Friday, June 08, 2012


UNA HISTORIA DE NO VIOLENCIA

 Vuelvo a ver Una historia de violencia, de David Cronenberg. La veo con mis alumnos, creo que les ha cautivado el relato, pero no estoy seguro de que entiendan por qué estoy tan interesado en que la vean. Tom Stalls es un tranquilo barman en una pequeña localidad del Medio Oeste por la que ha sido amistosamente acogido. Al iniciar la película hace el amor con su esposa en medio de una pequeña fantasía erótica: ella ha recuperado su traje de animadora del Instituto del pueblo. Este inocente juego de rol adquirirá después un valor siniestro. Una noche, unos desalmados entran en el bar y se disponen a asesinar a la camarera. La reacción de Tom es inimaginablemente feroz y eficaz: los dos maleantes resultan muertos y Tom Stalls es aclamado como un local hero. En contra de sus deseos se convierte en protagonista mediático durante unos días. De inmediato empiezan a merodear su casa un grupo de mafiosos que dicen conocerle, identificándolo como Joey Cusack, un asesino de Filadelfia que había desaparecido repentinamente unos años antes. La insistencia de los gangsters en reclamar el regreso del supuesto Joey a Filadelfia desestabiliza a la familia Stalls. Pese a que Tom rechaza reiteradamente cualquier vínculo con estos individuos, su esposa empieza a dudar, sobretodo la mañana en que Tom hace frente a los mafiosos en su pequeña granja y los fríe a tiros con ayuda de su hijo.


No destriparé lo demás, vean el film, es un buen consejo. Pero no puedo dejar de referirme a esos momentos, los de mayor carga dramática del relato, en el que la esposa de Stalls tiene que afrontar la perspectiva de que el hombre de su vida, al que cree conocer perfectamente, no es quien dice ser. Y ese otro cuya sombra  terrorífica emerge oscuramente tras el pacífico pueblerino no es cualquier otro, es el peor y el más sádico de los criminales.


¿Quién soy? ¿Soy quien mis allegados creen que soy? ¿Qué oculto? Y, lo que resulta igualmente inquietante, ¿quiénes son mis seres queridos? Siguiendo el axioma del Doctor House, "todo el mundo miente", debemos asumir que, probablemente, el otro nos oculta cosas que acaso intuyamos o de las que a lo mejor no tenemos ni la más remota idea. Pero, a vueltas con el problema de la identidad, nos asalta otra duda por cuya incertidumbre habríamos de estremecernos: ¿es posible rectificar?, ¿puedo convertirme en otro y dejar definitivamente atrás al ser horrible que quizás fui y que a veces aparece en mis pesadillas?


No sé si recuerdan aquel bellísimo film, El hombre de Alcatraz. El prisionero de la isla está condenado a cadena perpetua, de lo que inferimos que ha cometido el peor de los crímenes, pero de éste nada iremos sabiendo a lo largo de la narración. Un día un gorrión se posa en el ventanuco de su celda, le da de comer y lo cuida, después tendrá más gorriones, y terminará convirtiéndose en una eminencia en ornitología, descubriendo fármacos preciosos para curar enfermedades. Sigue siendo un preso y envejecerá en la prisión, pero hay un momento en que sólo deseamos su libertad, pues entendemos que el hombre de Alcatraz ya no es el enloquecido criminal que un día fue a dar con sus huesos en la cárcel. En el anciano que cuida amorosamente de los pájaros ya no queda nada de aquel malvado.


A veces discuto con mis alumnos en clase de Ética sobre las ventajas de esa reivindicación tan al uso del "cumplimiento íntegro de las penas". Yo no se las veo. Creo sinceramente en el arrepentimiento, en la capacidad para sobreponerse sinceramente y sin necesidad de sacristías ni ridículos rezos al mal causado. No hay esfuerzo más formidable que el de renunciar a seguir excusando los propios actos y aventurarse a convertirse en un hombre nuevo, no hay mejor ejemplo de esa hermosa metáfora bíblica del camino en el desierto.Últimamente se habla sobre la exigencia a los presos etarras de pedir perdón y asumir la culpa moral por la sangre derramada. Hay quien -en un lado y en otro- se ríe con sorna de esa pretensión. Yo no. Me pregunto sinceramente si existe la voluntad decidida de rectificar y pedir perdón, y entiendo que es correcto vincular dicha voluntad a la opción de conmutar o reducir una pena.


No se pierdan la última escena del film de Cronenberg, que por cierto, y pese a lo que da a entender astutamente su título, no es una historia de violencia, es más bien la tragedia de un hombre enfrentado al desgarramiento de su propia conciencia, el único tribunal insobornable en cuya justicia debemos confiar. Y no se pierdan, por favor, la escena final. Esos rostros de Viggo Mortensen y Maria Bello, acompañados en la mesa por sus hijos durante una oscura cena...  La idea de "familia" que nos deparaban los Stalls al inicio del film ya no tiene nada que ver con lo que ahora encontramos, y sin embargo, esa unidad espiritual que sobrevive a todas las adversidades imaginables tiene más valor del que tuvo nunca. Fíjense en ese final: el silencio se corta en medio del dolor de esa mirada mutua.



El perdón, el arrepentimiento, la culpa, la incapacidad para objetivar la intención ética... son conceptos con un recorrido demasiado largo en la historia de las civilizaciones como para dejar que se sigan apropiando de ellos los hipócritas y los fanáticos.

Saturday, June 02, 2012






POLÍTICA Y DEPORTE

Es interminable la lista de intentos -habitualmente exitosos- de reapropiarse de las glorias deportivas por parte de los políticos. Me pregunto si no es una ingenuidad seguir manejando ambos conceptos como si fueran perfectamente distinguibles, como si no tuviera nada de política esa imagen del graderío enfervorizado cantando el himno a coro con los futbolistas de la selección de turno, como si fuera políticamente intrascendente aquella imagen de Carles Puyol mostrando al palco su brazalete con la cuatribarrada después de marcar para el Barça en el Bernabeu, como si no fuera político el proyecto de candidatura a organizar los Juegos Olímpicos de una gran capital...En realidad, todo es político, o, para ser más exacto, todo es susceptible de terminar siéndolo.

No hay nada de político, es cierto, en el grupo de niños que corretean en medio de un solar abandonado, aunque un partido de fútbol entre críos -sé muy bien de qué hablo- tenga mucho de ritual y administre toda suerte de valores, hasta el punto de convertirse en un acto civilizatorio de incalculable potencial. Pero yo no hablo de esto, hablo, por ejemplo, de cómo se entrelaza la gestión de los clubs de fútbol con las instituciones. Cuando un ayuntamiento recalifica un terreno para facilitar que el club más representativo de la ciudad pueda vender la parcela de su viejo estadio y construir uno nuevo, ¿de verdad creemos que sólo se trata de "deporte" o, en todo caso, de simple "gestión económica"? Cuando sus petulantes gestores endeudan a un club de forma irresponsable y desaforada con fichajes delirantes -y sus correspondiente retahíla de comisionistas- ¿ignoramos que no intuyen al final del camino, cuando haya que pagar o extinguirse, que ahí estarán los poderes públicos para hacernos cargar a todos con las consecuencias de todas sus golfadas?

En cuanto a ese depósito tan inflamable de los emblemas que simbolizan la identidad -como himnos, banderas, escudos o camisetas-, nada me parece más adánico que creer que los sentimientos y los ceremoniales de los que son protagonistas quedan en pura rutina protocolaria, como si fueran intrascendentes, como si no cargaran profundamente de sentido político las celebraciones. No tengo ninguna duda de que el fútbol no es más que un divertimento ligero, pero les aseguro que no tuvo nada de banal aquella imagen en que el capitán de la selección de Francia, Patrice Evra, de origen subsahariano como tantos de sus compañeros de equipo, derramaba una lágrima mientras sonaba La Marsellesa a punto de empezar un partido contra México en el Mundial de Sudáfrica. En esa lágrima está contenida la frustración y la esperanza de varias generaciones de inmigrantes que sueñan desde hace muchísimo con ser reconocidos como ciudadanos de la Republique de pleno derecho. Y no hay más que imaginar la reacción del electorado lepenista ante esa lágrima tan simbólica. No, señores, no es sólo deporte. 

Pero la impregnación política de los acontecimientos deportivos es por lo general mucho menos inocente que la emoción de unos futbolistas que se abrazan mirando al cielo mientras suena el himno de la nación a la que pertenecen, o a la que sueñan con pertenecer. No me olvidaré nunca de la inmensa sonrisa con la que el dictador argentino Videla estrechaba la mano de Passarella, capitán del combinado albiceleste, tras recibir la copa del Mundial 78. A pocos metros de aquel estadio, los esbirros del régimen torturaban atrozmente a los disidentes, de tal manera que los goles de Kempes -pobrecillo- fueron recibidos como un golpe de legitimidad para aquel gobierno de asesinos. Podríamos hablar de cuánto hizo el franquismo por convertir al Real Madrid en el mejor embajador de la nación con sus triunfos en la Copa de Europa, de ahí que no extrañe la cara de contrariedad del dictador la tarde en que hubo de entregar la Copa del Generalísimo (es decir, la suya) a Quimet Rifé, capitán del Barcelona, que acababa de ganársela precisamente al Real. O cómo Roosvelt volvió loco a Joe Louis y Hitler a Schmelling con ocasión de un combate de boxeo que fue convertido en metáfora de la guerra entre democracia y fascismo que estaba cerca de estallar. O, tal y como refleja la novela de John Carlin Invictus, adaptada por Clint Eastwood al cine, aquel episodio del mundial de rugby de Sudáfrica que Mandela aprovechó para unir a todos los ciudadanos del país, blancos y negros, para animar a los Springboks, sobrenombre que recibe la selección nacional, considerada por la tradición como un símbolo de la hegemonía blanca en el país. O aquella carrera de la Olimpiada de Munich que estaba destinada a ser ganada por un ario, y que terminó llevándose un negro llamado Jesse Owen, con la consiguiente cara de fastidio de Hitler. O Zaplana y Barberá abrazándose alborazados sobre la tribuna exterior de Mestalla, jaleados por la hinchada después de una goleada del Valencia al Madrid... Inútil continuar, la lista sería interminable.

En los últimos días, con ocasión de la final de Copa entre Barça y Athletic de Bilbao, hemos vivido un episodio más de toda historia por lo común tan poco edificante: la Presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, reclamó que el acontecimiento fuera suspendido en el caso de que, como se había anunciado, y como ya había sucedido cuatro años antes con idénticos participantes, la entrada en el palco del Monarca -en este caso del Príncipe Felipe- y la interpretación del himno nacional desatara una tormenta de pitos. Es posible que la Presidenta esté enloqueciendo a la carrera, lo cual explica la frecuencia con que se entrega a una impúdica demagogia, pero no es tan estúpida como para creer que su demanda tenía la más mínima posibilidad de ser atendida. Eso sí, caería  muy bien entre sus parroquianos, y ella lo sabía, por eso dijo lo que dijo.

No voy a entrar en los estilos de respeto que desde Madrid -especialmente desde la derecha- se suelen emplear respecto a los signos identitarios de los nacionalismos no españolistas del Estado. No hay manera de hacer entender a muchísima gente en este país que muchos de sus conciudadanos están legítimamente inclinados a no identificarse con la condición de españoles, de igual manera que a muchos a los que a lo mejor no les perturba en lo más mínimo tal condición, les insulta sin embargo la existencia de la institución monárquica. No es educado silbar ni al Príncipe ni al himno, yo no pienso hacerlo nunca, por más que en los estadios se ha silbado siempre. Pero lo que me parece mucho más preocupante que la mala educación de los miles de aficionados del Athletic o del Barça es la incapacidad de muchos españoles para entender -aún a estas alturas, casi cuarenta años después de muerto el Dictador- que hay una cosa que se llama libertad de expresión, y que lo que distingue precisamente a la Constitución es que tolera incluso a quienes no están de acuerdo con ella, también en los casos en los que lo expresan sin respeto a las más elementales normas de la cortesía.

Y sin dejar de censurar la labor de pirómana de la señora Aguirre, quien ayudó lo suyo a que la pitada fuera más intensa, tampoco estaría mal que quienes se quedaron bien a gusto pitando se preguntaran cómo les sentaría que los millones de personas que no piensan como ellos se mofaran cuando suena Els segadors o se interpreta un aurresku. No creo demasiado en himnos ni banderas. Como dijo Paco Ibáñez traduciendo a Brassens, "la música militar nunca me supo levantar". Por eso, si expreso escepticismo respecto a ciertos signos de la identidad colectiva, no pienso hacerlo en nombre de otros que supuestamente me representen mejor y sean más míos.

No es verdad que el deporte sea solo deporte. No es verdad que haya que separar política y deporte porque, a ciertos niveles al menos, el deporte está ya de manera indistinguible impregnado de política. Lo inteligente no es negar esta evidencia, sino resistirse a zafios intentos de manipulación como el de Aguirre en los últimos días.

Por cierto, ganó el Barça. Y ya se sabe que es "mès que un club". Otro día les explico lo que significa eso.




Friday, May 25, 2012




ARISTARAIN

1. La Asociación de Filosofía Aquí y allá. Pensamiento nómada me ha invitado a formar parte del programa-coloquio titulado Filosofía y cine de la resistencia, que se celebrará en el local de Ca Revolta (Valencia) entre este sábado 26 y el lunes 28. Presentaré mi conferencia (llamémosla así) el domingo a la cinco, con el título El factor humano en el cine de Adolfo Aristarain. El programa resulta atractivo por más y mejores razones que mi presencia, incluyendo el visionado de films que tendrán lugar en la sala de actos después de las intervenciones. Todo lo referente al programa lo tenéis en la siguiente dirección http://aquiyallapensamientonomada.blogspot.com.es/2012/03/programa-coloquio-de-filosofia-y-cine.html
Entre hoy y mañana les explico algunas claves de mi interés por este director argentino, cuyas mejores películas es muy posible que conozcan.

2. No estoy seguro de que el propio Adolfo Aristarain diera por buena la inclusión de su obra en un curso rotulado como "cine de resistencia". Parece que pega más poner a Michael Winterbottom, Ken Loach o algún habitual de los documentales sobre los refugiados saharahuis o la reclusión de los palestinos en la Franja de Gaza. En los relatos de Aristarain no está tan claro como en los de, por ejemplo, Iciar Bollaín que haya una firme polaridad entre víctimas y verdugos, entre vencedores y derrotados. En todo caso, hay tormentas que se abaten violentamente sobre el alma cuando, por mor de la supervivencia o el bienestar, sus personajes deciden claudicar y pactar con los mandarines.

Pensemos en Hans (José Sacristán), el geólogo que en Un lugar en el mundo es enviado por la multinacional Tulsaco a la comarca de San Luis para determinar si el subsuelo es adecuado para la construcción de una gran presa. Hans terminará uniéndose irreflexivamente a la causa de los pequeños ganaderos contra el terrateniente Anglada, pero no dejará de reconocer en su memoria la biografía de un tipo mezquino y vendido al capital, un mierda que ha prostituido sus ideales de juventud por llevar una vida confortable, de ahí que trabaje para desaprensivos como Anglada. Cuando Mario Dominicci (Federico Luppi), líder de la cooperativa de pequeños ganaderos, le pregunte entonces por qué se acaba de pelear con su jefe y se ha unido a su causa -hermosa, pero destinada a la derrota-, éste le contestará con ironía que incluso un vendido vocacional como él puede "tener un mal día".

De la misma pasta que Hans está hecho Martín Echenique, el director de cine argentino instalado en España que nos encontramos en Martín Hache, en el que adivinamos un claro trasunto del propio Aristarain. Echenique es, como tantos otros que cruzaron el océano, un argentino que dejó su patria cuando, siendo aún un pibe, tuvo la lucidez suficiente para darse cuenta de que su país no tenía arreglo. "Ya no hay más Argentina, ya no hay patria a la que volver ni nada por lo que luchar allí. Ser argentino es creer que tu país tiene remedio, después descubres -demasiado tarde- que no es así y eso te hace mierda. Ya no hay más tu país, tu país ha sido saqueado y depredado, siempre por los mismos o cada vez por otros, da lo mismo, pero así va a seguir siendo siempre." Este tipo de razonamiento descorazonador -más desolador y más terriblemente convincente en tanto que es pronunciado por un actor tan brutal como Federico Luppi- es rastreable varias veces a lo largo de la filmografía reciente de Aristarain.  Me viene a la cabeza aquella escena en el aeropuerto de Madrid, a punto de regresar a Buenos Aires, en que Fernando Robles se disculpa ante su hijo, exitosamente instalado en España, después de haberle acusado la noche anterior de haber traicionado a su patria. "Anoche no dije más que boludeces: ya no hay Argentina a la que volver, está saqueada, no debes volver". Pero lo que le dijo la noche anterior debe ser atendido, pues tiene algo de profético, ya que Lugares comunes es de 2002. "No te engañes, aquí  no te quieren, sólo eres un puto sudaca. Cuando venga una crisis serás el primero al que den la patada". El argumento vale para los argentinos de España, pero vale también para los españoles mismos, pues esa patria depredada y sin solución, con su relato de liberación y prosperidad abruptamente concluido con la Gran Recesión, podría muy bien ser lo que ahora ven nuestros jóvenes compatriotas que abandonan el país para buscar fortuna en otras tierras, convencidos de que aquí ya no hay futuro... Se lo apropiaron los especuladores y los políticos, convirtieron el porvenir de todos los españoles en terrenos recalificados, empresas públicas privatizadas, bonos basura y activos tóxicos.

Hay algo en el cine de Adolfo Aristarain que atrapa. No es la fotografía, es más bien la palabra, estamos ante un autor de cine al que no da miedo que la gente hable, más bien vive del diálogo. Como en el cine de John Ford y otros grandes del western o el cine negro, los personajes son observados por nosotros mientras dicen lo que supuestamente piensan y sienten, aunque son más bien sus caras y sus gestos -eso a lo que llaman el "lenguaje no verbal"- lo que nos hace intuir, si sabemos estar atentos a esos sistemas de señales, lo que verdaderamente está pensando.

Es algo que tiene mucha densidad, una atmósfera que a veces llega a ser irrespirable, pues envenena a sus personajes, los cuales quedan condenados a dar vueltas en torno a su propia neurosis sin poder salir del círculo vicioso. Hay personas que desconfían de todo lo que llega de Argentina porque sospechan de un engaño tras toda esa verborrea con acento porteño que imitamos para contar chistes de psicoanalistas, o quizá es por ese mestizaje tan sui generis de influencias culturales que van desde el tango al jazz, desde París a Hollywood, pasando por los pedantes que habitan los pasillos de las librerías de Buenos Aires. Sin embargo, yo creo que hay una profunda honestidad en las películas de Adolfo Aristarain, una voluntad decidida de posicionarse, de emitir opiniones y cargar con las consecuencias. Hay mucho dolor, pero también mucho amor en sus relatos, los cuales son ante todo historia de personajes, aventuras de seres humanos que -en soledad o acompañados por los que les son fieles- se atrevieron a desafiar el orden normal de las cosas para poder encontrar su lugar en el mundo.


 Podría hablarles también del "asesino difuso", una presencia misteriosa que encontramos en distintos momentos de las últimas películas. Es éste el título de las memorias que el ex-profesor Robles está escribiendo y que su mujer descubre sin permiso; es también el nombre de la novela que, siendo joven, entrega el escritor Góñez a la editorial en busca de fortuna como novelista. De todo esto voy a hablar mañana en Ca Revolta...

Sunday, May 20, 2012










EL 15M Y SUS ENEMIGOS

Es fácil entender la aversión que el 15M genera en la derecha española. Ya sabemos cómo suena esta música: perro-flautas, antisistema, grupúsculos violentos...Cuando desde este segmento ideológico no se dispone de las claves intelectuales y éticas para interpretar adecuadamente un fenómeno social, se echa mano de los tópicos más simplistas; si alguien anda corto de existencias, siempre puede reciclarse con un ratito de Intereconomía o La Razón y problema resuelto. Además, y gracias a sus brillantes analistas, si no hay bastante con asociar el 15M con enmascarados con rastas que queman contenedores y lanzan piedras a la policía, siempre podemos decir que tras los Indignados está Rubalcaba, el cual, por lo visto, viene organizando desde la sombra todas las algaradas callejeras contra el PP desde las bombas de Atocha.

El problema de la derecha es que simplemente no está preparada para asumir lo que está ocurriendo, de ahí que ningunee a los Indignados, pues sostiene la secreta esperanza de que esta corriente que tanto le inquieta se vaya diluyendo hasta desaparecer por completo y ser olvidada para siempre. Los referentes de derecha no sirven para explicar por qué atravesamos por la mayor crisis económica en más de medio siglo y, por tanto, tampoco permiten alumbrar la lógica de las protestas que la misma genera. Todo sería más confortable si se le pudiera seguir echando la culpa de todo a Zapatero, pero el poder de fuego de ese arma se ha desactivado sobremanera desde que, tras la toma del poder por Rajoy, se nos vendió la especie de que el Gobierno socialista había mentido respecto al estado de las cuentas públicas. Fuera o no verdad, no tengo ninguna duda de que esto iba a decirse en cualquier caso, ya que se trataba de no cargar con el peso de todas las medidas de recortes en derechos y servicios básicos que pensaba tomar.

Por otra parte, y cuando desde los medios ultra se insiste aún ahora en que la gestión de ZP está en el origen de la crisis -en lo que ésta tenga de producto local-, se advierte demasiado pronto la incongruencia ante casos como el valenciano, donde la ecuación que asocia especulación inmobiliaria, derroche en fastos, corrupción y gobierno de derechas asoma con meridianos contornos.

La derecha, en suma, no entiendo nada del 15M porque jamás aceptará que todos los logros que históricamente han ido configurando unas sociedades más habitables han resultado de movimientos populares. Gobernadas o no por los sabios, son las masas las que han sustituido las antiguas satrapías por estados de derecho, el vasallaje por la ciudadanía, y los caciques por instituciones. Son movimientos como el de los Indignados los que habrán de convencer al mundo de que el modelo de globalización que se está imponiendo es insostenible, de igual manera que han sido corrientes de protesta y reivindicación las que conquistaron la emancipación de la mujer, el sufragio universal, el divorcio, la escolarización universal, el final de la militarización obligatoria o las bodas gays. Los reaccionarios que difamaron insistentemente a sus defensores gozan hoy -ellos o sus hijos- de todos estos logros.

Tengo más dificultades para lidiar con algunas críticas hacia los Indignados que provienen de la izquierda. Sospecho que hay un poso inconsciente muy aburguesado en esos sectores de la progresía bienpensante que se revuelve contra quien ha trasladado el debate de ideas desde los parlamentos, las guaridas académicas o los periódicos hasta las plazas y las calles. He escuchado a personas a las que respeto aprovechar la mínima oportunidad -por ejemplo que cuatro idiotas habían quemado un contenedor- para anunciar su "ruptura espiritual" con el 15M, con el cual en realidad no habían comulgado en ningún momento. Han proliferado calificativos como "inconcreción de propuestas", "utopismo", "falta de organización", "pobre fundamentación ideológica"... Tiene su gracia que esto lo digan personas que creen que votando cada cuatro años se sostiene el orden de libertades. Como si no hubiera que empezar por cuestionar la lógica electoral vigente, como si los partidos fueran instituciones sanamente democráticas, como si los gobiernos nacionales y locales no estuvieran infectados por una corrupción endémica y estructural, como si la prensa fuera independiente... ¿Quieren que siga?

Miren, yo he visto a octogenarios que vivieron los bombardeos de las tropas de Franco sentarse a duras penas en el suelo para participar en una asamblea del 15M porque, desde la legalización del PC o los momentos más activo del movimiento asambleario vecinal de los años de la Transición, no habían tenido tanto la sensación de que la democracia tuviera algo que ver con lo que soñaron durante la interminable noche del tirano.




Nos hemos pasado la vida acusando a los jóvenes de indeferentes, pasivos y consumistas. Siempre me acuerdo de cierto profesor de la Facultad que nos espetó irritado aquello de "tenéis una revolución pendiente". (Sospecho que, mientras sus coetáneos corrían delante de los grises, él andaba por casa, bien calentito en sus zapatillas, tratando de desentrañar las claves de El Capital, una labor por cierto particularmente inútil, pues no hay quien se trague dicho libro, y menos si lo intenta con ayuda de la pelma de Marta Harnecker) Los campamentos han sido un aprendizaje, tienen un valor formativo cuyas consecuencias sólo podrán evaluarse con el tiempo. Quizá parezca una experiencia fugaz, pero, sin olvidar las condiciones locales de España, esta movimiento se integra en una tradición de reivindicación social a nivel mundial que, desde las protestas de Davos, Seattle y Porto Alegre contra la globalización económica, está vertebrando la cultura de resistencia contra las nuevas formas de dominio de la era de Internet.

Que la reacción sospeche de los campamentos de Indignados es normal, pues ser de derechas consiste en aceptar que el dolor y la desigualdad son un precio justo a pagar por la prosperidad y el lujo de determinadas minorías. Si se habla tanto de grupúsculos violentos y perroflautas es porque a la gente de derechas le pone muy nerviosa ver a la gente reunida en asambleas masivas intercambiando ideas. Que eso mismo sea visto con recelo desde la izquierda, eso sí me deja perplejo.

Asumámoslo de una vez: el 15M es el punto de inflexión que da fin a la era de la indiferencia. Los jóvenes se han dado cuenta de que la sociedad que estamos construyendo para ellos tiene toda la pinta de ser una estafa gigantesca. ¿Inconcreción? ¿Utopía? Utópico es creer que se puede sostener una democracia con sueldos de quinientos euros y unos servicios públicos devastados. "Lo llaman democracia y no lo es". Tienen razón, si no queremos verlo tenemos un problema.

Saturday, May 12, 2012



1. La revista Ojos de papel acaba de publicarme una reseña sobre el ensayo La conquista de lo cool. (El negocio de la la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumismo moderno). Su autor es Thomas Frank y, pese a que el original tiene más de una década, es ahora cuando, debido a su larga repercusión, ha sido editado en castellano. Estoy contento por la reseña y, sobre todo, porque su encargo me ha dado la oportunidad de disfrutar un texto que considero de imprescindible lectura. Pueden acceder a éste y a los demás contenidos -les aseguro que merecen la pena- del último número de Ojos de papel a través del link que acompañará ya para siempre este blog.


Me pregunto si lo que terminó de convencer a Alpha Decay para la publicación fue el éxito de la serie Mad men, cuyo protagonista estelar, el creativo publicitario Don Draper, parece directamente inspirado en algunos de los personajes, en absoluto ficcionales, que pululan por las páginas en que el ensayo analiza lo que ocurre en la Avenida Madison de Nueva York, poblada por las agencias de publicidad más agresivas y eficaces de la nación más próspera del mundo a principios de la década de los sesenta. Según Frank, el fenómeno que conocemos como "contracultura" no nació en las carreteras por las que los hippies seguían la estela de los beatniks, ni en los bajos fondos de las grandes urbes, ni en los tugurios del jazz y el hachís... No, la contracultura fue diseñada por tipos muy fríos y astutos que entendieron en los albores de la década de los sesenta que la sociedad estaba madura para abrazar valores mucho menos victorianos, ascéticos y represivos, y mucho más inspirados en el hedonismo, el individualismo y el carpe diem. El espíritu de rebeldía que, con muy poca profundidad de mirada y cierta ingenuidad, asociamos con la sociedad de los sesenta, es en realidad un efecto publicitario, un espejismo hábilmente urdido que, en el fondo, no refleja una genuina transformación revolucionaria de las mentalidades  y los modos de convivencia, sino una mutación esencial en el seno de la corporación capitalista, la cual pasa en aquel tiempo de un modelo jerárquico y disciplinario a otro mucho más flexible y abierto a la innovación. Esta mutación no es, siempre según Frank, resultado de un progreso moral, como se nos ha dicho,  sino el efecto de la necesidad del capital de transitar desde el modelo productivo clásico o fordista hacia el consumista o postindustrial.

Esta visión es sugerente y está seriamente argumentada, pero discrepo de ella en aspectos esenciales. Creo que les gustará leer la reseña. Y el libro, claro. De momento, una perlita en relación a ese milagro televisivo que es Mad men. Una cliente de la agencia -indignada por el cinismo que se respira en esas oficinas de la Avenida Madison- trata de recordar a Draper de que las personas no son simples receptores pasivos de mensajes de marketing, y que hay una cosa que se llama amor: "El amor", contesta Don, "lo hemos inventado tipos como yo para vender medias".






2. Rafael Alvárez El Brujo es una anomalía en el mundo del teatro. Se diría que su propuesta, basada en la austeridad brutal de un escenario donde apenas hay objetos, con una interpretación del texto en clave de monólogo, debe asociarse a la vanguardia. Y, sin embargo, El Brujo parece un actor del siglo XVII, un farsante de corral de comedias, un cómico en toda la extensión de la palabra. En los medios más cool aparecen siempre tipos muy pagados de sí mismos que presumen de pertenecer a esa estirpe, pero se equivocan respecto a sí mismos. Muchos son pijos ridículos que no han sufrido un problema en su vida, sueñan con los premios y se han beneficiado de la suerte de ser guapos o tener amigos que les han enchufado. Al cómico de raza le huele el jubón al polvo del camino, se alimenta como un vampiro de la risa del público -incluso que aquellas que son desatadas por el chiste más grueso-, y su alma está atravesada a partes iguales por la corriente cálida de la ilusión por el aplauso y la fría de la soledad, el cansancio y la ira contra los poderosos.

Sobre la escena, El Brujo hace lo que le da la gana, estira los textos, los reinterpreta, se permite el lujo de decir que Shakespeare también tenía sonetos horrorosos o que Hamlet es un pelma. En Mujeres de Shakespeare apenas se detiene con los textos que la obra promete. Canta, baila, se sienta en el sillón desde el que se duermen los directores de escena, olvida el guión, se burla de una espectadora a la que le suena el móvil, improvisa sobre el ruido horroroso que produce un acople... Esa danza de los gestos, esa sonrisa burlona de Arlequín, el juego de equívocos que da sentido a la comedia. Y, sobre todo, esa voz. Qué fácil es seducirme a mí con esa voz.








3. Rodrigo Rato me pareció alguna vez un buen economista, lo cual no significa necesariamente un buen ministro de finanzas. Siempre me costó entender las diferencias entre sus criterios para gobernar la economía y los de su particular Moriarty, Pedro Solbes. Quizá por eso llegué a pensar que daba igual conservador que laborista. Sigo sin estar muy seguro de muchas cosas, pero hoy Rato se me aparece sin ambigüedades como un personaje pequeño y manifiestamente olvidable. Difícil cubrirse tanto de ridículo como cuando, ya dirigiendo el FMI, predijo que la burbuja del ladrillo no estallaría nunca. Un crack. Después paseó su talento por Bankia, donde ha terminado por convencer al mundo de que si le tocara administrar su junta de vecinos probablemente la casa se caería. Qué manera más triste de retirarse del mundanal ruido. Ahora ya sólo tiene dinero. Y lo peor es que, probablemente, es lo único a lo que ha aspirado siempre, pobre hombre.







JUEVES. Vuelvo a ver un viejo episodio de Los Simpsons. Qué maravilla. Hubo un tiempo en que asistía con tanta admiración a esta obra maestra de la televisión de las dos últimas décadas que no podía evitar ver el mundo simpsonizado. Sí, sí, como se lo digo. La recuperación de aquel viejo capítulo me ha hecho recuperar este delirio, y me ha hecho recordar lo cercanos que están a la realidad personajes como el multimillonario Mr Burns o el alcalde Quimby. En los últimos días, en nuestra Springfield particular -hablo de Valencia- nuestra alcaldesa Quimby ha decidido vallar la zona peatonal de la Plaça del Ajuntament, adelantando sin aparente motivo la celebración de cierta mascletá. El objetivo, claro, es evitar que el 15-M vuelvan los acampados del 15-M. Se sospecha que estos grupos de radicales planean volver a montar asambleas y a cuestionar la política del gobierno, los recortes contra los servicios públicos, los contratos basura, el paro juvenil, la brutalidad policial. Qué gentuza, estos perroflautas, ya lo dicen La Razón, Intereconomía y los demás medios informativos de Springfield.

Saturday, May 05, 2012






ENFERMOS SIN PAPELES

En medio de la sucesión de leyes de extranjería grupos de africanos llegaban de muy al sur en patera o intentaban saltar la valla de Melilla. Una gaditana que vivía en el campo fue denunciada por prestar refugio en su casa a unos ilegales que venían huyendo de la policía. El alma de aquella mujer está hecha de la misma pasta que la del médico que rehusará cumplir las nuevas leyes, las cuales sentencian al dolor y la muerte a los enfermos sin papeles, entendido que "sin papeles" quiere decir sin condición humana reconocida, más o menos como los perros, con la diferencia de que a estos al menos sí se les reconoce la condición de perros y les atienden los veterinarios. Algunos galenos cargarán con el juramento hipocrático que un día hicieron y vendarán un dedo sangrante que, según la ley, no deberían vendar; otros estirarán hasta lo imprudente el espíritu deontológico de la medicina y desafiarán a los tiranos falseando historiales clínicos, de modo que una mujer de Ecuador o de Guinea seguirá recibiendo quimioterapia para no morirse. Y no morirse será entonces una manera de desafiar al poder, una violenta conducta como las de los antisistema que queman contenedores... Salvar la vida será entonces cosa clandestina, como ser demócrata lo era durante el franquismo.




Son circunstancias así las que determinan qué es lo que a cada uno nos corre por las venas. En la frontera de California o Texas, probos ciudadanos tienen instalados junto a la bandera del país unas cámaras de vigilancia muy sofisticadas. Gracias a ellas pueden advertir a los federales que un miserable mexicano llega arrastrándose por el desierto con la intención reflejada en la cara de robar a los yanquis algo de la prosperidad que creen haberse merecido. A veces oímos algo sobre un médico de urgencias que se ha negado a prestar auxilio a un accidentado moribundo porque el tipo acababa de completar su jornada o porque el doliente se retorcía a doscientos metros de no sé qué perímetro de intervención.

¿Sigo? El Obispo de Ciudad Real ha declarado que la Reforma Laboral es una inmoralidad, pues maltrata como siempre a los asalariados y a los pobres en beneficio de los mandarines. Es éste el mismo impulso de quienes destruyen su salud en misiones insalubres por tierras de hambruna, guerrilla y paludismo. Otros, la mayoría de los que mandan en esa misma institución, no piensan sino en poner su culo a salvo, por eso se solazan declarando servilismo eterno a Ratzinger y se alían -como siempre han hecho- con los intereses de las capas más acomodadas de la sociedad española. Las luces que parpadean en los cerebros de estos últimos son tan tristes como las del mamarracho que estos días declara enfermos a los homosexuales. (Pero, amigo, ¿tú te has visto?)

Desde siempre la vida nos ha situado ante estas tesituras. Por eso, cuando escarbamos en el alma de un ser humano, empezando por los que nos gobiernan, podemos encontrarnos cualquier cosa. Es lo que pasa con eso de la libertad. La serie de mezquindades con las que el Gobierno -Rajoy las llama "reformas"- nos obsequia cada semana corresponden a una oligarquía de políticos cuya pequeñez les hace candidatos al olvido de la historia. Pero no debemos engañarnos: perseguir implacablemente a inmigrantes ilegales -como reírles las gracias a los obispos que convierten la salvación en una repugnante simonía, destruir la enseñanza pública o ser indulgente con los corruptos si son de alta alcurnia- forma parte del ideario de la derecha española, con lo que se le quitan a uno las ganas de achacárselo a quienes fueron elegidos para llevarla a cabo.



Quiero pensar que algunas personas de bien que les votaron empiezan a darse cuenta de que alguien que nos convierte en delincuentes por cumplir con deberes humanos básicos no merece el poder que se le ha otorgado. No es cuestión de votar a los otros, es cuestión de saber en qué tipo de país queremos vivir. Y en éste hay buen sol, tonadilleras y tortillas de patatas, pero todo puede empezar a oler un poco a rancio y a cobarde y a miseria si no paramos toda esta oleada de fascismo que -como históricamente hizo siempre el fascismo- se excusa en la crisis para triturar nuestras conciencias.  

Friday, April 27, 2012







"YO NO SOY MUY DE HUELGAS"



Viene pasándome tan insistentemente y desde hace tanto que la escena ya ha terminado por resultarme plastosa y aburrida. Manifiesto entre compañeros o allegados la conveniencia de resistirse a prácticas del Poder que me parecen indiscutiblemente opresivas e injustas. Entre las medidas en que se sustancia esa convicción -además de esfuerzos individuales como el de escribir un blog o enviar una carta de protesta a un diario- está todo el amplio abanico de las movilizaciones de trabajadores o simplemente de ciudadanos, lo cual incluye concentraciones, manifestaciones y, por supuesto, huelgas. Cuando, como sucede ahora mismo en el País Valenciano, la Mesa Sectorial de Educación nos convoca a una huelga, se vuelve inevitable escuchar toda esta retahíla de frases con las que algunos manifiestan de forma torcida su firme intención de no mojarse el culo en lo más mínimo con estos asuntos. Si no menudean ustedes por estos cenáculos profesionales, les sorprendería la cantidad de personas que suelta estupideces de tipo "yo, es que soy individualista, no sigo la estrategia de los sindicatos, protesto a mi manera", o, aún más esperpéntico -juro que esto lo he oído de una compañera a la que pregunté si pensaba seguir cierta huelga-: "es que yo no soy muy de huelgas".




A lo largo de mi vida he participado en movilizaciones de todo tipo, algunas plenamente reconocidas como derechos constitucionales y otras a las que me conformaré con definir como más discutibles. También he dejado de participar en muchas otras a las que se me había invitado, a veces por discrepancia, y sospecho, a veces por simple indolencia. Podemos convenir en que cuando tenemos claro contra qué injusticia, alcaldada o miseria social protestamos y qué objetivo pretendemos conseguir, es tan solo cuestión de pura estrategia decidir qué medios pueden ser más eficaces para dichos logros; es entonces cuando podemos discrepar los que deliberamos. Ha habido veces en que ponerse en huelga o incluso salir a cortar una carretera o hasta ponerse en pelotas delante de no sé qué Consejería para que venga la tele me ha parecido lo conveniente, y hay otras en que ni siquiera la huelga de un día -por más que compartiera los objetivos de la misma- me ha parecido eficaz ni justa ni adecuada. Tengo dudas muy serias respecto a la facilidad con la que las centrales sindicales nos convocan a dejar de ir al trabajo en escuelas o institutos públicos, lugares en los que tales medidas provocan antes que a la patronal un dolo considerable a sus usuarios. Sí, ya sé, las huelgas en unos grandes almacenes perjudican a los clientes, y las de transportistas fastidian a mucha gente, de acuerdo, pero la primera que se ve en apuros con una huelga en tales sectores -y por eso se convoca- es la patronal. Aquí no, es posible que una durísima huelga de seis días como la que se acaba de convocar no haga gracia a la Conselleria d´Educació, pero -aparte de que no estoy seguro de que al PP, encantado con prestigiar la enseñanza privada en detrimento de la pública, le haga grandes cosquillas tal medida, que solo tendría repercusión en centros públicos- reconozco que me seduce muy poco el papelón de convencer a los padres de nuestros alumnos de que deben apoyarnos cuando, de llevar la huelga hasta sus últimas consecuencias, ellos serán los principales damnificados.

No sé si voy a hacer la huelga de seis días que se acaba de convocar y que amenaza con ser sólo la primera entrega de un serial conflictivo que puede ser muy largo. Y, caso de hacerla, tampoco sé si llegaré hasta el final. Tengo familia y no vamos sobrados. Decir que efectuar esta alegación es mezquino me parece una inconsecuencia. Cuando uno va a la huelga ya sabe que el primer daño lo va a sufrir en sus carnes, pues va a dejar de percibir el salario del cual vive, a parte de lo doloroso que, a mí al menos, me resulta dejar el aula justo cuando creo que más me necesitan mis alumnos, en especial los preuniversitarios. No sé qué haré, ni ahora ni más adelante; no sé qué es mejor, no sé cuál es la estrategia adecuada, y me siento en uno de esos dilemas morales que han poblado las mejores páginas de la ensayística desde hace milenios. Pero sí hay algunas cosas que me gustaría aclarar a quienes cada vez que hay conflictos laborales se empeñan en recordarme todo eso que ya sabemos que dice siempre la derecha sobre los sindicatos.

Saldré del armario de una vez por todas para evitar malentendidos: no me gustan los sindicalistas, no me gustan nada, es más, los detesto, en concreto detesto a toda esa banda de liberados y enlaces que, en el gremio en el que vivo, llevan dos décadas haciendo ímprobos esfuerzos para convencerme de que no hay esperanza ni para la escuela, ni para la izquierda, ni para la humanidad entera. Si quieren les cuento algún día mis porqués, que son muchos y tienen que ver con la experiencia de una vida. Pero resulta que no es ésta la cuestión. No importa nada lo que piense yo de los sindicatos, ni siquiera lo que podría decir aquí sobre el desmoronamiento de las instituciones representativas o las contradicciones en las que viven las organizaciones políticas tradicionales, entre las que los sindicatos tienen un papel tan preponderante como los partidos, en los que también confío tanto como en dejar a mi abuela al cuidado de Hannibal Lecter.




La realidad es que, como trabajadores, requerimos órganos de representación, personas que negocien con la patronal y que intenten paliar la asimetría propia de las relaciones laborales; todos estamos en el mismo barco y tenemos problemas similares. En el Manifiesto comunista, ese texto del que tantos han abusado para ensalzarlo o para enviarlo a la hoguera, Marx y Engels insisten en la importancia de hacer entender a los proletarios que, aunque no se sientan unidos -cosa muy natural, pues cada uno viene de su padre y de su madre, y es propio de humanos sentirnos diferentes- es la realidad que viven las que les obliga a actuar de forma mancomunada: sus problemas son los mismos, sus enemigos también, si no asumen su condición de clase tienen su guerra perdida. En mi profesión resulta especialmente difícil lograr eso a lo que se llama conciencia de clase. El estatus social del que proviene la mayoría de los docentes, los cuales pudieron alcanzar estudios superiores a veces hace treinta o más años, propicia una especie de individualismo de ínfulas románticas que, en realidad, oculta una profunda incapacidad para la acción conjunta y el riesgo.

En cuanto a mí, resulta que no solo me caen mal los sindicalistas sino que además yo tampoco soy muy de huelgas,  ni de ir pegando gritos delante de la Conselleria, ni, si me apuran, de ir enviando mails para recordar a los compañeros que hemos quedado en la FNAC para ir a una mani que resulta que me va a privar de estar el sábado con mi hija, que es lo que verdaderamente me apetece. Yo, en realidad, soy más de ver series en la tele, mirar el fútbol con una cerveza en la mano, protagonizar tórridas escenas de amor sobre la mesa de la cocina, ir al supermercado del Corte Inglés a comprar mariconadas... No sé, esas cosillas. Se deben figurar algunos de mis compañeros que empleo gran parte de mi tiempo, mis esfuerzos y hasta mi paz de espíritu porque soy un iluminista revolucionario, pretendo fastidiar al PP y a los curas, me gusta la supuesta promiscuidad de las algaradas callejeras y, sobre todo, me encanta que me quiten un pastizal por cada día de huelga.




Lo más curioso es que después, cuando les preguntas si les gusta que les metan ratios de treinta y cinco alumnos, les quiten más y más salario o vayan a desplazarles de su plaza definitiva, te dicen que no es justo, que qué cabrones, que no sé a dónde vamos a parar. Pero claro, ellos no son muy de huelgas, ni de asambleas, ni de manifestaciones... Ellos -me temo- son más bien de agachar la cabecica al paso de los mandarines, o de ir a hacerles un poquito la pelota,  a ver si les dan alguna prebenda. De eso sí son.



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