Thursday, October 22, 2020

"DERECHITA COBARDE"


 Lo lamento por sus numerosísimos detractores y por algún amigo que ya he perdido por defenderle, pero Pablo Iglesias vuelve a tener razón: la culpa del ascenso de la ultraderecha la tiene, al menos en parte, el Partido Popular. 


Nada que objetar al comportamiento de Casado y su gente en relación a la moción de censura. Entendieron desde el principio que no iba contra el Gobierno sino contra ellos. Dado que la relevancia política del acontecimiento era nula -al menos si entendemos como político lo que afecta a los ciudadanos y no al interés de los partidos- no había otra que menospreciarlo en público y esperar a que escampara pronto y con las mínimas consecuencias. 


Nadie sino el PP podía salir perjudicado por estos días que han sido todavía más esperpénticos de lo que esperábamos. Sánchez sale reforzado mientras hay dentelladas en la derecha por encabezar la oposición, Iglesias revitaliza su perfil guevarista de luchador contra el fascismo y Abascal conforta a sus votantes demostrándoles que es igual que ellos, es decir, un tarugo. Solo el PP sufre con la comedia bufa de esta semana, y no le ha ido peor porque Casado ha entendido a tiempo, como advertimos en su discurso del jueves, que o marca las distancias con Vox o le hacen la pinza. 



Este procedimiento de pura supervivencia no salva a su partido, sin embargo, de las responsabilidades respecto al crecimiento de la bestia. O acaso no sea exactamente su partido, sino más bien la derecha española en general, la que debiera hacer un examen de conciencia respecto a la amenaza de que un grupo hostil a la democracia llegue a convertirse en una seria alternativa de poder. Alguien me podría decir que esto no ha ocurrido antes porque, en realidad, el PP contenía a esa derecha cerril, civilizándola en valores democráticos básicos y limando sus peores aristas. Esta hipótesis tiene a mi entender las mismas posibilidades de acierto que la contraria, es decir, que el PP ha mantenido en su seno el franquismo residual, protegiéndole de la extinción. 


En uno u otro caso, creo que estamos en un ciclo nuevo. A la sombra de Abascal se reaniman algunos viejos fuegos de nostalgia franquista, no hay duda. Pero el contexto es completamente diferente al del 23F y los nuevos incendios obedecen a causas nuevas, causas por cierto muy próximas a las que han animado a la derecha extrema en otras naciones europeas. 


De esa mutación, que afecta a todos los ámbitos de la sociedad y que no es nacional sino global, no tiene la culpa el PP. De lo que sí la tiene es de haber creído que podría usar ese nuevo impulso reaccionario en su favor, de ahí los numerosos pactos con Vox en diferentes gobiernos autonómicos y consistoriales. Ese cortoplacismo que lleva a obtener el poder donde sea y como sea, y la miopía estratégica de quien no ve que da de comer al monstruo que ha de devorarlo, lleva a la derecha a la circunstancia actual, la peor en que ha llegado a encontrarse desde los tiempos de Fraga. 



Pero creo que hay algo más, y es bastante siniestro. Si la ultraderecha ha tardado tanto en asomar en España no es porque no existiera, es porque estaba integrada en el sistema. Su electorado vivía satisfecho con los principios del aznarismo, sobre todo desde que don José María empezó a enloquecer y nos condujo a una guerra intolerable junto al zote de Bush. Siempre intuyeron que aquél era el partido de Manuel Fraga... Y tenían razón, la tenían incluso cuando se dedicaron a vender la panoplia del "partido centrado", que era desde luego una mentira pero que les sirvió para recoger a muchos votantes defraudados por abundantes razones con el felipismo.  


El deterioro económico, la revolución en los sistemas de información y comunicación, el proceso catalán, la inmigración o el creciente protagonismo de las mujeres o los homosexuales en la vida del país han propiciado una creciente irritación entre quienes no son capaces de asumir la complejidad de las sociedades contemporáneas. Quizá algunos hayan descubierto en estos días que Vox no tiene una sola propuesta factible o razonable. Ni es posible hacer lo que pretenden ni constituye solución a nuestros problemas. Por eso, si alguna vez alcanzaran el gobierno, no nos sacarían de Europa ni echarían al mar a los inmigrantes, aunque estos sin duda lo tendrían peor de lo que lo tienen. Lo que sí harían es lo que ya ha hecho Trump y lo que, en realidad, siempre hizo la derecha española y, con los matices pertinentes, el PSOE, es decir, proteger el capitalismo corporativo. O, si lo prefieren, el poder omnímodo del IBEX y del sistema financiero. 


Prefiero ver a Casado enviar a la mierda a Abascal que lo contrario. Pero ¿realmente los conservadores españoles están en contra de las ideas de Vox? En eso consiste el examen de conciencia que deben hacer. Otra cosa es que quieran hacerlo. 

 

Thursday, October 08, 2020

LIM


El Valencia es un club de fútbol con un siglo de existencia que despierta pasiones seguramente muy locales pero, acaso por ello, extremadamente exacerbadas. Sé por qué lo digo, he acudido desde los cuatro años a Mestalla y he estado en infinidad de bares donde la tele se corona con una bufanda del murciélago. Lo mío viene de familia, mi abuelo fue una de las celebridades fundacionales del club: un nieto de Arturo Montes deja de interesarse por el fútbol antes que dejar de ser valencianista. Conozco a muchos correligionarios. Y he descubierto que, en realidad, a todos nos viene de familia. Hemos presenciado noches gloriosas y también tumultos incendiarios. Somos, dicen, un pueblo entregado a la pirotecnia, pero yo creo más bien que lo que somos es pirómanos. En un momento de delirio, podemos pegar fuego a lo que más amamos, para de inmediato lanzarnos como bomberos suicidas para sofocar las llamas. 


Hace siete años, el valencianismo vendió su alma al diablo. A diferencia del pacto fáustico, en el cual se salta sin red con todas las consecuencias, las legiones que se entregaron con armas y bagajes a Peter Lim no quisieron asumir que Lucifer viene siempre a cobrar su deuda. El legendario club de la acequia árabe de Mestalla es ahora un ecce homo que se despeña hacia el infierno. Una deuda colosal en medio de una nueva crisis global ha convertido el Valencia en una sociedad anónima financieramente inviable. Si el sátrapa de Singapur aún no ha vendido es porque no hay quien compre semejante ruina. Ante tal escenario, el horizonte no puede ser más negro: ¿ley concursal y embargo de los acreedores? ¿Extinción societaria? 



"El Valencia es demasiado grande para caer", dicen algunos. Paco Lloret, uno de los chotos más razonables que conozco, inyecta ánimos a la tropa recordando que hemos salido de peores: "El Valencia sobrevivió a una guerra, a una gran riada y al descenso a segunda... Sobrevivirá también a esto". Creo que Paco peca de optimista. No sé de ningún gran club europeo que haya desaparecido por una guerra, por un desastre natural o por un fracaso deportivo, pero casos como el del Dnipro de Ucrania, el Parma de Italia, el Magdeburgo de Alemania, el francés Stade de Reims, los escoceses del Glasgow Rangers o, entre nosotros, el Real Zaragoza, demuestran que un colapso financiero sí puede conducir a un club a la desaparición o, en todo caso, a la absoluta irrelevancia. 


La forma más tópica de explicar esta catástrofe es aludir a la negligencia, cuando no a la deshonestidad, de una sucesión delirante de propietarios y gestores dignos de una comedia de Berlanga. La escena ha estado plagada de despilfarradores, megalómanos, trileros, farsantes e incompetentes. No todos los gestores del Valencia han sido nefastos, los ha habido honestos, laboriosos e incluso brillantes, pero han sido minoría porque, por sorprendente que resulte, cuando hombres buenos han dirigido el club siempre han proliferado turbas deseosas de destruirles, a menudo jaleados por algunos voceros mediáticos particularmente abominables. Un mito arrancado del Poema de Mío Cid gusta mucho a los celtibéricos porque les hace creer que son grandes vasallos y que quien no está a la altura es su señor. Pero no es cierto, el señor es un ilustre majadero, pero es el vasallo quien le puso la alfombra roja para que se adueñara del castillo. Este fenómeno en el Valencia no se inventó con Lim. Ya hubo anteriormente indeseables tiranos al timón... destrozaron en el club y eran valencianos; el de Singapur solo vino para liquidar lo que otros ya había dejado hecho jirones. Reconozcámoslo: fue el valencianismo quien aceptó una venta que equivalía a la prostitución del "sentiment" al solaz de un forastero cuyo aval era y únicamente su condición de oligarca financiero. 



Lim es una calamidad, ha mentido en todo, pero los primeros en mentir fueron quienes tanto se esforzaron desde el club por presentar su llegada como "la más grande operación económica de la historia del fútbol mundial". ¿Lo ven? Siempre la misma ridícula megalomanía. 


El futuro es negro, debo ser muy sincero y reconocer que ya no veo solución. Habrá quien siga esperando la venida de otro mesías financiero que nos salve; yo sospecho que antes o después habremos de pensar en la posibilidad de refundar el club. 


Todo esto a la mayoría de ustedes, queridos amigos, no les importa, pues o bien no son del Valencia, o mejor aún, tienen el buen gusto de no interesarse por este asunto tan baladí llamado fútbol. Permítanme por ello una reflexión al margen pero muy vinculado al asunto de este escrito. 



Si consultan wikipedia se harán una idea de cómo alcanzó Peter Lim la fortuna que le permitió aparecer en la lista Forbes de los tipos más ricos del mundo. Singapur, país que algunos consideran admirable por su capacidad competitiva y por su supuesta paz social, es en realidad un ejemplo de Estado autoritario. A lo largo de los últimos trescientos años los apologetas del capitalismo no han dejado de insistirnos en la asociación entre mercado y democracia. Mucho me temo que la emergencia del llamado "modelo asiático" le está dando una peligrosísima vuelta de tuerca a la historia del capital. Nunca fue un camino de rosas, pero si el capital siempre ocultó siniestras prácticas de dominación, el capitalismo asiático -ahora mismo liderado por China- implica el desenmascaramiento definitivo de los rasgos más autoritarios y feudales del juego del dinero.  


¿Saben por qué Peter Lim ha decidido liquidar el Valencia? Porque aún no hemos entendido que no somos eso a lo que se llama el "respetable público"... Somos sus siervos, o eso cree él. 


No sé si se dan cuenta de a qué nos enfrentamos. Lim desaparecerá y le olvidaremos. Es algo mucho más serio que un club de fútbol lo que corre peligro. 

Thursday, October 01, 2020

QUINO O MAFALDA


Diría que Mafalda nos ha dejado huérfanos con la muerte de su creador de no ser porque, en realidad, sus tiras cómicas dejaron de dibujarse hace más de medio siglo, cuando Quino era todavía un hombre joven. Esto no lo sabe mucha gente porque las tiras cómicas protagonizadas por esta niña argentina nos han venido acompañando después de distintas formas, sin llegar nunca a desaparecer del todo. Muchos creían, cuando se encontraban en un diario una tira que no habían visto antes, que era nueva y que Quino continuaba produciéndolas. Curiosamente, y pese a que Mafalda es considerada una de las bestias negras de la siniestra dictadura de Videla, Quino dejó de dibujarla en el 73, cuando, en cualquier caso, Argentina vivía igualmente sometida a uno más de los regímenes militares que han destruido una de las naciones potencialmente más ricas del mundo. Parece atravesar toda nuestra vida, pero, dado que empezó en el 66, puede decirse que tan solo vivió siete años. Antes y después de ese breve periodo Quino dibujó mucho, pero la mayoría solo somos capaz de reconocerle por Mafalda. 



Bien. Lo primero que se me ocurre es una pequeña maldad. Dada la epidemia de tristeza que ha causado en todas partes la desaparición del dibujante, me pregunto si no debería ir siendo hora de que los argentinos redefiniesen seriamente sus contribuciones al resto de la humanidad. La misma tierra donde se venera religiosamente a Perón o a Maradona ha dado a luz a personajes como Borges, Cortázar, Aristarain, Luppi, Darín o Quino. En cualquier caso es un problema que tienen ellos... Quino ya es universal. Y sus dibujos, por cierto, hablan español. 


Lo segundo que me interesa traer a colación es la célebre frase del citado Cortázar cuando le preguntaron qué pensaba de Mafalda: "Lo importante no es lo que pensemos de Mafalda, sino lo que Mafalda piensa de nosotros". Como mago del pensamiento a contra corriente, el autor de "Rayuela" capturó el quid de la cuestión: Mafalda es nuestra propia conciencia, el grito de asombro de aquel niño razonable que aún llevamos dentro ante lo absurdo del mundo que hemos construido como adultos. 



Mafalda mira el mundo con asombro e ironía,  filosofa, se hace preguntas, nos inquiere... También a los gobernantes, pero sin olvidar nunca que el escenario dentro del cual se mueven con tanta desfachatez lo hemos levantado entre todos. Esos gobernantes, amparados en la pueril magia del carisma, son venales, violentos, contradictorios, ciclotímicos... Más o menos igual que quienes les condujeron entre vítores al poder. Mafalda pregunta a los argentinos a qué carajo juegan, qué país quieren construir... Reconoce en su patriotismo desaforado los resortes de una sobreactuación tras la no hay sino el vacío moral, la injusticia, el fracaso colectivo, la traición de la modernidad. Mafalda no entiende a Susanita, que solo quiere ser una fémina como Dios manda y casarse, pero le perdona, no da más de sí. Pero es nuestra conciencia la que en la imagen de Quino no tiene derecho a encontrar paz. 


En cualquier caso, insisto, el país ya no está a tiempo de reclamar la propiedad de Mafalda, pues Mafalda es universal... o mejor: Mafalda encarna las contradicciones y las debilidades de las clases medias del mundo. Nos reconocemos en ella, o mejor, nos reconocemos en Dieguito, en Susanita, en los padres de Mafalda...


Tras la impertinencia, exquisitamente educada casi siempre, nos encontramos la voluntad de comprender... y acaso de perdonar. Mafalda -por contestar a Cortázar- piensa mal de nosotros, pero está dispuesta a ser condescendiente con nuestros pequeños vicios, nuestra cobardía, nuestra torpeza. Mafalda desde su "no puedo entenderos", sabe en realidad muy bien lo que se está cociendo. Su permanente perplejidad responde a que sigamos adelante con ello. 


Dijo Zygmunt Bauman que el mundo contemporáneo había sustituido el dolor de la represión por el de la esquizofrenia, mucho más acorde a la lógica de la posmodernidad. Superado el victorianismo, nuestra neurosis ya no proviene, como antes, de la represión de los instintos, sino de la desorientación, del vértigo que produce no saber quiénes somos. 



No lo saben los argentinos y no lo sabemos los españoles, aunque ambos hemos ganado mundiales de fútbol. Lanzados a una modernidad ultratecnificada, intentamos olvidar cuanto antes que somos dos pueblos de cabreros, falsos hidalgos famélicos que presumen de blasones que nunca tuvieron o que, en todo caso, se acompañaron siempre de hambre, de fanatismo y de violencia. 


Acaso es que aún no hemos aprendido a aterrizar. Es lo que Mafalda diría de nosotros. Me parece a mí, vamos. 



Wednesday, September 23, 2020

EL ESCARNIO


¿No lo han notado? los demás les juzgan. Lo hacen -o lo hacemos- con una colosal desfachatez. 


Deberían encasquetarnos a todos la peluca dieciochesca y la toga de magistrado... así dictaríamos sentencias a cada instante sobre nuestros semejantes y podríamos además exigir que se cumplieran. Ni el verdugo ni el vigilante de la guillotina darían abasto entonces, me temo; de nuestra firma saldrían ejecuciones a diestro y siniestro. No es verdad que solo juzguemos con severidad a los responsables políticos... también empuñamos cuerdas y cuchillos para enjuiciar la dedicación del presidente de la finca, del director del colegio, del conserje, de nuestro vecino...


La obviedad de que las calles, los caminos y las salas están repletas de personas viscosas y desagradables no elude dos evidencias que solemos olvidar. La primera es que un defecto, un acto equivocado o un mal momento no convierten a nuestro prójimo en un hijo de perra al que habría que colgar de un baobab. Voy a parecer un poco instructor de catequesis, pero es tan sencillo como desarrollar la virtud de la paciencia y acostumbrarse a perdonar. La segunda se le explica a los críos desde que adquieren algo parecido al uso de razón: "¿tú te has visto?"... en otras palabras, ¿somos conscientes de que lo que tan insoportable nos resulta en el comportamiento ajeno puede encontrarse en nosotros mismos sin que nos percatemos?



Tranquilos, no voy a insistir en mi habitual berrea contra la generalizada costumbre de echarle la culpa de todo a los políticos. Aunque sí, sigo pensando que tiene que ser difícil tomar decisiones cuando uno parece rodeado de distintas jaurías, todas deseosas de responsabilizarte de sus males. Yo me refiero más bien a ese hábito cotidiano tan extendido entre los españoles por el cual, a poco que hacemos grupito, nos entregamos al escarnio de nuestros semejantes más cercanos. 


Se me ocurren varias causas. 


De entre los simios, parece que al que más nos asemejamos es al chimpancé, que resulta ser el más social de los monos superiores. Eso, y las bondades del clima hispánico, explican por qué nos gusta tanto hacer comandita en los parques, el bar o los corredores de la oficina para crujir a todo cristo. Hay otro factor. Para formar una camarilla, o, como dicen los adolescentes, una pandilla, hace falta establecer formas de inclusión tanto como de exclusión. "Nosotros somos los guais de la fábrica, o del claustro, o del equipo", lo cual supone que vais a poner a parir a todos los demás, pues no son como vosotros. Condenamos con mucha soltura el racismo, el fanatismo, el egoísmo... pero esperamos encontrarlo en ayatolas y vampiros que habitan en exóticas montañas, sin querer advertir que todas las simientes del Mal están en la única intolerancia que no deberíamos permitir: la nuestra. 


"No juzguéis y no seréis juzgados", afirma Jesús de Nazareth. Pero me parece más elaborada esa aserción, últimamente muy mentada, que se atribuye a los cuáqueros: "Un enemigo es alguien cuya historia aún no has escuchado".  


A ver, no aspiro a la beatificación ni creo aquello de que todo el mundo es bueno: hay mucha gente que se cruza a diario con nosotros y que sólo merece una profunda repulsión. Algunos viven en barrios bajos, se dedican a la delincuencia y venden drogas en la puerta de los colegios; otros llevan guantes blancos... esto ya lo sabemos de sobra. Lo que yo cuestiono es lo barata que se vende la facultad de juzgar, y de hacerlo preferentemente en grupo y de forma sumarísima. 


Verán, yo no he estado en una cárcel, no he vivido en ciudades sometidas a una atroz inseguridad, no he sido torturado por un marido violento. Para ser justo, creo que he tenido en general una vida bastante confortable, pero me han pasado algunas cosas y he ido a algunos sitios. Piensen por un momento en la conserje del colegio a la que guardan rencor porque ha sido desagradable con ustedes o porque lleva una banderita en la mascarilla que les desagrada. Ahora imaginen que sale del patio de una finca destartalada en un suburbio con tres críos. Del padre o padres de los susodichos no sabemos nada. Puedo elucubrar sobre las razones por las que esa mujer ha llegado a esa circunstancia ante la que, a mi entender, exhibe un heroísmo que nadie reconoce pero del que yo sería probablemente incapaz. Puedo creer que ha cometido errores o conformarme con pensar que ella se lo ha buscado, pero son personas así las que sostienen el mundo, aunque no se suele hablar de ellas en las noticias. 


"Es un impresentable...", "es un gilipollas" o, como dicen mis alumnos, "qué asco de pavo"... Yo mismo he usado este tipo de expresiones en innumerables casos, sobre todo cuando era joven. Te ibas a tu casa a ver la Copa de Europa pensando que eras mejor que los demás y esperabas a que tu madre te hiciera la cena mientras despotricabas contra el mundo. 


Y hablando de madres. Recuerdo la noche en que vi, segundo a segundo, cómo parían a mi hija. Desde entonces se me han quitado las ganas de meterme con ninguna mujer que haya sido madre. Tampoco con las enfermeras que asisten a los partos. ¿Han visto cómo se encuentra una persona en medio de un tratamiento de quimioterapia? ¿Han tenido alguna vez miedo, miedo de verdad, a que los maten unos mafiosos? ¿Han sido objeto de una violencia atroz sin poder resistirse? ¿Les ha abandonado un amante dejándoles sin casa y con lo puesto?


No debemos ser tolerantes con cualquier cosa porque el mal existe, desde luego. Pero deberíamos pensárnoslo dos veces antes de entregarnos al escarnio a tan bajo precio como solemos hacerlo. A lo mejor deberíamos esperar a escuchar la historia de la persona a la que con tanta ligereza escarnecemos. 

Friday, September 18, 2020

ESE MALENTENDIDO QUE LLAMAN ÉXITO


Leí hace años un ensayo muy útil titulado "Cultura mainstream", de Fredéric Martel. El libro ofrecía exhaustiva respuesta a la pregunta que se formulaba en el subtítulo -"Cómo se fabrican los fenómenos de masas"-. En la portada, como logos de un tetrabrick, se amontonaban las universalmente reconocibles imágenes de Michael Jackson, el Capitán Sparrow, El Rey León y Shakira. 
 


¿Cuáles son las claves de la celebridad? Teniendo en cuenta la cantidad de personas dueñas de talento y ambiciones que uno ha ido conociendo desde crío, y sabiendo que a menudo los que disfrutan de fama y fortuna son a menudo auténticas medianías, podemos concluir que dichas claves no existen o, en todo caso, constituyen un proceloso laberinto. No creo sin embargo que sea imposible, como lo demuestra el libro antes aludido, explicar cómo alcanzan el éxito -ese gran "malentendido"- cantantes, presentadores de televisión, actores o tertulianos. Pero, ¿y en el ámbito intelectual? O, más concretamente, ¿y en el de la literatura? 


Durante los años noventa, los editores españoles sabían sobradamente que una novela de Terenci Moix o de Antonio Gala era necesariamente un best seller. Algo similar ha venido ocurriendo después con otros como Ruiz Zafón, Pérez-Reverte o, recientemente, María Dueñas, Santiago Posteguillo o Julia Navarro. Ni uno solo de estos exitosos escritores cuenta con los beneplácitos de eso a lo que se llama la crítica. Se diría que si uno desea un entretenimiento ligero lee las novelas de todos estos señores. Son eficaces productores de novelas fáciles, de igual manera que, a nivel internacional, lo son Ken Follet, Dan Brown o Noah Gordon. No parece que uno tenga, como lector, grandes problemas en prescindir de tales lecturas. Jamás me burlo de nadie que tiene el coraje de leer de sacar del bolso un libro en el metro y ponerse a leerlo, aunque sea El código Da Vinci. Ahora bien, son las novelas que Umberto Eco llama "problemáticas" las que puedo lamentar no haber leído... Todavía... porque siempre me queda pendiente la lectura -o la relectura- de aquellas novelas que tengo razones para considerar geniales. 



Es aquí donde llega el problema. ¿Qué novelas son realmente "buenas"? No soy capaz de ofrecer una respuesta satisfactoria; no suelo pontificar sobre casi nada... menos lo voy a hacer sobre esto.


No sé si recuerdan cierto episodio televisivo especialmente violento y desagradable que se dio en un programa en el que Sánchez-Dragó juntó, de forma harto imprudente, al crítico y poco exitoso novelista García Viñó con Vicente Molina-Foix. Aquel maltrató a éste espetándole que podía "demostrar que es usted un mal escritor". Acabaron a hostias, literalmente (nunca mejor dicho). Joaquín Sabina, que presenció el incidente, dijo con indudable ingenio que aquel día entendió aquello que le decían de pequeño que "la letra con sangre entra". 


A mí el tal García Viñó me pareció aquel día, y cualquier otro en que le haya escuchado, un maleducado, un loco, un fascista y un resentido. Y aquí llega el problema. Lo poco que he leído de Molina-Foix me invita a pensar si después de todo aquel espantajo tenía razón. Molina-Foix no merece la bofetada que le dieron, pero sospecho que tampoco merece mi tiempo como lector. De igual manera, me pregunto si algunos de los destinatarios predilectos de los libelos de Viñó, como Javier Marías, Almudena Grandes o Antonio Muñoz Molina, incuestionables autores de éxito, son realmente dignos de la aureola que poseen. 


Este es el quid del asunto. Viñó denunciaba con enfurecida insistencia "la dictadura de las letras" a la que Prisa, a través de sus muchos y poderosos canales de difusión, especialmente el suplemento Babelia, había sometido a los lectores españoles. Así, la industria cultural habría sido a sus ojos la criatura secuestrada por el diario El País, causante de la entronización de una impresentable novelística-basura que, al contrario que muchos de los "escritores fáciles" que reconocemos con facilidad, gozarían de un inexplicable prestigio literario gracias a la maquinaria propagandística creada por Juan Luis Cebrián. 


¿Y bien? Pues miren, no lo sé, no sé qué decirles. He leído mucha narrativa a lo largo de mi vida, pero creo carecer de criterios tan sólidos como para efectuar aseveraciones maximalistas sobre el asunto. Recomiendo a mis alumnos leer a Cervantes, a Galdós y a Baroja, aunque no me molesta que lean a Dan Brown, porque eso supone que leen algo. A mis allegados les explico por qué leo a Javier Cercas, Eduardo Mendoza y Luis Landero y por qué hace tiempo que he decidido no conceder más oportunidades ni a Muñoz Molina ni a Marías. Soy muy limitado... pero soy libre, creo, y empleo como estimo conveniente el tiempo de la única vida que voy a tener 

A mí no ha de convencerme García Viño de que el mundo en general y la industria editorial en particular tienen mucho de farsa gigantesca, un star system cuya lógica está regida por banalidades, luchas de poder y sugestión publicitaria. Esto no significa que todo, todo, sea una mentira. Quizá Millás no sea un gran novelista, pero es un maestro de los artículos breves. A lo mejor Elvira Lindo está sobrevalorada como novelista, pero a mí me parece una señora sensible, simpática e inteligente. 



Concluyo. Lo que ha desatado este escrito es el impacto que me causó recientemente una entrevista de Jesús Quintero a Gala de 2013. Ayer la volví a ver. Jamás he leído a Gala, y seguramente nunca lo haga. Siempre me pareció un buen conversador nocturno, aunque nunca terminé de creerme sus devaneos amorosos entre camelias y perrillos tiernos. Se deslizaba siempre a mis ojos demasiado fácilmente hacia la cursilería. Bien, pero aquel no fue uno más de tantos diálogos entre Quintero y su ídolo. Gala arrastraba un cáncer de difícil extirpación y parecía convencido de estar al borde de la muerte. Nunca hasta entonces detecté tanta humanidad, tanto escepticismo. Cada sonrisa amarga, cada desplante al entrevistador, cada desafío a los políticos, cada expresión de decepción y amargura... me lleva a reconocer en Gala, al fin, la sabiduría de un ser humano que renuncia a todas las imposturas. Dice ya creer solo en la belleza y en Andalucía. Nada sobre su legado literario, ningún respeto a la vida... y ese misterioso sentido del humor que algunos sostienen al filo del abismo. 


No sé, yo les aconsejaría que leyeran aquello que les emocione. Por lo demás, no se pierdan la entrevista a Gala. Es una pequeña lección de sabiduría. Del escritor y de Quintero, claro. 

Monday, September 07, 2020

ANTE LA EMERGENCIA

 


Creo que fue el Presidente Kennedy quien sugirió a los ciudadanos que dejaran de pensar qué podía hacer América por ellos y se plantearan qué podían hacer ellos por América. 


Llegados a este punto en el asunto del covid, una película que, sospecho, va para largo y aún no ha vivido sus momentos más turbulentos, me pregunto si no deberíamos asumir la aseveración de JFK y reducir el volumen de la indignación, la exigencia y, por supuesto, la tentación conspiranoica. Es cuestión de salud mental, como mínimo tan importante como la corporal. Pero se trata, sobre todo, de recordar que formamos parte de una comunidad, no ya nacional sino planetaria, y que ganaríamos todos si cada uno nos tomáramos el asunto en serio y asumiéramos que es momento de ayudar a quienes gobiernan a buscar soluciones. Seguramente hacen mal su trabajo, pero no estoy seguro de que los ciudadanos estemos rayando a gran altura... Incluyo a tantos aspirantes a mesías que, tan desnortados como Miguel Bosé, parecen haber descifrado no sé qué Gran Secreto sobre la pandemia al que no accedemos los mediocres, tan habituados al confort de dejarnos manipular por la versión oficial de las cosas. 


En pro de esa salud mental que parece no sobrarnos he de referirme a un autor en quien confío y cuyas numerosas publicaciones sigo con gran interés, José Luis Villacañas. En su último ensayo, "Neoliberalismo como teología política", asistimos a un ejercicio de análisis del capitalismo contemporáneo que exhibe una demoledora potencia intelectual. Dado que el grueso del ensayo merece mucho más espacio, me referiré a su post-scriptum o epílogo, donde el profesor Villacañas se refiere específicamente al asunto covid. Debemos tener en cuenta que ese escrito que completa el ensayo se elabora en primavera y acaso con urgencia, cuando todavía nos hallábamos confinados y sabíamos mucho menos del asunto de lo que sabemos ahora. Aún así, la actitud y los principios con los que el autor propone afrontar el problema me siguen resultando sumamente útiles. Me inspiraré en los esenciales. 



Lo primero que aconseja es no caer en la imprudencia del maximalismo y los juicios apresurados. Ahora podemos pensar que esto no podía dejar de haber pasado, pero la realidad es que nadie lo esperaba y es bastante lógico que no nos sintiéramos preparados. El covid es lo que nos está pasando ahora mismo, nuestra visión se está construyendo con la evolución día a día del problema. De momento, y pese al mezquino desprecio de algunos sénecas hacia los aplausos en los balcones durante los días del encierro, podemos extraer una esperanzadora conclusión: es el pueblo "menor" el que nos ha salvado. En otras palabras, no han sofocado los primeros incendios los gobernantes ni Wall Street ni Amancio Ortega. Han sido los sanitarios -muchos de los cuales se han dejado el cuello en el empeño- además de los labradores, los cajeros y reponedores del supermercado, los transportistas, las madres, las señoras de la limpieza... 
Quien tenga carencias de vocabulario puede llamar a esto demagogia. 


Los gobiernos han fallado, claro que sí, ya tenemos asumido que la función de los gestores es que dispongamos de alguien a quien echar la culpa por lo que todos hacemos mal. Pero, joder, reconozcámoslo, no es fácil ser Pedro Sánchez. Durante los meses de verano la derecha publicaba manifiestos acusándole a él y a Iglesias de aprovechar la excusa de la pandemia para imponer poco menos que una dictadura estalinista. Ahora que, en parte por la presión de los poderes económicos y para salvar el negocio estival, nos dejan deambular pidiéndonos tan solo que usemos mascarilla, resulta que muertes y rebrotes se le apuntan a Pedro, a quien desde la "derecha profunda" tratan poco menos que de genocida. 



La contradicción economía/confinamiento... ¿es de Pedro Sánchez, o es más bien la derecha la que no se aclara? A lo mejor el problema es que no se atreven a decir en este momento lo de hace años, cuando la Recesión: "habéis vivido por encima de nuestras posibilidades"... aunque siguen pensándolo. O, como dijo aquel ministro japonés, que llegamos a demasiado viejos y nos empeñamos en no morirnos, lo cual es un desastre para un modelo como el neoliberal, para el cual las personas solo tienen valor en tanto que productivas y rentables. 


Y, ya que nombramos a los neoliberales, es cierto que no pasan por su momento de más credibilidad... Pero están agazapados, saben que su convicción más profunda, el darwinismo social, se está cumpliendo ahora con toda la crudeza. No pueden decirlo, claro, pues la doctrina que santifica el mercado se hizo hegemónica desde la promesa de una vida próspera y gozosa. En medio del dolor y la muerte, sin tan siquiera la expectativa de adquirir productos que aplaquen nuestra ansiedad, el neoliberal teme que el lado oscuro del mundo que gobierna quede demasiado a la intemperie, a la vista de todos. 


Lo que Villacañas pretende es la aplicación del principio antagónico: la cohesión del grupo, que tiene tantas posibilidades de emerger ante la muerte como el despiadado darwinismo del sálvese quien pueda. En ese sentido, "civilización" significa justamente lo contrario de la pretensión neoliberal. Frente al neoliberalismo, Villacañas propone  la recuperación del ideal republicano, que podríamos concretar, a partir del principio de una básica igualdad, en una serie de exigencias de soberanía popular relativas a la alimentación, la vivienda y, ahora con más razón que nunca, la sanidad. Quizá haya hecho falta una pandemia como la que nos ataca para que empecemos a entender que dejar a muchos de nuestros conciudadanos desprotegidos revierte sobre todos los demás. Por eso sigue sobre la mesa la cuestión de la renta básica, entre otras similares. 


Claro que siempre podemos recurrir a los nuevos amos que nos proporciona el populismo reaccionario. Pero, sin equivocarnos, porque la justifica social que prometen los Trump, Bolsonaro o Le Pen no supone sino una exacerbación del ideal de la lucha económica absoluta, el mercado sin trabas, el poder de los tiburones financieros sin semáforos ni diques de contención. "Impulsos tanáticos", los llama Villacañas pescando en las aguas de los textos fundacionales del psicoanálisis. Tras el principio light del placer que satisface como nadie el neoliberalismo, lo que concurre en el lenguaje agresivo de los demagogos son el sadismo, el supremacismo o el autoritarismo. Y ahí, sin duda, el capital tiene un problema, pues cuando ya no es capaz de disimular sus mecanismos menos democráticos empieza a parecerse peligrosamente a sus más feroces competidores, los ex-comunistas asiáticos. 


En este sentido, el covid aparece como una nueva vuelta de tuerca en el largo proceso de deterioro de la hegemonía norteamericana. China es más eficaz ante la crisis porque, pese a los amagos de protesta, su "hard power" genera legitimidad y obediencia más fácilmente que los USA, donde el racismo, la libertad de armas o la violencia policial forman parte del problema mucho más que de la solución. 



Tampoco Europa, siempre según Villacañas, está como para presumir demasiado ante la tormenta. Como nos han enseñado Piketty y otros, la construcción de una unidad económica desde una misma moneda pero sin unificar las políticas fiscales es un suicidio. No ha habido en el viejo continente una estrategia alternativa al neoliberalismo, no hemos sido capaces de crear una auténtica ciudadanía europea porque se nos ha encastillado en la lógica del homo economicus. Esa tarea, que acaso no está lejos de la que se propuso el viejo Kant para las comunidades ilustradas, sigue quedando pendiente. Si no la resolvemos, dice Villacañas, seremos sometidos. 

Sunday, August 23, 2020

PUTO BLANQUITO

El veneno reaccionario no se aloja solo entre tertulianos cerriles, en la prensa más turbia o en la TDT party. En este país abundan -o acaso es que se hacen notar mucho- esos machotes permanentemente enojados, que lo mismo sacan la rojigualda del toro bravo al balcón cuando juega el equipo nacional que cuando los "moros" del barrio quieren construir una mezquita. 


Atiendan. Les traslado uno de esos ejemplos, entre muchos otros posibles, de los que se da a sí mismo el reaccionario para deslegitimar a la izquierda. (Ello no sería malo en sí mismo, seguro que la izquierda merece muchas críticas. El problema es que a menudo, lo que pretende el reaccionario -y precisamente por eso es reaccionario- es desactivar la lógica de los derechos humanos, cuyo horizonte es siempre la denuncia de aquellas prácticas que hacen el planeta más injusto y menos habitable)  


M.Harrell es un afroamericano que juega en la NBA. En un partido reciente, tras un enfrentamiento con el esloveno Doncic, le llamó "puto blanquito cobarde". El contexto no es el más oportuno: los jugadores de la NBA están llevando a cabo una campaña muy intensa contra el racismo a raíz de los incidentes provocados por el asesinato de George Floyd. Por cierto, la participación de los baloncestistas blancos en la campaña está constituyendo un ejercicio de respeto y solidaridad... Al Presidente Trump le debe estar sentando como un tiro. O no. Porque tampoco descarto que vea en los incidentes, intensificados en los últimos días por las muertes en Wisconsin, una oportunidad para presentarse como el gran gendarme que va a poner en su sitio a los "alborotadores" que osan ocupar las calles manifestándose contra el racismo.  


Es sabido que la mayoría de los participantes de la mejor liga de baloncesto del mundo, y desde luego sus mayores estrellas, son de raza negra. Así, al contrario de lo que sucede en otros ámbitos de la vida, el blanco tiende a sentirse como una minoría. No tienen que explicármelo, yo ya he visto anteriormente en jugadores negros de la NBA comportamientos como el de Harrell. Aquí viene el debate: "¿por qué no sancionan a Harrell?" Entendemos que las autoridades de la NBA no dudarían en hacerlo sin Doncic hubiera llamado "puto negro" a Harrell. "¿No quedamos en defender la igualdad?"


Es este el punto en el cual el reaccionario se siente fuerte. Cuando el supuesto progresista contesta, no suele resultar convincente. Arguye que la misión de las instituciones es proteger a los débiles: no se puede perseguir igual el gesto racista de un negro porque la práctica estructural del racismo se dirige desde los blancos hacia los negros. Esto significa que las injurias de Harrell a Doncic provienen de una víctima, por lo cual tienen la justificación del comportamiento defensivo. No hay que castigar a Harrell, no al menos como se castigaría a un blanco en idéntico caso. Es la misma razón por la que no se puede aplicar el agravante de género a un comportamiento violento de una mujer hacia un hombre. 




¿Les convence? El problema no es que se trate de una explicación sesgada y mal elaborada. El problema es que no convence a nadie, y menos al reaccionario. 


Vengo diciendo desde hace mucho que tenemos un serio problema con la corrección política. No es porque sea inadecuada y haya que destruir sus iniciativas, sino porque sus excesos, que en muchos casos llegan al ridículo, se han convertido en un factor legitimador del discurso reaccionario. 


¿Debe sancionar la NBA a Harrell? Desde luego, y con dureza, la misma dureza con la que habría de sancionar a Doncic si hubiera llamado "fucking nigger" a Harrell... Ni más ni menos, pues se trata en ambos casos de odio étnico. Los mecanismos que gobiernan el surgimiento del racismo no son privativos de una u otra comunidad. El racismo blanco en Norteamérica tiene raíces profundas, pues la nación se construyó desde la esclavitud o el exterminio de otras poblaciones. Los negros son racistas como respuesta a esa larga historia sangrienta.  No obstante, cuando se encuentran en situación de superioridad, tienden también a desarrollar formas de intimidación o de exclusión. Y así es con todas las comunidades -judíos y gentiles, gitanos y payos, musulmanes y cristianos-, porque el simio que somos tiende a rechazar al distinto, a perpetuar los privilegios y a tomar venganza contra inocentes cuando no se siente justamente tratado por el mundo.  


Ahora verán a donde quiero ir a parar. En estos días se habla mucho del asunto de Harrell. Circula entre reaccionarios indignados información respecto a  casos en que una mujer denuncia falsamente a un maltratador. O esos otros en los que un inmigrante comete un robo y cuando la policía lo detiene tiene la desfachatez de gritar que lo esposan "porque sois unos racistas". La lista de agravios, si escuchamos a los votantes de Vox y reaccionarios en general, es interminable: los okupas se instalan en tu casa y las leyes se lo permiten; los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo y a delinquir, saturan los hospitales públicos, les regalan una casa o les dan pensiones por hacer el vago; los homosexuales ocupan las instituciones para adoctrinar a nuestros hijos con la ideología de género... 


Pongo puntos suspensivos porque el etcétera no tiene fin. En tierras como la mía, donde existe una lengua vernácula y claramente minorizada, el valencià, la indignación reaccionaria insiste hasta el hastío en los supuestos privilegios que obtiene la lengua que las instituciones, cuando son gobernadas por la izquierda, decide proteger. 


Déjenme, a modo de conclusión, que les cuente algo. Tengo un amigo de Ondara, un pueblo alicantino donde hablar valenciano es lo natural. Yo le revelé un caso en el que un defensor de la lengua había actuado de una forma que yo consideré abusiva contra un castellano-hablante. Manolo, que así se llama el de Ondara, me contestó que sí, que mi indignación era razonable, pero que "por cada ataque que tu me cuentes como ese yo te puedo contar veinte en la dirección contraria". Joder, "tenía tota la raó". Me ha bastado desarrollar durante mi vida una mínima conciencia a favor de la lengua de mis abuelos para darme cuenta de que, una y otra vez, lo que se "naturaliza" es el desprecio del valencià y el abuso por parte de la cultura dominante. Sin embargo -o a lo mejor precisamente por eso, porque el castellano domina- los excesos que perjudican al sector mayoritario son los que arman más ruido y desencadenan la indignación reaccionaria. 



Apliquen el caso que les he referido a otras muchas situaciones. Harrell es un racista y debe ser sancionado. Pero, no se engañen, por cada práctica abusiva de un negro de la NBA sospecho que podríamos encontrar cientos de miles de prácticas de racismo estructural. Éstas son tan comunes, se han naturalizado de tal manera en los EEUU, que parece que lo radical es hacerse cuestión de ellas. 


Pregúntense por qué Trump llegó a la Casa Blanca y por qué es tan importante desalojarle.