Thursday, March 15, 2012


FALLAS

Hace como veinte días, yo regresaba a casa un domingo por la noche surcando el interminable paraje al que los valencianos llamamos "el Río", ese milagroso bosque inventado en el corazón del casco urbano en que se ha convertido el cauce seco de la antigua desembocadura del Turia. Esa noche se celebraba la Crida, que da inicio oficial a la fiesta de las Fallas, quizá la más célebre de las que se celebran en España junto a los Sanfermines. A medida que a paso ligero me acercaba a la zona de las Torres de Serrans, un gigantesco espectáculo pirotécnico iluminaba mi camino. Mientras me acercaba, me salían al paso en la negrura del bosque, intermitentemente iluminado por el centelleo del castillo artificial, pequeños grupos de personas que se habían ido deteniendo junto al camino para contemplar en silencio el espectáculo desde la penumbra. En el momento de máxima intensidad del castell era como caminar hacia un volcán en plena explosión. Difícil no sucumbir ante tanta belleza.


Hay una tradición de progresía en Valencia que ha sido siempre contraria o, por lo menos, renuente a las Fallas. Cada cual puede hacer lo que le dé la gana, desde luego, aunque a mí siempre me ha sorprendido que actitudes falleras que provocan profunda animadversión generen sentimientos contrarios cuando corresponden a fiestas de Catalunya o, qué sé yo, del Mahgreb o de Sebastopol. Eso tiene un nombre, y no es otro que papanatismo. Insisto, uno puede hacer y pensar lo que quiera, pero siempre me ha parecido particularmente estéril y pusilánime esa convicción de que las Fallas son en esencia rechazables porque las asociamos a los sectores más reaccionarios de la sociedad valenciana.

Es cierto que personajes tan poco vinculados al progreso, el librepensamiento y la civilización como Rita Barberá nadan como pez en el agua en el ambiente de petardos, lágrimas ante la Mare de Deu, ofrenda de glorias a España y aceite refrito de buñuelos. Tan cierto como que la derecha más rancia y cerril parece haber patrimonializado la institución festera y domina su juego de signos. Todo esto ayuda tan poco a sentirse emocionalmente implicado en la liturgia fallera como los hoolligans o el periodismo deportivo ayudan a hacerse aficionado al fútbol. Ahora bien, que los sectores más reaccionarios de la sociedad se arrimen a las Fallas o al fútbol no significa que las Fallas o el fútbol sean de derechas. Lo que significa es, simplemente, que la derecha ha tenido la habilidad de apropiarse de algunos espacios de la vida que -nos guste o no- hacen feliz a la gente. Es posible que alguien que se pasa la vida viendo películas de Manoel de Oliveira -quien por cierto me parece un pelmazo-, leyendo novelas de Cela -otro ilustre pelmazo- o escuchando gimotear a algún cantautor catalán llame despectivamente "divertimentos plebeyos" a los que proporcionan solaz y esparcimiento estos días a nuestras gentes. Yo creo que esta consideración debe como mínimo ser matizada.

En las últimas horas he caminado mucho por Valencia. La afición adolescente y juvenil a botellones y macrobotellones me parece un homenaje a la barbarie, aunque creo que las sombras de este problema se alargan mucho más allá de acontecimientos como el fallero. Tampoco terminan de agradarme ciertas actitudes muy extendidas en estas días entre los falleros, cuya conducta dan a pensar que se sienten literalmente los reyes de las calles. Gestos como hablar a gritos, dar órdenes a diestro y siniestro, beber alcohol en la calle o armar escándalo nocturno, que todo la ciudadania repudia cuando provienen de jóvenes o de inmigrantes, se imponen con una prepotencia insultante y obscena con el solo argumento de que "estamos en Fallas y si no le gusta, váyase". Es algo que podrían decir también los jóvenes botelloneros cuando -en periodos no falleros- se les censura por su barbarie: "A fin de cuentas es sábado por la noche, si no le dejamos dormir y le llenamos la calle de mierda siempre puede usted cambiarse de ciudad o de país."

Y, sin embargo, con las Fallas me pasa que aunque temo su llegada y la propensión que tiene al ruido y a una insoportable vulgaridad, temo más el día en que desaparezcan. ¿Por qué, si a fin de cuentas ya les he dejado caer claramente que no me divierto en ellas?

Verán. Ya hace mucho que entendí que el gran mal de las sociedades contemporáneas es la progresiva destrucción de los lazos comunitarios, tanto los naturales, es decir los que tienen que ver con la integración en la familia o algún tipo de forma tribal de trazo intenso, como los asociativos, es decir, los mecanismos de participación que determinan iniciativas colectivas con vocación institucional. En otras palabras, que el precio de la opulencia, la masificación, la tecnología de las comunicaciones y la ultrarracionalización de las relaciones humanas ha sido que nuestras queridas individualidades se están quedando espantosamente aisladas y desprotegidas sin que nos demos cuenta. Las consecuencias de este proceso, que se está desarrollando a una tremenda velocidad sin que sepamos cómo detenerlo, son preocupantes y acaso aterradoras. Nuestros hijos no conocen la calle ni aprenden a valerse por sí mismos porque ya no confiamos en que la tribu -¿qué tribu?- los proteja si van solos por ahí; la gente trama su vida de forma desespacializada, sin ningún tipo de vínculo con un territorio que deja de tener significación; los mecanismos de acción conjunta se debilitan hasta volverse impotentes; las relaciones entre vecinos se deshumanizan... ¿Quieren que siga?

Si acepto de buen grado ciertas eclosiones de euforia colectiva -aunque uno no sabe si a veces es más bien de "furia colectiva"- es porque la tenacidad con que por ejemplo los falleros insisten en poner patas arriba una ciudad entera constituye -en cierto modo- una reacción contra toda esa esquizofrenia de la sociedad tardoindustrial, contra la devastación de los lazos grupales y los vínculos con el territorio. Las comisiones falleras paran los automatismos productivos, cortan el tráfico en los barrios, se lanzan en procesión por la ciudad, sacan a los niños a las calles, gritan orgullosamente el nombre de lo que sea que les une, lloran al llegar ante la Verge o escuchar el himno... No estoy siendo cínico; puedo desconfiar -y mucho- de ciertos iconos que construyen tradicionalmente identidades colectivas. No me emocionan gran cosa los himnos ni las vírgenes, y las apelaciones al orgullo patriótico que atacan esas fibras sensibles que tanto gusta explotar a los políticos populistas me ponen siempre a distancia. No, no es eso, es sólo que contra esta celebración exaltada de lo colectivo lo que se me aparece es el vacío y la esquizofrenia de una ciudad sumisa y rutinaria, donde los automóviles vuelven a hacerse los amos y la gente se olvida nuevamente de que hay algunas cosas que nos unen y que merece la pena celebrar.

Ya lo ven, después de tantos años huyendo casi sistemáticamente de Valencia en Fallas, mi problema no es el facherío, ni el mal gusto, ni lo escandalosamente feos que son la mayoría de monumentos, ni siquiera el olor a churro refrito. No, caballeros, la razón por la que no disfruto de las Fallas, lo diré de una vez, son los dichosos petardos. No me refiero a la mascletá, a la que incluso asisto con agrado. Me refiero a esa costumbre infame de lanzarle petardos a la gente por la calle. Empieza el mes de marzo y uno ya sabe que, sobre todo en los días inmediatamente anteriores a la Cremà, legiones de niños y no tan niños a los que mal rayo habría de partir, se dedican a agredirte una y otra vez con la barbarie de las tracas, los masclets, los trons de bac y toda la demás ralea de artilugios pirotécnicos que debió inventar alguien para joderme específicamente a mí, tan amante como soy del sosiego y la meditación. Les confieso una cosa: cada vez que alguien me sobresalta o despierta a mi bebé con un masclet creo que el autor no sabe lo cerca que está de que le grite que voy a fulminarle a él, a su familia, a sus amigos, a la Mare de Deu y al juez que un día decidió archivar la denuncia que, contra la venta masiva de pirotecnia y en favor de la convivencia, presentó un grupo de ciudadanos cuya causa apoyo con toda mi alma. No dejo nunca de acordarme de cómo lo celebró cierta preboste local, conocida por todos, gritando desde el balcón como un jabalí sudoroso: "¡Petardos para todos, y para los niños también!"

A ver si hoy me dejan dormir, aunque no soy optimista.

Friday, March 09, 2012








SEXISMO LINGÜÍSTICO





Imposible no sucumbir a la tentación de posicionarse en relación al fuego recién avivado -y nunca, por lo visto, definitivamente extinto- del sexismo lingüístico. A grandes rasgos, la batalla se dirime en torno a dos ideas-fuerza: 1. El lenguaje incorpora residuos de la sociedad patriarcal, ergo si no modificamos algunos de sus usos seguiremos bombeando oxígeno a las antiguas formas de dominación de la mujer que todavía sobreviven; y 2: Es estéril intentar guarecer al lenguaje de trazos discriminatorios, de manera que -por más que fomentemos formalismos farragosos y a veces hasta neuróticos- no es en el lenguaje sino en las relaciones sociales donde nacen y se administran los auténticos daños de la opresión de género.


El lío se ha vuelto a montar en estos días porque la RAE ha querido salir al paso de ciertas guías que han menudeado en los últimos tiempos y que asesoran a conferenciantes, escritores y hablantes en general respecto a las prácticas lingüísticas. La Academia tiene un problema similar al de los agentes de tráfico, los jueces o los árbitros de fútbol, que todo el mundo se siente en condiciones de juzgar y censurar su labor -designándolos como causantes de sus desdichas-, pero que no podemos pasarnos sin ellos, pues su ausencia sería el momento inmediatamente anterior al caos. Es cierto que el informe de sus expertos respecto al tema adopta un tono paternalista algo irritante, lo cual asocio al riesgo de oler un poquito a rancio que arrastra toda institución que apoya su legitimidad en la tradición. Son menos excusables algunas inconsecuencias que abren flancos muy cómodos para sus enemigos.

Dice la RAE que no se deben modificar reglas como la del género masculino que funciona también como neutro, pues forma parte de una tradición muy acrisolada en la cultura hispano-hablante. Si el papel de una institución mediadora es aceptar la tradición como criterio de verdad y de justicia, entonces se diluye la autoridad moral desde la que pretende prescribir nuestros actos de habla, pues del pasado provienen costumbres admirables que debemos preservar, pero también otras odiosas, en cuya abolición definitiva debemos comprometernos. Aún así la RAE ha modificado criterios normativos y ha incluido usos lingüísticos que anteriormente juzgó intolerables. Esto supone, y así lo admite la misma institución, que la lengua es un organismo vivo que los hablantes construimos juntos día a día. Vivir es habitar el lenguaje, por eso mismo no se entiende que se apele a la tradición como garante único de corrección, ya que es precisamente la evolución de las mentalidades y, por tanto, de las relaciones entre los seres humanos, lo que hoy nos pone en situación de plantearnos abolir el sexismo lingüístico. Y la razón es clara: ya no es legítimo el machismo, por más que sigamos encontrándolo por todas partes.



No es fácil en cualquier caso ser Academia. A la gente le molesta que vengan unos tipos con aire de suficiencia a decirle cómo tiene que hablar. Y, sin embargo, y aunque suene mal, la función de la RAE sí es prescriptiva, es decir, sí tiene la facultad de tolerar o prohibir usos de la lengua castellana, y la tiene porque los castellano-hablantes le hemos habilitado para ello.¿Es sexista la RAE? Supongo que habrá académicos que lo sean y otros que no, cosa que me importa bien poco. Lo que no creo es que el lenguaje sea sexista, o mejor, no creo que el carácter sexista que en origen gesta algunas prácticas lingüísticas nos convierta en sexistas a sus usuarios, de la misma manera que evitar las prácticas en cuestión no nos libra de ser unos machistas. Si uno tiene las edificantes costumbres de zurrarle a su mujer, de insinuarle a las chatis cochinadas cuando está en el bar con los amigotes -qué majos- o de ponerse a la defensiva cuando descubre que su nuevo jefe es una fémina, entonces vale de bien poco que diga "compañeros y compañeras".


Miren, uno de los mayores hijos de perra que he conocido era un empresario que tenía una academia privada para sacarle los cuartos a padres que tenían la ingenuidad de enviarle a sus hijos para que estudiaran por las tardes, a ver si recuperaban las asignaturas suspendidas. El tipo metía en plantilla de profesores sin contrato a jóvenes incautos e ilusionados, recién salidos del horno de la Facultad, les pagaba el primer mes para que se confiaran y luego dejaba de hacerlo, con lo que estos se quedaban semanas y meses trabajando gratis confiando en que antes o después cumpliría su promesa de pagar los adeudos. Había quien ponía el asunto en los juzgados, e incluso quien amenazaba seriamente con pegarle dos tiros a aquel bastardo, pero la mayoría terminaban desistiendo y dejándolo correr, pues a fin de cuentas "tampoco es mucha pasta y no me voy a meter en líos por eso." Pues bien, adivinen, el bastardo en cuestión fue el primer caballero al que, para referirse a un grupo de personas de las que yo formaba parte, entre las que había mujeres y varones, nos llamó "vosotras". Se justificó diciendo que las nuevas normas lingüísticas -les hablo de hace unos veinte años- aconsejan usar el femenino cuando la mayoría de los aludidos sean féminas. No sé si para casos en los que el auditorio contenga cientos de personas hay previstos sistemas de contabilización de individuos de uno y otro sexo, pero sospecho que, además de salir caro y resultar algo farragoso, se crearía un problema con aquellos individuos que según uno los mira no se acaba de saber si son chatos o chatas.


No se si ven a dónde quiero ir a parar. Lo que a mí me chirría de todo este asunto es el exceso de atenciones que concita. Ni me parece estúpido el esfuerzo que el feminismo clásico ha hecho para evitar ciertos modos sociales -y eso incluye por supuesto el lenguaje- que resultan degradantes y discriminatorios, ni me parece que la RAE y quienes nos negamos a la dichosa coletilla femenina en cada frase seamos por ello unos machistas. En cualquier caso, si lo somos, mucho me temo que al menos yo no voy a perder demasiado tiempo en actos de contrición, pues sospecho que si el infierno me aguarda es por cosas bastante peores que no hacer como el ínclito Cayo Lara, a quien recientemente se le escuchó la siguiente frase: "voy a echar una mano a los compañeros y compañeras del partido para que los ciudadanos y ciudadanas cordobeses y cordobesas...".

Dijo Robert Hughes (La cultura de la queja. Trifulcas Norteamericanas, 1993): "Si estos afectados retorcimientos del lenguaje hicieran que la gente se tratara con mayor respeto y consideración, se les podría encontrar alguna justificación. Pero no es verdad, la idea de que puedes cambiar una situación buscando una palabra nueva y más bonita para denominarla surge del viejo hábito americano del eufemismo, el circunloquio y la desesperada confusión sobre la etiqueta, provocado por el miedo a que lo concreto ofenda (...). Cuando baje la marea de lo políticamente correcto -como acabará por pasar, dejando la previsible basura de palabras muertas en la playa social- será, en parte, porque los jóvenes acabarán hartos de tanta mojigatería verbal en los campus. Los impulsos radicales de la juventud son generosos, románticos e instintivos, y se marchitan fácilmente en una atmósfera de corrección tonta y obsesiva."


Desde la perspectiva de Hughes la cultura de la corrección política corresponde no tanto al postmarxismo como al postpuritanismo rampante en las universidades norteamericanas desde los 80 y los 90. Con indudable gracia, plantea que ni los españoles llamamos "personas pequeñas" a los enanos de los cuadros de Velázquez, ni los franceses llaman "el verticalmente desajustado" a Pipino elBreve. Quizás sea este el error de Hughes, creer que el problema es solo norteamericano.
A ver si, al menos en estas gilipolleces, no les secundamos, amigos y amigas.

Saturday, March 03, 2012





LA JUVENTUD PROTESTA

La juventud baila era el nombre de una sección del programa musical Aplauso, una horterada televisiva muy de hace tres décadas, cuando TVE intentaba no tanto sacar a los jóvenes a bailar y hacer el Tony Manero por las discotecas -que eso ya lo hacían sin ver Aplauso-, sino más bien convencer a los papis de que había que aceptar que sus chicos se divirtieran los fines de semana e incluso se dejaran aquellos pelos cardados tan del gusto de los tiempos. Vamos, que había que modernizarse. Hoy, aquel tipo calvo y con pantalones acampanados que lo presentaba podría presentar la sección aunque cambiándole el nombre: La juventud protesta. Sería una buena manera de adiestrar a los diez millones de adultos que en este país votan con aparente convicción a la derecha en la idea de que los chicos que se manifiestan -como ese perro del vecino que te muestra el colmillo amenazante pero "sólo quiere jugar"- hacen estas cosas sólo para divertirse un ratito. Así, el programa -que en vez de Aplauso podría llamarse Disturbio- incluiría concursos sobre las mejores consignas contra el Gobierno, los chicos más diestros en la quema de contenedores y, por supuesto, los policías que pegan hostias como panes.

Es bastante imbécil todo lo que acabo de decir, sí, pero tamaña estulticia se aviene perfectamente con la idea que la prensa de derechas -es decir, casi toda la de este país- proyecta respecto a las movilizaciones estudiantiles que protagonizaron la actualidad informativa de la última semana. Lo primero que deberíamos preguntarnos ante algaradas como éstas es si se trata de episodios aislados y marginales o si, como en la metáfora del iceberg -que sólo deja ver la minúscula parte de sí que emerge a la superficie- nos encontramos ante la concreción de una problemática profunda.

Si, como parece creer la derecha, se trata de una operación de agitación urdida desde algún lóbrego laboratorio por el artero Rubalcaba, el cual se ha servido de la rama violenta del mundo perroflautista para desestabilizar al Gobierno, entonces sí: se trata de un fuego localizado que conviene sofocar sin contemplaciones. Esta versión, que legitima la acción policial "contundente", responde al prejuicio más extendido de la derecha española, el de que el "felipismo" continúa conspirando para destruir la estabilidad de una nación y provocar pestes, guerras, sexo promiscuo y puede que hasta las derrotas del Madrid. Esta convicción, que apela a la maldad congénita de la izquierda, se complementa extrañamente con la que parece su contraria: la de que los chicos que, como los del IES Luis Vives la semana pasada, se lanzan a la calle a protestar, son unos niños malcriados que, como lo tienen todo y se aburren, montan jarana cortando el tráfico con la misma mentalidad con la que se lanzan a hacer un botellón y lo dejan todo perdido. Tras estos inocentes manipulados, a los que no vienen mal un par de coscorrones a ver si aprenden -ya lo decía mi abuela: "como vaya yo os doy una que os avío, gorrinazos"- detectan la incapacidad de la izquierda para aceptar que los conservadores tengan el poder. Prueba de ello sería que ha sido ganar Rajoy y empezar los conflictos en la calle. Que hay una mano negra, vamos.

No deja de llamarme la atención que este tipo de argumentaciones, que he leído y oído varias veces a raíz de los sucesos estudiantiles, en especial los de Valencia, provengan de quienes han estado ocho años realizando con un tesón envidiable la labor de oposición más desleal e irresponsable que yo recuerdo jamás, empezando por la repugnante insidia urdida en torno al 15-M y acabando con la serie de mentiras que configuraron su programa electoral. Nunca en los treinta y pico años de democracia tuve tan claro desde que Aznar perdió el poder por su propia estupidez que hay una España poderosa para la cual es completamente insoportable la idea de que la izquierda -incluso una izquierda tan titubeante como la del PSOE- gobierne la nación. Tampoco deja de sorprenderme la descalificación que se hace del derecho de manifestación. No sé si Rajoy pensaba que la gente se quedaría tranquilita en casa, felicitándose ante la Reforma Laboral o los recortes de los servicios públicos, pero yo he visto docenas de manifestaciones del PP a lo largo de estos ocho años, normalmente al lado de los prebostes eclesiásticos y en favor de cosas que por lo visto les preocupan mucho como la familia o el derecho a la vida de los niños.


En suma, que los estudiantes no saben lo que quieren, que es a fin de cuentas lo que suele pasar con los adolescentes, Jesús qué cruz, y cuánto me costáis de criar.


Voy a dejar de hacerme el gracioso, sobre todo porque el tema no tiene puta gracia. La semana pasada critiqué duramente la desproporcionada respuesta policial frente a unas manifestaciones cuyo poder disruptor era inicialmente escaso. Pero el asunto de la dureza policial, que puso a Valencia en las cabeceras periodísticas mundiales por la incompetencia de algunos responsables y que ha desencadenado muchas de las protestas posteriores, es solo la punta de un iceberg cuyo resplandor valdrá muy poco si no sabemos atender a lo que hay por debajo.

Ahora habría de referirme a la profunda problemática en medio de la cual vive la enseñanza pública. Las declaraciones de los responsables de los departamentos educativos apuntan a una estrategia de descrédito de las movilizaciones que me parece miserable: "no hay recortes en educación", dijo una delegada del gobierno valenciano, "sólo ha habido reducciones en complementos salariales". Que un trabajador salga a la calle porque le han reducido drásticamente el sueldo parece algo bastante comprensible, que no se entienda que lo que a los miembros de la comunidad educativa nos está irritando es el deterioro de la escuela pública, cuyo efecto sufren los ciudadanos, es algo que no me sorprende nada de la delegada en cuestión, la cual estoy seguro de que vive en una casa estupenda, lleva a sus hijos al Caxton y saldrá de la vida pública con una pensionaza super chupi. En cualquier caso, lo que de verdad se pretende, más que desprestigiar a los profesores -a los que ya nos tiene bastante manía la gente, dicho sea de paso-, es insinuar que los estudiantes que gritan y cortan el tráfico están manipulados por nosotros. Y es aquí donde se equivocan.

Llevo años -ellos pueden decirlo- reprochando a mis alumnos que, de tanto en tanto, les dé por declararse en huelga y abandonar las clases, una actitud que, cuando -como muchas veces sucedía hasta hace poco, no se sabe muy bien qué se reivindica- me parecía dañiña para la vida académica de institutos como el mío, donde ya tenemos bastante dificultad para competir con la escuela concertada para que, además, nuestros queridos estudiantes pierdan clases. Lo de las últimas semanas me está sorprendiendo. Mis alumnos ya no se declaran en huelga para eludir un examen, irse a ver una mascletá o quedarse en casa durmiendo; parece que, por primera vez desde que ejerzo esta profesión, la mayoría tienen muy claro que se están jugando algo en el espacio público. Han entendido al fin eso que tantas veces les hemos dicho creyendo que caía en saco roto: la política, que es bastante más que dos partidos repartiéndose la tarta del poder, les afecta seriamente.

Digámoslo de una vez: este no es sólo un problema de las escuelas, los jóvenes están saliendo a la calle a gritar porque tienen miedo. Lo que escuchan y leen a los adultos sobre lo mal que se está poniendo todo ha dejado de resbalarles, y han empezado a entender que si sus padres lo están pasando mal ahora mismo es porque, probablemente, lo que les espera a ellos por ejemplo a lo largo de esta segunda década del siglo es aún peor. Algunos empiezan a sospechar que podrían no salir de los trabajos basura, que cuando sean mayores no habrá unas instituciones solidarias que les protejan de la enfermedad, la vejez o la delincuencia, que cuando estén en el paro tendrán que mendigar para vivir, que nunca tendrán una casa y probablemente no marchen nunca del hogar paterno... ¿Sigo? Supongo que es difícil entender esto cuando uno ve la vida a través del prisma de Intereconomía y La Razón, pero el hecho, y sé de lo que hablo, es que los jóvenes no protestan porque les cierran pronto el pub o porque no les dejan ya piratear películas: protestan porque están aterrados, protestan porque han dejado de confiar en la seguridad del mundo que decíamos haber construido para ellos.

¿Tienen razón para ello? Me gustaría pensar que no, que su inquietud es comprensible pero demasiado teñida de un pesimismo que uno podría asociar a la impaciencia propia del temperamento adolescente. Pero mucho me temo que van bien orientados. Y solo espero que si se dan cuenta de lo que les espera no cambien lo de sentarse en una calle a parar el tráfico por cosas como las que vimos este verano en los suburbios de Londres o antes en los de París.


NOTA: La revista Ojos de papel me ha publicado un artículo en relación al mundo de la publicidad y la serie televisiva Mad Men. Me gustaría mucho que leyerais éste y otros artículos y reseñas sumamente interesantes que aparecen en la revista. http://www.ojosdepapel.com/

Friday, February 24, 2012




LA PRIMAVERA
VALENCIANA


En estos últimos días se me ha ocurrido consultar las planas web de los más prestigiosos diarios del mundo. En la sección de noticias del extranjero de
Le Figaro, por ejemplo, encontré referencias respecto a los violentos evènements de esta semana en el Centro de Valencia. Se habla de violencia policial extrema y aparecen alusiones nada veladas al recuerdo de las cargas policiales de los grises contra estudiantes y discrepantes del tardofranquismo. En estos casos, lo socorrido y lo supuestamente prudente es defenderse con aquello de que en el exterior no entienden lo que pasa aquí, y más si son los "gabachos", y encima ahora con lo de los guiñoles sobre el doping y la envidia que nos tienen... En fin, que podemos sentirnos todo lo ofendidos en nuestro orgullo patrio que queramos, pero si no entendemos que imágenes de una violencia y una crueldad atroz -como las que hemos presenciado en los últimos días- nos asocian en la opinión pública del mundo civilizado a sociedades bárbaras, entonces es que nos merecemos gobernantes como los que tenemos.

Yo no creo que sea tan difícil aceptar que en el mundo generen una indignada estupefacción las secuencias que acabamos de presenciar. Les aconsejo que insistan en verlas. Se encontrarán a un antidisturbios arrastrando de una pierna a una adolescente, a otra que aterrada grita "¡para!" cuando le acorralan y están a punto de darle con la porra, otro que en el suelo es esposado mientras le ponen una rodilla encima con un abuso de poder tan flagrante que hiere el más mínimo sentido de la dignidad... Son imágenes ofensivas que nos inclinan a exigir dimisiones y destituciones: hay personas que no deben desempeñar ciertos cargos porque, simplemente, no tienen la integridad moral ni la fortaleza de ánimo para cumplir la exigencia de proteger la convivencia. En las últimas horas he hablado con alumnos de mi instituto y con algunos de sus padres. Cuando el pasado miércoles muchos acudimos a la manifestación convocada de urgencia
en el centro de Valencia, no teníamos tanto interés en demandar la dimisión de la Delegada del Gobierno o en denunciar la brutalidad de las llamadas "fuerzas del orden", como de mostrarle a la opinión pública que quienes en la actualidad protestamos contra una política educativa equivocada e injusta, somos ciudadanos pacíficos y razonables, y que no estamos dispuestos a consentir que se maltrate de manera indecente y caprichosa a nuestros alumnos e hijos.

¿Cómo se explica un ejercicio de violencia tan desaforado? Miren, yo he conocido mucha gente de derechas. No estoy diciendo que la legitimación de la violencia sea patrimonio de reaccionarios, lo que digo es que hay una manera muy peculiar en la gente de derechas de juzgar la obligación que las instituciones tienen de preservar el orden en las calles. Es la misma gente que maldice a los políticos por no promulgar leyes más duras, a los jueces por no condenar a tal y a cuál y a la policía por no atreverse a sacar la porra a las primeras de cambio. No dudo que una gran parte del electorado del Partido Popular cree que los problemas de convivencia se deben a la falta de esa mano dura y el exceso de ciertos derechos y garantías jurídicas. Por esa misma pendiente deslizante vienen la reivindicación de los cumplimientos íntegros de condena, la privación de derechos de los inmigrantes, la pena de muerte y todas esas otras cosas tan bonitas que garantizaron a la Dictadura el ejercicio caprichoso e impune de poder durante cuarenta años y que, por lo visto, muchos echan todavía en falta, seguramente porque no han terminado de asumir que este país se ha hecho mayor y que es la ciudadanía la que, sin tutelas, debe gobernar su propia convivencia.

Insisto: ¿cómo se explica? Me viene a la cabeza aquello que pasaba en el Instituto, el facha era casi siempre el más tonto de la clase, el que decía las payasadas de las que todos nos reíamos hasta el punto de tomarle el cariño que se le toma a un friki. No es difícil imaginar una conversación entre los dirigentes populares de Madrid y la Delegada del Gobierno en Valencia, cuya dimisión está siendo reiteradamente demandada en los últimos días: "¿Eres consciente, Paula, de que has puesto a esta ciudad en el mapa mundial de la violencia y la represión como si esto fuera Siria?"

Si el sentido institucional de un cargo político tiene que ver con virtudes tan antiguas como la prudencia, se me ocurre pensar si a quien ha delegado el Gobierno en nuestra querida ciudad es a una pirómana. ¿Hubo una voz telefónica que ordenó cargar de manera inmisericorde contra los chicos que, sentados en medio de la calle, detenían el tráfico? ¿Se dieron órdenes directas de atacar a cualquiera que estuviera en aquel momento por la calle, aunque fuera en la acera, y de hacerlo con "toda la contundencia necesaria"? Saquen ustedes sus conclusiones, pero es repugnante que un cuerpo policial preparado para enfrentarse a elementos delincuenciales altamente peligrosos se líe a porrazos contra un grupo de ciudadanos indefensos, muchos de ellos menores. Es simplemente mentira que fuera comportamientos vandálicos los que dieran inicio a las cargas, salvo que decidamos hacer caso a la TDT party y nos guste invertir la lógica de las víctimas y los verdugos. Lo que sí hubo es intentos de protegerse de una violencia brutal, lo cual tiene muy poco que ver con la cantilena, tan habitual en la derecha, que asocia cualquier protesta callejera con los "anti-sistema" y otros fantasmas. ¿Recibieron provocaciones los antidisturbios? Primero deberíamos definir el concepto de "provocación" -yo recibo muchas todos los días de algunos alumnos, pero no me lío a golpes con ellos-, y después resolver que la función de un agente no es proteger su orgullo sino la integridad de los ciudadanos.


Es, por cierto, un uso irremediable en estos casos: la derecha española está empeñada en encontrar en la izquierda un trasfondo violento y radical, como si detrás de cualquiera que participe en una manifestación haya un incendiario de iglesias, un portador de cócteles molotov o un aspirante a maquis siempre a punto de dar el salto y echarse al monte gritando mueras a la patria. Pero el problema de la derecha, como el del tonto a las tres aquél del facha de mi clase, es que jamás ha sabido entender las razones de sus adversarios ideológicos, seguramente porque es incapaz de traducirlas a las suyas, que son de una índole muy distinta.

¿Infinita torpeza? Es lo que uno diría por puro sentido común. Si la función de las fuerzas del orden es, como su nombre indica, evitar que el desorden y la conflictividad se apoderen de las calles, lo que consiguieron los responsables de aquellas largas horas de carga y mamporros, es justamente que la tensión se incrementara hasta límites inimaginables. Unos cuantos chavales protestando por la falta de calefacción en su Instituto han provocado el efecto mariposa de poner a Valencia en el epicentro de la cultura reivindicativa de los jóvenes del mundo desarrollado... Ni ellos mismos hubieran podido imaginarlo nunca; sólo la insensatez de unos políticos o el patético "cojonudismo" de unos mandos policiales con evidente falta de instrucción democrática explica este desastre. No es tema de broma, pero las declaraciones del responsable policial en cuestión, quien denominaba el "enemigo" a los chicos que se manifestaban, no deja de recordarme a los Hernández y Fernández, aquellos policías tontos hasta la exageración de los tebeos de Tintín.

Se me ocurre otra interpretación. ¿De verdad creemos que la resolución de desarticular con tan abusiva contundencia la protesta estudiantil vino de Valencia? ¿No será que el Gobierno de Rajoy, que se teme un recrudecimiento de la experiencia de los Indignados en los próximos meses, está tratando ya de amedrentar a quienes opten por reiniciar las acampadas en Sol y otras plazas públicas de España? En este sentido, Valencia habría sido habilitada como laboratorio nacional de la represión y la intimidación. Habría que decirle entonces al señor Rajoy que, de momento, la prueba sale negativa y además les explota entre las manos: en vez de disuadir a la gente, lo que está consiguiendo es incitarla a salir y manifestarse. Creo que fue un concejal del PP en no sé qué pueblo de Asturias el que, después de un acalorado debate con gente de IU, dijo: "La culpa de todo esto la tiene la puta democracia." Dio en el clavo, con Franco cuatro hostias bien dadas obligaban al enemigo a desistir o, cuanto menos, a recluirse en la clandestinidad y no hacer obscena exhibición de sus discrepancias con los poderes establecidos. Qué putada esto de la democracia, sí.


Tema para discusión en clase de Ética. Partiendo del principio enunciado por Max Weber, que define al Estado como la agencia que detenta "el monopolio del uso de la violencia", pregunto a mis alumnos cuáles son los límites de la acción policial. Algunos de ellos quieren ser policías en el futuro. Les animo a que lo sean y que recuerden siempre que la función de un guardián del orden público es proteger a los ciudadanos. Y les recuerdo también que servir a unas instituciones democráticas y jurar la Constitución supone creer honestamente en aquello que uno defiende. Espero que no lo olviden, para eso estoy yo.

Friday, February 17, 2012




TRAGAR


Viernes. Ha vuelto House. Octava y última temporada. Se ha hecho recurrente la asociación entre el Doctor y la frase "Todo el mundo miente". La filosofía lleva milenios analizando el sentido de esta frase. Resulta problemática porque, al margen de que pueda contener mucho de verdad, establece una pretensión totalitaria que la hace deslizarse hacia su propia impertinencia. Si solo hay mentira, entonces no existe la verdad; si no existe la verdad, ¿cómo podemos entonces definir su ausencia? Y, de otro lado, ¿en qué posición queda respecto a la veracidad de su aserto el que pronuncia la frase? ¿Está diciendo la verdad al decir que todos mentimos? ¿No será que sabe que lo que está diciendo no es del todo cierto, en cuyo caso habríamos de concluir en que no es verdad que todos mintamos?

Es un buen lío, sí, acaso sea mejor conformarse con aceptar que las relaciones humanas se dirimen en una zona de sombra y que no podemos determinar cuándo los demás están siendo sinceros con nosotros. Como principio de prudencia para la aplicación de la metodología científica es útil, pues el médico debe sospechar que lo que le dice el paciente respecto a su estado es falso. Ello resulta sorprendente, pues entendemos que éste debería ser sincero al máximo para facilitar la labor del médico, si entendemos que lo que uno quiere es curarse. Pero House tiene razón, las personas se mienten continuamente a sí mismas, seguramente porque la vida se les haría insoportable si se les representara la verdad desnuda. ¿Cómo esperar entonces que una brutal tormenta de lucidez se apodere de ellos cuando se tumban en la consulta? Si no estuviéramos engañados respecto a nosotros mismos puede que ni siquiera necesitáramos a los médicos.

Mi aserto houseano preferido es otro. En un episodio perdido en alguna temporada remota, uno de sus jóvenes colaboradores del equipo de diagnóstico le recuerda a House que tienen que atender tal caso antes que tal otro porque aquél es más importante.

-"Nada es importante", contesta House.

La frase es enigmática y vuelve a su autor un trasunto del gran fatalista rumano, Cioran. Desde el irrespirable nihilismo que nos depara, vemos erguirse, insolente, el humo tóxico de su gélida lucidez. Después de todos estos años, concedo a House el derecho a una afirmación como ésta, que nos deja a dos centímetros de la locura, ese lugar fronterizo que es acaso el único en el que alguien como él -o como Cioran- puede vivir sin enloquecer definitivamente.

Bajo el efecto de la vicodina, claro.

Jueves. Un preso influyente y especialmente mal parido amedrenta a House en la cárcel a la que ha ido a parar después de una conducta tan absolutamente execrable, que ya ni siquiera sus escasos y fieles amigos quieren seguir a su lado: ha estrellado su automóvil contra la casa de su ex-novia, la Doctora Cuddy, que en ese momento celebra una cena con su hija y varios amigos, entre ellos su nueva pareja. Le chantajea exigiéndole una provisión de pastillas narcóticas haciéndole ver que en la prisión prevalece la ley del más fuerte y que la alternativa del débil es someterse o morir. Cuando al fin House consigue las pastillas, se dispone a entregárselas al extorsionador en el comedor, quien, con una despreciativa sonrisa en la boca, comete el mayor error que se puede cometer con Gregory House, le humilla recordándole que ha claudicado: "Al fin has entendido que lo mejor es tragar, ¿verdad?". En ese momeno, House arroja las pirulas al aire y una jauría de presos se lanza al suelo a por ellas. House va a morir, los matones del extorsionador se disponen a liquidarle sin piedad... Termina salvando milagrosamente el pellejo, claro.

¿Tenía que tragar? Sí, desde luego es eso lo que la prudencia aconseja, pero es un error menospreciar la resistencia de las personas. He caído en este error algunas veces en mi vida, pero he aprendido a hacerlo cada vez menos y, sobre todo, creo que es un error que otros han cometido conmigo, lo cuales un problema para mí, pero sobre todo es un problema para ellos. Con frecuencia establecemos la medida de la dignidad, la fuerza y el atrevimiento de una persona, creyendo poder fijar unos límites incuestionables. La cara de sorpresa que ponemos cuando vemos saltar por los aires ese límite es especialmente estúpida. No hay nunca que desestimar la capacidad de los seres humanos para proteger su honor, tampoco cuando parecen estar muertas de miedo.

Miércoles. Garzón, los recortes, la corrupción... Y, muy especialmente, la Reforma Laboral. Intentan hacernos entender que lo mejor para nosotros es tragar. A ustedes puede parecerles demagógica la comparación con el hijoputa que extorsiona a House, pero, qué quieren que les diga, yo al menos a éste le veo cierta honestidad, pues le pone las cosas claras: "los fuertes aplastan a los demás, por eso tú tienes que tragar". En nuestra querida y avanzada sociedad demoliberal los mandarines tienen que cargar con la obligación de convencernos, una vez nos han relegado a la servidumbre, de que lo mejor para nosotros es ser unos siervos. Para eso tienen las teles y los periódicos, que no es poco ejército, pero tampoco tienen rubor, como se ha hecho estos días en el centro de Valencia, de sacar a la policía a soltar hostias a los estudiantes cuando les pega por montar un poco de bulla y parar el tráfico. Si los jóvenes conocieran con certeza los contornos del futuro que la clase empresarial y el gobierno está trazando para ellos no se conformarían con parar un rato el tráfico.

Martes. No discuto que para muchas y pequeñas empresas sea una necesidad de supervivencia obtener condiciones de despido más favorables que las que se tenían. Ahora bien, es difícil entender que facilitar las condiciones del despido vaya a generar otro efecto que el de aumentar los despidos. ¿Se contratará más? Difícilmente, dado que se requiere una reactivación que no va a llegar si a nos bajan más los salarios, si algunos que trabajaban van a la calle y si los que se sentían seguros constriñen todavía más sus gastos porque se sienten más inseguros. Lo que parece que no hay manera de que entienda la clase empresarial española es que lo que un señor produce y vende necesita un mercado dotado de capacidad de gasto; si todos somos más pobres y vivimos menos seguros porque las condiciones del asalariado se desregularizan, es decir, se vuelven más precarias, entonces no sé a quien demonios piensa venderle lo que produce. Todo lo que gane ahorrándose de partida costes de personal terminará perdiéndolo después cuando el mercado se jibarice, que es, a fin de cuentas, en lo que consiste una recesión como la que tenemos.
No sé cómo se sale de esta espiral, pero la mayoría entendimos hace ya mucho tiempo que las eras revolucionarias acabaron en Occidente con el gran pacto tácito entre clases por el cual la miseria y el abandono a su suerte de los débiles habría de ser resuelto o, cuanto menos, residual en una sociedad donde la libertad económica y la prosperidad habrían de ir acompañadas de una razonable redistribución de la riqueza, lo cual no se debe confundir con ningún principio de caridad cristiana, como los que -con una abyecta hipocresía- utiliza con frecuencia la derecha norteamericana del Tea Party.

Me da mucho miedo el regreso de la Cuestión Social, aquella violencia estructural característica de la Revolución Industrial en cuyas fábricas se producían mercancías a ritmo tan acelerado como se generaban pobreza, explotación y servidumbre. Quizá el futuro es competir con el capitalismo asiático con las armas del capitalismo asiático, o lo que es lo mismo, asumiendo sumisamente que debe haber unos cuantos ricos muy ricos y que la mayoría hemos de vivir cada día peor.

Si aceptamos esta hipótesis nos quedaremos sin recursos éticos para hacer ver a los jóvenes que queman contenedores y bloquean el tráfico que lo que hacen está mal. Y da bastante miedo quedarse sin legitimidad moral, ya lo creo.

Lunes. Arancha Sánchez Vicario me dio siempre un poco de lástima. Es frívolo, sí, teniendo en cuenta la fama y la fortuna de la que gozó durante su brillante carrera tenística. Detrás de cada estrella infantil del deporte suele haber una familia codiciosa. Lo que no entendí ya entonces es que se hablara con admiración de los Sánchez Vicario como una familia ejemplar. Las acusaciones de elusión de obligaciones fiscales fueron ignoradas porque Arancha acumulaba títulos que agrandaban las glorias de la patria. Ahora estalla un escándalo con el que se lo están pasando bomba las hienas de la prensa rosa. Se me ocurre seguir ampliando la lógica desreguladora de las reformas fiscales: acabar también con las leyes que prohíben la explotación infantil. A fin de cuentas ya se hace en amplias zonas del planeta. Una broma siniestra, desde luego. Pero es que el mundo se está poniendo muy siniestro, qué quieren que les diga.


Saturday, February 11, 2012






EL JUEZ GARZÓN



1. "En este país hay demasiadas opiniones", oigo decir a un prestigioso catedrático de Historia en una conferencia sobre el progreso y la herencia ilustrada. Tiene gran parte de razón, pero su aseveración arrastra un peligro, el de la disuasión, el del silencio, que, como bien se ha demostrado a lo largo de los tiempos, es la peor de las complicidades cuando se hace insistente y multitudinaria. Lo que sobran no son opiniones, en todo caso sobran exabruptos... De eso sí hay en exceso, y cuesta a veces abrirse camino en la telaraña que abren de injuria, calumnia y bajos instintos. De ello podríamos acusar a ese taxista que, dos segundos después de acomodarnos, ya ha encontrado la excusa perfecta para despotricar contra los navajeros, los inmigrantes, los socialistas, los maricones y los funcionarios. Pero lo preocupante es que, por ejemplo en estos días al hilo de la condena de Garzón, estamos viendo cómo no sólo la infantería cavernícola habitual, sino incluso responsables políticos de alto nivel se permiten el lujo de jalear el fin de la carrera de un juez que tiene toda la pinta de molestarles porque persigue a los "suyos", entendiendo que los suyos pueden ser los corruptos o los criminales del franquismo.

No creo que sobren opiniones, creo en todo caso que faltan opiniones bien fundamentadas, las cuales, no por serlo, resultan necesariamente acertadas, pero sí merecen entrar en el debate, al contrario que los simples exabruptos, que deben ser tranquilamente ignorados y no suscitar más que un profundo desprecio moral. El peligro contrario al del exabrupto es el de la falta de autoestima del ciudadano de a pie, es decir, del lego en tales o cuales materias, el cual, abrumado por expertos demasiado aficionados a silenciar a los discrepantes, puede tender a refugiarse en la comodidad de la opinión teledirigida o incluso del silencio. Y miren, en casos como éste el silencio me parece vergonzante.

Yo animaría a todos a leer la sentencia de Garzón, a analizar las circunstancias tan complejas que rodean este asunto, a hacer examen de la relación que a lo largo de nuestras vidas hemos tenido cada uno con los medios jurídicos, a valorar el estado de salud del que en la actualidad goza aquel viejo principio de la separación de poderes... Preguntémonos, en definitiva, si la función esencial que atribuimos a las magistraturas, salvaguardar los derecho de los ciudadanos, en especial los más débiles, frente a los abusos está siendo cumplida de forma equitativa y con arreglo a principios democráticos.

2. Me informo concienzudamente, consulto la sentencia*, leo opiniones de personas a las que merece la pena escuchar y, finalmente, escucho con suma atención la interpretación técnica de expertos en Derecho con muchos años de ejercicio profesional... Después establezco mis propias conclusiones, y de ellas sólo yo soy dueño y responsable.

Veamos. La sentencia da a entender que el juez Garzón ha cometido abusos intolerables sobre el derecho de defensa de las personas a las que tenía imputadas por el caso Gurtel. Quienes me asesoran, y confío en ellos, aseguran que en este sentido la sentencia es impecable, demasiado impecable quizá. Los miembros del tribunal han sido extremadamente pulcros y exhaustivos con el evidente objeto de construir un dictamen al que no hubiera manera de buscarle las vueltas. Correcto, si eso constituye delito de prevaricación, parece razonable que Garzón sea expulsado de la carrera judicial. ¿Lo es?

Aquí es donde aparecen mis dudas porque a este ciudadano, lego en derecho pero convencido de que debe exigir justicia, no le cuadran demasiado algunas cosas.

a. ¿Son tan pulcros y exhaustivos los jueces españoles siempre que sentencian? Sí, ya lo sé, este caso requiere una especial atención, pero también la requieren los casos de corrupción, y tengo muy serias dudas de que los corruptos de este país estén siendo perseguidos con la misma dedicación y contundencia con la que lo está siendo este juez que supuestamente abusa de las reglas del juego cuando pretende obtener pruebas de sus imputados. Mi opinión es que las instituciones de este país son indulgentes con los corruptos, que por la calle pululan impunes personas muy poderosas que han malversado fondos públicos y se han enriquecido ilícitamente con el dinero de todos, y creo que eso se debe, en gran medida, a que no se les ha perseguido adecuadamente.

b. Observo que la fiscalía y el juez que se hizo con el caso Gurtel cuando Garzón se inhibió dieron por buena la instrucción que éste había realizado y que sus acusadores calificaron de "monstruosa". Dicho calificativo es ratificado por la sentencia, cuyos autores no dudan en dar lecciones al sentenciado -y a todos nosotros, incluyendo a quienes nos observan atentamente desde el extranjero- respecto a las esencias éticas de la democracia cuando comparan los procedimientos de Garzón con los propios de estados totalitarios. Fiscalía y juez sustituto necesitan por lo visto esa moraleja, tanto como los numerosos y prestigiosos juristas que consideran que Garzón es objeto de una cacería y que el objeto de la misma no es tanto defender derechos ciudadanos como apartar a este personaje de la carrera judicial y, de paso, amedrentar a aquellos a los que a partir de ahora toque investigar la corrupción, especialmente si afecta al partido político que en la actualidad goza de un poder omnímodo en nuestro país.

c. Cuando a los jueces españoles les llega un caso con acusaciones de prevaricación hacia un colega, ¿se aplican a la elaboración de argumentos incriminatorios con tan encarnizado afán de proteger los derechos de defensa como en este caso? Si así fuera, yo me sentiría muy tranquilo, pues sabría que nunca van a ser conculcados por la arbitrariedad de un juez. Pero la verdad, es que no me siento muy tranquilo, me siento todo lo contrario, más bien tengo la sensación de que a partir de ahora la judicatura puede permitirse el lujo de ser más caprichosa, plutócrata y tendenciosa de lo que ha sido hasta ahora, cuando el acusado de caprichoso y tendencioso va a ser eliminado.

3. Tengo sospechas y dudas, no me siento en condiciones de hacer aseveraciones taxativas sobre ciertos temas, y sé muy bien lo que, por ejemplo en mi área profesional, pueden dañarnos ciertos enfoques mal informados y peligrosamente cargados de prejuicios hostiles. Me pasa como docente de un instituto de enseñanza secundaria y me pasaría si fuera juez o abogado. Ahora bien, que debamos despreciar los exabruptos de un energúmeno no quiere decir que considere inaceptable el derecho de los ciudadanos, es decir, de quienes hacen uso de los servicios públicos, a cuestionar y criticar nuestro trabajo, por más que nosotros seamos los expertos en la materia. Digo esto porque la pretensión de algunos miembros del Consejo General del Poder Judicial, indignados por la profusión de ataques sin fundamento que le están llegando a la casta judicial, o la llamada a la "responsabilidad" de la vicepresidenta del Gobierno (hay que tener desfachatez tras los ocho años de oposición al gobierno de Zapatero para ahora exigirnos ser serios y respetuosos con los poderes públicos), transmiten una voluntad disuasoria respecto a la crítica que arraiga en una concepción patrimonialista y antidemocrática de las instituciones, cuando es precisamente falta de respeto a la democracia lo que estos caballeros imputan a quienes critican la labor de los jueces.

4. Una conclusión. Este asunto no ha acabado. Garzón no volverá a ser juez, al menos en España, eso lo tengo claro, pero quienes creen que su figura está ya completamente desactivada demuestran valorar muy poco la determinación y el amor propio del personaje, sin olvidarnos de los apoyos absolutamente leales con los que cuenta dentro y fuera de este país. En cualquier caso, no debemos enfocar las implicaciones de este caso sólo en lo que pase con la vida de Garzón; lo que realmente me preocupa es lo que podemos aprender de este asunto en el que, sospecho, está en juego mucho más que la supervivencia profesional de un juez que se obsesionó con la exigencia moral de ser un hombre de justicia y no un burócrata. Lo que de verdad debe preocuparnos es si realmente tenemos un estado de derecho y si estamos dispuestos a luchar por defenderlo.


5. Otra. Pido por favor a quienes desde actitudes moderadas y reflexivas dicen ser reticentes desde hace mucho hacia Baltasar Garzón que dejen de utilizar calificativos irónicos o despectivos respecto a quienes expresamente alientan al juez, declarándole su admiración y comprometiéndose a no dejarle solo en las batallas que tiene que librar. Garzón no es muy "majo", ni es un juez estrella, ni quienes le elogiamos somos "fans". Fan se puede ser de David Bisbal, y yo en todo caso lo soy de Messi o de Loquillo, pero a Garzón no le admiro por ser guapo o por que marque goles. No seamos mezquinos. El veterano periodista Miguel Ángel Aguilar, por ejemplo, se burla de esta actitud llamándo al personaje desde hace años "el juez Campeador". Quizá debería preguntarse por qué mucha gente cree en tanto en ese caballero. Quizá debería escarbar en su propia conciencia y, como muchos veteranos incondicionales del felipismo, preguntarse si la determinación de Garzón de investigar en su momento los crímenes de estado acaecidos durante el gobierno socialista ya le ha sido perdonada o si, por el contrario, quienes se alían ahora con Esperanza Aguirre o Francisco Camps en eso de jalear la defenestración del juez son capaces de superar sus viejos deseos de venganza. Claro que Aguilar y Garzón son personas hechas de muy distinta pasta, así es la vida, qué vamos a hacerle.

Insisto, no seamos mezquinos, que otros hagan leña del árbol caído y sonrían satisfechos al paso de su féretro. Admiramos a Garzón porque, ante el coraje con el que ha sido capaz de perseguir a muchos de los poderes más dañinos y siniestros, no nos queda otra que reconocer que nosotros no hemos sido capaces de lo mismo. Garzón no es el Cid, es un ser humano como yo, y eso es lo que me inquieta, pues a su lado palidecen las atribuciones de valor y determinación que de vez en cuando alguien me hace. Admiramos a Garzón porque se cree capaz de luchar contra la impunidad. Qué desfachatez, creer -como rezaba el título de su libro- que podemos esperar vivir en "un mundo sin miedo" gracias por ejemplo a la labor de los jueces.

Seguramente estaba equivocado.

Friday, February 03, 2012




EL INVIERNO

Asisto a una reunión de profesores. No nos conocemos, no nos patrocina un sindicato ni seguimos ninguna directriz oficial. Las asambleas de profesores de los centros escolares públicos de la localidad han decidido coordinarse y dar lugar a este tipo de encuentros fuertemente marcados por la espontaneidad y la urgencia. Se me ocurre pensar -pese a que es la primera vez que veo a cada uno de los participantes y me son, por tanto, desconocidos- que una nube de tristeza atraviesa la fría sala donde hemos hecho un círculo en torno a una persona que, portátil en mano, trata de dar algún tipo de transitividad organizativa a los acuerdos. Preparar algo tan aparentemente sencillo como una concentración de la comunidad educativa ante el ayuntamiento y encerrarse después durante la tarde y la noche en las escuelas, supone tener que tramitar permisos, establecer redes de comunicación y tomar decisiones... Son actividades para las que uno ni ha nacido ni van a retribuírselas, entre otras cosas porque, de lo contrario, uno se habría hecho liberado sindical, cosa que no seré jamás así que ciegue.


La gente interviene, formula propuestas y se expresa con buen sentido, pero no se presiente ni el eco más remoto de entusiasmo revolucionario. Se adivina una misteriosa sombra de pesimismo tras cada propuesta, por más que su objetivo sea combatir a unos poderes que han decidido una vez más que las víctimas de la crisis van a ser quienes necesitan los servicios públicos, es decir, los que menos han hecho por provocarla. Se advierte el pesimismo, el apagamiento de los ímpetus juveniles. No extrañaría si fuéramos personas viejas las que nos reunimos, pero no es el caso, no somos niños, pero no tenemos edad para recluirnos entre los muros de la desesperanza y el nihilismo. (No sé, por cierto, si se tiene alguna vez edad para eso, se tiene en todo caso un cierto ethos, la actitud ante el vida, el carácter... algo que viene de muy dentro, que
se ha ido cuajando a cocción lenta en los recovecos más profundos de la memoria y que, cuando llega el enemigo con sus cañones, te hace apretar los puños con más fuerza o, por el contrario, salir corriendo despavorido). Pero no sólo se presiente, la amargura ha pasado a tematizarse, se hace explícitamente presente en cualquier conversación: "todos tenemos a nuestro alrededor gente que se ha quedado sin trabajo... ha cerrado el negocio... les han metido ya el ERE...la gente no va a querer entendernos porque somos tal y cuál...". El fraseo tan reconocible se acompaña de una mímica facial que reconoce que, junto a la exhortación a la resistencia, hay malas perspectivas respecto a las posibilidades de conseguir algo.

La izquierda es víctima, pero también es culpable de su melancolía. El bucle de tristeza en que vive tiene que ver no tanto con el envejecimiento de la Revolución como con el de sus defensores. La Revolución no se hizo, dicen, pero esto es falso, se ha hecho, solo que no ha sido como esperábamos. ¿Y qué esperábamos: que el Capital repartiera sus beneficios, que las pibas se abrieran de piernas a nuestro paso mientras cantaba Joan Baez, que Felipe González
nacionalizara la banca y creara leyes de hierro para los beneficios empresariales? Por amor de Dios... La decepción, convertida en un estado casi metafísico, es en verdad la respuesta que dan personas envejecidas a la única verdadera gran desilusión: la de que no se termina nunca de luchar, que jamás el mundo deja de ser brutal e injusto, la de que no dejáremos al irnos un mundo en orden como el que habíamos soñado para nuestros hijos.

Es cierto que el márchamo de los acontecimientos no induce al optimismo, pero ¿quién ha dicho que se combata bajo la inspiración del optimismo? Se combate porque no se tiene más remedio, ¿qué creíamos? Se lucha en medio del frío y con ganas de irse a casa cuanto antes. Cuando te reúnes y pasas horas interminables preparando carteles, encerronas y manifestaciones, lo que estás deseando no es que te lo agradezcan ni que te lo paguen, lo que deseas es que alguien te sustituya y te deje a ti la comodidad del sofá desde el que todo se ve con más confort, incluso la guerra.

La derecha española tiene tramado un proyecto para cargarse el Estado del Bienestar, lo sé. No es que el PP tenga especial interés por fastidiar a los ciudadanos, es que está en su ADN ser dócil al gran capital, por lo cual resulta entrañable el lloriqueo indignado de algunos votantes de Rajoy cuando ven que va a desmantelarles servicios esenciales y reducir derechos tan básicos como el subsidio de paro, las pensiones, los seguros hospitalarios o las indemnizaciones por despido. Tampoco ayuda mucho el espectáculo de egos de las primarias en el PSOE, ese partido por cuyos despojos pelean sus distintas facciones y que, sin una sola idea seria que hacernos llegar a los ciudadanos, parece tener más asumida que nunca su condición de perdedor. Podemos hablar también de que Garzón va a ser probablemente expulsado de la judicatura mientras los malvados a los que persigue se las prometen muy felices. O Camps agradeciendo los servicios prestados a Intereconomía, donde se celebra la impunidad de la corrupción siempre y cuando los corruptos sean de los suyos...
Nada ayuda, nos disponemos a vivir probablemente el año más difícil en la historia reciente. Pero, miren, tengo un enanito dentro que lleva toda la vida previniéndome respecto a las corrientes que se extienden con demasiada facilidad entre la gente. La cosa está puta, desde luego que sí, nadie lo duda. Sin embargo, yo pasé muchos años de escepticismo respecto al marchamo de la cosa pública, por ejemplo en el País Valenciano, durante los años que el Presidente Camps presentaba como el colmo de la prosperidad. "Somos felices, no van a poder destruirnos". Se refería a la oposición, a la prensa no afín, a los agoreros como yo... Pero es esa cultura del fasto, la petulancia y el gasto desmesurado lo que lo ha reventado todo. No creo que estuviéramos tan bien entonces, cuando nos llenábamos las arterias de colesterol -y ya se sabe que el colesterol no avisa- ni creo que lo de ahora sea sólo un invierno sin esperanza.

Caminamos en el desierto, y no tenemos más que lo puesto, que además se lo debemos a algún banco, ahora lo advertimos todos fácilmente. Pero es en el desierto donde a veces emergen los mejores sentimientos, la solidaridad, la resistencia, la grandeza de quienes aparecen cuando ya no hay ensoñaciones de fatua grandeza, ni mamarrachos arquitectónicos de Calatrava, ni riqueza y pelotazos para todos. "Nadie podrá parar a los valencianos", es verdad, se han parado solos. Estamos arruinados. Es momento de comprobar si la dignidad de cada uno valía tan poco como nuestra burbuja de ridículos nuevos ricos.