por conformar a su pareja o seguir los consejos de una revista tonta que dice no sé qué mariconadas sobre el tantra, los chacras y la interpenetración de los espíritus). No me curó. Lo supe porque seguí exactamente igual hasta que me di cuenta de que era mi cabecita loca la que no funcionaba. Recuerdo que, una tarde en que andaba enfrascado en mi Tesis doctoral y me calentaba los cascos sobre el riesgo de quedarme sin trabajo, opté por salir de casa, entré al Tongoka -que es un bar muy chulo- me bebí dos cervezas, fumé lo que encontré, dije cuatro animaladas con los amigotes y me puse un partido de la champions... Fueron prácticas realmente insalubres, pero al cabo de un rato me di cuenta de que no había ni sombra de irritación digestiva. Había desaparecido por completo. Desde entonces no tuve dudas. Era mi cabeza la que tenía que mandar sobre mi estómago.

No me creo ese rollo también en el fondo muy new age de que "todo es psicosomático". Sí creo que, en muchísimas enfermedades, la disposición de ánimo del paciente determina un tanto por cien muy considerable de las posibilidades de curación, pero cuando te duele a rabiar una rodilla por el reuma, ya puede uno tener, como mi madre, las ganas de sanar de un cíclope, que el dichoso dolor va a seguir recordandonos con cada punzada lo mucho que le gusta compartir su vida con nosotros. El problema no es, como insisten algunos esotéricos amigos míos, eso de que "los médicos no tienen ni idea"; el verdadero problema, creo, es que tenemos el vicio de pedirles demasiado. Saben lo que -con arreglo al actual estado de conocimientos en las ciencias de la salud- deben saber. Por eso sospecho que será inútil visitar a mi médico de cabecera para explicarle que duermo mucho menos de lo que me gustaría.

Dijo Leonard Cohen que lo que diferencia a cada hombre es su manera de "traicionar la revolución". Yo siempre pensé que lo que nos define es cómo reaccionamos el día en que la mirada de una mujer nos revela sin ambigüedades que ya no le interesamos. Hoy estoy más bien por pensar que lo que verdaderamente nos clasifica es nuestro insomnio, ya no tanto sus causas -eso en realidad es trivial, pueden ser cualesquiera- sino la manera de manifestarse en cada uno de nosotros y cómo reaccionamos ante ello.

Así, mi insomnio, sin ir más lejos, es de un tipo peculiar: no tengo problemas -como la mayoría de insomnes- para conciliar el sueño, lo que sucede es que a horas indelicadamente tempranas, cuando al sol aún ni se le pasa por la cabeza arrimarse, un chip en la cabeza me indica que si no abro los ojos llegará el fin del mundo... y ahí se acaba mi aventura nocturna con Morfeo. Todas las recetas para vencer al insomnio, las de la abuela, las de los curanderos, las de los psicólogos, se encaminan preferentemente hacia la conciliación del sueño. Así, uno puede evitar cierto tipo de alimentos o bebidas, aplicar sofisticadas estrategias de relax corporal o simplemente ponerse a contar corderitos... Pero contra el despertar temprano -que así se llama el síndrome que padezco- no me consta que exista nada, seguramente porque es más difícil de entender que el insomnio convencional.

Tengo algunas sospechas respecto al origen del problema: creo que es de orden neurótico, en el sentido más freudiano de la palabra. Mi propensión natural es ser un zángano. Una vuelta de tuerca más en mi juventud a mi indisciplina, un poco menos de vigilancia por parte de mis mayores y yo ahora estaría viviendo en la calle o, en el mejor de los casos, gorroneando de un seguro social o de alguna viuda con pensión regulera. No me habría entregado al crimen porque soy pacífico y acaso algo cobarde, pero tendría en cualquier caso lo que podríamos llamar una vida de informalidad. El día que descubrí que debía adaptarme y pactar y que, una vez interiorizadas las pautas del Sistema, ya no habría descanso, operose en mí el giro mental gracias al cual soy un tipo razonablemente normalizado.






Conozco personas para las cuales hacer una gestión en una ventanilla donde además hay una cola de morirse, acudir al banco, preparar informes, montar un mueble de Ikea, criar niños o buscar una empresa que ponga suelos de parquet, es tan natural y tan sencillo como masticar un chicle. Para mí todo eso es posible, pero no natural, de manera que me supone durísimos ejercicios de autodisciplina. Mi tío Sam, un siciliano muy machote y muy duro, lloraba como una nenaza la noche antes de subirse a un avión, pues tenía pánico a volar; yo estoy muy cerca de ponerme a llorar la noche antes de tener que ir a las oficinas de la conselleria para tramitar la solicitud del sexenio. Me gustaría engañarme a mí mismo y decir que en realidad lo que pasa es que soy un contestatario y un anarquista que se rebela contra la cárcel de hierro de la burocracia y el orden burgués capitalista, pero también se puede interpretar que simplemente soy un mierda.

El caso es que pasan los años y no llevo a cabo el más sublime de mis deseos ocultos: romper con todo e irme a vagabundear con un grupo de okupas. Pasaría hambre y frío, bebería un vino de tetra brik al que no se adaptaría jamás mi delicado paladar y me darían palizas los neonazis, pero al menos no tendría que consultar en el banco la amortización de la hipoteca, ni acudir a reuniones del equipo educativo, ni -lo mejor de todo- no tendría que decir buenos días todas las mañanas a un tipo de mi finca al que en realidad me gustaría aclararle que su sola presencia me despierta arcadas. No son magras tales mercedes, pero tengo la sospecha de que es más prudente mi actual adocenamiento.
El precio es el insomnio.

Cioran dedicó muchos de sus aforismos al mal de la diosa Ate, hija de Zeus, quien castigaba los actos irreflexivos de los hombres privándoles del sueño. Leyendo a Cioran...
"pienso incluso que la pérdida total de la esperanza es inconcebible sin la colaboración del insomnio... los insomnes, esos malditos castigados por crimen de lucidez. Velar es ser consciente más allá de lo soportable, es no poder olvidar, es experimentar la continuidad de lo intolerable. Mientras los que duermen comienzan cada mañana un nuevo día, para el insomne apenas es posible el olvido, puesto que noche y día arrostra sin interrupción el mismo infierno"

...uno se solaza con la impresión de acercarse a la condición de genio. Pero -como todos mis momentos de engolamiento- el solaz se hace añicos cuando recuerdo que la persona más estúpida, más irrespirable y más exasperante con la que Dios me ha concedido la gracia de convivir era una superclase del insomnio, hasta el punto de que pasé largos e irritantes ratos escuchándola disertar sobre la inconveniencia que para un insomne supone comer un conguito de chocolate más allá de las cinco de la tarde. Además, a mí, al contrario que a Cioran, el hastío metafísico no me ha hecho perder las ganas de comer, beber, fumar y holgar, lo que alimenta mis sospechas de que las causas de mi insomnio no tienen que ver con ninguna angustia existencial.





Creo más bien que mi mente está programada para reaccionar ante el miedo a perder la disciplina, a ser expulsado del tren de la normalidad, a despertarme un día y ver que ya no hay hacienda ni trabajo. Van por ahí los tiros, me parece.



Por otra parte, yo no vivo en París como Cioran, de ahí que no pueda entregar mis noches en vela indeseada a caminar por Pigalle para encontrarme con las putas que el rumano frecuentaba, un hábito que da mucho juego creativo a los escritores. Me suelo conformar con encender el ordenador y jugar al frogger, que es un juego de ranas que saltan por una carretera. Banal que es uno.


Friday, October 01, 2010










AMOR E INQUILINATO







1. El jueves por la noche pasó algo muy extraño en la televisión: vi un buen programa. Y aún diría más -como los Hernández y Fernández de Tintín-: fue capaz hasta de emocionarme. Se trata de un documental sobre Rafael Azcona, conocido por haber sido el guionista de Berlanga y de Ferreri.

En realidad, R. Azcona es bastante más que un gran guionista, ante todo fue un gran escritor. Del reportaje me quedo con una frase de uno de sus amigos: "la escritura de Azcona es la mejor crónica del siglo XX español". Sin embargo, es posible que a muchos apenas les suene el nombre, y más posible todavía que nunca hayan visto la imagen que adjunto. ¿Cómo se explica tanto anonimato, aparte de por la irremediable postergación en que tiende a quedar el screen frente a la dirección? De entrada Azcona era más bien feote y tenía pinta de paleto de provincias. En segundo lugar, tengo la sospecha de que hay una tendencia muy marcada entre las élites culturales a menospreciar a quienes se dedican al oficio del humor -comediantes, chistosos, dibujantes y otras gentes de mirada burlona y copa de chinchón en la mano-, por más que en cualquiera de las novelas o guiones de Azcona se reuniera más inteligencia que en el más académico de los manuales de metafísica.








Pero hay algo mucho más importante: a Rafael Azcona le tentaba la fama tanto como a mí hacerme sacerdote. Creía con todo convencimiento que si acudía a cualquiera de las numerosas galas en que le premiaban, empezando por los Goya, su rostro se haría popular y perdería la posibilidad de hacer turismo de incógnito por el mundo o ir de aquí para allá por Madrid en autobús, algo que hacía con especial orgullo desde que obtuvo en carnet de jubilado, lo cual le permitía subirse gratis. "Si supiera que le estamos haciendo este reportaje creo que no volvía a hablarnos", dice uno de sus viejos amigos. Incluso su esposa reconoce haber tardado mucho en entender esta extraña pasión por la ausencia que caracterizaba a su marido. Reconoce haberse irritado al ver como desperdiciaba la posibilidad de una aplauso que sin duda merecía tan solo por una obcecada timidez. Pero hay algo más: por encima de cualquier vanidad, lo que Azcona valoraba más que nada en el mundo era la posibilidad de hacer lo que le diera la gana. Un ejemplo de ello es la tentación, que comparto, de abandonar las fiestas haciéndose discretamente hacia un rincón y desaparecer sin despedirse, como por no molestar, cuando nadie mira.










Rafael Azcona murió así, con delicadeza. No tuvo grandes ceremoniales ni corrieron ríos de tinta, pero el currículum que deja es mareante. No solo fue un gran guionista, también participó como dibujante de aquellas épocas heroicas de La Codorniz, sin olvidarnos ni por un momento que, si llegó al cine para quedarse, fue porque algunos descubrieron en él un enorme talento como novelista. Así, El pisito, por ejemplo, fue una magnífica novela antes que convertirse en el guión de una de las comedias más negras y tremendas de la historia del cine español. En cualquier caso, lo que deslumbra de su trayectoria es la increíble serie de guiones que tuvo al cargo durante casi medio siglo: El pisito, El cochecito, Plácido, El verdugo, La escopeta nacional, El bosque animado, Belle epoque, Ay Carmela, La lengua de las mariposas... para qué seguir.

Siempre sospeché que el berlanguismo, tanto como a Berlanga, necesitaba a Azcona. A partir de su escritura se vertebra una parte esencial de la historia del cine español. ¿Humor negro? Como él dijo, "yo no creo demasiado en eso del humor negro, pero hay en el español una especial disposición hacia un humor cruel, patético." En quienes como él han pululado con comodidad por ese espacio de lo grotesco, descubrimos el poso de lo que, para bien o para mal, constituye la cultura hispánica, un mundo de hidalguías a destiempo, pícaros irredentos, amantes burlones y hambres superlativas... un mundo de Cervantes, Quevedos, Goyas y Valleinclanes. Veo a Azcona-Berlanga dentro de esa tradición tanto como al cine de Fernán-Gómez. Y barrunto que Alex de la Iglesia trata de moverse, a veces con acierto, por similares derroteros.








Hay algo en los personajes como Azcona que resulta antiguo, algo que suena a tiempos que parecen superados... Y, sin embargo, es eso lo que hacía tan atractiva su personalidad. Llegó de una provincia rural y las empezó pasando canutas en Madrid. Poder vivir de su lápiz y su máquina de escribir fue algo épico en aquella España de los años del franquismo profundo. Un día llegó a la redacción de La Codorniz, esa publicación que se identificaba por no pretender llegar "por el Imperio hacia Dios": encontró las máquinas de escribir quemadas con ácido, la edición destruida, los archivos por el suelo, la secretaria y el conserje atados y amordazados a la silla. Pero el humor ha sido siempre una profesión de riesgo en el imperio. Sorprendentemente, nunca le censuraron después por sus películas. Eran tan majaderos los censores que, con no haber medio muslo femenino, te pasaban la película, por más que ésta contuviera tanta corrosión como El pisito o El verdugo.

No se pierdan el documental si pueden encontrarlo. Por cierto, El pisito tiene subtítulo: "Novela de amor e inquilinato". Quien ha conocido el franquismo, aunque sean sus últimos resabios, puede entender cómo a alguien se le podía ocurrir asignar un género tal a su novela.




2. No he visto El gran Vázquez, no terminan de merecerme la pena los siete euros de un estreno las pelis de Santiago Segura, incluyendo las que -como es el caso- intepreta sin dirigir. Ya que el tío va de amiguete y colegón casi parece que lo correcto sería piratearselas. Tengo sin embargo la sensación de que este film, sin salirse de su pasión por los pícaros y los freakys, es algo más que una gamberrada torrentiana más. Como mínimo, hay una astuta elección de personaje.



Sé de Vázquez desde que tuve uso de razón. Como todo quisqui, yo, que presumo tanto de amar a Tintín y El Capitán Trueno -y a veces hasta a Chopenjagüer, fíjense- empecé con las historietas del TBO, del que solo era al principio capaz de mirar las imágenes, ciertamente fascinantes, pues tenía cuatro años y aún no sabía leer. Siempre le asocié con Ibáñez, creador de Mortadelo y de esa pequeña genialidad que fue 13 Rue del Percebe. Si Vázquez se convirtió a mis infantiles ojos en un personaje de leyenda es precisamente porque fue semanalmente dibujado como ocupante del ático del edificio, siempre urdiendo todo tipo de delirantes artimañas para esquivar a sus enfurecidos acreedores. Por lo visto, era tan desvergonzado que no parecía molestarle en lo más mínimo el que su viejo amigo le retratara como el mayor moroso del país.

A Vázquez le debemos Anacleto, agente secreto, La familia Cebolleta -uno de cuyos personajes, el abuelo contador de batallas, llego a convertirse en un fenómeno sociológico- y, mi preferida, Las hermanas Gilda. Se trataba esta última de la historia semanal de dos hermanas solteronas y poco agraciadas, una gordita, ingenua y sumisa, y la otra flaca, irritable y dominanta. Jugando como la inmensa mayoría de historietas del franquismo con la frustración de los deseos humanos más básicos -pensemos en el hambre de Carpanta- Leovigilda vivía para dedicarse a frustrar las continuas intentonas de acceder al amor y el matrimonio que la romántica e infeliz Hermenegilda llevaba a cabo cada semana. ¿Dibujos para críos? Yo creo que no cabe mucho mejor retrato de las contradicciones y debilidades de los seres humanos en un marco social tan agobiante como el de la Dictadura, esa eterna noche que Forges llamó "los forrenta años".






Más allá de su condición de moroso, engañador y seductor impostado, lo que eleva al gran Vázquez a categoría de lo que hoy conocemos como un freaky, son detalles como el de haber creado desvergonzados manuales de picaresca como Los cuentos del Tío Vázquez o ser amigo del gran símbolo del subculto freaky de la Celtiberia, el director de cine Jess Franco, en una de cuyas pelis, Gritos en la noche, aparece como actor. El propio Franco -anarquista como Vázquez y con un apellido que es un chiste en sí mismo-, le dedicó el film Mary Cookie y la tarantula asesina, que ya hay que tener narices para llamar así a una película. Conviene saber que, para acabar de adecentar su perfil biográfico, Vázquez participó en los ochenta tras la desaparición de la editorial Bruguera en revistas de dudoso rigor moral como El papus. Pero aún no les he revelado lo mejor: en los noventa participó en un fanzine erótico con una historieta donde sus tres creaciones más famosas, las Gilda y Anacleto participaban en un menage a trois. Se ganó algunas de sus últimas perras y la lió parda, pues al parecer el asunto escandalizó a mucha gente.

Todo un personaje, vaya que sí.



3. Hoy yo debería estar hablando de la Huelga General, de los sindicatos, de la derecha, de Zp, de por qué hice la huelga y de por qué hay que ser crítico con el gobierno y al mismo tiempo reaccionar frente a la intolerancia de los medios de la derecha, bla, bla, bla, bla... Añadamos las primarias del PSOE, tomémoslo todo en serio... y verán la cara de sesudas personas aburridas que se nos pone a todos.








Cuando caminaba por la ciudad para acudir a la manifestación advertí que a cincuenta metros venían un grupo de sindicalistas de la CGT -anarquistas como Vázquez pero sin tanta cara dura- con globitos negros y silbatos en la boca. Según se acercaban un grupo de empleados de un taller que no había querido cerrar sus puertas los miraba con una mezcla de temor y expectación, un poco como si se tratara de un grupo de milicianos de Durruti en la Guerra Civil y fueran a destruirles el local antes de darles una paliza de muerte. Al pasar el grupito, los del taller se dieron cuenta que eran tres mozalbetas con pinta de no haber roto un plato, dos viejales y un niño de diez años. Eso sí, cantaban a la huelga, a la huelga y portaban las banderas rojinegras de la Confederación. Al día siguiente, al hilo de los incidentes con los antisistema en Barcelona, la prensa de la derecha habló de la huelga como de una especie de kale borroka a lo grande.


Qué cosas. Ya no hay historietas satíricas como las de mi niñez, pero no estoy seguro de que vivamos tan lejos de la Rue del Percebe como nos creemos.

Saturday, September 25, 2010














1. SEPTIEMBRE es el lunes de los meses, y la función que le hemos atribuido le condena a un desprestigio inmerecido. En septiembre he visitado lugares cuya seducción crecía con la decrepitud del otoño. En septiembre he visto venir lluvias, no siempre violentas, que se llevaban la tortura de unos rigores calurosos que no nos merecíamos. En septiembre vuelven a colapsarse las entradas a las ciudades, sí, pero las playas son abandonadas y, por tanto, recuperan todo su misterio y su secreta belleza.


Es el sistema productivo el que ha desprestigiado septiembre. Lo peor no es el síndrome postvacacional, lo peor es que intenten convencernos una y otra vez de que lo padecemos o -aún peor- que tenemos derecho a padecerlo y a quejarnos. No van a curárnoslo porque, secretamente, todos sabemos que volver a una carretera interminable o a una oficina con pinta de sótano es desagradable, casi tan desagradable como su reverso, el paro, que es también un invento del sistema productivo para mantenernos aterrorizados. Pero, al menos, diciendo que estamos enfermos nos sentimos acompañados en nuestra tristeza, tanto como cuando nos topamos una mañana con la evidencia de nuestra propia mediocridad o tenemos inapetencia sexual.








2. LA INAPETENCIA y sus depresivos aliados, la desgana, la desmotivación, la fatiga... La emisora de radio cuya voz viene acompañando mis madrugadas desde hace una eternidad parece haber encontrado en la farmacopea milagrosa su fuente de financiación. Si tu marido no te hace el amor tienes que darle tal cosa y recuperará al depredador sexual que los años han adormilado; si suspendes los exámenes hay un fármaco prodigioso que supuestamente activa la memoria; si andas fatigado tienes cierta pócima que te pone a cien y no se llama cocaína... Diríase que tres siglos después de Cervantes, seguimos sin superar la tentación de creer en el Bálsamo de Fierabrás, que todos recordamos por su mención en el Quijote. Leyenda procedente de los cantares de gesta carolingios, esta poción mágica tiene la virtud de curarlo absolutamente todo. Y así, tras la enésima paliza recibida, el hidalgo dice haberse aliviado de todos sus dolores gracias al bálsamo, mientras que a Sancho sólo le ha provocado efectos laxantes, algo que Don Quijote justifica por la condición plebeya.


Hay que creer, tener fe... y sólo entonces la magia funciona. ¿Sirven para algo los fármacos que la radio nos vende cada mañana con la misma desfachatez con la que los charlatanes vendían crecepelos en las películas del Oeste? No, desde luego, son simples placebos y seguramente crean adicción y tienen efectos secundarios, pero es alentador levantarse de la cama con la sensación de que uno está a punto de internarse en la inhóspita selva de las calles protegido por el brebaje de Panoramix.




3. DESPUÉS DE MUCHOS AÑOS, vuelvo al fin a la Universidad. Desconozco si trabajar para ella, siquiera de forma muy fugaz, supone arriesgarme a perder el sabor de su leyenda, sin duda una de las más poderosas que habitan mi mente. Soy poco lúcido para esto. Amo la Universidad porque, donde lo sensato es encontrar tediosos mazacotes entregados a la burocracia, yo creo ver los muros gloriosos de los viejos templos de la sabiduría. Ya ven, tanto leer a Cioran y a Nietzsche para acabar gritando con el gol de Iniesta y entrando a dar clase en mi vieja facultad con nervios de principiante.


¿Primera impresión? Creo que los actuales estudiantes universitarios no son ni mejores ni peores, ni más conformistas o insolidarios de lo que éramos los de mi quinta, como con frecuencia suele decirse. Este es, en realidad, el mito que hemos forjado de ellos los adultos para excusar que el mundo que hemos creado -y con el que ellos se tienen que batir- hace mucho por alimentar el conformismo y la insolidaridad.



Lo que sí advierto, y es algo que me produce un tedio y una irritación casi insoportables, es que los actuales estudios superiores son víctimas de una estúpida sobrelegislación que tiende a volverlo todo confuso y burocrático. Bajo las promesas de la interdisciplinariedad, la multioptatividad, la pedagogía y todas esas banalidades con las que se llenan la boca los expertos en reformas, lo que yo encuentro es sobre todo una confusión espantosa. Alumnos que van de un lugar a otro y que a veces no saben cuántos créditos les faltan para acabar la carrera, las mismas colas de siempre ante la ventanilla pero con más caos, las mismas aulas atestadas de gente que no sabe muy bien por qué ha cogido tal asignatura... Todo se hace, supuestamente, para racionalizar el sistema, pero el resultado es que se pierde el sentido de lo único verdaderamente pedagógico: las personas que se juntan dentro de una sala intentando aprender unas de otras. Desde que el mundo es mundo esa ha sido la clave de todo acceso a la sabiduría.

Demasiado sencillo para que lo quiera entender un tecnócrata experto en reformas educativas. Por suerte, y cuando se trata de seres humanos que se relacionan entre sí, la vida se abre camino siempre.







4. CONTRA LA INDIFERENCIA. Josep Ramoneda acaba de publicar un ensayo sobre lo que él denomina "el totalitarismo de la indiferencia". El fascismo contemporáneo ofrece dimensiones nuevas y sutiles, y acaso sea tan pernicioso como el de los viejos fanatismos identitarios y genocidas del siglo XX, entre otras cosas porque con frecuencia presenta también ansias profundamente destructivas y violentas. La democracia es un modelo frágil -¿qué nos creíamos?- y luchar por su supervivencia no supone tanto loar sus maravillas como hacer frente a la casta de políticos, especuladores y popes mediáticos para los cuales nuestro destino no es ser ciudadanos sino consumidores.


"Ya no hay contra qué luchar ni referentes ideológicos firmes en los que apoyarse para hacerlo". He escuchado esta frase infinidad de veces en los últimos veinte años. Prosodia para excusar la comodidad de la indiferencia, impúdica exhibición de la propia cobardía. No sé si se debe leer a Marx ni si hay que votar a Izquierda Unida... ni siquiera sé aún si haré la huelga del día 29. Acaso no sepamos cómo luchar ni cuál es ese nosotros desde el que se erige la legitimidad de la acción reivindicativa, pero es falso que no sepamos contra qué luchamos ni cuáles son los compromisos que deben defenderse.







5. ESTA HUELGA ES, MÁS QUE NUNCA, UN JUEGO PSICOLÓGICO. Toda guerra lo es, desde luego, pero cuando Toro Sentado provoca el efecto estratégico en el General Custer para atraer a sus tropas hacia Little Big Horn y despedazarlas, la psicología solo es parte de una estrategia cuyo objetivo es la victoria. En esta huelga todo se disuelve en la viscosidad de la psicología porque nadie sabe qué es exactamente lo que hay en juego. Como en una farsa gigantesca, los cómicos simulan su mal humor, se ponen graves y solemnes y escenifican su enfrentamiento. No es una guerra, sino su simulacro. Por tanto, no conviene ganar. Es un juego cuyo resultado preestablecido es la suma cero.


¿Qué ocurrirá el viernes? Todos sabemos lo que se dirá que ha ocurrido, qué estadísticas se harán valer por las partes interesadas, cómo volverá rentable cada cuál el desarrollo de la jornada, cómo se devanarán los sesos para reivindicar ante las masas su permanencia en un espacio de poder al que, sin duda, son adictos todos estos caballeros tan olvidables que protagonizan la escena política española. Lo que no sabemos es lo que de verdad ocurrirá el viernes, nadie sabe qué sera eso que pasará con nuestras vidas cuando llegue el día de la huelga... porque eso, es decir, la vida, es accidental, no puede someterse a la preprogramación de los responsables de la escena. Como en el 14-M o como con las celebraciones de triunfos deportivos, pero también como en las exhibiciones inexplicables de indiferencia ante los desastres, la reacción de las masas es imprevisible, se desliza sin control entre las líneas del guión.










6. BELÉN ESTEBAN protagoniza un documental. Ramoneda cree que un símbolo popular tan torpe, tan cutre como éste, es el síntoma de una amenaza real de fascismo, un fascismo que, sin embargo, nos cuesta detectar. Algunos maridos atacan a sus esposas porque aman a la Esteban, de la que éstas llegan a decir que "es una Madre Coraje". No lo es, desde luego, no se parece en nada a las muchas Madre Coraje que yo he conocido... pero ellos votan a Rita Barberá. No sé si la diferencia es tan notable como creen. Las españolas han adoptado a Belén como en su momento adoptaron a Marisol. Tienen que ser niñas o idiotas las que acepten ese juego, las que se dejen, pues Leticia Ortiz o Penélope Cruz sueñan todavía con tener una vida propia que no tienen por qué exponer a los focos. Belén ha superado ese prejuicio, se nos ofrece con una naturalidad tal, se nos da tan obscenamente, que podemos disponer de ella como de una muñeca hinchable. Belén es un producto televisivo de cabo a rabo, no hay vida más acá de la pantalla en ella, por eso poco importa que sea un producto de baja calidad... es perfecta porque es un producto en toda la extensión de la palabra.










7. LAS EMPRESAS de telefonía, de gas natural y de seguros, han tramado una conspiración para que mi insomnio de septiembre se vuelva más irrespirable. Calculan el momento de sobremesa en que trato de recuperar los minutos de sueño que los fantasmas nocturnos me han robado y se lanzan sobre mí para destruirme. La estrategia a veces es telefónica y otras simplemente llaman a la puerta. Nunca les compro nada y a veces incluso les amenazo con denunciarles porque asaltan mi intimidad con una violencia que no esperaría si un grupo de ninjas entraran por el tejado o el balcón para llevárseme a punta de katana. Pero el objetivo no es venderme nada, esa es sólo la excusa: lo que quieren es joderme.

Saturday, September 18, 2010












1. YO NO SOY UN GITANO. El último éxito de Shakira recoge una declaración de identidad ciertamente espumosa e hipócrita, pero no intrascendente: "I´m a gypsy", es decir, "Soy una gitana". Suena mejor en inglés, porque cuando yo era crío te decían que parecías un gitano cuando volvías muy guarrete de la escuela. También recuerdo haber oído a mi abuela denominar despectivamente "gitaneo" a esa situación cotidiana en que uno ajusta el cambio de calderilla -si me debes cuatro, si te he de dar tres- lo cual refleja la tradición católica que quiere ver en la preocupación excesiva por el dinero traza de cristianos nuevos y otros sujetos de ascendencia confusa. (Ello no es óbice para que resultara completamente imposible escamotearle un solo duro... porque sí, es cosa de moriscos y marranos eso de mirar mucho las perras, pero si se miran y se cuentan escrupulosamente pero con un poquito de cara de asco, entonces Dios te lo perdona). Los gitanos, ya se sabe, son gente de mal vivir, nómadas que viven a la luz de la luna y el calor de la hoguera, lo cual les lleva, según sus detractores, a robar enseres y secuestrar niños, y según sus románticos adalides, a transitar por la vida como si de una apasionante aventura se tratase.







Lorca amaba a los gitanos, aunque no sé si llegó de verdad a conocerlos. El inefable Sánchez Dragó, al que uno aprende a tolerar el día en que descubre que nada de lo que dice merece ser tomado en serio, hizo una anarquista declaración de principios al exigir una noche televisiva que la república paya y apoltronada de los políticos fuera sustituida por un "gobierno de la luna llena", es decir, un gobierno gitano. Cioran, con un trasfondo bastante más oscuro y pesimista, consideró al gitano el único pueblo seriamente en condiciones de considerarse "elegido de los dioses", por su "decidida voluntad de no dejar nada estable y consistente de su paso por el mundo".


Yo no puedo decir que conozca a los gitanos ni que me gusten o me disgusten. Diría que, en todo caso, me atraen un tanto irracionalmente por lo mismo por lo que desde siempre me han atraído las mujeres o los musulmanes: son distintos a mí, o mejor dicho, parecen distintos a mí. Sí recuerdo haberme conmovido escuchando cantar a Camarón, pero no creo que sea suficiente para decir que se ama a los gitanos el ser capaz de admirar un arte cuyo embrujo -cuando no es un simple reclamo turístico y facilón- parece nacer de profundidades oscuras e inaccesibles.







En una ocasión pasé casi un mes conviviendo con una familia gitana. No fue por ninguna suerte de interés antropológico -menuda gilipollez sería eso-: coincidimos en la misma cuadrilla de vendimiadores. Entre las actitudes y costumbres del cabeza de la familia, que ejercía públicamente de romaní puro y reivindicativo, hubo algunas que me produjeron irritación e incluso rechazo y otras que me fascinaron. Nunca olvidaré la mañana en que, tras muchos días de tensión soterrada con el capataz de la cuadrilla, surgió ante las brasas del almuerzo un debate cuyo interés serían incapaces de superar los mejores tertulianos de la Ser. El payo acusó al gitano de haber sacrificado la escuela de sus hijas llevándoselas durante meses a vendimiar y a vender ropa después por los mercados. El gitano le contestó que los payos eran unos codiciosos y que solo pensaban en acumular, que él hacía feliz a su familia gastando el dinero tal y como lo ganaba y que sus hijas aprendían mucho más de la vida yendo de aquí para allá que calentando la silla en un pupitre. Creo que el gitano no tenía razón. Y, sin embargo, me dejó para siempre con la duda de si los payos somos un hatajo de avaros que llevamos una vida gris y patética sacrificando nuestra felicidad al altar de la vivienda en propiedad, la pensión y el puesto de trabajo estable.





En cualquier caso, yo no soy un gitano. Hubo un tiempo en que mis cosas estaban repartidas por cuatro o cinco sitios distintos bastante alejados entre sí. Me desplazaba largos trayectos con frecuencia y no sabía si al día siguiente iba a tener trabajo. Fue hermoso, pero no quiero que me vuelva a pasar. ¿Saben por qué? Porque, aparte de que uno se va haciendo mayor, he llegado a la conclusión de que cuando se es pobre y nómada tus derechos cuentan menos. Si estás alquilado te maltratará probablemente el dueño, si no tienes un buen seguro irás, con suerte, a parar al médico con más mala uva, si duermes bajo un puente es más fácil que vengan unos niñatos y te prendan fuego tras rociarte de gasolina... Funciona así la cosa.


Sinceramente, no quiero nada de eso para mí ni para los que amo. Pero es que además tengo la sospecha que ni gitanos españoles o rumanos, ni inmigrantes de ningún lugar, por pobres que sea, lo quieren para sí. Intuyo más bien que a la mayoría de las personas les avía mejor tener una vivienda y un trabajo dignos, ser atendidos en un buen hospital y poder salir por calles no infestadas de ratas y de mierda.

Yo no soy un gitano, ni tampoco Shakira. Ni siquiera sé si son gitanos los gitanos.


2. Jamás he entendido la aversión tan profunda que despierta Rodríguez Zapatero en la derecha española, salvo si -como sospecho- aparecer diariamente como la Encarnación de Belcebú en los diarios y emisoras más reaccionarios sea el peaje a pagar -por muy bien que uno lo haga- por el hecho de querer gobernar el país siendo de izquierdas. A mí, que me siento en las antípodas de toda esa gente, lo que el caballero me ha despertado en las últimas horas se parece mucho a la lástima. Que la indignación de la comisaria Reding -tras cumplir con su deber de ser consecuente con el espíritu y la letra de los fundamentos legales y éticos de la unidad europea- la convierta en poco menos que una heroína solitaria ante la miserable connivencia con el gobierno francés que han mostrado la mayoría de responsables políticos, es ciertamente preocupante. Porque todo hace pensar que, cuando las naciones se reúnen y trazan rimbombantes acuerdos cargados de corrección política y tonos humanitarios y éticos, en realidad no tienen la intención de cumplirlos.



¿Conseguirá el gobierno Sarkozy presentar la deportación masiva de gitanos rumanos como una decisión sujeta a la estricta legalidad local? No lo sé, pero a mí me explicaron hace tiempo que cualquier ley europea sobre derechos fundamentales tiene más valor que un reglamento local, y eso suponiendo que Francia -esa nación a la que tanto admirábamos- considere que se puede expulsar del territorio de la República a personas que no han cometido más delito que el de ser pobres y gitanas. Yo crecí creyendo que la de Voltaire y Rousseau era la tierra de acogida por antonomasia... y que en Europa los problemas humanitarios no habían de someterse como en otros lugares a la tiranía de los intereses de los mercaderes o a la del voto populista. Pero es lo que tiene ser pobre y extranjero. Viene pasando desde siempre: uno está amenazado de convertirse en chivo expiatorio de las crisis, las guerras, las pestes o las inundaciones. Y algo peor, si yo fuera gitano me asustaría cada vez que un presidente pierde popularidad: para recuperarla puede ocurrírsele imitar a Sarkozy y meterme en el primer avión.



En cuanto a nuestro entrañable presidente... un gran ejercicio de responsabilidad el suyo, apoyando a Sarko para devolverle los favores respecto al terrorismo. Y además, en el fondo sabe que esto de deportar poblaciones problemáticas tampoco desgasta mucho electoralmente. No sea que a la gente le dé por pensar que lo de amenazar a los inmigrantes es cosa solo de la derecha y empiecen a pasarse masivamente al PP. No pretendo que juegue a héroe, no pretendo que tenga las agallas de la comisaria de la UE, entre otras cosas porque para ser alguien admirable hay que tener madera para algo más que burócrata o diplomático. Pero como mínimo podría haberse callado la boquita. Qué pena, qué personaje tan olvidable.






Y, por cierto, Reding tiene razón. La tiene en todo, también en la comparación con ciertos procedimientos que se hicieron habituales en Europa durante la primera mitad del Siglo XX. Y ya que nos referimos a tiempos tan convulsos, se me ocurre una pregunta: ¿qué pasaría si en vez de a zíngaros se expulsara a contingentes de población judíos? Lo digo por el precedente del proyecto nazi de limpieza étnica, que convirtió al gitano en el segundo contingente de población con más asesinatos durante aquellos años tenebrosos. (Cerca de un cuarto de millón de gitanos fueron asesinados por los nazis, es decir, que un cuarto de los romanís de Europa desaparecieron como consecuencia de lo que, sin lugar a dudas, hay que entender como un proyecto genocida)
Y otra: ¿qué leyes se ponen en Europa para cumplirse y cuáles para no cumplirse?

Y una última: ¿expulsará Sarkozy a Shakira cuando pase por tierras galas? Dice que es una gitana, y además, ya tiene antecedentes policiales: en Barcelona se bañó en una fuente -que queda muy "gypsi"- y subió a una moto sin el casco. Yo, por suerte, no soy gitano ni semita y sí cristiano viejo. O eso es al menos lo que me han dicho en casa.

Friday, September 10, 2010








NADIE ACABARÁ
CON LOS LIBROS...
NI CON LA VANIDAD







1. En la última entrada, deslumbrado por la sabiduría de Stephen Hawking, me alborocé precipitadamente al confirmarse con rigor científico las sospechas que siempre he albergado de que Dios no existía, en parte por chinchar a los papistas y en parte porque, honestamente, creo que si Dios existe nos la vamos a cargar, con lo que mejor seguir así, en este sindiós de guerras preventivas, ayuntamientos endeudados y videos frikis en youtube. Y digo que fue precipitado porque, si bien es cierto que Dios no existe, al menos existe Billy Wilder, o, mejor dicho, sus películas. Fernando Trueba no dudó en llamar "Dios" al creador de Sunset Boulevard o La vida privada de Sherlock Holmes. Ya puestos, yo incorporaría a ese Olimpo a muchos otros... Por ejemplo a uno que, creo que por su buena relación con el Maligno y para que rabie Berlusconi, ha optado por no morirse: Umberto Eco.


Podría hablarles de cómo iluminó mi trayectoria intelectual (mola lo de "trayectoria intelectual", ¿eh?) en tiempos mozos con aquellos ensayos -Obra abierta y Apocalípticos e integrados-, el descubrimiento que supusieron sus novelas, en especial la celebérrima El nombre de la rosa o la para mí infravalorada Baudolino, sus artículos de prensa -muchos de ellos recogidos en extensos volúmenes como La estrategia de la ilusión o A paso de cangrejo- ... No debo ser un gran lector de U.Eco porque su bibliografía abarca demasiadas páginas que aún me son ajenas, en cualquier caso se trata de un escritor con unas dotes de seducción irresistibles. Por cierto, es uno de los pocos personajes de los que en wikipedia, tras los apartados de "Biografía" y "Obras", aparece un tercer apartado denominado "Curiosidades", en el cual se nos relata que el escritor italiano se hace llamar así mismo "Bondólogo" -por especialista en James Bond- o que es fanático de la comida polaca.


No sé si su obra es tan significativa como a mí me parece, no sé si tiene un componente excesivo de prestidigitador y una inquietante facilidad para manejarse en los media... Lo que sí sé con certeza es que siempre me he divertido mucho leyéndole, e incluyo muy especialmente aquí sus declaraciones y entrevistas, en las que demuestra -mejor cuanto más anciano- una finura analítica y una disposición a la ironía ante las que no puedo sino admirarme.


Pues bien, resulta que estoy volviendo a divertirme barbaridades con este señor gordito del Piamonte: el libro se llama Nadie acabará con los libros. Se trata de un largo diálogo con Jean-Claude Carrière, que presume -yo en su caso también presumiría- de haber trabajado como actor y, sobre todo, como guionista en muchas de las películas rodadas por Luis Buñuel a partir de los años sesenta. No me olvidaría de su guión de Cyrano de Bergerac o del de La caja china, film dirigido por Wayne Wang e interpretado por Jeremy Irons, en mi opinión uno de las mejores películas que se han rodado en los últimos veinte años. El diálogo es moderado por Jean-Philippe de Tonnac, un reputado intelectual francés que tiene alguna obra traducida al castellano y que dice en la introducción algo tan interesante como esto: ""Más que nunca, entendemos que la cultura es lo que queda cuando todo lo demás ha desaparecido". La edición de Lumen, uno de los sellos de Random House Mondadori, es ciertamente bonita, y merecen especialmente la pena las ilustraciones a cargo de André Kertesz, un reconocido maestro de la fotografía.



El contenido del texto es tan luminoso, tan ocurrente, hay tanta inteligencia y, al mismo tiempo, tanto sentido del humor en los dos interlocutores, que uno termina fastidiando a quienes comparten su vida, pues les promete dejarles el libro cuando acabes de leerlo, pero por el camino no puedes evitar ir destripándoselo. Ambos relatan episodios realmente sorprendentes sobre el mundo de la bibliofilia, la cual, más allá de la adicción a veces patológica por incunables y antigüedades literarias -patología que los dos reconocen sufrir-, abarca la larguísima historia del amor por los libros. Amor y también odio, pues episodios como el del incendio de la mítica Biblioteca de Alejandría han sido tristemente frecuentes a lo largo de los tiempos. Sometido a la presión, la vigilancia y la animadversión de toda suerte de inquisidores, el libro ha sufrido lo que Tonnac llama su "bibliocausto". Llegamos a fascinarnos ante episodios delirantes de enloquecidos que cruzaban en el año mil cordilleras y desiertos para llegar a cierto monasterio del norte de Italia que albergaba una copia anterior a Cristo de la Poética de Aristóteles. Eco insinúa hasta dónde sería capaz de llegar él mismo por conseguir una de las Biblias de Gutemberg...



Pero de los quince temas de conversación que estructuran el texto creo que me quedo con el titulado Nadie detendrá la vanidad. Umberto Eco es conocido entre otras muchas cosas por su condición de coleccionista de rarezas literarias. Le han fascinado desde siempre los libros que descubren maravillas científicas que resultaron ser completamente falsas, las obras maestras de farsantes que inventaron máquinas tan disparatadas como la "limpiadora de volcanes", las cartografías estrambóticas de tierras remotas que supuestamente se habían explorado... Eco tiene en casa una enciclopedia de la estupidez ( de la bêtise, insiste en decir) en potencia, quizá porque sospecha que nada de lo que una época escribe sobre sí misma es más verdadero que sus mentiras.



Especialmente memorable es el pasaje en el que conversa con Carrière sobre el género denominado vanity press. Se refiere a esas empresas -en número creciente con la galaxia internet- que se dedican a explotar arteramente la vanidad de las personas haciéndoles creer que van a editar, publicitar y distribuir el libro que han escrito, para lo cual se sirven de estrategias que parecen burdas a quienes nunca han experimentado el deseo de figurar al lado de los grandes escritores. Habla por ejemplo de una enciclopedia italiana que admitía dinero por incluir el nombre del cliente junto a los de los grandes escritores. Así, al lado de Cesare Pavese, del que apenas se cita su lugar y fecha de nacimiento y alguna de sus obras, aparece un personaje completamente desconocido del que se glosa largamente su fecundísima relación epistolar nada menos que con Einstein y con el Papa Pío XII. Ciertamente, el hombre escribió largas cartas durante años a ambos, lo que la enciclopedia no cuenta es que ni el científico ni el Pontífice le contestaron jamás.



Podemos reírnos de aquel pobre infeliz, de los esfuerzos patéticos que haría para que alguna visita consultara el libro en algún estante privilegiado de su casa y descubriera que su anfitrión era en realidad una de las glorias de la literatura italiana, con más líneas de atención a su obra que Giovanni Pappini o Italo Calvino. Yo he visto cosas increíbles en el mundo de la vanidad. Deambulando como profesor interino por la meseta, conocí a un tipo que hacía huelgas de hambre periódicas de cuarenta días -como Nuestro Señor- para protestar porque un grupo de reconocidos intelectuales le habían robado la autoría de un ensayo bastante exitoso sobre cierto tema sociológico. Hubo otro que explicaba su incapacidad para ser profesor en una facultad de Filosofía como el resultado de un gigantesco complot entre distintos personajes poderosos de la universidad, los cuales al parecer no parecían vivir para otra cosa que para hundirle.


En cuanto a la vanidad literaria... Hay personas que jamás han publicado una línea y que viven obsesionadas con los numerosos desaprensivos que tienen la intención de robarles sus obras, de ahí que se pasen continuamente por la SGAE para asegurar su autoría. Hay quien, tras habérsele editado un puñado de ejemplares, se obsesiona con que la modesta editorial pretende robarle sus derechos de autor y vende los libros en secreto sin comunicárselo. Pero mi preferido fue un profesor de Latín, el tipo más estrafalario que he podido conocer jamás. Una noche decidió leernos a un grupo de compañeros sus poemas de amor. Mientras recitaba aquellos ripios infumables creíamos estar asistiendo a una broma... Pero no: dos noches después, ante lo que él consideraba un gran éxito entre nosotros, optó por leernos su "antología". Había una oda a Goya, un poema de admiración a la belleza de las invitadas al recital, églogas, sonetos... Terminó leyéndolos subido a la mesa del bar donde habíamos cenado ante la incredulidad general de todos los habitantes del local.

Aquel joven poeta se ha perdido en la noche de mi pasado, ya no supe nada más de él, pese a que me consta que dejó huella entre quienes allá le conocieron. Creo que Umberto Eco le habría amado.





2. Ha sucedido esta semana en un programa de la televisión inglesa, Factor X, uno de esos reality donde supuestamente se buscan jóvenes talentos de la música. Aparecen dos chicas gorditas y que ya en las entrevistas previas demostraron tener cierto desparpajo. Salen al escenario, a la gente le hacen mucha gracia por su descaro. De pronto, la cosa empieza a calentarse, dan alguna respuesta "inadecuada", se dedican a criticarse entre sí. El presentador del show opta por que se pongan a cantar. Parece una broma, es imposible cantar peor. Al acabar, cuando una de las componentes del tribunal del programa, una bella y conocida cantante, juzga negativamente la caótica actuación de las chicas, una de ellas le contesta "who are you?" con evidente mueca de desprecio. Al final se echan mutuamente las culpas por la cacofonía y una de ellas, antes de abandonar el escenario llorando, le suelta una hostia a la otra... Se ve que el presentador habla con el realizador por si conviene poner publicidad ante la evidencia de que los espectadores que asisten al programa están poniéndose algo violentos, soliviantados por el comportamiento provocativo de las dos aspirantes a estrellas.


Creo que preferiría ser arrollado por una estampida de búfalos antes que protagonizar una escena como esa y ante millones de espectadores. Mis padres me enseñaron algunas cosas sobre el sentido del ridículo, el pudor, la vergüenza... Es probable que tales cosas no hayan conseguido sino debilitarme. En estas últimas horas me entero por el servicio de noticias de Yahoo que la próxima semana Ablissa, que así se llama el esperpéntico duo musical que han formado, tiene una actuación en Bristol.


Creo que el mundo que tenemos se resume en historias aparentemente tan estúpidas como ésta. Es cuestión de saber sacar conclusiones.




3. Un sacerdote norteamericano nos tiene en vilo en las últimas horas. Nadie tendría por qué dedicar una sola línea a un pobre imbécil como éste de no ser porque ha conseguido que todos nos sintamos rehenes de sus ocurrencias. Tras anunciar que había desistido de quemar ejemplares del Corán después de haber supuestamente negociado con distintas autoridades islámicas de Nueva York, lo que le habría convencido de que, finalmente, no se erguirá una mezquita en la Zona Cero, parece que en las últimas horas está replanteándose de nuevo su propósito inicial, encolerizado porque sospecha que le han mentido. Vamos, que todos somos rehenes de su estado de ánimo. Recuerda a una de esas películas donde un friki con el cuerpo lleno de dinamita tiene aterrorizada a una ciudad entera y anuncia el desastre si no le permiten entrevistarse con el Presidente de los USA o cenar con Britney Spears.

¿Cómo alguien tan insignificante, tan despreciable, puede concitar la atención planetaria en la conmemoración del 11-S? De Terry Jones -a quien podríamos confundir con uno de los Monty Python, leemos que dirige una congregación pentecostal de cincuenta personas, pero lo que todo el mundo sabe, lo que le identifica es que se proclama "antimusulmán". Lo relevante de que al tipo le pegue por quemar coranes no es el hecho en sí, ni siquiera lo es por su supuesto valor simbólico, pues todo barrio tiene a su loco que abjura de Dios desde una esquina... No, la cuestión es que los fanáticos de la religión a la que supuestamente odia Jones no acaban de entender que la mejor manera de enfrentarse al personaje sería simplemente olvidarse de él y ningunear sus patochadas.

Temo que a un Hitler le dé por apilar libros en una hoguera de Alexander Platz para quemarlos porque lo que han pretendido siempre este tipo de inquisidores es protegernos de dichos libros, un poco como sucede con los bomberos de Fahrenheit 451, aquel relato futurista de Ray Bradbury que Truffaut convirtió en un atractivo film y que advertía contra el riesgo de que un estado totalitario se cebara con los libros por miedo a la libertad de criterios. Pero no es este el caso, lo que pretende este Torquemada de opera bufa es simplemente adquirir notoriedad, satisfacer su vanidad haciendo ver que está llamado a una misión redentora y que es dueño de un enorme poder, hasta el punto de tener poco menos que a su disposición a importantes líderes políticos, los cuales no cesan de advertirle del daño que puede hacer con esta provocación hacia el terrorismo islamista.

Me resulta difícil entender que alguien se ofenda porque otro queme un libro, sea el que sea. Si mi vecino se dispusiera a echar a la hoguera un libro de Umberto Eco, le diría que me lo regalara a mí, pero no sentiría que se me estaba hiriendo u ofendiendo con ello. Si yo fuera religioso, dudo que la quema de un libro sagrado me provocara deseos asesinos, salvo que pensara que Dios efectivamente se duele con las brasas de la hoguera montada por algún fantoche, lo cual por cierto revelaría una imagen bastante disminuida de dicho Dios. En todo caso sentiría lástima por el incinerador, pero poco más.

¿Cómo alguien puede pensar que -cita textual de Jones- "el islam es el diablo"? No, no es esta la pregunta correcta. La pregunta es más bien, ¿por qué tantas líneas para este bufón? Por cierto, es cuestión de días, si no de horas que empecemos a enterarnos de que se queman coranes por aquí y por allá. Al tiempo.

Friday, September 03, 2010








Y ENCIMA DIOS NO EXISTE







Dios no existe. Lo acaba de decir Stephen Hawking, que estarán de acuerdo conmigo en que no es un cualquiera. Se trata de una de los científicos más afamados del planeta, y su prestigio está acreditado por haber atado algunos de los cabos más intrincados de la Teoría del Big Bang, por haber aparecido en la serie Los Simpsons y, sobre todo, porque parece que, a pesar de padecer ELA (esclerosis lateral amiotrófica), fue capaz según la prensa sensacionalista de engañar a su cónyuge con otra mujer, lo cual supera las mayores genialidades de Arquímedes, que incendió las naves romanas que asaltaban Siracusa con un ingenioso juego de espejos, de Vladimir Nebokhov, un sabio ruso que en 1954 consiguió a posta que naciera un perro de dos cabezas, o el genio injustamente olvidado que inventó el turrón de petas zetas . Por si Hawking no les convence para abandonar la fe, puedo decirles que hay otras celebridades del mundo del espectáculo que están en su misma sintonía, como Fidel Castro y Bill Clinton, por no hablar de algún procer de la derecha española, como Pedro J.Ramírez, que lleva años sin acudir al confesionario y no parece tener cargo de conciencia.








Hay quien sin embargo no está dispuesto a conceder crédito al autor de Historia del tiempo. A estos les parece que todo lo que cuenta el físico sobre la clausura de la lógica del espacio y del tiempo en los agujeros negros no es mucho más que una especulación que permite a los charlatanes inventar estrafalarias aventuras sobre viajes al futuro, lo cual mola mucho, ya que permite ganar pasta o, en su defecto, atraer la atención en las cenas de empresa. (Hay quien incluso ha llegado a llevarse a la cama a una compañera de trabajo tras impresionarla con las teorías de Hawking sobre los "agujeros de gusano", que es algo que suena muy bien pero que nadie entiende) Afirman que se trata de un científico "demasiado mediático", a lo que yo añadiría la sospecha de que está resentido con los curas porque no le han dejado casarse con su nueva mujer por la Iglesia, que es una cosa que hace ilusión incluso a los genios de la cosmología.


A mí todo esto me recuerda un poco a aquello que dijo el Vaticano hace unos años de que el limbo no existe. Vamos, que cerraban un chiringuito abierto durante siglos y dejaban a sus habitantes sin ninguna explicación... así, en la calle, sin finiquito ni nada. A mí, la verdad, eso de que gente como Platón o Séneca no pudieran ingresar en el Cielo por la mala suerte de haber nacido antes que Cristo siempre me pareció una injusticia, pues resulta que si por ejemplo al Carnicero de Rostock le daba por confesar sus pecados un par de segunditos antes de morir, entonces igual encontraba sitio a la diestra de Dios Padre, mientras que Sócrates ya podía hacer obras de caridad por los barrios chungos de Atenas que nadie se lo iba a tomar en cuenta. "Bueno, pero al menos los del limbo no van al infierno", me dirá un partidario. Sí, querido, pero ahora lo cerráis y ¿qué pasa con toda esta gente? Porque de ingresarlos definitivamente en el cielo o -¿qué menos?- hacerlos bedeles ni hablemos, claro.

Hay otro problema, y es que este tipo de estrépitos periodísticamente tan suculentos me arruinan algunas clases de Ética. Una mañana, explicando a mis chicos la diferencia entre la noticia y la opinión, y entre la labor periodística y la científica, pregunté si les sorprendería que un día un diario apareciera en portada con un titular del tipo: "Se descubre que los homosexuales no son malvados". Intento hacerles ver en estos casos que, si bien la ciencia viene muy bien para clonar ovejas y prevenir el sarampión, es mejor no esperar que saquen de las probetas de un laboratorio la respuesta definitiva a la cuestión de cómo hacer un mundo más decente o si Héctor merecía algo mejor que lo que le ofreció el bárbaro de Aquiles. Hawking, al conseguir que los tabloides nos desayunen con la frase del momento -algo así como "Dios sobra"- me acaba de reventar el argumento. Por lo visto, se puede llegar a conclusiones definitivas sobre cuestiones de fe tras una investigación sobre las elipses planetarias, de manera que debemos esperar que próximas investigaciones sobre la fusión fría o sobre los agentes microbianos de la Antártida resuelvan el problema de si es un pecado practicar el sexo oral o basta con desearlo, cuestión sumamente seria y que antes te resolvía el sacerdote.






La celeridad con la que influyentes líderes religiosos han cargado contra Hawking justifica mi sospecha de que el caballero ha dado en el clavo con sus declaraciones, si es que lo que pretendía era montar lío, algo que por cierto entiendo muy bien cuando uno se aburre tanto si poder moverse sobre una silla de ruedas. Dado que se le atribuye condición de tipo listo, presumo que muchos fieles acudirán angustiados a las parroquias para que su Pastor les tranquilice y, de paso, para exigirles que hagan pública la indignación de los distintos rebaños de la fe. Así, hemos escuchado ya las críticas airadas del Arzobispo de Canterbury, además de algún imam por parte islámica, y, para no ser menos, algún importante rabino por la comunidad hebrea (Lo cual alimenta mi sospecha de que los jefazos de los grandes credos monoteístas fingen estar peleados para disimular que tienen un contubernio cuyo fin es amargarnos la vida lo más posible a todos)




He de reconocer, sin embargo, que en estos asuntos andan bastante más puestos que el caballero de los agujeros de gusano. No pretendo que un científico no pueda opinar sobre materias religiosas. Lo que no termino de tragarme es que sus últimas observaciones de las criaturas celestes valgan para confirmar la teoría de que el universo puede muy bien arreglárselas sin Dios, que es por cierto lo contrario de lo que el interfecto dijo hace unos años, cuando afirmó que la Física del momento "no hace descartable la presencia de una inteligencia creadora". A mí me pareció aquella afirmación tan gratuita como si hubiera dicho que Clinton no debería haber aprovechado el Despacho Oval para hacer gorrinaditas o que Villa juega mejor en el centro que en la banda, pero, desde que Newton aseguró aquello de que la Gravitación Universal era la prueba fehaciente de que existe un diseño original inteligente, parece que a los grandes físicos hay que pedirles su opinión sobre estas cosas tan trascendentes.

El caso es que a mí no me hace falta Hawking para seguir sumergido en mi triste escepticismo religioso. Suelo decir que perdí la fe el día que, tras varios padrenuestros en el wc del bar a escondidas de mis amigotes, vi a Oliver Kahn -portero del Bayern Munich- pararle aquel penalty al Valencia en la final de la Champions. Quizá no fue la mano de Kahn sino la del Supremo Hacedor la que frenó aquel balón para castigarme por las fechorías cometidas, pero me asalta la sospecha de que la cosa hubiera sido distinta si Pellegrino hubiera lanzado un poco más a la esquinita... Y ahora yo ya no tendría esta cara de amargado que se me ha quedado desde entonces. Pero no es cierto, lo que ocurre es que nunca me tragué aquello de la Cruz y la Resurrección que me contaba el Padre Pacual en el cole porque siempre me sonó a cuento chino. Y en cualquier caso, aquello de que los Reyes eran los padres, joder, aquello si que fue un trauma de verdad que me previno contra este tipo de decepciones. No necesito saber que los movimientos estelares hacen "innecesaria y redundante", como dice Hawking- "la presencia de un Creador". Yo no he creído jamás en Dios porque siempre he tenido la sensación de que no tenemos salvación.






No es nada personal. Es cierto que el mundo de la fe está repleto de gilipollas, manipuladores, indeseables y, sobre todo, de fanáticos. Pero, tranquilos, entre los ateos conozco también bastantes majaderos. (Todo sea dicho, desde tiempos inmemoriales se mata y tortura más gente, se silencian más voces y se queman más bibliotecas en nombre de la existencia de algún dios que de su inexistencia, pero esa es otra historia) En realidad, es que a mí me gustaría creer. Entiéndanme, me pasa como con ser gay, que me gustaría serlo pero no me sale. Sería acaso más feliz siendo gay y creyendo que hay un Dios cuidando del ganado y asegurando que todo este embrollo de la vida y la muerte tiene un sentido predefinido y que mi presencia aquí se justifica para algo... y eso por no hablar de mis sensaciones respecto a la evidencia de que tras la muerte no hay más que la nada. Es, ciertamente, una convicción un tanto escandalosa, no crean si son ustedes religiosos que los ateos somos de piedra. A mí, por ejemplo, la perspectiva de que mis mayores desaparezcan y no me guarden un lugar en Walhalla para poder encontrarme un día con ellos no solo me parece desagradable, es que me atrevo a calificarla indignado como una inmensa cabronada. El problema es que también me pareció una cabronada que los Reyes Magos no existieran y no por eso pienso que lo que me contó un día al respecto mi hermano mayor -que siempre fue algo aguafiestas, por cierto- fuera una mentira.

Claro que, quizá, después de todo, sí que haya un dios y esté riéndose un poquito de las tontadas de Hawking. Acaso sea indulgente con él, pobre, e incluso conmigo, que le respeto lo suficiente como para saber que -aunque no exista- si existiera, desde luego que no sería un necio. No creo que puedan decir lo mismo muchos creyentes que conozco. Por ejemplo, fíjense en la convicción con la que dirigentes demócrata-cristianos aumentan su popularidad exigiendo la expulsión de los gitanos (un horroroso asunto repleto de ecos bíblicos), llenando con más pinchos las vallas que separan a Europa de los pobres o lanzando guerras contra países que supuestamente albergan terroristas cuando lo que fundamentalmente albergan es miseria. No creo en Cristo, ya ven, pero pienso que si me lo encontrara en el check-in de un aeropuerto o en la cola del mercadona lo reconocería antes que tantos y tantos meapilas que se dan golpes en el pecho los domingos y se olvidan de que lo que Dios les pide es que no le peguen a su mujer, no financien las minas anti-persona o, simplemente, no dejen que su perro orine justo bajo mi balcón.







Tampoco creo en Stephen Hawking, desde luego. Creo simplemente que su actual mujer tiene caprichos caros y que este lío le va a venir muy bien para vender el próximo libro porque, amigos, no hay dios tan poderoso como el Señor Dinero, un dios que moviliza con la misma facilidad a papistas y a apóstatas. El hecho de que, al lado de la propuesta de abandono de la religión, sitúe a la Filosofía, que al parecer habría de ser sustituida también por la fe en los científicos como él, demuestra que Hawking no solo no entiende que la Filosofía y la Religión son cosas muy distintas -yo diría que contrarias- sino que tampoco las preocupaciones que gobiernan la aventura filosófica se agotan en las que se plantean los físicos. Claro que sería mucho pedirle al caballero que entendieran tantas sutilezas cuando su especialidad es la cosmología o, por lo menos, el marketing literario.


Volviendo al tema de Dios y la evidencia de que nos abandona -y hace bien, ya lo creo, porque somos insufribles-, se me ocurre una última reflexión. Que no haya nada allá arriba supone que Hitler, BarbaAzul y Stalin no tendrán mejor ni peor suerte tras abandonar su cuerpo mortal que, por ejemplo, la Madre Teresa, lo cual es, ciertamente, desolador. No habrá premio ni castigo de postgrado, digámoslo así, como -insisto- siempre hemos sospechado sin necesitar al tonto de Hawking diciendo memeces. Con los tipos que he nombrado, como ya están muertos, no va a poderse hacer nada. La propuesta sería entonces ir contra los malvados mientras están vivos, es decir, desde ya: ¿qué les parece?