Monday, April 30, 2007




APOCALYPTO Y LA TAREA DEL HÉROE.
Soy el primero en lanzar miradas de sospecha sobre el llamado "cine de masas". Algún día debatiremos sobre las proporciones del mal que sobre la mirada cinematográfica han hecho
La guerra de las galaxias, Tiburón, Superman o Instinto básico, gracias a las cuales mis alumnos pueden reirse de mí a gusto cuando les aconsejo asistir a ciertos estrenos donde ni hay "efectos especiales" ni le sacan las tripas a la gente ni la protagonista que está muy buena folla con Willem Dafoe, que resulta a su vez ser un marciano verde. Ahora bien, tampoco estoy dispuesto a comulgar con la tradición clericalizada de cierta "izquierda cultural", refugiada en las cuevas universitarias o en las páginas culturales de los diarios, cuyo presuntuoso elitismo podría verse en peligro si se les ocurriese decir que un film como Apocalypto merece la pena. Así los hay que, tras haber hecho enormes esfuerzos para rehabilitar westerns tan absolutamente magistrales como los de John Ford, continúan menospreciando joyas como Blade runner, La semilla del diablo o Sin perdón. Me crié y me enorgullece decirlo con cromos de fubolistas y tebeos de El capitán Trueno, hasta que entré en edad de merecer y entendí que debía hacer un esfuerzo para leer letras sin imágenes, y así empecé con El viejo y el mar, la historia de un heroe tan solitario como nunca jamás volví a encontrar. (En La Habana me dijeron que Gregorio, el pescador de los enormes marlines azules en quien se inspiró Hemingway, aún vivía en Cojímar con más de cien años y te daba una vueltita por cincuenta dólares, pero preferí quedarme con la leyenda y no fui a visitarle, por si su cara no era como la del libro, es decir, como la que imaginé desde los doce años). Por eso creo que cierto cine hecho para ser visto es mucho más contundente, más "muscular", tiene más pegada, como dicen en el futbol, que las películas del pelmazo de Peter Greenaway o algunas de las poluciones mentales con las que de vez en cuando nos obsequian Wenders o Lynch.
Mi segundo visionado de Apocalypto confirma algunas de las impresiones iniciales: es un film apasionado, aunque sea desde el cinismo, de sabor intenso y convicciones fuertes. Coincido con la crítica de que la visión de la cultura maya es reduccionista. Mel Gibson, enamorado de la violencia por no sé muy bien qué tipo de trauma infantil, selecciona todo lo que de los documentos historiográficos huele más a hemoglobina y cuchillo afilado y se refocila como un gorrino con las cabezas de los sacrificados que ruedan por los escalones de la pirámide sagrada en respuesta a las demandas de Kuculkán. Los mayas fueron algo más que un hatajo de sádicos encarnizados, aunque cabe suponer que en tiempos de sequía y pestilencia cualquiera mira a los cielos como Abraham con cara de "pídeme la mayor salvajada y se hará tu voluntad, que para eso estamos". También es sospechosa la apuesta con que empieza el film, según la cual "una civilización sólo es derrotada desde fuera cuando ha empezado a corromperse desde dentro". Este planteamiento es tramposo porque se sirve de una hipótesis ad hoc: como los europeos los sometieron, entonces es que ya se habían corrompido. En realidad, la visita extranjera fue como la de unos extraterrestres, llegaron de la nada para quedarse, eran más eficaces en la guerra y destruyeron a las distintas tribus indoamericanas, las cuales por cierto habrían opuesto más resistencia si hubieran tenido la vocación de asesinos que Gibson les atribuye.
Cinematográficamente hablando, el film adolece de algunas otras imperfecciones muy considerables, como la de convertir la parte final en una especie de cacería del hombre muy al estilo Acorralado, lo cual no es óbice para reconocer en ese tramo algunos momentos especialmente afortunados, como el de los dardos que se envenenan en el cuerpo de una rana o el panal de abejas lanzado contra los perseguidores.
Pues bien, con todo esto, Apocalypto me parece un film imprescindible. Todo el tramo que transcurre en la capital, muy en especial el de los sacrificios, que a muchos les recordará al del calvario de La pasión de Cristo, acerca a sus autores a la excelencia. "Apocalipsis": el summum del dolor, la desgracia sin esperanza, el camino hacia la muerte ritual ante un sacerdote sádico investido del poder de hablar directamente con los dioses y decidir como salvar a una nación. Mirada de tristeza infinita hacia sus familiares de aquel que, impotente, va sabiendo cada minuto con más certeza que lo que le espera al final de la ascensión a la pirámide es precipitarse hacia el abismo oscuro que se abre tras las fauces de Kuculkán... nos hace pensar en la desgracia sin esperanza de quienes bajaban del tren atestado que desembocaba en las duchas de Auschwitz, donde la muerte se administraba con mucho menos ritual y, acaso por ello, con mayor eficacia.
La huida del protagonista, que aprovecha una milagrosa casualidad para escurrirse como un insecto entre sus depredadores, nos invita a salir de la melancolía. Hasta entonces, poco más que la crueldad de los ganadores y la extinción -no es otra cosa el apocalypto- de los pueblos de la selva... Lo que vino después para los mayas y sus pueblos rivales fue un genocidio perpetrado por los españoles, pero acaso toda la historia es un genocidio.
Esto rescata el recuerdo de la tarea socrática, que no es otra que la de la virtud. El protagonista, acosado de forma inmisericorde por las bestias, no puede pensar sino en huir... de pronto, tras un momento límite, emerge de una ciénaga, el cuerpo lleno de barro, como el de uno de aquellos habitantes hechizados de los bosques, y mira por primera vez con ojos de atacar a los sorprendidos perseguidores. "Este es mi bosque, aquí cazó mi padre, y el padre de mi padre, aquí cazo yo, y cazarán mis hijos", les grita insolente cuando descubre que sus fuerzas le permiten aguantar muchos más golpes de lo que pensaba. Deberíamos gritar eso mismo como hacen los lunáticos alguna vez desde los puentes de las avenidas de esta gran ciudad a los ejércitos de automóviles que rugen a su entrada en la jungla. "Esta es mi selva, aquí cazo yo, y cazarán mis hijos".
Vamos a morir: algún día seguramente no lejano seremos capturados y nos extraerá el corazón un sumo sacerdote convencido de ser el único capaz de entender los deseos de Kuculkán. La tarea del héroe no es otra que la de saber prepararse para ese momento. "Y he aquí que veo a mi padre, al padre de mi padre, y a los antepasados de mi linaje hasta el origen de mi pueblo. Oigo que me llaman para ocupar un lugar junto a ellos en Walhalla... para siempre", dicen los guerreros del norte al empuñar la espada ante el combate. Deberíamos pensar así, no sé por qué abandonamos esa convicción que tan clara tuvimos desde niños, deberíamos imitar a los héroes y recordar mirando a las estrellas que nuestros antepasados nos vigilan, atentos a que no pongamos en peligro su honorable recuerdo.
"Hay ciertos rasgos que aparecen más visiblemente frente a la destrucción. El hombre no actúa entonces según lo exige su conservación, sino según lo exige su significado".
Ernst Junger.

Saturday, April 21, 2007



























LA JUVENTUD DOMESTICADA, DE DAVID P.MONTESINOS.


1. La juventud domesticada. Cómo la cultura juvenil se convirtió en simulacro. La madrileña editorial Popular ha tenido la inmensa generosidad de publicarme este libro, escrito hace dos años y del que me siento particularmente orgulloso. Soy consciente de que el título del texto contiene matices provocativos que lo hacen inmediatamente polémico. Por eso creo que es conveniente explicarlo de la manera más didáctica posible.


A lo largo de la historia el joven ha sido un elemento "liminar" de las sociedades. En la comunidad rural europea de las edades premodernas, por ejemplo, el joven -tendente por lo general a agruparse tribalmente de forma espontánea y a habitar lugares y tiempos inhóspitos, secretos o prohibidos de la comunidad- cumplía la función de mantener alejados o vigilados a los elementos excluidos por la tribu. Así, las primitivas tribus de jóvenes, moviéndose dentro de una lógica lindante con el delito, ayudaban inconscientemente a preservar el orden social frente a mujeres disolutas, extranjeros, vagabundos o nigromantes, de ahí que de alguna forma se les tolerara. Así, el poder disruptor que por definición encarna el joven era reconducido hacia misiones oscuras pero eficaces... hasta que llegaba el día de producir sustento regularmente o de morir en combate.


Pero la historia de los jóvenes no tendría el sentido que le otorgo sin el Movement, nombre que adopta entre muchos otros el densísimo conjunto de protestas, reivindicaciones y transformaciones que en la sociedad opulenta estalló en los años sesenta. De todo ello el Mayo Francés es, si se quiere, un paradigma, pero en ningún caso el acontecimiento fundante de aquéllo a lo que hemos considerado la Revolución Juvenil. En todo caso se trata de una consecuencia, en el mismo sentido en que la Toma de la Bastilla en 1789 lo es de un siglo de Ilustración. El cine teenager que empieza a cuajar en América superada la postguerra, la bohemia de los beatniks, la expansión ciclópea del pop, la proliferación de subcultos y sus drogas características, las barricadas de París... creo que todos estos acontecimientos forman parte de una gran lógica de apertura a la que sólo dejaré de mirar con buenos ojos el día en que, como todo reaccionario que se precie, deje de creer que la libertad y la creación y extensión de derechos no traen más que desórdenes.


La preocupación que da origen a este libro arranca de la constatación -del presentimiento acaso- de que la energía que llevó a la juventud occidental a convertirse en la nueva gran creadora de derechos y de signos, en la mayor cuestionadora de los viejos modelos de autoridad y, en definitiva, en la fuerza revolucionaria más formidable de la era tardoindustrial ha quedado misteriosa y secretamente colapsada. Los media nos insisten una y otra vez en la asociación entre juventud y rebeldía, una juventud que debemos proteger -como los parques naturales- ecológicamente en nosotros mismos, incluso cuando ya no somos jóvenes. Parece que todos hemos de luchar como valientes contra los signos de envejecimiento de nuestra piel, hemos de desear a diosas con pinta de adolescente -cuando no de niña púber- y solazarnos con espectáculos y diversiones concienzudamente puerilizadas para adultos, desde los estadios de fútbol a los parques temáticos pasando por los videojuegos y las despedidas de soltera donde una treintaañera hecha y derecha hace la gallina en medio de la calle... Sí, pero ¿dónde está el poder disruptor creativo que hizo salir a los jóvenes a la calle para reclamar no la toma del poder político sino la transformación profunda de los estilos de vida y de relación entre humanos? Disruptor es, desde luego, el niño insumiso que hace imposible la normalidad del aula en la escuela, o el que garbea insolente por las calles sintiendo que la tribu de los adultos renuncia a afearle su mala conducta. Lo que no creo es que esa voluntad de desorden sea mucho más que la respuesta desesperanzada y a veces esquizofrénica a la falta de criterios.

Es cierto, acontecimientos como el del "No a la Guerra" o "Nunca mais", por no hablar de Seattle, Génova o las asociaciones juveniles que, con mucho más de voluntad de asociarse y combatir que para adiestrarse en la preservación del orden legado por los adultos como hacían los boy-scouts, obligan a volver oblicua esta mirada nostálgica y nihilista que parece creer que el "sesentayochismo" da carpetazo la Revolución Juvenil. De ser así, como expongo en el ensayo, no habría que renunciar al esfuerzo de la crítica, sólo habría que trasladarlo a otros puntos liminares del mapa social, como los sin techo, los inmigrantes, los homosexuales o las mujeres... Pero es que estoy muy lejos de creer que los Nuevos Movimientos Sociales sean ajenos a los jóvenes. Es por eso que el mensaje de este libro queda abierto, pues su objetivo no es otro que el de suscitar la controversia. ¿No será que el trayecto de la herencia -entendida como legado espiritual- ha quedado interrumpido porque los jóvenes contestan con la ausencia, con la renuncia a ocupar los puestos de poder, al empeño adulto por desactivarlos como ciudadanos
y convertirlos en consumidores? ¿No será que el reclamo de fe en la experiencia asociativa como única posibilidad de reconstruir los puentes del derecho y la justicia ha quedado triturado en ellos por el individualismo atroz, ese miedo paranoico al Otro, en que los hemos educado? ¿No es culpable de ignorancia quien, nostálgico del rock, acude a un concierto de momias de sesenta años mientras acusa al hip hop de simple moda yanqui para cabezas huecas? Abramos el debate.


2. El pasado miércoles 18 de abril presentamos esta obra en La Casa del Libro de Valencia, ante un público ciertamente más numeroso de lo que yo esperaba. Intervinieron Antonio Lastra y Justo Serna -fotografía en la cabecera del texto- que estuvieron magníficos, suscitando una polémica que es precisamente lo que pretendo y la única razón -vanidades aparte, somos humanos- por la que peleé por la edición del ensayo. Mi recuerdo de este encuentro será ya imborrable para siempre. Quiero agradecer a todo el mundo su participación y su apoyo, pero especialmente he de dar las gracias a Pepa, mi mujer, protagonista de mis sueños y mis desvelos, que cuidó de esta obra y de mi vida, y a la que quiero como nunca quise a nadie. También a Nacho y a Valeria, que nos trajeron a Olivia para iluminar un invierno que se había vuelto sombrío.


3. El libro La juventud domesticada. Cómo la cultura juvenil se convirtió en simulacro, ha sido publicado por la admirable Editorial Popular, que tuvo la desfachatez de editar a un don nadie simplemente porque les gustó y porque les dio la gana. A ellos mi reconocimiento eterno. El precio del volumen es de doce euros. Podéis adquirirlo ahora mismo en La Casa del Libro o en librerías como París-Valencia. Se puede adquirir también por Internet dirigiendoos a la web de la editorial. www.editorialpopular.com






































Wednesday, April 04, 2007
















NITROGLICERINA



Después de que, por pura cobardía -no me gustan las explosiones- optara por abandonar Valencia durante unos días, casualmente los cuatro más ardientes de las Fallas, regresé a casa dispuesto a disfrutar de la tranquilidad que queda en las calles de mi amada ciudad tras la resaca mascletera. Cometo la imprudencia de poner el contestador: la empresa de transportes TNT -vaya con el nombrecito- me comunicaba que tenían un paquete enviado a mi nombre y que les llamara para que me lo hicieran llegar. Dada la ansiedad con que esperaba dicho paquete, tuve la tentación de preguntarles dónde estaba su almacén para ir yo mismo a recogerlo. Opté por el confort de lo convencional y, dado que son transportistas, decidí dilatar mi infantil impaciencia y les llamé para que me lo trajeran a casa. Esa misma tarde no podía ser, lógicamente, pero podíamos quedar al día siguiente, miércoles. Yo debía salir de casa por la mañana no más tarde de las 12 horas, por lo cual le pedí al telefonista que me asegurara que los del camión pasarían antes. Madrugué y me dispuse tras el desayuno a disfrutar de una dulce espera, suspirando con el momento en que abriría mi caja y disfrutaría como un crío con su literario y deseado contenido. La cara de tonto que a uno se le va poniendo cuando espera en vano horas y horas necesita un Velázquez para ser retratada en toda su profundidad. Llamé irritado a la empresa. "Tranquilo, yo hablo con el conductor y le llamo en unos minutos". Pero la telefonista no me llama y tengo que marcharme. Llamo a la hora de comer, se pone otra telefonista y me comunica, tras largas gestiones, que el conductor se ha equivocado de calle, y que el nombre de la mía es idéntico al de otra calle del extremo opuesto de la ciudad. El haber tenido yo la prevención de incorporar bien clarita a la dirección el distrito postal no ha resultado una medida exitosa por lo visto. Decido armarme de paciencia:

-"Bien, traigánmelo esta tarde, les espero",

-"No señor, esta tarde va a ser imposible"

Me decido en plan Rambo a ir a por mi paquete en persona, pero la central está lejos de Valencia, en uno de esos polígonos industriales sometidos a las leyes del bandidaje, con lo cual decido recuperar el discurso de la paciencia. Como la siguiente mañana he de pasarla -como todo Cristo- en mi centro de trabajo, le doy a la señorita la dirección de dicho centro, todo muy detalladito para que lo entiendan y, si le va el bolígrafo, lo apunte correctamente. No importa que yo no esté, firmará la conserge, no importa que no haya parking, yo le pago la multa... pero traiganme mañana el paquete, por favor.

Al día siguiente movilizo al ejército de conserges del Centro. Pasan las horas, bajo una y otra vez preguntando ansiosamente por el paquete, hay una conserge que empieza a mirarme con lástima: soy como su sobrino yonqui que ponía la misma cara cuando en el centro de toxicómanos no llegaba la metadona. A la una, desesperado, llamo a la simpática empresa TNT, y me vuelven a decir que no lo entienden y que van a llamar al conductor. No hay respuesta. A las tres vuelvo a llamar y, después de muchas intentonas, por fin se ponen. Me tranquilizo antes de hablar, explico al enésimo empleado el problema, quien no parece extrañarse de que su empresa trabaje como Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio. Amenazo con una denuncia y se pone un poquito serio. Cae en un irregularidad del tipo "yo me lavo las manos" y me da el móvil del conductor, al que llamaré a partir de ahora -siguiendo con el símil historietista- "Manolón, condutor de camión". "¿Qué?", dice el tipo con tosquedad, mientras yo hago un esfuerzo por visualizarlo y no me quito de la cabeza al Doctor Zaius, el gorila malo de El planeta de los simios. Me dice que no ha encontrado el sitio, que le han dado mal el albarán y que la culpa es de los de administración. La conserge, que me ha dejado llamar desde el teléfono de consergería, me mira con sorna, pero luego empieza a preocuparse, pues me quiere bien y advierte que mi cara es similar a las de los preinfartados.

-"Esta bien", digo, una vez más armado de cristiana paciencia. "Le espero aquí el tiempo que haga falta, traigámelo esta tarde."

-"Ah, no, yo ese barrio no lo hago por la tarde"


Soy en ese momento un hombre asustado, lo reconozco. "Este hijo de una hiena rabiosa me ha perdido el paquete, o si no, es capaz de quemarlo si le digo que le voy a llevar al Tribunal de Crímenes contra la Humanidad", pienso. Compréndame, el miedo y el dolor quiebran la voluntad de los hombres, nos convierten en unos miserables. Decido arrastrarme, cercano como me hallo a los síntomas del Síndrome de Estocolmo: "Se lo suplico, traigame mañana el paquete, traigamelo, se lo pido por favor". Se me pasa por la cabeza ofrecerle dinero, soy como esos padres angustiados ante el secuestrador de su hijo: "Haré lo que usted me pida, y nada de policía, se lo juro" El tipo se despide hasta mañana con el pecho inflado por la convicción -que mi tono le ha reforzado- de que él no es el culpable, de que puede hacerlo todo mal, desde incendiar la ciudad hasta aplastar a su madre con una bombona de butano, que los culpables siempre vamos a ser los demás.

A medianoche me despierto en medio de una pesadilla empapado en un frío sudor. Mi lucidez es absoluta en medio de las horas más inhóspitas: "Esto no ha terminado", dice mi mujer que grito no se sabe si despierto o dormido.

Llega el día más deseado. "Va a salir bien", me digo pese a los malos augurios de la noche anterior. Empiezo mi jornada laboral con alegría impostada y algún cántico, ayvó, ayvó...Tensa espera, las horas vuelven a desgranarse, una tras otra, con encarnizada crueldad... Miro de vez en cuando de reojo a la conserge, cara de negativa y de lástima, a sus ojos soy un hombre dañado. A mediodía, y ante la perspectiva del fin de semana yermo, me decido a ir al teléfono con la firme resolución de empezar a chillar y amenazar con hacer rodar cabezas. De pronto, la conserge me anuncia que mi mujer está al teléfono: "Han llamado de la empresa que te mandó el paquete, les he contado la historia y les han montado una de miedo a los de TNT. Estos han llamado aquí y dicen que el camionero dejó el paquete ayer en su destino." Es obvio que Manolón les ha mentido. Lo más alucinante es que a continuación le llamo al móvil."¿Qué?", dice el ángel del infierno con evidente molestia. Me comunica que ha dejado el paquete media hora antes donde le pedí, que había macetas a la entrada, una conserge a la derecha y una fotocopiadora a la izquierda. Pero a ver, hombre de Dios, ¿dónde demonios has dejado el paquete?. De nuevo la paciencia, me trago las lágrimas, pero ¿por dónde has entrado con el camión?, ¿seguro que no te has confundido de pueblo o de planeta, hijo de Azrael? Repentinamente, un relámpago de inteligencia atraviesa mi mente nublada por el rencor... Lo tengo, Manolón ha dejado el paquete justo en el Instituto de Formación Profesional que hay detrás del nuestro. Le cuelgo, decido ir en persona a por mi paquete. Pienso que los tipos que lo han recibido pueden decir que es suyo, me convenzo por el camino de que el paquete va a salir de allí conmigo por mis cojones, así tenga que liarme a hostias. Efectivamente, hay macetas fuera, también un conserge -"yo no zé na, pregunte ahí"- y una oficina en frente.Entro, me envían a un despacho. Abro la puera, hay un tipo con los pies sobre la mesa que ha destripado la caja y está leyendo uno de los libros.

-"¿Le gusta el libro?"

-"Pues, mire, como viene de la Editorial Popular pensaba que sería del Jiménez Losantos o algo así, ¿y usted quien es?

-"Pues yo soy el autor, y resulta que no soy Jiménez Losantos"

Mi cara de ecce homo le impone desconfianza, me da el paquete sin rechistar.

Pues sí, señores, el paquete contenía los veinte ejemplares del ensayo que Editorial Popular ha tenido la generosidad de publicarme. Seguro que ahora entienden mi ansiedad. Es más dudoso que lo entiendan Manolón y sus amigos de TNT (Nitroglicerina), empresa de transportes a domicilio. Reflexionen, piensen en la clase empresarial española, cómo funciona, con qué criterios contrata personal, en qué condiciones los mantiene... De momento, envienme los paquetes por correo normal. Llega tarde pero, como funciona por bolsa de trabajo, todavía no tienen en nómina a Manolón. No encontró la calle donde había que ir a apuntarse. Feliz via crucis.

Saturday, March 10, 2007


MI MUERTE EN TODAS PARTES, MI MUERTE QUE SUEÑA.
La primera vez que le ví en vivo me decepcionó. Era un monsieur bajito y regordete, con pinta de tímido, muy lejos del aire enigmático de los retratos de contraportada de la Editorial Anagrama, que dio a conocer su obra en España. Hablé con él en dos ocasiones, nunca en privado, y no le caí demasiado bien, dado que el tono de mis preguntas era más bien capcioso. Pero el hecho, señores, es que mi tesis doctoral se titula El poder y los signos. Baudrillard y la incertidumbre de la crítica, que pasé casi una década de mi vida persiguiendo a este tipo, que creo firmemente que es uno de los pensadores cuya influencia va a crecer más en los próximos años, y que por todo ello no voy a consentir que ustedes se vayan hoy a la cama pensando que el que ha caído era un soldado raso.
Seré más académico de lo habitual en este blog, pero trataré de no aburrirles. Creo que la figura de Jean Baudrillard es clave por los motivos que expongo a continuación.
1. En tanto que crítico de la Sociedad de Consumo, es uno de los pocos pensadores que ha sido capaz de atisbar la crísis de la teoría crítica y, con ello, de toda la izquierda. Asumiendo una formación escolar muy a la francesa, desde las alargadas sombras de Nietzsche, Bataille, Freud, Foucault y, muy especialmente, Roland Barthes, el proyecto de escritor que es Jean Baudrillard cuaja como un cruce entre el postestructuralismo y el situacionismo. Lo característico es que, si siempre se ha podido asociar el nombre de Derrida al primer movimiento y de Debord al segundo, la escritura de Baudrillard rompe muy pronto con éstas y con cualesquiera otras formaciones, hasta dar con un estilo tan personal, tan intraducible, a veces casi tan indigesto, como el de Canetti o Cioran. Lo que, desde mi punto de vista, dice Baudrillard a la gauche divine es que sumergida desde el fracaso de la Revolución del 68 en la comodidad de un radicalismo inconsecuente e incapaz de afrontar la obligación de gobernar o en la blandura de las guaridas académicas, ha sido incapaz de alumbrar modelos conceptuales nuevos para pensar fenómenos nuevos. La teoría de los simulacros es la alternativa de nuestro autor a esta actitud intelectualmente dogmática y cobarde. Mientras otros discutían sobre la autenticidad marxiana del estalinismo, Baudrillard urdía una compleja crítica del principio de realidad, cuyo objetivo era cuestionar las bases materialistas sobre las que se construyó la crítica de la economía política clásica. Ya no era el capital sino los códigos el campo de combate, ya no la producción de riqueza sino de signos, ya no la dialéctica sino la seducción, ya no lo real sino el simulacro... Baudrillard puso los fundamentos de un modelo crítico que ahora rebautizan muchos como sociedad líquida o capitalismo de ficción sin reconocer la herencia de quien primero supo explicarnos que lo que nos birlaba el juego de signos seductores del modelo consumista de la sociedad opulenta era el juego mismo de lo real. Reformateado en forma simulada, envuelto en el celofán de lo aséptico e indoloro, la posibilidad hermosa y trágica de la experiencia real se nos ofrecía envuelta en celofán y cómodas dosis para convertirnos en seres inofensivos... y todo ello sin que nos diéramos cuenta, hipnotizados por el derroche de riqueza de la nueva sociedad del hiperdesarrollo.
2. Baudrillard es uno más de los escritores que han sido capaces de pensar los fenómenos extremos. Y lo ha hecho con categorías extremas, como supieron entender Nietzsche y Bataille, Artaud y Cioran, Goya y Warhol... Él supo explicarnos que la atracción oculta del principio femenino residía en el designio de ocultarse como realidad para objetualizarse como signo -un signo del que después no podía disponerse-... Descubrió que lo que los terroristas habían conquistado no era el Mal, sino la capacidad para mantener la vieja energía del desafío simbólico, la producción del acontecimiento absoluto como la autoinmolación o el espectáculo ciclópeo de las Twin Towers desmoronándose, frente a la incapacidad occidental para poner la vida sobre la mesa del desafío... Nos enseñó que la política se había deshilachado en el juego de su propio simulacro, impotente, sin poder para gobernar realmente nuestras vidas, convertida en una prostituta destinada al espectáculo mediático... Dijo que el milenio no traería nada porque en realidad no ocurriría, como ha sucedido con las sucesivas Guerras del Golfo, condenadas a la maldición infernal de eternizarse por haber sido programadas por la televisión, o los reality, donde se nos vende como espectáculo preconfigurado la vida social de la que, por miedo a los Otros, nos hemos deshecho ya en nuestras casas y calles...
Jean Baudrillard acabó sus días protestando, como tantos otros, contra la globalización, pero él no lo hizo desde la reivindicación de una integración blanda como la de los Derechos Humanos, sino desde la mirada fascinada hacia la alteridad radical del mundo que la uniformización mundializada desde los media y las multinacionales pretenden liquidar. No responde a otra cosa el terrorismo o la quema de coches en los suburbios de París, reacciones equivocadas frente a un integrismo blanco que amenaza con convertir nuestras vidas en pura mezquindad.
La muerte es el más radical de los acontecimientos, ante el que no debemos dejar que mezquindades light como las de la conmiseración nos ablande...
Nuestras vidas, que acaso sólo sean un sueño fugaz del cadaver que, como avisó, Cioran, se prepara en cada uno de nosotros.

Tuesday, February 27, 2007



LOS MUERTOS

A Beatriz Camus, in memoriam

Tres días han pasado desde que Beatriz Camus voló tras romper la luna de un coche y se estrelló contra un asfalto rabioso para ya no despertar jamás. Es curioso, los alumnos que he tenido y han muerto lo hicieron de esa estúpida manera. Alguno se durmió, otro confundió el acelerador con el freno, y ésta cometió el error de subirse al coche de un amigo sin carnet que se creía lo suficientemente listo como para conducir a 150 por una avenida de la ciudad. Bastó que la rueda tocara un pequeño bordillo para que sus dos acompañantes se destrozaran, aunque él, tras varias vueltas de campaña y colisión final contra un contenedor, salió ileso. Mis padres me han avisado desde niño del infierno de las drogas o del peligro de los caminos oscuros repletos de salteadores y sacasebos, pero en ningún lugar he visto tanta muerte como en las carreteras. Es un tópico, pero también algo verdadero, que ni el terrorismo ni la delincuencia tienen ese poder para segar vidas, y ni siquiera la enfermedad tiene la guadaña tan afilada cuando hablamos de personas jóvenes.

Tengo veinte años más de vida que Bea. Me cuesta quitarme de encima la impresión de que mi vida ha sido una sucesión de decisiones erróneas, que he fallado en casi todo, que he perdido de la manera más miserable a personas que quería... pero nada me parece más absurdo que ese instante en que alguien pierde todo lo que tiene y -lo que es peor- todo lo que podría tener. No es justo morir a esa edad. "Quien no muere joven, merece morir", dijo Cioran. Sí, todos hacemos méritos a cada segundo para que nos lleven los demonios, todos estamos viviendo con tiempo prestado, pero algunos tienen que pagar antes que otros. ¿Por qué? Encuentro tan poca respuesta a esa pregunta terrible como los seres devastados que más la querían. Puedo imaginar a un hombre de cuarenta y ocho años entrando cada media hora angustiado a la habitación las noches en que ella salía de marcha para ver si ya, por fin, la niña estaba en casa. Se habla muchas veces del duelo de los amantes perdedores, pero muy poco del de esos padres pesados que nos aman a fondo perdido y que encanecieron de puro miedo esperándonos en vela mientras buscábamos nuestro lugar en el mundo los sábados por la noche. De ese dolor y de los muñones que quedan en el alma cuando los peores presagios se confirman se hacen pocas poesías, desaparecen en el ruido y el trajín de los días de después mientras uno queda condenado para siempre a la soledad y al dolor.

Ayer el cura dijo ante el cuerpo de Beatriz algo sobre el seno acogedor de Dios y sobre la vida eterna. No sé porque no decimos en voz alta lo que todos sentimos: morirse es una jugada odiosa que el destino nos depara y que, si se trata de un joven, se convierte en un escándalo intolerable. Podemos confortar a los familiares, pero después sólo quedará un camino en el desierto que acaso no tengan fuerzas para recorrer.

Bea ha vivido veinte años menos de los que yo tengo cuando escribo estas líneas, y no dejo de pensar en lo que ha sido la vida de cualquiera como yo desde el momento mismo en que, con su edad, yo seguí vivo y ella se subió al coche fatídico. Ya no podrá ver el sol deshacer las sombras entre las columnas del Templo de Karnak, no besará al hombre de su vida en lo alto de una torre, no verá las lágrimas de alegría de su madre la mañana de su boda, no engendrará a una niña que terminaría siendo altiva y orgullosa como ella, no se tragará las lágrimas ante la angustía de lo sábados por la noche cuando la niña tarde en regresar... Todo eso se lo perderá ya sin remedio. Descanse en paz.

Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer, como el descenso de su último oscaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

Dublineses. James Joyce.

Wednesday, February 14, 2007



DISUASIÓN
Razones para la inacción las hay siempre, incluso seguir respirando es una temeridad repleta de contraindicaciones. Los islámicos rezan a Dios pidiendo perdón por lo que debieron hacer y no hicieron, por lo que debieron decir y no dijeron, incluso por lo que debieron pensar y no pensaron. Uno no debe pues arrepentirse de lo hecho, sino más bien de lo quedó pendiente, de tantas veces en que dijo "ahora no". Sin embargo, uno cae mejor y se resguarda de todo tipo de tempestades si mantiene la boca cerrada y el cuerpo inmóvil como el de un yogui hindú. Claro que una vida cómoda tiene su atractivo, que la gente excesivamente activa termina pareciendo sobreactuada e histérica y que los acontecimientos más sangrientos de la historia han sido llevados a cabo por hombres resolutos y decididos. Justamente por ello, dejar sin respuesta las atrocidades es la peor de las soluciones.
Llama el filósofo francés Jean Baudrillard "Gran Disuasión" a la era en que las dos grandes potencias se amenazaban e instigaban continuamente, alardeando de la cantidad de veces que sus arsenales nucleares podían atomizar al enemigo y al resto del mundo. Esa escena de los dos machos cara a cara con gesto amenazante, a un centímetro del choque de un estallido de violencia que casi nunca llegaba, se repite en mi memoria de la escuela. Y tiene su lado bueno. Mientras soviéticos y norteamericanos se intimidaban mutuamente, amagando con un golpe sin vuelta atrás, la vida transcurría en medio de una calma tensa pero permanente, sostenida por misteriosos contrapesos. La Crisis de los Misiles, con la pequeña isla de Cuba en el epicentro del terremoto, puso demasiado a la vista que la idea de la Gran Guerra había desaparecido en favor de su simulacro, una escalada de signos de lo bélico cuyo designio secreto era exhibirse promiscuamente, proliferar obscenamente, impregnar todas las imágenes y todos los discursos, para ocultar que en realidad ya no era posible. Sospecho que esa fue la razón secreta del complot de los halcones que acabó con el asesinato de Kennedy.
El Telón de Acero se desmoronó con una rapidez inquietante incluso para sus enemigos. Las libertades se descongelaban en la Europa del Este al microondas no por la victoria del impulso democratizador de Occidente, sino por la misteriosa inmunodeficiencia del mundo comunista. Pero la Era de la Disuasión no ha concluido, ha mutado. El terrorismo de Al Qaeda, en tanto que inducción a la pasividad mediante el miedo, es el invitado de honor del nuevo paisaje. Sería ingenuo pensar que se trata que esa lógica invade tan sólo los foros de la Alta Política. En verdad impregna toda la vida cotidiana, y eso es lo realmente preocupante.
Por ejemplo, cuando estudiaba en la Universidad me encontré con un catedrático indeseable cuya asignatura se aprobaba sólo en el caso de que uno comprara y memorizara el único libro que conformaba la bibliografía de su asignatura, libro que -ya lo imaginan ustedes- había sido escrito por el susodicho personaje. Perdonen la inmodestia, pero encabecé un motín contra esta repugnante situación animando y convenciendo a cientos de compañeros para que acabarán con el repugnante feudalismo del saber al que este señor y otros de su ralea sometían -y someten- a los indefensos estudiantes universitarios. La cosa no terminó de cuajar, pues el tipo sigue con su honrosa vida de catedrático y rentista de libros, pero lo peor no fueron los amagos de represalia de los que fuimos objeto algunos, sino la respuesta que me dieron algunos compañeros a los que empujé a la rebelión: desde "deberíamos dialogar con él, evitar molestarle", hasta "¿por qué movilizarnos contra eso del libro con la cantidad de cuestiones estructurales que primero habría que afrontar?". Ya lo ven, la gente siempre encuentra razones para no hacer nada, la cobardía es la más irresistible de las tentaciones.
En una ocasión, con motivo de una huelga en mi centro de trabajo, pregunté a una compañera por su actitud ante la convocatoria que realizábamos el resto de empleados: "es que yo no soy muy de huelgas", me dijo, como si perder un día de sueldo y ponerse a gritar en medio de la calle fuese la vocación natural de los demás, claro que entre los trabajadores hay tanta insolidaridad como entre los empresarios, estamos todos hechos de la misma pasta, qué vamos a hacerle.
Sumo y sigo, medidas ecológicas simples como las de separar los tipos de basura se abandonan por desidia, pues, aparte de que las autoridades son extrañamente poco contundentes a la hora de molestar a la ciudadanía con este tipo de demandas de higiene básica, la gente encuentra rápido consuelo en la teoría conspirativa de que "todo es una panoplia para que algunas empresas de reciclaje se forren a cuenta de los tontos que llevan el papel, el plástico, el cristal y la comida a contenedores distintos". Esto vale para el ahorro doméstico del agua, la necesidad de aminorar la emisión de gases procedentes del transporte privado, el abuso energético de los aires acondicionados con los que tropicalizamos nuestra vivienda... Hablando de ecología, recuerdo hace unos veinte años cuando el gobierno de Felipe González decidió sumergir el pueblo leonés de Riaño para construir un gran pantano. Acudieron para hacer frente a las excavadoras personas de toda España, pero muchos ecologistas de tierras mediterráneas-muy ilustrados ellos en la tradición ideológica de la izquierda divina de los años sesenta y setenta- se autodisuadieron de apoyar la protesta: "açó és a Espanya, a nosaltres ens preocupen els països catalans", reconocía en privado algunos de estos subnormales.
Se agolpan en mi mente todo tipo de excusas para la cobardía. Hay quien se niega a votar porque no cree que los políticos resuelvan nada, pero eso vale tan poco como el acto igualmente insignificante de votar, siempre que lo que uno y otro hacen es desentenderse de la obligación cívica de participar en la vida pública, lo cual no se sustancia, por más que los profesionales de la política se empeñen, en unos comicios cuatrienales para honrar a la partidocracia. Podría hablar de quienes desde la derecha más clericalista, pero en algunos casos también desde la izquierda, se oponen rotundamente a la legalización de la prostitución sin preocuparse después de si las profesionales del sexo mejoran en lo más mínimo la desolación de sus vidas, mucho más indignas por el frío, la esclavitud y el miedo a la violencia que por el tipo de intercambio mercantil que cotidianamente realizan. Puedo pensar en la cantidad de razones que cualquier ciudadano vasco encontraba y encuentra para no juntarse con aquel pequeño grupo de locos que en los años ochenta -apenas una docena de personas, después uno o dos centenares- acudían al centro de Donosti para manifestarse en silencio por cada asesinato de ETA. Sabían que, dando la cara, su nombre pasaba automáticamente a la diana de los fascistas, pero la libertad y la democracia han nacido siempre en el heroísmo desesperado y silencioso de grupos de personas como aquél, o como el de las Madres de Mayo, que asumieron el riesgo de morir con el pañuelo blanco en la cabeza antes que conformarse con la infamia de la que sus familias habían sido objeto.
Conozco una persona que tuerce el gesto cada vez que alguien le dice que va a tener un hijo: "otro problema, otra fuente de padecimiento"; me recuerda al que decía que no quería tener perro "porque luego le coges cariño y te da pena cuando muere".
Morir... eso es lo que nos va a pasar a todos. Y es una estupidez esperar pasivamente y atenazados por el miedo a lo que de todas formas tiene que llegar.

Sunday, January 28, 2007


BÁRBAROS
DE LAS CALLES
Podría explicarles las razones por las cuales aquella tarde me sentía especialmente relajado, pero no voy a hacerlo porque -¿saben?- creo que deberíamos hacer todos un esfuerzo para experimentar el placer inmenso de estar vivos, sentir sobre la cara el viento húmedo de la libertad y abrir las narices aunque sea -Félix Grande dixit- "pólvora lo que pueda olerse"... y todo ello sin necesitar excusas ni sentirnos obligados a dar explicaciones. Estaba en paz con Dios y punto, conque, abstraído en mis pensamientos, caminaba por la acera al ritmo de mi alma y no al de las calles. Ese fue el pecado que desencadenó el conflicto. El empujón de un tipo de unos veintitantos años al que, por su amargor, llamaré "Pomelito", me hizo bajar abruptamente de las alturas espirituales en que me hallaba. Llamé educadamente su atención unos segundos después, cuando empecé a hacerme a la idea de lo que había pasado. La respuesta de Pomelito no tiene desperdicio: "Si tú no tienes prisa, puedes ir lento, pero otros sí la tenemos", ante lo cual contesté que era un maleducado, quedando el tema zanjado cuando me devolvió la increpación con un insulto. Nunca sabrá Pomelito lo cerca que, mientras se alejaba a toda prisa por la avenida, estuvo en ese momento de tener un problema realmente serio, y no voy a engañarles a ustedes haciéndoles creer que soy un tipo de natural pacífico. El que acabara aquel incidente pensando que había actuado correctamente no sometiéndome en silencio, como tantas veces hacemos, a la agresión de un bárbaro, pero no perdiendo los papeles ante la insistencia en la agresión, devolvió la paz a mi alma y la lentitud a mis pasos.
¿Se han dado cuenta de que los maleducados tienen siempre la respuesta preparada? Hay quien entra en el Metro antes de que salgan los pasajeros y, cuando es increpado, se inventa que "mientras vosotros salís por la izquierda, nosotros entramos por la derecha". Tengo alumnos que, tras sonarles el móvil en clase, se indignan ante mi afearles la conducta arguyendo que "para urgencias sí deben dejar que nos suene el móvil", lo que conduce naturalmente a una farragosa discusión sobre el concepto de "urgencia". Recuerdo -déjenme seguir con estos tan edificantes ejemplos- que en una ocasión fui literalmente atropellado por un conductor, quien me golpeó con el morro de su coche y que, cuando le hice ver lo incorrecto de su acción, me espetó que yo no había pasado "por donde empieza el paso de cebra", lo cual sospecho que me ponía en situación de agradecerle que tras atropellarme no hubiera pasado por encima de mi cuerpo como sin duda hubiera hecho su probable ídolo, el personaje de Un día de furia, encarnado por Michael Douglas, quien asumió perfectamente el papel de un energúmeno urbano, burgués perfectamente integrado y bien vestido que, una mañana, tras un atasco, enloquece hasta sacar todos los instintos de animal resentido del armario y empezar a disparar con una recortada contra todo aquel que le moleste, sea un vendedor que no sabe dar el cambio, una esposa que no te pone la cena o un peatón que no pasa por donde debe. Curioso: la mayoría de maltratadores de las calles con los que me he topado no eran skinheads ni punkis ni inmigrantes ni yonquis ni prostitutas llegadas en patera... eran gente como Dios manda.
Me molesta la agresividad de la gente, agresividad creciente en nuestras ciudades, y que, si hacemos caso de incidentes como el de Pomelito, amenazan con trasladarse de las calzadas -donde reina por doquier- a las aceras, que empiezan a establecer ya la jerarquía entre los que van a algún sitio, tienen prisa, están ocupados, y quienes van al paso que les da la gana y no al que les impone una sociedad enferma e histérica. Obviamente, los primeros son mejores, pues de lo contrario no se sentirían con derecho a echar a la cuneta a los otros y después insultarles. Es más o menos lo mismo que esos fascistas de autopista que a doscientos por hora te lanzan las luces largas porque, con tu automóvil a la velocidad reglamentaria, te conviertes automáticamente en un estorbo. No me parece muy lejos esa mentalidad de la llamada neoliberal, que detesta pagar los servicios públicos precisamente porque sufraga -"con mi dinero"- a los viejos, los enfermos, los deficientes y demás estorbadores profesionales.
Ya no necesitamos mazmorras ni policías de gris pegando con la porra, ya no hacen falta leyes de vagos y maleantes, vivimos encerrados en cárceles de prisa, sometidos a la necesidad compulsiva de sentir que vamos en todo momento a alguna parte, que estamos ocupados, que aprovechamos el tiempo... Odiamos el silencio, los espacios vacíos, los domingos sin tiendas... no imaginamos hasta qué punto nos tiene cogidos del cuello nuestra hipoteca, hasta qué punto somos más siervos de los dueños del mundo de lo que lo hemos sido nunca. Resístanse, no dejen que Pomelito mande en las aceras de la vida.