Saturday, November 19, 2011





VOTAR O NO VOTAR

1. Votar a la izquierda y saber por qué: ésta es la cuestión. Y no es exactamente la misma que ser de izquierdas, como ingenuamente cree mucha gente. Que la gente conservadora vota -más bien ser diría que ficha- disciplinadamente a la derecha cada cuatro años es algo que no ofrece dudas. Lo hacen aunque, como ahora es el caso, no les guste el candidato.


Quienes contemplan con melancolía la historia de las izquierdas españolas como un largo trayecto de desencuentros, luchas intestinas y hasta tiros por la espalda, reconocen en privado que ese sentido de la disciplina es lo único que merece la pena envidiar de la derecha. Se equivocan, no entienden que eso a lo que llaman "disciplina" es justamente lo que define a las derechas y no un simple atributo. Yo lo entiendo de otra forma: falta de sentido crítico hacia sus líderes, o para ser más preciso, de determinación para hacer efectiva dicha crítica. La izquierda, por contra, vive en una permanente tensión hacia quienes dicen representarla: el líder está permanentemente cuestionado porque es el principio de representación el que -como afirma una de las consignas más célebres del 15 M- vive siempre bajo sospecha.




Este fenómeno origina una fuerte heterogeneidad de intenciones y decisiones electorales entre quienes se consideran de izquierda, ciudadanos que, por lo general, tienden a dar un sentido ético a su actividad política. Eso explica que personas que participan en movimientos de reivindicación de derechos civiles o están adscritas a organizaciones solidarias esquiven los comicios y adopten el abstencionismo como un modo de protesta: simplemente no se sienten representadas. Otras muchas optan por votar a partidos que no sólo no tienen ninguna posibilidad de formar parte de un gobierno, sino que ni siquiera van a ser capaces de generar una presión opositora consistente. Las hay también que optan por expresar su inconformismo inclinándose por partidos que se presentan como nacionalistas y de izquierdas, un estrambótico cóctel que en España asumimos con naturalidad, como si la exaltación identitaria, la tradición, la sangre, la tierra y el separatismo fueran valores progresistas.

De todo este galimatías parece que sólo puede esperarse una consecuencia: la derrota. Temo que a partir de ahora -en realidad a partir de las primeras elecciones que ganó la derecha en España- los triunfos electorales de la izquierda vayan a ser una absoluta anomalía. Habrá de pasar algo para que gane la izquierda, y cuando digo algo me refiero a asuntos como el del 13-M, un monumental resbalón del Gobierno Aznar que consiguió poner en pie de guerra a toda esa masa heterogénea y disgregada de las izquierdas para sacar a su partido del poder y poner en su lugar al primero que pasara por allí.


2. No me interesan nada las razones del electorado de derecha, no porque no existan tales razones, sino porque llevo demasiado tiempo comprobando que no suelen proceder de un análisis crítico. No digo que para ser de derechas haya que ser idiota -aunque viendo ciertos canales de televisión, escuchando ciertas cadenas de radio o leyendo ciertos periódicos le entra a uno la tentación de decirlo-; lo que digo es que la inmensa mayoría de los electores de derecha votan atendiendo a emociones muy básicas y a principios escasamente elaborados. Puede sorprender que a estas alturas de democracia todavía tengan pegada clishés como el de la unidad nacional, la primacía cultural de la religión católica, la familia patriarcal o la desconfianza hacia la inmigración, pero el hecho es que la tienen, y no es algo de lo que debiéramos sorprendernos: quien parezca estar más cerca de dichos valores tendrá cautivado ese voto masivo, y es muy difícil que eso lo consiga alguien que casa homosexuales, otorga papeles a los inmigrantes o hasta se alegra de las victorias del Barça.

Resulta bastante más complicado entender qué significa ser de izquierdas. El candidato socialista ha identificado estos días a la derecha con el principio del "sálvese quién pueda", lo cual implica que lo que define a las izquierdas es su naturaleza solidaria. Me gusta más como lo dijo Norberto Bobbio, según el cual, las izquierdas promueven su iniciativa política en la dirección de atenuar los factores de la desigualdad, mientras que las derechas declaran a esta ineliminable, declaración que en realidad esconde el firme deseo de que las desigualdades subsistan. En los últimos días he leído una aún mejor. Antonio Gramsci, en sus escritos desde la prisión donde le confinó durante años el fascismo, diferenció derecha e izquierda en función de su actitud ante el sarcasmo. Unos y otros dicen estar a favor de los valores que la modernidad asocia a la emancipación del ser humano; ahora bien, mientras la izquierda enuncia su sarcasmo con melancolía cuando descubre que libertad, igualdad y fraternidad son promesas permanentemente anunciadas pero incumplidas, la derecha -que en esto es más hipócrita que sarcástica- se complace secretamente con dicho incumplimiento.





3- Durante la mayor parte de mi vida fui un convencido abstencionista. Me caí del caballo una noche que identifico con el final de mi juventud. Sucedió hace ocho años, en vísperas de los comicios quedarían contra todo pronóstico el gobierno a Rodríguez Zapatero. Alguno de mis compañeros de mesa lanzó una soflama en contra de los políticos, de las instituciones y del capitalismo para terminar por declararse anarquista y negarse a participar en el juego corrupto de las elecciones. Aquellas palabras me sonaron en ese momento a demasiado oídas, de manera que, un poco a modo de tentativa de provocación, me dio por decir que estaba valorando la posibilidad de votar al Partido Socialista. En ese momento, el anfitrión de aquella cena, un tipo muy próspero y que había asistido incluso con cierta sonrisa complaciente a la anterior exhibición de jacobinismo irredento, montó en cólera conmigo y me exigió, levantándome la voz, que le ofreciera las razones de tamaña felonía. Se me ocurrió decirle que no pensaba concederle al aznarismo otros cuatro años de poder omnímodo, ante lo cual el tipo me insultó llamándome "miserable", lo cual, aparte de demostrar el profundo talante democrático y el respeto a la discrepancia tan característico de los fachas con los que suelo toparme, me incitó a una reflexión muy obvia: si la derecha le ríe las gracias a los supuestos radicales y se pone enferma con un tipo tan moderado como Zp es que algo no encajaba en mi visión del mundo.

Ocho años después, aquel simpático caballero tiene -lo supongo, porque yo trato con discrepantes pero evito a los maleducados- menos dudas de las que tenía entonces, si es que tenía alguna, y yo, por contra, tengo muchas más. Tantas como que no estoy nada seguro de que otorgar la responsabilidad de gobernar al equipo de R.Zapatero durante estos ocho años haya sido un acierto. Dejo a la torpeza del enemigo considerar que mis dudas son prueba de mi error, son ellos los que aspiran a vivir sin cuestionarse lo que les cuentan sus líderes.

La pregunta surge de inmediato y hay que saber muy bien lo que significa "izquierda" para tener las agallas de planteársela: votar de nuevo al PSOE, ¿no supone caer en los mismos errores anteriores? ¿No será que estamos legitimando una futura práctica de gobierno que, como ya ha sucedido anteriormente, terminará por pactar con el gran capital, evitará conflictos con la Iglesia y recortará dócilmente derechos de los débiles en cuanto los mercados se lo pidan?

Es ésta la pregunta que nos hacemos, la pregunta que hemos de hacernos. Se me ocurre una propuesta de solución, siquiera eventual: votemos a la izquierda, ayudemos a estos políticos que con frecuencia nos decepcionan a plantarle cara a una derecha que amenaza con alcanzar un poder omnímodo. Van a pasarse una larga temporada en la oposición; quizá les sirva para meditar y, quizá, como tantas veces le ha sucedido a la izquierda, hacer oposición les sirva para definir verdaderamente su identidad ideológica y saber qué tipo de sociedad pretenden construir o, cuanto menos, cómo es la que no desean. Pero démosles al menos la posibilidad de que puedan llevar a cabo esa oposición.




Lo demás es un poder absoluto e incontestado de la derecha. A poco que hagamos un poquito de memoria podemos pensar en lo que ha hecho la derecha española -sus políticos, su entorno mediático, sus afines en el mundo financiero o en los obispados- durante estos ocho años en que no ha gobernado el Estado. Serán estos los que gobiernen, y lo van a hacer sin contrapesos si no lo evitamos. En el País Valenciano, por ejemplo, hemos tenido una larga pasada por la mayoría absoluta del PP... si quieren les cuento mis impresiones al respecto.


Votemos, votemos sin olvidar ni por un momento que la iniciativa política no se acaba, ni tan siquiera empieza el día de las elecciones. No pienso concederles a los políticos tal prerrogativa, pero tampoco voy a cargarles con la exigencia de hacer todo lo que no se puede hacer sin el apoyo -o sin la presión- de la gente.

Saturday, November 12, 2011









¿ES SÓLO ROCK´N ROLL?




1. Lo pasé muy bien el miércoles por la tarde en la mesa redonda que organizó el Vicedecanato de la Facultat de Geografia e Història de la Universitat de València. Pertenece al ciclo de jornadas abiertas que -con el título de Bandas sonoras: los jóvenes, la música y la revolución cultural- se va a llevar a cabo de aquí hasta el 21 de diciembre, siempre con el rock -su lenguaje, sus gestos, los sentidos que ha sido históricamente capaz de hacer emerger, su potencial ideológico- como trasfondo de los sucesivos debate.


Tuve el honor de acompañar en la sesión de apertura a Mónica Granell y Justo Serna, con un coloquio titulado Los jóvenes, cultura de masas y contracultura. Tenía planificada una sesuda conferencia en la que pretendía hablar del concepto de hegemonía cultural en Antonio Gramsci y Raymond Williams y del paralelismo histórico entre la trayectoria de las vanguardias artísticas y la de los grandes rupturistas del rock´n roll. Cuando participo en un acto de este tipo, y sobre todo si no soy el primero en intervenir, deambulan por los territorios más oscuros de mi mente deseos de lo más sucio y mezquino: siempre tengo la esperanza de que mis acompañantes parezcan más tontos que yo... No sé, que se pongan nerviosos, que resbalen y se les caigan los papeles, que estén borrachos, que salga un friki del público y la líe... Todo con idea de que la gente, al escucharme, diga: "bueno, un tipo medio normal al fin", y hasta terminen aplaudiéndome. Como no fue así el miércoles, y como a medida que hablaban mis magníficos predecesores me fui convenciendo de que en el papel de empollón no iba a dar la talla, opté por lo que vengo optando desde hace décadas cada vez que no sé muy bien cómo salir de algún entuerto: hacerme el gracioso. Y creo que no quedé mal del todo. Además me lo pasé en grande contando algunas cosas que forman parte irremediable de mi biografía sentimental, por ejemplo de mi tío Rafa, que abrió la primera discoteca que hubo en Valencia, o de los años que pasé en Radio Klara, o de mis alumnos del instituto... (De estos la verdad es que hablo siempre, no hay material humano más sincero y directo en qué inspirarse) Tuve la impresión de conseguir arrancar algunas sonrisas, me felicito pues.

Durante las próximas jornadas, siempre en la sala Joan Fuster de la facultad citada, las charlas se sucederán con la proyección de algunos films que, a vueltas con el tema de la evolución de lo juvenil en la segunda mitad del siglo XX, parecen poder ilustrar tan extenso material para el intercambio de ideas y la disensión. Tómenlo como un consejo, un buen consejo. Toda la información se puede obtener en este link y en el blog de Justo Serna.



2. Mi condición de inmigrante digital me hace vivir en un estado de permanente perplejidad: nunca deja de sorprenderme la facilidad con la que accedo a núcleos de información a los que en tiempos no lejanos uno se acercaba sólo después de largas y tortuosas travesías. Durante años escuché interminables veces una cinta-casette que recopilaba los temas más célebres de la historia del rock. Junto a My generation de los Who o Hey, Joe de Jimi Hendrix, escuchaba una versión en directo de Sympathy for devil, uno de los temas más influyentes de los Rolling Stones. Gracias a la Red, y más en concreto a youtube, he sabido con el tiempo mucho más de aquella actuación de lo que podría haber imaginado cuando en aquella cinta escuchaba a Mick Jagger decirle al público del concierto que se calmara. Lo he entendido mucho después.

En 1969, parece que siguiendo los deseos del propio Jagger -cuya banda no participó en el Festival de Woodstock, celebrado tres meses antes- se organizó en la localidad de Altamont un festival de rock que fue presentado como "el Woodstock de la Costa Oeste". Por iniciativa del propio Mick o de los organizadores, alguien tuvo la luminosa idea de encargar la seguridad del festival a los Ángeles del Infierno, esa encantadora turba de tipos que armados de sus Harleys, deambulaban atronadoramente por los USA con ganas de romperle las encías al primero que les sostuviera la mirada. Por lo visto eran baratos, y el bueno de Mick debió suponer que con el recinto lleno de hippies habría poca inclinación a montar gresca.

Fue un desastre, un desastre absoluto, hasta el punto de que Altamont ha pasado a la historia negra del rock, de igual manera que Woodstock es considerado el momento dulce y culminante de ese gran proyecto de transformación de la sociedad que reconocemos bajo el nombre de contracultura. En Altamont, que registró la muerte de un joven negro por herida de bala a manos de dos ángeles del infierno, el rock confirmó a ojos de sus detractores la especie de que se trataba de una corriente encaminada a disgregar moralmente la comunidad, un movimiento de naturaleza violenta cuyos ritmos y mensajes expresaban un profundo nihilismo destructor y promovían en los jóvenes el odio a sus padres, la molicie y el consumo de narcóticos.

¿Tenían razón? Sí y no. Altamont fue un festival mál organizado y oportunista del que se hicieron cargo señores que, como siempre sucede en estos casos, tenían menos escrúpulos que olfato para detectar dónde se podía obtener un dinero abudante, fácil y rápido. El problema es que eso también ocurrió en Woodstock. La diferencia es que aquí, milagrosamente, la organización absolutamente desbordada no desembocó en violencia ni en catástrofe: intoxicada por una misteriosa nube de marihuana y protegida por el conjuro de algún gurú hindú, la multitud de Woodstock decidio ser feliz sin malos rollos y limitarse a escuchar música, fumar porros y amarse. En Altamont, con otra conjunción de planetas y una predisposición diferente en los asistentes, pasó lo que nos ha pasado a todos los que hemos convivido alguna vez en una comunidad de jóvenes, que a los momentos más idílicos suele suceder el bajón. En este sentido Woodstock fue un gigantesco corte de rollo originado por los sospechosos habituales: la mezquindad, la codicia, la agresividad...

Pero no es el fracaso de Altamont lo que me inclina a regresar una y otra vez al vídeo de youtube que recoge aquella actuación formidable de los Stones en el infortunado festival. Miren detenidamente los nueve minutos que dura, observen cada uno de sus momentos: los disturbios en las primeras filas, los guardianes infernales ordenando parar la música a Keith Richards, las distintas actitudes de cada uno de los asistentes, el perro que atraviesa el escenario vaya usted a saber por qué, la cara que uno de los Hell´s Angels le pone a Jagger mientras éste se convulsiona al ritmo de la música -"si serás mariconazo"-, la mujer desnuda que se abre paso a golpes para ganar el escenario... Altamont fue un desastre, sí, pero, al igual que Woodstock, su peripecia corresponde a un instante crucial para la historia de la cultura juvenil. En aquellos momentos todavía emergentes para el rock, un concierto propiciaba que pasaran cosas.

Decían los Stones it´s only rock´n roll but it like me. En realidad es lo que ellos deseaban porque, reconozcámoslo incluso quienes sentimos debilidad por esta banda legendaria, estos chicos han sido siempre unos magníficos vendedores de diversión antes que los ideólogos del mal y la subversión que se quiso ver en ellos. Y sin embargo, siempre he tenido claro que no es sólo rock´n roll, con independencia de si nos gusta como si no. El rock es la banda sonora de una era como la de los años sesenta, que quedará ya irremediablemente como la más reivindicativa y liberadora de la historia contemporánea. En Woodstock y en Altamont pasaron cosas, buenas o malas, pero pasaron. No pretendo extender consignas nostálgicas, pero algo ha tenido que cambiar mucho desde aquello para que, ahora, las noticias que produce el mundo del rock se asocien a la última mamarrachada que se le ha ocurrido a la tonta del culo de Lady Gaga o si resulta que Madonna nos ha provocado mucho porque ha contado que sodomiza a su último novio con una polla de plástico.


No sé si el rock es un lenguaje agotado. Sé que durante décadas fue capaz de producir significados de ruptura y que los suyos no fueron los gestos de la complacencia. Convertidos sus signos en simulacros de provocación, el rock se queda sin colmillos y se convierte en una mercancía más, un juego inofensivo de rebeldía destilada en dosis homeopáticas que ya no expresa las tensiones que impulsaron su aparición. No es cierto eso que se dice de que el rock siempre volverá. Eso no podemos saberlo. Lo que sí tenemos derecho a esperar es que la cultura popular siga dando lugar a formas expresivas capaces de configurar espíritus críticos e inspirar la resistencia.

De esto va el ciclo en el que participé el pasado miércoles, de esto y de otras muchas cosas. No se trata de simple nostalgia, eso es seguro.

Friday, November 04, 2011







POR QUÉ NO LEO A JOSÉ MARÍA IZQUIERDO





Si han visitado ustedes la isla de Lanzarote, probablemente hayan tenido la oportunidad de visitar la Cueva de los Verdes. De no ser por los carteles que la anuncian como reclamo turístico, uno pasaría por delante del agujero que le da entrada y se quedaría sin saber que se trata poco menos que de una ciudad subterránea. De ella en mi visita no llegué a ver el final, pese a la larga caminata por los angostos tubos volcánicos que componen el laberinto. Yo -pese a lo que pueda hacer pensar el nombre de este blog- no soy muy de cavernas, de manera que mientras el guía nos explicaba que los habitantes de la isla se escondían -todos juntitos- en aquel antro cada vez que avistaban barcos de piratas y buscadores de esclavos, yo me inspiraba en el lugar para acordarme del célebre mito que Platón traslada por boca de Sócrates en el Libro VII de La República.

Como es sabido, el mito en cuestión refiere la historia de unos prisioneros que, atados y cara al muro de la caverna desde su mismo nacimiento, son engañados por unos titiriteros, los cuales, ayudados por la luz de una antorcha que ilumina artificialmente la estancia, les hacen creer que las sombras que arteramente proyectan sobre la pared son seres reales. En algún momento, uno de los prisioneros escapa de sus ligaduras y emprende la subida a la escarpada cuesta que da salida a la caverna. Cuando los ojos se le acostumbran al mundo exterior, la vida que acaba de abandonar se le revela como el reino del engaño y la ignorancia, una siniestra comunidad dominada por fabricantes de sombras que, suscitando falsas opiniones en los habitantes, consiguen mantenerlos en la esclavitud y ser para siempre los amos de una caverna para la cual no parece existir alternativa. Apenado por el engaño del que son víctimas sus compañeros, el liberado, pese a que le sería más grato no regresar y limitarse a gozar de su nueva vida, opta por regresar a su antigua morada para convencerles de que están siendo engañados y que deben abandonar aquel reino de las sombras para salir a la luz. Obviamente fracasa: tras reírse de él por considerarlo un loco, los esclavos terminan asesinándole, pues, en el fondo, no pueden soportar el temor que les causa reconocer que toda su vida es una farsa.



Este mito suele recordarme también a lo que hace un par de décadas se llamó la Batalla de Valencia, alimentada por el supuesto propósito de Catalunya de apoderarse de las tierras del Sur. El diario Las Provincias, que informaba diariamente sobre las aviesas intenciones de Jordi Pujol de robarnos la receta de la paella y encaquestarle una barretina a la Mare de Deu, se convirtió en el laboratorio ideológico de un partido político, Unió Valenciana, dique de contención frente a una invasión que, gracias a su heroica labor, nunca llegó a producirse. Con mucho acierto, todo aquel conglomerado de prensa ultramontana, políticos estridentes y aldeanos y tías marías que gritaban a favor de la cultura autóctona sin haberse leído un libro en su puñetera vida, fue denominado así: la Caverna.


No es nuevo pues todo este asunto del fanatismo de la derecha que ha vuelto tan popular entre la clientela de los medios de Prisa al periodista José María Izquierdo. El suyo no es necesariamente un currículum brillante si hablamos de talento e ingenio, pero sí es el de un hombre con poder, no hay más que ver la lista de cargos que ha ejercido dentro del grupo editorial. En su blog y en sus intervenciones matinales en la Ser, Izquierdo se presenta como "Catavenenos", es decir, como aquél que, habiendo acostumbrado su cuerpo a pequeñas dosis de las sustancias más tóxicas, sobrevive a su diaria ingesta, avisándonos de los males que pueden ocasionar a los que no tenemos el cuerpo habituado a tales consumos. Izquierdo ha acuñado ya un par de etiquetas ciertamente afortunadas para denominar al ejército mediático que se dedica diariamente a demonizar a la izquierda y cantar las virtudes del PP, FAES, la Iglesia vaticana, y, en ocasiones, hasta del franquismo, la pena de muerte y todas esas lindezas que en mi casa nos lo hacían pasar bomba a mí y a mis hermanos cuando se las oíamos defender a voz en grito a mi abuela, que resulta que simpatizaba con la Falange y era partidaria de canonizar al Caudillo. Les llama "Cornetas del Apocalipsis" y "Chicos del Coro", que no se aleja demasiado de aquello de la Caverna.

Además de las colaboraciones referidas, el periodista tiene ya tres libros publicados a vueltas con el uso de la demagogia, el tono panfletario y la técnica del insulto, la calumnia y la descalificación que se han convertido en una constante en la prensa reaccionaria de nuestro país.
Pues bien, resulta que no sigo al Catavenenos, no compro sus libros, no acudo a sus mesas redondas y he optado por apagar la radio cuando él aparece. No lo he contado hasta ahora por qué, seguramente por una cobarde comodidad, no he querido molestar a personas que me son caras y que sí le siguen, pero creo que el proceder que ha hecho popular a Izquierdo contiene riesgos considerables, y me parece oportuno dar cuenta de ellos.



El primero que asume tales riesgos es, por supuesto, el propio Izquierdo. Y tiene razón en una cosa: el material con el que dirime su ejercicio periodístico es sumamente tóxico. Así, sus libros, su blog y sus apariciones en la radio son una recopilación de frases extraídas de los medios cavernarios y que por lo común hacen ostentación de dogmatismo, homofobia, sexismo, intolerancia... Basta leer un par de las que selecciona del día anterior y uno ya sabe que o le da por reírse de lo imbécil que puede llegar a ser un facha o le entran ganas de vomitar. Yo no me imagino el infierno con fuegos eternos, sino en una celda donde no puedo ver salir el sol ni escuchar a los pájaros, pero estoy rodeado de El Mundo y La Razón, en la tele ponen todo el día Intereconomía, y por la radio salen César Vidal y Federico Jiménez Losantos. No se trata de que yo discrepe de tales medios; discrepo de Daniel Bell y de Vargas Llosa, pero les leo con frecuencia y sin fastidio. Hay personas de derechas que me han hecho ver puntos de vista de los que yo carecía y que, en algunos casos, incluso he adoptado. De igual manera, circulan por todas partes opiniones etiquetadas "de izquierda" sobre el terrorismo, Palestina, la política exterior de los USA, el liberalismo o la cultura de masas que, de no ser adecuadamente contestadas por perspectivas supuestamente conservadoras, volverían cojo e infructuoso cualquier debate. No, no es éste mi problema con la Caverna española, no me preocupa que haya quien piense distinto a mí -más bien me preocuparía lo contrario-, mi problema es que todo lo que tiene que ver con ese ejército está movido por el odio y huele a rencor y a violencia.

Da igual que algunos se expresen a base de gritos e insultos y otros adopten sonrisa flemática: todos forman parte -utilizo la expresión de Izquierdo- de un coro destinado a convencernos de que cada día que pase con la izquierda en el poder avanzaremos un paso más hacia el apocalipsis. Su objetivo no es entrar en diálogo ni convencer, sino adoctrinar. No sería difícil buscar el origen sociológico de toda esta trama cuyos integrantes parecen competir por ver quién encarna la verdadera "línea dura" de la derecha española. Este país está lleno de personas que jamás han leído un libro y que necesitan algún tipo que hable con convicción y les ilustre respecto a los verdaderos culpables de sus fracasos en la vida. Rodríguez Zapatero, del que me separan muchas cosas, ha sido un chivo expiatorio perfecto para esta estrategia. ¿Tiene el gobierno socialista la culpa de que las cosas vayan mal? Creo que tiene una parte, pero es inútil detenerse en la microcirugía de detectar las claves de esa culpabilidad, pues enseguida viene por detrás el que matará moscas a cañonazos y decidirá que Zp tiene la culpa de la crisis mundial, de que llueva, de que pierda el Madrid y de que nuestra novia nos deje por un cantante de rap. No me angustia gran cosa que el segundo presidente socialista de la democracia española haya sido tratado injustamente, lo que de verdad me inquieta es que el mayor de los nutrientes de la democracia deliberativa, el diálogo, ve envenenados muchos de sus pozos cuando entra en escena toda esta legión de fascistas.




Hablemos claro: el dichoso Coro está formado por historiadores de pacotilla, opinantes cuyas interpretaciones están gobernadas por el odio, cínicos que aprenden a decir exactamente lo que su público desea escuchar, rojos arrepentidos que van a las teles de los fachas porque en la izquierda ya no se les hace caso, beatos feos y regordetes que parecen echarle la culpa al PSOE de lo poco que han follado y de lo plastas que son las novelas que publican... Izquierdo refleja la producción intelectual de todo este hatajo de fanáticos y resentidos en sus libros. ¿Vale de algo? Miren, en el bloque donde vivo, en mi trabajo, incluso en mi familia, he de convivir con personas con las que ya hace mucho que llegué a la conclusión de que es inútil intentar entrar en diálogo. A un allegado que ve Intereconomía y pone en el móvil el sonsonete del Cara al sol yo puedo intentar explicarle amistosamente por qué creo que el franquismo es uno de los regímenes más criminales de la historia del siglo XX, pero si él se niega a escuchar, no digo ya a ser convencido, entonces la presunción de que podemos entendernos es una ingenuidad. La posibilidad del diálogo -en esto tiene razón Jurgen Habermas- requiere un delicado amueblamiento que cuesta trabajo conseguir y que hay que esforzarse en preservar. Si no se dan las condiciones adecuadas no hay diálogo, ni siquiera aunque la gente hable; en ese caso no hay deliberación, sólo hay poder y el habla el sustitutivo de las armas. Llevo toda mi vida soportando a personas que no entienden de que va todo esto de la discrepancia. Me he cansado, estoy harto.

No me interesa nada perder el tiempo en esta caverna, no le veo ningún sentido a emplear un solo segundo repasando el veneno que han destilado hoy los chicos del coro contra la socialdemocracia, las feministas, los homosexuales, los inmigrantes o los marginados. Intento convencer a mis alumnos de que lean a Daniel Defoe y a Mary Shelley y de que, como decía aquella canción tan gitana de Rosario, vayan "por la vida sin odio ni rencor". Yo no lo he conseguido del todo, siento odio con más frecuencia de la que desearía. Por eso no quiero más venenos, ya tengo bastantes.

Saturday, October 29, 2011







ALGUNOS TEBEOS




1. VUELVE THE WALKING DEAD. Supe de este relato sobre zombis gracias a un cómic que me prestó Ricardo Signes. "Pero léelo", me dijo, a lo que yo contesté con cierto fastidio, como sintiéndome obligado a transigir con algo que, de entrada, me interesaba bien poco. No me decían demasiado los autores -Kirkman en el guión y Moore en el grafismo-, pero, sobre todo, no me decían nada los protagonistas. A mí, desde siempre, los zombis me han parecido unos tipos asquerosos.


En una impagable escena de esa joya cinematográfica de Tim Burton que es Ed Wood, el viejo Bela Lugosi -interpretado por Martin Landau- se burla de Boris Karloff, al cual Hollywood ha asignado al monstruo de Frankenstein de igual manera que a él lo asocian al Conde Drácula. "El vampiro es seductor, hipnotiza a sus víctimas con su mirada profunda, su porte es aristrocrático... En cuanto a Frankenstein, sólo sabe levantar las manos y chillar como un idiota para asustar: Uuuuuh!" No pretendo, Dios me libre, comparar al zombi con el monstruo de Mary Shelley, pero creo que la analogía que hace el ficticio Lugosi nos puede servir. El zombi no es seductor, y si nos incomoda su aparición es, antes que nada, porque da asco. Nos alejamos de él no porque -como sucede con el gran seductor del imaginario occidental, Lucifer- nos atraiga con sus oscuras dotes de manipulador, sino por la misma razón por la que nos alejamos de un vómito: huele mal, da asco.


Esta es la razón por la que nunca le encontré la gracia al gore. Las primeras pelis de este género que recuerdo las vi en casa del primer amigo cuyos padres se compraron un vídeo. Pagábamos a medias pelis que alquilábamos -"acordaos que sean VHS, no Beta, que aquí no se ven"- y así pasábamos unos viernes por la tarde particularmente estúpidos, viendo casi siempre este tipo de films que no solían poner en la tele, ni en la primera cadena ni en el UHF. Como no podíamos ver porno -no al menos mientras sus padres andaran por casa- alquilábamos pelis donde hubiera efusión generosa de algún tipo de fluido corporal. Y así mi vida se topó con los zombis, aquellos tipos maquillados como el Michael Jackson de Thriller, que entraban en masa en la casa de la adolescente protagonista y había que hacerlos pedacitos con un hacha -aquello sí era una deconstrucción en toda regla- porque si no, no se morían y seguían haciendo aquella risita irritante que asustaba mucho a las chicas.


La verdad es que nunca me interesó el asunto, y en realidad sigue sin hacerlo. Es algo que, en realidad, me pasa en general con los no muertos, que me parecen unos tipos fastidiosos, pero que no terminan de poblar mi imaginación, ni siquiera a la hora de las pesadillas. Son como un vecino que tengo, excepcionalmente pesado y que se te echa encima para devorar tu paciencia en cuanto te topas con él: para olvidarme de él me basta con esquivarlo.



¿Por qué veo entonces Walking dead? En primer lugar porque desde el principio, y en contra de lo que yo preveía, me atrajo el cómic que me dejaron. No estaba siquiera seguro de querer leerlo pero, al acabar el primer tomo, le pregunté a Signes si tenía más. Esta serie me parece una digna puesta en escena televisiva de ese estupendo tebeo. En segundo lugar porque hay algo en ella que engancha con el universo de las ficciones televisivas de los tiempos en que un servidor formó su imaginario narrativo, el cual -qué vamos a hacerle- está tan poblado de tele y tebeos como de cine de Bergman y novelas de Kafka. Hay algo muy muscular, muy primitivo y testosterónico en la serie. Quizá los actores no sean gran cosa y las acciones sean a veces forzadas en exceso, aunque sólo sea por esos condicionantes, tan característicos de estos productos, que determinan que el final de cada capítulo ha de dejarnos en suspenso o que deben desarrollarse varias tramas narrativas a la vez para cubrir todo el espectro dramático que la escena de la serie ha creado.



Funciona, no sé muy bien la razón, y les aseguro que en mi caso no es por los zombis, que podrían ser tranquilamente sustituidos por otros seres amenazantes y no necesariamente igual de asquerosos. No sé, pienso en V, aquella serie de alienígenas invasores que nos conmovió en los ochenta. Diana, la protagonista, resultaba ser una reptil marranísima que se comía una rata entera, pero la mayor parte del tiempo los reptiles tenían aspecto humano -para engañar- y resultaban hasta sexys. Creo en realidad que no son los zombis, sino el brillo de su ausencia lo que le da su riqueza a este relato. Los presentimos, nos percatamos de cómo la amenaza de su lógica devoradora va configurando la escena que se desarrolla cuando ellos no están. Es la manera en que los humanos administran su nueva vida en los tiempos del apocalipsis lo que me atrae. Algún científico trabaja en un laboratorio remoto y sigue tratando de encontrar el antídoto contra la infección; el niño que se pierde en el bosque desencadena el terror de sus padres; el caminante que se acerca poco a poco amenaza con su ambigüedad -pues no sabemos si es de los nuestros o es un zombi-; las relaciones entre adultos, empezando por las amorosas, se alimentan de su propia precariedad, pues el futuro ha quedado más que nunca en situación de incertidumbre...


Hay una última cosa. La editorial Anagrama publicó recientemente un ensayo titulado Filosofía zombi, de Jorge Fernández Gonzalo. Seguramente no lo hubiera leído de no ser por el cómic de marras y, sobre todo, por la editorial que lo había premiado y publicado. El ensayo juega astutamente con la idea de que los zombis han pasado a ser los pobladores predilectos del horror postmoderno por causas más produndas que la simple evolución de los gustos del público. Frente al vampiro gótico, figura seductora y aristocrática, el zombi provendría de una democratización del miedo. El Conde gobierna el reino de las tinieblas, poblado por las criaturas que el Mal ha producido siempre para recordarnos que si existe la luz es porque nace de un juego de sombras; el zombi forma parte de una masa informe de autómatas que han descendido por debajo del grado cero de la libertad y la identidad, deambulando en busca de algo que puedan digerir y que, en cualquier caso, no les satisfará. El vampiro es una figura romántica y transgresora, está entregado al vicio porque se mueve en las estancias de lo prohibido, por eso busca inocentes y bellas muchachas, a las cuales convertirá a su infame causa. Al zombi no le importa nada quién seamos ni qué piense Dios de sus fechorias: si le mostraran una cruz trataría de comérsela y, al comprobar que no podía reducirla a nada que se pueda devorar, la olvidaría.



Para Fdez Gonzalo, la horda zombi es un epítome de la mayor de las amenazas de nuestro tiempo: la pérdida de la autonomía del sujeto en pro de una sumisión pasiva a la sugestión barata del consumo y a la homogeneización de los individuos en base a unas claves colectivas simplistas y empobrecedoras. Creo que hay que hablar más de este libro...







2. NO HE VISTO EL TINTÍN DE SPIELBERG... Debería, pues, tener cerrada la boquita, porque además no tengo la intención de ir a ver la película, pero Tintín no es algo respecto a lo que acepte fácilmente el silencio, pues yo crecí con él en la misma medida en que mi padre creció con Flash Gordon. Le debo demasiado a Tintín, le he buscado por la Europa francófona -encontré su castillo, Moulinsart, en la localidad de Cheverny, junto al Loira-; he llenado mis paredes y estanterías con los fetiches nacidos de la imaginación de Georges Remi -Herge-; he pensado demasiadas veces, sobre todo viajando por ahí, en qué habría hecho el periodista belga en tal o cuál situación de apuro o las cuatro cosas que le habría dicho el Capitán Haddock al Bebe sin sed de mi vecino del séptimo, el que me tira agua casi todas las noches desde el balcón...


No voy a callarme, aunque sería de prudencia ver la película, quizá la vea, pero temo arrepentirme. Dijo Borges que Shakespeare era capaz de sobreponerse incluso a una pésima compañía de teatro. El problema aquí es que Spielberg no es un mediocre director de cine. Quizá sea eso lo que más temo, que habrá tratado de hacer un buen producto cinematográfico con Tintin. Habrá acción, efectos de todo tipo, una sucesión vertiginosa de peligros y peripecias... Y todo va a ser inútil, porque Tintín es intraducible al cine. Quizá sirva para que muchos niños opten por leer los tebeos que sus padres tienen en una estantería, pero soy escéptico respecto a ello, porque estos críos no han configurado su imaginario a partir de la lectura de cómics, por lo cual estos siempre habrán de parecerles una degradación de la película dichosa.


Es muy difícil explicar para un ajeno de dónde arranca la fascinación por el universo de Hergé, que convierte en coleccionistas casi compulsivos a personas que, como es mi caso, nos negamos por principios a coleccionar nada. Este amor -uno de los pocos que me ha durado toda la vida y que no ha cedido ni un milímetro- me recuerda al de aquella chica que tanto me hipnotizaba en tiempos escolares: "él no sabe quererla como yo", pensaba en aquel tiempo, maldiciendo al destino que se negaba a entregársela a quien más la merecía. Con aquella joven me equivocaba, con Tintín no: Spielberg no le ama como yo, Spielberg no sabe lo que es amar.


Por cierto, leí algo que dijo un crío después de ver una de aquellas películas -cutres y baratas, pero acaso menos impostoras que la de Spielberg- que se hicieron en Francia en los sesenta sobre el personaje de Hergé: "No me ha gustado, el Capitán Haddock no tiene esa voz". Genial, expresa, si se entender bien la frase, lo que yo siento ante este tipo de traslaciones al lenguaje del cine de un universo que enamora a cocción lenta y que sólo puede desarrollar todo su poder de fascinación en largas tardes infantiles. Creo que no voy a ir a verla, me he ganado el derecho a decirlo y quedarme así de ancho.







3. LLÁMENME CENIZO, PERO TAMPOCO CUELA CON EL CAPITÁN TRUENO. No es por algunas desoladoras noticias que llegan del rodaje y la postproducción y que habría que saber poner en cuarentena. Pero, qué quieren que los diga, me temo lo peor. No sé por qué católicos, musulmanes, y hasta cienciólogos, tienen derecho a poner el grito en el cielo cada vez que alguien degrada a sus dioses con una película, mientras yo he de tragarme que arrastren por el fango a los míos sin rechistar.


Nadie ha explicado mejor que Fernando Savater lo que significa haberse criado con el Capitán Trueno, cuando en su decidida voluntad de luchar contra los malos y no dejarse silenciar por nadie, le echaba la culpa al influjo de este personaje. Trueno, para mí, fue siempre un héroe de la democracia que se abría camino a duras penas en este país de falangistas guerreros del antifaz en los años en que yo empecé a leer el cómic de Mora y Ambrós. Aquello de "Santiago y cierra España" podía ser el residuo fascista de una época donde el espíritu de la censura atormentaba a cualquier creador, pero el mundo de Trueno era abierto, noble y tenía la mente limpia. Savater tiene razón, el Capitán nos enseñó que debemos rescatar al amigo en peligro -aunque para ello hayamos de jugarnos el pellejo-, que debemos plantarle cara a los malos -aunque sean poderosos o, precisamente, porque lo son-, que nunca se termina de guerrear contra la injusticia...


Temo una visión fílmica que sólo crea en las espadas y el encabalgamiento desmesurado de batallas. Creo que es el mayor problema del cine de masas, en especial el llamado de acción: no conoce la pausa, no se detiene a pensar, por eso todas las pelis saben a lo mismo. Pero quizá me equivoque en este caso; no sé sinceramente lo que saldrá finalmente de este proyecto que lleva años y años pendiente de concretarse y que, finalmente, lo ha hecho. Ojalá sea para bien.




Por cierto, una vez una alumna me reconoció que su padre le había puesto Sigrid en honor de la amada del Capitán. Bonito, ¿no?

Friday, October 21, 2011












¿EL FINAL DE LA VIOLENCIA?



El espacio de lo político aparece, pues, como una isla, el único lugar en que el principo de la violencia y la coacción es excluido de las relaciones entre los hombres. Hannah Arendt.



1. ¿Por qué no experimento la misma alegría que los demás? Me veo como ese adolescente que se queda arrinconado en una fiesta, fumando y bebiendo con cara de melancólico y al que los otros miran con recelo porque los tipos como yo desentonan en los momentos de jolgorio. Pero lo mío no es una pose, como parece que suele pasar con los adolescentes, aunque tampoco estoy demasiado seguro de poder explicar mis razones. En todo caso me cuesta olvidar por la tarde, con el anuncio de ETA, la barbarie del linchamiento de Gadaffi que he presenciado por la mañana, pero claro, son temas distintos.


Entiendo que se celebre el anuncio de ETA con alivio porque yo esa sensación sí la comparto. La banda se había convertido hace décadas a mis ojos en algo parecido a ese enloquecido que amenaza con hacer volar un avión y al que tienes que reducir justo en el momento en que, por otras causas, el avión está pegando capotazos y estamos todos temiendo que se estrelle. Quizá la llamada izquierda abertzale crea poder jactarse de habernos solucionado la vida -qué bien, estos al menos ya no nos matan-, pero mi sensación es más bien la de que tenemos un problema menos. Nada más.





Comprendo que, después de casi medio siglo de violencia, el anuncio provoque en muchos la emoción por el recuerdo de las víctimas, y también que para algunos sea legítimo proclamar con orgullo que ha triunfado la democracia, aunque respecto a esto último soy algo más escéptico. No tengo ninguna duda de que han sido las instituciones y la ciudadanía quienes han derrotado a ETA -porque ETA ha sido derrotada, esto hemos de tenerlo claro aunque sea de prudencia no envanecernos por ello-, pero no dejo de preguntarme a estas horas por qué esta enfermedad nos ha durado tanto y cuáles son las secuelas que va a dejarnos.

No, seguramente no hay razones para mi melancolía, debería sumarme sin más a la celebración. Aunque me vienen muchos viejos episodios a la memoria. Por ejemplo cuando un célebre dirigente abertzale acudió a una emisora independiente de mi tierra hace ya como veinte años. Un oyente llamó por teléfono y le preguntó si la actividad terrorista, que su partido justificaba e incluso jaleaba en aquel tiempo sin vacilaciones, traducía los deseos del pueblo vasco teniendo en cuenta que la implantación electoral de su partido en esos años era claramente minoritaria. "Escuchando su pregunta, lo que está claro es que es usted un español, eso seguro", le contestó aquella lumbrera.

Se reproduce también en mi mente aquella imagen terrible de un reportaje de Informe semanal sobre la violencia cotidiana en el Euzkadi profundo. Una mujer de mediana edad le pedía llorando a un joven vinculado a organizaciones abertzales que pararan aquello, que dejarán de amenazar a su marido, que al parecer era concejal de un partido españolista. "Acabad con esto, Iñaki, esto no es justo"... "Hay tantas cosas que no son justas...", contestaba el tal Iñaki. Supuse que aquella mujer aterrada y a la que le estaban destruyendo la vida había visto crecer a Iñaki, quizá había sido su maestra o le había dado la merienda muchas veces por las tardes... La respuesta de Iñaki me estremeció: esa contundencia con la que uno asume que las causas supuestamente justas están por encima de las personas, que el dolor e incluso la muerte es un peaje justo para alcanzar la victoria final, ese estado edénico en el que, libres de los malvados invasores, nuestro pueblo podrá al fin disfrutar de la dicha que lleva siglos mereciendo.



Me vienen muchas más cosas a la cabeza en este momento y no son alegres. Quizá por ello prefiera quedarme con la imagen de aquella media docena de personas que fundaron Basta ya y que, en una gesto de audacia moral que me atrevo a asociar al de las primeras reuniones públicas de las Madres de Mayo, se atrevieron a personarse una mañana lluviosa en silencio sobre una plaza de Donosti o de Bilbao para mostrar su silencioso rechazo a la barbarie. O aquella imagen de Ernest Lluch en medio de una campaña electoral en la que ETA había declarado su célebre primera tregua. "¡Qué alegría oírles gritar así!", decía mientras le abucheaban los seguidores de Batasuna... "¡Gritad más, gritad más, porque los que ahora gritan antes mataban!" Y volvieron a matar, y le mataron a él. El asesinato de Ernest Lluch no vale más que el de los otros 828, pero llama la atención el que un hombre tan inclinado al diálogo y a la solución pacífica de los conflictos entre los seres humanos se convirtiera en diana preferente de esta barbarie. Se me ocurre que es en esta suerte de tiranías donde ser valiente y plantarle cara a los malos confirma aquella consigna tan habitual en los hogares durante el franquismo: "Tú no te signifiques", decían con frecuencia las esposas a sus maridos o a sus hijos en aquellos trances en los que manifestarse libremente o tan solo reunirse suponía exponerse a ser golpeado o encarcelado. Esto ha sido así: era mejor no plantarles cara, era mejor la cobardía si uno no quería problemas. Y, sin embargo, han sido los audaces los que les han vencido.









2. Con frecuencia me encuentro por el barrio donde vivo con un antiguo compañero de escuela, de nombre Morgado. Era lo que en el argot escolar se ha llamado siempre un abusón. Era mayor que yo, de manera que sin ningún motivo nos amedrentaba, nos humillaba, nos robaba, nos golpeaba... No le guardo rencor, tampoco lástima; simplemente he decidido buscarme enemigos más relevantes para dirigir mi hostilidad. Pero no deja de hacerme gracia cada vez que me lo cruzo en Carrefour: qué pequeño parece ahora el bueno de Morgado, calvo y gordito, qué poca cosa ahora que pasó ya el tiempo en que los únicos argumentos eran los de la ley del más fuerte.

Me pregunto qué pasa con quienes creen firmemente en la violencia cuando se instaura la paz. ¿Rectifican? ¿Se arrepienten y piden perdón? No parece que vaya éste a ser el caso. En el País Vasco hay una enorme cantidad de gente que cree que la violencia ha tenido un sentido y que es ella la que ha propiciado la paz actual. Valiente paradoja: son los que fomentaron la violencia los que se presentan como autores de la paz. Me conmueve la ingenuidad de esos hombres bienintencionados que han protagonizado la llamada "conferencia de paz para el País Vasco", a la cual, por cierto, acudieron los líderes de Bildu con chaqueta y corbata. Me recuerdan a Morgado cuando tuvo que comparecer ante el Director del Colegio y su madre lo puso de punta en blanco para que no pareciera el patán que realmente era.

No importa, por más que en el extranjero tengan dificultades para entender toda esta historia, por más que el entorno radical escenifique una victoria pírrica, sabemos muy bien cómo hemos llegado hasta aquí y por qué han dejado de matar. Pero me preocupa que siga habiendo personas, sobre todo jóvenes, que crean que ha merecido la pena tanta sangre... Y más: es terrible que muchos quieran que haya valido, que deseen seguir creyendo que sus tesis son las buenas, que no tengan que realizar el terrible esfuerzo de rectificar y arrepentirse del terrible dolor que causaron.


Cuando me cruzo con Morgado me pregunto cómo gestionara su relación con su mujer y su hijo, cómo se las arreglará cuando un compañero en el trabajo le diga "no" a algo... La gente de Bildu presume ahora de que "llega a este país el tiempo de la política"... Ya hemos oído esta frase muchas veces como si ellos hubieran inventado la democracia. Ahora tendrán que intentar luchar contra el paro, habrán de aportar ideas para evitar los ataques especuladores o para mejorar las escuelas... Y no les valdrá echarle la culpa de todo esto al estado español. Habrá quien un día se envalentone ante la ausencia de pistolas y les diga que le parecen unos mierdas... Y tendrán que hacer lo que hacemos todos cuando alguien discrepa e incluso nos insulta: aguantarnos y buscar argumentos para demostrarle -o para demostrarnos a nosotros mismos- que no somos esa escoria que nos han dicho que somos. Y para no serlo, habremos de recordar que tenemos una responsabilidad ética esencial: ayudar a construir la convivencia, nada más y nada menos. Nadie dijo que vivir en paz fuera fácil.

Friday, October 14, 2011






GUARDIOLA, LA MARGATÀNIA
Y LA DUQUESA DE ALBA


1. ME HAGO MAYOR. ¿Saben en qué lo noto? Por ejemplo en que, cuando veo o escucho a Pep Guardiola me siento atraído... diría que razonablemente seducido. Por el contrario, cuando veo a su supuesto Moriarty, José Mourinho, experimento hartazgo. Hubo un tiempo en que los enfant terribles me hacían cierta gracia. No sé si fueron lecturas inmaduras de Nietzsche y todo aquello de la voluntad de poder y el superhombre, o ese furor destructivo que a veces sobrevive más de la cuenta a la adolescencia, pero creo que me he quitado de encima la ingenua propensión a admirar a estos patanes que van por el mundo meándose en eso a lo que llaman el stablishment, mirando a todo dios por encima del hombro y tratando de gilipollas, cobardes y vendidos a todos los que no les bailan el agua.



A lo largo de mi vida -y no saben cuánto lo siento- he ayudado a incrementar el ego de algunos de estos caballeros que se pasean como Mourinho por las aceras de la vida con rictus de hastío porque el mundo les ha decepcionado, pero hoy, en el trasfondo de esa "intensa personalidad" que tiene misteriosamente abducida a la mitad del país, ya sólo veo la mala educación, la barbarie y un alma atravesada hasta las trancas por el pavor a volver a ser el tipo gris y mediocre que fue antes de ganar la Champions. En la permanente acusación de Mourinho -"hipócritas"- a todos los que no aceptan su dictadura -que es, a la sazón, la de Florentino Pérez, es decir, la del neofascismo del poder económico-, subyace, además de una profunda simplicidad intelectual, el prejuicio típico del mezquino, el de que todos buscamos lo mismo que él, que todos somos igualmente capaces de cualquier villanía por el dinero, la fama y el triunfo, solo que no tenemos las agallas que tiene él para reconocerlo. Las manifestaciones del mejor de sus íncubos, Cristiano Ronaldo: "me silban porque me tienen envidia, porque soy guapo, rico y gran futbolista", son la mejor expresión de esta filosofía tan profunda.

Escuchen y miren a Guardiola, no hagan demasiado caso al contenido... La cadencia de la voz, el atuendo, la sintonía con sus futbolistas, la connotación irónica tras esa tenue sonrisa... No sé si está quedando muy gay este post, pero hay algo profundamente atrayente, erótico incluso, en los signos de la inteligencia. Debo ser muy hipócrita.




2. LA MARGATÀNIA es un equipo catalán infantil que ha batido todos los records de derrotas. Acabó la pasada campaña con 273 goles en contra y 1 a favor, obviamente perdió todos los partidos, siendo un 11 a 0 el mejor de los resultados obtenidos. A alguien se le ocurrió rodar un corto con los chicos de la Margatània como protagonistas. Llega uno a la conclusión de que son demasiado pequeños para la liga, de que apenas han jugado al fútbol, de ahí que el entrenador tenga que recordarles con frecuencia que la portería a la que se han de dirigir es la contraria y no la propia... Cuando los niños explican las causas de su "fracaso" la cosa no tiene desperdicio: "Nunca marcamos un gol, bueno una vez la Ruth marcó, pero estaba en fuera de juego"... "Quizá nos ponemos un poco nerviosos"... "Un día un equipo solo nos metió doce, no eran muy buenos"...

En el corto vemos una jugada en la que están a punto de marcar, los padres viven el momento con una emoción incontenible. Pienso en todos esos padres patéticos que llevan a sus hijos a jugar partidos oficiales convencidos de que tienen un Messi en ciernes que les hará ricos: "No me decepciones", les dicen unos minutos antes de empezar a insultar al árbitro o a los críos del equipo contrario. Si el equipo de su hijo gana, sacan pecho atribuyéndose a sí mismos la victoria; si pierden miran a su hijo con cierto rictus de desprecio, pues empiezan a descubrir que el pura sangre que creen merecerse no era tal.



Me viene a la memoria un equipo de baloncesto con el jugábamos en la liga del Instituto, los Buanaminos, se hacían llamar. Nosotros éramos ya muy grandes y ellos eran críos de trece años que acababan de llegar al Centro. Todos les metíamos palizas impresionantes, la mayoría de forma inmisericorde. Aprovechábamos que eran pequeñitos para incrementar nuestras estadísticas, y así los Buanaminos deambulaban por la liga acumulando derrotas de cien puntos a cinco y cosas por el estilo. Me avergüenzan algunas cosas de mi pasado y ésta es una de ellas. Salí del Instituto y les perdí la pista: me gusta pensar que alguno de los Buanaminos creció y terminó siendo Pau Gasol. O al menos, me gusta pensar que tres años después ellos eran los mayores del centro y, cuando les tocaba jugar contra los críos, evitaban humillarles.

Un consejo, no se pierdan el corto producido por El Cangrejo y titulado L´equip petit, por supuesto con los chavales de la Margatània como protagonistas estelares: http://www.youtube.com/watch?v=P78BifwS9kQ



3. MI SENTIDO DEL HUMOR tiene mucho de irredento y un cierto sabor a venganza. Un día don Pedro, un maestro del tardofranquismo con evidentes síntomas de psicopatía, me infló la cara a hostias por una exhibición inoportuna de mi fina capacidad para la ironía. Desde entonces, juré que me reiría de todo lo que me saliera de los cojones, sin aceptar ningún límite. En los últimos días, la boda de la Duquesa de Alba ha desatado esa vieja disposición mía para encontrar el lado cómico de cualquier cosa. Y en este caso sin esfuerzo porque, salvo sus multimillonarios y permanentemente avinagrados herederos, todo el asunto parece una broma.



Odio las bodas, y, con ellas, también los bautizos y las comuniones. Creo que es de ser muy tonto casarse por uno mismo, y peor hacerlo por complacer a alguien. Más que estos actos en sí, lo que detesto es esa liturgia que te obliga a hacer impúdica ostentación de los sentimientos a cambio de obligar al que invitas a que te suelte la pasta. Cuando alguien me invita a su boda -por suerte hace mucho que no sucede- siempre me entran ganas de preguntarle por qué, en vez de eso, no me pone un cuchillo jamonero en la garganta y me obliga a darle la cartera. Sería más breve y bastante menos desagradable.

La de la Duquesa de Alba es la apoteosis de las bodas de nuestro tiempo. He leído que es un símbolo del fin del Antiguo Régimen. Pero no se engañen, la Duquesa, antes que un noble linaje, es una magnate que posee media España. Es el mundo de los ricos lo que en realidad resulta parodiado en esta boda. ¿Por qué se casa? En realidad "por amor", es decir, por todo lo que no es dinero, que es por lo que se suele casar la clase media... Cayetana se casa para fastidiar, para bailar, para lucir peluca, para exhibir joyas... Y la gente le canta y le aplaude, mientras ella va convencida de ser amada por el populacho. La boda de Alba es un signo de la indecencia que en nuestras sociedades contemporáneas y en plena recesión suponen las grandes fortunas. Riámonos a gusto de esta mamarrachada... Y no dejemos de indignarnos por todas esas indemnizaciones de banqueros negligentes y corruptos de las que se habla tanto estos días.

Saturday, October 08, 2011







LOS MARCIANOS SE HAN IDO



1. Nunca como en aquellos años mágicos del estreno de la democracia -todo tan incierto, tan falto de controles, tan esperanzador- se hizo tan evidente entre nosotros esa idea del filósofo francés Jean-François Lyotard de que "la postmodernidad es la era en que se retiran las viejas imágenes del mundo". Después de cuatro décadas de nacional-catolicismo, la gente había descubierto que no sólo Dios no existía -esto lo habían sospechado siempre, de lo contrario se habrían hecho menos pajillas- sino que además, de existir, era un auténtico pelmazo incapaz de ofrecer nada realmente atractivo. Y sí, aparecieron curas con pelo largo que tocaban la guitarra y que incluso follaban, pero aquello tampoco benefició mucho a la causa, ya que puestos a ser un hombre y no un santo, mejor te quitas la sotana, cenutrio.

En cuanto al comunismo, la otra gran "imagen del mundo" que rivalizaba con la anterior en eso de redimirnos, empezaba también a ponerse un poco pesadita. Sí, sí, puestos a crear el Reino de Dios, mejor hacerlo -como querían los bolcheviques del momento-, en el Más Acá y haciendo morder el polvo a los ricos, pero llegaba un punto en que molestaba que un tipo avinagrado y que olía a Celtas te reprochara que vieras partidos de fútbol o te compraras revistas de tetas en vez de aportar tu grano de arena a la gran causa salvadora de la Revolución dejándote matar un poco. Arrinconados pues Dios y Marx, los españoles que salían de la Gran Siesta tardaron poco en ponerse a buscar nuevos referentes espirituales, y se encontraron con los marcianos. Sí, con los marcianos, no me miren así.





Bueno, también hubo mucha hermenéutica con la ouija y el Triángulo de las Bermudas. Recuerdo que se puso tan de moda aquello de contactar con los espíritus, que la gente hablaba de "mediums" o "almas en pena" con la misma naturalidad con la que criticaban a Kubala por no quitar a Pirri y Asensi del medio campo de la selección. Mi hermano y yo vimos a adultos hechos y derechos venir a casa a jugar con los vasitos de los cojones e invocar a la Princesa Soraya, lo cual nos despertó de nuestra inocencia y nos abrió a los temores propios de la pos-infancia, pues por aquel entonces descubrimos que los adultos que nos protegían andaban en realidad más descentraditos de lo que habíamos creído. Pero todo aquello se intuía ya que eran modas pasajeras, un poco como el carisma de Adolfo Suárez. Pero, cuidado, los ovnis no, los marcianos habían venido aparentemente para quedarse.






No creo que a los prelados vaticanos les hiciera demasiada gracia que TVE lanzara un programa como Más allá, pero aquel tipo de la barba que hablaba con tanta circunspección de avistamientos, abducciones y navegaciones estelares resultaba tan convincente, que la gente se lo pasaba bomba viéndolo los sábados por la tarde y mirando después a sus vecinos -los ingenuos que venían de misa- con aire de superioridad científica. El amigo Jiménez del Oso, que mostraba sin ningún pudor fotografías, testimonios y otras pruebas irrefutables de que los alienígenas llevaban ya mucho tiempo entre nosotros, abrió el camino de un próspero negocio que sigue rindiendo considerables beneficios, y que consiste en decirte, con cara de creérselo mucho, que no importa que cuando rezas el rosario no te haga nadie en los cielos ni puto caso, pues hay unos tipos que emiten sonidos como los del gol en Carrusel Deportivo (pi, pipi,pipi,piiiii) y con el pene muy grande que van a venir para llevarte a Reticulín, en la Galaxia del Puerco, donde serás muy feliz y una legión de tipos verdes se pondrán en fila para sodomizarte.




Después se impuso el estilo Mulder, que consiste en tener fe de verdad en que hay marcianos de visita, pagando el peaje de que todo el mundo piense que eres tonto. Ahora se lleva la honestidad, es decir, ser un caradura, pero que parezca que te crees el rollo, que estás entregado, para lo cual hace falta mostrar cierto temperamento adolescente y adoptar aire de víctima. Así, todos terminamos siendo unos ciudadanos engañados y rehenes de una conspiración, por la cual tipos oscuros y con mucho poder deciden que las autoridades, en especial el ejército, oculten las pruebas de que unos platillos volantes echaron las largas a un piloto de las fuerzas aéreas. (Conviene aclarar que el piloto, con los nervios del trance en la cuarta dimensión, no entendió que lo que querían los del ovni era preguntarle para ir a Molinicos, provincia de Albacete)

Pese a mis burlas, propias de un amargado que ya no cree ni en los alienígenas ni en Dios ni en los zombis ni en nada, hay que reconocer que era divertido aquel tiempo en que mirabas al cielo y casi fijo que avistabas algo. Mi padre, por ejemplo, se compró un telescopio magnífico -que por cierto aún conserva en un trastero, oxidándose con su trípode- con la secreta esperanza de verles las orejas a los selenitas. No vimos a ninguno, y quizá fuera mejor así, pues siempre he sospechado que los marcianos son unos mierdas, más o menos igual que nosotros, que tienen un aspecto baboso y desagradable, y que les gusta como a los terrícolas especular con pisos, tirarse eructos y criticar a los compañeros de trabajo a sus espaldas. Era bonita, sin embargo, aquella época... Parecía que podías mirar al espacio con la secreta esperanza de presenciar algo grandioso.




2. He vuelto, reconozco que por nostalgia, a Carl Sagan y su mítica serie de divulgación científica Cosmos. La sarta de impertinencias que acaban de leer son consecuencia de la nueva visita tres décadas después- a algunos de sus capítulos más inolvidables, por ejemplo el impagable Enciclopedia galáctica, donde Sagan -dentro de la lógica de científico riguroso que le caracteriza- pasa revista a toda esa cultura tan abundante creada en torno al fenómeno ovni y que tanta repercusión social tenía en los tiempos en que TVE emitió Cosmos.


Sagan idea la posibilidad de que lejanas civilizaciones hayan advertido y localizado ya la existencia de esta pequeña piedra azul en un rincón periférico de la galaxia, y se pregunta qué nombre y características le atribuyen. Habla de un poderoso radio-telescopio instalado por la NASA en Puerto Rico, el cual fue capaz en el año 74 de emitir un mensaje que, desplazándose a la velocidad de la luz, tardará 25000 años en llegar a las estrellas de la constelación de Hércules, hacia la que está destinada. El mensaje tardó un minuto en pasar por la órbita de Marte, media hora en hacerlo por la de Júpiter, y, tras pasar por Plutón, abandonó para siempre el sistema solar a las cinco horas de ser emitido por vez primera. Contiene una serie de informaciones básicas sobre nuestro planeta y las características de nuestra civilización.


Carl Sagan no es exactamente escéptico con la posibilidad de la existencia de vida en otros mundos, lo es más bien con tantos y tantos relatos que nos han llegado de personas como aquel matrimonio que, regresando a Nueva York de unas vacaciones en Canadá por la carretera de New Hamshire, describió con pelos y señales un encuentro con alienígenas de lo más exhaustivo. Testimonios improbables, fotos fácilmente trucables, legiones de desaprensivos que hacen negocio a costa de decirle a la gente lo que quiere escuchar... Sagan entiende que es un error negar la capacidad para ilusionarnos y fabular que tenemos los seres humanos, pero advierte del peligro de confundir la realidad con el deseo. Nos propone una encantadora ecuación en la cual, teniendo en cuenta variables como la cantidad de sistemas estelares dotados de planetas, la media de planetas con condiciones adecuadas para la vida, la probabilidad de que esta vida sea inteligente y que no se haya autodestruido y un largo etcétera, termina por alcanzar como resultado de la ecuación la cifra "2", es decir, que la estadística de civilizaciones que podrían existir en la Vía Láctea, sin incluir la nuestra, es de dos. Sagan, con cierta ironía, desconfía de la posibilidad de que estén especialmente interesados en visitarnos, aunque tampoco descarta la posibilidad de que algún día lo hagan, o de que incluso lo hayan hecho ya y habiten discretamente entre nosotros.

Me seduce la emoción con la que los hombres como Sagan nos lanzan a amar la ciencia. Los hombres como él, como Stephen Jay Gould y tantos otros, son genuinos "humanistas" -eso que ahora parece desprestigiado- pues conciben el saber científico como una gran aventura, como una empresa humana y emocional en el mejor de los sentidos que pueda imaginarse. Alguien me dice que aquellos planteamientos de los documentales de hace treinta años están ya superados, tanto en el cine como en la ciencia. No lo creo, no hay nada en esas imágenes ultratecnológicas de Life o National Geographic, donde vemos primeros planos de un colibrí comiéndose un mosquito, o de una serpiente regurgitando un ratón, no hay nada de todo ese mundo tan frío de la high fidelity que me traslade esa calidez de los hombres que, como Sagan, o Jacques Costeau, o Rodríguez de la Fuente, creían todavía que las suyas eran historias de humanos relatadas a otros humanos.


Durante el capítulo, simula viajar por las estrellas en una nave espacial, después pasea por un bellísimo campo de caléndulas y gesticula, explicándonos que debemos desconfiar de los farsantes y amar el conocimiento. Esa emoción nostálgica que me produce Sagan, y de la que algún día querré hablar a mi hija... No hay marcianos ni dioses, estamos solos, al contrario que Sagan yo no albergo dudas al respecto. Ya hace mucho que entendí que la vida ya es de por sí suficiente sortilegio... Imagino que son estas emociones tan humanas, esa belleza del campo de caléndulas por el que Sagan merodea, las verdaderas luces de la magia del cosmos.