Friday, July 15, 2011








YO ESTOY AQUÍ PARA DAR IDEAS.




Mi psicoanalista es buena persona, pero cuando llega julio le entra muy mala idea, creo que porque me ve de vacaciones y tiene envidia. El otro día intenté convencerle de que en sus películas Woody Allen se burlaba del psicoanálisis y que, en cualquier caso, era un magistral cineasta, a lo que él contestó que Allen se tomaba muy en serio su terapia y que, en cualquier caso, sus películas eran una mierda. Fue tan contundente en llevarme la contraria que pasé cierto rubor antes de contarle el sueño que había tenido esta semana, no sea que me espetara lo que creo que está siempre a punto de soltarte cualquier psicoanalista, es decir, que tus sueños no le interesan nada y que lo que revelan no es que estás enamorado de tu madre, sino que eres medio gilipollas y que en vez de psicoanalizarte lo que deberías hacer es arrojarte a un abismo. El caso es que empecé a contarle que me perseguía un monstruo con cuerpo de dinosaurio y cabeza de roedor y no tardó en interrumpirme.

-"Mire, David, voy a ser claro con usted, su verdadero problema es que está lleno de odio y de rencor. Váyase a casa y concéntrese en pensar que sucesos de su pasado le provocan tanta ira. En cuanto se haga consciente de ellos verá cómo le resulta más fácil controlar su atormentado estado mental"

Opté por seguir su consejo y hurgué largamente en el baúl de mis recuerdos y apunté durante las siguientes mañanas cuáles son las situaciones y personajes de mi pasado que aparecen más frecuentemente en mi torturada memoria suscitando el deseo retroactivo de estrangularles... ¿Resultado? El tipo de personaje que más me aparece es uno que dice frases como ésta: "yo estoy aquí para dar ideas".






Explicado al psicoanalista, su diagnóstico es el siguiente. A lo largo de mi vida he tenido conflictos de toda índole con mis padres, mis hermanos, mis compañeros de colegio, los profes, las mujeres e incluso con algunos columnistas de El Mundo, lo cual me ha generado ciertas disfunciones sentimentales, sexuales, intelectuales y morales, pero a fuer de ser justos, no he recibido más hostias de las que yo he propinado, por lo que -siempre según el señor que se sienta al otro lado del diván- no tengo derecho a reclamar un lugar de honor en el equipo de las víctimas, lo cual es una lástima, pues es un placer inmenso ir por la vida mostrando cicatrices y contando que de crío te sodomizó un cura en la sacristía. El único verdadero trauma que -según mi loquero- no he superado es el de haber tratado demasiado a menudo desde niño con lo que podríamos llamar "tíos listos".


Veamos. Un tío listo es un caballero -suele ser varón- que consigue convencer a su entorno de que tiene un enorme talento y que puede resolver cuántos problemas le plantea la vida a golpe de genio. Estos señores exhiben tal autoconfianza y aparentan tanta determinación a la hora de enfrentarse a los desafíos de su vida que llegas a creer que a su sombra nada malo puede pasarte. Y es justamente éste el gran error, pues desde ese mismo momento no dejan de sobrevenirte desgracias. Debido a mi natural ingenuo los excesos de confianza respecto a estos individuos han complicado extraordinariamente mi vida, de manera que, para que ustedes no sufran lo que yo he sufrido, voy a advertirles de algunas de las pautas de acción características de un tío listo.




-Suele tener muchas ideas, organiza negocios geniales o eventos que pueden congregar a un nutrido público, pero nunca se presenta en el momento de la realización ejecutiva de las mismas. Es a ti, el pringado, al que le toca después cargar con el marronazo de sacarlo adelante.

-Se irrita si en alguna ocasión criticas sus poemas, películas, fotografías o conquistas femeninas, pero no dudará en ningunear y despreciar despiadadamente cualquier cosa que tú hagas, o incluso el simple hecho de que hagas algo. Que tengas iniciativa le molesta mucho, pues supone romper con el rol de gregario que el tío listo te ha asignado.

-Te pide dinero prestado y luego no te lo devuelve, o en todo caso te lo devuelve con cuentagotas y como haciéndote un favor. No se siente culpable porque cree que si tú tienes un trabajo digno es porque te han enchufado o has tenido suerte; no como él, que sufre una persecución debida, obviamente, a su talento. "Es la dictadura del mediocre", dice a menudo, sin duda implicándote a ti en la conjura. Si tienes dinero y se lo prestas piensa, además, que si no te lo has gastado es que eres un imbécil y que mereces el sablazo que él -que sí sabe vivir- te está pegando.

-Si cometes la imprudencia de meterte en algún negocio con él, observarás que te exige con suficiencia desafiante un alto grado de compromiso y formalidad. Será después él, por supuesto, quien se salte a la torera dichas exigencias, aunque no dudará en aprovecharse de que tú si las cumplas.

-Va siempre rumiando la posibilidad de tirarse a tu novia, posibilidad que a la recíproca -que tú te tires a la suya- no llega a contemplar ni por asomo. La razón es que sospecha que tu novia sale contigo porque en realidad de quien está secretamente enamorada es de él.


Y ahora, para acabar, viene la mejor de todas, la que identifica a un tío listo sin temor a error. En una reunión siempre ofrece una idea supuestamente genial, pero jamás se vincula a su realización. ¿Cuántas veces habré visto esto? Por ejemplo, hace años, cuando yo era aún tierno y no estaba lleno de rencor como ahora, en una asamblea de la radio libertaria de la que yo formaba parte, un tío listo dio toda una lección a la concurrencia sobre lo que había que hacer para salvar la emisora. Cuando le preguntamos cómo pensaba llevar a cabo tan genial idea se limitó a contestar: "Y yo qué sé, yo estoy aquí para dar ideas".








Un cantamañanas de lo más patético, vaya que sí, pero he presenciado esta escena demasiadas veces como para creer que es un mal poco extendido. Tipos que nos dicen a las mentes vulgares lo que hemos de hacer con la finca en una reunión de vecinos y que en el momento de decidir cómo implementar sus medidas se largan porque tienen prisa; tipos que en una reunión de trabajo asignan funciones a todos menos a ellos mismos; tipos que se postulan a voz en grito y con el puño levantado para liderar una asociación reivindicativa y que al día siguiente resulta que han pegado la espantada; tipos que hacen continua ostentación pública de su integridad moral hasta que un día descubres que no son más que unos pobres diablos, capaces de gastarse tu dinero y tu confianza en putas, en la maquinita de las frutas o en restaurantes de presumir... Son legión, y sólo hay un antídoto: olvidarles.




Tuesday, July 05, 2011












EL DISCUTIBLE ENCANTO DEL MAFIOSO








En Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Woody Allen parodia de manera especialmente encarnizada el cine de mafiosos italianos, que parecía una moda más o menos pasajera en aquellos años setenta en que apareció el libro de Allen, pero que ha terminado por convertirse en género, en el mismo sentido en que lo es el western.



El género es por definición una mistificación de un espacio histórico o social que, a partir de una base real, configura un imaginario cuyas claves se vuelven recurrentes hasta el punto de adiestrar al espectador, que las reconoce como si no constituyeran un artificio narrativo, como si fueran de alguna forma naturales. Pasa en las películas del Oeste con los duelos a tiros o con los ataques de los indios sobre las caravanas en círculo, y pasa en las películas de mafiosos, tan aficionadas a propagar una imagen ritualizada de las relaciones entre iniciados y a dejarse llevar por las hipérboles de una supuesta poética de la violencia donde llega un punto en que a uno le extraña que el italoamericano de turno no se líe a tiros con los espectadores de la sala. "Mendy secuestró a Gaetano, el hermano de Santucci, y se lo devolvió después en veintisiete potes de mermelada. Esta fue la señal para el inicio de un baño de sangre"... Así es el cine de mafiosos según la parodia de Woody Allen.







No es difícil encontrar las raíces culturales de este misterioso atractivo, especialmente en una sociedad como la norteamericana, constituida a partir de la hegemonía anglosajona y protestante. Los mafiosos parecen vivir atrapados en un lenguaje atávico, ese "vago rumor de la familia" en el que Hegel situaba el conflicto de Antígona y el inicio del drama de Occidente, cuyo discurrir histórico se gestará en la tensión entre los secretos intraducibles de lo privado y la luminosa publicidad de la ciudad. La Cosa Nostra atrae porque la rigurosa observancia del ritual por parte de los iniciados es irreductible a la lógica operacional de lo mercantil y lo burocrático, ese espacio gélido de la eficacia por el que transcurre tristemente la gris vida de cualquiera de tantos oficinistas, maestros o bedeles de hospital que, por las noches, soñamos con ser Vito Corleone.











Se explica muy bien en esa otra obra maestra del género, Uno de los nuestros, menos trágica y shakespeareana que la saga de El Padrino pero más dada a inmiscuirse en las profundidades del alma mafiosa. Henry Hill, protagonista interpretado por Ray Liotta, descubre desde muy pequeño que trabajar para los hampones del barrio es marcar la diferencia entre ser un tío listo y ser un perdedor y un fracasado, es decir, lo que son todos esos tipos que tienen que guardar cola en la panadería o mendigar un subsidio de paro. Lo que nos atrae de la vida que Henry adopta es que consigue aquello que, acaso sin darnos cuenta, todos deseamos: saltarnos las mediaciones. La vida de cualquiera de nosotros es una red infernal de trabas a la realización de lo que fantasea nuestro cerebro. No tememos que nuestros deseos no se realicen, eso somos capaces de soportarlo porque hace ya mucho que descubrimos que no somos dioses; lo que de verdad hace temblar nuestra integridad y nos precipita al abismo de la depresión es toda esa serie de trámites por los que habremos de pasar para gestionar correctamente nuestro bienestar. No se engañen, besos en la mejilla y juramentos de sangre siciliana aparte, lo que de verdad nos atrae de los mafiosos es que pueden saltarse las colas, los trámites y las excusas. El precio es que a veces aparecen en un congelador de carne colgados de un gancho o que van a la cárcel unos cuantos añitos. Es lo que tiene tomar atajos.









Viene a cuento la reflexión porque estoy acabando la primera temporada de Los soprano. No albergo ninguna duda respecto a la enorme calidad de la serie y, muy en especial, el carisma del logradísimo personaje central, Tony Soprano, magistralmente encarnado por James Gandolfini. La serie tiene el buen criterio de no dejarse llevar por ciertos toques de grandilocuencia -mal digeridos en muchas producciones debido a la obsesión por El Padrino-, hasta el punto de que por momentos uno diría que está más bien viendo un capítulo de Los Simpson. ¿La mejor producción televisiva de la historia? No, no lo creo, y además me pillan los fanáticos irredentos del sopranismo en mal momento porque he pasado los últimos meses con las cuatro temporadas de Mad men, y qué quieren que les diga, el mundo de Don Draper me parece más complejo, misterioso y sutil que el de Tony y su tumultuosa familia.



No acabo de saber en cualquier caso por qué el mundo de la mafia goza de tanto prestigio. Tengo un amigo que, sistemáticamente, desprecia cualquier película que no se centre en el mundo del crimen organizado, ya sean los italianos de Scorsese, los yakuza de Kitano o todo ese hatajo de psicópatas y frikis histéricos que llenan las películas de Tarantino. Lo que intento decir es que me hartan ya un poco este tipo de espectáculos del sadismo donde la vida parece que vale bien poquito. Uno tiene un mal día, le pega un tiro en las sienes al camarero porque no le ha servido el gin-tonic a su gusto, y todos a partirse de risa.







No sé, debe ser un trauma de la infancia, pero siempre me han molestado los que viven de explotar el miedo ajeno, que es a fin de cuentas de lo que viven estos tipos. Por otra parte, no estoy tan seguro de que los mafiosos del mundo real tengan el glamour que se les otorga en el cine. Los que yo he conocido son más de pegarle patadas entre varios a un tipo en el suelo que de asumir audaces desafíos solitarios. Se me ocurre entonces que podríamos desprender de una vez por todas a los mafiosos de la aureola de Marlon Brando e imbecilizarlos un poquito. Propogno una definición técnica para el asunto: mafiosa es toda forma de relación económica entre humanos que se salta los pasos previstos por la ley y usurpa al Estado el monopolio de la violencia. A partir de aquí juzguen ustedes cuántos mafiosos tienen en su entorno y probablemente se convenzan de que son numerosos, no se parecen en nada a Al Pacino y, por lo general, ni siquiera tienen gracia.


Friday, July 01, 2011








¿BANCA ÉTICA?




1. Junta de accionistas del Banco Santander. Tres indignados intervienen. Quiero pensar que si han podido entrar en la Junta y les dejan intervenir es porque disponen de alguna acción... hábil maniobra para montar el cirio. Dicen unas pocas verdades como puños respecto al daño que hacen a la sociedad las prácticas bancarias comunes. El señor Botín en persona -cuánto honor- les obliga a callar con la excusa de que sus intervenciones salen del orden del día. Finalmente les niega el sonido de micro y unos señores muy simpáticos le invitan a salir. Es una ingenuidad pensar que una empresa es otra cosa que un entramado de poder vertical, por más que celebren juntas con cierto aire de asamblea. Es fácil explicarlo: la democracia ha llegado a la sociedad, pero no al capitalismo. Ahora bien, convendría que no olvidáramos que lo que hacen las empresas repercute en el conjunto de la sociedad, por la calle tiene todo el derecho en vigilar y denunciar sus prácticas si, además de hacer ricos a unos cuantos caballeros, empobrecen al conjunto de los ciudadanos. Y es este el verdadero gran problema, aunque a Botín se le haya olvidado ponerlo en el orden del día.




2. Buenafuente entrevistó el pasado 20 de junio a Joan Antoni Melé, al que presentaba como un “banquero sin puro ni chistera”. De entrada tiene poco tirón el personaje por la sencilla razón de que casi nadie sabe quien es. Se trata, en realidad, del subdirector de la delegación española de Triodos Bank. Al finalizar, el presentador, que parece especialmente orgulloso por la entrevista que acaba de realizar, reconoce que el hecho de que su programa de La Sexta se encuentre en fase terminal le permite hacer ese tipo de cosas que uno hace cuando ya no tiene nada que perder, en este caso porque han dejado de preocuparle los índices de audiencia. Lo curioso es que, después, cualquier persona con un mínimo de sensibilidad -como lo son mayoritariamente, no sé si los seguidores de La Sexta, pero sí desde luego los de Buenafuente- disfruta extraordinariamente con la entrevista.





¿Puede haber una banca ética? En torno a esa cuestión gira el diálogo. Y no es cualquier cosa, porque desde una visión estrecha de la lógica bancaria, parece un oxímoron. La imagen de un banquero varía de izquierda a derecha en pequeños matices. Para unos, se trata de un usurero despiadado sin más, una figura tumoral que alcanza su apoteosis histórica con el capitalismo financiero y especulativo, y que se caracteriza por pasar las horas diseñando los procedimientos más sofisticados para extorsionar un poquito más a los incautos que han tenido la candidez de confiarle sus ahorros. Para los otros, esta imagen se suaviza un poquito porque han visto películas de Frank Capra, de manera que, además de pasarse el día planeando cómo obtener más dinero, de vez en cuando tiene un detalle generoso, salva del desahucio a una familia y se comporta como un tipo entrañable. Claro que ya sabemos que las películas de Capra son bastante ñoñas. Además, resulta bastante difícil creer que los propósitos de un banquero son honestos, habida cuenta de que son ellos mismos los que, en cuanto se relajan un poquito, te espetan con todo cinismo que “la función de un banco ya sabe usted que es robarle”. (Les juro que esto me lo soltó el director de una sucursal del Banco de Valencia cuando me disponía yo, hace doce años, a sucumbir a esa forma de esclavismo voluntario que tanto nos gusta a los españoles y a la que llamamos préstamo hipoecario)

Pues bien, la hipótesis de este anómalo banquero es la de que hay un interés oculto en implantar esta imagen en la gente, es decir, que no tenemos más remedio que someternos a la lógica de la rapiña que nos imponen porque no hay otro capitalismo que el que tenemos, y que, de igual manera, no se puede hacer banca ni administrar el dinero de la gente más que especulando.





Pero el problema, y es aquí donde la filosofía de Triodos me empieza a parecer especialmente atractiva, no está en la iniquidad moral de los banqueros, por más que no haya duda de que ha sido su insaciable codicia la que ha desencadenado la actual recesión. La realidad es que las causas de la crisis son colectivas. “Todos estábamos dormidos”, dice Melé, “nadie preguntaba qué estaban haciendo los bancos con nuestro dinero. Nos decían que pusiéramos nuestros ahorros aquí porque ganaríamos más, y la mayoría les obedecía sin hacerse más preguntas.” La conclusión de Melé es rotunda: “hemos estado dormidos durante mucho tiempo y la convulsión social del 15-M es un primer despertar”. Yo añadiría que es la realidad misma la que, a base de jarras de agua helada, nos ha despertado a todos.


Hablando del 15-M, respecto al cual experimento los mismos sentimientos que Melé, es decir, absoluta empatía cuando se trata de indignarse por las prácticas del actual capitalismo que tienden a multiplicar la injusticia, y un cierto escepticismo que intento trocar en voluntad pedagógica cuando se insiste demasiado desde los campamentos indignados en simplificar los problemas y convertirlos en películas de buenos y malos. ¿Ven dónde quiero ir a parar?: cuidado, por ejemplo, con el concepto de “mercado”, porque empieza a usarse con demasiada facilidad y con una elaboración a todas luces escasa. Y tan tendencioso resulta santificarlo acríticamente, en el sentido en que lo suelen hacer los ortodoxos del neoliberalismo, como torpe y simplista es limitarse a demonizarlo.


De lo contrario, habríamos de empezar por sospechar de Triodos, y es este prejuicio el que me propongo desactivar. La idea no es renunciar a ganar, es transformar el concepto de ganancia, y para ello, hay que empezar por abolir ese prejuicio –tan católico e hipócrita en el fondo- que ve en el dinero algo sucio por definición. Se trata, en suma, de ganar para que todos ganemos, y para ello hay que invertir el orden de prioridades, es decir, primero las personas, después la salud global –o si quieren, el planeta-, y en tercer lugar los beneficios económicos.


Este orden sólo funciona con una praxis entregada a la transparencia. Así, Triodos cuelga en su web todas sus actividades inversoras, y se ha dotado de una fundación que garantiza la veracidad de esta información, la cual no consiste en otra cosa que en dar cuentas de qué es lo que se hace con el dinero de la gente. Y ¿qué se hace? Triodos se desplaza por tres caminos: la cultura, el medio ambiente y los sectores sociales. Son precisamente los espacios que la banca tiende a desatender. La razón es bien sencilla: su rentabilidad es marginal, siempre y cuando no aprendamos a aplicar al de rentabilidad lo relativo al beneficio humano. Esto no supone que se proscriba la posibilidad de ganar dinero, pero, como dice Melé: “no espero de mí un diez por cien de beneficio sobre su inversión, no puedo dárselo”. Si el impulso que guía al que invierte su dinero en Triodos es la codicia, no hay duda de que se ha equivocado de entidad.

Dentro de esta praxis está absolutamente proscrita la alternativa de invertir en Bolsa, algo que provocaría hilaridad si se plantease en otras entidades bancarias. Además los directivos no tienen bonos, de hecho José Antonio Melé vive de un sueldo, lo cual significa que su actividad profesional no se rige por el principio de que si vendes más ganas más. Esta filosofía desactiva el prejuicio de que todo es beneficio. En otras palabras: aporta en tu trabajo lo mejor que tengas, pregúntate qué es lo que como ser humano te gustaría dar y lo demás llegará sólo.






3. Dos grandes maestros, George Simmel y Karl Marx, nos enseñaron hace mucho que el intercambio del capital es, antes de nada, un intercambio social. Con el capitalismo, los viejos valores personales y sentimentales son reemplazados por el cálculo abstracto, lo cual nos libra de importantes ataduras, pero nos abre también al riesgo de un mundo gélido y desangelado. Lejos del conglomerado ideológico que otorga al capital el valor de mero objeto, una creación que sólo transitoriamente sustituye a las mercancías, el dinero incorpora toda una metafísica, crea valores que determinan el sentido de las relaciones entre humanos, o lo que es lo mismo, el de la forma de vida.


Es un error pensar que el capitalismo se está acabando, pero sí empezamos a advertir con absoluta nitidez que el mal a combatir se refleja en frases como ésta del especulador George Soros: "No importa si tienes razón, sino cuánto ganas cuando aciertas y cuánto pierdes cuando te equivocas". Nos equivocamos si aceptamos la lógica que deja impunemente el espacio de las relaciones financieras en manos de unos desaprensivos a los que el poder político ya no se atreve a atacar por múltiples razones. Acabemos con ese prejuicio católico -muy extendido entre sectores sociales formados en la izquierda- que ve en el dinero por definición algo sucio y corrupto. El dinero que tenemos es ético porque nos ha costado obtenerlo y porque deseamos emplearlo en dignificar nuestras vidas y las de las personas a las que amamos: el desafío es alinearlo con nuestros valores y nuestra forma de pensar.


José Antonio Melé y los demás directivos de Triodos provienen de bancos convencionales de los cuales se cansaron. Hay señores de cincuenta y cinco años, algunos absolutamente forrados, que trabajan con altos cargos en bancos y cuentan los días que les faltan para jubilarse porque su trabajo les parece desagradable y estresante. Me gusta pensar que alguien puede sentirse orgulloso y digno por trabajar en un banco, aunque sea sin bonos. Triodos tiene ya cuarenta años desde que se fundó en los Países Bajos. Ha demostrado que la banca ética es viable.



Friday, June 24, 2011










A PIE





1. ¿Cómo puedo tener la desfachatez de ir por el mundo caminando? Al menos, dado que aquello de ir a pie le hace a uno bajar tantos puntos en el aprecio de sus congéneres, podría buscarme acompañantes, porque, como dice aquella canción de los supporters del Liverpool -You´ll never walk alone-, si uno es tan infortunado que ha de caminar, al menos que se consuele haciéndolo en compañía. Pero no, resulta que yo sí camino sólo, qué pena doy. Podría haberme dedicado a otras prácticas tan sumamente edificantes como ser adicto al crack, ver por las tardes a los hijos de puta que salen en la tele o leer La Razón... Pues no, señor, tenía que pegarme por andar, encima con la sensación de quedarme corto por más kilómetros que recorra, un poco como aquellos reclutas de La chaqueta metálica, que gritan ante el sargento que lo que hace un marine es comerse sus huevos si se lo pide el mando y después pedir otra ración.


La identidad del sujeto contemporáneo no se habría desarrollado de la misma forma si no lleváramos muchos años desacreditando la figura del caminador. Quien se desplaza en bici por la gran ciudad ha conseguido labrarse una aureola de prestigio que no hay manera de que consiga el peatón -qué feo vocablo, por cierto-. Comparto no obstante las reivindicaciones de los ciclistas, compañeros en la noble empresa de obtener unas ciudades sin automóviles. Llevo décadas soñando despierto con esa posibilidad, y me basta ver lo que sucede por ejemplo un domingo en Valencia, cuando el tráfico por el centro se aligera extraordinariamente, para imaginar cuánto habría de mejorar nuestra calidad de vida si lográramos que los automóviles se convirtieran en los núcleos urbanos en un residuo del pasado, tal y como sucede con las calesas de caballos o con las chimeneas de carbón, usos tradicionales que periclitaron por ser sucios.


No sería aventurado encontrar causas similares en la proscripción del tabaco: decididamente, el consumo de cigarrillos en espacios cerrados deteriora la salud y el bienestar de quienes conviven con los fumadores, por lo que ha hecho falta establecer leyes restrictivas al respecto. ¿Por qué no aplicar esta misma lógica respecto a la insana práctica del automóvil privado en las ciudades? No necesito explicar con detalle la ganancia que de ello resultaría. Con el aire libre de las sustancias nocivas asociadas al monóxido, el ahorro en enfermedades respiratorias, las alergias o el cáncer, compensarían en la reducción de gastos hospitalarios -si quieren que hablemos en términos de estricta rentabilidad económica- las pérdidas que sufrirían las industrias del automóvil. Probablemente mis ojos no vean una Valencia peatonalizada en todo su centro histórico, pero si conseguimos que al menos se abaraten los coches eléctricos, nos habremos ahorrado muchísimo en contaminación acústica -ese mal endemoniado en el que mi querida ciudad es un primera serie mundial- y, por ende, empezaremos a no vivir la dependencia en combustibles fósiles como una espada de Damocles que amenaza cada vez más al país con la postergación, la dependencia y la pobreza.








2. Es un gran cambio cultural el que necesitamos, ya lo creo. Soy probablemente el único profesor de mi Instituto que acude a pie al trabajo, al menos el único que no vive justo al lado del lugar. Hay personas que, por no caminar durante diez minutos, son capaces de bajar al garaje, meterse en la selva de los atascos matutinos y terminar haciendo funcionar una puerta con chip electrónico para entrar al parking, un chip que, por cierto, tiene la costumbre de estropearse. A veces es el vehículo mal aparcado de otro compañero el que le hace a uno tirarse media hora para conseguir abandonar el lugar cuando acaba su jornada. Yo, por mi parte, camino durante veinte minutos, lo cual produce -lo tengo comprobado- cierta perplejidad entre los alumnos, que suelen sentirse felizmente libres de la presencia de los habituales carceleros de las aulas cuando deambulan por las calles, como si las aceras hubieran de estar vedadas para quienes tenemos carnet de conducir. ¿Por qué caminar si puede usted pagarse un coche? Qué gran paradoja: es el viandante el que habría de preguntar a los conductores por qué una persona que viaja sola habría de ocupar obscena y ostentosamente un coche para llegar a un sitio al que podría llegar andando; pero resulta que es al revés, el que camina es el extraño, y ya se sabe que el extraño tiene siempre algo de viscoso.


No deja de llamarme la atención tampoco que personas que compran yogures bio desnatado o se pagan cursos de biodanza (qué demonios será eso) para cuidar su salud, miren con cierto desprecio a quien, como es mi caso, hace una hora diaria mínima de camino con sus santos pies. Mi padre, por ejemplo, aficionado durante años interminables al tabaco, y que ha tenido la bondad de traspasarme su propensión al colesterol, disfruta de una salud razonable gracias a que ha pasado más de medio siglo caminando casi como un penitente a velocidad de crucero y durante horas y horas por las aceras de la vida.

Yo, por mi parte, camino por razones que exceden la pura salud física. Camino cuando no me pasa nada, pero camino mucho más cuando las cosas de mi vida se tuercen. En una ocasión, tras despedir a una antigua novia que marchaba en barco a un lugar del que ya no regresaría, caminé durante toda la noche desde el puerto de Valencia hasta un pueblo del interior donde tenía un pequeño piso alquilado. Vi barrios donde los jóvenes celebraban la cercanía del verano, recorrí interminables avenidas, atravesé campos y crucé acequias, presencié la agonía de suburbios medio en ruinas y amenazados de desalojo por los alguaciles... Recuerdo aquella como una hermosa noche, aunque aquella novia me hiciera el enorme favor de no regresar de los mares para recaer en mi regazo. Hace unos meses, en pleno invierno, y en medio de un conflicto laboral de esos que a uno le roban el sueño y la fe en las personas, caminé durante horas desde las huertas de Mislata hasta la Malvarrosa, donde Valencia se acaba porque se encuentra con el mar. Al llegar a la playa, tras muchas horas de un caminar encolerizado, alcancé el inmenso arenal... Ya caía el sol, me dirigí agotado, lento y solitario hacia la orilla, y vi como un turista, extrañado por la escena por lo visto imprevista, obtuvo de mi imagen lejana una de esas fotos que luego ganan premios.









3. Ningún actor del tránsito de las ciudades ha sido tan maltratado como el peatón. Cualquiera que vaya sobre ruedas, con o sin motor, parece haber obtenido réditos por admirable capacidad para asociarse y reivindicar derechos que, sin duda -pienso por ejemplo en los minusválidos- son inexcusables. Lo que no puedo entender es que los ciclistas hayan conseguido éxitos como el del carril bici a costa de los peatones. La perversión por parte de las autoridades de tantos y tantos municipios, muy ecologistas ellos, consiste en que se han pintado de verde zonas que correspondían a los peatones, en vez de ganárselas a los automóviles, los cuales son por lo visto los únicos intocables. La consecuencia práctica es que yo, ahora, cada vez que piso siquiera por un segundo el dichoso carril que los ciclistas han conseguido arrebatar al más débil, tengo que escucharme la odiosa bocinita.

Entiendo perfectamente el enfado del ciclista que intenta desplazarse por zonas que se le han concedido y que con frecuencia invaden peatones y automóviles. Ahora bien, a mí me encantaría que las asociaciones ciclistas pensaran que tan sano y noble como hacer una manifestación ciclonudista por el centro de Valencia para reivindicar la bici es la pretensión de moverse por el mundo sin necesitar ir sobre ruedas. Tengo compañeros muy vinculados a este tipo de movimientos que insisten con frecuencia en promocionar el uso de la bici entre los alumnos, para lo cual demandan aparcamientos para este tipo de vehículos y organizan excursiones. Me parece genial, pero adelantamos muy poco si no hacemos entender a nuestros jóvenes que para la bici, como para casi todo, hay buenos y malos usos... Salvo que creamos que todo lo que se hace encima de una bicicleta es sano y estupendo.









4. En Valencia alguien tuvo la felicísima ocurrencia un día de no convertir el cauce seco del viejo Turia en la autopista de no sé cuántos carriles que unos desaprensivos con poder e influencias planeaban colocar, sin duda con la intención de forrarse, en el centro mismo de la ciudad. Hoy es un hermoso lugar para pasear, leer, jugar al ajedrez o simplemente mirar pasar el mundo, un sendero que enlaza con un maravilloso parque natural y que está repleto de árboles y campos de fútbol, dos cosas que me gustan especialmente. No hay automóviles, de manera que el cauce seco habría de ser uno de los pocos lugares del mundo por donde uno puede deambular sin miedo a morir arrollado bajo el paracoches de un cuatro por cuatro.


Pues bien, son los ciclistas quienes se han empeñado en romper este encanto. Puntualizo que no son todos los ciclistas, sólo algunos, pero ese "algunos", especialmente los fines de semana, es decir, en los momentos de ocio, involucra a una cantidad de gente muy significativa. Esta gente, que confunde sistemáticamente un sendero para el paseo con un velódromo, ha conseguido que para mí y para muchos otros adictos a caminar la vida resulte un poquito más difícil y desagradable, siempre a punto de ver la paz de nuestro paseo rota por la bocina de un necio que cree que su prisa y la potencia de su vehículo le otorgan derecho a molestar continuamente a los transeúntes. No hablo del famoso carril verde, me refiero a todos los senderos, incluyendo esos por los que supuestamente no deberían transitar. Esa lógica impositiva que aplican muchos ciclistas en las ciudades me parece la misma que la de tantos y tantos automovilistas, esos que pueden hacer sonar su claxon a la mínima, que aparcan encima de las aceras o que se ponen violentos e insultan a tu abuela en cuanto alguien les ralentiza el paso. Y lo peor es que muchos de estos usuarios de la bicicleta han conseguido trasladar la violencia del tráfico de las calzadas hasta las aceras, reductos hasta ahora privativos del peatón y por el que uno ya sabe que, en cualquier momento, aparecerá un gilipollas a toda velocidad haciendo sonar su bocina y exigiendo que nos apartemos. Propongo resistir a estos abusos y denunciarlos si es preciso.







5. No me sorprende nada que una de las series televisivas más populares de los últimos tiempos, The walking dead, defina como "caminantes" a los malos, esos tipos acechadores, purulentos y malolientes a los que llamamos zombis. La diferencia entre ser un tipo guay o un asqueroso muerto viviente radica en si se desplaza uno sobre ruedas o se limita a deambular en busca de mendas a los que comerse. Así es en nuestras civilizadas sociedades, el automóvil como índice de superioridad social. Pero hay algunos signos esperanzadores: algunas personas empiezan a darse cuenta de que son las megaurbes saturadas de gentes y de humos lo que hoy podríamos etiquetar como "tercermundista", y que son lugares como Amsterdam o Estocolmo lo que nos gustaría imitar. ¿Y Pekín? Curiosamente, la ciudad donde millones de personas se desplazaron en bici, se convierte hoy, al socaire de un supuesto progreso, en un infierno para los pulmones y los tímpanos.

Me voy a caminar, llámenme zombi.




Friday, June 17, 2011










INTERVIÚ: LOS

CUERPOS GLORIOSOS





INTERVIÚ cumple treinta y cinco años. Hubo un tiempo en que era legítimo publicitarse con un eslogan como "Interviú, la revista". Porque, caballeros, Interviú era La Revista con tanto derecho como el PC era El Partido. Recuerdo un día en que un caballero preguntó por el precio de la publicación en el kiosco de Requena donde mis hermanos y yo comprábamos caramelos sugus y calcomanías: "...Pues, cincuenta pesetas", contestó el kiosquero en voz bajita y como pidiendo perdón, sabedor de que aquel precio doblaba y triplicaba el de cualquier revista de las que por aquel entonces solían venderse en España, incluyendo el Hola.


En mi casa entraba Interviú por vía paterna de la misma manera que entraban el Hola o el Diez Minutos por la materna: dos formas de indiscreción que conformaron una educación tan equivocada como cualquier otra, pero un poco más alegre que la de mis mayores, pues yo al menos pude verle las tetas a Marisol, mientras que mi padre, hasta que llegaron las libertades, hubo
de conformarse con oírle cantar que la vida es una tómbola, tom, tom, tómbola.







Es el actual un buen momento para hablar de Interviú como "fenómeno sociológico", pues eso es lo que fue, pese a quien pese, y por más que ahora mismo sólo sea un zombi, una parodia de sí misma. Siempre recuerdo aquella sección, creo que de los últimos setenta, Los cuerpos gloriosos, del en aquella época irremediable Paco Umbral. Para mí tan afortunado reclamo resume el espíritu de la revista en aquel tiempo: había algo que parecía conducirnos directamente a los cielos desde los cuerpos de Marisol, Amparo Muñoz o Carmen Cervera. Y los recuerdos se agolpan en la mente de cualquiera que sepa de lo que estoy hablando. El Barça ganando su primera final europea en Basilea con lo que Interviú llamó "cuatro goles por la autonomía de Cataluña", que entonces parecía una reivindicación casi revolucionaria. O aquellas crónicas negras de torturas en las lóbregas mazmorras de Carabanchel. O cuando popularizaron el nombre de aquella rubia de la ultraderecha como Las Tetas del Búnker, y a la que obviamente sacaron como Dios la trajo al mundo...



El fenómeno de Interviú resultó de la confluencia de dos coyunturas. Una fue el espíritu reivindicativo de la izquierda española, que empezaba a sentir la erótica del poder, esa capacidad para influir en la sociedad con la que acaso algunos llegaron a embriagarse. La otra, la necesidad irrefrenable de dejar atrás los tiempos de la represión y la censura, lo cual provocó digestiones algo precipitadas de la cultura de la revolución sexual, de tal manera que cualquier secreto desvelado podía pasar como parte de un proyecto de liberación que nos habíamos ganado, desde las tetas de Lola Flores hasta las pruebas gráficas de las orgías de Roldán, pasando por las fotos de un infortunado recién aplastado por un tren. Andábamos algo atrasaditos por entonces, qué vamos a hacerle.











Podemos debatir si Interviú mereció o no constituir un vector de influjo cultural tan poderoso en los años de la Transición e incluso después, en los ochenta. Acaso no fue mucho más que un ejercicio de audacia periodística en un tiempo que parecía hecho a la medida de los que se atrevían. No en vano, ese fue su eslogan fundacional: "Nos atrevemos con todo". La misma lógica que explica la fortuna de Interviú nos permite entender el enorme poder de convocatoria que llegaron a arrastrar José María García, Mercedes Milá, o Chicho Ibáñez Serrador...


Pero aquellos años pasaron, y los españoles dejamos de sentirnos felices por haber salido de la noche interminable del franquismo. Debemos perdonarles a nuestros padres que compraran Interviú y fueran en secreto a ver Emmanuelle. Aquel semanario, que podía con razón presumir de estar en la vanguardia, fue testigo privilegiado y protagonista de un tiempo tremendamente cándido, pero por el que merece la pena sentir algo de nostalgia, que es lo que suele pasar con las épocas más cándidas. Ahora ya La Revista sólo destaca por su incuestionable resistencia a desaparecer: ejemplar espíritu de supervivencia, sí, pero acaso llega un punto en que, como pasa con la Cartelera Turia, o con Radio Klara, o con Santiago Carrillo, lo que a uno le define ya no es el discurso identitario que le dio origen, sino más bien el hecho mismo de negarse pertinazmente a morir.









Por eso mismo Interviu sigue quitándoles el sostén a las celebridades de la Celtiberia. El pequeño problema es que, en cuestión de morbo, ya no son lo mismo Belén Esteban o la última tonta a las tres de Gran Hermano que Victoria Vera, Silvia Tortosa o Charo López. Dónde va a parar. Por aquellos cuerpos gloriosos -y por la felicidad y las libertades sin fin que prometían sus cuerpos desnudos al sol- valía la pena pagar cincuenta pelas.







Wednesday, June 08, 2011














1. En noches como ésta, hay una señora con cara de malas pulgas que mantiene con vida a un montón de personas enfermas y decrépitas. No veranea en ningún paraíso exótico ni le interesa la nouvelle cousine, y las chicas guapas que salen en la serie Anatomía de Grey le dan un poquito de grima. De entre sus compañeros hay alguno que tiene tendencia a escaquearse durante sus turnos; también hay algún caso así entre los médicos. Hay noches en que le queda el segundo piso del pabellón enterito para ella; y así va, de aquí para allá, ora socorriendo a un recién llegado que no puede incorporarse a la cama, ora corriendo a por un anciano cuya esposa grita porque cree que el enfermo se está ahogando. Ha presenciado algunas escenas de muchísima violencia, por eso entiende perfectamente esos carteles de "las cosas se pueden arreglar pacíficamente" que han colocado en los últimos años en el hospital...







Son personas así las que logran que ese mostrenco con nombre de entelequia burocrática llamado "Sanidad pública" no se desmorone, lo cual equivale a algo tan poco abstracto como que hay quien cuida de nosotros y de nuestros seres queridos cuando estamos heridos y nos rondan la enfermedad y la muerte. En este país se vende muy barata la imagen del empleado público como un tipo acomodado y ocioso que se limita a hacer lo mínimo y sería incapaz de recoger a una persona agonizante sólo porque se hallara a medio metro de la raya del hospital. Hay, ciertamente, funcionarios que son merecedores del desprecio de la ciudadanía. Yo, que conozco el tema, sé muy bien la destreza con que eluden cualquier control y la desvergüenza con la que deambulan de aquí para allá, cobrando a fin de mes a cambio de no mover jamás un dedo por nada ni por nadie. Son, sin embargo, minoría, y una minoría detestada por sus compañeros. Sé muy bien de lo que hablo. Mal rayo parta a esos tipos, pero no se engañen: los hospitales, las escuelas y en general las instituciones públicas sobreviven porque hay personas como la enfermera que he descrito. Y son muchas más de las que la gente cree. Privaticemos los servicios, subcontratemos, impongamos esos criterios de "productividad" que tienen tan buena prensa en los cenáculos del neoliberalismo. Ya verán que bien, tendremos peor sanidad y peores escuelas... Y ni siquiera pagaremos menos.











2 Semprún dijo que el olor de la carne quemada se iría con él para siempre... Me recuerda a Roy Batty, aquel replicante Nexus-6 y su inolvidable monólogo con el que finaliza Blade runner. "He visto cosas que no imagináis, todos esos recuerdos se perderán para siempre, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir." Dijo Primo Levi, otro sobreviviente de aquel infierno, que la experiencia de los campos, por más que no se haga otra cosa que recordarla, es en esencia "incomunicable". Yo no estuve en Buchenwald, tan solo puedo leer a Adorno con devoción cuando nos enseña que nuestro deber es "educar contra Auschwitz, educar a los jóvenes para que el horror no se repita". Pero no soy capaz de ir más allá; puedo presentir el horror, asomarme a las puertas del infierno como uno de esos turistas que acceden a los hornos crematorios, apagados ya desde hace sesenta años, pero sólo eso.









3. Me han alegrado esta mañana de sábado. En ocasiones los perdedores nos complacemos con la noticia de una pequeña victoria en un lugar lejano. Los cines Alamo Drafthouse me han arrebatado el corazón con su última campaña publicitaria. Estas salas, de las que por lo visto son habituales algunas celebridades de la cinefilia como Quentin Tarantino, tienen a gala la protección del derecho a ver películas en silencio que tienen sus espectadores, de tal manera que el simple hecho de hablar durante la película o encender el móvil reporta la expulsión del recinto sin derecho a devolución del importe de la entrada.


Recientemente, una cliente que encendió el móvil y a la que, como a cualquier otro espectador, se le había avisado reiteradamente de las normas del lugar, fue expulsada de una de las salas. A continuación envió un mensaje de móvil a la empresa para quejarse por lo que consideraba un atropello. La retahíla de insultos y gritos y el nivel intelectual que muestra la indignada moza en su llamada inspiró a los dueños de Álamo Drafthouse para lanzar un video promocional cuya protagonista era, precisamente, la señora en cuestión. El mensaje no puede tener mayor eficacia entre aquellos que, como es mi caso, entramos a un cine con la única pretensión de ver una película en paz sin ser molestados; ninguno querríamos que semejante patana estuviera en un cine junto a nosotros, aprobamos sin dudarlo que la echaran.







Al final del video, la empresa explica su filosofía y le da las gracias a la interfecta: "De ninguna manera admitimos que la gente utilice el móvil en nuestras instalaciones. Advertimos insistentemente antes de la película de esto, pero en ocasiones hay clientes que violan las normas, de ahí que saquemos sus culos de nuestros cines. Gracias, mujer anónima, ha sido impresionante."



Voy a dejar a un lado mi educación ilustrada y a ser muy contundente en esto: me produce una profunda repugnancia la gente que me impide ver en silencio las películas en el cine. Si entra usted en un cine y paga siete euros para dedicar el rato a recibir llamadas de móvil o insultar al malo de la película, es que o es usted gilipollas, o es un maleducado, o las dos cosas. Casi siempre que entro en una sala de cine, y en especial los fines de semana, lo hago con temor: miro con desconfianza a los grupos de simpáticas ancianitas que amenazan con pasarse la proyección contándose la película y exhibiendo en público de la manera más impúdica sus estúpidas opiniones sobre el film, o sobre Zp, o sobre sobre la zorra de su nuera, que será una zorra, sí, pero que al menos en ese momento no se dedica a amargarme la vida como la zorra de su suegra. Me pasa lo mismo con los grupos de adolescentes que a poco de entrar ya han desenfundado ese móvil que hace de todo, excepto, sospecho, incrementarles el número de neuronas.


Señores de Alamo Drafthouse, han llenado de esperanza el corazón de un hombre derrotado: les amo. (El vídeo está en youtube, no se lo pierdan)



Friday, June 03, 2011












VIOLENCIAS.









1.No sé si a ustedes les pasa como a mí, pero me asiste de manera creciente la sensación de que el mundo se está volviendo majara. Puede que mi mal sea el típico del paleto, que en cuanto veo a unos tipos haciendo algo que yo no suelo hacer me invade la presunción de que están locos, que es lo que uno suele pensar cuando no entiende algo. Recuerden si no aquello de Obélix, que llama locos a todos los que no comen jabalíes, no beben la cerveza fría o no se divierten soltándoles hostias a los legionarios. También me vale ese chiste del que va por una autopista y avisa a la policía con el móvil de que hay un loco que va en contra dirección, y luego viene otro, y luego otro...Vamos, que resulta ser él y no el mundo el que ha enloquecido.









Es higiénico tomar esta precaución, cualquier psicoanalista lo recomendaría: plantearse que el amenazante desorden exterior que uno percibe no es sino la proyección del caos que se ha ido apoderando de su alma. Una vez le confesé a un amigo psicólogo el profundo malestar que, por aquel entonces, me asaltaba a consecuencia de la aspereza cada vez mayor que detectaba en las relaciones entre los seres humanos, especialmente en la relaciones de los seres humanos conmigo, que soy sin duda uno de los humanos que más me importa. Unos cuantos incidentes en los que yo me sentía víctima inocente de la violencia de otros me convencieron de que la crisis económica o cualquier otra causa propia de los tiempos estaba volviendo a la gente más agresiva y descortés. En un momento dado llegué a pensar que salir a la calle suponía un riesgo considerable, aunque no ignoraba que si obraba en consecuencia y me encastillaba en mi casa podía ser que me pasara algo con los alquilados del séptimo izquierda, bastante aficionados por lo común a insultarse y amenazarse, lanzar enormes cantidades de agua sucia por el balcón o gritar "jodeos, catalanes de mierda" cada vez que alguien le marca un gol al Barça. Mi amigo me sugirió que la violencia que parecía envolverme por todas partes estaba en realidad dentro de mi alma, que era yo el que de alguna forma estaba demasiado cargado de cólera y de ansias de venganza, con lo que si lograba calmarme y darle paz a mi espíritu el peligro exterior desaparecería.









La bronca a gritos que esta semana me propinó una señora en medio de la calle ha reavivado en mí el sentimiento de que mejor me iría si saliera a la calle con una cota de malla. Sí, como la que llevaba el Capitán Trueno, no estoy para metáforas. Al parecer, la simpática señora se equivocó de persona y de situación, no era yo el verdadero destinatario de sus gritos e improperios. Tampoco estoy seguro, dicho sea de paso, que el tipo al que yo suplantaba fuera digno merecedor de tal tormenta de ira, pero, sinceramente, y perdonen por mi cobardía y mi espíritu insolidario, hubiera preferido que fuera él quien se llevara la bronca, pues yo soy de naturaleza más bien sensible y entre gritos me ofusco. Por suerte, no me pasó lo que a un antiguo alumno mío de Talavera de la Reina, que padecía depresión y crisis de angustia porque una banda de facinerosos de su barrio le pegaron lo que allí llamaban con aparente calma una "paliza por equivocación". Lo mío de anteayer fue más bien una "bronca por equivocación", que te deja con mucha cara de tonto pero con la nariz entera y los morros intactos.








Lo siento por mi amigo el psicólogo, pero algunas cosas no me las invento. Es posible que mi subconsciente albergue mucha furia contenida y que no me haya quitado enteramente de la cabeza la enseñanza del solar contiguo al colegio, aquello de que si no estás presto a devolver la primera hostia que te caiga, sucumbirás a la ley de la selva y nadie te respetará, de manera que te caerán nuevos golpes, no te seleccionarán para el equipo y serás invisible para las chorvas. Pero éste es en realidad un planteamiento clásico y fácil de entender. Por contra la violencia que percibo actualmente por doquier se explica, creo, por causas más confusas, y responde a sentimientos vinculados a la incertidumbre, por ejemplo la incapacidad de la gente para proyectar su vida y sus relaciones con un sentido mínimamente lógico y previsible. Es, si se me entiende, una violencia histérica y provocada por la desorientación.







¿Cómo reaccionar ante ella? Por supuesto, no desde la misma estúpida histeria. No sulfurarse, no vivir acelerado, no poner cara de atroz desconfianza cada vez que un congénere se me acerca, no negarme a escuchar, no ver al otro como un obstáculo que me ralentiza el paso, no ir por el mundo con el vaso de la paciencia permanentemente goteando...No sé, creo que seguir consignas tan sencillitas es lo más revolucionario que podemos hacer ahora mismo.















2. No es difícil imaginar cuál es la cadena causal que lleva a un suceso tan deleznable como el de los Mossos d´Esquadra arreando porrazos a un grupo de personas indefensas y pacíficas. Un preboste del consistorio decide que las celebraciones de la Champions pueden, en unión de los campamentos del 15-M, formar un cóctel explosivo, asunto sumamente comprometedor en una ciudad que ha sufrido en los últimos años altercados de orden público más que considerables. Se sabe que los acampados van a dificultar el desalojo al estilo Gandhi, es decir, permaneciendo en el suelo y obligando a los agentes a que se los lleven en brazos y de a dos. Como esto es imposible dada la masividad de la resistencia, se decreta la dispersión a porrazos. Todo muy lógico. De una lógica repugnante, diría yo. Se debe vivir muy tranquilo cuando uno está plenamente convencido de que el orden público requiere majar a palos a unos caballeros que molestan. Yo no tengo las cosas tan claras en la vida, por eso no voy con porra por el mundo. Por eso y porque no soy un sádico.



Por cierto, los manifestantes tienen razón: violencia es trabajar sin contrato o que el médico sólo tenga tres minutos por paciente. Eso y los porrazos de los Mossos.














3. Muchas veces se habla de la conveniencia de legislar contra el cine violento o contra ciertos videojuegos, pues se entiende que algunos crímenes pueden estar directamente vinculados a la intoxicación que producen estos consumos. Soy poco partidario de limitar la libertad de expresión, pero me pregunto qué saldría si dispusiéramos de un aparato que cuantificara con precisión el grado de toxicidad intelectual y moral que emana del consumo de ciertos periódicos, canales televisivos o emisoras radiofónicas. Cuánto odio, cuánto rencor, qué forma de razonar más simplista y mediocre, cuan poco han hecho el amor en la vida o han jugado en la calle estos tipos tan feos, tan fachas y tan desagradables que se dedican a cobrar por insultar a Rubalcaba o a Zapatero. Hay momentos en que no se distingue a un "contertulio" -a cualquier tumulto tabernario le llaman hoy tertulia- de esos hinchas de graderío que se pasan el partido insultando al árbitro. Da igual que el penalty esté bien pitado, estos "analistas" cargados de ira ven el mundo como quieren verlo, o como sus seguidores les piden que lo vean, aunque sólo sea para confirmar que la culpa de sus problemas y fracasos en la vida no lo tienen ellos mismos, sino los socialistas, el grupo Prisa o, como diría Franco, el contubernio judeo-masónico que no cesa en su empeño de socavar la sagrada unidad de la patria.


Gritan e insultan. Siempre. Qué aburrimiento.