1. Ustedes lo ignoran, pero mientras escribo estas líneas, noto la presencia a unos metros de mi cogote de un indeseable. Es un compañero de trabajo al que estrangularía con gusto. No es que me caiga mal o me moleste su traza ideológica, eso son minucias, es que me parece un tipo sin escrúpulos, un profesional sin principios que aprovecha el más mínimo resquicio para faltar a sus deberes y que después, cuando regresa al aula, no tiene inconveniente en imponer al débil, es decir, al alumno, las exigencias que él incumple a diario sin el mínimo mal de conciencia. Lo que más me escandaliza es la suficiencia -digna de don Pantuflo- con la cual proclama a voz en grito en la sala de profesores su determinación a no dejar que "estos se pasen ni un pelo conmigo".
Díganme, les necesito: ¿qué hacemos con los hijos de puta? Soy algo animal pero cortés, si saludo aunque sin efusiones incluso a los peores de entre mis vecinos de bloque -que los hay, y podría contarles cosas que no creerían-... con más razón habré de mantener las formas con colegas de trabajo con los que llevo una eternidad compartiendo estancias y corredores. Podría escupir al paso del indeseable, decirle de una vez lo que pienso de él... Llegaría entonces la típica denuncia por acoso: "un profesor escupía, amenazaba e insultaba a otro cuando se cruzaban por el pasillo", dirán en el diario. Añadirán estadísticas sobre mobbing laboral y resultará que el cabrón soy yo... qué cosas.
2. ¿Recuerdan el "orgasmatrón"? Sí, en "El dormilón", era aquella máquina ideada en una sociedad futura que garantizaba la satisfacción sexual sin necesidad de contactos carnales, desde la más absoluta profilaxis. Cuando la prueba el personaje de Woody Allen, obviamente con la imprudencia de poner la máquina a excesiva potencia, la cara idiotizada con la que sale del artefacto da una idea de la eficacia del invento. Pues bien, ya la tenemos aquí, el Satysfier Pro Penguin es el orgasmatrón, el futuro ha llegado y ahora nos toca -o mejor, les toca a ustedes, señoras- disfrutar de sus ventajas.
No tengo nada contra los juguetes sexuales ni contra la autosatisfacción onanista en general. Hay quien dice que la masturbación le parece una cosa soporífera, pero a mí me parecen bastante peor esos con almas de censores que si pudieran prohibieran incluso las ensoñaciones eróticas, que a mí por cierto me parecen estupendas. Lo que no termina de encajarme -nunca mejor dicho- en este asunto del superestimulador clitoriano es que lo vendan como un triunfo de la última ola del feminismo. Me recuerda a lo que dijo un amigo ante una pintada feminista que decía "Mujer, mastúrbate".
-"A mí no hace falta que me lo digan"
Sin poner en duda la eficacia del aparatito, que por lo visto las milennials están adquiriendo a la carrera, es que promete la consecución del orgasmo en dos minutos. En la propaganda del producto se nos habla de las urgencias de la vida moderna, de que una no tiene tiempo que perder... Vamos, que te aplicas el satysfier y a seguir rindiendo a tope en el sistema productivo. Es cuestión de tiempo que la empresa fabrique un androide que parece un varón perfectamente real pero sin los inconvenientes que siempre trae relacionarse con personas.
3. Después de más de un cuarto de siglo vuelvo a "Taxi driver". Descubro que no ha envejecido, en cierto modo es la película de un visionario, y que prefiero al Scorsese de los locos y los marginados que al de los mafiosos. La mirada de Scorsese sobre la Nueva York de los setenta alerta sobre la confusión de unas sociedades de masas cada vez más incapaces de gestionarse a sí mismas. El delirio de Travis es un síntoma del delirio colectivo al que sucumben unas noches urbanas en las que los lazos comunitarios se han roto sin remedio. Jamás vi un hombre tan solo como Travis. Su historia no es la del retorno del fascismo y la intolerancia, aunque también sea eso, Travis expresa el fracaso histórico de la Razón. Ello arrastra también el de la política. Es patético el diálogo en el taxi con el candidato para el que trabaja la joven a la que ama Travis. Es imposible expresar con mayor claridad la imposibilidad de entenderse entre el político y el ciudadano de a pie.

4. "El mundo no pertenece a los globalizadores sino a los patriotas". La última baladronada de Trump contiene más sentidos de los que el propio Trump es capaz de atisbar. ¿Y si, después de todo, tiene razón? La globalización, entendida como una mundialización de unos mercados entregados a la dominación de las multinacionales, es un solemne fracaso. O, al menos, supone el fraude a las expectativas de convertir el planeta en una aldea más próspera y habitable para todos. No es extraño que aparezcan demagogos que especulan con la idea de detener un proceso que, en cualquier caso, ya es irreversible. Quizá en un país tan poderoso -todavía- como los Estados Unidos de América sea todavía posible soñar con soluciones patrióticas, pero el tsunami de la globalización no va a detenerse. La cuestión es si estamos dispuestos a globalizar la resistencia. De otro lado, no deja de tener su ironía que sean tipos como Trump, tan enamorados del libre mercado mundial, los que ahora se pongan tan nerviosos porque resulta que los chinos son más competitivos.
Si yo tuviera la vocación y la autoridad de un gran hombre de Estado o de un editorialista, insistiría en lo que en las últimas horas plantean personajes como Baltasar Garzón, Felipe González o Iñaki Gabilondo: distribuiría culpas, exigiría dimisiones masivas y reclamaría el derecho de las multitudes a sentirse defraudadas por la incompetencia de la clase política, cuyo tacticismo de bajo vuelo ha determinado que sigamos sin gobierno. Se dijo en el 15M aquello de "no nos representan". Tenían razón los Indignados, pero yo soy un votante de izquierdas, tengo demandas y voté a Pedro Sánchez porque de su campaña electoral y de su trayectoria política deduje que estaba seriamente inclinado a formar un gobierno de frente popular. Me engañó, y no le dejaré que vuelva a hacerlo. Ya ha pedido a los votantes de UP que, en pro del "voto útil" -tiene guasa-, se pasen al PSOE. Conmigo se va a llevar una sorpresa.
Voy al grano: ¿por qué sé que miente cuando acusa a UP de no haber querido pactar? No sé si hace falta explicarlo, pues en las últimas semanas el PSOE parece más inclinado al "con estos no se debe gobernar" que al famoso relato de que "es Iglesias quien no quiere pactar". En cualquier caso, y como el Presidente en funciones ha retornado a las afirmaciones de finales de julio, vuelvo yo a mis anotaciones de entonces.
1. El último de los escenarios deseables para UP es una repetición electoral, Iglesias será lo que sea, pero no es imbécil.
2. Si vas a formar un gobierno de coalición no esperas dos meses desde las elecciones para empezar a negociar, con apenas diez días hasta la investidura. Lo que se pretendía con aquel simulacro destinado al fracaso era alimentar el relato de que el otro -"como siempre ha hecho"- no quería en realidad la coalición.
3. Tras las elecciones de entonces el problema era la exigencia -ciertamente imprudente- de un referéndum para Catalunya por parte del líder morado. Iglesias rectificó esta vez, incluso cuando se insistió desde el sanchismo en la desconfianza hacia su actitud ante el recrudecimiento del problema en próximos meses, Iglesias declaró su intención de ser leal al Gobierno en aquello que decidiera.
4. A finales de julio se vendió la especie de que el problema era la presencia de Iglesias en el Gobierno. La desaparición del líder de la formación con la que se va a pactar es una exigencia inaudita y, en mi opinión, impresentable. Aún así, y en un acto de responsabilidad, Iglesias se apartó. ¿Soy el único que se da cuenta de que, como lo que pretendía Sánchez era encontrar una excusa para romper las negociaciones, lo que supuso la decisión de Iglesias fue un problema de discurso y en ningún caso lo que debía haber sido, es decir, el desbloqueo de la investidura?
5. Si estás negociando seriamente no realizas filtraciones malintencionadas para desacreditar al interlocutor, especialmente si incluyes fakes.
6. Si vas a construir un gobierno de izquierdas con UP no te dedicas a coquetear con Ciudadanos para formar una coalición hacia la derecha; tampoco insistes en suplicar a todas las derechas -solo faltó pedírselo a Vox- que se abstengan para "salvarte" de los extremistas de Podemos.
7. En el último momento, ya durante la sesión parlamentaria, Iglesias hace la petición de una secretaría de trabajo sin valor real, se le contesta entre risas que, efectivamente, es algo inútil... Puestos a jugar a Maquiavelo, ¿no hubiera sido más astuto contestarle que sí y ganar la investidura?
8. Una vez fracasadas las negociaciones, UP insiste en la necesidad de retomarlas, posibilidad a la que se niega el PSOE. ¿Por qué? Hay un punto, poco antes de la investidura finalmente no realizada, en que Iglesias afirma que si se recupera la última oferta está dispuesto a aceptarla. Sale Ábalos entonces a espetar que "ya es tarde". ¿Cómo "que ya es tarde"? ¿Saben que estamos hablando de los intereses de cuarenta y cinco millones de españoles?
Vale, dejamos la farsa y hablamos de lo serio. ¿Por qué Sánchez no quiso nunca pactar?
1. Porque cree que unas segundas elecciones pueden ser devastadoras para UP y favorables para él. Sánchez, antes que con los intereses de los españoles, sueña con acabar con Podemos y regresar al bipartidismo del que, al parecer equivocadamente, nos hemos alejado los ciudadanos.
2. Porque la CEOE y el Ibex 35, por no hablar de poderes de rango internacional, le han advertido reiteradamente contra la presencia de grupos de "extrema izquierda" en parcelas de poder tan serias como la laboral, la fiscal y la económica. El PSOE es un partido muy bien financiado que, al contrario que UP, puede sufragar una nueva campaña electoral con su correspondiente aparato propagandístico. En cualquier caso está fuertemente endeudado con los bancos, los cuales le están recordando que la cosa no es gratis.
3. Porque, como cualquiera, quiere gobernar en solitario... Sabe que no va a conseguirlo; por eso en su hoja de ruta está el pacto de gobierno con un Ciudadanos en serios apuros o, en todo caso, forzar una abstención de las derechas.
La tercera y última pregunta, ¿y qué hacemos? Escribo este artículo con la evidente preocupación que me produce el intenso malestar entre las personas con las que me relaciono a diario, muchas de ellas personas moderadas y sensatas que temen que lo que va a conseguir Sánchez es poner a Casado en la Moncloa. Esas personas tienen intereses y aspiraciones que nada tienen que ver con las estrategias partidistas. No sé a ustedes, a mí y a las personas que me rodean no nos importa en lo más mínimo cuáles son los intereses de ningún partido político. Si no tenemos claro que lo que está en juego es el bienestar de la ciudadanía y no el futuro de Sánchez, del PSOE, de Podemos o de cualquiera que se dedica a vivir de la política, entonces nos merecemos que finalmente gobiernen las derechas, que esas a fin de cuentas si tienen claro que se unirán para tomar el gobierno a la menor oportunidad. Entre tanto, y como ya me han insinuado algunos, podemos pensar en la abstención, en votar a Vox para fastidiar o, como es mi caso, en votar a UP, aunque solo sea porque estoy harto de ver cómo se les echa sistemáticamente la culpa de todo.

Pero hay algo mucho más constructivo que todo eso: preparaos para regresar a las calles. No sé si algunos van a necesitar ver a la ultraderecha en el gobierno para volver a indignarse, pero sospecho que es la perspectiva a la que nos abocamos.
"¿Qué puedo esperar?" Cada vez que soy testigo de una injusticia tan escandalosa como la que se acaba de cometer con el entrenador del Valencia me viene a la memoria la tercera de las preguntas desde las que el viejo Kant estructuraba su concepción del sujeto. Tras la segunda de las grandes cuestiones, "¿qué debo hacer?" -la primera es "¿qué me es dado conocer?"- podemos empezar a plantearnos si el cumplimiento del deber nos da derecho a ser de alguna forma premiados. Kant no va a decirnos cómo vamos a ser premiados, ni siquiera si vamos a serlo... esa petulante temeridad la deja en manos de inquisidores, profetas y santeros. Lo que el de Konigsberg nos invita a plantearnos es solo si merecemos ser premiados, si nos hemos ganado el derecho a esperarlo.
¿Qué espero? Dado que Dios no me ha iluminado con la fe y, por tanto, con ambiciones de inmortalidad, mis expectativas se limitan a cuestiones mundanas: poder mirarme al espejo sin sentir vergüenza, ser amado por mi familia, tener el respeto de mis pocos amigos, de mis alumnos, de mis compañeros... en fin.
Al grano. El hombre al que un sátrapa llamado Peter Lim acaba de destituir ha sido durante los dos últimos años un tipo irreprochable; su trabajo ha sido brillante y exitoso, pero sobre todo ha sido leal, intenso y apasionado. Marcelino García Toral cree en lo que hace, confía en sí mismo y tiene ese misterioso poder de seducción que adorna a los líderes y que en su profesión implica que los jugadores le creen, entre otras cosas porque les hace sentir que son mejores futbolistas bajo su dirección.
Accedió al banquillo de Mestalla elegido por Mateu Alemany, un gestor de acreditada trayectoria y que ha contado sus decisiones por aciertos. Un buen día Lim vio la luz y sacó del club a sus siervos de la empresa Meriton, un hatajo de ineptos que conducían al centenario club de Mestalla hacia el abismo. No sé cómo un antojadizo sin alma como él encontró aquel momento de lucidez, pero es llamativo que su única decisión certera desde que se compró un club de fútbol haya sido hacerse a un lado para dejar la gestión en manos de alguien a quien pidió que pusiera orden en la institución que el propio Lim había empastrado con un administración delirante. Tras dos temporadas coqueteando con el descenso, el Valencia es ahora campeón por primera vez en once años -se dice pronto- y se ha clasificado por segunda vez consecutivo para la competición más prestigiosa del mundo, la Champions League.
¿Por qué pegarse este tiro en el pie? ¿Cómo explicar la eliminación de un empleado tan rentable y, con ello -puesto que Alemany caerá también en breve- destruir el proyecto deportivo más serio que ha tenido el Valencia en esta década? Mateu y Marcelino sacaron al Valencia de la mierda a la que Lim lo había conducido, le dieron mucho más de lo que podía exigirles. ¿Por qué cargárselos? Sencillo: son demasiado buenos y, lo que es peor, tienen dignidad. Quienes como los dos últimos presidentes del Valencia, solo han nacido para esbirros, son incapaces de entender esto... Como el propio Lim, quien al modo de un señor feudal, asume que la única misión de sus empleados es satisfacer sus caprichos, por ridículos y pueriles que sean.
Permítanme establecer tres conclusiones. No hace falta ser valencianista, ni siquiera aficionado al fútbol para reflexionar en torno a ellas.
1. No voy a entender nunca esta especie de embobamiento con el cual las multitudes miran a los milmillonarios. Yo no sé cómo se hizo rico el señor Lim, aunque me malicio que algo tiene que ver el carácter tan peculiar de la democracia de baja intensidad en la que vive Singapur, enclavada en la región del mundo que ha demostrado que capitalismo y autoritarismo son perfectamente compatibles o, para ser más exacto, que la democracia hoy es una traba para los negocios.
Cada vez que un oligarca de la sociedad valenciana se ha apoderado del club, éste se ha encaminado hacia el desastre; cuando tras todos los desmanes de gente como Paco Roig, Joan Soler o Amadeo Salvo llegó al fin otro mandarín a salvarnos, en este caso asiático, las cosas han sido igualmente nefastas, solo que con el jefe a tres mil kilómetros y sin que Mestalla puede permitirse el lujo de silbarle y pedirle que se largue. Hay quien piensa que su objetivo es enriquecerse a toda costa con el Valencia, aunque tal cosa suponga enviar a la extinción a un histórico del fútbol español. Yo creo que simplemente es un privilegiado con una concepción feudal de la economía. Quizá sea muy listo, pero supongo que reserva para el Valencia ese pequeño margen de estulticia que se permiten los genios, pues cada decisión que toma le acerca más a la condición de tonto de baba. Le bastaría simplemente saber que España, al contrario que Singapur, es una democracia, y que aquí se educa a la gente para ser ciudadana y no esclava. Pero parece que no le da para tanto. No deberíamos extrañarnos, Lim sale en la lista Forbes de grandes cresos del mundo, pero fíjense en quien gobierna actualmente los EEUU.
2. Pese a todo, Lim no ha inventado esta situación de indignidad. La misma sociedad valenciana que toleró que sucesivos irresponsables y desaprensivos demagogos locales destruyeran la institución civil más amada de la capital (junto a las Fallas y la Mare de Deu), es la que después creyó a los pillos que propiciaron que Lim se quedara a bajo precio con el club extendiéndose la especie de que con él llegaba el maná. Muchos de los que ahora braman contra Lim son los que le jalearon cuando llegó con la cara de aldeanos cándidos con la que Berlanga reflejó a los españoles en "Bienvenido, Mr Marshall".
3. Lo siento, pero aún nos pasa poco, o mejor, aún os pasa poco, porque algunos exhibimos desde el primer momento nuestra desconfianza. Cuando en su momento mi hermano o yo nos pronunciamos en las redes sociales con sospechas hacia la venta del Valencia, coleccionamos insultos y bravuconadas de tantos y tantos indocumentados como proliferan en la ciénaga de las redes sociales, de manera que optamos por abandonar la controversia. Es de justicia igualmente destacar el papel jugado en este asunto por la sección de deportes de la Cadena Ser, dirigida por Pedro Morata, quien lleva un cuarto de siglo desenmascarando valientemente las patologías del valencianismo, enfrentándose a la larga secuencia de farsantes, trileros y salvapatrias que han ido apoderándose del Valencia durante todo este tiempo con la inexplicable aquiescencia de gran parte del valencianismo. En ese sentido, no debemos olvidar la bochornosa cobardía de la mayor parte de los medios, incapaces de explicarle a la gente la verdad del club por miedo a caer en desgracia ante sus dirigentes.

El periodismo independiente es una de las garantías de una democracia sana y real. Es normal que Lim no lo entienda... Que no lo entendamos nosotros, eso es bastante más inquietante. Por cierto, mientras siga nuestro particular Mr Marshall no volveré al estadio. Quien quiera tragarse su dignidad es muy dueño, allá vosotros.
No suelo hablar de mi vida privada. Es en parte porque a ustedes no les importa... Es literal, no les importa; si la conocieran llegarían fácilmente a la conclusión de que es más bien gris. Mi biografía, todo sea dicho, contiene algunos matices perturbadores, pero de ellos estoy especialmente poco dispuesto a ponerles a ustedes al corriente.
Resulta que en este regreso estival he decidido hacer una excepción, voy a contarles mi estiaje: me he pasado el verano, gran parte de él, cuidando gallinas. Ya sé lo que piensan: el bueno de Zuckerberg no ha inventado facebook para que un impresentable cuelgue fotos haciéndole mimos a gallinas en una montaña perdida y encima diga que está encantado. No se crean, yo, como cualquiera, también me he hecho fotos con cara de imbécil sosteniendo la Torre de Pisa, también puedo poner un retrato de mi madre y decir lo mucho que quiero a mi familia, o exhibir una cena tropical donde me sirvieron pizza de iguana y mis familiares escriben "wuaaaaapo" (cosa que no piensan en absoluto). Tales cosas me parecen ridículas a rabiar, pero tampoco es muy razonable lo que yo hago, es decir, juntar letras para explicar que no me gusta cómo es el mundo o que Pedro Sánchez es idiota y esperar que a ustedes les parezca interesante y me digan lo listo que soy.

Por eso he decidido contarles algo de mi vida, aunque sea para que me hagan ustedes un poco de caso. El dueño de la casa de montaña que me dejó de guardés en su rancho me explicó detalladamente cómo cuidar el huerto, enfrentarme a la ingente maleza, regar los frutales, ahuyentar a la mosca del tomate, alimentar a los hamsters, evitar que el cabrón del gato se zampara a las ranas... Pero lo más trascendente eran las gallinas: además de alimentarlas, debía dejarlas a su aire durante el día y encerrarlas en sus jaulitas por la noche, pues en caso contrario un zorro aficionado a merodear por la zona acudiría sigilosamente por la noche y haría una carnicería digna de "La matanza de Texas" pero sin sierra (no es broma lo del zorro). La primera noche que intenté encerrarlas se me resistieron como ustedes no imaginan. Protagonicé escenas dignas de una peli de Ozores hasta que conseguí atraparlas una por una. Una hora y pico reptando entre barro y mierda para enjaular quince gallinas... Para ser doctor en filosofía no es un mal ejercicio de humildad.
En los días siguientes cambié de estrategia. Me armé de paciencia, me senté pacíficamente junto a ellas, les hablé, satisfice sus deseos de agua y comida y, mi gran acierto, dejé de mirar al gallo con cara de "¿qué pasa, chulo?", como equivocadamente hice el primer día. A poco ya hacían cola para que las acariciara en el cuello, en la cresta -mola un montón-... Creo que aprendí incluso a dormirlas con palabras tiernas y mirada cómplice, eso que hacen los magos de poca monta que presumen de hipnotizar a las gallinas.
En un rato libre de los alegres trabajos agropecuarios, la civilización me sacó de aquel bucólico estado a través de un whatsapp, anunciándome el fallecimiento de una persona con la que he trabajado durante casi tres lustros. Tardé en asumirlo, no estoy seguro de haberlo hecho todavía. Hay personas que uno cree que no mueren, que son de alguna forma indestructibles. Ella era de esas, o al menos lo parecía.
No es mi intención amargarles la vida atrayéndoles a la lectura de este texto con cuatro gansadas para luego recordarles lo que ya saben pero prefieren con buen sentido, no pensar demasiado: el barquero nos aguarda.
Disculpen si resulto soberbio, pero no tengo ninguna duda respecto al carácter casual y finito de mi existencia. Sólo voy a tener esta vida, es más, sólo tengo este instante, este aliento, este presente... Me parece mucho más soberbio creer que uno nació con un destino y que le espera algún tipo de inmortalidad. Mi única batalla es aprender a vivir con la certeza de mi caducidad, respetarla sin temerla, sin dejar que me paralice y sin consentirme un solo lamento ante lo inevitable. La muerte tiene algo de escándalo, crea la sensación de que somos víctimas de una monumental estafa. Pero no es cierto, la vida no es un timo, es una oportunidad. Si pudiéramos beber de aquel lago de la inmortalidad del que hablaba Borges seríamos inmensamente desgraciados y descubriríamos que la muerte, si no existiera, habría que inventarla.
Las balas pasan cerca, más a medida que te acercas a la ancianidad. Honremos a los caídos viviendo con honor -y con humor- la vida que esos alegres compañeros ya dejaron para quedar en nuestra memoria hasta el día en que, como ellos, ya sólo existamos en la memoria de aquellos a los que tuvimos el coraje de amar hasta el último suspiro.
"El que por profesión se ha convertido en esclavo de los detalles triviales es la víctima de la burocracia" Antonio Gramsci.
Me viene a la memoria un viejo amigo de la universidad... En cuanto alguna controversia política duraba más allá de un cuarto de hora, solía abandonarnos aduciendo que lo que "a mí me gusta es oír jazz". Este pasotismo convertía al tipo en un "idiotés", es decir, uno de esos ciudadanos repudiados en la Atenas del siglo V que se refugiaba en la pequeñez de sus asuntos privados, eludiendo la exigencia democrática de participar en las deliberaciones del ágora que, a fin de cuentas, habrían de afectar seriamente a su vida. Claro que también podemos interpretar sus espantadas en otro sentido. Acaso el problema no estaba en él, sino en quienes nos sumergíamos apasionadamente en el debate, pues a menudo confundíamos "política" con "partidos" o con "doctrinas". Quizá lo que a aquel fanático de Miles Davis molestaba era que cuando pretendíamos discutir de política en realidad ignorábamos que la política profesional es el territorio donde se extenúa la voluntad política de las multitudes.

Durante mi juventud, y pese a que yo no me iba a casa a oír jazz a la primera controversia, asumí que si uno no se consideraba representado por quienes han decidido vivir de la política, lo más coherente que puede hacer cuando llegan elecciones es entregarse a la abstención. Es la coherencia y -quiero pensar- la madurez, lo que me hizo cambiar de opinión y regresar a las urnas cuando era convocado: no tiene mucho sentido abstenerse para luego mirar en la tele los resultados y desear que gane una izquierda a la que no he ayudado o, lo que es lo mismo, pierda una derecha a la que temo y detesto. Les aseguro que sé de lo que hablo: he vivido más de dos décadas bajo el dominio incontestable del PP en la ciudad de Valencia y en la comunidad autónoma de la que es capital... sé muy bien cómo es la derecha española.
Los últimos acontecimientos, sin embargo, me invitan a repensar los motivos de mi antigua fobia a las urnas. Jesús Maraña, director de Infolibre, propone un ejercicio de responsabilidad recordando a los líderes de la izquierda que aún es posible el pacto y que el Parlamento queda de guardia en agosto para que, pese a todos los desencuentros de julio, todavía podamos tener gobierno de coalición. Mi paciencia y mi fe tienen menos recorrido que la de Maraña: simplemente he dejado de creer. Y he dejado de creer porque, como suele pasar en los estados depresivos, ya no me limito a la melancolía por lo que pudo ser y no fue... la realidad es que creo que de haberse firmado el pacto, el gobierno resultante habría sido un fracaso.

No hay matrimonio más rotundamente abocado al fracaso que aquel que se acuerda a regañadientes, ese en el cual se da el sí de mala gana porque los firmantes sienten, y se les nota en la cara, que están haciendo algo que no desean hacer. Sospecho que en este asunto el PSOE ha fingido mucho más que UP. Por distintas razones, algunas de ellas no confesables, Sánchez ha jugado reiteradamente a poner excusas que, una tras otra, se le iban desmontando, como el asunto catalán y el célebre "escollo" ad hominem con el líder morado. Pedro siempre soñó con una rendición, creyó seriamente que la amenaza de la repetición electoral asfixiaría la resistencia del interlocutor.
En cuanto a éste, me resulta difícil entender que, al final, haya renunciado a aceptar una oferta que, después de todo, era mucho mejor que el desastre que, creo, supone para UP una repetición electoral ahora prácticamente irreversible. Es en cualquier caso sintomático que, mientras UP dice estar todavía abierto a recuperar la senda negociadora, la ministra Calvo ya haya anunciado que, definitivamente, esta no será retomada. ¿Ni aunque Podemos rebajara notablemente sus pretensiones? ¿Ni aunque, pongamos por caso, dimitiera toda la junta de negociación de UP, empezando por Iglesias? Para querer tanto la coalición, como con rictus lacrimoso dijo la diputada Lastra, tienen una manera singular de demostrarlo.

Sí, señores, si vieron el debate observarán que merodeo por la línea argumental del siempre imprevisible Gabriel Rufián, quien reprochó con toda la razón a la izquierda española su inoperancia. Mientras el par de machos alfa miraban el móvil, les espetó que se arrepentirán de lo ocurrido en estas horas... Todos habremos de arrepentirnos mientras las derechas "aplauden con las orejas". Que los representantes de los partidos que no creen en España sean los que, finalmente, muestran un mayor sentido de Estado -y lo digo también por el PNV- da a pensar que vivimos en medio de una comedia de los Marx.
La hemos jodido. Mejor dicho: la han jodido. Los ciudadanos hemos hecho lo que tocaba, son ustedes los que, no teniendo el coraje ni la humildad para aliarse, han demostrado que tampoco están en condiciones de gobernar. Me nace decir que solo valen para servir a sus intereses partidarios, pero bien pensado tampoco esto es cierto. Tenían a la derecha en su peor momento y le han dado todo el aire que necesitaba. Dimitan ustedes. Yo no les voté para este bochornoso juego de vanidades. Váyanse, ustedes no me sirven.
Nos esperan, y si no al tiempo, largos años de gobierno de derecha. Es lo que me temo y no quiero que ocurra. Pero dijeron los manifestantes del 15M aquello de "No nos representan" y ustedes es evidente que no lo han entendido, pues sus intereses partidarios han prevalecido sobre la voluntad ciudadana, esa a la que dicen que sirven y en la cual se han ciscado como tantas otras veces.
No es cierto que no necesitemos a los partidos políticos, pero si no podemos contar con ellos habremos de seguir luchando sin ellos. Las multitudes crean poder su esfuerzo diario, la gente pelea y crea formas institucionales que ejercen presión sobre quienes, en última instancia, deben generar el tejido legal que cree sociedades más avanzadas y respirables. Habremos de seguir peleando en las aulas, en las asociaciones, en los sindicatos, en las fábricas, en las casas... No está permitida la melancolía. Y sobreviviremos, ya lo verán.
"La emancipación es práctica política efectiva de resistencia y creación cooperativa." Toni Negri
Me voy a escuchar a Miles Davis, feliz verano, amigos.
La emergencia de un partido político se hace posible desde dos condiciones: la existencia de la política misma y la viabilidad de la representación.
Más allá de mi vicio -tan filosófico- de ponerlo todo en duda, no deberíamos dar por hecho ninguno de los dos factores. Lo político supone la capacidad para organizar libremente lo que es común. Si hacemos valer esta definición, los regímenes autoritarios no son estrictamente políticos, pues se basan en la dominación y, sea cual sea el volumen de aceptación que alcanzan, requieren siempre el ejercicio del terror. Lo que debemos preguntarnos automáticamente es si podemos asegurar que no vivimos en alguna forma de régimen autoritario. Respecto a la segunda condición, la representación, temo que tendemos a dar por hecho que los mecanismos institucionales que la articulan tienen la facultad de garantizarla.

El optimismo democrático tiende a desatender estos interrogantes. Asume que la contienda partidaria institucionalizada a través de un marco constitucional es suficiente para gestionar la convivencia desde una cautelosa y responsable traducción de la voluntad ciudadana. No se asumen aquí las críticas del marxismo tradicional respecto al carácter formal, y por tanto inane, de la democracia en regímenes capitalistas. Tampoco la versión posmoderna de la alta política como simulacro, es decir como teatralización sobreactuada de una representación que, precisamente porque no existe, necesita invadir todos los territorios de la información y convertirse en espectáculo del Poder para hipnotizar a las masas. Como afirmaba Baudrillard, el gobernante se sienta ante una máquina cuyos mandos no responden.
No afirmo que en tales sospechas anide la verdad, es más, sospecho que ambas arrastran derivas nihilistas sumamente peligrosas, algunas de las cuales conducen a la pura pasividad y otras, las más repelentes, a Vox. Lo que sí digo es que tenemos derecho a preguntarnos por el nivel de calidad de nuestra democracia. Su historia en cualquier nación, y desde luego, en la nuestra, está atravesada de engaños, promesas incumplidas, corruptelas y mezquinas batallas de intereses.
Podríamos pensar que el trayecto cotidiano de la política española ha consistido durante décadas en mantener la "pax augusta" del bipartidismo. La escenificación de batallas supuestamente descarnadas entre las dos grandes organizaciones, PP y PSOE, con episodios de juego sucio especialmente infames, habrían mantenido la sugestión de que realmente existía la política. La dificultad que tenemos para distinguir entre el ideario llevado a cabo desde las carteras de Economía por parte de Rato y el de Solchaga o Solbes da a entender que en España, país periférico en el seno de Europa, no se ha ejercido auténtico poder político, sólo ha habido gestión de las instrucciones de la Troika.
Algunos acontecimientos imprevistos y propiciados por el desorden creado por la crisis han alterado este paisaje. Dado que difícilmente podría ilusionarme con el secesionismo catalán o con la emergencia parlamentaria de la ultraderecha (de Ciudadanos no hablo, pobrecitos), habré de referirme a dos que llegaron a parecerme muy significativos.
El primero fue la exitosa irrupción de Podemos, partido que consiguió capturar el espíritu reivindicativo del 15M para llevar a cabo el gran desafío de los detractores a los Indignados: "si queréis hacer política abandonad los campamentos e ingresad en el Parlamento". El segundo fue la resurrección del cadáver político de Pedro Sánchez. Tras encastillarse en el no a Rajoy frente al "fuego amigo" del aparato del Partido, Sánchez cautivó desde la nada a las bases para hacer saltar por los aires toda la lógica burocrática y jerarquizada de una organización que fue capaz de poner boca arriba.
Yo nunca creí seriamente en que Podemos hubiera llegado a los salones del poder para hacernos asaltar los cielos, como con una mezcla de petulancia y oportunismo publicitario nos vendieron Iglesias y su séquito. Tampoco me sentí en condiciones de asegurar que el milagro producido en Ferraz, que se tradujo en una renovación colosal del apoyo social al Partido Socialista, trasladara al gobierno de la nación una gestión digna de llamarse "de izquierdas"... Siempre supe que todo podía tener mucho de espectáculo, que podía no ir mucho más allá del simulacro.
Pero permítanme una última digresión. Leo últimamente a gente a la que respeto referirse a "las élites" o al Ibex 35 como el nuevo mantra de la izquierda que sustituye a aquello de la "casta". Me gustaría pensar que es una estupidez conspiranoica del señor de la coleta, una receta para movilizar en su favor al adolescente con ínfulas de bolchevique que llevamos dentro. Me gustaría pensar que no hay gente muy poderosa en el mundo financiero presionando a Sánchez para que la bicha, es decir, Unidas Podemos, no entre en el gobierno de España. No se si ven a dónde voy a parar y qué sospechas me asaltan.

Me importa un rábano que se lleven bien o mal Sánchez e Iglesias o que se miren con el rabillo del ojo en los consejos de ministros del gobierno coaligado. Me da completamente igual si con el pacto ceden un milímetro más o menos en sus intereses partidarios. Pacten de una vez. Si no tienen agallas para ello o los poderes fácticos se lo prohíben háganse a un lado, dedíquense a otra cosa y no me hagan perder más el tiempo. Por lo que es yo, no pienso votarles más. No es el gobierno de los próximos cuatro años lo que está en juego, es la credibilidad de la política. Piénsenlo.
Cuando últimamente todo el mundo habla de una serie de televisión, la primera reacción razonable es desconfiar, evitar cualquier urgencia: "sí, sí, ya la veré cuando pueda". Así fue con "Juego de tronos" y nunca me he arrepentido, a pesar de que hubo momentos en que no seguir la serie me ponía en la misma situación de "nerd" impresentable en la que me sentí el día que una compañera me fotografió cuando me vio llamando desde una cabina telefónica. (Les aclaro que no uso móvil y, por si no se habían dado cuenta, que aún existen las cabinas, algunas de las cuales por cierto funcionan, basta echarles unas moneditas)
Aquella noche no tenía yo mucho que hacer, sólo ver un partido de fútbol playa en teledeporte . Como no jugaba Amarele, el único talento futbolístico en estado puro que he visto en esta última década, decidí esquivar mis prejuicios y ponerme el primer capítulo de "Chernóbyl", esa serie de la que todo el mundo habla. Apenas unos días después ya había visto los cinco capítulos y leído el libro en el que se inspiró: "Voces de Chernóbil", de Svetlana Alexievich, que recibió el Premio Nóbel por el mismo.

Empecemos -y ahora me pongo muy serio- por desechar dos reticencias habituales en estos casos. La primera es que "Chernóbyl" no es una teleficción al uso, es una película larga... que la veamos por la tele no cambia eso. La segunda tiene que ver con el horror que algunas personas me han confesado que les aleja de la serie cuando les he trasladado mi entusiasmo por ella. Dado que en "Juego de tronos" y similares, por no hablar de las interminables pelis de catástrofes, nos han acostumbrado a atrocidades de lo más retorcido, ya puedo tranquilizarles adelantándoles que no hay sadismo ni regodeo en la sangre en "Chernóbil"... El problema está en que lo que cuenta es "real". Y, sobre todo, sospecho que pone ante nuestros ojos un pánico que en el fondo inconsciente del sujeto contemporáneo desata mucha más angustia que alienígenas, zombis o caminantes del hielo: un enemigo invisible y diseñado por el ser humano cuyo poder destructivo -que es para lo que fundamentalmente se creó- alcanza dimensiones de armagedón.
Lo terrorífico y, en cierto modo, lo banal, lo estúpido de ese enemigo invisible es que no tiene nada que ver con los enemigos mortales de la humanidad de tiempos anteriores. Primero las autoridades soviéticas dicen en aquel momento que no pasa nada, que sólo es un incendio que apagarán los bomberos. Después envían un ejército de liquidadores a los que engañan haciéndoles creer que unas pocas precauciones les librarán de todo riesgo. Es impagable esa escena en que los mineros del carbón enviados a hacer un agujero bajo el reactor aparecen desnudos en el trabajo, debido a que la autoridad competente no les pone ni siquiera un ventilador pese al calor asfixiante del túnel. "Deberían vestirse"... "¿Por qué?", le pregunta el minero al burócrata enviado por Moscú. "Bueno... están demasiado desprotegidos"... "Si nos ponemos ropa, ¿nos salvaremos de la radiación?". No hay respuesta, no puede haberla. Y los mineros siguen trabajando en pelotas.

Hoy sabemos que esos mineros, como los liquidadores, como los que hicieron las primeras maniobras de limpieza, como los tres voluntarios que entraron al reactor para vaciar los depósitos de agua, evitando con ello una explosión en cadena de los otros tres reactores, salvaron la vida de sus compatriotas a cambio de la suya propia. Probablemente salvaron incluso la nuestra, pues de no haber intervenido entonces, acaso ahora Europa sería toda ella una "zona de exclusión", un continente definitivamente devastado y abandonado, un gigantesco cementerio.
Es curioso. Hoy el entorno de Chernóbil tiene las características de una reserva natural. Osos, lobos, zorros, gamos y una vegetación agreste y admirable habitan el territorio, asimilando la radioactividad pero libres del peor de sus enemigos, la presencia humana. La naturaleza nos considera una plaga tal, que prefiere convivir con el más mortífero de nuestros desechos a hacerlo con nosotros.

Y pese a todo, la zona no ha sido completamente abandonada por los seres humanos. Siguen colándose merodeadores y saqueadores, muy habituales por cierto en los primeros meses, cuando el ejército ordenó evacuar a todo el mundo y matar a tiros a todos los animales, empezando por las mascotas, convertidos en bombas de radioactividad... Como la ropa, como las cebollas y las patatas, como los cuerpos de los bomberos que fueron enviados la primera noche a apagar un fuego que era mucho más que un fuego...Aquellos cuerpos fueron enterrados bajo planchas de hormigón porque después de muertos eran un peligro para la supervivencia de los que quedaban.
Queda para la historia de la literatura y de la televisión el momento en que un soldado intenta obligar a una anciana que ordeña una vaca a abandonar su casa y acompañarle. Repito de memoria: "Joven: depusieron al zar los bolcheviques, hubo una guerra. Después Stalin nos envió la hambruna. Más tarde llegaron los nazis. No he dejado de ver morir vecinos, amigos, familiares... Nunca me fui. ¿Crees de verdad que voy a marcharme ahora por un enemigo al que ni siquiera puedo ver?"
Svetlana Alexiévich merece ser leída porque consiguió aquello que desde siempre ha distinguido a los grandes escritores: tras un suceso del que oímos hablar como si estuviera muy lejos, como si apenas nos afectara, nos encontramos con seres humanos de verdad, cuerpos destruidos, miedo, heroísmo... Todo lo peor y lo mejor de la condición humana aparece en carne viva en medio de una tragedia que pone a prueba a aquellos sobre los que, mereciéndolo tan poco como cualquiera de nosotros, ha caído con todo su poder devastador.
Dicen que con Chernóbil empezó a descomponerse el imperio soviético. Yo creo que con aquella catástrofe empieza una nueva era para nuestra especie. "Chernóbil" -dice Alexievich- "es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del siglo XXI. Un desafío para nuestro tiempo".