Wednesday, July 31, 2013

¿ESTÁ LIQUIDADO EL ANARQUISMO? (II)






Dijo Antonio Gramsci que el peor enemigo de la acción inteligente es la indiferencia. El indiferente pretende no tener ninguna responsabilidad sobre los acontecimientos, estos se le presentan como irreversibles, y, de igual manera, demuestran lo ilusorio de los ideales y de los programas de transformación. Para quienes quieren que nada cambie, o que todo vaya a peor, el indiferente es el mejor aliado, pues acepta sin resistencia que el que tenemos es el único de los mundos posibles. 

En el odio gramsciano contra la indiferencia coinciden los anarquistas; no son por tanto, de entre las corrientes antagónicas a la cultura burguesa, especiales en esto. Tampoco lo son respecto a la preocupación por convertir la acción colectiva en praxis de transformación: lo cual supone luchar por el establecimiento de un marco de relaciones no basado en la subordinación y el dominio. 

A partir de aquí es tremendamente difícil articular una crítica intensa y directa de la teoría anarquista, pues son tantas las elaboraciones divergentes, tantos los caminos que se bifurcan para no volver a encontrarse nunca, tan dispersas e incluso tan contrarias entre sí las elaboraciones respecto a algunos temas esenciales, que no hay casi nada que uno pueda echar en falta en el texto fundacional que tiene entre las manos que no aparezca en otro posterior. 

Por ejemplo, no presiento nunca en los anarquistas una tematización consistente y redonda de la noción de sujeto, que es absolutamente clave para entender la constitución del modelo intelectual que reconocemos como Modernidad. Pues bien, cuando la línea de Bakunin se inclina demasiado hacia una posible sacralización de las masas como agente revolucionario, sin contemplar el momento de la libertad de elección del sujeto, que parece quedar asfixiado en un comunitarismo demasiado hegeliano, entonces consultamos a uno de los más afinados pensadores libertarios, Malatesta, y ese momento reaparece. Este devenir refleja acaso una evolución positiva dentro del marco teórico, pero confirma la herencia de una filosofía del sujeto que no se explicita suficientemente porque sospecho que no se quiere asumir. En este sentido la incomparecencia de Kant en todas estas elaboraciones me parece inconsecuente. El autor de la Crítica de la Razón Pura es, en mi opinión equivocadamente, poco reclamado en las teorías explícitamente antiburguesas, como si a la fuerza rechazar los abusos del jacobinismo o mostrarse horrorizado ante la violencia y el caos le convirtiera a uno en contrarrevolucionario.   

Entiendo que esta problemática sea farragosa. No lo es tanto la que cualquier estudiante de bachiller reconoce sin dificultad: el anarquismo proclama que el origen de todos los males es el Estado. No siempre la propuesta de suprimir toda forma de estado asiste tal cual a los autores reconocidos, pero no conozco a ningún anarquista que no arranque su posición de una crítica integral a dicho modelo, incluyendo el término "estatista" como un insulto. Aquí mi discrepancia es rotunda: nuestro problema actual no es el exceso de estado, sino más bien su retirada. Las instituciones políticas -como se han cansado de repetir los Nuevos Movimientos Sociales- se corrompen a menudo, esquivan la obligación de representarnos y no resuelven los problemas de la gente, pero la alternativa no es hacer que todo reviente, sino encontrar la manera de romper esa lógica, recuperar los espacios públicos y acabar con la impunidad del capital y la conculcación permanente de los derechos humanos. Si necesitamos a las organizaciones ciudadanas no es para provocar una revolución ni para respirar un rato en comunidad lejos del estrangulamiento de las instituciones convencionales, sino para obligar a los Estados a crear tejido jurídico que desbloquee el círculo vicioso que está destruyendo la democracia porque los ricos quieren ser más ricos.

No sé si soy anarquista, lo que sí soy es republicano. El término parece opuesto, y sin embargo se han hecho compañeros de viaje en muchas ocasiones, quizá no sea casualidad. El republicanismo es el verdadero gran enemigo de la despolitización, incorpora la consigna de recuperar el espacio de lo público que entre todos hemos arruinado. No quiero cualquier estado, pero no veo manera de articular una democracia deliberativa desde la catástrofe o aún la implosión de los estados. Sin instituciones con poder de acción, lo cual no necesariamente excluye formas burocratizadas y jerarquizadas de organización -siempre y cuando estén sometidas al poder de la ley- cuya base ha de ser estrictamente democrática, no alcanzaremos una verdadera sociedad deliberativa. 

Antes que el desmantelamiento de la cosa pública, que es a fin de cuentas el gran objetivo del modelo liberal que nos ha llevado a una crisis pavorosa, prefiero emplear mi tiempo en recuperar el Estado Social de Derecho de sus actuales desperfectos. Estoy seguro de que Margaret Thatcher, Milton Frieman, Ronald Reagan y compañía se sentirían más tranquilos si, en mi inocencia, me conformara con llamar a la destrucción de lo que, superando tantas guerras de todo tipo en Occidente, articuló la red institucional de protección y solidaridad más admirable de la historia. 


No pienso tirar por ahí, eso quisieran este hatajo de delincuentes que gobiernan el actual capitalismo, verdadero enemigo en común de cualquiera que quiera un mundo más justo y respirable. Demasiadas cosas importantes, que temo que a menudo no se aprecien, dependen de la resistencia frente a la corrosión de las instituciones que el bandolerismo económico tolerado exige a unos gobiernos exánimes y dóciles. 

Sunday, July 21, 2013




¿ESTÁ LIQUIDADO EL ANARQUISMO?

Dijo Ortega que no sabemos qué es lo que nos pasa, y que eso es justamente lo que nos pasa. La brillantez de la aseveración no acaba de levantar el ánimo de quienes reivindicamos al autor de El tema de nuestro tiempo o La rebelión de las masas, pues su vigencia arrastra una inquietante sospecha: casi un siglo más tarde no sólo no hemos encontrado una solución a la paradoja, diríase que hemos profundizado en ella. Si hubiera de resumir en una fórmula sencilla nuestra condición presente, me tentaría recurrir a las más exitosas: posmodernidad, globalización, neoliberalismo, destrucción del Estado del Bienestar, Galaxia Internet, democracia catódica, sociedad del espectáculo, Gran Recesión... Todas valen, pero yo apuesto por una que detecto muy directamente en el ánimo de las personas con las que trato: desorientación. Lo que le pasa a la gente es que no sabe lo que le pasa, y es esa incertidumbre la que determina su caminar, que es más bien un vagabundeo sin rumbo, o con el rumbo que marcan las disciplinas cotidianas, mecánicamente seguidas por quienes todavía tienen trabajo y familia y creen poder esperar algo del futuro. 




Esa ausencia de brújula determina el discurrir vital de los individuos, un trayecto sinuoso y cuyas convicciones sobre la dirección a seguir se expresan en tono encogido, pues el barco sobre el que se navega es tan frágil, las corrientes y los vientos tan tornadizos, y los puertos tan precarios, que las seguridades parecen cosa de tiempos antiguos. 

En tales travesías, resulta tentador invocar en nuestra ayuda a las viejas imágenes del mundo. Como el rezo ya sólo sirve para consolar a los vencidos, y el totalitarismo emerge de la renuncia a la reflexión y el diálogo, no es descabellado preguntarse si no habría que darle segundas oportunidades a las corrientes revolucionarias que surgieron con el movimiento obrero al compás de la industrialización.  

No soy anarquista, lo fui o creí serlo durante mucho tiempo, acaso sin la madurez intelectual y moral necesaria para afianzar la congruencia entre el discurso que defendía y la forma en que tramaba mi vida personal. Entendí que era poco presentable defender la transformación revolucionaria de la sociedad -sin ignorar que una revolución como Dios manda produce terror y sangre- mientras uno estudiaba en la universidad a cuenta de ese Estado que prometía destruir y vivía bajo techo por la generosidad inmensa de sus padres. Entendí que no alcanzaría el verdadero respeto de mis allegados haciendo el bravucón en una emisora de radio si no era capaz de ganarme la vida dignamente. 

Bakunin no fue culpable, en realidad ahora acaso le entienda mejor que en aquellos tiempos tan espumosos en que acudías a las huelgas con la esperanza de seducir a alguna incauta, convencida de que los malos estaban a punto de rendirse. En este momento la inspiración ácrata del 15M y el conjunto de los Nuevos Movimientos Sociales, sin excluir a algunas ONG, me parece incuestionable. Este es sólo el ejemplo más reconocible de un vasto paisaje de intenciones en favor de un mundo más libre que encuentran en la tradición anarquista su horizonte común.

No profundizaré en el espinoso asunto de las terribles guerras entre hermanos con otras tradiciones surgidas del movimiento obrero. Todas, si son lo que dicen ser, combaten al mismo enemigo: la división de la sociedad en ricos y pobres, las formas de dominación que van históricamente renovándose, las formas de opresión instituidas, empezando por el vergonzoso poder de la Iglesia o la tolerancia con los crímenes económicos practicados cotidianamente por los mandarines financieros... Aplicado a las formas de resistencia actuales, el anarquismo no es sólo una referencia valiosa, acaso sea -con las debidas matizaciones al discurso clásico- el camino que habríamos de seguir. 

(Continua en breve, lo más controvertido viene pronto...)


Friday, July 12, 2013




EL GORILA

Un incidente en el Bioparc de Valencia, hace unas pocas semanas. Un grupo de turistas nacionales de avanzada edad está montando un cirio de miedo en el habitáculo donde, a través de un grueso cristal, el público puede contemplar un grupo de grandes simios. Vociferan, se ríen  estruendosamente de sus propios chistes, hacen mofa de los colmillos del gran gorila, de su supuesta fealdad y su cabezota, de su pene... Nadie observa nada, ninguno está entendiendo nada de la escena que presencian; son un hatajo de paletos, bárbaros que se han dejado cuatro céntimos para que el escenario les regale unas cuantas monerías, incluyendo al joven vigilante, cuyas apelaciones al silencio y el respeto son desoídas reiteradamente por la comitiva. De repente, en medio del guirigay y harto de tanta tontería de seres a los que sin duda desprecia, el macho se levanta y tras estrellar su dorso contra el cristal, alza sus doscientos kilos ante los intrusos y se golpea el pecho enfurecido. El terror consiguiente entre estos desencadena una estampida. Se hace el silencio, hay incluso alguna llantina...La cólera de Dios: no tengo ninguna duda.

Situaciones similares se dan a menudo en esta variante un tanto rara de homínido que es el sapiens. He visto a profesores dando una lección memorable en la universidad mientras la mitad de su joven auditorio le ignoraban con estúpidas sonrisas dedicadas a la tablet a la que entregaban su atención sin ningún pudor. He visto a un necio hablando por el móvil a mi lado en los últimos instantes de Dublineses en la noche de un cine de verano. 

Digo todo esto porque no pretendo escribir un alegato en defensa de los animales. No estoy preparado para ello, tampoco para disertar sobre la conveniencia de los zoológicos, incluyendo estos que se construyen ahora donde los animales gozan de relativa libertad y no habitan las tradicionales jaulas. Pero sí sé que forma parte del hábito de los seres humanos, en especial cuando actúan en manada, ignorar las reglas más básicas del respeto. 



También conozco el tipo de emoción que en mi hija despiertan los animales. No sólo las grandes especies de la sábana o la selva ecuatorial, acaso le atraigan más, extrañamente, los pequeños reptiles, los insectos e incluso las ranas. Qué animales, por cierto, tan seductores las ranas. 

Recientemente tuve la suerte de pasar una hora inolvidable con ella en esa sala de los grandes simios. Se desataba una violenta tormenta sobre Valencia, de manera que nadie entró en ese largo rato. Nos sentamos delante del gran gorila, quietos y silenciosos, para no incomodarle. Nos miraba de vez en cuando de reojo. Estaba majestuosamente apoyado sobre una pared, sin apenas moverse, limitándose a recibir la lluvia con indiferencia. 




Cioran dijo algo interesante sobre la pasividad de los grandes gorilas. "Sentados sobre la hierba pasan horas sin moverse. ¿No se aburren?, pregunta alguien, pero esa es una pregunta de hombre, es decir, de una criatura que, atrapada por el miedo, origen de toda agitación, atribuye absurdamente a la acción el prestigio que se niega a conceder a la inacción." 

Esa mirada... Tras esos ojos selváticos se diría que un dios nos escruta. Nunca hallé en cruces ni en vírgenes el poder del espíritu que presentimos aquella tarde en la mirada del gorila.   

Saturday, July 06, 2013

ALBELDA



Sociólogos o antropólogos nos informan con rigurosa objetividad científica de la función que los mitos han tenido en las comunidades. Yo soy algo reticente a este rigor porque sospecho que, por definición, los mitos se internan en los recovecos más oscuros e irracionales del alma, y también acaso porque detecto que yo mismo no soy en absoluto invulnerable a su hechizo. Sabemos que los mitos refuerzan la cohesión de la comunidad, vertebran la identidad colectiva, alimentan la lengua común y dan sentido a las liturgias en las que el hechicero convoca su memoria para que las personas sientan que no caminarán solas mientras conserven la impronta de los fundadores de la tribu.

Hegel atribuía ese poder civilizador al cristianismo, pero olvidaba que, más allá de la obediencia a la que los santos invitan con su martirio, las culturas –empezando por las paganas- no han otorgado la gloria a los sumisos, sino a los guerreros. Es posible que el aire de los tiempos no propicie el gusto por la épica, y que nos hayamos creído esa convicción ilustrada de que volver a los mitos es recaer en la infancia. Pero a poco que escarbamos en nosotros mismos, advertimos la impostura que hay tras el totalitarismo de la razón. Tras nuestras elecciones, tras cada uno de los momentos en que nuestra integridad moral se ha puesto en juego, se proyecta la alargada sombra de un viejo cantar de gesta.

He sentido una especial debilidad por David Albelda desde hace muchos años. No se asusten, no voy a hablar de fútbol, no exactamente. Nunca amé demasiado el virtuosismo, Albelda es otra cosa, quizá es la imagen más exacta de lo que yo quise ser desde crío, aunque -¿qué creían?- mi escepticismo de adulto no ha suprimido mi capacidad para conmoverme ante los personajes admirables. Quizá el hombre al que ahora han despedido sin honores, desde el silencio de un callejón infame, sea el futbolista más valioso que el Valencia ha tenido desde Kempes. Éste sí fue un virtuoso, por eso movía multitudes; Albelda es un luchador: yo le he visto en el mismo partido peleándose con los contrarios, con el árbitro, con un público hostil mientras repartía instrucciones entre sus compañeros y les llamaba a resistir, a afrontar todas las dificultades para llegar hasta la gloria. Los libros sobre coaching y liderazgo informan poco de esto, acaso hay en ello algo demasiado primitivo, acaso los sentimientos que desencadenan sean demasiado incontrolables.
 
La trayectoria de Albelda le acerca a la maldición de los héroes trágicos. A aquellos personajes señalados por el destino en el antiguo teatro griego, Nietzsche les atribuye el poder de indicarnos el caos y la injusticia de la existencia, ante lo cual el dilema es  o rendirse o luchar y resistirse hasta el encuentro con la muerte. Hace algunos años, un oligarca gordinflón al que su papá regaló un equipo de fútbol, se sirvió de un delirante esbirro extranjero para destruir al empleado que le molestaba por su mirada altiva. Entonces, ante el ídolo caído en desgracia, salieron del armario todos los resentidos que antes permanecían en silencio ante los triunfos del equipo que Albelda lideraba. Con la caída en desgracia del líder emergió lo peor del alma plebeya: el rencor, el resentimiento, el espíritu cainita con el que los miserables toman venganza del labriego que, lejos de la humildad que se espera de los siervos, levanta orgulloso su mirada y se niega a postrarse ante los mandarines. 

Albelda denunció un día a quienes intentaban humillarle, lo hizo como única manera de defender su honor y el pan de su familia ante unos jerarcas -pobres diablos en el fondo- a los que los envidiosos jalearon. Albelda no es un simple futbolista, es una categoría moral, por eso existe el “antialbeldismo”. Sería inimaginable una infamia tal en Barcelona con Carles Puyol, pero en Valencia Saturno tiende siempre a devorar a sus hijos.

Unos años después, cuando solo una minoría de obtusos insistía ya contra todas las evidencias en el rencor, un nuevo presidente, uno de esos tipos engominados que se apoderan de los clubs de fútbol sin que nadie les vote y desde la más innoble lógica de los negocios, se sirvió de otro esbirro para acabar, ahora ya sí definitivamente, con el viejo testigo incómodo. ¿Razones? Ninguna, ni deportiva ni económica. La razón es la cobardía, y por eso resulta inconfesable.  Quizá hayan hecho bien, porque la presencia de Albelda pone sobre la mesa la profunda medianía de quienes se han cargado de una tacada una leyenda que duraba quince años, una eternidad en unos tiempos donde lo efímero y la deslealtad escriben en una prosa insípida la historia de las colectividades.


En algún momento Aquiles nos recuerda que su único propósito es permanecer para siempre en la memoria de los pueblos. El destino ya ha determinado que a quienes se conforman con que les humille nadie habrá de recordarlos, como también olvidará sin remedio a quienes se desembarazan de los héroes en la vergonzante ventaja de la nocturnidad. David Albelda ya es una leyenda, quedará para siempre en ese misterioso rincón de la memoria donde viven nuestros héroes para siempre.    

Saturday, June 29, 2013




OBAMA Y EL MITO DE LA VIGILANCIA GLOBAL

Resulta fácil retrotraerse a las páginas de 1984 a medida que vamos sabiendo más sobre el complejo y sofisticado sistema de espionaje telefónico e internáutico diseñado por la Seguridad norteamericana. Lo que no han conseguido los republicanos en un sexenio, es decir, desacreditar la imagen de Obama presentándolo poco menos que como un comunista o un pro-islamista, lo ha conseguido él consigo mismo, cuando ha adaptado a la era de internet el viejo modelo Hoover, es decir, información exhaustiva para los servicios secretos sin miramientos con los derechos civiles relativos a la intimidad o la libertad de expresión. 

Es como si hubiera vuelto la Guerra Fría, esa que por cierto dicen añorar los viejos espías, empleados ahora en luchas contra islamistas fanáticos y sin ningún aprecio a la vida de los que no te puedes fiar porque son capaces de reventar con tal de cargarse a los que pasen por su lado. Mientras el estalinismo optimizaba la información, con la Stasi de la RDA como mayor logro en materia de invasión en la vida de las personas, los USA montaban escenarios tan temibles y estrambóticos como los del Senador McCarthy y su Caza de Brujas. Como dijo Foucault, el poder se asienta siempre en el saber, hasta el punto que todo régimen político es, en realidad, una serie de sistemas operativos basados en el principio de que el ejercicio de la autoridad y de la fuerza sólo es eficaz y puede aspirar a sostenerse largo tiempo si sabe cómo encontrar información exclusiva y determinar cuando es relevante. 

Está bien que, respecto a este asunto de los abusos de los estados sobre los ciudadanos bajo el chantaje del antiterrorismo, nos hayamos topado de bruces con la realidad gracias a este asunto de Obama o el precedente, aún cercano, del caso Wikileaks. Esto va a servir para que los que hacen negocio a costa de la candidez de sus congéneres, vendiéndoles eso tan bonito de la Teoría de la Conspiración, puedan seguir llenando el cine con películas donde te explican que la CIA te vigilas mientras haces el amor o robas peras del árbol del vecino, o con revistas y programas de Ciencias ocultas donde te recuerdan que ésta es la misma lógica que obliga a los pilotos del ejército a silenciar que se toparon con un platillo volante e incluso le vieron las orejas -verdes- a un marciano que les observaba desde una ventana. 



Acuérdense, por ejemplo, de El informe Pelícano, de Conspiración -esa en la que Mel Gibson era un friki obsesionado con que la CIA le vigilaba y luego resultaba que era verdad, que le vigilaba a él y a todo el mundo- o Enemigo público, donde llegas a la conclusión de que no hay un metro del planeta que no esté siendo ahora mismo vigilado por satélite, aparte de que debería vigilarse usted la suela de los zapatos, pues dentro han puesto micrófonos para saber si reza usted a Alá por las noches cuando dice que está viendo un partido de fútbol. 

Quizá ya hayan intuido que soy algo escéptico con este asunto. No se trata de perdonarle a Obama lo que sin duda es una gorrinada -como lo es mantener Guantánamo, otro centro de información relevante-, lo que me pasa es que nunca he terminado de creerme el Orwellismo, que regresa ciclícamente con asuntos como éste. Veamos: el principio teórico de la visión orwellista arranca de la presunción de que el Poder tiende a concentrarse y fortalece su maquinaria de acción de tal manera en una época de colosal tecnología, que los ciudadanos quedamos a la intemperie, indefensos ante una olirgaquía inaccesible que lo sabe todo de nosotros. Las implicaciones son inquietantes: nos vigilan para determinar si discrepamos del Pensamiento Único o para vender nuestros datos al marketing empresarial; si nos da por protestar, nos envían a las fuerzas del orden, que descargarán sobre nosotros una atroz violencia; si con ello no nos aquietamos, desplegaron ejércitos de profesores, psicólogos e ideólogos de todo tipo para lavarnos el cerebro...

Yo no creo que algunos aspectos de esta visión no sean verdaderos, en todo caso dudo del maximalismo con el que se expresan. El gran problema de esta visión, en el fondo muy pueril, es que no quiere asumir que las comunidades contemporáneas no han sido racionalizadas de la manera que prometían las utopías sobre las que se construye el imaginario de la modernidad, no, el problema es que lo que produce la sociedad de masas es una enorme entropía. No vivimos en comunidades transparentes, un territorio límpido donde todos los resortes de la dominación quedan a disposición de quien se hace con los mandos. 

No es tan sencillo, vivimos en medio de una fortísima incertidumbre, hablamos de información como dando por hecho que sabemos distinguir entre la verdad y la fábula. No es posible que Obama se apodere de las vidas porque por cada instrumento de control y represión que incorpora la CIA, aparecen muchos más elementos de desorden. Proliferación de estrategias de contrainformación, privatización de la guerra, deslocalización de los núcleos de influencia cultural, subcontratación del monopolio estatal de la violencia... ¿seguimos? No vamos a una sociedad más orwelliana. 1984 tuvo mucho sentido en su momento porque el horizonte que presentía George Orwell obligaba a calibrar el riesgo de los totalitarismos. Lo que Orwell no hubiera imaginado jamás es que su Gran Hermano fuera una cutre presentadora de realitys. Es una novela recomendable incluso hoy, pero el ángulo de visión desde el que interpreta la evolución de las sociedades contemporáneas está desviado. Nuestras sociedades no son transparentes ni están sometidas a un orden ultratecnológico, ni siquiera -como algunas veces se pretende- al monopolio ideológico; lo que domina de verdad nuestras sociedades es la dispersión de las visiones del mundo, el difuminado del principio de "realidad" y la indiferencia hacia las cuestiones públicas. 

Acéptenme una hipótesis contraria a la que viene manejándose insistentemente en los últimos días al hilo del batacazo de credibilidad que se ha pegado Obama: el Estado no nos vigila ni nos controla más que antes, en realidad le interesamos bien poco, lo que, en definitiva, viene a disimular este asunto del espionaje masivo es que las instituciones se han desocupado de sus ciudadanos, los han abandonado a su suerte. El Poder no pretende intimidarle ni corregir sus desviaciones ideológicas -¿de verdad creen que les preocupa su ideología?-, el Poder simplemente se ha olvidado de los ciudadanos, tiene mejores cosas en qué pensar. 

Dejemos aquellos mitos de la Guerra Fría sobre el lavado de cerebro. Los mecanismos de manipulación ideológica son blandos y mucho más indirectos que las atroces torturas del Gran Hermano a los disidentes. La vigilancia global esconde la triste realidad de que las instituciones han dejado de servir a las personas, no nos vigilan, al contrario, simplemente nos consideran una pequeña molestia. 

Sigan la pista del dinero, es la única que no lleva a vías muertas. Háganme caso. 

Friday, June 21, 2013




COACHING


1. ¿Eres emprendedor? Esta pregunta aparece últimamente muy a menudo en programas televisivos, panfletos publicitarios o anuncios de las páginas salmón de los periódicos. Por lo visto, pretenden animarte a sacar al león con alma de empresario que llevas dentro y que abandones de una vez por todas esa pinta avinagrada de cesante que llevas encima, un vinagre por cierto bastante explicable cuando resulta que llevas tiempo en el paro y sintiéndote menos como un león y más como una mierda. Estas técnicas de coaching están muy de moda, y vienen a insinuarte que tu fracaso no tiene nada que ver con el capitalismo ni con los malvados mandarines que te explotaron y después te despidieron sin aparente explicación: tu fracaso es causado por tu actitud derrotista y tu manía de practicar la autocompasión.

 A mi Instituto, por ejemplo, los señores del PP nos enviaron una documentación de una empresa de coaching, liderazgo empresarial y otras engañifas, la cual nos proponía un "plan de mejora". Fue divertido y dio lugar a muchas risas: "hablamos de mejorar", decía, "pero, ¿realmente queremos mejorar?" "No, cenutrios", me hubiera gustado contestarles, "nos gusta revolcarnos en el fango, pero ahora sé que tú me vas a sacar de él". También insinuaba que debíamos acostumbrarnos a censurar aquellas actitudes de compañeros que "contagian fatalismo y desánimo". Se me ocurre pensar si el ínclito ministro Wert saldría con esa sonrisa de Fétido Adams que le caracteriza si pasará por alguna de las aulas sobrecargadas infernalmente de alumnos conflictivos que tenemos por aquí, me pregunto cómo haría para no caer en el desánimo. Igual hasta se haría sindicalista para huir de la tiza.

Volviendo a lo del "¿eres emprendedor?", se me ocurre la respuesta de un parado que ve programas de este tipo con la ingenua ilusión de que le ayuden a encontrar un trabajo. "Pues no, pedazo de gilipollas, no tengo alma de emprendedor, sólo escucho a algún subnormal como tú porque de lo que sí tengo vocación es de comer todos los días dos veces y porque no me gusta ser pobre mientras hacen pasta hijos de perra como tú". Y por rizar el rizo, se me ocurre la respuesta de una aspirante a trabajar en un club de carretera: "Pues mira, no tengo vocación de puta, no me seduce demasiado chupársela a tipos repugnantes, pasar frío de cojones o subirme al coche con algún psicópata, pero ya ves, he de darle de comer a mis dos hijos".

Veo mucho este espíritu en el actual gobierno de España y de mi comunidad autónoma -derecha pura y dura-: la mayoría parece que no hayan tenido un problema de vida, hablan desde un fingido y bovino optimismo que parece propio de adolescentes que mientras se hundía el mundo jugaban al squash. Eso sí, se las suelen arreglar bien para seguir siendo ricos. 

2. Concluyo con cierta pesadumbre la lectura de la última novela de Javier Cercas, La ley de la frontera, basada en la vida de El Zarco, un delincuente juvenil de ficción, pero perfectamente reconocible en la España de los años setenta, cuando las pandillas y los manguis  obtenían un protagonismo colosal. Es preciso meditar mucho más sobre esta novela, y les aconsejo lo que escribió Justo Serna, el mayor experto que conozco en narrativa española contemporánea. Por mi parte, no creo que mi análisis aporte nada, pero sí he de referirme de urgencia a alguna de primeras impresiones que me ha despertado este magnífico relato: jamás creí en el mito de Robin Hood que acompañó aquella leyenda tan característica del post-franquismo. Lo que el personaje central, un chico "normal" que cruza al bando de los fuera de la ley por una infortunada circunstancia personal, descubre a lo largo de su vida sobre el Zarco es lo que yo sospeché siempre: que la mayoría eran un hatajo de tipos sin conciencia. Nunca entendí por qué algunos sectores de la comunidad les concedieron aquella aureola del buen ladrón 

Yo no lo creí jamás acaso por qué mis experiencias con aquellos supuestos héroes nunca fueron gratas, incluyendo alguna experiencia amorosa particularmente estúpida e infortunada. No puede estar más lejos de todo aquel mundo de quinquis mi actual imagen del heroísmo. No se trata de glorificar a los que están del lado de la ley, no, pero creo que una mujer abandonada por su marido y que saca adelante a base de narices a dos niños contra machos maltratadores, contra empresarios explotadores y contra la burocracia, merece mucho más un cantar de gesta que aquellos Vaquillas y compañía a los que dedicaron tantas películas en la época, películas por cierto particularmente cutres y oportunistas.

Sunday, June 16, 2013




ESPLENDOR

1.  Paso los mejores días en lo que va de curso mientras vemos en clase Esplendor en la hierba, a mi entender el film más brillante de Elia Kazan y uno de los más complejos y seguramente peor entendidos que se han hecho nunca. Kazan no era especialmente devoto de esta obra suya, aunque sí reconocía, abrumado por la fascinación que el film generó en la crítica francesa -tan influyente y respetada hace algunas décadas-, que el último rollo era lo mejor que había hecho nunca. Un más que respetable director, Bertrand Tavernier, llegó a decir que, si bien el film era excepcional desde su inicio, los últimos minutos eran los más virtuosos que había visto nunca. 

Recuerdo haber discutido hace algún tiempo con un compañero la conveniencia de que nuestros alumnos vieran una película que promovía la resignación y la cobardía. El pobre no había entendido nada: Esplendor en la hierba no es un relato sobre la pasividad, es un relato sobre la fatalidad y sobre el dolor. La historia de amor que crea va marcando sus tiempos a cocción lenta ante el espectador para llevarle al callejón sin salida del romanticismo, el único que merece tal nombre, aquél en el que el destino vuelve imposible la consumación del idilio. Y no es un romance cualquiera, el amor de Bud y Dinnie encuentra en su desmedida intensidad la certidumbre trágica que marca la existencia humana: la incompatibilidad entre el deseo y la realidad. 

Y Tavernier tiene razón, esos últimos minutos... esas miradas que, diciéndolo todo, indican algo distinto a las escasas palabras que, en su último encuentro, los dos amantes pueden llegar nerviosamente a pronunciar, qué maestría. "No sé si ahora soy feliz, no pienso mucho en ello, Dinnie" Como en el poema de Woodsworth que da título a esta obra maestra, cuando pasan los días del esplendor en la hierba y la alegría en las flores, no debemos afligirnos, pues la belleza subsiste memoria. No somos más felices después de la tormenta, pero, si sobrevivimos, somos más sabios.
      




2. "Que inventen ellos", se diría que esa idiotez de Unamuno marca el triste camino de la ciencia en este país. De aquella bravuconada impresentable, tan instalada en el alma colectiva de los españoles, pueden presentarse otros estrépitos como aquello de que "España es la reserva espiritual de Occidente", una de las proclamas que mejor encarna lo que de comedia bufa tuvo el franquismo. Creer que podemos vivir sin investigación científica y no terminar cayendo en el tercermundismo es propio de un país que ha pasado siglos convencido de que entre nosotros sólo se puede ser hidalgo, santo o pícaro. 

Lo de perseguir no sólo a los científicos sino en general la cultura es más específico de nuestra derecha. El castigo sobre el cine, por ejemplo, forma parte de una venganza infame contra un colectivo que ha tenido la valentía de no lamerles el culo a este hatajo de merluzos que supuestamente nos manda. Lo de la ciencia es un desastre para el país, sobre todo para el futuro, claro que para entonces nuestros queridos gobernantes ya tendrán su dinero a buen recaudo y gozarán de las gloriosas jubilaciones que ellos se aseguran mientras las niegan a los demás. Lo del desplante de los premiados de la universidad al ministro es una pequeñísima parte de lo que en los ámbitos académicos piensan de este siniestro personaje.