Curiosamente, el voto en blanco es un acto perfectamente legal que a nadie molestó en lo más mínimo hasta que se extendió. ¿Por qué estalla la epidemia de los "blanqueros"? No hay razón, parece, como no la hubo para la epidemia de ceguera que se escampó por la ciudad unos años antes, una historia de la que no se suele hablar, víctima de una asombrosa amnesia.
Tampoco -de vuelta a la no ficción- la tuvo el 15M. Los analistas pueden después jugar a que aquello era inevitable y decir que, si uno sigue con rigor la cadena de causas y efectos, fue incluso previsible. Pero la realidad es que nadie -ni los mismos protagonistas- podían esperar que las plazas de las ciudades se llenaran de Indignados, desencadenando uno de los fenómenos más misteriosos y fascinantes de la historia reciente de España. No sé si se ve a dónde quiero ir a parar, y no es necesariamente apuntarse al voto en blanco o el abstencionismo, aunque esta última opción resulte más justificable que nunca. Los ciudadanos llevamos encima el tostón de un interminable proceso poselectoral que se añade a la campaña previa y la interminable jornada de los comicios, con la retahíla de sesudos análisis de resultados y el baile de escaños del que, por lo visto, dependía que el sol no se apagase. No sé a ustedes, quizá sean masoquistas y yo un afectadizo, pero a mí me pusieron muy mal cuerpo los debates electorales televisivos, los a cuatro, los a nueve y muy especialmente, el a dos, ese en el cual nuestros brillantes estadistas se dedicaron a insultarse. (¿Por qué no se pegaron? Hubiera sido lo más honesto, y de paso algunos gurús del gonadismo nacional como Pérez Reverte se lo habrían pasado bomba)
Ahora, queridos amigos, se nos viene encima la misma plasta, es decir, un hatajo de personajes muy previsibles y muy poco interesantes reclamando el protagonismo absoluto en nuestras vidas durante muchas semanas. Me entra un hastío de pensarlo que sólo se van las ganas de huir al desierto por mi firme determinación de no concederles ni un segundo más.
"No hay otro remedio, no podemos pactar en estas condiciones". Es una forma más del pensamiento único, el célebre TINA (There is not alternative) de Margaret Thatcher, cuyo objetivo, propiciar un enriquecimiento aún mayor de las élites, se acompaña del sentimiento de impotencia al que se ven abocados los ciudadanos cuando interiorizan ese discurso. La derecha no tiene dudas, la izquierda lo acepta sumisamente o, como es el caso de la insurgente Podemos, dada su actitud en el tema de los pactos, me pregunto si no está ya en el camino.
No soy idiota, no hay pacto porque en el cálculo de beneficios que espera obtener cada partido con los distintos acuerdos posibles las cuentas no acaban de salirles. Da igual lo solemnes que sean sus discursos, todos protagonizan la misma mezquindad, la misma hipocresía: quieren vivir de la política durante el resto de su vida y, a ser posible, sin trabajar demasiado. A lo mejor es humano, el problema es que no va de eso la política, me parece a mí, vamos.
"Arreglénselas pero pacten, es su obligación ante nosotros, los ciudadanos". Me pasa a menudo eso por la cabeza últimamente, pero a continuación siempre me pregunto con maldad si no es esto precisamente lo que quieren... que vivamos en vilo pensando en ellos, que les supliquemos que cedan y se pongan de acuerdo para salvarnos a todos.
Me hago mayor, de manera que a veces sucumbo al escepticismo. Me pasan cosas raras por la cabeza, por ejemplo me pregunto por qué suspirar por un pacto de gobierno si al final va a ser la misma persona quien gobierne, es decir, Angela Merkel. Por cierto, ¿qué nombre le pondría a esta señora José Saramago?


























