Saturday, April 26, 2014




1. No debe sorprender que un cofrade encapuchado protagonice la portada de España y los españoles, ensayo en el que Juan Goytisolo nos enseñó que la nuestra es la historia de la persecución inmisericorde de todo lo que suena a mestizaje y heterodoxia. La puesta en escena del dolor en la Semana Santa es la apoteosis de la versión católica del cristianismo. Nada parece más alejado del mensaje evangélico que lo que a primera vista recuerda a un ritual histérico de plañideras; nada disuade tanto del esfuerzo de meditación que reclama el sacrificio del Padre como un desfile de penitentes acompañados por legionarios romanos inspirados en el atrezzo de Ben-Hur. 


Y, sin embargo, hay algo más que puro exhibicionismo aldeano en este juego de signos, esa teatralización que -como sucede con el vino- distingue en sus matices la idiosincrasia de cada pueblo. El catolicismo es en realidad una confesión terriblemente pagana y primitiva. Su santería le acerca a los antiguos credos politeístas o a la hechicería tropical, su fe en el poder mágico de imágenes y huesos parece más propia de tribus animistas. Si aquí acabase todo sólo habríamos de sentir lástima por los pueblos surgidos a orillas del Mediterráneo, es decir, por nosotros mismos, comunidades que miran hacia el sur y que son refractarias a la libre conciencia del burgués y, por tanto, a la modernidad. 

Pero tras la barbarie de la iconolatría asoma un designio inalcanzable para los pueblos civilizados: la firme determinación de proteger la cohesión de la tribu. Al contrario que en las religiones mosaicas, los católicos han aprendido a poner secretamente en duda el asfixiante totalitarismo impuesto por esa entelequia del dios omnipotente; al contrario que el libre examen protestante, exhibe en público sin rubor su fidelidad porque no es al Cruficado sino a la propia comunidad a quien se rinde homenaje. Siniestra y, por eso mismo, oscuramente hermosa, la Semana Santa es uno de los últimos ritos irreductibles al homo oeconomicus del capitalismo que aún resisten entre los pueblos derrotados de la historia. 

2. La figura de Esperanza Aguirre me hace preguntarme a menudo en qué tipo de país quiero vivir. Es en este sentido un personaje positivo, porque su condición extrema -incluso dentro de la propia derecha española, que ya es decir- invita a plantearse cuestiones esenciales. No tengo duda de que cuando protagoniza un episodio tan cutre y tan bochornoso como el de los policías del otro día hay un sector de incondicionales que la aman más que nunca, pues ven en sus actos lo más profundo de sus propios deseos, es decir, el de dejar de respetar las leyes porque la obediencia sólo es para perdedores. En el incívico proceder de Aguirre reconozco lo más cutre de algunos de los vecinos, compañeros o familiares con los que me veo obligado a coexistir diariamente, aquellos que molestan con el claxon o la radio a toda potencia, que insultan a los demás conductores o se apoderan del carril izquierdo mientras intimidan a la gente con su motor de no sé cuántos caballos. 

Este macarrismo de la derecha española responde a un inconsciente deseo de contrapesar el primero y más asfixiante de sus principios: la obediencia. Adoran a Aguirre porque para ellos siempre será un principio asumir que la clave de bóveda del edificio democrático es el respeto a los derechos ajenos, incluso a los de aquellos que no nos gustan. Respaldan conductas tan cutres y tan despreciables por la misma razón que votan insistentemente a los corruptos: no creen en la honestidad ni en las leyes, necesitan líderes asertivos, gente con determinación y desfachatez suficientes para hacer creer a quienes han nacido para lacayos que personajes así tienen mano de hierro para solucionar los problemas de la nación.

No es sólo cuestión de tener un mal día, entre otras cosas porque la rectificación no parece formar parte del ideario de la goyesca oligarca madrileña. Viene bien recordar ahora la repugnante trama corrupta que la llevó a la presidencia de la comunidad, las privatizaciones de servicios públicos esenciales, los oscuros tratos de favor a personas muy cercanas a ella, el vodevil de Eurovegas, la manipulación escandalosa de Telemadrid... 

Yo creo que cualquier día se tirará un pedo bien gordo por la calle de Alcalá mientras diga "toma, rojos" o "jódete, Gallardón", y sus acólitos le reirán la gracia.   

Saturday, April 19, 2014


LA INMORTALIDAD DE GARCÍA MÁRQUEZ

"Muchos años después ante el pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que su padre le llevó a conocer el hielo." Se me ocurre en este instante pensar en qué últimos recuerdos pasaron por la mente de Gabriel García Márquez antes de morir... Y pienso igualmente en mí, ¿qué recordaré cuando me halle ante el pelotón? Quizá aquella tarde a las afueras de Mestalla donde mi abuelo nos esperaba a mi padre y a mí, con el Seiscientos abierto, sonriente porque el Valencia había ganado, o aquellos toldos blancos y negros del edificio de enfrente del colegio, símbolo de la fortuna que envidiaba de quienes no tenían que pasar sus días encarcelados en un aula, o aquel rompeolas donde nos sentíamos inmortales...

Fui un lector disciplinado de García Márquez. Por algún motivo -esa bulimia compradora de libros que uno termina no leyendo pero protege contra las tempestades en su interminable biblioteca, una misteriosa intuición que le dio a entender que en aquel tipo renegrido y con bigote se encontraba un Faulkner latinoamericano- mi padre se hizo con todas sus novelas y libros de cuentos escritos hasta el ochenta y tantos, cuando le dieron el Nobel. Decidí leerlos uno por uno, supe que iba a ganarme la condición de lector de novelas con aquellos libros. Fui tanteando por un territorio narrativo algo entrecortado pero fascinante, desde el que ya empezaba a asomar el universo de Macondo. Los tres días en los que, por fin, le hinqué el diente a Cien años de soledad, fueron acaso los más placenteros y fascinantes de mi vida hasta entonces.

Descubrí un mundo nuevo en aquel relato tan complejo y a la vez tan redondo, tan perfectamente cerrado sobre sí mismo y a la vez tan ambiguo y lleno de guiños, aporías y dobles sentidos, pero al tiempo aquel territorio salvaje donde todo era tan joven que las cosas aún no tenían nombre tenía el sabor de algo muy antiguo, aquellos cuentos que tanto nos fascinaban cuando éramos niños y aún sabíamos escuchar.

García Márquez representa muchas cosas para la literatura universal, y no tengo ninguna duda de que sus textos figurarán en los análisis al costado de los más grandes. Será la escritura de la soledad de Hispanoamérica, el grito ahogado del dolor, la pobreza y la violencia, el ánima quijotesca, rabelesiana y hasta bíblica que se presiente entre las páginas de sus obras más osadas y enérgicas. Todo esto es verdad, pero para mí Gabo será para siempre el hombre que sabía contar, y que además disfrutaba haciéndolo.

Hay algo que echamos cada día más de menos en este mundo donde parece haberse abaratado la licencia para creerse dueño de una historia que contar, donde desde los periódicos, las redes sociales o los e-book se nos relata cualquier cosa y nosotros la leemos con prisa y sin demasiada atención: faltan las grandes historias, los relatos como los de antes. No quiero marcianos ni superhéroes reunidos, espero que alguien sepa relatarme como un hombre casi enloquece empeñado en desenterrar un barco encallado desde tiempos inmemoriales y la aventura adquiere proporciones épicas.
Ha muerto uno de los mayores fabuladores de la Tierra. "Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del septiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice". Igual al Papa le da por pasarse, a fin de cuentas también es sudamericano, tendría su ironía.

Saturday, April 12, 2014




ECHEMOS UNAS RISAS 

Alguien ha comparado los últimos acontecimientos en la ciudad de Valencia con una novela de Mario Puzzo, pero temo que la solemnidad que envuelve a los Corleone vuelve el símil excesivamente generoso. En la mirada profunda de Mike se presiente el drama del asesino: vive en el callejón sin salida de la mafia porque es la única oportunidad para la supervivencia de su familia. El asunto del intento de secuestro de un ex-Presidente del Valencia cf por otro, que ha conmocionado a la ciudad en la última semana, tiene marchamo igualmente delincuencial, pues contiene todos los elementos que la escena requiere -el sicario italiano, la cita en la pizzería, la planificación del crimen...-, pero añade un pestilente olor a acequia y a cutrez. No nos equivoquemos, aunque nuestros malos sean malos porque son dañinos, antes que miedo lo que provocan es risa, por no decir lástima. No se parecen a Al Pacino, se parecen a Tony Leblanc. 

A propósito no sé si recuerdan cierta película local de finales de los sesenta, El dinero tiene miedo. Un desaprensivo convence a dos empresarios incautos para llevarse su dinero a Suiza y pegar lo que presenta como un colosal pelotazo financiero. Es muy serio, sí, tanto como que el mundo parece estar yéndose a la mierda precisamente porque a todo este tipo de personajes les han tolerado sus corruptelas unas instituciones que han traicionado la confianza de sus ciudadanos. Pero, qué quieren que les diga, a mí me da risa la imagen de Tony Leblanc pasando la aduana del aeropuerto con una maleta tan repleta de billetes de mil pesetas que se le van cayendo por el camino.

El año pasado Justo Serna publicó un ensayo titulado La farsa valenciana. Tras un exhaustivo repaso de fechorías, venalidades y soflamas grandilocuentes, nos asiste la sensación de estar viviendo en medio de un esperpento. El saqueo del País Valencià es una tragedia sin excusas porque los culpables son los valencianos, es un desastre que no tiene causas naturales ni responde a más maldición que la de la corrupción moral y la bochornosa aquiescencia de unos ciudadanos que, una elección tras otra, dan alas a la jerarquía política y económica para que siga convirtiendo el territorio en una especie de Isla Tortuga donde parece que lo raro es no robar. Y, sin embargo, insisto, la escena no consigue asomar con tonos trágicos. 

El caso de Soler es paradigmático, todo un símbolo de la prosperidad valenciana de los años del boom inmobiliario. Su todopoderoso papá le regaló un club de fútbol y él lo embarcó en una larga serie de proyectos faraónicos -incluyendo una delirante política de despilfarro en fichajes- que han dejado a tan histórica entidad en quiebra técnica y al borde de la extinción. Todo ello, por cierto, en medio del beneplácito de amplísimos sectores de la sociedad valenciana, las sospechosas facilidades que otorgaban las instituciones y la cobarde pasividad de unos medios de información que, con la honrosa excepción de la Cadena Ser, le rieron las gracias y no se atrevieron a cuestionar ni sus peores cacicadas. 

Así es esta comunidad. En estos días, el club de fútbol que dejó devastado Soler se ofrece al mejor postor. Asociado, aunque sin poner un duro, claro, a cierta empresa de origen ruso que pretende comprar el Valencia, el célebre Alfonso Rus, parlamentario de pro, alcalde de Xàtiva, presidente de la diputación valenciana e ilusionado desde crío con presidir el club, desacreditó la oferta rival de origen árabe afirmando que "los moros no han gobernado Valencia desde Jaume I". De inmediato los árabes abandonaron la puja. 


Cuando en algunos círculos manifiesto mi condición de seguidor irredimible del Valencia suelo recibir más de una sonrisa condescendiente, cuando no alguna censura. Me importa bien poco, estoy en paz con el hincha que llevo dentro. Siempre encontraré un misterioso romanticismo en ese anciano que acude con su hijo un lunes a las diez a Mestalla para animar a su equipo mientras se desata un aguacero sobre el estadio. Y sí, el fútbol es un negocio especialmente turbio donde toda suerte de desaprensivos acuden a buscar su tajada. Y, en consecuencia, los aficionados que lo sostienen son acaso unos cándidos. Pero no nos engañemos, la institución futbolística que nos abochorna es sólo uno más de tantos ejemplos de bajeza moral, corrupción, despilfarro y gestión irresponsable como proporciona la sociedad valenciana de los últimos tiempos. 

Soler es tan sólo una criatura de la Valencia del PP, la California del Mediterráneo convertida en una comedia bufa. Mejor reírse un poco, antes de que la vergüenza nos asfixie. 

Friday, April 04, 2014

LA VALLA DE MELILLA





1. Subidos durante interminables horas a lo alto de una valla para cíclopes, hombres desesperados huyen no se sabe de qué circunstancia pavorosa tras un horizonte alimentado en su imaginación por las antenas parabólicas de África. Agotados, algunos se duermen, en lo que parece el ejercicio de un funambulista; hay uno desvanecido, a punto de caer. Si yo tuviera esa fuerza sería invencible. 

 
2. Tras acceder al otro lado de la valla de Melilla sorteando todo tipo de peligros, un grupo de malíes celebra alborozado su hazaña entonando el himno de su país. Qué ridículas resultan a su lado todas las proclamas de patriotas y nacionalistas de nuestro entorno, qué miseria de himnos oficiales entonados tediosamente por legiones para los que, en realidad, no significan nada. El himno de Malí debería ser la nueva Marsellesa, el homenaje a la Libertad que guía a los pueblos. 
 
3. Las concertinas sólo pueden haber sido diseñadas por criminales. Cuando los líderes de la Alemania del Este fueron condenados por ordenar disparar a los fugitivos, todos nos vanagloriábamos porque la Caída del Muro de Berlín significaba el fin de las fronteras y el triunfo de la libertad. 


4. ¿Qué sucede más allá de la valla? ¿Qué fogatas se encienden en el Monte Gurugú para resistir el frío de la noche? La valla sirve para que podamos ignorar tranquilamente qué sucede tras la valla: la valla de Melilla es la frontera que le ponemos a nuestra conciencia.

Saturday, March 22, 2014

ALGUNAS RAZONES PARA AMAR THE WIRE



En las próximas horas veré el último capítulo de la serie The wire. Han sido muchos años juntos como para ahora guardar silencio ante el final, una última hora y media que espero con cierta inquietud, persuadido de que no me va a gustar el fin que los guionistas decidieron deparar a los personajes fundamentales. No es que no acertaran, es que sospecho que sí lo hicieron, es decir, que McNulty, Lester, Kimma o Michael van a encontrar el desenlace que vienen buscándose desde que se inició este prodigioso relato. Es eso justamente lo que temo, comprobar una vez más que los cuentos para adultos no acaban como el Capitán Trueno, pero es que The wire es de verdad, y ésta tiene muy mala hostia. 


Hace cerca de una década El País Semanal señaló que llegaba la mejor serie de la historia. Parecía temeraria esta valoración, pues en aquel tiempo ya existía Los Soprano, y además estaba en preparación Mad Men. Tampoco iban desencaminados, estos tres relatos forman el horizonte de la excelencia en materia de sagas televisivas. Da igual cuál nos guste más de las tres, son algo así como la Capilla Sixtina del medio televisivo, se imitarán y dejarán huella indeleble, pero no serán superadas.


Empecé a ver The wire porque Carlos Boyero dijo que era grandiosa, y le he leído también en varias ocasiones que le gustaría estar en la piel de aquellos que, como yo en estas horas, aún les faltan capítulos por ver. Acepto lo primero, The wire es única, su manera de entender el telerrelato no tiene precedentes, y así es hasta el punto de que, hace unos días, en el estreno de El lobo de Wall Street, presentí lo mucho que había cambiado mi mentalidad como espectador en los últimos años. Dicho de otra forma, no pudo seducirme esta vez Scorsese porque mi sensibilidad se ha habituado a The wire, cuya música suena tan distinta, cuyo paisaje y cuyo sentido del tiempo vive en derroteros tan alejados de ese espectáculo chirriante, histriónico y acelerado que nos ofrece el film sobre los tiburones financieros. En The wire no hay una sola concesión  a la obscenidad, no hay pornografía, hay una terrible violencia que se resuda en cada diálogo, en cada mirada, pero de ella nada saben quienes esperan ver desfilar tetas, descapotables y rayas de coca. De lo que no estoy tan seguro es de que lo idóneo sea estar en mi piel. Debo confesarles lo enormemente desazonado que he salido de algunos capítulos. No es un placer ver esta serie, diga Boyero lo que diga, lo que sí sé es que uno es más sabio después de verla.


El primer error que debemos evitar es creer que estamos ante cine trasladado al formato televisivo, como se sospecha cuando escuchamos aquello de "cada capítulo es una película". No es cierto, lo cual explica por qué Javier Marías no entendió el episodio que tuvo a bien poner a parir en una de sus columnas tras ceder a los repetidos consejos de un amigo en favor de la serie. (A veces pienso que es de cándidos pretender que algunos amigos compartan lo que amas. Más que sensibilidad para amar lo que necesitan es un esfuerzo como el que tú hiciste, y a eso no suelen estar dispuestos, les molesta en el fondo que tú seas feliz con ese objeto amado y exigen sentirse como tú ipso-facto, sin el trabajo que tú hiciste) Pues bien, estamos ante un relato-río, es una serie, tiene que ser vista al completo, disciplinadamente, es un relato posible sólo en la medida en que se adecúa al formato televisivo de la ficción por capítulos. Como en toda buena novela por entregas, los personajes mutan y, con ellos, la relación de fuerzas que va constituyendo el trasfondo desde el que se suceden los acontecimientos. Esto, como sabe cualquier buen cocinero, supone que el guiso requiere cocción lenta, que las esencias sólo se despertarán y las reacciones químicas sólo alcanzaran su momento idóneo cuando estén el suficiente tiempo en el fogón, no antes.


¿Y qué es todo eso que aprendemos tras cinco años viendo a Jimmy McNulty cometiendo imprudencias, desafiando la autoridad de sus gerifaltes, bebiendo bourbon y destruyendo su vida y las de sus allegados? Lo primero es que la vida se parece más a una novela de Kafka que lo que nos informan los relatos de masas. En las series de consumo multitudinario, en especial las del género policíaco, el mal es derrotado de forma concluyente porque siempre se sabe dónde localizarlo, de igual manera que también sabemos dónde están los buenos, los cuales acabarán triunfando porque Dios disfrazado de guionista cutre se encargará de disponer las cosas para que el orden más tranquilizador para el espectador resplandezca al final del capítulo. Aquí, la persecución institucional del delito es entrecortada y más neurótica que racional, requiere esfuerzos silenciosos e ingratos y mucha destreza, pero a la vez depende a menudo de golpes de rabia y pulsiones incontrolables, y es, sobre todo, lenta y farragosa. Además, nunca sabemos si el enemigo es siempre el que está vendiendo droga en las esquinas, a veces es en esas calles donde el policía debe tramar sus alianzas, y en el departamento de homicidios o en las dependencias del ayuntamiento donde le buscarán la ruina. La ciudad de Baltimore, marcada para siempre en la vida real por la serie de la HBO, se dibuja ante nosotros como un gran laberinto, el laberinto mismo de la existencia. 


En The Wire el bien y el mal existen, como en la vida, pero son poliédricos. En el devenir cotidiano, y más en una ciudad tan desatendida e infortunada como Baltimore, a unos les toca ser policías y a otros ladrones, pero es difícil sentirse cerca de McNulty o del alcalde Carcetti,  y, de igual manera que hampones como Stringer Bell, Snoop o Marlo sólo parecen asesinos despiadados, otros criados en ese mismo paisaje de criminales a la fuerza conquistan una misteriosa simpatía, como Di Angelo, Babbs, Michael y, muy especialmente, Omar Little, uno de los personajes más logrados y enigmáticos que he conocido. Todo es pues ambiguo e intrincado en este paisaje urbano del que Dios parece haber huido, como muchos otros de esa nación de contrastes que es EEUU.

Otra conclusión: estamos bien jodidos, el delito, el de guante blanco y el "con intimidación", forman parte del sistema en sus distintos ámbitos. La trampa y la violencia te permiten sobrevivir en las esquinas, dominadas por el menudeo del narcotráfico, pero también los muelles y los sindicatos marineros son territorios abonados para la extorsión, la política está repleta de corruptos que juegan a muerte por el poder, la escuela pública es un reducto para vigilar futuros delincuentes y sobre la cual los políticos se orinan, los periódicos son capaces de interesarse por los menesterosos sólo porque hay un supuesto asesino en serie que mata vagabundos...


La exclusión social es un referente de la política y la sociología, pero aquí la entendemos sólo en la medida en que la insertamos dentro de un relato y no de un discurso edificante como los de esos políticos de doble filo que aparecen sobre todo en las últimas temporadas de la serie. El arrinconamiento de los desgraciados, esos tipos cuyos cadáveres se congelan en invierno o aparecen muchos meses después en los sótanos de las casas abandonadas, se convierte en una práctica socialmente asimilada, no ya por la maldad intrínseca al mundo de la delincuencia, sino como parte de un escenario social donde la solidaridad es un valor débil y se impone el "sálvese quien pueda".

En este sentido quedará para siempre en mi memoria la desazón por la suerte de los chicos que protagonizaron la cuarta temporada, calificada como la más dickensiana de las cinco, donde recorremos la parte más decisiva de la biografía de un grupo de adolescentes negros de los bajos fondos. No desvelaré el destino de cada uno de ellos, es bastante dispar y en cualquier caso no escribo para hacer de spoiler, pero ahora que este majestuoso relato se acerca a su final, un final sin ninguna duda abierto, se define en mí más que nunca la certidumbre de que las clases desfavorecidas están condenadas... también en las tierras de la supuesta opulencia. 

The wire, un producto acaso imposible en épocas sosegadas, una obra maestra que nos ayuda a entender un mundo en crisis.

Saturday, March 15, 2014

ROUCO O BERGOGLIO




 Hace tanto tiempo que venimos quejándonos del espíritu reaccionario que domina la Iglesia Católica que la sustitución de Rouco Varela debería como mínimo suscitarnos el alivio. Rouco es un reaccionario, encarna los valores patriarcalistas y represivos que permiten asociar al alto clero con la extrema derecha, ergo su desaparición es una feliz noticia. Respecto a si sustituto respira los aires nuevos que parecen llegar del Vaticano no dispongo de noticias concluyentes, pero todo hace pensar que así es, pues lo que no se cuestiona es que a su antecesor no le cuadraba en Roma un "progresista" como Bergoglio. 

¿Y el propio Papa Francisco? ¿Es el hombre que parece ser? Acaso no sea ésta la pregunta, mejor será preguntarse si su llegada al Trono de Pedro forma parte de un proyecto realmente serio de renovación. Si observamos la trayectoria de la institución en nuestro país durante el último cuarto de siglo el panorama es poco esperanzador. El proceso histórico que pobló las sacristías en un tiempo de jóvenes con mentalidad obrerista y pro-democrática se revela hoy como un fenómeno coyuntural e intransitivo, de aquello quedó apenas nada. La Iglesia española, si atendemos a las actitudes que predominan entre sus jerarcas, no se conforma con mantener su hostilidad hacia la libertad de las mujeres, los anticonceptivos o el polimorfismo familiar, lo realmente irritante es la naturalidad con la que se aleja del mensaje evangélico a la hora de alinearse con la oligarquía económica y entregar su fidelidad sin ambages a las fuerzas políticas que encarnan los valores de la desigualdad y la brecha social. Sonroja la evidencia de que sus colegios, pagados con el dinero de todos, constituyen un reducto para preservar a las clases medias y altas del contagio de menesterosos e inmigrantes. En este sentido organizaciones con tan mala fama como el Opus Dei no son una anomalía dentro de la trama eclesiástica católica, son más bien su horizonte, su referente moral. Wojtyla y Ratzinger lo tuvieron muy claro, por eso el episcopado español fue inmensamente feliz durante sus reinados. 

Ridículo negar que con Bergoglio se advierte un cambio de ciclo. ¿Supone su irrupción en la escena el retorno del espíritu del Concilio Vaticano II? Dicho de otra forma, ¿encarna el jesuita una nueva tentativa de tener un Papa como Juan XXIII? Tengo mis dudas, pese a la contundencia que exhibe el Santo Padre en sus intervenciones públicas, que en nada recuerdan a las de sus predecesores, en especial Juan Pablo II, causante de una involución histórica de proporciones colosales en el espíritu de la Iglesia y de quien, a estas alturas, ya podemos decir que se puso ese nombre precisamente para esconder la intención de alejarse absolutamente tanto de Juan como de Pablo. 

No sé, me cuesta no ser escéptico con este asunto. Predije -y acerté- que la fumata blanca saldría de la chimenea de la Sixtina para proclamar un Papa de Hispanoamérica, donde se halla el mayor granero mundial de adhesiones para el catolicismo, un granero ahora seriamente amenazado ante la vertiginosa infección de credos de origen protestante desde México hasta el cono Sur. No es censurable que la institución plante batalla a sus competidores en el mercado del espíritu -es a fin de cuentas de lo que viven curas y monjas-, lo que me pregunto es si en la elección de Bergoglio hay algo más que un reposicionamiento estratégico o, si se me entiende mejor, la respuesta de la jerarquía al miedo a que la empresa vaya a la quiebra. Sea o no sincero en los cardenales que se reunieron en la Sixtina el propósito de volver a la "Iglesia del Pueblo", lo que no puede mantenerse durante mucho tiempo en un mundo como el nuestro es un proyecto ecuménico con planteamientos tan ridículamente obsoletos como los que suscriben los obispos españoles.

Temo que sea demasiado tarde. No soy creyente, bien lo sabe Dios, pero estoy muy lejos de considerar que al mundo le iría mejor sin la fe. Sospecho que el desierto moral que han dejado tras de sí un cuarto de siglo de hipocresía y de afinidad con el mundo del capital puede pasarle factura a quien, como Bergoglio, plantea sinceramente la necesidad de una profunda reforma. Acaso en esto consista la posmodernidad de la que tampoco se libra el Vaticano: simular la revolución cuando esta ya pasó de largo. Entre los años sesenta y setenta tuvieron la oportunidad de sumarse a una corriente de renovación de las costumbres que ha transformado en profundidad los mapas morales en muy poco tiempo. Terminaron perdiéndola, el tren ya pasó, lo que tenía que cambiar en nuestras vidas ya ha cambiado, la sociedad lo ha hecho sin la Iglesia y a ésta le ha pillado el toro, de ahí esa sensación general de que ser joven y hacer caso a un sacerdote equivale a ser un débil o un enfermo. Es, a fin de cuentas, lo que Nietzsche ya profetizó: llegará el día en que sólo acudan al confesionario los inútiles.  Es tarde, me temo, prefiero a Bergoglio que al polaco, pero eso no cambia lo esencial: como la revolución ha pasado de largo, la Iglesia ya sólo puede simularla. 


Pero el destino guarda una ironía cruel para quienes se apresuren a felicitarse por esta derrota: el tiempo podría haber pasado igualmente para su viejo enemigo, el laicismo. Para éste es también tarde si advertimos que las majaderías de Dan Brown han hecho más mella en el prestigio de la Iglesia que tres siglos de porfía de la ilustración, desde Descartes y Kant hasta Nietzsche o la Escuela de Francfort pasando por Feuerbach y Marx. De igual manera, los hispanoamericanos no se borran a la carrera tras leer a Voltaire y Heidegger, ni siquiera por venganza por lo que el Vaticano hizo con la Teología de la Liberación, sino para adherirse a los Testigos de Jehová, el sexo tántrico y el psicoanálisis. 

Todo mensaje en favor de la liberación de los cuerpos y las almas parece hoy en día más barato que nunca, como si se pudiera decir cualquier cosa sin que pasara nada. Francisco no será Juan XXIII, sólo le dejarán simularlo.     




Saturday, March 08, 2014




ANTONIO MUÑOZ MOLINA: 
LA EDAD DE LA RAZÓN

Recién concluyo Todo lo que era sólido, ensayo de Antonio Muñoz Molina al que expertos y lectores reconocen primeramente como novelista. He llenado mi volumen de subrayados y anotaciones; inútil intentar dar cuenta de ellos, necesitaría más que una reseña y, desde luego, mucho más que la entrada de un blog. 

Estamos ante uno de esos textos cuya lectura, más que aconsejable, diría que resulta imprescindible y, sobre todo, urgente. "¿Qué nos ha pasado?", se pregunta una pareja ante los pecios de un naufragio amoroso tan violento como inesperado. Este libro contesta a esa pregunta, nos asalta a empujones para que avivemos el seso y entendamos qué nos ha pasado a los españoles, hijos de una patria que se creyó ejemplo universal de conquista de libertades y emergente prosperidad; un país que en apenas un soplido se ha ido a la mierda, desmantelado sin contemplaciones por una recesión que ya no reconocemos como mundial ni llegada de ultramar: ya es nuestra crisis, ya sabemos todos -incluso quienes como el actual Gobierno rezan por el nuevo ciclo de bonanza caído del cielo- que esta debacle nos la hemos buscado nosotros. 

Lo que nos ha pasado, dice AMM, es que hemos vivido en el cervantino Retablo de las Maravillas. Los prodigios que los espectadores decían sin rubor estar viendo pasar eran mentira, todo fue un simulacro, el rey iba desnudo, la corte no era prodigiosa, sólo había caído en manos de los corruptos, pícaros sin gracia entregados a un pillaje impune. Cuando algún aguafiestas indocumentado denunciaba el trampantojo lo sacaban de la escena a tomatazos. Convertida la democracia en una bochornosa oligarquía de políticos y empresarios sin escrúpulos, España ha sido saqueada por unos cuantos como en el imperio del XVII, aunque contaban con la tolerancia y el beneplácito de una plebe hipnotizada por la demagogia y la esperanza de que les tocara algo de aquel oro que parecía olerse hasta en las chabolas. No había motivo para censurar a los corruptos porque todos estábamos destinados a forrarnos. Como en esas empresas en árbol que surgen de la nada para timar a la gente, cuando ha llegado el momento los más listos se han largado con la pasta y el resto se ha quedado con la deuda, el país en los huesos y el futuro echado a perder por décadas, quien sabe si para siempre. 
"Lo que era sólido"... en muy poco tiempo el sentido de las cosas que costó siglos construir saltó por los aires como una faluca arrastrada por una tormenta gigantesca. Creíamos haber dejado atrás ese pasado provinciano y humilde del que en el fondo nos avergonzamos y nos habíamos convertido en un país cool. Pero ignorábamos que los diarios extranjeros presentaban una España grata y de Almodóvar con la misma ligereza con la que después afirmaban que con la crisis aquí nos dedicábamos a rebuscar en los cubos de basura y la violencia se había apoderado de las calles.


Acaso tampoco este escrito tan enérgico no diga demasiado que no supiéramos ya. Y, sin embargo, la maestría con la que logra que nos reconozcamos en su lectura nos obliga a leer de un tirón hasta el final. No estoy seguro de compartir todas las conclusiones de Muñoz Molina. No creo ser un cándido, como él insinúa, por presentir valores épicos en aquellos defensores de la libertad que lucharon con la República y cuyos cuerpos asesinados terminaron en el olvido de las cunetas del franquismo; tampoco estoy seguro de que la izquierda traicione su laicismo cuando, una vez en el poder de los ayuntamientos, varió su posición respecto a ciertos actos religiosos y aceptó proteger, por ejemplo, las procesiones de la Semana Santa, un bien cultural que, como la arquitectura religiosa o los viejos códices, merece a mi entender resguardo institucional sin que tal cosa tenga nada que ver con los privilegios de la Iglesia o los pactos más inconfesables con el Vaticano. También, puestos a insistir en la loa a quienes durante los años del bonanza aceptaron valientemente quedarse solos en la resistencia frente a la corrupción y los abusos del poder, me hubiera gustado encontrar en las doscientas cincuenta páginas del texto alguna alusión al Juez Garzón, qué le vamos a hacer. 


Pese a ello, consigue convencerme y, por momentos, incluso conmoverme. No voy a olvidar fácilmente el pasaje, ya hacia el final del libro, en que confiesa su inquietud e insomnio en el apartamento de Nueva York mientras sus hijos pasan la noche en un campamento de los Indignados del 15M. A la preocupación de un padre por la seguridad de sus hijos se une la autoexigencia de reflexionar sobre lo que está pasando. Nadie lo esperaba: miles de personas quedaron en el centro de las ciudades para manifestarse y, en contra de lo que cualquier alguacil podía esperar, optaron por no volverse a sus casas y quedarse indefinidamente en las plazas públicas. La incapacidad del stablishment -el de derechas, pero también el de izquierdas- para entender nada, es esa la pista que nos revela que los acampados tenían razón en lo esencial: el país estaba siendo vendido y la ciudadanía guardaba silencio, acaso paralizada de terror o contagiada por la misteriosa hipnosis de quien -iluso- cree que el peor de los males no puede llegar y que la crisis es pasajera. 

¿Lo es? Nada está escrito, AMM insiste mucho en negarse a aceptar cualquier tipo de fatalismo como los que el Gobierno lleva años practicando; la especie de que "no se puede hacer otra cosa" es aún más nefasta que la del irresponsable optimismo que, desde el "todo es posible", llevó al crack. Lo que haya de pasar dependerá de nosotros, de nuestra voluntad para detener la corrupción, el despilfarro, la devastación de los servicios públicos esenciales. Acaso, y en esto el autor de Úbeda también es especialmente insistente, no hayamos sabido valorar las libertades y el bienestar cuando los disfrutábamos como bienes caídos del cielo, amnésicos respecto a lo mucho que en el pasado hubo que batallar metro a metro para conseguirlos. En medio del desastre, cuando sin duda estamos pasándolo muy mal y tiene pinta de que podemos ir a peor-siempre se puede ir a peor, la historia ofrece ejemplos rotundos a ese respecto-, llega el momento de valorar de verdad lo que nos queda. Vienen años de hierro, esto es muy claro, pero es posible que en ellos la incompetencia y la estafa habrán de tenerlo más difícil para disimularse bajo retóricas populistas y mantener la impunidad. 

"No tendremos disculpa si no hacemos todos lo poco y lo mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno, para que no se pierda lo que tanto ha costado construir, para asegurar a nuestros hijos un porvenir habitable, si no los alentamos y los adiestramos para que los defiendan. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón."