Saturday, March 22, 2014

ALGUNAS RAZONES PARA AMAR THE WIRE



En las próximas horas veré el último capítulo de la serie The wire. Han sido muchos años juntos como para ahora guardar silencio ante el final, una última hora y media que espero con cierta inquietud, persuadido de que no me va a gustar el fin que los guionistas decidieron deparar a los personajes fundamentales. No es que no acertaran, es que sospecho que sí lo hicieron, es decir, que McNulty, Lester, Kimma o Michael van a encontrar el desenlace que vienen buscándose desde que se inició este prodigioso relato. Es eso justamente lo que temo, comprobar una vez más que los cuentos para adultos no acaban como el Capitán Trueno, pero es que The wire es de verdad, y ésta tiene muy mala hostia. 


Hace cerca de una década El País Semanal señaló que llegaba la mejor serie de la historia. Parecía temeraria esta valoración, pues en aquel tiempo ya existía Los Soprano, y además estaba en preparación Mad Men. Tampoco iban desencaminados, estos tres relatos forman el horizonte de la excelencia en materia de sagas televisivas. Da igual cuál nos guste más de las tres, son algo así como la Capilla Sixtina del medio televisivo, se imitarán y dejarán huella indeleble, pero no serán superadas.


Empecé a ver The wire porque Carlos Boyero dijo que era grandiosa, y le he leído también en varias ocasiones que le gustaría estar en la piel de aquellos que, como yo en estas horas, aún les faltan capítulos por ver. Acepto lo primero, The wire es única, su manera de entender el telerrelato no tiene precedentes, y así es hasta el punto de que, hace unos días, en el estreno de El lobo de Wall Street, presentí lo mucho que había cambiado mi mentalidad como espectador en los últimos años. Dicho de otra forma, no pudo seducirme esta vez Scorsese porque mi sensibilidad se ha habituado a The wire, cuya música suena tan distinta, cuyo paisaje y cuyo sentido del tiempo vive en derroteros tan alejados de ese espectáculo chirriante, histriónico y acelerado que nos ofrece el film sobre los tiburones financieros. En The wire no hay una sola concesión  a la obscenidad, no hay pornografía, hay una terrible violencia que se resuda en cada diálogo, en cada mirada, pero de ella nada saben quienes esperan ver desfilar tetas, descapotables y rayas de coca. De lo que no estoy tan seguro es de que lo idóneo sea estar en mi piel. Debo confesarles lo enormemente desazonado que he salido de algunos capítulos. No es un placer ver esta serie, diga Boyero lo que diga, lo que sí sé es que uno es más sabio después de verla.


El primer error que debemos evitar es creer que estamos ante cine trasladado al formato televisivo, como se sospecha cuando escuchamos aquello de "cada capítulo es una película". No es cierto, lo cual explica por qué Javier Marías no entendió el episodio que tuvo a bien poner a parir en una de sus columnas tras ceder a los repetidos consejos de un amigo en favor de la serie. (A veces pienso que es de cándidos pretender que algunos amigos compartan lo que amas. Más que sensibilidad para amar lo que necesitan es un esfuerzo como el que tú hiciste, y a eso no suelen estar dispuestos, les molesta en el fondo que tú seas feliz con ese objeto amado y exigen sentirse como tú ipso-facto, sin el trabajo que tú hiciste) Pues bien, estamos ante un relato-río, es una serie, tiene que ser vista al completo, disciplinadamente, es un relato posible sólo en la medida en que se adecúa al formato televisivo de la ficción por capítulos. Como en toda buena novela por entregas, los personajes mutan y, con ellos, la relación de fuerzas que va constituyendo el trasfondo desde el que se suceden los acontecimientos. Esto, como sabe cualquier buen cocinero, supone que el guiso requiere cocción lenta, que las esencias sólo se despertarán y las reacciones químicas sólo alcanzaran su momento idóneo cuando estén el suficiente tiempo en el fogón, no antes.


¿Y qué es todo eso que aprendemos tras cinco años viendo a Jimmy McNulty cometiendo imprudencias, desafiando la autoridad de sus gerifaltes, bebiendo bourbon y destruyendo su vida y las de sus allegados? Lo primero es que la vida se parece más a una novela de Kafka que lo que nos informan los relatos de masas. En las series de consumo multitudinario, en especial las del género policíaco, el mal es derrotado de forma concluyente porque siempre se sabe dónde localizarlo, de igual manera que también sabemos dónde están los buenos, los cuales acabarán triunfando porque Dios disfrazado de guionista cutre se encargará de disponer las cosas para que el orden más tranquilizador para el espectador resplandezca al final del capítulo. Aquí, la persecución institucional del delito es entrecortada y más neurótica que racional, requiere esfuerzos silenciosos e ingratos y mucha destreza, pero a la vez depende a menudo de golpes de rabia y pulsiones incontrolables, y es, sobre todo, lenta y farragosa. Además, nunca sabemos si el enemigo es siempre el que está vendiendo droga en las esquinas, a veces es en esas calles donde el policía debe tramar sus alianzas, y en el departamento de homicidios o en las dependencias del ayuntamiento donde le buscarán la ruina. La ciudad de Baltimore, marcada para siempre en la vida real por la serie de la HBO, se dibuja ante nosotros como un gran laberinto, el laberinto mismo de la existencia. 


En The Wire el bien y el mal existen, como en la vida, pero son poliédricos. En el devenir cotidiano, y más en una ciudad tan desatendida e infortunada como Baltimore, a unos les toca ser policías y a otros ladrones, pero es difícil sentirse cerca de McNulty o del alcalde Carcetti,  y, de igual manera que hampones como Stringer Bell, Snoop o Marlo sólo parecen asesinos despiadados, otros criados en ese mismo paisaje de criminales a la fuerza conquistan una misteriosa simpatía, como Di Angelo, Babbs, Michael y, muy especialmente, Omar Little, uno de los personajes más logrados y enigmáticos que he conocido. Todo es pues ambiguo e intrincado en este paisaje urbano del que Dios parece haber huido, como muchos otros de esa nación de contrastes que es EEUU.

Otra conclusión: estamos bien jodidos, el delito, el de guante blanco y el "con intimidación", forman parte del sistema en sus distintos ámbitos. La trampa y la violencia te permiten sobrevivir en las esquinas, dominadas por el menudeo del narcotráfico, pero también los muelles y los sindicatos marineros son territorios abonados para la extorsión, la política está repleta de corruptos que juegan a muerte por el poder, la escuela pública es un reducto para vigilar futuros delincuentes y sobre la cual los políticos se orinan, los periódicos son capaces de interesarse por los menesterosos sólo porque hay un supuesto asesino en serie que mata vagabundos...


La exclusión social es un referente de la política y la sociología, pero aquí la entendemos sólo en la medida en que la insertamos dentro de un relato y no de un discurso edificante como los de esos políticos de doble filo que aparecen sobre todo en las últimas temporadas de la serie. El arrinconamiento de los desgraciados, esos tipos cuyos cadáveres se congelan en invierno o aparecen muchos meses después en los sótanos de las casas abandonadas, se convierte en una práctica socialmente asimilada, no ya por la maldad intrínseca al mundo de la delincuencia, sino como parte de un escenario social donde la solidaridad es un valor débil y se impone el "sálvese quien pueda".

En este sentido quedará para siempre en mi memoria la desazón por la suerte de los chicos que protagonizaron la cuarta temporada, calificada como la más dickensiana de las cinco, donde recorremos la parte más decisiva de la biografía de un grupo de adolescentes negros de los bajos fondos. No desvelaré el destino de cada uno de ellos, es bastante dispar y en cualquier caso no escribo para hacer de spoiler, pero ahora que este majestuoso relato se acerca a su final, un final sin ninguna duda abierto, se define en mí más que nunca la certidumbre de que las clases desfavorecidas están condenadas... también en las tierras de la supuesta opulencia. 

The wire, un producto acaso imposible en épocas sosegadas, una obra maestra que nos ayuda a entender un mundo en crisis.

Saturday, March 15, 2014

ROUCO O BERGOGLIO




 Hace tanto tiempo que venimos quejándonos del espíritu reaccionario que domina la Iglesia Católica que la sustitución de Rouco Varela debería como mínimo suscitarnos el alivio. Rouco es un reaccionario, encarna los valores patriarcalistas y represivos que permiten asociar al alto clero con la extrema derecha, ergo su desaparición es una feliz noticia. Respecto a si sustituto respira los aires nuevos que parecen llegar del Vaticano no dispongo de noticias concluyentes, pero todo hace pensar que así es, pues lo que no se cuestiona es que a su antecesor no le cuadraba en Roma un "progresista" como Bergoglio. 

¿Y el propio Papa Francisco? ¿Es el hombre que parece ser? Acaso no sea ésta la pregunta, mejor será preguntarse si su llegada al Trono de Pedro forma parte de un proyecto realmente serio de renovación. Si observamos la trayectoria de la institución en nuestro país durante el último cuarto de siglo el panorama es poco esperanzador. El proceso histórico que pobló las sacristías en un tiempo de jóvenes con mentalidad obrerista y pro-democrática se revela hoy como un fenómeno coyuntural e intransitivo, de aquello quedó apenas nada. La Iglesia española, si atendemos a las actitudes que predominan entre sus jerarcas, no se conforma con mantener su hostilidad hacia la libertad de las mujeres, los anticonceptivos o el polimorfismo familiar, lo realmente irritante es la naturalidad con la que se aleja del mensaje evangélico a la hora de alinearse con la oligarquía económica y entregar su fidelidad sin ambages a las fuerzas políticas que encarnan los valores de la desigualdad y la brecha social. Sonroja la evidencia de que sus colegios, pagados con el dinero de todos, constituyen un reducto para preservar a las clases medias y altas del contagio de menesterosos e inmigrantes. En este sentido organizaciones con tan mala fama como el Opus Dei no son una anomalía dentro de la trama eclesiástica católica, son más bien su horizonte, su referente moral. Wojtyla y Ratzinger lo tuvieron muy claro, por eso el episcopado español fue inmensamente feliz durante sus reinados. 

Ridículo negar que con Bergoglio se advierte un cambio de ciclo. ¿Supone su irrupción en la escena el retorno del espíritu del Concilio Vaticano II? Dicho de otra forma, ¿encarna el jesuita una nueva tentativa de tener un Papa como Juan XXIII? Tengo mis dudas, pese a la contundencia que exhibe el Santo Padre en sus intervenciones públicas, que en nada recuerdan a las de sus predecesores, en especial Juan Pablo II, causante de una involución histórica de proporciones colosales en el espíritu de la Iglesia y de quien, a estas alturas, ya podemos decir que se puso ese nombre precisamente para esconder la intención de alejarse absolutamente tanto de Juan como de Pablo. 

No sé, me cuesta no ser escéptico con este asunto. Predije -y acerté- que la fumata blanca saldría de la chimenea de la Sixtina para proclamar un Papa de Hispanoamérica, donde se halla el mayor granero mundial de adhesiones para el catolicismo, un granero ahora seriamente amenazado ante la vertiginosa infección de credos de origen protestante desde México hasta el cono Sur. No es censurable que la institución plante batalla a sus competidores en el mercado del espíritu -es a fin de cuentas de lo que viven curas y monjas-, lo que me pregunto es si en la elección de Bergoglio hay algo más que un reposicionamiento estratégico o, si se me entiende mejor, la respuesta de la jerarquía al miedo a que la empresa vaya a la quiebra. Sea o no sincero en los cardenales que se reunieron en la Sixtina el propósito de volver a la "Iglesia del Pueblo", lo que no puede mantenerse durante mucho tiempo en un mundo como el nuestro es un proyecto ecuménico con planteamientos tan ridículamente obsoletos como los que suscriben los obispos españoles.

Temo que sea demasiado tarde. No soy creyente, bien lo sabe Dios, pero estoy muy lejos de considerar que al mundo le iría mejor sin la fe. Sospecho que el desierto moral que han dejado tras de sí un cuarto de siglo de hipocresía y de afinidad con el mundo del capital puede pasarle factura a quien, como Bergoglio, plantea sinceramente la necesidad de una profunda reforma. Acaso en esto consista la posmodernidad de la que tampoco se libra el Vaticano: simular la revolución cuando esta ya pasó de largo. Entre los años sesenta y setenta tuvieron la oportunidad de sumarse a una corriente de renovación de las costumbres que ha transformado en profundidad los mapas morales en muy poco tiempo. Terminaron perdiéndola, el tren ya pasó, lo que tenía que cambiar en nuestras vidas ya ha cambiado, la sociedad lo ha hecho sin la Iglesia y a ésta le ha pillado el toro, de ahí esa sensación general de que ser joven y hacer caso a un sacerdote equivale a ser un débil o un enfermo. Es, a fin de cuentas, lo que Nietzsche ya profetizó: llegará el día en que sólo acudan al confesionario los inútiles.  Es tarde, me temo, prefiero a Bergoglio que al polaco, pero eso no cambia lo esencial: como la revolución ha pasado de largo, la Iglesia ya sólo puede simularla. 


Pero el destino guarda una ironía cruel para quienes se apresuren a felicitarse por esta derrota: el tiempo podría haber pasado igualmente para su viejo enemigo, el laicismo. Para éste es también tarde si advertimos que las majaderías de Dan Brown han hecho más mella en el prestigio de la Iglesia que tres siglos de porfía de la ilustración, desde Descartes y Kant hasta Nietzsche o la Escuela de Francfort pasando por Feuerbach y Marx. De igual manera, los hispanoamericanos no se borran a la carrera tras leer a Voltaire y Heidegger, ni siquiera por venganza por lo que el Vaticano hizo con la Teología de la Liberación, sino para adherirse a los Testigos de Jehová, el sexo tántrico y el psicoanálisis. 

Todo mensaje en favor de la liberación de los cuerpos y las almas parece hoy en día más barato que nunca, como si se pudiera decir cualquier cosa sin que pasara nada. Francisco no será Juan XXIII, sólo le dejarán simularlo.     




Saturday, March 08, 2014




ANTONIO MUÑOZ MOLINA: 
LA EDAD DE LA RAZÓN

Recién concluyo Todo lo que era sólido, ensayo de Antonio Muñoz Molina al que expertos y lectores reconocen primeramente como novelista. He llenado mi volumen de subrayados y anotaciones; inútil intentar dar cuenta de ellos, necesitaría más que una reseña y, desde luego, mucho más que la entrada de un blog. 

Estamos ante uno de esos textos cuya lectura, más que aconsejable, diría que resulta imprescindible y, sobre todo, urgente. "¿Qué nos ha pasado?", se pregunta una pareja ante los pecios de un naufragio amoroso tan violento como inesperado. Este libro contesta a esa pregunta, nos asalta a empujones para que avivemos el seso y entendamos qué nos ha pasado a los españoles, hijos de una patria que se creyó ejemplo universal de conquista de libertades y emergente prosperidad; un país que en apenas un soplido se ha ido a la mierda, desmantelado sin contemplaciones por una recesión que ya no reconocemos como mundial ni llegada de ultramar: ya es nuestra crisis, ya sabemos todos -incluso quienes como el actual Gobierno rezan por el nuevo ciclo de bonanza caído del cielo- que esta debacle nos la hemos buscado nosotros. 

Lo que nos ha pasado, dice AMM, es que hemos vivido en el cervantino Retablo de las Maravillas. Los prodigios que los espectadores decían sin rubor estar viendo pasar eran mentira, todo fue un simulacro, el rey iba desnudo, la corte no era prodigiosa, sólo había caído en manos de los corruptos, pícaros sin gracia entregados a un pillaje impune. Cuando algún aguafiestas indocumentado denunciaba el trampantojo lo sacaban de la escena a tomatazos. Convertida la democracia en una bochornosa oligarquía de políticos y empresarios sin escrúpulos, España ha sido saqueada por unos cuantos como en el imperio del XVII, aunque contaban con la tolerancia y el beneplácito de una plebe hipnotizada por la demagogia y la esperanza de que les tocara algo de aquel oro que parecía olerse hasta en las chabolas. No había motivo para censurar a los corruptos porque todos estábamos destinados a forrarnos. Como en esas empresas en árbol que surgen de la nada para timar a la gente, cuando ha llegado el momento los más listos se han largado con la pasta y el resto se ha quedado con la deuda, el país en los huesos y el futuro echado a perder por décadas, quien sabe si para siempre. 
"Lo que era sólido"... en muy poco tiempo el sentido de las cosas que costó siglos construir saltó por los aires como una faluca arrastrada por una tormenta gigantesca. Creíamos haber dejado atrás ese pasado provinciano y humilde del que en el fondo nos avergonzamos y nos habíamos convertido en un país cool. Pero ignorábamos que los diarios extranjeros presentaban una España grata y de Almodóvar con la misma ligereza con la que después afirmaban que con la crisis aquí nos dedicábamos a rebuscar en los cubos de basura y la violencia se había apoderado de las calles.


Acaso tampoco este escrito tan enérgico no diga demasiado que no supiéramos ya. Y, sin embargo, la maestría con la que logra que nos reconozcamos en su lectura nos obliga a leer de un tirón hasta el final. No estoy seguro de compartir todas las conclusiones de Muñoz Molina. No creo ser un cándido, como él insinúa, por presentir valores épicos en aquellos defensores de la libertad que lucharon con la República y cuyos cuerpos asesinados terminaron en el olvido de las cunetas del franquismo; tampoco estoy seguro de que la izquierda traicione su laicismo cuando, una vez en el poder de los ayuntamientos, varió su posición respecto a ciertos actos religiosos y aceptó proteger, por ejemplo, las procesiones de la Semana Santa, un bien cultural que, como la arquitectura religiosa o los viejos códices, merece a mi entender resguardo institucional sin que tal cosa tenga nada que ver con los privilegios de la Iglesia o los pactos más inconfesables con el Vaticano. También, puestos a insistir en la loa a quienes durante los años del bonanza aceptaron valientemente quedarse solos en la resistencia frente a la corrupción y los abusos del poder, me hubiera gustado encontrar en las doscientas cincuenta páginas del texto alguna alusión al Juez Garzón, qué le vamos a hacer. 


Pese a ello, consigue convencerme y, por momentos, incluso conmoverme. No voy a olvidar fácilmente el pasaje, ya hacia el final del libro, en que confiesa su inquietud e insomnio en el apartamento de Nueva York mientras sus hijos pasan la noche en un campamento de los Indignados del 15M. A la preocupación de un padre por la seguridad de sus hijos se une la autoexigencia de reflexionar sobre lo que está pasando. Nadie lo esperaba: miles de personas quedaron en el centro de las ciudades para manifestarse y, en contra de lo que cualquier alguacil podía esperar, optaron por no volverse a sus casas y quedarse indefinidamente en las plazas públicas. La incapacidad del stablishment -el de derechas, pero también el de izquierdas- para entender nada, es esa la pista que nos revela que los acampados tenían razón en lo esencial: el país estaba siendo vendido y la ciudadanía guardaba silencio, acaso paralizada de terror o contagiada por la misteriosa hipnosis de quien -iluso- cree que el peor de los males no puede llegar y que la crisis es pasajera. 

¿Lo es? Nada está escrito, AMM insiste mucho en negarse a aceptar cualquier tipo de fatalismo como los que el Gobierno lleva años practicando; la especie de que "no se puede hacer otra cosa" es aún más nefasta que la del irresponsable optimismo que, desde el "todo es posible", llevó al crack. Lo que haya de pasar dependerá de nosotros, de nuestra voluntad para detener la corrupción, el despilfarro, la devastación de los servicios públicos esenciales. Acaso, y en esto el autor de Úbeda también es especialmente insistente, no hayamos sabido valorar las libertades y el bienestar cuando los disfrutábamos como bienes caídos del cielo, amnésicos respecto a lo mucho que en el pasado hubo que batallar metro a metro para conseguirlos. En medio del desastre, cuando sin duda estamos pasándolo muy mal y tiene pinta de que podemos ir a peor-siempre se puede ir a peor, la historia ofrece ejemplos rotundos a ese respecto-, llega el momento de valorar de verdad lo que nos queda. Vienen años de hierro, esto es muy claro, pero es posible que en ellos la incompetencia y la estafa habrán de tenerlo más difícil para disimularse bajo retóricas populistas y mantener la impunidad. 

"No tendremos disculpa si no hacemos todos lo poco y lo mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno, para que no se pierda lo que tanto ha costado construir, para asegurar a nuestros hijos un porvenir habitable, si no los alentamos y los adiestramos para que los defiendan. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón."

Friday, February 28, 2014




EL FOLLONERO Y EL 23F

No consigo irritarme con el engaño del que fuimos objeto el pasado domingo. Digo "engaño" porque, le llame como le llame el responsable, es de lo que se trataba: hacer tragar un bulo formidable a los espectadores que tienen la generosidad de poner los domingos por la noche el canal para el que trabaja Jordi Évole, cuando muy bien podrían estar viendo un partido de fútbol o jugar al dominó. Cualquiera de estas ocupaciones es bastante más grata que presenciar los domingos por la noche un programa televisivo como "Salvados", donde lo común es encontrarnos con el infortunio, la injusticia, la indignación y la denuncia. Si la gente lo ve es porque cree que tras tanta miseria como la que se nos revela hay un ejercicio de periodismo serio y honesto, cree en suma que se nos está contando la verdad, por dolorosa que resulte. 

Si Évole ha desperdiciado el capital que en tan buena lid ha conseguido es una cuestión que debe valorar él mismo, yo me limitaré a considerar si me merece la pena seguir viendo su programa. Debo decir que es algo que ya he hecho con otros programas de La Sexta, una televisión cuya voluntad de extender la indignación entre la ciudadania con sus denuncias viene a menudo acompañada de un fondo musical de humor un poco Torrente y un poco Scary movie, presunto gamberrismo con jóvenes macizonas y presentadores salidos que babean con ellas. Esta bien pasarse el día atacando a una derecha casposa y carpetovetónica; de lo que no estoy tan seguro es de que se pueda deslegitimar el poder de las oligarquías del país desde estrategias tan cutres como las que acostumbra esta cadena que, por cierto, nota en exceso que es la televisión de un payaso, chiste sin gracia que me permito porque huele mucho a Gran Wyoming.

He empezado sin embargo declarando mi indulgencia para la bromita de la "Operación Palace" y no voy a desdecirme. Allá Évole  y La Sexta haciendo lo que le apetezca con su credibilidad. Lo que no entiendo es la hipersensibilidad que ha revelado este asunto. ¿Cómo que no se puede bromear con estas cosas? Dijo Woody Allen que "comedia es igual a tragedia más tiempo", es decir, que si hacemos mofa de sucesos que en su momento fueron horrorosos es porque el tiempo tiende a cicatrizar incluso las heridas más profundas, y esto vale, desde luego, para el 23-F tanto como para cualquier otro acontecimiento de la historia española. Gila construyó su portentoso talento desde sus ocurrencias sobre una guerra pavorosa, la serie Mash arrancaba carcajadas desde las manos y los bisturíes ensangrentados de unos médicos que atendían a los heridos de la terrible Guerra de Corea, Chaplin parodió magistralmente al mayor asesino del siglo XX...  No hay institución ni suceso, por espantoso que resulte, que pueda blindarse eternamente contra algún tipo de chanza, aunque sea la del humor negro, en el que por cierto andamos tan versados los ibéricos.   

No parece que precisamente el 23F se encuentre entre ese tipo de aconteceres que desaconsejan la chirigota. Se pasó miedo aquel día, sí, pero no transcurrieron ni dos días hasta que la gente se percatara del componente de mascarada que tuvo aquella entrada gloriosa de un señor con tricornio pegando alaridos -"se sienten, coño"-, una especie de ópera bufa con perfiles de "Ubú golpista", magistralmente concluida con la salida por la ventana de los últimos rebeldes felicitados por el valeroso líder con bigote. No se engañen, lo mejor que se puede hacer con ellos son chistes. 

También es cierto que lo que Évole pretendía no era hacer un chiste, el objeto de su broma era por lo visto denunciar la resistencia de las autoridades del Estado a desclasificar los supuestos documentos secretos que habrían de proporcionarnos las claves definitivas sobre la trama golpista. Muy bien, pero a tal pretensión se superpone la de multiplicar las audiencias, que es en lo que sin descanso, día y noche, piensan los cerebros que urden las programaciones televisivas. ¿Por qué lo sé? Porque es lo que hacen siempre, y La Sexta no es una excepción. También Telecinco legitimó hace quince años la primera emisión de Gran Hermano como un revolucionario "experimento sociológico", todo un sarcasmo del que las televisiones ya no necesitan echar mano para emitir realities a todas horas y en todos los formatos imaginables. 

Una vez más creo que se nos escamotea el debate esencial. Les confieso una cosa: yo me tragué la bola, pero a medias. Iba y venía entre mis ocupaciones -algo que solemos hacer todos con la tele encendida- y, lejos de asumir que se trataba de un "montaje", pensé que era más bien una versión conspiranoica del suceso a la que el director de "Salvados" había decidido prestar crédito. A medida que el "documental" avanzaba la cosa iba volviéndose más delirante y tomaba perfiles claros de estafa, pero tardé en darme cuenta. No me ofendí en la conclusión porque nunca creí que lo que se nos contaba fuera cierto, sólo pensé que era una de tantas gilipolleces que los medios nos intentan hacer creer. 

¿Por qué la gente parece creer cualquier cosa? Es ésta la pregunta que debemos hacernos. Si la ciudadanía quisiera conocer "la verdad" sobre el 23F leería a historiadores aplomados o leería la excelente novela sobre este asunto que escribió Javier Cercas. Pero no, la mayoría vieron al Follonero y luego, de propina, las chorradas paranormales y espiritistas de Iker Jiménez sobre "los misterios del Golpe".  

Se me ocurren varias conclusiones. La primera es que no deberíamos olvidar que lo del pasado domingo ocurrió en la televisión. Sería una broma, un experimento, una denuncia o una payasada de mal gusto, pero fue un acontecimiento televisivo. Debemos pensar que la audiencia de La Sexta -como la que consulta las noticias a través de Yahoo- corresponde a una generación de personas que nunca han tenido que asumir aquello de que "el medio es el mensaje" porque nacieron con ello. En otras palabras: los medios inventan la verdad, y sus receptores la aceptan, pero intuyendo que se trata de una verdad de baja intensidad, intercambiable, efímera, perfectamente indolora e intransitiva. La siguiente pregunta es propia de un Sócrates de la posmodernidad: ¿a dónde se nos ha ido "la verdad"?. Desprendida tanto del drama histórico que la configuró como de sus consecuencias, ésta se dedica a orbitar sobre nuestras almas de consumidores en forma de significantes sin referencia, entre la publicidad, los falsos documentales, las conspiranoias, las webs, la propaganda institucional o las canciones de Madonna. 


No habrá "verdad" sobre el 23F, tampoco el día que los papeles se desclasifiquen, estos sólo serán un pretexto para nuevos espectáculos; en cualquier caso serán una decepción porque la verdad ya no es lo que era. En cierto modo, y como adelantó Jean Baudrillard, el acontecimiento ya no tendrá lugar, como si no lo hubiera tenido nunca. 

Friday, February 21, 2014

AFORISMOS PARA FASTIDIAR







1. "Indiferencia", "hastío"... los conceptos más utilizados por la secta depresiva -esos pensadores que intentan convencerte de que sólo puedes estar contento si eres gilipollas- me resultan lejanos. Yo no me harté jamás del mundo, no he tenido tiempo, siempre temí que él se hartara antes de mí. 

2. Tiene razón el profesor Keating cuando en El club de los poetas muertos repite "carpe diem" a sus alumnos mientras les muestra las viejas fotos de sus predecesores, los cuales vivieron casi un siglo antes, y que ahora, pese a su pose despreocupada y sonriente, se encuentran ya criando malvas. Esos retratos hablan de una juventud ilusionada y exultante, su felicidad parecía inconmovible cuando la cámara creyó detener el tiempo. Pero éste no se detiene jamás y, desde el polvo en que se convirtieron, sólo pueden sugerirnos con sus voces de ultratumba que exprimamos el limón del instante y que
gocemos de su sabor como si fuera lo último que hubiéramos de hacer, pues, de alguna forma, estos son nuestros últimos momentos. La paradoja es que no somos capaces de asumir esta gran verdad, la única que realmente importa, en todas sus consecuencias. Si lo hiciéramos degustaríamos la cena como si se tratara de la última gracia del condenado a muerte, pero nadie puede vivir así permanentemente. En esa grieta incompresible se instala nuestro agitación cotidiana: debemos gozar de la bocanada que ahora mismo llena nuestros pulmones, pero justo cuando empezamos a entenderlo ya no somos jóvenes y nos duele la próstata o vivimos ateridos por el miedo a que el próximo análisis nos advierta de lo que vamos a morir o que nuestros allegados se rompan la crisma en una carretera. 

3. Si una misteriosa infección dejara el planeta sin mujeres tan solo me tomaría unos minutos en preparar la forma más eficaz e indolora de suicidarme.  

4. Desengáñense, no hay manera de saber qué va a pasar. El destino es un especialista en ironías. Justo cuando algo parece más inevitable hace sonar el cuerno de la fortuna para burlarse de nosotros. Tiene una lógica, sí, pero como en los grandes relatos, su sentido sólo se vislumbra a posteriori, cuando ya conocemos el final. 

5. No confíes jamás en alguien que presuma de su sentido del humor. Alguien así es tan risible e ingenuo como el que afirma que "mi mujer me lo cuenta todo" o el que cree poder exigir a los demás que le quieran. El humor, como todo lo que es grande en la vida, proviene de terribles frustraciones, heridas mal cicatrizadas, esperas interminables e infructuosas, inseguridades no resueltas... Sólo empiezas a tener sentido del humor cuando has hecho un ridículo espantoso, cuando te percatas de lo banal de tus ambiciones, o cuando asumes que estás hecho de la misma pasta que aquellos a quienes más detestas. 

6. La Razón es un error, un imprevisto en el programa de la naturaleza, un fallo de reduplicación que da lugar a un mono loco. No parece que asumamos las consecuencias de esta evidencia: la prueba es que seguimos escandalizándonos por el amor que mucha gente le tiene a Berlusconi o por qué los mandarines sigan contratando a Calatrava. 

Friday, February 14, 2014

MÁS TIEMPO




Alguien regala una persona a la que quiere una pequeña cajita como las que enviaban los masones para no ser descubiertos. La caja, formado por varias láminas superpuestas, requiere una clave de apertura que sólo puede descifrar el receptor. Al abrirla, éste descubre un papel en el que figura una inscripción: "Tiempo". El autor del obsequio no regala en realidad, más bien solicita, le sugiere al obsequiado que le conceda más tiempo, que se detenga para hablarle, para besarle, para compartir con él algunas de sus horas. 

En escenarios mucho más prosaicos la gente también pide tiempo. Me lo piden mis alumnos cuando completan un examen, lo pedimos nosotros cuando nos cuentan los beneficios de un nuevo contrato con una compañía de telefonía con internet más televisión. La marujas en el Mercadona dicen llevar prisa, lo digo yo -aunque es una excusa- para librarme de un pelmazo que prepara algún truco para conseguir mi dinero, se lo digo a mis alumnos cuando se encantan con el vuelo de una mosca porque el temario debe cumplirse y vamos retrasados. 

Un salvaje llamado Tuiavii visitó Nueva York -como Tarzán-  con la compañía del antropólogo que antes le estudió a él en su tribu. Contó que los papalagi, es decir, nosotros los civilizados, se refieren al tiempo como si fuera una materia tangible. Por eso lo ganamos, lo perdemos, lo aprovechamos, lo recuperamos... Deambulamos según Tuiavii dominados por ese tirano inexorable que nos maltrata sin piedad y al que hemos vendido el alma para obtener un bienestar que nunca nos satisface, pues el tiempo nos gana siempre. Quizá el tiempo sea un tesoro, pero sometido a la infección luterana de las naciones eficaces se convierte en la clave de la prosperidad y también en una enfermedad con la que nos torturamos. 

Síntoma de esta neurosis de la que todos estamos aquejados, como cautivos en una cárcel móvil de la que ya no sabemos como escapar, requerimos la ayuda de psicoanalistas, sanadores y quiromantes de toda especie para que nos expliquen porque nos sentimos tan mal. Lo primero que nos dicen es que "no estás enfermo", pero lo estamos todos. Fíjense por ejemplo en lo que ocurre en una ciudad los viernes por la tarde. Es el momento para escapar a las obligaciones laborales, pero la gente tiene más prisa y está más irritable que nunca, con esa carga de violencia tan misteriosa que electriza a quienes se suben a un automóvil creyendo que su vehículo le permite pisotear al hatajo de perdedores que caminan e infestan con su exasperante lentitud los pasos de cebra. 

¿No han notado que nuestras aceras se están alemanizando? Pueblo exitoso como pocos, los alemanes pasan como panzers por la acera y te empujan sin contemplaciones si un centímetro de tu cuerpo se interpone en su camino. En España, donde las aceras eran reductos de la poca vida social que todavía nos queda, es cada vez más frecuente que, si te detienes un segundo a mirar la luna o a saludar a un vecino, o simplemente no te desplazas a la velocidad correcta, algún imbécil te meta el codo. Lleva prisa, claro. Pronto pondrán señales de velocidad para los viandantes.  

Veo la última entrevista de Ana Pastor en La Sexta. Lo siento, no soporto a esta chica, es un problema que tengo. Vive instalada en una aceleración enfurecida en la que sólo se siente cómoda ella porque está enferma, enferma de prisa, de ambición, de intolerancia. Acosa al infortunado entrevistado porque parece creer que éste siempre oculta algo que sólo revelará si es sometido a la presión adecuada. Interrumpe continuamente porque cree que nosotros se lo pedimos. Tiene uno que respetar muy poco a los que entrevista para no dejarles ni un instante de respiro, como si instalados en su apremio hubiéramos todos de exhibir nuestra mentira, nuestra corrupción y nuestras contradicciones. Pero por debajo de las evasivas del entrevistado sólo queda el hastío, la sensación de que uno es víctima de un interrogatorio policial. "La gente quiere saber", cree Pastor; se equivoca, la gente quiere escuchar. Qué lejos quedan los enigmáticos silencios de Jesús Quintero.  

Sunday, February 09, 2014

¿QUIÉN TEME A NAOMI KLEIN?


La revista Pasajes de pensamiento contemporáneo ha sido nuevamente generosa conmigo, y me ha publicado un artículo del que estoy orgulloso: Globalización, consumo y resistencia. Me gustaría decirles que merece la pena pagar los diez euros por mi escrito, pero sería deshonesto e inexacto. 

Siempre merece la pena, pero el número de este cuatrimestre de la revista que dirigen Pedro Ruiz y Gustau Muñoz para el Servei de Publicacions de la Universitat de València es excelente. Además de una reseña de mi amigo Paco Fuster, encontramos un semimonográfico sobre las causas y los procedimientos de la corrupción en España que considero de imprescindible lectura, con trabajos de gente muy valiosa y que no escribe a gritos ni desde un vacuo partidismo. Les recomiendo en este sentido la entrevista con el político socialista Ángel Luna, que tanto protagonismo -seguramente para su desgracia- obtuvo durante años con sus denuncias en solitario de una corrupción que, en pleno apogeo del Consell de Francisco Camps,  parecía convertirle en una especie de leproso. Imprescindible también el artículo del filósofo Roger Chartrier sobre el problema de la representación, o el de Darlei Dall´Agnoll en contestación al prestigioso profesor Vicente Sanfélix, experto como su interlocutor en una figura tan decisiva para la filosofía contemporánea como Ludwig Wittgenstein. 

Mi artículo iba inicialmente a publicarse con el título ¿Quién teme a Naomi Klein?, que nos pone sobre la pista de su propósito: defender la vigencia y la solidez de las propuestas de análisis crítico del capitalismo contemporáneo que convirtieron a la autora del ya mítico No logo. El libro negro de las marcas en inspiradora -e instigadora- de los movimientos alterglobalización que empezaron con las protestas de Seattle hace quince años y encontraron en España uno de sus ecos más relevantes con el movimiento de los Indignados del 15-M. 

En el trabajo que presento trato de desmontar algunos de los prejuicios desde los que se ha intentado extender el descrédito e incluso el escarnio o la burla sobre las bases intelectuales y morales de los llamados movimientos anti-sistema. En concreto examino la propuesta de un ensayo muy leído hace una década, Rebelarse vende, de los canadienses Heath y Potter, donde se denuncia la impostura de la insurgencia nacida de Seattle por la vía de asociar escritos como los de Klein con las modas del consumo hedonista nacidas de la contracultura de los sesenta. 

Para Heath y Potter, Naomi Klein no parece ser mucho más que una pija de izquierdas incapaz de entender que la estandarización de la producción en las sociedades de masas es la condición para que el bienestar se abarate y resulte asequible a la mayoría de la gente. La gente como Klein -supuestamente adicta a las medicinas naturistas, las filosofías orientalizantes y la hipocresía de las empresas éticas- es según estos autores responsable de haber banalizado y aburguesado los parámetros de la causa proletaria tradicional, convirtiendo la izquierda en la forma que los jóvenes burgueses adoptar hoy para distanciarse del vulgo. Lo que Klein no entendería  entonces es que el mecanismo por excelencia que activa permanentemente el consumo es el deseo de ser especial, de distinguirse de la masa y presentarse como cool ante nuestros congéneres. 

Esta visión es falsa, oportunista y demagógica, y lo es porque estrecha y parodia los planteamientos de No logo y los nuevos movimientos sociales, maniobra que conviene desenmascarar y desactivar, pues su fin es evitar que textos tan esenciales como éste sean leído y desencadenen tomas de conciencia incómodas para las élite económicas y políticas que dominan el mundo. 

Mi argumento principal consiste en que la pavorosa recesión económica que sobrevino en Occidente poco después de la publicación del libro de Heath y Potter refuerza las posiciones de los que iniciaron el ciclo de protestas contra el Foro Mundial y otras instituciones responsables del actual stablishment global. Lejos del romanticismo utópico e intransitivo en que convierten No logo, el texto se nos revela ahora como una serie muy bien fundamentada de advertencias respecto al riesgo de precarización laboral y corrosión del espacio de lo público que se cernía sobre nuestras sociedades como consecuencia de la interpretación neoliberal hegemónica en el modelo de globalización que sufrimos.

Con la publicación en 2007 de La doctrina del shock, ya al borde del crack financiero que sacudió al mundo capitalista desde los EEUU,  Klein confirma y desarrolla muchas de las intuiciones reveladas en su primer texto. Precarización, abismo social, destrucción de los tejidos productivos locales, claudicación de la política ante la macroeconomía, corrosión del estado social... Conocemos sobradamente todos estos síntomas, pero el estudio de Klein los pone certeramente sobre la mesa inmediatamente antes de la catástrofe. Klein denuncia en el modelo de globalización impuesto la influencia de ideologías neoliberales que, bajo la aureola intelectual de Milton Friedman, y con el reagan-thatcherismo de los ochenta como causa efectiva, terminarían desencadenando la tragedia de la que ahora nos lamentamos, cuando hemos entendido demasiado tarde que el ideal del mercado libre como motor de la democracia y el bienestar es sólo una panoplia para justificar las grandes fortunas y el poder omnímodo de la banca y las multinacionales. 
 
La doctrina del shock es a mi entender uno de los textos más imprescindibles de las últimas décadas si lo que pretendemos es entender las causas profundas de los males que nos aquejan. Nada más lejos de los sarcasmos de Heath y Potter, de los que se diría que su pretensión es que no leamos a Naomi Klein. Es más bien su texto, exitoso en inicio, el que parece haber quedado obsoleto y destinado al olvido.