
VOTAR O NO VOTAR




1. Votar a la izquierda y saber por qué: ésta es la cuestión. Y no es exactamente la misma que ser de izquierdas, como ingenuamente cree mucha gente. Que la gente conservadora vota -más bien ser diría que ficha- disciplinadamente a la derecha cada cuatro años es algo que no ofrece dudas. Lo hacen aunque, como ahora es el caso, no les guste el candidato.
Quienes contemplan con melancolía la historia de las izquierdas españolas como un largo trayecto de desencuentros, luchas intestinas y hasta tiros por la espalda, reconocen en privado que ese sentido de la disciplina es lo único que merece la pena envidiar de la derecha. Se equivocan, no entienden que eso a lo que llaman "disciplina" es justamente lo que define a las derechas y no un simple atributo. Yo lo entiendo de otra forma: falta de sentido crítico hacia sus líderes, o para ser más preciso, de determinación para hacer efectiva dicha crítica. La izquierda, por contra, vive en una permanente tensión hacia quienes dicen representarla: el líder está permanentemente cuestionado porque es el principio de representación el que -como afirma una de las consignas más célebres del 15 M- vive siempre bajo sospecha.

Este fenómeno origina una fuerte heterogeneidad de intenciones y decisiones electorales entre quienes se consideran de izquierda, ciudadanos que, por lo general, tienden a dar un sentido ético a su actividad política. Eso explica que personas que participan en movimientos de reivindicación de derechos civiles o están adscritas a organizaciones solidarias esquiven los comicios y adopten el abstencionismo como un modo de protesta: simplemente no se sienten representadas. Otras muchas optan por votar a partidos que no sólo no tienen ninguna posibilidad de formar parte de un gobierno, sino que ni siquiera van a ser capaces de generar una presión opositora consistente. Las hay también que optan por expresar su inconformismo inclinándose por partidos que se presentan como nacionalistas y de izquierdas, un estrambótico cóctel que en España asumimos con naturalidad, como si la exaltación identitaria, la tradición, la sangre, la tierra y el separatismo fueran valores progresistas.
De todo este galimatías parece que sólo puede esperarse una consecuencia: la derrota. Temo que a partir de ahora -en realidad a partir de las primeras elecciones que ganó la derecha en España- los triunfos electorales de la izquierda vayan a ser una absoluta anomalía. Habrá de pasar algo para que gane la izquierda, y cuando digo algo me refiero a asuntos como el del 13-M, un monumental resbalón del Gobierno Aznar que consiguió poner en pie de guerra a toda esa masa heterogénea y disgregada de las izquierdas para sacar a su partido del poder y poner en su lugar al primero que pasara por allí.

2. No me interesan nada las razones del electorado de derecha, no porque no existan tales razones, sino porque llevo demasiado tiempo comprobando que no suelen proceder de un análisis crítico. No digo que para ser de derechas haya que ser idiota -aunque viendo ciertos canales de televisión, escuchando ciertas cadenas de radio o leyendo ciertos periódicos le entra a uno la tentación de decirlo-; lo que digo es que la inmensa mayoría de los electores de derecha votan atendiendo a emociones muy básicas y a principios escasamente elaborados. Puede sorprender que a estas alturas de democracia todavía tengan pegada clishés como el de la unidad nacional, la primacía cultural de la religión católica, la familia patriarcal o la desconfianza hacia la inmigración, pero el hecho es que la tienen, y no es algo de lo que debiéramos sorprendernos: quien parezca estar más cerca de dichos valores tendrá cautivado ese voto masivo, y es muy difícil que eso lo consiga alguien que casa homosexuales, otorga papeles a los inmigrantes o hasta se alegra de las victorias del Barça.
Resulta bastante más complicado entender qué significa ser de izquierdas. El candidato socialista ha identificado estos días a la derecha con el principio del "sálvese quién pueda", lo cual implica que lo que define a las izquierdas es su naturaleza solidaria. Me gusta más como lo dijo Norberto Bobbio, según el cual, las izquierdas promueven su iniciativa política en la dirección de atenuar los factores de la desigualdad, mientras que las derechas declaran a esta ineliminable, declaración que en realidad esconde el firme deseo de que las desigualdades subsistan. En los últimos días he leído una aún mejor. Antonio Gramsci, en sus escritos desde la prisión donde le confinó durante años el fascismo, diferenció derecha e izquierda en función de su actitud ante el sarcasmo. Unos y otros dicen estar a favor de los valores que la modernidad asocia a la emancipación del ser humano; ahora bien, mientras la izquierda enuncia su sarcasmo con melancolía cuando descubre que libertad, igualdad y fraternidad son promesas permanentemente anunciadas pero incumplidas, la derecha -que en esto es más hipócrita que sarcástica- se complace secretamente con dicho incumplimiento.

3- Durante la mayor parte de mi vida fui un convencido abstencionista. Me caí del caballo una noche que identifico con el final de mi juventud. Sucedió hace ocho años, en vísperas de los comicios quedarían contra todo pronóstico el gobierno a Rodríguez Zapatero. Alguno de mis compañeros de mesa lanzó una soflama en contra de los políticos, de las instituciones y del capitalismo para terminar por declararse anarquista y negarse a participar en el juego corrupto de las elecciones. Aquellas palabras me sonaron en ese momento a demasiado oídas, de manera que, un poco a modo de tentativa de provocación, me dio por decir que estaba valorando la posibilidad de votar al Partido Socialista. En ese momento, el anfitrión de aquella cena, un tipo muy próspero y que había asistido incluso con cierta sonrisa complaciente a la anterior exhibición de jacobinismo irredento, montó en cólera conmigo y me exigió, levantándome la voz, que le ofreciera las razones de tamaña felonía. Se me ocurrió decirle que no pensaba concederle al aznarismo otros cuatro años de poder omnímodo, ante lo cual el tipo me insultó llamándome "miserable", lo cual, aparte de demostrar el profundo talante democrático y el respeto a la discrepancia tan característico de los fachas con los que suelo toparme, me incitó a una reflexión muy obvia: si la derecha le ríe las gracias a los supuestos radicales y se pone enferma con un tipo tan moderado como Zp es que algo no encajaba en mi visión del mundo.
Ocho años después, aquel simpático caballero tiene -lo supongo, porque yo trato con discrepantes pero evito a los maleducados- menos dudas de las que tenía entonces, si es que tenía alguna, y yo, por contra, tengo muchas más. Tantas como que no estoy nada seguro de que otorgar la responsabilidad de gobernar al equipo de R.Zapatero durante estos ocho años haya sido un acierto. Dejo a la torpeza del enemigo considerar que mis dudas son prueba de mi error, son ellos los que aspiran a vivir sin cuestionarse lo que les cuentan sus líderes.
La pregunta surge de inmediato y hay que saber muy bien lo que significa "izquierda" para tener las agallas de planteársela: votar de nuevo al PSOE, ¿no supone caer en los mismos errores anteriores? ¿No será que estamos legitimando una futura práctica de gobierno que, como ya ha sucedido anteriormente, terminará por pactar con el gran capital, evitará conflictos con la Iglesia y recortará dócilmente derechos de los débiles en cuanto los mercados se lo pidan?
Es ésta la pregunta que nos hacemos, la pregunta que hemos de hacernos. Se me ocurre una propuesta de solución, siquiera eventual: votemos a la izquierda, ayudemos a estos políticos que con frecuencia nos decepcionan a plantarle cara a una derecha que amenaza con alcanzar un poder omnímodo. Van a pasarse una larga temporada en la oposición; quizá les sirva para meditar y, quizá, como tantas veces le ha sucedido a la izquierda, hacer oposición les sirva para definir verdaderamente su identidad ideológica y saber qué tipo de sociedad pretenden construir o, cuanto menos, cómo es la que no desean. Pero démosles al menos la posibilidad de que puedan llevar a cabo esa oposición.
Lo demás es un poder absoluto e incontestado de la derecha. A poco que hagamos un poquito de memoria podemos pensar en lo que ha hecho la derecha española -sus políticos, su entorno mediático, sus afines en el mundo financiero o en los obispados- durante estos ocho años en que no ha gobernado el Estado. Serán estos los que gobiernen, y lo van a hacer sin contrapesos si no lo evitamos. En el País Valenciano, por ejemplo, hemos tenido una larga pasada por la mayoría absoluta del PP... si quieren les cuento mis impresiones al respecto.
Votemos, votemos sin olvidar ni por un momento que la iniciativa política no se acaba, ni tan siquiera empieza el día de las elecciones. No pienso concederles a los políticos tal prerrogativa, pero tampoco voy a cargarles con la exigencia de hacer todo lo que no se puede hacer sin el apoyo -o sin la presión- de la gente.


























