
FALLAS
Hace como veinte días, yo regresaba a casa un domingo por la noche surcando el interminable paraje al que los valencianos llamamos "el Río", ese milagroso bosque inventado en el corazón del casco urbano en que se ha convertido el cauce seco de la antigua desembocadura del Turia. Esa noche se celebraba la Crida, que da inicio oficial a la fiesta de las Fallas, quizá la más célebre de las que se celebran en España junto a los Sanfermines. A medida que a paso ligero me acercaba a la zona de las Torres de Serrans, un gigantesco espectáculo pirotécnico iluminaba mi camino. Mientras me acercaba, me salían al paso en la negrura del bosque, intermitentemente iluminado por el centelleo del castillo artificial, pequeños grupos de personas que se habían ido deteniendo junto al camino para contemplar en silencio el espectáculo desde la penumbra. En el momento de máxima intensidad del castell era como caminar hacia un volcán en plena explosión. Difícil no sucumbir ante tanta belle
za.Hay una tradición de progresía en Valencia que ha sido siempre contraria o, por lo menos, renuente a las Fallas. Cada cual puede hacer lo que le dé la gana, desde luego, aunque a mí siempre me ha sorprendido que actitudes falleras que provocan profunda animadversión generen sentimientos contrarios cuando corresponden a fiestas de Catalunya o, qué sé yo, del Mahgreb o de Sebastopol. Eso tiene un nombre, y no es otro que papanatismo. Insisto, uno puede hacer y pensar lo que quiera, pero siempre me ha parecido particularmente estéril y pusilánime esa convicción de que las Fallas son en esencia rechazables porque las asociamos a los sectores más reaccionarios de la sociedad valenciana.
Es cierto que personajes tan poco vinculados al progreso, el librepensamiento y la civilización como Rita Barberá nadan como pez en el agua en el ambiente de petardos, lágrimas ante la Mare de Deu, ofrenda de glorias a España y aceite refrito de buñuelos. Tan cierto como que la derecha más rancia y cerril parece haber patrimonializado la institución festera y domina su juego de signos. Todo esto ayuda tan poco a sentirse emocionalmente implicado en la liturgia fallera como los hoolligans o el periodismo deportivo ayudan a hacerse aficionado al fútbol. Ahora bien, que los sectores más reaccionarios de la sociedad se arrimen a las Fallas o al fútbol no significa que las Fallas o el fútbol sean de derechas. Lo que significa es, simplemente, que la derecha ha tenido la habilidad de apropiarse de algunos espacios de la vida que -nos guste o no- hacen feliz a la gente. Es posible que alguien que se pasa la vida viendo películas de Manoel de Oliveira -quien por cierto me parece un pelmazo-, leyendo novelas de Cela -otro ilustre pelmazo- o escuchando gimotear a algún cantautor catalán llame despectivamente "divertimentos plebeyos" a los que proporcionan solaz y esparcimiento estos días a nuestras gentes. Yo creo que esta consideración debe como mínimo ser matizada.
Es cierto que personajes tan poco vinculados al progreso, el librepensamiento y la civilización como Rita Barberá nadan como pez en el agua en el ambiente de petardos, lágrimas ante la Mare de Deu, ofrenda de glorias a España y aceite refrito de buñuelos. Tan cierto como que la derecha más rancia y cerril parece haber patrimonializado la institución festera y domina su juego de signos. Todo esto ayuda tan poco a sentirse emocionalmente implicado en la liturgia fallera como los hoolligans o el periodismo deportivo ayudan a hacerse aficionado al fútbol. Ahora bien, que los sectores más reaccionarios de la sociedad se arrimen a las Fallas o al fútbol no significa que las Fallas o el fútbol sean de derechas. Lo que significa es, simplemente, que la derecha ha tenido la habilidad de apropiarse de algunos espacios de la vida que -nos guste o no- hacen feliz a la gente. Es posible que alguien que se pasa la vida viendo películas de Manoel de Oliveira -quien por cierto me parece un pelmazo-, leyendo novelas de Cela -otro ilustre pelmazo- o escuchando gimotear a algún cantautor catalán llame despectivamente "divertimentos plebeyos" a los que proporcionan solaz y esparcimiento estos días a nuestras gentes. Yo creo que esta consideración debe como mínimo ser matizada.
En las últimas horas he caminado mucho por Valencia. La afición adolescente y juvenil a botellones y macrobotellones me parece un homenaje a la barbarie, aunque creo que las sombras de este problema se alargan mucho más allá de acontecimientos como el fallero. Tampoco terminan de agradarme ciertas actitudes muy extendidas en estas días entre los falleros, cuya conducta dan a pensar que se sienten literalmente los reyes de las calles. Gestos como hablar a gritos, dar órdenes a diestro y siniestro, beber alcohol en la calle o armar escándalo nocturno, que todo la ciudadania repudia cuando provienen de jóvenes o de inmigrantes, se imponen con una prepotencia insultante y obscena con el solo argumento de que "estamos en Fallas y si no le gusta, váyase". Es algo que podrían decir también los jóvenes botelloneros cuando -en periodos no falleros- se les censura por su barbarie: "A fin de cuentas es sábado por la noche, si no le dejamos dormir y le llenamos la calle de mierda siempre puede usted cambiarse de ciudad o de país."

Verán. Ya hace mucho que entendí que el gran mal de las sociedades contemporáneas es la progresiva destrucción de los lazos comunitarios, tanto los naturales, es decir los que tienen que ver con la integración en la familia o algún tipo de forma tribal de trazo intenso, como los asociativos, es decir, los mecanismos de participación que determinan iniciativas colectivas con vocación institucional. En otras palabras, que el precio de la opulencia, la masificación, la tecnología de las comunicaciones y la ultrarracionalización de las relaciones humanas ha sido que nuestras queridas individualidades se están quedando espantosamente aisladas y desprotegidas sin que nos demos cuenta. Las consecuencias de este proceso, que se está desarrollando a una tremenda velocidad sin que sepamos cómo detenerlo, son preocupantes y acaso aterradoras. Nuestros hijos no conocen la calle ni aprenden a valerse por sí mismos porque ya no confiamos en que la tribu -¿qué tribu?- los proteja si van solos por ahí; la gente trama su vida de forma desespacializada, sin ningún tipo de vínculo con un territorio que deja de tener significación; los mecanismos de acción conjunta se debilitan hasta volverse impotentes; las relaciones entre vecinos se deshumanizan... ¿Quieren que siga?
Si acepto de buen grado ciertas eclosiones de euforia colectiva -aunque uno no sabe si a veces es más bien de "furia colectiva"- es porque la tenacidad con que por ejemplo los falleros insisten en poner patas arriba una ciudad entera constituye -en cierto modo- una reacción contra toda esa esquizofrenia de la sociedad tardoindustrial, contra la devastación de los lazos grupales y los vínculos con el territorio. Las comisiones falleras paran los automatismos productivos, cortan el tráfico en los barrios, se lanzan en procesión por la ciudad, sacan a los niños a las calles, gritan orgullosamente el nombre de lo que sea que les une, lloran al llegar ante la Verge o escuchar el himno... No estoy siendo cínico; puedo desconfiar -y mucho- de ciertos iconos que construyen tradicionalmente identidades colectivas. No me emocionan gran cosa los himnos ni las vírgenes, y las apelaciones al orgullo patriótico que atacan esas fibras sensibles que tanto gusta explotar a los políticos populistas me ponen siempre a distancia. No, no es eso, es sólo que contra esta celebración exaltada de lo colectivo lo que se me aparece es el vacío y la esquizofrenia de una ciudad sumisa y rutinaria, donde los automóviles vuelven a hacerse los amos y la gente se olvida nuevamente de que hay algunas cosas que nos unen y que merece la pena celebrar.
Ya lo ven, después de tantos años huyendo casi sistemáticamente de Valencia en Fallas, mi problema no es el facherío, ni el mal gusto, ni lo escandalosamente feos que son la mayoría de monumentos, ni siquiera el olor a churro refrito. No, caballeros, la razón por la que no disfruto de las Fallas, lo diré de una vez, son los dichosos petardos. No me refiero a la mascletá, a la que incluso asisto con agrado. Me refiero a esa costumbre infame de lanzarle petardos a la gente por la calle. Empieza el mes de marzo y uno ya sabe que, sobre todo en los días inmediatamente anteriores a la Cremà, legiones de niños y no tan niños a los que mal rayo habría de partir, se dedican a agredirte una y otra vez con la barbarie de las tracas, los masclets, los trons de bac y toda la demás ralea de artilugios pirotécnicos que debió inventar alguien para joderme específicamente a mí, tan amante como soy del sosiego y la meditación. Les confieso una cosa: cada vez que alguien me sobresalta o despierta a mi bebé con un masclet creo que el autor no sabe lo cerca que está de que le grite que voy a fulminarle a él, a su familia, a sus amigos, a la Mare de Deu y al juez que un día decidió archivar la denuncia que, contra la venta masiva de pirotecnia y en favor de la convivencia, presentó un grupo de ciudadanos cuya causa apoyo con toda mi alma. No dejo nunca de acordarme de cómo lo celebró cierta preboste local, conocida por todos, gritando desde el balcón como un jabalí sudoroso: "¡Petardos para todos, y para los niños también!"
A ver si hoy me dejan dormir, aunque no soy optimista.
























