
EL ELEFANTE
Irremediable acordarse de Cazador blanco, corazón negro, el film de Clint Eastwood inspirado en los días inmediatamente anteriores al rodaje de La Reina de África. Su director, el mítico John Houston, era tan irredento cazador como vocacional bebedor de whisky. El encargo de una película de safaris le vino estupendamente para aligerar sus numerosas deudas, pero sirvió también -si hacemos caso del relato de Eastwood, quien por cierto interpreta magníficamente al personaje- para que se le metiera en la cabeza la posibilidad de cazar un elefante. Traba amistad con un nativo que promete acompañarle a las zonas profundas de la sabana donde viven estos animales, despreciando la falta de sangre y honor de los miembros de la productora, preocupados por minucias como los continuos retrasos que, por los caprichos del artista, sufre el rodaje. Cuando se encuentran por fin ante una manada de aquellos imponentes animales, uno de los acompañantes de Houston -creo que el guionista- pronuncia unas palabras que no he olvidado: "Son magníficos, vienen de un tiempo inalcanzable". A continuación, Houston va de cara a uno de ellos acompañado por el nativo. Su imprudencia le cuesta la muerte a éste, que es volteado por uno de los irritados paquidermos.
Al regresar a la aldea, suenan unos tambores en honor del héroe de la tribu que acaba de caer por la absurda obsesión de un extranjero: "Honran al hombre que ha muerto, y también hablan de un cazador blanco con el corazón negro". Houston, avergonzado y roto de dolor, indica que el rodaje de La Reina de África debe empezar.

No caeré en la imprudencia de declarar mi hostilidad hacia la afición a la caza. Yo devoro cadáveres, no demasiados, pero la realidad es que no he terminado nunca de abrazar el vegetarianismo, de manera que resulta algo pueril establecer una frontera tajante entre la degollina cotidiana -y sospecho que no siempre observante con el sufrimiento- de los mataderos y la muerte a tiros en el monte de liebres, jabalíes y perdices. Sí, lo sé, en un caso hablamos de necesidad alimentaria y en el otro de pura diversión, pero no estoy nada seguro de que necesitemos ni la tercera parte de la carne que ingerimos, lo cual debilita -y mucho- la censura al cazador.
De este razonamiento podría seguirse el que ya hemos escuchado en las últimas horas a vueltas con el asunto del Rey en Bostwana: ¿por qué nos parece infinitamente más valiosa la vida de un elefante que la de un cerdo o una vaca? No tengo una respuesta más convincente que la del personaje del film de Eastwood que declara su amor a aquellos animales: "son magníficos, vienen de un tiempo inalcanzable". He visto muy pocos elefantes en mi vida y, por supuesto, siempre en cautividad. Creo que hay razones sobradas para declararlos especie protegida, y me parece una inmoralidad tan grande que un matarife los destripe a tiros como si tal cosa sucede con un rinoceronte o un oso, sin olvidarme de las ballenas o los urogallos. Será incongruente poner a caldo al monarca por su irresistible afición a la caza mayor mientras uno se zampa un bocata de mortadela, pero creo que es mejor que existan este tipo de leyes restrictivas a que no lo hagan. Creo, en suma, que es mejor que existan osos, lobos, ballenas o gorilas de montaña. Y -para qué andarse con rodeos- creo que sólo algún mandarín indeseable puede pagar una fortuna por poder accionar su escopeta de siete leguas para asesinar a seres tan hermosos y admirables.
He tenido y tengo allegados que aman la experiencia cinegética, ya hace mucho que dejé de discutir con ellos sobre este tema. El aro por el que no paso el de que el asunto del elefante no haya de desencadenar una nueva oleada de debates sobre la conveniencia de la Monarquía. He leído que es un momento "inoportuno" para ello. Estaría bien que quienes así se pronuncian nos explicaran qué momentos son oportunos para preguntarse sobre la bondad de nuestras instituciones ¿Es "inoportuno" porque es precisamente ahora cuando varios miembros de la Familia Real se han lanzado desaforadamente a desacreditarla con sus actos? Quienes llevan toda la vida declarándose republicanos podrían contestar con una sonrisa irónica y aquello del "ya os lo dije, infelices". ¿Es inoportuno porque atravesamos una pavorosa crisis económica? En este caso, se me ocurre si no se vuelve mucho más intolerable el asunto de Bostwana precisamente porque somos los ciudadanos españoles los que sufragamos la Corona, lo cual resulta mucho más irritante cuando el Gobierno nos recorta día tras día servicios públicos esenciales.
Con frecuencia leo a personas de derecha e izquierda insistir en los grandes servicios que Don Juan Carlos ha prestado a la Nación. Me parece bien, pero tengo objeciones al respecto. Si es verdad que el Rey reina pero no gobierna, entonces hemos de entender que su presencia tiene un valor simbólico. Y el problema de los símbolos es que tienen valor sólo si se lo otorgamos, y yo no tengo la más mínima inclinación a otorgárselo; simplemente no lo necesito, por eso no sé por qué debo financiarlo. Es exactamente lo mismo que me pasa con otra institución de origen ancestral, la religión: como -al contrario de lo que me pasa con los hospitales o las escuelas- no necesito ni a Dios ni a sus ministros, no termino de entender por qué su negocio ha de mantenerse y prosperar a costa del sudor de mi frente.Nunca nadie me ha preguntado si quiero tener un Rey. Mis mayores me han comentado que ellos sí lo decidieron. Se refieren al pack constitucional, que, junto a los derechos fundamentales de la Carta Magna, incluía asuntos tan trascendentes para nuestras vidas como el sistema autonómico o la Jefatura del Estado. Perfecto, votaron con honestidad y, posiblemente, votaron lo que era debido. El pequeño problema es que al aceptar la lógica dinástica de la Monarquía, aceptaron también privarnos a las generaciones venideras de la posibilidad de determinar quién habría de ser el Jefe del Estado, que es por cierto lo mismo que les pasó a ellos durante los cuarenta años anteriores.

Nunca es inoportuno el debate en democracia. Si creemos en la democracia, claro. Me viene a la cabeza lo que dijo cierta anciana de mi familia que presumía de haber llegado a tocar a Alfonso XIII en una de sus visitas a Valencia. Cuando, con las primeras elecciones de la democracia, le preguntaron a quien iba a votar, ella respondió con toda determinación y como si la duda ofendiera: "¿Yo?: al Rey, por supuesto"











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