
LA JUVENTUD PROTESTA



La juventud baila era el nombre de una sección del programa musical Aplauso, una horterada televisiva muy de hace tres décadas, cuando TVE intentaba no tanto sacar a los jóvenes a bailar y hacer el Tony Manero por las discotecas -que eso ya lo hacían sin ver Aplauso-, sino más bien convencer a los papis de que había que aceptar que sus chicos se divirtieran los fines de semana e incluso se dejaran aquellos pelos cardados tan del gusto de los tiempos. Vamos, que había que modernizarse. Hoy, aquel tipo calvo y con pantalones acampanados que lo presentaba podría presentar la sección aunque cambiándole el nombre: La juventud protesta. Sería una buena manera de adiestrar a los diez millones de adultos que en este país votan con aparente convicción a la derecha en la idea de que los chicos que se manifiestan -como ese perro del vecino que te muestra el colmillo amenazante pero "sólo quiere jugar"- hacen estas cosas sólo para divertirse un ratito. Así, el programa -que en vez de Aplauso podría llamarse Disturbio- incluiría concursos sobre las mejores consignas contra el Gobierno, los chicos más diestros en la quema de contenedores y, por supuesto, los policías que pegan hostias como panes.
Es bastante imbécil todo lo que acabo de decir, sí, pero tamaña estulticia se aviene perfectamente con la idea que la prensa de derechas -es decir, casi toda la de este país- proyecta respecto a las movilizaciones estudiantiles que protagonizaron la actualidad informativa de la última semana. Lo primero que deberíamos preguntarnos ante algaradas como éstas es si se trata de episodios aislados y marginales o si, como en la metáfora del iceberg -que sólo deja ver la minúscula parte de sí que emerge a la superficie- nos encontramos ante la concreción de una problemática profunda.

Si, como parece creer la derecha, se trata de una operación de agitación urdida desde algún lóbrego laboratorio por el artero Rubalcaba, el cual se ha servido de la rama violenta del mundo perroflautista para desestabilizar al Gobierno, entonces sí: se trata de un fuego localizado que conviene sofocar sin contemplaciones. Esta versión, que legitima la acción policial "contundente", responde al prejuicio más extendido de la derecha española, el de que el "felipismo" continúa conspirando para destruir la estabilidad de una nación y provocar pestes, guerras, sexo promiscuo y puede que hasta las derrotas del Madrid. Esta convicción, que apela a la maldad congénita de la izquierda, se complementa extrañamente con la que parece su contraria: la de que los chicos que, como los del IES Luis Vives la semana pasada, se lanzan a la calle a protestar, son unos niños malcriados que, como lo tienen todo y se aburren, montan jarana cortando el tráfico con la misma mentalidad con la que se lanzan a hacer un botellón y lo dejan todo perdido. Tras estos inocentes manipulados, a los que no vienen mal un par de coscorrones a ver si aprenden -ya lo decía mi abuela: "como vaya yo os doy una que os avío, gorrinazos"- detectan la incapacidad de la izquierda para aceptar que los conservadores tengan el poder. Prueba de ello sería que ha sido ganar Rajoy y empezar los conflictos en la calle. Que hay una mano negra, vamos.
No deja de llamarme la atención que este tipo de argumentaciones, que he leído y oído varias veces a raíz de los sucesos estudiantiles, en especial los de Valencia, provengan de quienes han estado ocho años realizando con un tesón envidiable la labor de oposición más desleal e irresponsable que yo recuerdo jamás, empezando por la repugnante insidia urdida en torno al 15-M y acabando con la serie de mentiras que configuraron su programa electoral. Nunca en los treinta y pico años de democracia tuve tan claro desde que Aznar perdió el poder por su propia estupidez que hay una España poderosa para la cual es completamente insoportable la idea de que la izquierda -incluso una izquierda tan titubeante como la del PSOE- gobierne la nación. Tampoco deja de sorprenderme la descalificación que se hace del derecho de manifestación. No sé si Rajoy pensaba que la gente se quedaría tranquilita en casa, felicitándose ante la Reforma Laboral o los recortes de los servicios públicos, pero yo he visto docenas de manifestaciones del PP a lo largo de estos ocho años, normalmente al lado de los prebostes eclesiásticos y en favor de cosas que por lo visto les preocupan mucho como la familia o el derecho a la vida de los niños.

En suma, que los estudiantes no saben lo que quieren, que es a fin de cuentas lo que suele pasar con los adolescentes, Jesús qué cruz, y cuánto me costáis de criar.
Voy a dejar de hacerme el gracioso, sobre todo porque el tema no tiene puta gracia. La semana pasada critiqué duramente la desproporcionada respuesta policial frente a unas manifestaciones cuyo poder disruptor era inicialmente escaso. Pero el asunto de la dureza policial, que puso a Valencia en las cabeceras periodísticas mundiales por la incompetencia de algunos responsables y que ha desencadenado muchas de las protestas posteriores, es solo la punta de un iceberg cuyo resplandor valdrá muy poco si no sabemos atender a lo que hay por debajo.
Ahora habría de referirme a la profunda problemática en medio de la cual vive la enseñanza pública. Las declaraciones de los responsables de los departamentos educativos apuntan a una estrategia de descrédito de las movilizaciones que me parece miserable: "no hay recortes en educación", dijo una delegada del gobierno valenciano, "sólo ha habido reducciones en complementos salariales". Que un trabajador salga a la calle porque le han reducido drásticamente el sueldo parece algo bastante comprensible, que no se entienda que lo que a los miembros de la comunidad educativa nos está irritando es el deterioro de la escuela pública, cuyo efecto sufren los ciudadanos, es algo que no me sorprende nada de la delegada en cuestión, la cual estoy seguro de que vive en una casa estupenda, lleva a sus hijos al Caxton y saldrá de la vida pública con una pensionaza super chupi. En cualquier caso, lo que de verdad se pretende, más que desprestigiar a los profesores -a los que ya nos tiene bastante manía la gente, dicho sea de paso-, es insinuar que los estudiantes que gritan y cortan el tráfico están manipulados por nosotros. Y es aquí donde se equivocan.
Llevo años -ellos pueden decirlo- reprochando a mis alumnos que, de tanto en tanto, les dé por declararse en huelga y abandonar las clases, una actitud que, cuando -como muchas veces sucedía hasta hace poco, no se sabe muy bien qué se reivindica- me parecía dañiña para la vida académica de institutos como el mío, donde ya tenemos bastante dificultad para competir con la escuela concertada para que, además, nuestros queridos estudiantes pierdan clases. Lo de las últimas semanas me está sorprendiendo. Mis alumnos ya no se declaran en huelga para eludir un examen, irse a ver una mascletá o quedarse en casa durmiendo; parece que, por primera vez desde que ejerzo esta profesión, la mayoría tienen muy claro que se están jugando algo en el espacio público. Han entendido al fin eso que tantas veces les hemos dicho creyendo que caía en saco roto: la política, que es bastante más que dos partidos repartiéndose la tarta del poder, les afecta seriamente.

Digámoslo de una vez: este no es sólo un problema de las escuelas, los jóvenes están saliendo a la calle a gritar porque tienen miedo. Lo que escuchan y leen a los adultos sobre lo mal que se está poniendo todo ha dejado de resbalarles, y han empezado a entender que si sus padres lo están pasando mal ahora mismo es porque, probablemente, lo que les espera a ellos por ejemplo a lo largo de esta segunda década del siglo es aún peor. Algunos empiezan a sospechar que podrían no salir de los trabajos basura, que cuando sean mayores no habrá unas instituciones solidarias que les protejan de la enfermedad, la vejez o la delincuencia, que cuando estén en el paro tendrán que mendigar para vivir, que nunca tendrán una casa y probablemente no marchen nunca del hogar paterno... ¿Sigo? Supongo que es difícil entender esto cuando uno ve la vida a través del prisma de Intereconomía y La Razón, pero el hecho, y sé de lo que hablo, es que los jóvenes no protestan porque les cierran pronto el pub o porque no les dejan ya piratear películas: protestan porque están aterrados, protestan porque han dejado de confiar en la seguridad del mundo que decíamos haber construido para ellos.
¿Tienen razón para ello? Me gustaría pensar que no, que su inquietud es comprensible pero demasiado teñida de un pesimismo que uno podría asociar a la impaciencia propia del temperamento adolescente. Pero mucho me temo que van bien orientados. Y solo espero que si se dan cuenta de lo que les espera no cambien lo de sentarse en una calle a parar el tráfico por cosas como las que vimos este verano en los suburbios de Londres o antes en los de París.
NOTA: La revista Ojos de papel me ha publicado un artículo en relación al mundo de la publicidad y la serie televisiva Mad Men. Me gustaría mucho que leyerais éste y otros artículos y reseñas sumamente interesantes que aparecen en la revista. http://www.ojosdepapel.com/
























