Wednesday, August 22, 2007



VIEJOS


Recientemente presencié una escena callejera que me hizo reflexionar. Un grupo de adolescentes –me enorgullezco de haber intervenido para avergonzarles- acosaba a un anciano que permanecía sentado en un banco del parque jurando en hebreo mientras aquel hatajo de miserables le lanzaban un revoltijo de piedras, risotadas e improperios. Es posible que el comportamiento de aquel hombre -la mano temblorosa sujetando el bastón y la explícita mala leche del que quiere reaccionar más rápido de lo que su cuerpo le permite- pudieran ya de por sí ser motivo de escarnio para tan adorables niños, pero no detecté en él más signos de anormalidad que los de la pura vejez, una vejez probablemente solitaria y malhumorada, una vejez no peor de la que nos espera a cualquiera si llegamos a alcanzarla. Acaso sea eso –la precarización de la ancianidad, la conversión de los viejos en anomalía, en residuo del sistema productivo, en figura pendiente de amortizar- lo que verdaderamente habría de preocuparnos.

Desde siempre fue común en mi vida ver los caminos, las plazas y los parques repletos de ancianos. El tío Justo –tío abuelo en realidad- nos daba una peseta a mi hermano y a mí cuando pasábamos en algún domingo de agosto por la avenida de Requena, pueblo de mi madre, y siempre tuve la impresión de que él, como aquellas dos ancianas sentadas permanentemente a la puerta de un jardín desde donde parecían vigilar el mundo entero, eran gente buena y poderosa, cíclopes con manos marcadas de azada y la expresión llena de arrugas de guerras y dolores cuya lógica se me escapaba pero que les conferían una misteriosa dignidad. He visto esos rituales de viejos que intercambian saludos y objetos y viejas que observan y sonríen en casi todos los pueblos españoles, especialmente en los de Andalucía … Quizá por ello me sorprendió tanto aquel pueblo de Alicante donde trabajé durante casi una década. No había ancianos por las calles, todo lo más pasaba a veces por la plaza uno de esos longevos de noventa y tantos al que no le pintan el Centro de Día ni el geriátrico. Creando un gran centro social para los viejos los ayuntamientos consiguen sus votos y los sacan de las calles. Convertida en reserva social, la Tercera Edad –qué odioso nombre- recibe el golpe de muerte, el último empujón que necesita para salir de nuestras vidas.

No es raro que nos resulten tan incomprensibles los gitanos, los chinos o los árabes, porque la consideración del anciano como figura viscosa, como peso muerto, como desecho no reciclable, es más bien propia de una cultura donde la rentabilidad inmediata se convierte en único criterio. Dice Jean Baudrillard en El intercambio simbólico y la muerte:

En otras formaciones sociales, la vejez existe verdaderamente, como base simbólica del grupo. El estatus de anciano, que perfecciona el de ancestro, es el más prestigioso. Los “años” son una riqueza real que se intercambia en autoridad, en poder; en cambio los años ganados no son sino años contables, acumulados sin poder intercambiarse.

Reconozco que me gusta esa imagen del viejo guerrero que muere luchando, pero no quiero necesitar al viejo en su puesto de trabajo para ganarse mi respeto. Lo he visto infinidad de veces: un joven pasa por delante de un anciano postrado y silencioso, tan pequeño, tan ajado, tan prescindible, se adivina fácilmente el cadáver que en él se prepara… pero resulta que aquel hombre fundó toda la civilización que el individuo en ese momento alcanza a ver. Lo dijo en Los funerales de la Mamá Grande un García Márquez con ojos de niño: Escuchad su historia, incrédulos del mundo entero.

“Viejo inútil”. Deberíamos sentirnos insultados, porque acaso estemos más cerca de lo que nos pensamos. Según Richard Sennett, es justamente ese –la descatalogación de la experiencia, y por tanto el desprestigio de la edad-uno de los principios rectores de la nueva economía. Y no hace falta tener setenta años para toparse de morros con la postergación que eso reporta. No es sólo que el experto es más renuente a olvidar lo que sabe y a pasearse por la epidermis de las cosas, disponiéndose a ejercer cada vez una función distinta tal y como pretende la nueva cultura empresarial, inspirada en figuras como Mac Donald´s… Es que, en contra del tópico de la rebeldía juvenil, el trabajador maduro, sea por tener una familia y una hipoteca, sea por predisposición al encabronamiento, tiende a buscar la solidaridad con otros damnificados y está menos dispuesto a abandonar la empresa a la primera contrariedad, cosa que suelen hacer los jóvenes que, acomodados al colchón familiar y la inexistencia de responsabilidades, se largan en cuanto la cosa no es satisfactoria.

Los empleados más viejos son más dueños de sí mismos y más críticos con sus jefes que los trabajadores más jóvenes. En los programas de reciclaje, los primeros se comportan de la misma manera que otros estudiantes maduros, esto es, juzgan el valor de la habilidad que se les ofrece y las maneras de enseñarla a la luz de su propia experiencia vital. El trabajador experimentado, hombre o mujer, enriquece el significado de lo que ha aprendido y juzga su valor en función de su pasado personal. El joven rebelde, por el contrario, es un estereotipo desmentido por muchos estudios sobre trabajadores jóvenes. (R.Sennett, La cultura del nuevo capitalismo)

No acabaré este artículo sin referirme a dos de los hombres que lo han inspirado. Uno es Rafael, ese anciano magnífico que gobierna con mano de hierro la asamblea de vecinos del bloque de viviendas donde vivo. Rafael es tenaz, honesto y parece ser feliz sintiéndose útil a la comunidad. Cuando hay cucarachas, es él quien les hace la guerra; cuando hay robos en la finca, es Rafael quien parece esperar como John Wayne a los malhechores entre las sombras para atraparlos; si los reparadores de la zanja del patio andan remolones, la mirada justiciera de este viejo león anda acechando… A uno le entran ganas de aplaudir cuando se cruza con Rafael, pero es el respetuoso saludo contenido el que conviene a un héroe. Y no deja de pensar en lo que daría por verle en el lugar de tantos y tantos miserables que pueblan parlamentos y concejalías… Claro que ahí no hay sitio para la gente como Rafael.

El otro es Zygmunt Bauman. Con ochenta y dos años, este anciano judío y errante ha publicado su enésimo libro, Miedo líquido, un ensayo cuya lectura promete tanto como cualquiera de las anteriores. Curiosamente, Bauman ha publicado la mayoría de sus ensayos en edad senil, en esos tiempos en que a uno no le da por recordar más que en batallitas para los nietos que huyó de Polonia cuando a los nazis les dio por creer que el mundo estaría mejor sin los judíos, que participó en la liberación de Berlín, que tuvo que huir del mundo comunista tras un progromo estalinista o que ni siquiera en Israel le quisieron demasiado. Es uno de los mayores escritores del mundo y se dedica a diagnosticar desde la autoridad y la experiencia un mundo postmoderno que parece licuársenos entre los dedos. Hablaremos de Bauman.




*La imagen final es un retrato del escritor Zygmunt Bauman


Tuesday, July 31, 2007










CIUDADANÍA (II)




Permitámonos entre las brumas de la pereza estival una pequeña broma, un juego malandrín a riesgo de contradecir la seriedad de mi anterior entrada. ¿Y si realmente toda esta disputa fuera sólo la escenificación, rigurosamente calculada, de una vieja disputa? Gobierno contra Iglesia, laicismo contra fe... La jerarquía católica es muchas cosas, pero no imbécil: ¿por qué entonces tanto ruido ante una cuestión que, en el fondo, sospechamos insignificante? Es posible que intuyan que con la asignatura de Educación para la ciudadanía, Zapatero y su entorno de bolcheviques pretendan cual invasión de los ultracuerpos impregnar a las jóvenes almas escolares de homosexualidad, ateísmo y furia igualitarista. A fin de cuentas es la Iglesia católica la que en España ha gozado in secula seculorum de la patente del adoctrinamiento; no pretenderemos que se avengan a compartir sin rechistar tal privilegio. No deja de sorprender que insistan tanto a través de sus voceros mediáticos en la intención zapaterista de extender el relativismo -ese "todo viene a ser lo mismo, todo equivale" con el que Ratzinger inculpa a todos los que no piensan en términos teocéntricos- y que al mismo tiempo vean en él líder socialista al campeón de propuestas ideológicas tan contundentes como la de destruir la familia, prohibir la libertad de culto o descongelar el rencor frentista de la Guerra Civil. Claro que ésta se ha convertido en una práctica común entre la derecha española: Zapatero tan pronto es un ingenuo "buenista" que habita en el mundo de los sueños como un demonio con cuernos al que le brilla un colmillo unos segundos antes de afiliarse a alguna banda terrorista, rezar junto a Bin Laden cara a La Meca o quemar alguna iglesia.


¿Y el gobierno? No ha hecho sino cumplir expediente respondiendo a lo que se presenta como una demanda social. La pérdida de valores de una juventud cada vez más desorientada moralmente reclama una intervención. Misteriosamente, la gente tiene una gran afición a esperar que Papa Estado le solucione todos sus problemas, los del cuerpo y los del alma, como si Zapatero -o los profes del colegio- pudieran enseñar a nuestros niños que es mejor ser decente que deambular por la vida como un trozo de carne. Conclusión: una hora semanal de Ciudadanía para nuestros niños. ¿Justifica tan insignificante disparo al aire la polémica? Acaso la respuesta es que todos aceptamos formar parte de la misma comedia. La Izquierda
en el Poder -si es que todavía es posible hablar de poder político- simula haber lanzado un órdago tan rojo y tan progresista que es capaz de conmover a los sectores más reaccionarios de la nación, estos juegan a indignarse y nosotros, que asistimos falsamente inocentes a un espectáculo digno de Tele 5, nos enfrentamos en los bares como si fuéramos seguidores del Barça o del Madrid.

Dice Jean Baudrillard: Antes teníamos unos objetos en los que creer, unos objetos de fe. Han desaparecido. Las ideologías cumplían el otro papel, pero también han desaparecido. Y sólo sobrevivimos gracias a un acto reflejo de credulidad colectiva que consiste no sólo en absorber todo lo que circula bajo el signo de la información, sino en creer en el principio

y la trascendencia de la información" (El crimen perfecto, 1995)
No es extraño el título de aquel ensayo del pensador francés, el crimen perfecto consistiría en haber convertido la política en un gigantesco espacio de simulación, un trompe l´oeil destinado a sacar durante unos minutos de su sopor apolítico al ciudadano para hacerle creer que hay algo realmente en juego. Un gigantesco truco de prestidigitación, similar al del mago que parte en dos a la dama con un serrucho para acabar recabando el aplauso entusiasta del público cuando ésta regresa entera, tan bella, tonta y sonriente como siempre. Iglesia y Estado ya no son Poder real, sólo juegan retóricamente con los restos de una vieja disputa para hacernos creer que todavía tienen algo que ofrecernos. Acaso no es sino la superviviencia de sus actores, Rouco, Ratzinger, Zapatero, Rajoy... lo único que verdaderamente está en juego en este trampantojo.


No me hagan demasiado caso, a fin de cuentas, sólo es una hipótesis al viento. Pero cuidado, los resultados pueden dar la razón a este juego malandrín. ¿No será que toda esta polémica tan perfectamente atrezzada oculta el hecho de que la administración socialista no se ha atrevido a tocar los privilegios de la Iglesia? Conviene recordar lo contentos que salieron los obispos de la reunión con el gobierno en que se pactó el modelo de financiación, el cual supera con mucho las expectativas que la propia Iglesia católica se había hecho con respecto a este gobierno de rojos y ateos. En cuanto a la educación privada, el más lucrativo de los negocios terrenales de sus santidades, les aseguro que goza de tan buena salud como durante el aznarismo, con la LOE pasándoles por delante sin rozarles y riendo gozosos ante la destrucción de que sigue siendo objeto la escuela pública.
¿Educación para la ciudadanía? No es después de todo una mala idea, pero sospecho que el tema no está donde quieren que miremos. acábense el granizado.



Thursday, July 19, 2007


CIUDADANÍA




Nunca el gobierno socialista agradecerá lo bastante a la derecha española, en especial al más tenaz y disciplinado de sus ejércitos –la Iglesia Católica- el enorme favor de presentarse sistemáticamente como su enemigo visible. Eso nos permite olvidar –a nosotros y a los propios socialistas- que probablemente sus peores contradicciones son internas.

En un primer nivel de análisis, a poco que se prestan oídos a los argumentos contra la nueva asignatura, denominada Educación para la ciudadanía, uno no puede por menos que pensar que, con todas las dudas que nos cause, su implantación es una pequeña turbulencia comparada con lo que supondría para el sistema educativo que las tesis que se impusieran fueran las de sus enemigos. No sé si es acertada la medida del gobierno, pero sí sé que los argumentos en su contra son torpes.


El planteamiento más escuchado indica que la asignatura es una alternativa laicista al modelo religioso de formación en valores. Así, según tales criterios, cuando el gobierno habla de un “mínimo común ético constitucionalmente consagrado”, no hace sino disfrazar de neutralidad lo que en realidad oculta un profundo sesgo ideológico, encaminado a no reconocer ni favorecer la conciencia religiosa.


No creo en la neutralidad. Siempre somos educados en valores –otra cosa es que tales valores sean buenos- y en la medida en que los agentes tradicionales de la enculturación renunciemos a suministrar pautas de conducta a los nuevos, serán poderes emergentes mucho más incontrolados los que ocupen ese espacio, con la consiguiente desestructuración moral que ello puede acarrear... que en realidad está ya acarreando en estos tiempos en que la televisión parece ser el canguro por excelencia de las familias españolas. Ahora bien, una cosa es ser imparcial –cosa indeseable- y otra convertirse en un adoctrinador, que me parece todavía peor. La dificultad de la derecha para entender que el objetivo de la asignatura no es un orwelliano lavado de cerebro de los niños en favor del ateísmo, la promiscuidad sexual, la negación de la familia y demás espantajos, arranca de su ceguera ante la posibilidad de una educación en valores no basada en el adoctrinamiento. Falta de ethos democrático, consecuencia de haber ejercido en exclusiva durante tanto tiempo la enseñanza moral como evangelización de las masas. Han amenazado durante tantos años con que se pudría la columna si te masturbabas que ahora no entienden que un libro de texto prevenga contra la homofobia o aconseje el uso de preservativos sin que les parezca que quieren volvernos a todos gays y un poco putas. (Lo cual por cierto haría mucho por vaciar las parroquias y dejar a curas y monjas sin trabajo)

Otra de las críticas más escuchadas, y directamente derivada de la anterior, consiste en que se está arrebatando a la familia una obligación que sólo ella debe ejercer. “Los niños han de venir ya educados a la escuela, ya se encargará el profe de enseñarles ciencias”. Este argumento lo he oído cientos de veces, pero la práctica demuestra su absoluto utopismo, su creciente imposibilidad. Yo más bien creo que es al revés: confiar en que la familia o la parroquia -¿por qué no la calle y los amigos?- suministre los valores que hagan factible la convivencia es pura ingenuidad, dado que no pueden garantizar el éxito de la empresa, o pérfido cinismo, dado que en la práctica ello se traduce en la extensión a la moral de la brecha socio-económica. Es magnífico –señores de la parroquia- que los padres transmitan un mapa moral bien ordenado a sus hijos –fundamentado o no en la fe en Dios- pero es una irresponsabilidad de las instituciones confiar en que lo hagan y escaquearse con ello de tal obligación.

En ese sentido, resulta discutible la interpretación del art. 27.3 de la Constitución, al que se apela con frecuencia: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Así, la aparición en el currículum de la nueva materia de conceptos como condición humana, educación afectivo-sexual, construcción de la conciencia moral, corresponde en dicha visión a una intolerable intromisión en el derecho de las familias a educar a sus hijos en sus propias convicciones. No sé porque hay que suponer que los profesores de la asignatura van a dar una visión sesgada y autoritaria de la educación afectivo-sexual, cosa que sí hay que suponer que harán los profesores de Religión, cuyos curriculum se han ocupado desde siempre de la construcción de la subjetividad moral y lo han hecho en clave doctrinal porque para tal misión son contratados y fiscalizados por los obispos, lo cual –teniendo además en cuenta que somos los ciudadanos los que pagamos a estos profesores- constituye una de las más escandalosas anomalías de la moderna España democrática.

No es extraño que ya se hable en consecuencia del derecho a la objeción de conciencia, una figura que por cierto pusieron de moda los jueces más conservadores cuando estalló el asunto de las bodas gays, pero que la derecha hizo todo lo posible por desacreditar en sus tiempos fundacionales, en que se erigió como enseña de los movimientos contra la mili obligatoria. El razonamiento es de una aplastante simpleza: no creo en las leyes que me obligan a justificar ideológicamente en clases de adoctrinamiento a los niños, ergo me acojo al derecho a no cargar con dichas clases. De nuevo el mismo prejuicio, no salen del “positivismo jurídico” y del principio de que la única misión del empleado público es acatar y poner en práctica las normas que emanan del Príncipe. Pobre concepto de la misión de la escuela. El día en que me digan que mi misión como profesor de Ciudadanía o de cualquier otra cosa es enseñar a los alumnos la bondad de las leyes del gobierno coyuntural, lo que se llevarán es una risotada –mía, pero también de mis alumnos y de sus padres, por cierto-. Por eso no objetaré si me piden que dé clases contra la discriminación y a favor de la participación política o la libertad de conciencia, algo que por cierto ya vengo haciendo desde que empecé mi labor docente.

Suscribo en este sentido la argumentación que hace Justo Serna en su blog, que arranca de la consagración de dos tipos de derechos, los naturales y los del ciudadano, que hace la Declaración Universal de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. ¿Quién dice que no corresponde a las instituciones enseñar virtudes cívicas a los niños? ¿Caemos en el adoctrinamiento cuando recordamos la trascendencia del marco constitucional como espacio de la convivencia, exigimos la tolerancia ante el distinto o incitamos a la participación en la deliberación política? No creo que se trata de enseñar normas, no solo normas, no se trata de asegurar la obediencia –y aún menos la servidumbre a través del adiestramiento en las reglas vigentes-... La convivencia es posible a través de concepciones que o deben ser universales y eternas –como el derecho a no ser torturado- o son producto de las corrientes coyunturales de pensamiento y aspiran a mediatizar positivamente la vida de la comunidad. Ambas forman parte de lo que llamamos civismo, y no veo porque la escuela no habría de enseñarlas. Me parece más cómodo y más indecente esquivar el asunto.

Seguiremos hablando. Hay mucha más en juego en este tema de lo que parece a simple vista.

Monday, July 09, 2007

EL MERCURIO



Por su gran interés, y porque me parece admirable su pasión contenida y su capacidad de indignación, reproduzco aquí la carta que me ha enviado uno de los lectores del blog, Juan José Montesinos. Dado que fue él quien inspiró la anterior entrada, consideradla su continuación.


"El servicio de expolio de los pobres vergonzantes no es la única fantasía del gobierno valenciano.

Mi nieta única tiene otitis, lo que señalo por ser la causa remota de mi envenenamiento.

Los quejidos del bebe nos desorientaban y cayó el termómetro al suelo.

Son aparatos temibles, de mirarlos apenas se rompen y desparraman el mercurio, unas gotitas brillantes que las tocas y se multiplican, empequeñecen y buscan escondrijo en las ranuras del suelo.

Tardé mucho en recogerlas, hay que empujarlas con un palillo, como si buscaras restos de comida entre los dientes; hace falta paciencia para unirlas en una sola bola y al fin pude pasarlas a una hoja de papel donde corría y escapaba al suelo de nuevo.

Con el calor y mi decreciente flexibilidad el sudor me entraba en los ojos, pero logré capturar ¿definitivamente? el veneno, arrugando el papel para cerrar escapatorias.

En la farmacia me dijeron que echase la bola en el depósito de pilas usadas (¿alguien conoce un punto en Valencia para este servicio fuera de los centros de información y turismo para envidia de los extranjeros?).

No me servía porque el mercurio se desparramaría en el contenedor, caería al suelo, se lo comerían las ratas, a éstas un ave predadora y en la carrera trófica llegaría hasta los hombres, porque el mercurio es indestructible.

Pensé en el inmenso mar al que voy todos los fines de semana pero los peces se tragarían las brillantes bolitas y otra vez el ciclo trófico.

El Ayuntamiento me remitió a la Consellería de Medio Ambiente y ésta a VAERSA, que caracteriza su servicio con un rótulo muy correcto “millorem el medi ambient”. Contesta una voz metálica que pide tus datos personales, motivo de la llamada y te promete contestación. Pasan los días, llamo de nuevo y reitero mis datos y objetivo. Quizás debí mentir y en lugar del mercurio de un termómetro roto hablar de algo suculento para la empresa.

Tengo sobre la mesa de mi despacho, donde no vienen niños, un papel arrugado que contiene el mercurio, parece un kleenex sucio olvidado y mis clientes miran con aprensión.

No sé donde dejarlo porque me olvidaré del mercurio y un día se desparramará donde se encuentre, se lo comerán las cucarachas, a éstas alguna rata y comenzará de nuevo la carrera trófica.

Lo tengo en mi mesa, algo escondido detrás de mis papeles para que no lo vean.

Lo miro y sé que me olvidaré, hasta que por un pliegue del papel escapen las bolitas plateadas, estaré comiendo atolondrado un bocadillo, por un trabajo urgente y me envenenaré la sangre con el mercurio inmortal.

Y comenzará de nuevo la carrera trófica."




Saturday, June 30, 2007






LOS EXCLUIDOS




No hay muchos personajes que susciten en mí tanta aversión como Rita Barberá, alcaldesa de Valencia desde tiempos inmemoriales. Cada decisión, cada anuncio oficial... aparece cargado de una autosatisfacción obscena, como lanzada a la cara de esos malos valencianos que no la amamos, resentidos por no vivir acostumbrados a que nuestros vecinos nos jaleen hasta cuando nos tiramos un pedo. Para muchos, R.B. es la alcaldesa de la America´s Cup, la Ciudad de las Ciencias y los Paella Building... Es, ciertamente, todo eso y también la dama que intentó cargarse el Jardín Botánico con un hotel rascacielos, la que reivindica petardos para todos o la que odia a cualquier grupo de vecinos a los que les dé por recordarnos que Valencia es algo más que un parque temático para poner las clóchinas a precios de turista o un solar donde asegurar el forraje de los amiguetes constructores. Ya nunca dejaré de asociar a este personaje esperpéntico con una imagen de portada de periódico el día en que un tribunal le dio carta blanca para empezar a derribar el Cabanyal: gritaba con la manos al viento, resollando como un jabalí, embriagada por la euforia de haber aplastado a esos malos convecinos que se han empeñado en que la ciudad es de la gente y no de los especuladores. Pudo tirar algunas casas -"excelente, Smithers," diría esta Mr Buns (ver Los Simpsons) enfundada en vestido rojo a alguno de sus siervos del ayuntamiento cuando empezaron a rugir las excavadoras- pero ha llegado la Copa América y la prolongación de Blasco Ibáñez no ha podido hacerse, mientras el barrio sigue en pie. Fue la gente de Salvem el Cabanyal la que, finalmente, en silencio y sin alaridos de jabalí, terminó ganando la batalla, de igual manera que fueron los Salvem el Botánic los que le fastidiaron el hotelazo del Solar de Jesuitas. Temo que no correrán la misma suerte quienes luchan en Benicalap contra el nuevo Mestalla, los que en Alboraya defienden lo que queda de la huerta y tantos otros cuya decidida empresa de extender la conciencia cívica contra la depredación acabarán probablemente en el fracaso. Pese a todo, es preciso luchar siempre contra estos mandarines, o cuanto menos saludar con admiración a todos aquellos hombres y mujeres que en su día tuvieron el coraje de decir No y aguantar a pie firme.


Dejen que les cuente una pequeña historia, menos conocida que la de las tropelías más mediáticas de nuestro querido ayuntamiento, pero acaso más significativa. Es común que, cuando el supermercado que hay abajo de casa de mis padres cierra sus puertas por la noche, grupos silenciosos de personas se arremolinen junto a las puertas para recoger de los contenedores todo tipo de productos que todavía son perfectamente aprovechables: yogures o bricks de leche recién caducados, fruta y verdura que empieza a perder su inicial aspecto lustroso... Por lo que sé, este tipo de fenómenos nocturnos son fácilmente observables en una ciudad como la nuestra a poco que uno mire con detenimiento. Acaso sean no obstante espectadores lo que menos desean estas personas. No son yonquis, no huelen mal ni van vestidos con harapos... son por ejemplo parejas de ancianos bien vestidos, a veces acompañados de algún niño, mujeres que probablemente viven sólas... Son personas a las que se enseñó desde niñas, seguramente en colegios donde compartieron pupitre con gente
como Rita Barberà, que nada es más vergonzoso que la pobreza. Es posible que su mísera pensión o el abandono de su familia les tenga en la miseria, pero acaso morirán de hambre antes que mendigar. Su pobreza les parece inconfesable e indigna a ellos mismos que la sufren, por ello es acaso peor que la de los negros de patera que han construido un parque temático de la exclusión bajo el Puente de las Artes.


Una noche apareció un camión "especial" que se encargaba de recoger directamente todos estos desechos de los supermercados. Los habituales que reciclan todos esos yogures y frutas tuvieron que volverse a casa con la cabeza baja, como una legión derrotada que se dispersó sin atreverse a protestar rumbo a sus casas.
Mi padre preguntó al "encargado" de la recogida que por qué no dejaban a aquellas personas llevarse lo que necesitaban. Éste le contestó ufano que se trataba de un "servicio nuevo que ha puesto el ayuntamiento para evitar estas escenas desagradables que se producen." Mi padre trató inútilmente de hacer ver a aquel hombre el mal que estaba haciendo, a lo que éste contestó con evidente fastidio que lo que debían hacer aquellas personas es irse a la Beneficencia a mendigar, añadiendo alguna memez más del tipo "y usted colabore con Cáritas o alguna asociación por el estilo si tanto le preocupan los pobres".


¿De qué nos extrañamos? Tenemos la ciudad que queríamos. Los barrios están llenos de mierda de perro, la vivienda es más cara que nunca, se construye más y más pese a la infinidad de viviendas desocupadas, la huerta es sustituida por cemento, la saturación del tráfico se alivia con nuevas vías de by-pass y subterráneos de parking. Eso sí, hay Copa América, delfines en el Oceanogràfic, italianos comiendo clóchinas en nuestros bares y un nuevo estadio para el Valencia que, dicen, va a ser la envidia de Europa. Sí, la verdad es que un espectáculo poco deseable el de los que rondan los supermercados por la noche. Fuera de nuestra vista.


Dejenme que les lea algo de Zygmunt Bauman, autor por el que tengo especial debilidad:


"Los excluidos de la nueva modernidad líquida no han sido acusados por un nuevo tribunal de justicia, ni han recibido sentencia ni se les ha leído condena alguna en contra. No se les ha arrojado exactamente por la borda: se han caído, más bien, del navío o no han podido seguir su marcha. Forman la infraclase de una sociedad que se vanagloria de haber eliminado las divisiones de clase, pero que preserva el recuerdo de éstas en la separación que efectúa entre los perdedores en el juego del consumo (obligados a irse del casino por su propio pie o echados a la fuerza) y los ganadores y los jugadores consumados que disponen de un suministro respetable de dinero que los convierte en solventes." (Bauman, Z. Vida líquida)

Monday, June 18, 2007


UN HOMBRE SÓLO


El pasado domingo, cuando el Mallorca se adelantó en el Bernabeu, ya eran atronadoras por unánimes las voces que clamaban contra Fabio Capello, al parecer máximo culpable de cada gol que le marcan al Madrid, de que su presidente sea medio idiota, de las corruptelas de los concursos de misses y de la pertinaz sequía. Capello cae mal, tiene esa insolencia distante que los madrileños suelen interpretar como agravio, acostumbrados como están a que sus invitados lleguen con pinta de siervos y se marchen como tales, melancólicos por sospechar que no han estado a la altura del club más grande de la historia pero felices por subirse en el avión de vuelta con los bolsillos repletos. Otros antes remediaron el problema buscándose amigos en el poderosísimo lobby mediático del madridismo, pero no es el estilo de Fabio, cuya imagen, ora caminando en solitario por los recovecos del tunel de vestuario, ora contestando con un gesto obsceno a los insultos que desde la grada le propinaba algún imbécil, apunta a que es uno de esos tipos que se ponen la gasolina sin ayudas.

No soy, en absoluto, seguidor del Real Madrid, pero creo que hay algo bueno que aprender de este final de liga. Ya hace años que me viene pareciendo no sólo un mal club, sino la negación de un club de fútbol. Si Mendoza y Sanz degradaron la imagen de la casa con sus maneras de chulos de barrio y nuevos ricos, y con una concepción de la gestión empresarial que llevaría a la quiebra en dos años a Zara o El Corte Inglés, Florentino Pérez fue la esencia misma del Presidente indeseable. Taimado, hipócrita, carente de la gallardía suficiente para no delegar sobre sus empleados cuando llegaban los marrones y para aguantar en el puesto cuando sus propios desaguisados tenían peor arreglo, F.P. creó un modelo de club -el llamado "de los Galácticos"- que hizo que desde los equipos europeos más serios se considerara al Real Madrid como "un puro circo". Cada año, una super estrella de talla mundial. ¿Que llegaban elecciones? Y ahí estaba Floren prometiendo un nuevo galáctico que le permitía arrasar en las urnas al guapo que se le pusiera por delante. Su palmarés, ridículo en relación a lo invertido, no es óbice por increíble que parezca para que muchos continúen considerándolo como poco menos que un revolucionario del fútbol, más o menos los mismos que en su momento hablaron del espantajo de Jesús Gil como "un adelantado a su tiempo". Ironías de la vida: curiosamente lo fueron, pues ambos crearon las sendas para que, convirtiendo a los clubs en empresas de especulación inmobiliaria, los demás siguieran sus pasos, lo cual demuestra que es todo el sistema -y no me refiero sólo al fútbol- el que en este país está corrompido.

Y en esto llegó Capello. Su fórmula para el éxito es exactamente la misma con la que diez años atrás hizo igualmente campeón a un Madrid que tenía tan pocas hechuras de equipo hegemónico como ahora: conceptos tácticos sencillos, disciplina estajanovista, preparación física intensa y, lo más importante, un clima de trabajo donde no tienen sitio ni los débiles ni los cobardes, por más que algunos de ellos cuenten con el favoritismo de As, Marca, la Ser, Antena 3 y demás Prensa Oficial del Movimiento. Este razonamiento sirve para explicar por sí solo por qué futbolistas de una pieza y curtidos en la pólvora de mil batallas como Helguera, Cannavaro, Emerson o Diarra han sido tan importantes para este equipo. Por increíble que parezca, se les ha fustigado desde el principio hasta el fin de una campaña en la que, junto a otros menospreciados como Van Nistelrooy -quien sin aspavientos ha superado de largo al gandulazo cebón de Ronaldo- , le han dado al Madrid mucho más de lo que merecía. De nada sirvió para esa prensa en el match final que el Madrid hubiera sacado adelante sistemáticamente los últimos partidos haciendo equilibrios en el alambre, sobreponiéndose a resultados adversos para bogar río arriba y terminar huyendo del precipicio: en cuanto marcó el Mallorca empezaron los ladridos contra Capello, Emerson y Diarra, además de pedir el regreso de Guti, uno de esos ídolos con pies de barro -¿no les gusta su pelito tintado?- con los que el madridismo se intoxica cíclicamente desde Butragueño. Al final ganó el Madrid como venía haciéndolo desde hacía meses: es así, sufriendo, resistiéndose a la derrota, como se forjan los grandes equipos.


Un importante sector de la prensa deportiva española mostró tras el Mundial su frustración -incluso su rencor- por el triunfo de Italia. Aquella "porquería de equipo" -cito textualmente a Santiago Segurola- ganó el título porque aguantó sin descomponer la figura los numerosos momentos de dificultad por los que se pasa en un campeonato de este tipo. Dato significativo: un equipo a la italiana, el Real de Capello, ha ganado la Liga española, un italiano -el Milan- ha obtenido la Champions. Los equipos "dulces" -de los cuales Brasil es la cabeza y España la cola- hacen un fútbol primoroso y arrasan a sus rivales cuando el viento sopla a favor y los rivales les hacen el pasillo, pero les tiembla el pulso cuando los cielos se oscurecen y lo que hace falta es gente con agallas para mantener la nave al pairo. Son hombres los que ganan los títulos, pero la gente como Segurola o su amigo Valdano quieren que ganen los niños, por eso les encandiló tanto el proyecto de Florentino, capaz de ilusionar a la gente con el más absurdo de los proyectos: adquirir por cifras astronómicas a estrellas que eran cualquier cosa antes que jugadores de fútbol.

La familia Beckam es en este sentido el mejor ejemplo de en qué se ha convertido el Madrid. Sus problemas con Capello, cuya formación moral no se aviene a tener en su ejército a un tipo que viaja varias veces a su país cada semana, han acabado por alejarle de la órbita del Madrid, como ya sucedió con Ronaldo y con otros. Dudo mucho sin embargo que este sea el rumbo de los acontecimientos si el Presidente Calderón -quien ofrece todas las trazas de un perfecto tontaina- decide hacer caso al corifeo habitual y se carga al único entrenador que jamás le ha fallado al Real Madrid. En ese caso puede imitar a Florentino Pérez y dilapidar el tesoro madridista fichando nuevos galácticos. Y no debe descartar recuperar a Victoria Beckam y -ya puestos- a su futura amiga en Beverly Hills, la simpar Paris Hilton.


Quienes amamos este juego seguiremos creyendo que el esfuerzo -en el futbol como en la vida- es la clave del éxito. O por lo menos del honor. No volverá el Madrid de Di Stefano, aquel que empezaba perdiendo y se revolvía orgullosamente contra la adversidad para terminar haciendo morder el polvo al que se pusiera por delante. Lo de ahora les ha recordado a algunos a aquella época dorada, pero sospecho que sólo es un pálido reflejo. El Madrid con mayúsculas ya sólo es una leyenda, ahora es un producto del consumo, una marca "molona" que se dejó olvidada en algún armario de recuerdos las viejas virtudes que le hicieron grande en la historia.

Wednesday, May 30, 2007

INMIGRANTES Y TODÓLOGOS

Sumamente interesante resultó la comparecencia de Carlos Taibo el pasado jueves 24 de abril en el Colegio Mayor Luis Vives, como parte de un ciclo sobre la problemática de la inmigración, El conferenciante estuvo bien, francamente bien, conciso, mordiente, irónico..., ante un público atento que, en algún caso, fue capaz de incidir sobre las zonas más sombreadas del discurso de Taibo. Y debo complacerme además de que, en contra de lo habitual en este tipo de actos, no apareció alguno de los habituales carcamales que, sintiéndose en su salsa ante un auditorio "de izquierdas", aprovechan el momento para lanzar toda suerte de imprecaciones demagógicas contra Bush, la derechona, los curas y demás referentes facilones para este tipo de freakys que, como se resisten a morir sin asumir su mediocridad, se empeñan en que todos carguemos con ella. Temo francamente el momento en que aparecen estos energúmenos en los foros del pensamiento -los foros físicos y los internáuticos- para reventar cualquier debate casi con tanta eficacia como los fachas reventaban las asambleas sindicales en tiempos difíciles. Por suerte no fue así.


Esto nos lleva directamente a hacernos la madre de todas las preguntas, la cuestión que hace de transfondo, sin que a menudo nos demos cuenta, de todo este desagradable asunto del agrandamiento de la brecha mundial entre ricos y pobres: ¿es realmente incuestionable la filosofía económica del crecimiento y la competitividad? Olvidamos en nuestra cotidianeidad que el consumo necesita reproducirse a sí mismo a velocidad uniformemente acelerada -ya veremos qué día alcanza ritmo de caída libre- y que el adanismo de niño caprichoso y cebón con la que nos lanzamos a comprar cosas que no necesitamos permite hacer nuestra economía más competitiva al mismo tiempo que, como en la liga de futbol, produce la pérdida de recursos de competidores más débiles o que pelean en inferioridad de condiciones, lo que reproduce el problema del que luego nos quejamos, que hay gente por todas partes esperando a gozar de nuestras riquezas o, al menos, no morirse de hambre en sus aldeas miserables a donde llega el eco de la opulencia del Norte.

La irresponsable incapacidad para asumir las consecuencias de esta forma de vida nos salta a la cara cuando menos lo esperamos. La actitud de cierto alto ejecutivo de una de tantas empresas contaminantes -"lo del cambio climático es una mentira de cuatro ecologistas, no hay nada de eso..."- es clarificadora para Taibo: muestra la incapacidad del capitalismo para regularse a sí mismo y controlar o mitigar las consecuencias de su lógica depredadora. Puro negacionismo, sí, pero quizá sea mejor -porque nos incita a reaccionar ya ante la catástrofe- que la hipocresía de gobiernos como el español que, más florentinos en las artes diplomáticas que el prepotente norteamericano, optó por firmar el Protocolo de Kyoto con la intención de no cumplirlo.


¿Y el voto? Taibo dejó que nos deslizaramos hacia la sospecha de que el PSOE es un fraude. En estos días en que la izquierda oficial no ha parado de repetirnos la obligación ética de votar, con pocos más argumentos que los del miedo a la derecha, conviene volver a preguntarse si realmente tienen algo que ofrecer. ¿Dispone el señor Zapatero de alguna receta para mitigar los efectos de la precarización de los modelos laborales? ¿Sabe como meter en cintura a las grandes corporaciones para que paguen impuestos y no vivan en el permanente paraíso fiscal en que se encuentran ante la impotencia de los Estados? ¿Tiene alguna idea respecto a qué hacer con los inmigrantes que llegan en oleadas aparte de suplicar socorro a Europa? ¿Hasta qué punto está dispuesto a arriesgar para que empiece a haber menos desigualdades sociales?

Un último apunte. Taibo se refirió con ironía a los tertulianos radiofónicos -también por cierto a los de PRISA-, expertos en todo, capaces como el sabiondo de bar del "yo puedo hablar de cualquier cosa", inician cada intervención excusándose -"yo en este tema soy lego,pero..."- y a continuación demuestran que, efectivamente, no tenían ni idea del asunto. Recuperar el compromiso, la capacidad para documentarse honradamente, saber escuchar a las partes con atención, no fiarse de agencias y segundas y terceras voces... por lo visto anda cara la vieja moral del reportero.

Me queda un "pero" que poner a la conferencia de Carlos Taibo. "¿Qué política aplicaría usted respecto a la inmigración?" Fue oportuna la pregunta de un asistente, directa a la yugular pero con finura. Taibo no supo contestar, así de sencillo. Deberíamos reflexionar: ¿podemos permitirnos el lujo de ser tan críticos con el poder si ni nosotros mismos sabemos decir cómo deben actuar? Pensemos en ello.