Saturday, September 25, 2010














1. SEPTIEMBRE es el lunes de los meses, y la función que le hemos atribuido le condena a un desprestigio inmerecido. En septiembre he visitado lugares cuya seducción crecía con la decrepitud del otoño. En septiembre he visto venir lluvias, no siempre violentas, que se llevaban la tortura de unos rigores calurosos que no nos merecíamos. En septiembre vuelven a colapsarse las entradas a las ciudades, sí, pero las playas son abandonadas y, por tanto, recuperan todo su misterio y su secreta belleza.


Es el sistema productivo el que ha desprestigiado septiembre. Lo peor no es el síndrome postvacacional, lo peor es que intenten convencernos una y otra vez de que lo padecemos o -aún peor- que tenemos derecho a padecerlo y a quejarnos. No van a curárnoslo porque, secretamente, todos sabemos que volver a una carretera interminable o a una oficina con pinta de sótano es desagradable, casi tan desagradable como su reverso, el paro, que es también un invento del sistema productivo para mantenernos aterrorizados. Pero, al menos, diciendo que estamos enfermos nos sentimos acompañados en nuestra tristeza, tanto como cuando nos topamos una mañana con la evidencia de nuestra propia mediocridad o tenemos inapetencia sexual.








2. LA INAPETENCIA y sus depresivos aliados, la desgana, la desmotivación, la fatiga... La emisora de radio cuya voz viene acompañando mis madrugadas desde hace una eternidad parece haber encontrado en la farmacopea milagrosa su fuente de financiación. Si tu marido no te hace el amor tienes que darle tal cosa y recuperará al depredador sexual que los años han adormilado; si suspendes los exámenes hay un fármaco prodigioso que supuestamente activa la memoria; si andas fatigado tienes cierta pócima que te pone a cien y no se llama cocaína... Diríase que tres siglos después de Cervantes, seguimos sin superar la tentación de creer en el Bálsamo de Fierabrás, que todos recordamos por su mención en el Quijote. Leyenda procedente de los cantares de gesta carolingios, esta poción mágica tiene la virtud de curarlo absolutamente todo. Y así, tras la enésima paliza recibida, el hidalgo dice haberse aliviado de todos sus dolores gracias al bálsamo, mientras que a Sancho sólo le ha provocado efectos laxantes, algo que Don Quijote justifica por la condición plebeya.


Hay que creer, tener fe... y sólo entonces la magia funciona. ¿Sirven para algo los fármacos que la radio nos vende cada mañana con la misma desfachatez con la que los charlatanes vendían crecepelos en las películas del Oeste? No, desde luego, son simples placebos y seguramente crean adicción y tienen efectos secundarios, pero es alentador levantarse de la cama con la sensación de que uno está a punto de internarse en la inhóspita selva de las calles protegido por el brebaje de Panoramix.




3. DESPUÉS DE MUCHOS AÑOS, vuelvo al fin a la Universidad. Desconozco si trabajar para ella, siquiera de forma muy fugaz, supone arriesgarme a perder el sabor de su leyenda, sin duda una de las más poderosas que habitan mi mente. Soy poco lúcido para esto. Amo la Universidad porque, donde lo sensato es encontrar tediosos mazacotes entregados a la burocracia, yo creo ver los muros gloriosos de los viejos templos de la sabiduría. Ya ven, tanto leer a Cioran y a Nietzsche para acabar gritando con el gol de Iniesta y entrando a dar clase en mi vieja facultad con nervios de principiante.


¿Primera impresión? Creo que los actuales estudiantes universitarios no son ni mejores ni peores, ni más conformistas o insolidarios de lo que éramos los de mi quinta, como con frecuencia suele decirse. Este es, en realidad, el mito que hemos forjado de ellos los adultos para excusar que el mundo que hemos creado -y con el que ellos se tienen que batir- hace mucho por alimentar el conformismo y la insolidaridad.



Lo que sí advierto, y es algo que me produce un tedio y una irritación casi insoportables, es que los actuales estudios superiores son víctimas de una estúpida sobrelegislación que tiende a volverlo todo confuso y burocrático. Bajo las promesas de la interdisciplinariedad, la multioptatividad, la pedagogía y todas esas banalidades con las que se llenan la boca los expertos en reformas, lo que yo encuentro es sobre todo una confusión espantosa. Alumnos que van de un lugar a otro y que a veces no saben cuántos créditos les faltan para acabar la carrera, las mismas colas de siempre ante la ventanilla pero con más caos, las mismas aulas atestadas de gente que no sabe muy bien por qué ha cogido tal asignatura... Todo se hace, supuestamente, para racionalizar el sistema, pero el resultado es que se pierde el sentido de lo único verdaderamente pedagógico: las personas que se juntan dentro de una sala intentando aprender unas de otras. Desde que el mundo es mundo esa ha sido la clave de todo acceso a la sabiduría.

Demasiado sencillo para que lo quiera entender un tecnócrata experto en reformas educativas. Por suerte, y cuando se trata de seres humanos que se relacionan entre sí, la vida se abre camino siempre.







4. CONTRA LA INDIFERENCIA. Josep Ramoneda acaba de publicar un ensayo sobre lo que él denomina "el totalitarismo de la indiferencia". El fascismo contemporáneo ofrece dimensiones nuevas y sutiles, y acaso sea tan pernicioso como el de los viejos fanatismos identitarios y genocidas del siglo XX, entre otras cosas porque con frecuencia presenta también ansias profundamente destructivas y violentas. La democracia es un modelo frágil -¿qué nos creíamos?- y luchar por su supervivencia no supone tanto loar sus maravillas como hacer frente a la casta de políticos, especuladores y popes mediáticos para los cuales nuestro destino no es ser ciudadanos sino consumidores.


"Ya no hay contra qué luchar ni referentes ideológicos firmes en los que apoyarse para hacerlo". He escuchado esta frase infinidad de veces en los últimos veinte años. Prosodia para excusar la comodidad de la indiferencia, impúdica exhibición de la propia cobardía. No sé si se debe leer a Marx ni si hay que votar a Izquierda Unida... ni siquiera sé aún si haré la huelga del día 29. Acaso no sepamos cómo luchar ni cuál es ese nosotros desde el que se erige la legitimidad de la acción reivindicativa, pero es falso que no sepamos contra qué luchamos ni cuáles son los compromisos que deben defenderse.







5. ESTA HUELGA ES, MÁS QUE NUNCA, UN JUEGO PSICOLÓGICO. Toda guerra lo es, desde luego, pero cuando Toro Sentado provoca el efecto estratégico en el General Custer para atraer a sus tropas hacia Little Big Horn y despedazarlas, la psicología solo es parte de una estrategia cuyo objetivo es la victoria. En esta huelga todo se disuelve en la viscosidad de la psicología porque nadie sabe qué es exactamente lo que hay en juego. Como en una farsa gigantesca, los cómicos simulan su mal humor, se ponen graves y solemnes y escenifican su enfrentamiento. No es una guerra, sino su simulacro. Por tanto, no conviene ganar. Es un juego cuyo resultado preestablecido es la suma cero.


¿Qué ocurrirá el viernes? Todos sabemos lo que se dirá que ha ocurrido, qué estadísticas se harán valer por las partes interesadas, cómo volverá rentable cada cuál el desarrollo de la jornada, cómo se devanarán los sesos para reivindicar ante las masas su permanencia en un espacio de poder al que, sin duda, son adictos todos estos caballeros tan olvidables que protagonizan la escena política española. Lo que no sabemos es lo que de verdad ocurrirá el viernes, nadie sabe qué sera eso que pasará con nuestras vidas cuando llegue el día de la huelga... porque eso, es decir, la vida, es accidental, no puede someterse a la preprogramación de los responsables de la escena. Como en el 14-M o como con las celebraciones de triunfos deportivos, pero también como en las exhibiciones inexplicables de indiferencia ante los desastres, la reacción de las masas es imprevisible, se desliza sin control entre las líneas del guión.










6. BELÉN ESTEBAN protagoniza un documental. Ramoneda cree que un símbolo popular tan torpe, tan cutre como éste, es el síntoma de una amenaza real de fascismo, un fascismo que, sin embargo, nos cuesta detectar. Algunos maridos atacan a sus esposas porque aman a la Esteban, de la que éstas llegan a decir que "es una Madre Coraje". No lo es, desde luego, no se parece en nada a las muchas Madre Coraje que yo he conocido... pero ellos votan a Rita Barberá. No sé si la diferencia es tan notable como creen. Las españolas han adoptado a Belén como en su momento adoptaron a Marisol. Tienen que ser niñas o idiotas las que acepten ese juego, las que se dejen, pues Leticia Ortiz o Penélope Cruz sueñan todavía con tener una vida propia que no tienen por qué exponer a los focos. Belén ha superado ese prejuicio, se nos ofrece con una naturalidad tal, se nos da tan obscenamente, que podemos disponer de ella como de una muñeca hinchable. Belén es un producto televisivo de cabo a rabo, no hay vida más acá de la pantalla en ella, por eso poco importa que sea un producto de baja calidad... es perfecta porque es un producto en toda la extensión de la palabra.










7. LAS EMPRESAS de telefonía, de gas natural y de seguros, han tramado una conspiración para que mi insomnio de septiembre se vuelva más irrespirable. Calculan el momento de sobremesa en que trato de recuperar los minutos de sueño que los fantasmas nocturnos me han robado y se lanzan sobre mí para destruirme. La estrategia a veces es telefónica y otras simplemente llaman a la puerta. Nunca les compro nada y a veces incluso les amenazo con denunciarles porque asaltan mi intimidad con una violencia que no esperaría si un grupo de ninjas entraran por el tejado o el balcón para llevárseme a punta de katana. Pero el objetivo no es venderme nada, esa es sólo la excusa: lo que quieren es joderme.

Saturday, September 18, 2010












1. YO NO SOY UN GITANO. El último éxito de Shakira recoge una declaración de identidad ciertamente espumosa e hipócrita, pero no intrascendente: "I´m a gypsy", es decir, "Soy una gitana". Suena mejor en inglés, porque cuando yo era crío te decían que parecías un gitano cuando volvías muy guarrete de la escuela. También recuerdo haber oído a mi abuela denominar despectivamente "gitaneo" a esa situación cotidiana en que uno ajusta el cambio de calderilla -si me debes cuatro, si te he de dar tres- lo cual refleja la tradición católica que quiere ver en la preocupación excesiva por el dinero traza de cristianos nuevos y otros sujetos de ascendencia confusa. (Ello no es óbice para que resultara completamente imposible escamotearle un solo duro... porque sí, es cosa de moriscos y marranos eso de mirar mucho las perras, pero si se miran y se cuentan escrupulosamente pero con un poquito de cara de asco, entonces Dios te lo perdona). Los gitanos, ya se sabe, son gente de mal vivir, nómadas que viven a la luz de la luna y el calor de la hoguera, lo cual les lleva, según sus detractores, a robar enseres y secuestrar niños, y según sus románticos adalides, a transitar por la vida como si de una apasionante aventura se tratase.







Lorca amaba a los gitanos, aunque no sé si llegó de verdad a conocerlos. El inefable Sánchez Dragó, al que uno aprende a tolerar el día en que descubre que nada de lo que dice merece ser tomado en serio, hizo una anarquista declaración de principios al exigir una noche televisiva que la república paya y apoltronada de los políticos fuera sustituida por un "gobierno de la luna llena", es decir, un gobierno gitano. Cioran, con un trasfondo bastante más oscuro y pesimista, consideró al gitano el único pueblo seriamente en condiciones de considerarse "elegido de los dioses", por su "decidida voluntad de no dejar nada estable y consistente de su paso por el mundo".


Yo no puedo decir que conozca a los gitanos ni que me gusten o me disgusten. Diría que, en todo caso, me atraen un tanto irracionalmente por lo mismo por lo que desde siempre me han atraído las mujeres o los musulmanes: son distintos a mí, o mejor dicho, parecen distintos a mí. Sí recuerdo haberme conmovido escuchando cantar a Camarón, pero no creo que sea suficiente para decir que se ama a los gitanos el ser capaz de admirar un arte cuyo embrujo -cuando no es un simple reclamo turístico y facilón- parece nacer de profundidades oscuras e inaccesibles.







En una ocasión pasé casi un mes conviviendo con una familia gitana. No fue por ninguna suerte de interés antropológico -menuda gilipollez sería eso-: coincidimos en la misma cuadrilla de vendimiadores. Entre las actitudes y costumbres del cabeza de la familia, que ejercía públicamente de romaní puro y reivindicativo, hubo algunas que me produjeron irritación e incluso rechazo y otras que me fascinaron. Nunca olvidaré la mañana en que, tras muchos días de tensión soterrada con el capataz de la cuadrilla, surgió ante las brasas del almuerzo un debate cuyo interés serían incapaces de superar los mejores tertulianos de la Ser. El payo acusó al gitano de haber sacrificado la escuela de sus hijas llevándoselas durante meses a vendimiar y a vender ropa después por los mercados. El gitano le contestó que los payos eran unos codiciosos y que solo pensaban en acumular, que él hacía feliz a su familia gastando el dinero tal y como lo ganaba y que sus hijas aprendían mucho más de la vida yendo de aquí para allá que calentando la silla en un pupitre. Creo que el gitano no tenía razón. Y, sin embargo, me dejó para siempre con la duda de si los payos somos un hatajo de avaros que llevamos una vida gris y patética sacrificando nuestra felicidad al altar de la vivienda en propiedad, la pensión y el puesto de trabajo estable.





En cualquier caso, yo no soy un gitano. Hubo un tiempo en que mis cosas estaban repartidas por cuatro o cinco sitios distintos bastante alejados entre sí. Me desplazaba largos trayectos con frecuencia y no sabía si al día siguiente iba a tener trabajo. Fue hermoso, pero no quiero que me vuelva a pasar. ¿Saben por qué? Porque, aparte de que uno se va haciendo mayor, he llegado a la conclusión de que cuando se es pobre y nómada tus derechos cuentan menos. Si estás alquilado te maltratará probablemente el dueño, si no tienes un buen seguro irás, con suerte, a parar al médico con más mala uva, si duermes bajo un puente es más fácil que vengan unos niñatos y te prendan fuego tras rociarte de gasolina... Funciona así la cosa.


Sinceramente, no quiero nada de eso para mí ni para los que amo. Pero es que además tengo la sospecha que ni gitanos españoles o rumanos, ni inmigrantes de ningún lugar, por pobres que sea, lo quieren para sí. Intuyo más bien que a la mayoría de las personas les avía mejor tener una vivienda y un trabajo dignos, ser atendidos en un buen hospital y poder salir por calles no infestadas de ratas y de mierda.

Yo no soy un gitano, ni tampoco Shakira. Ni siquiera sé si son gitanos los gitanos.


2. Jamás he entendido la aversión tan profunda que despierta Rodríguez Zapatero en la derecha española, salvo si -como sospecho- aparecer diariamente como la Encarnación de Belcebú en los diarios y emisoras más reaccionarios sea el peaje a pagar -por muy bien que uno lo haga- por el hecho de querer gobernar el país siendo de izquierdas. A mí, que me siento en las antípodas de toda esa gente, lo que el caballero me ha despertado en las últimas horas se parece mucho a la lástima. Que la indignación de la comisaria Reding -tras cumplir con su deber de ser consecuente con el espíritu y la letra de los fundamentos legales y éticos de la unidad europea- la convierta en poco menos que una heroína solitaria ante la miserable connivencia con el gobierno francés que han mostrado la mayoría de responsables políticos, es ciertamente preocupante. Porque todo hace pensar que, cuando las naciones se reúnen y trazan rimbombantes acuerdos cargados de corrección política y tonos humanitarios y éticos, en realidad no tienen la intención de cumplirlos.



¿Conseguirá el gobierno Sarkozy presentar la deportación masiva de gitanos rumanos como una decisión sujeta a la estricta legalidad local? No lo sé, pero a mí me explicaron hace tiempo que cualquier ley europea sobre derechos fundamentales tiene más valor que un reglamento local, y eso suponiendo que Francia -esa nación a la que tanto admirábamos- considere que se puede expulsar del territorio de la República a personas que no han cometido más delito que el de ser pobres y gitanas. Yo crecí creyendo que la de Voltaire y Rousseau era la tierra de acogida por antonomasia... y que en Europa los problemas humanitarios no habían de someterse como en otros lugares a la tiranía de los intereses de los mercaderes o a la del voto populista. Pero es lo que tiene ser pobre y extranjero. Viene pasando desde siempre: uno está amenazado de convertirse en chivo expiatorio de las crisis, las guerras, las pestes o las inundaciones. Y algo peor, si yo fuera gitano me asustaría cada vez que un presidente pierde popularidad: para recuperarla puede ocurrírsele imitar a Sarkozy y meterme en el primer avión.



En cuanto a nuestro entrañable presidente... un gran ejercicio de responsabilidad el suyo, apoyando a Sarko para devolverle los favores respecto al terrorismo. Y además, en el fondo sabe que esto de deportar poblaciones problemáticas tampoco desgasta mucho electoralmente. No sea que a la gente le dé por pensar que lo de amenazar a los inmigrantes es cosa solo de la derecha y empiecen a pasarse masivamente al PP. No pretendo que juegue a héroe, no pretendo que tenga las agallas de la comisaria de la UE, entre otras cosas porque para ser alguien admirable hay que tener madera para algo más que burócrata o diplomático. Pero como mínimo podría haberse callado la boquita. Qué pena, qué personaje tan olvidable.






Y, por cierto, Reding tiene razón. La tiene en todo, también en la comparación con ciertos procedimientos que se hicieron habituales en Europa durante la primera mitad del Siglo XX. Y ya que nos referimos a tiempos tan convulsos, se me ocurre una pregunta: ¿qué pasaría si en vez de a zíngaros se expulsara a contingentes de población judíos? Lo digo por el precedente del proyecto nazi de limpieza étnica, que convirtió al gitano en el segundo contingente de población con más asesinatos durante aquellos años tenebrosos. (Cerca de un cuarto de millón de gitanos fueron asesinados por los nazis, es decir, que un cuarto de los romanís de Europa desaparecieron como consecuencia de lo que, sin lugar a dudas, hay que entender como un proyecto genocida)
Y otra: ¿qué leyes se ponen en Europa para cumplirse y cuáles para no cumplirse?

Y una última: ¿expulsará Sarkozy a Shakira cuando pase por tierras galas? Dice que es una gitana, y además, ya tiene antecedentes policiales: en Barcelona se bañó en una fuente -que queda muy "gypsi"- y subió a una moto sin el casco. Yo, por suerte, no soy gitano ni semita y sí cristiano viejo. O eso es al menos lo que me han dicho en casa.

Friday, September 10, 2010








NADIE ACABARÁ
CON LOS LIBROS...
NI CON LA VANIDAD







1. En la última entrada, deslumbrado por la sabiduría de Stephen Hawking, me alborocé precipitadamente al confirmarse con rigor científico las sospechas que siempre he albergado de que Dios no existía, en parte por chinchar a los papistas y en parte porque, honestamente, creo que si Dios existe nos la vamos a cargar, con lo que mejor seguir así, en este sindiós de guerras preventivas, ayuntamientos endeudados y videos frikis en youtube. Y digo que fue precipitado porque, si bien es cierto que Dios no existe, al menos existe Billy Wilder, o, mejor dicho, sus películas. Fernando Trueba no dudó en llamar "Dios" al creador de Sunset Boulevard o La vida privada de Sherlock Holmes. Ya puestos, yo incorporaría a ese Olimpo a muchos otros... Por ejemplo a uno que, creo que por su buena relación con el Maligno y para que rabie Berlusconi, ha optado por no morirse: Umberto Eco.


Podría hablarles de cómo iluminó mi trayectoria intelectual (mola lo de "trayectoria intelectual", ¿eh?) en tiempos mozos con aquellos ensayos -Obra abierta y Apocalípticos e integrados-, el descubrimiento que supusieron sus novelas, en especial la celebérrima El nombre de la rosa o la para mí infravalorada Baudolino, sus artículos de prensa -muchos de ellos recogidos en extensos volúmenes como La estrategia de la ilusión o A paso de cangrejo- ... No debo ser un gran lector de U.Eco porque su bibliografía abarca demasiadas páginas que aún me son ajenas, en cualquier caso se trata de un escritor con unas dotes de seducción irresistibles. Por cierto, es uno de los pocos personajes de los que en wikipedia, tras los apartados de "Biografía" y "Obras", aparece un tercer apartado denominado "Curiosidades", en el cual se nos relata que el escritor italiano se hace llamar así mismo "Bondólogo" -por especialista en James Bond- o que es fanático de la comida polaca.


No sé si su obra es tan significativa como a mí me parece, no sé si tiene un componente excesivo de prestidigitador y una inquietante facilidad para manejarse en los media... Lo que sí sé con certeza es que siempre me he divertido mucho leyéndole, e incluyo muy especialmente aquí sus declaraciones y entrevistas, en las que demuestra -mejor cuanto más anciano- una finura analítica y una disposición a la ironía ante las que no puedo sino admirarme.


Pues bien, resulta que estoy volviendo a divertirme barbaridades con este señor gordito del Piamonte: el libro se llama Nadie acabará con los libros. Se trata de un largo diálogo con Jean-Claude Carrière, que presume -yo en su caso también presumiría- de haber trabajado como actor y, sobre todo, como guionista en muchas de las películas rodadas por Luis Buñuel a partir de los años sesenta. No me olvidaría de su guión de Cyrano de Bergerac o del de La caja china, film dirigido por Wayne Wang e interpretado por Jeremy Irons, en mi opinión uno de las mejores películas que se han rodado en los últimos veinte años. El diálogo es moderado por Jean-Philippe de Tonnac, un reputado intelectual francés que tiene alguna obra traducida al castellano y que dice en la introducción algo tan interesante como esto: ""Más que nunca, entendemos que la cultura es lo que queda cuando todo lo demás ha desaparecido". La edición de Lumen, uno de los sellos de Random House Mondadori, es ciertamente bonita, y merecen especialmente la pena las ilustraciones a cargo de André Kertesz, un reconocido maestro de la fotografía.



El contenido del texto es tan luminoso, tan ocurrente, hay tanta inteligencia y, al mismo tiempo, tanto sentido del humor en los dos interlocutores, que uno termina fastidiando a quienes comparten su vida, pues les promete dejarles el libro cuando acabes de leerlo, pero por el camino no puedes evitar ir destripándoselo. Ambos relatan episodios realmente sorprendentes sobre el mundo de la bibliofilia, la cual, más allá de la adicción a veces patológica por incunables y antigüedades literarias -patología que los dos reconocen sufrir-, abarca la larguísima historia del amor por los libros. Amor y también odio, pues episodios como el del incendio de la mítica Biblioteca de Alejandría han sido tristemente frecuentes a lo largo de los tiempos. Sometido a la presión, la vigilancia y la animadversión de toda suerte de inquisidores, el libro ha sufrido lo que Tonnac llama su "bibliocausto". Llegamos a fascinarnos ante episodios delirantes de enloquecidos que cruzaban en el año mil cordilleras y desiertos para llegar a cierto monasterio del norte de Italia que albergaba una copia anterior a Cristo de la Poética de Aristóteles. Eco insinúa hasta dónde sería capaz de llegar él mismo por conseguir una de las Biblias de Gutemberg...



Pero de los quince temas de conversación que estructuran el texto creo que me quedo con el titulado Nadie detendrá la vanidad. Umberto Eco es conocido entre otras muchas cosas por su condición de coleccionista de rarezas literarias. Le han fascinado desde siempre los libros que descubren maravillas científicas que resultaron ser completamente falsas, las obras maestras de farsantes que inventaron máquinas tan disparatadas como la "limpiadora de volcanes", las cartografías estrambóticas de tierras remotas que supuestamente se habían explorado... Eco tiene en casa una enciclopedia de la estupidez ( de la bêtise, insiste en decir) en potencia, quizá porque sospecha que nada de lo que una época escribe sobre sí misma es más verdadero que sus mentiras.



Especialmente memorable es el pasaje en el que conversa con Carrière sobre el género denominado vanity press. Se refiere a esas empresas -en número creciente con la galaxia internet- que se dedican a explotar arteramente la vanidad de las personas haciéndoles creer que van a editar, publicitar y distribuir el libro que han escrito, para lo cual se sirven de estrategias que parecen burdas a quienes nunca han experimentado el deseo de figurar al lado de los grandes escritores. Habla por ejemplo de una enciclopedia italiana que admitía dinero por incluir el nombre del cliente junto a los de los grandes escritores. Así, al lado de Cesare Pavese, del que apenas se cita su lugar y fecha de nacimiento y alguna de sus obras, aparece un personaje completamente desconocido del que se glosa largamente su fecundísima relación epistolar nada menos que con Einstein y con el Papa Pío XII. Ciertamente, el hombre escribió largas cartas durante años a ambos, lo que la enciclopedia no cuenta es que ni el científico ni el Pontífice le contestaron jamás.



Podemos reírnos de aquel pobre infeliz, de los esfuerzos patéticos que haría para que alguna visita consultara el libro en algún estante privilegiado de su casa y descubriera que su anfitrión era en realidad una de las glorias de la literatura italiana, con más líneas de atención a su obra que Giovanni Pappini o Italo Calvino. Yo he visto cosas increíbles en el mundo de la vanidad. Deambulando como profesor interino por la meseta, conocí a un tipo que hacía huelgas de hambre periódicas de cuarenta días -como Nuestro Señor- para protestar porque un grupo de reconocidos intelectuales le habían robado la autoría de un ensayo bastante exitoso sobre cierto tema sociológico. Hubo otro que explicaba su incapacidad para ser profesor en una facultad de Filosofía como el resultado de un gigantesco complot entre distintos personajes poderosos de la universidad, los cuales al parecer no parecían vivir para otra cosa que para hundirle.


En cuanto a la vanidad literaria... Hay personas que jamás han publicado una línea y que viven obsesionadas con los numerosos desaprensivos que tienen la intención de robarles sus obras, de ahí que se pasen continuamente por la SGAE para asegurar su autoría. Hay quien, tras habérsele editado un puñado de ejemplares, se obsesiona con que la modesta editorial pretende robarle sus derechos de autor y vende los libros en secreto sin comunicárselo. Pero mi preferido fue un profesor de Latín, el tipo más estrafalario que he podido conocer jamás. Una noche decidió leernos a un grupo de compañeros sus poemas de amor. Mientras recitaba aquellos ripios infumables creíamos estar asistiendo a una broma... Pero no: dos noches después, ante lo que él consideraba un gran éxito entre nosotros, optó por leernos su "antología". Había una oda a Goya, un poema de admiración a la belleza de las invitadas al recital, églogas, sonetos... Terminó leyéndolos subido a la mesa del bar donde habíamos cenado ante la incredulidad general de todos los habitantes del local.

Aquel joven poeta se ha perdido en la noche de mi pasado, ya no supe nada más de él, pese a que me consta que dejó huella entre quienes allá le conocieron. Creo que Umberto Eco le habría amado.





2. Ha sucedido esta semana en un programa de la televisión inglesa, Factor X, uno de esos reality donde supuestamente se buscan jóvenes talentos de la música. Aparecen dos chicas gorditas y que ya en las entrevistas previas demostraron tener cierto desparpajo. Salen al escenario, a la gente le hacen mucha gracia por su descaro. De pronto, la cosa empieza a calentarse, dan alguna respuesta "inadecuada", se dedican a criticarse entre sí. El presentador del show opta por que se pongan a cantar. Parece una broma, es imposible cantar peor. Al acabar, cuando una de las componentes del tribunal del programa, una bella y conocida cantante, juzga negativamente la caótica actuación de las chicas, una de ellas le contesta "who are you?" con evidente mueca de desprecio. Al final se echan mutuamente las culpas por la cacofonía y una de ellas, antes de abandonar el escenario llorando, le suelta una hostia a la otra... Se ve que el presentador habla con el realizador por si conviene poner publicidad ante la evidencia de que los espectadores que asisten al programa están poniéndose algo violentos, soliviantados por el comportamiento provocativo de las dos aspirantes a estrellas.


Creo que preferiría ser arrollado por una estampida de búfalos antes que protagonizar una escena como esa y ante millones de espectadores. Mis padres me enseñaron algunas cosas sobre el sentido del ridículo, el pudor, la vergüenza... Es probable que tales cosas no hayan conseguido sino debilitarme. En estas últimas horas me entero por el servicio de noticias de Yahoo que la próxima semana Ablissa, que así se llama el esperpéntico duo musical que han formado, tiene una actuación en Bristol.


Creo que el mundo que tenemos se resume en historias aparentemente tan estúpidas como ésta. Es cuestión de saber sacar conclusiones.




3. Un sacerdote norteamericano nos tiene en vilo en las últimas horas. Nadie tendría por qué dedicar una sola línea a un pobre imbécil como éste de no ser porque ha conseguido que todos nos sintamos rehenes de sus ocurrencias. Tras anunciar que había desistido de quemar ejemplares del Corán después de haber supuestamente negociado con distintas autoridades islámicas de Nueva York, lo que le habría convencido de que, finalmente, no se erguirá una mezquita en la Zona Cero, parece que en las últimas horas está replanteándose de nuevo su propósito inicial, encolerizado porque sospecha que le han mentido. Vamos, que todos somos rehenes de su estado de ánimo. Recuerda a una de esas películas donde un friki con el cuerpo lleno de dinamita tiene aterrorizada a una ciudad entera y anuncia el desastre si no le permiten entrevistarse con el Presidente de los USA o cenar con Britney Spears.

¿Cómo alguien tan insignificante, tan despreciable, puede concitar la atención planetaria en la conmemoración del 11-S? De Terry Jones -a quien podríamos confundir con uno de los Monty Python, leemos que dirige una congregación pentecostal de cincuenta personas, pero lo que todo el mundo sabe, lo que le identifica es que se proclama "antimusulmán". Lo relevante de que al tipo le pegue por quemar coranes no es el hecho en sí, ni siquiera lo es por su supuesto valor simbólico, pues todo barrio tiene a su loco que abjura de Dios desde una esquina... No, la cuestión es que los fanáticos de la religión a la que supuestamente odia Jones no acaban de entender que la mejor manera de enfrentarse al personaje sería simplemente olvidarse de él y ningunear sus patochadas.

Temo que a un Hitler le dé por apilar libros en una hoguera de Alexander Platz para quemarlos porque lo que han pretendido siempre este tipo de inquisidores es protegernos de dichos libros, un poco como sucede con los bomberos de Fahrenheit 451, aquel relato futurista de Ray Bradbury que Truffaut convirtió en un atractivo film y que advertía contra el riesgo de que un estado totalitario se cebara con los libros por miedo a la libertad de criterios. Pero no es este el caso, lo que pretende este Torquemada de opera bufa es simplemente adquirir notoriedad, satisfacer su vanidad haciendo ver que está llamado a una misión redentora y que es dueño de un enorme poder, hasta el punto de tener poco menos que a su disposición a importantes líderes políticos, los cuales no cesan de advertirle del daño que puede hacer con esta provocación hacia el terrorismo islamista.

Me resulta difícil entender que alguien se ofenda porque otro queme un libro, sea el que sea. Si mi vecino se dispusiera a echar a la hoguera un libro de Umberto Eco, le diría que me lo regalara a mí, pero no sentiría que se me estaba hiriendo u ofendiendo con ello. Si yo fuera religioso, dudo que la quema de un libro sagrado me provocara deseos asesinos, salvo que pensara que Dios efectivamente se duele con las brasas de la hoguera montada por algún fantoche, lo cual por cierto revelaría una imagen bastante disminuida de dicho Dios. En todo caso sentiría lástima por el incinerador, pero poco más.

¿Cómo alguien puede pensar que -cita textual de Jones- "el islam es el diablo"? No, no es esta la pregunta correcta. La pregunta es más bien, ¿por qué tantas líneas para este bufón? Por cierto, es cuestión de días, si no de horas que empecemos a enterarnos de que se queman coranes por aquí y por allá. Al tiempo.

Friday, September 03, 2010








Y ENCIMA DIOS NO EXISTE







Dios no existe. Lo acaba de decir Stephen Hawking, que estarán de acuerdo conmigo en que no es un cualquiera. Se trata de una de los científicos más afamados del planeta, y su prestigio está acreditado por haber atado algunos de los cabos más intrincados de la Teoría del Big Bang, por haber aparecido en la serie Los Simpsons y, sobre todo, porque parece que, a pesar de padecer ELA (esclerosis lateral amiotrófica), fue capaz según la prensa sensacionalista de engañar a su cónyuge con otra mujer, lo cual supera las mayores genialidades de Arquímedes, que incendió las naves romanas que asaltaban Siracusa con un ingenioso juego de espejos, de Vladimir Nebokhov, un sabio ruso que en 1954 consiguió a posta que naciera un perro de dos cabezas, o el genio injustamente olvidado que inventó el turrón de petas zetas . Por si Hawking no les convence para abandonar la fe, puedo decirles que hay otras celebridades del mundo del espectáculo que están en su misma sintonía, como Fidel Castro y Bill Clinton, por no hablar de algún procer de la derecha española, como Pedro J.Ramírez, que lleva años sin acudir al confesionario y no parece tener cargo de conciencia.








Hay quien sin embargo no está dispuesto a conceder crédito al autor de Historia del tiempo. A estos les parece que todo lo que cuenta el físico sobre la clausura de la lógica del espacio y del tiempo en los agujeros negros no es mucho más que una especulación que permite a los charlatanes inventar estrafalarias aventuras sobre viajes al futuro, lo cual mola mucho, ya que permite ganar pasta o, en su defecto, atraer la atención en las cenas de empresa. (Hay quien incluso ha llegado a llevarse a la cama a una compañera de trabajo tras impresionarla con las teorías de Hawking sobre los "agujeros de gusano", que es algo que suena muy bien pero que nadie entiende) Afirman que se trata de un científico "demasiado mediático", a lo que yo añadiría la sospecha de que está resentido con los curas porque no le han dejado casarse con su nueva mujer por la Iglesia, que es una cosa que hace ilusión incluso a los genios de la cosmología.


A mí todo esto me recuerda un poco a aquello que dijo el Vaticano hace unos años de que el limbo no existe. Vamos, que cerraban un chiringuito abierto durante siglos y dejaban a sus habitantes sin ninguna explicación... así, en la calle, sin finiquito ni nada. A mí, la verdad, eso de que gente como Platón o Séneca no pudieran ingresar en el Cielo por la mala suerte de haber nacido antes que Cristo siempre me pareció una injusticia, pues resulta que si por ejemplo al Carnicero de Rostock le daba por confesar sus pecados un par de segunditos antes de morir, entonces igual encontraba sitio a la diestra de Dios Padre, mientras que Sócrates ya podía hacer obras de caridad por los barrios chungos de Atenas que nadie se lo iba a tomar en cuenta. "Bueno, pero al menos los del limbo no van al infierno", me dirá un partidario. Sí, querido, pero ahora lo cerráis y ¿qué pasa con toda esta gente? Porque de ingresarlos definitivamente en el cielo o -¿qué menos?- hacerlos bedeles ni hablemos, claro.

Hay otro problema, y es que este tipo de estrépitos periodísticamente tan suculentos me arruinan algunas clases de Ética. Una mañana, explicando a mis chicos la diferencia entre la noticia y la opinión, y entre la labor periodística y la científica, pregunté si les sorprendería que un día un diario apareciera en portada con un titular del tipo: "Se descubre que los homosexuales no son malvados". Intento hacerles ver en estos casos que, si bien la ciencia viene muy bien para clonar ovejas y prevenir el sarampión, es mejor no esperar que saquen de las probetas de un laboratorio la respuesta definitiva a la cuestión de cómo hacer un mundo más decente o si Héctor merecía algo mejor que lo que le ofreció el bárbaro de Aquiles. Hawking, al conseguir que los tabloides nos desayunen con la frase del momento -algo así como "Dios sobra"- me acaba de reventar el argumento. Por lo visto, se puede llegar a conclusiones definitivas sobre cuestiones de fe tras una investigación sobre las elipses planetarias, de manera que debemos esperar que próximas investigaciones sobre la fusión fría o sobre los agentes microbianos de la Antártida resuelvan el problema de si es un pecado practicar el sexo oral o basta con desearlo, cuestión sumamente seria y que antes te resolvía el sacerdote.






La celeridad con la que influyentes líderes religiosos han cargado contra Hawking justifica mi sospecha de que el caballero ha dado en el clavo con sus declaraciones, si es que lo que pretendía era montar lío, algo que por cierto entiendo muy bien cuando uno se aburre tanto si poder moverse sobre una silla de ruedas. Dado que se le atribuye condición de tipo listo, presumo que muchos fieles acudirán angustiados a las parroquias para que su Pastor les tranquilice y, de paso, para exigirles que hagan pública la indignación de los distintos rebaños de la fe. Así, hemos escuchado ya las críticas airadas del Arzobispo de Canterbury, además de algún imam por parte islámica, y, para no ser menos, algún importante rabino por la comunidad hebrea (Lo cual alimenta mi sospecha de que los jefazos de los grandes credos monoteístas fingen estar peleados para disimular que tienen un contubernio cuyo fin es amargarnos la vida lo más posible a todos)




He de reconocer, sin embargo, que en estos asuntos andan bastante más puestos que el caballero de los agujeros de gusano. No pretendo que un científico no pueda opinar sobre materias religiosas. Lo que no termino de tragarme es que sus últimas observaciones de las criaturas celestes valgan para confirmar la teoría de que el universo puede muy bien arreglárselas sin Dios, que es por cierto lo contrario de lo que el interfecto dijo hace unos años, cuando afirmó que la Física del momento "no hace descartable la presencia de una inteligencia creadora". A mí me pareció aquella afirmación tan gratuita como si hubiera dicho que Clinton no debería haber aprovechado el Despacho Oval para hacer gorrinaditas o que Villa juega mejor en el centro que en la banda, pero, desde que Newton aseguró aquello de que la Gravitación Universal era la prueba fehaciente de que existe un diseño original inteligente, parece que a los grandes físicos hay que pedirles su opinión sobre estas cosas tan trascendentes.

El caso es que a mí no me hace falta Hawking para seguir sumergido en mi triste escepticismo religioso. Suelo decir que perdí la fe el día que, tras varios padrenuestros en el wc del bar a escondidas de mis amigotes, vi a Oliver Kahn -portero del Bayern Munich- pararle aquel penalty al Valencia en la final de la Champions. Quizá no fue la mano de Kahn sino la del Supremo Hacedor la que frenó aquel balón para castigarme por las fechorías cometidas, pero me asalta la sospecha de que la cosa hubiera sido distinta si Pellegrino hubiera lanzado un poco más a la esquinita... Y ahora yo ya no tendría esta cara de amargado que se me ha quedado desde entonces. Pero no es cierto, lo que ocurre es que nunca me tragué aquello de la Cruz y la Resurrección que me contaba el Padre Pacual en el cole porque siempre me sonó a cuento chino. Y en cualquier caso, aquello de que los Reyes eran los padres, joder, aquello si que fue un trauma de verdad que me previno contra este tipo de decepciones. No necesito saber que los movimientos estelares hacen "innecesaria y redundante", como dice Hawking- "la presencia de un Creador". Yo no he creído jamás en Dios porque siempre he tenido la sensación de que no tenemos salvación.






No es nada personal. Es cierto que el mundo de la fe está repleto de gilipollas, manipuladores, indeseables y, sobre todo, de fanáticos. Pero, tranquilos, entre los ateos conozco también bastantes majaderos. (Todo sea dicho, desde tiempos inmemoriales se mata y tortura más gente, se silencian más voces y se queman más bibliotecas en nombre de la existencia de algún dios que de su inexistencia, pero esa es otra historia) En realidad, es que a mí me gustaría creer. Entiéndanme, me pasa como con ser gay, que me gustaría serlo pero no me sale. Sería acaso más feliz siendo gay y creyendo que hay un Dios cuidando del ganado y asegurando que todo este embrollo de la vida y la muerte tiene un sentido predefinido y que mi presencia aquí se justifica para algo... y eso por no hablar de mis sensaciones respecto a la evidencia de que tras la muerte no hay más que la nada. Es, ciertamente, una convicción un tanto escandalosa, no crean si son ustedes religiosos que los ateos somos de piedra. A mí, por ejemplo, la perspectiva de que mis mayores desaparezcan y no me guarden un lugar en Walhalla para poder encontrarme un día con ellos no solo me parece desagradable, es que me atrevo a calificarla indignado como una inmensa cabronada. El problema es que también me pareció una cabronada que los Reyes Magos no existieran y no por eso pienso que lo que me contó un día al respecto mi hermano mayor -que siempre fue algo aguafiestas, por cierto- fuera una mentira.

Claro que, quizá, después de todo, sí que haya un dios y esté riéndose un poquito de las tontadas de Hawking. Acaso sea indulgente con él, pobre, e incluso conmigo, que le respeto lo suficiente como para saber que -aunque no exista- si existiera, desde luego que no sería un necio. No creo que puedan decir lo mismo muchos creyentes que conozco. Por ejemplo, fíjense en la convicción con la que dirigentes demócrata-cristianos aumentan su popularidad exigiendo la expulsión de los gitanos (un horroroso asunto repleto de ecos bíblicos), llenando con más pinchos las vallas que separan a Europa de los pobres o lanzando guerras contra países que supuestamente albergan terroristas cuando lo que fundamentalmente albergan es miseria. No creo en Cristo, ya ven, pero pienso que si me lo encontrara en el check-in de un aeropuerto o en la cola del mercadona lo reconocería antes que tantos y tantos meapilas que se dan golpes en el pecho los domingos y se olvidan de que lo que Dios les pide es que no le peguen a su mujer, no financien las minas anti-persona o, simplemente, no dejen que su perro orine justo bajo mi balcón.







Tampoco creo en Stephen Hawking, desde luego. Creo simplemente que su actual mujer tiene caprichos caros y que este lío le va a venir muy bien para vender el próximo libro porque, amigos, no hay dios tan poderoso como el Señor Dinero, un dios que moviliza con la misma facilidad a papistas y a apóstatas. El hecho de que, al lado de la propuesta de abandono de la religión, sitúe a la Filosofía, que al parecer habría de ser sustituida también por la fe en los científicos como él, demuestra que Hawking no solo no entiende que la Filosofía y la Religión son cosas muy distintas -yo diría que contrarias- sino que tampoco las preocupaciones que gobiernan la aventura filosófica se agotan en las que se plantean los físicos. Claro que sería mucho pedirle al caballero que entendieran tantas sutilezas cuando su especialidad es la cosmología o, por lo menos, el marketing literario.


Volviendo al tema de Dios y la evidencia de que nos abandona -y hace bien, ya lo creo, porque somos insufribles-, se me ocurre una última reflexión. Que no haya nada allá arriba supone que Hitler, BarbaAzul y Stalin no tendrán mejor ni peor suerte tras abandonar su cuerpo mortal que, por ejemplo, la Madre Teresa, lo cual es, ciertamente, desolador. No habrá premio ni castigo de postgrado, digámoslo así, como -insisto- siempre hemos sospechado sin necesitar al tonto de Hawking diciendo memeces. Con los tipos que he nombrado, como ya están muertos, no va a poderse hacer nada. La propuesta sería entonces ir contra los malvados mientras están vivos, es decir, desde ya: ¿qué les parece?

Monday, August 30, 2010










BONITO
Aparte del título de una canción especialmente tontorrona, Bonito es aquello que impresiona favorablemente nuestra sensibilidad, aquel objeto -aunque a veces se califique de bonitas o feas ciertas acciones o realidades abstractas- que deja una traza estética placentera y asociada al buen gusto. Se dice de las mujeres bellas que son "bonitas", un poco como se dice de un gato persa o de un sofá vintage; pero también escuchamos en las retransmisiones futbolísticas que un gol ha sido bonito, que tal jugada fue "preciosa", que la entrada ha sido muy fea, que a la lesión se le ve una pinta muy fea, que tras el gol encajado el partido se le está poniendo muy feo a tal equipo...

Es obvio que el contexto de uso del concepto en cuestión tiende a escamparse sin control, de tal manera que podemos verlo trasladado en forma de metáfora delirante a contextos muy alejados de la Estética, como cuando una compañera de trabajo dijo un viernes, tras su última hora de docencia semanal -por cierto en 1ºC, que es un curso lleno de niños que le hacen a uno admirador de Herodes-, la siguiente frase: "¡Qué momento más bonito!" ... Agarró el portalón, nos regaló un adiós que sonaba a "que os den" y se marchó a un hotel tropical, a comer al bar de Paco con su marido, a emborracharse, a tumbarse en un sofá a ver telecinco... ¿qué más da? La cuestión era desaparecer, que es para lo que se inventaron los fines de semana y los permisos penitenciarios. También recuerdo el caso de una psicóloga experta en intervenir en conflictos escolares. Tenía que afrontar un caso entre dos chicas que se hacían mutuamente la vida imposible: "me está saliendo una mediación preciosa", dijo en medio del proceso. Desconozco si las chicas dejaron de asestarse manguzás por los pasillos, pero ella salió del asunto convencida de haber completado una obra de arte digna de Rembrandt.






No creo que este asilvestramiento general del concepto sea muy del agrado de los genuinos especialistas en Estética. Ellos no sólo creen que la noción de Belleza tiene una significación mucho más reducida y concreta de lo que se ha hecho común en la calle, sino que ni siquiera aceptan que su especialidad académica, el hecho artístico, pueda -como se suele pensar- reducirse a ella. Es más, diríase que, para un esteta, crítico de arte o especialista en cualquier faceta artística, casi que lo más vulgar, socorrido y, por tanto, desacreditado, de una obra es decir de ella que es "bonita". Son otros valores los que determinan que los trajes de Balenciaga hayan pasado a la historia de la moda o que los murales de Basquiat sean hoy considerados páginas gloriosas de la vanguardia contemporánea. En realidad, se trata de un concepto subsidiario y al que otorgamos carácter "natural", cuando resulta de una complejísima elaboración socio-histórica. Así, la música de Beethoven fue considerada un espanto cacofónico por los estetas de su tiempo, un tiempo que, evidentemente, no estaba preparado para entender su... ¿belleza? Mujeres que hoy se autofustigan absurdamente por considerarse gordas habrían sido el summum de la atracción hace cuarenta años. En la última década, por ejemplo, hemos sido estéticamente adiestrados para considerar "bellos" ciertos objetos decorativos, peinados o ropajes cuya inspiración proviene de las décadas de los setenta y los ochenta, que justamente habían venido siendo consideradas el paradigma de la horterez y el mal gusto.








Decimos pues de algo que es hermoso como si manejarámos un intemporal absoluto, o como si -en el extremo contrario, e igualmente equivocados- fuera una cuestión de gusto, que es algo personal e intrasferible que supuestamente nadie tiene derecho a cuestionar. Como si fuera puramente "subjetivo" eso de que la gente pague millonadas por un bolso Louis Vuitton o que la gente pobre parezca más fea que la rica. Me viene, por aquella memez tan recurrente de que sobre gustos nada hay escrito -yo creo que de nada se ha escrito tanto como sobre eso-, la frase de aquel personaje de Apocalypse Now dedicado a exterminar a todo lo que se pusiera por delante en el Vietnam: "Me gusta el olor del napalm al amanecer: ¡Huele a victoria!". Cuestión de gustos, claro.



A mí, por ejemplo, si me preguntaran por qué me gustan tanto las películas de John Ford o las pinturas de Velázquez me costaría decir que me parecen "bonitas". Igualmente, me costaría decir que Lauren Bacall me erotiza tanto en Un sueño eterno por ser una chica mona; en todo caso eso -lo de que es muy mona- lo diría de Shakira, por eso Shakira me erotiza menos que Bacall, que es por cierto una vieja como Helen Mirren, que también me erotiza bastante, o como Nathalie Wood, que para colmo está muerta. Si dijera de alguien o de algo que es "bonito" lo que en realidad estaría dando a entender es que quedaría bien colgado de la nevera. Y ya se sabe que algo se cuelga de la nevera un par de semanas antes de ir a la basura, pues lo que simplemente es bonito suele tener un recorrido más bien corto en nuestras vidas: en cuanto nos acostumbramos a ello nos cansamos y dejamos de mirarlo. Es lo que pasa por ejemplo con las postales campestres, que las compras porque son "bonitas", las pones a la vista para que te den buen rollo en el desayuno o te recuerden a tal o cual sitio en el que estuviste y, finalmente, pasan a camuflarse en el paisaje de tu casa, con lo que de alguna manera ya están muertas. Por eso no me gustó Memorias de África, porque es una postal... ni tampoco me gusta Sara Carbonero, porque más que una mujer es, como lo diría, un postre.





En mi vida no acaba de tener prestigio el conceptito de marras. Seguí por tierras de cristianos y de sarracenos a una chica guapa durante años juveniles -ya saben que soy un poco gilipollicas-. De mí solía decir que "es que tú eres muy bonico". Lo siento, pero con algunas cosas de la vida no soy indulgente, y no soporto ni a los genocidas ni a los asesinos en serie ni a las chicas que dicen de alguien que es "bonico", un apelativo muy recurrente por el País Valenciano y que yo no supe interpretar en su momento en su verdadero significado... A saber: "me vienes muy bien como acompañante porque eres simpático y pagas las mirindas, pero no me liaría contigo así me deshollaran". No me la tiré nunca, claro.



Viene a cuento todo este anecdotario porque el verano me ha dado la oportunidad de encontrarme en remotas tierras con parajes de una belleza deslumbrante, una belleza que te golpea en la cara con la violencia de una tormenta de sal cuando regresas a tu casa y se te ocurre pensar en lo gris que es tu barrio, las aceras llenas de mierda de los perros, la sección de congelados del mercadona, las primarias del PSOE en los telediarios o la vuelta al trabajo y a los atascos de primera hora en el by pass.. Hay que ser un poco de hierro para no sucumbir a la nostalgia entonces.












Creo sin embargo estar razonablemente preparado para soportar esto, seguramente porque, en realidad, la belleza que experimentamos cuando somos turistas -y somos turistas, tengámoslo claro- me llega a parecer a veces una almendra vacía. Es como si los bosques, los ríos, los ciervos que deambulan por el prado o los barrios medievales donde bebiste el mejor vino de tu vida y un zíngaro tocó tu canción con su violín, fueran parte de un sueño del que uno despierta en cuanto un policía con bigote te pone las manos en los huevos al pasar por el control del aeropuerto. Es como soñar sabiendo que se sueña, lo cual le vuelve a uno un poco cínico, pero le hace menos vulnerable a la depresión y a la melancolía.


Un viejo amigo, al regreso de un año entero de vida en un antiguo palacio de Roma, me confesó que lo peor de la vuelta había sido percatarse con toda claridad de "lo fea que es Valencia". No dudo ni por un instante de la belleza de Roma, ciudad de la que uno puede enamorarse peligrosamente, desde luego, pero creo que si nuestra casa nos deprime no es por su fealdad, sino porque la vida que tenemos en ella no merece la pena. Uno puede llenar su hogar de muebles art-decó, pero si quien la habita no te quiere, entonces lo que crece entre las ridículas sillitas y los cuadros de ardillitas es una soledad espantosa.



"Me gustan las cosas bonitas". He escuchado muchas veces esta frase tan aparentemente tautológica y, sin embargo, tan cargada de sentido. No sé si recuerdan a Paul, uno de los protagonistas de Beautiful girls. Obsesinado por la belleza de las top models -que ya hay que ser merluzo- insistía en este monólogo en la imposibilidad de resistirse a la esperanza de ser amado por una de ellas, como si dicha esperanza fuera el secreto para hacer la vida soportable:



"¡Las top models son tías cojonudas , Willy¡ Una tía buena puede llegar a marearte,
a hacerte perder el sentido. Como si te hubieras bebido tres J.B con Coca Cola en ayunas. Ellas y solo ellas pueden hacer que sientas aquello tan simple y a la vez tan grandioso que es la sensación de sorprenderte permanentemenmte . Una promesa de un día mejor, esperanza y fé en la humanidad, confianza en el futuro...Esa especie de aura sólo puedes encontrarla en la mirada de una hermosa mujer, en su sonrisa, en su alma, y todo lo que ella haga o diga hará que la vida te parezca hermosa, hasta las cosas mas pequeñas tendrán su importancia. ¡Las mujeres hermosas son una caja de sorpresas ,Willy¡ ¡promesas de un mañana maravilloso, la esperanza que baila sensualmente sobre unos tacones de aguja ..."










Divertido, sí... y absolutamente equivocado, desde luego. Pero no es un problema solo masculino. Muchas mujeres que he conocido han necesitado rodearse de objetos supuestamente bellos para que sus vidas pudieran alcanzar algún tipo de luminosidad. No sé qué suerte de prosa acompaña sus días y sus noches, no sé que viscosidad cotidiana les empuja a detenerse en los escaparates de ciertas tiendas con la cara embobada delante de un bolso de Hermés. A mí, en esos momentos, me gusta más mirarlas a ellas, reflejado su cuerpo en el cristal de la tienda, mientras el segurata de Hermés me mira con cara de "no vas a poder pagar el fulard, imbécil, demasiado caro para ti."







Thursday, July 22, 2010








EGOS PRESCINDIBLES









Quienes asociamos nuestros biorritmos al curso escolar o parlamentario y no al año natural tendemos a dejar para septiembre todos esos planes y buenos deseos que la mayoría formula con el Año Nuevo. Mi propuesta sería que nos acostumbráramos en cuanto acabe el verano a dejar de creernos importantes. Así, como suena. No se trata de minusvalorar las propias virtudes. Yo, por ejemplo, soy en líneas generales un leal y alegre compañero y me sale razonablemente bien la tortilla de patatas. Ahora bien, ni esas ni mis demás cualidades son suficientes como para que me sienta el centro del mundo, en todo caso soy más bien periférico. Eso sí, yo me importo mucho a mí mismo. Y hay un par de personas que dicen compartir el interés, aunque a veces temo que se les pase pronto o que lo dicen para que me dé ilusión. El problema es que no consigo universalizar el sentimiento. Y la razón es bien sencilla: basta ver la cara que me ponen muchos alumnos cuando hablo para darme cuenta de que mis geniales lecciones les conmueven menos que las tetas de Elsa Pataky o el precio del nuevo Ipod de Apple, que es lo que supongo que bulle tras esas miradas perdidas. He sufrido curas de humildad suficientes -como cuando una novia me dejó para irse con un enano o el equipo de los Cherokis nos metió veinticuatro goles en la liga del colegio- como para ignorar todavía que el interés e incluso el afecto que de vez en cuando me regalan con admirable generosidad mis congéneres es condicional y efímero.












¿Modestia? No, lucidez. La modestia es una de esas virtudes teologales que los curas llevan milenios intentando insuflarnos con el objetivo de (Nietzsche dixit) "separarnos de nuestra fuerza", es decir, que no tengamos agallas para deshacernos de ellos y de su triste dios y dediquemos nuestras vidas a hacer el amor, beber vino y cantar loas a Baco, que es lo que haríamos alegremente todo el día si no fuéramos tan gilipollicas. Por contra, la lucidez: ésa sí que no es virtud nacida en las sacristías... La lucidez es la forma menos engolada de la inteligencia; no cree habitar la Verdad, no reclama los honores del talento: la lucidez es el mayor de los cuidados de sí que puede darse el hombre, lo que permite a quien la posee vivir sin orejeras, mirando a todos lados antes de cruzar y conociendo las limitaciones de la propia talla antes de medirse con duendes o gigantes. Renunciaría a todo antes que perderla.





Viene a cuento esta reflexión porque últimamente no me pasa un día sin que vea algún YO saliendo del armario para proclamar solemnemente la obligación que todos los habitantes del mundo tenemos de adorarle, quererle, darle la razón, aplaudir su supuesta genialidad o, simplemente, depararle nuestra atención. Ciertamente he admirado a tipos que padecían una enfermiza egolatría. Nietzsche, por ejemplo, tituló a sus capítulos de Ecce homo "Por qué soy un destino", "Por qué soy tan inteligente" o "Por qué escribo tan buenos libros". Nunca la humildad adornó al padre del Zaratustra, pero en los tiempos de Ecce homo ya estaba tan devorado por la sífilis que se le puede perdonar lo que, en cualquier caso, tiene mucho de humorada. Ahora bien, la diferencia entre un auténtico genio y la mayoría de los que se anuncian como un destino o proclaman su propia divinidad a voz en grito es que cuando uno abre la obra de estos últimos lo que encuentra es una mediocridad tan grande que produce sonrojo tanta megalomanía. Es un poco lo mismo que pasa últimamente en los hospitales, que algunos médicos te tratan con la misma suficiencia despectiva del Doctor House, al que imitan como memos, pero luego, al contrario que éste -quien por cierto es solo un personaje de ficción- son incapaces de distinguir entre un constipado y una alergia.














Algunos tipos viven absolutamente persuadidos de su enorme talento: apliquemos este razonamiento tan simple a muchas cosas de la vida y, probablemente, veremos todo con más claridad. Por ejemplo, dejen de pensar, cuando ven una película de Julio Medem, que el problema lo tienen ustedes, que no tienen cultura suficiente para descifrar los complejos códigos de sus tramas e imágenes. No, es mucho más sencillo, Medem es un buen fotógrafo al que le ha pegado por hacer cine, con tan buena suerte que algunos con poder han decidido que hay algo muy produndo en lo que solo son pajas mentales, con toda esa sarta de gilipolleces que se dicen los personajes unos a otros antes de irse a la cama, que es lo que usualmente terminan haciendo, por cierto siempre con actrices bien monas, que mola más y tiene más glamour. ¿Se dan cuenta?: Medem vive completamente convencido de que es un genio. Y no le culpo, porque el país está lleno de ingenuos que le creen.










Otro ejemplo: Maradona. Este tampoco es culpable del todo, dado que nunca tuvo la formación moral ni intelectual para digerir tanta adoración, incluyendo eso tan estrambótico de que en Argentina hay hasta una congregación religiosa que lo proclama como su Dios, lo cual confirma la teoría de mi abuela de que se acerca el apocalipsis. El espectáculo que montó en el Mundial de fútbol, empeñado en convertir en dogma de fe cada una de las estupideces que dijo desde el principio del campeonato, es propio de un tipo que ha perdido completamente el sentido de las propias limitaciones, la lucidez en suma. El numerito final, aglutinando con sus lloros y lamentos las imágenes del partido contra Alemania -donde consiguió que su equipo hiciera el peor partido de la historia- no parece haber sido suficiente escarmiento para sus innumerables adoradores en su país de origen: Maradona seguirá dirigiendo a la albiceleste y los argentinos seguirán creyendo que los Reyes Magos existen.









Podría hablarles de cómo Hitler, gran dictador y mejor persona, respira el aire olímpico de los Elegidos en cada línea de Mein Kampf, influyente libro cuyo tono mesiánico impide a algunos incautos percatarse de que es un texto mal escrito, mal fundamentado y repleto de falsedades e inconsecuencias... una tontuna que habríamos de olvidar si no conllevara tantas implicaciones siniestras en la torturada experiencia de mediados del siglo pasado. Podría hablarles también de lo ocurrentes que deben sentirse ciertos caudillos con el corifeo de eunucos y cortesanos que le ríen cada una de sus gracias. Podría hablarles incluso de un amigo que siempre me llama para contar cómo le va, que se tira dos horas enteras al teléfono para relatar sus emocionantes aventuras y que, si en algún momento uno consigue enhebrar dos frases sobre su propia vida, percibe de inmediato el bostezo de aburrimiento en su egoísta interlocutor. O mi abuela, que siempre se peleaba con toda la gente que trataba porque parecía creer que el mundo era un huevo que Dios había cocido para ella comérselo...




Les seré sincero. El personaje que ha inspirado este post no es ni Hitler ni mi abuela: es Vicente Molina Foix, afamado escritor y, por lo visto, polifacético artista, pues acaba de estrenar su segunda película como director, El dios de madera. No estoy nada seguro de que vaya a ir a verla. No es nada personal, simplemente hay siempre los suficientes estrenos como para gastarse seis euros en un film cuyo único atractivo a priori es la presencia de Marisa Paredes. Por lo demás, mi olfato me dice que va a ser un rollo infumable, opinión que cambiaría sin dudar en el caso de que la viera y me gustara, pero va a ser difícil, pues a pesar de lo que me informaron en la niñez sobre el cielo, sospecho que sólo voy a tener una vida, y no voy a emplearla en ver películas de Molina Foix, que es por cierto lo mismo que he hecho con su profusa obra narrativa. No es nada personal, es que todo lo que tiene que ver con el personaje me recuerda a malos rollos, desde el famoso incidente telenocturno de hace unos años, hasta alguna de las columnas que publica en distintos medios, las cuales -las pocas que me he molestado en leer- me han aburrido siempre soberanamente, excepto aquella en que puso a parir al mundo del cómic, y que tanto lío generó en internet. No le pondré calificativos al artículo de marras, pero si ustedes lo leen posiblemente lleguen a la misma conclusión que yo: con la de cosas trascendentes que tengo que leer y aquí con estas tontadas...







La cosa no suscitaría mi atención de no ser porque esta semana el hiperactivo personaje ha aprovechado su columna habitual en El País para ponernos al día sobre su mala relación con un crítico llamado García Viñó. En 2º de BUP nos contaban lo mal que se llevaban autores como Góngora y Quevedo, los cuales se atacaban y contraatacaban con agudas invectivas, intrigaban para hacerse daño y puede que hasta intentaran quitarse a las novias. La cosa tiene su gracia en aquellos porque tamaña hostilidad dejó rastros literarios ciertamente ingeniosos. Lo de Viñó y Foix tiene, como lo diría, un toque bastante más cutre. Como es posible que recuerden, estos dos buenos señores se dedicaron a insultarse y amenazarse hace ya unos cuantos años en el programa nocturno Negro sobre blanco, presentado por Fernando Sánchez-Dragó. Tras el programa parece que llegaron a las manos y no sé si a los pies. Todo indica que el tal Viñó es un pobre hombre y que su papel de agresor en aquella reyerta va con el tono y la credibilidad de sus críticas literarias o cinematográficas. En sus frecuentes contiendas frente a tirios y troyanos -le gustan las celebridades, obviamente, pero puede emplear su tiempo en insultar durante días a un blogger de infantería- muestra una patológica propensión a la descalificación del interlocutor, y su tono engolado y adjetival huele a frustración intelectual antes que a erudición o ingenio.




Que el tal MGV sea más conocido por aquel affaire telenocturno -digno de un late show de Sardà- más que por su ingente producción literaria no es nada sorprendente, teniendo en cuenta mis sospechas de que el susodicho se sirve de sus diatribas contra Molina Foix y otros autores -normalmente vinculados a PRISA como Almudena Grandes o Javier Marías- para obtener respuestas airadas, generar polémica y obtener un protagonismo por el que parece estar dispuesto a todo y que de ninguna manera obtendría por otros métodos. Acaso lo preocupante sea que el propio Molina Foix también empiece a sonar mucho más por sus peleas con MGV que por sus producciones literarias o cinematográficas. En alguna ocasión le escuché decir que era lamentable haber concitado tanta atención en aquel febrero de 2002 por un asunto tan poco edificante. Es curioso, no recuerdo haber oído o leído a Javier Marías una sola palabra sobre Viñó, a pesar de que a él y a su supuesta impostura como novelista ha dedicado ríos de tinta el interfecto. Por contra, Molina Foix consigue acaparar la atención cada vez que se le relaciona con él. Esta semana pude leer un artículo donde arremetía contra su viejo amigo, el cual a su vez había atacado de forma inmisericorde la película.

¿Por qué vuelve a aparecérsenos el tipo de aquella trifulca nocturna que nos divirtió hace ocho años? Sin duda porque Molina Foix ha tenido el sentido de la oportunidad suficiente para sacar del sarcófago a su Moriarty y poner en la caja de resonancia sus exabruptos. De lo contrario no nos preocuparíamos por una película que casi nadie piensa ver y que, por las críticas que leo, tiene pinta de ser tan solo un poco menos lamentable que la primera que dirigió Molina Foix, Sagitario, que tuvo la suerte de ser ya institucionalmente protegida en su momento, pese a tratarse de un director novel, y de la que solo he encontrado críticas negativas y en algunos casos escandalizadas, críticas que, por cierto, no son todas del amigo G.Viñó. Al final, no tendría sentido perder el tiempo con toda esta pamplina estúpida salvo para hacerse una pregunta: ¿por qué las instituciones gastan mi dinero en proteger los delirios megalómanos de Molina Foix mientras que tanta gente con talento se pudre sin poder estrenar un largometraje? Que alguien tenga amigos poderosos y esté bien relacionado, ¿justifica que nos lo tengamos que encontrar hasta en la sopa?





En fin, lean el artículo sobre el cómic de Molina Foix o sus últimas controversias con Viñó. Yo me voy a ver un capítulo de The wire. Eso sí le quita a uno las ganas de creerse genial.



http://www.elboomeran.com/blog/79/blog-de-vicente-molina-foix/ (Entrada en El Boomeran, "Crítica o venganza", al hilo de la polémica con García Viñó)