Wednesday, July 15, 2020

ENSEÑANZA POR ÁMBITOS. NOS LA HAN VUELTO A COLAR.

Me hago viejo sin delicadeza, como diría Sabina. Por eso me enfurruño a menudo ante el eterno retorno de las viejas infamias, por más que intenten disfrazármelas; por eso también me aferro a mi antigua independencia, ésa que me permite vivir y pensar sin ataduras. Me equivocaré a menudo, seguro, pero a mí no van a maniatarme con la mezquindad del partidismo. Voté a la izquierda en las primeras elecciones y volví a hacerlo en las segundas; procedí en el mismo sentido en las sindicales que afectaban a mi ramo profesional. 

Trataré de ser claro y conciso para no aburrirles con los tecnicismos ni los detalles propios del ejercicio profesional en el que me desempeño  desde hace más de un cuarto de siglo.

Hace aproximadamente tres décadas -creo que Solana era el Ministro de Educación- el Gobierno del PSOE trató de colar las llamadas "asignaturas afines" en los centros. En la práctica suponía que un profesor de Francés o de Filosofía podía dar Geografía o Lengua, o que uno de Ciencias Naturales podía dar Física o Matemáticas. La comunidad docente, acertadamente, se opuso enérgicamente a la medida y terminó ganando en los tribunales. La razón es sencilla: si soy especialista en una materia que he cursado en la universidad correspondiente o he aprobado las oposiciones para dicha materia, va en detrimento de la calidad de la enseñanza que me pongan a impartir otra que no domino. Pueden ofertarme los cursos de reciclaje que quieran, pero háganse una pregunta: ¿quieren que a su hijo le dé clase de Matemáticas un experto en Física? Ustedes no lo quieren y yo tampoco, lo que yo quiero es dar la materia que domino... Sencillo, ¿no?

Pues bien, nos acaban de meter otro decreto de afines, aunque el Ministerio de Celaà, y por ende la Conselleria valenciana, lo está disfrazando con todo tipo de ridículos revestimientos supuestamente pedagógicos. El curso que viene, es decir, en poco más de un mes, los primeros de la ESO se impartirán íntegramente por "ámbitos didácticos". Eso supone que el mismo profesor pasará tres horas diarias con un grupo de primero impartiendo diversas materias, las que domina y las que no. Así, yo, que soy experto en Filosofía e imparto Valores Éticos en dicho curso, podré dar el próximo curso Geografía o Valenciano, y que un físico podrá dar matemáticas o naturales. No hace falta deducir que se está abriendo una puerta peligrosa al deterioro de la calidad de la enseñanza. Ya lo han dicho los líderes políticos, por cierto, con la misteriosa aquiescencia de los sindicatos mayoritarios, esos que dicen representar a los profesionales docentes. Anuncian que esto que se empieza a hacer en el País Valenciano es solo un adelanto de lo que supondrá la próxima ley marco de educación para el conjunto del Estado. En Valencia, un responsable político de primer nivel ya anuncia que su intención es que el sistema no solo se aplique el año que viene en Primero y llegué al siguiente a segundo, sino que podría universalizarse para toda la ESO. 

Las razones que se aducen resultan sonrojantes, al menos para alguien como yo, que sabe sobradamente cómo es un aula y a que huelen la tiza y la pizarra. Se nos dice que los alumnos llegan de primaria y, al iniciar la ESO, se desorientan por el exceso de profesores. Es mejor, indican, que tengan al mismo durante muchas horas. Yo creía que los chavales salían de la primaría para empezar a dejar atrás la etapa infantil, yo tuve muchos profesores especialistas en la EGB desde los diez años y jamás me pareció un problema. Lo que sí me parece un problema es tener ratios de treinta alumnos, cada uno con su problemática singular, y que se me pida que los atendamos a todos desde el horizonte de la integración y la inclusividad. 

Venimos pidiendo desde hace muchísimo que se reduzcan las ratios y que aumenten los desdobles -grupos que se parten en dos para determinadas asignaturas-, pues con la cantidad de alumnos a los que yo imparto clase actualmente es imposible darles la atención personalizada de la que tanto y tan hipócritamente presumen los gestores. Hemos pedido que nos reduzcan las horas de docencia directa, que no de trabajo, pero cada vez que se anuncia que los incrementos provocados por una crisis económica para ahorrar personal se van a tirar abajo, resulta que viene otra crisis y no solo nos bajan las horas de clase sino que además nos las vuelven a aumentar. 

También se nos ha dicho que alumnos que, por la pandemia, llevan seis meses sin docencia directa, necesitan una medida como ésta. La pregunta es ¿por qué? Si fuera una medida de urgencia y de tipo provisional no nos estarían advirtiendo que la cosa viene para quedarse y que es poco menos que la panacea para resolver los problemas de la educación en España. Precisamente porque el curso que viene va a ser problemático, ¿no sería mejor plantear la docencia tal y como la venimos ejerciendo sin tener que cargar con novedades para las que no estamos preparados? ¿Se han preguntado los gestores del tripartito valenciano, si esto empieza el 6 de septiembre, cuando me voy a preparar para dar materias que no domino?

Mienten, y mienten porque, para empezar, no tienen el más mínimo respeto por los profesionales de la docencia. Jamás nos preguntan qué queremos para mejorar la vida en el aula. No me sorprende porque precisamente los autores de ocurrencias como ésta suelen ser personas como el actual ideólogo de la Conselleria d´Educació, Miquel Soler, convicto logsiano que no ha pisado un aula desde que era un imberbe. Recuerdo la mañana en que Soler, en pleno gobierno conservador, pasó por mi centro y nos ilustró sobre lo que todos sabíamos: que el PP quería liquidar la educación pública y que había que ayudar al PSOE a derrotarles. 

A día de hoy mi sensación es que el gobierno de la educación en el País Valenciano es un desastre. Si hubiera sabido cuáles eran sus planes no les hubiera votado, ni siquiera para derrotar a una derecha contra la que me he puesto en huelga y manifestado en infinidad de ocasiones. 

Me duele escribir esto, pero creo que la democracia para la inmensa mayoría de los políticos solo vale para subirlos a ellos al poder. Una vez lo tienen ya solo es un fastidio. Por eso van a imponernos esta bazofia sin tan siquiera preguntarnos. En cualquier caso no serán ellos los que tengan que habérselas con el alumnado, seremos nosotros, en especial los de los centros públicos, que serán, una vez más, los que más dañados se vean con esta medida. Así, con cada vuelta de tuerca, deterioran la educación, debilitan la resistencia académica del profesorado y alejan más y más la escuela de su objetivo central: ser un ascensor social y combatir una brecha social creciente. 

Hala, a seguir produciendo mano de obra barata e ignorante. 


Friday, June 26, 2020

LAS RAZONES DE NAOMI KLEIN.... Y LAS NUESTRAS.




Empezaré este escrito con una confesión autobiográfica, lo cual está muy en el estilo de Naomi Klein. En el encabalgamiento entre los ochenta y los noventa, pasé por una etapa de profunda desorientación intelectual y moral. Algunas lecturas mas entusiastas que bien digeridas y ciertas experiencias personales más o menos traumáticas, se unieron a un trasfondo de acelerada degeneración de la democracia entendida como lógica de partidos. El felipismo, aunque nunca dejaré de concederle ciertos méritos, hizo más de lo razonable por subvertir el principio de la superioridad moral de la izquierda. Si no había tenido bastante con la OTAN y los GAL, sin olvidar toda la retahíla de corruptelas que salpicaron de escándalos la última década del siglo, a mí terminó de abrirme los ojos aquel personaje nefasto que fue Carlos Sochaga, quien anunció -y se quedó tan pancho- que España era "el país del mundo donde más fácil es hoy hacerse rico". Vamos, que fue como decirnos que aquello del socialismo solo era un espantajo para ganar elecciones, y que si nos lo habíamos tragado era problema nuestro ser tan cándidos.  

La Caída del Muro y la "descongelación de las libertades" -Baudrillard dixit- en el antiguo Telón de Acero, terminaron de consolidar la hegemonía mundial norteamericana y dieron sentido a aquello del "pensamiento único", según el cual la economía de libre mercado era incontestable. Como dijo Margaret Thatcher, "There is not alternative". La Revolución Conservadora dibujó el mapa de la globalización a partir de esa consigna tan tóxica, la cual proclama la imposibilidad misma de la política, pues contiene la renuncia a cualquier forma de disenso y, por tanto, de propuesta alternativa. Los estados quedaban convertidos en maquinarias de gestión, comisiones técnicas de expertos a los se aplaudiría mientras no perturbaran la lógica del libre mercado. 

La formidable prosperidad subsiguiente no solo nos haría nadar en la abundancia a los occidentales, sino que incluso sacaría de la insalubridad de las chabolas a los menesterosos de la Tierra. Obviamente yo no me creí ni por un instante este relato, hasta el punto de que aquello del "final de la historia", con lo que Fukuyama proclamaba alborozado la derrota de todas las alternativas al modelo demoliberal, no me pareció mucho más que una gansada. 

Y, sin embargo, de que el mundo asumiera la plantilla reagan-thatcheriana para regir la globalización éramos tan culpables como los pardiariosff aquellos que, sin creérnoslo, renunciábamos a la posibilidad -a la obligación, diría yo- de construir un discurso antagonista. 

Fueron muchas las peripecias personales y los acontecimientos públicos que me hicieron entender que la izquierda debía volver a comparecer con fuerza en la escena política y que era necesario diagnosticar el presente desde viejos y nuevos conceptos críticos. Nunca he visto tan claro a lo largo de mi vida que un discurso de izquierda, es decir, construido desde la crítica de las formas de dominación y dirigido al horizonte de la transformación de las estructuras opresivas, es hoy en día no solo posible sino, sobre todo, imprescindible. 

Hay algunos acontecimientos e incluso alguna que otra anécdota personal significativa que me hicieron entender que había que luchar por una globalización alternativa a la que se había impuesto. Podríamos hablar de nuestro 15M, de Occupy Wall Street, la Primavera Árabe, la monumental estafa financiera de la Gran Recesión... La fuerza emergente de los populismos reaccionarios que se han ido haciendo fuertes al rebufo de Trump o Bolsonaro solo son un síntoma más de lo urgente que resulta reforzar las redes de resistencia. 

Hay no obstante dos cuestiones que han marcado mi experiencia política a lo largo del último cuarto de siglo. La primera tiene que ver con mi trayectoria profesional como docente en la escuela pública. Ante la evidencia creciente de que se intenta fomentar la brecha social a través del sistema educativo, y que la escuela pública está destinada a ser una especie de beneficencia para que la futura mano de obra barata no se entregue a la delincuencia, solo caben dos opciones: someterse o pelear... o, si lo prefieren, sucumbir a la tentación del cinismo o luchar para que la escuela pública siga siendo aquello para lo que nació, un ascensor social. 

La otra me dirige a 1999. La Cumbre de la OMC (Organización Mundial del Comercio) que se celebró en Seattle era solo una más de las llamadas que las élites financieras lanzaban a los Estados del mundo para dejarles claro que si querían formar parte de la agenda de la globalización habrían de asumir sin rechistar todas las recetas del neoliberalismo. En otras palabras: desmantelamiento o privatización de los servicios públicos, precarización del empleo, renuncia al rigor fiscal... Se trataba en definitiva de eliminar las regulaciones regionales y asumir la plantilla única de los nuevos amos del mundo. En suma, nada que no fuera característico de cualquier otra reunión oficial de oligarcas. Pero Seattle 99 tiene el honor de haber pasado a la historia no por la Cumbre en sí, que por cierto hubo de suspenderse, sino por la Contracumbre organizada por organizaciones sindicales, ONGs o grupos ecologistas y que llegó a reunir a cuarenta mil activistas norteamericanos y de otros muchos países. Aquella protesta, de la que el ex-ministro español Rodrigo Rato dijo que "no podrán detener la liberalización del comercio", dio origen al Foro Social Mundial, posteriormente llamado Foro de Porto Alegre, el cual es a su vez el eje fundacional del llamado Movimiento Alterglobalización. 

Desde entonces han sucedido muchas cosas trascendentes, incluyendo esta pandemia de la que no sabemos en qué estado  saldremos. Muchos de los jóvenes participantes en las protestas de Seattle llevaban un libro en la mochila, "No Logo. El libro negro de las marcas", de la periodista canadiense Naomi Klein. 

He leído entera la obra de Klein. Intuí desde el primer momento -y ya hace veinte años- que aquella joven y valerosa investigadora tenía muchas razones para impugnar un modelo tóxico y tramposo que se había impuesto a través del mundo entero sin que nadie se atreviera a cuestionarlo seriamente. 

Hace un par de años decidí que había que ayudarles... a Klein y a quienes se manifestaron en Seattle junto a ella... y lo han seguido haciendo desde entonces, fecundando un movimiento crítico mundial de cuyo éxito depende, sospecho, nuestro futuro y el de nuestros hijos. La suya era, desde el primer momento, una bella causa. Ahora sé, sin ninguna duda, que además tenían razón. Por eso hay que aliarse con ellos. 

Thursday, June 11, 2020

OLOF PALME. ¿CASO CERRADO?

No parece que la historia, al menos hasta el momento, haya concedido gran trascendencia al asesinato de Olof Palme. Sostengo que Europa tuvo sin embargo en aquel magnicidio -y en el de Aldo Moro, ejecutado por las Brigadas Rojas- su propio "caso JFK". Es más, a veces me pregunto si, puestos a deshacerse de un estadista peligroso, no había bastantes más motivos para acabar con Palme que con Kennedy, por más que la simpar capacidad norteamericana para la autopromoción haya convertido a JFK y a su hermano Bob, también asesinado, en los grandes mártires de la democracia de la segunda mitad del siglo XX. 

En estos días hemos sabido que al líder sueco lo mató -al parecer- un compatriota tan insignificante como el que durante años cargó con el sambenito. La evidencia de que el asunto no fue investigado de forma diligente da pábulo a la conspiranoia. Así, se especula con la autoría de los supremacistas blancos de Sudáfrica, dado el apoyo de Palme a la causa de Mandela y su insistencia en acabar con el Apartheid. Se ha hablado también de una pista que conduce a los independentistas kurdos... y sospecho que si nos dedicamos a escudriñar en internet encontraremos otras hipótesis, alguna acaso razonable y otras muchas descabelladas. 

Llama la atención que el caso se haya dado por cerrado, pero, no teman, no voy a acabar acusando a los masones ni a los illuminatti. Quizá después de todo el Lee Harvey Oswald de este asunto sí actúo motu proprio. Lo que creo que debemos preguntarnos es si de verdad había razones para acabar con Palme; o mejor, tantos años después hay que determinar qué perdimos cuando cayó abatido por un lunático o por quien fuera. 


Veamos. Palme tuvo la osadía de mantener a Suecia ante la Guerra Fría en una situación que se califica como neutral pero que yo designaría como de independencia, lo que le acarreó una enorme animadversión por él en el Gobierno USA, al que además atacó con dureza por la Guerra del Vietnam. Fue la misma dureza con la que censuró la invasión soviética de Checoslovaquia. Añadimos su defensa de la causa palestina, sus ataques a los últimos asesinatos del gobierno de Franco, sus campañas en favor de los derechos humanos, su inequívoca vocación pacifista, su trabajo en favor de una red de países no alineados... Que un hombre así se gane enemigos peligrosos es cualquier cosa menos sorprendente. 

Pero yo voy más lejos. A Olof Palme lo mataron, o mejor, a Olof Palme había que matarlo porque su figura generaba un aura de legitimidad para el socialismo democrático que llegó a resultar insoportable. El modelo sueco del que él fue el gran arquitecto ilumina la esperanza de un Estado social y de derecho, un Estado del bienestar en toda la extensión del concepto. No me parece irrelevante el hecho de que Palme fuera asesinado en 1986, cuando el influjo anglosajón de la Revolución Conservadora ya había escampado por el mundo la tóxica especie de que un Estado sólido y una sociedad cohesionada son un freno para los negocios y un obstáculo para lo que el neoliberalismo entiende como prosperidad, es decir, la generación de grandes fortunas. 

Fue un radical, por eso convenía deshacerse de él. Para entenderlo deberíamos interrogar a algún oligarca financiero bien informado: descubriríamos entonces que los verdaderos protagonistas de sus pesadillas son tipos como Olof Palme.     

Tuesday, June 02, 2020

EL ASESINATO DE GEORGE FLOYD

Los disturbios de los últimos días constituyen un episodio más dentro de la lógica de supremacía racial que forma parte inextricable de la historia de la que todavía es la nación más poderosa e influyente del mundo. No soy sin embargo demasiado amigo del término "racismo", que de entrada parece un insulto que uno lanza siempre a otros. Sospecho que tendemos a ponerlo en circulación a bajo coste ante conflictos como éste sin percatarnos del peligro de vaciarlo de contenido. Intentemos pues elaborarlo un poco más.

Bien pensado, el rechazo al distinto siempre estuvo entre nosotros. Constituye una reacción hasta cierto punto justificable ante el temor que las comunidades han tenido siempre a que la llegada de extraños -en mayor medida si era multitudinaria- amenazara la cohesión e incluso la supervivencia del grupo original. La historia misma de las identidades colectivas es la de las formas de asimilación o reprobación de lo distinto, de los conflictos -a menudo sangrientos- que el encaje local de los extranjeros y sus extrañas costumbres han ido generando… a veces para resolverse con una asimilación enriquecida mediante el mestizaje, y a veces mediante el acoso o incluso el exterminio.

Siempre me intrigó, por ejemplo, el tema judío. Desde hace más de un milenio, la presencia de núcleos judíos en las ciudades ha sido un factor dinamizador para la economía y la cultura del viejo continente, hasta el punto de que lo que llamamos la modernidad sería irreconocible sin la aportación de sefardís y azquenazís. Sin embargo han sido frecuentemente objeto de persecución. ¿Hay muchas naciones en el planeta que puedan presumir de haber eludido en todas sus formas el supremacismo étnico? A España llegaron hace siglos unos señores llamados gitanos desde el norte de África… no tengo la sensación de que sea una cuestión resuelta.

¿Qué está pasando en Norteamérica? Nada que no haya pasado antes.  Es cierto que no se habían presenciado movilizaciones como éstas desde los años sesenta, cuando todavía se tenía que luchar por derechos civiles como poder sentarse en un autobús o entrar a un lavabo no segregado. Conviene recordar los disturbios colosales de Los Ángeles cuando la policía local apaleó brutalmente y sin motivos que lo justificaran al taxista Rodney King. Otros casos han generado protestas no solo locales, y el detonante ha sido de forma recurrente un episodio de abuso policial como el que ha causado la muerte de George Floyd en Minneapolis. No sé si han visto el video. Es escalofriante. Solamente un psicópata se comporta de esa manera ante un hombre indefenso cuyo delito es haber pagado en una tienda con un billete falso. Floyd no es asesinado por un momento de estrés, por una sobrerreacción propiciada por miedo o por un simple arrebato de furia… Esto es otra cosa. En cualquier caso, lo que determina en primera instancia la revuelta es el sentimiento de impotencia e injusticia que genera la impunidad de los abusadores -o de los criminales-, como se ha podido advertir en incidentes anteriores.

Racismo, sí… pero la historia de la segregación racial en los EEUU se yergue desde un trasfondo que va bastante más allá de la tensión que genera la cercanía de una persona con la tez oscura. Norteamérica ha construido su célebre prosperidad desde el exterminio de los indígenas y la inhumana explotación de los millones de negros que se importaron de África. Cientos de años después de aquellos viajes infernales a través del Atlántico y tras generaciones de esclavitud, ser afroamericano sigue suponiendo tener muchas más posibilidades de ser pobre, sobrevivir a duras penas entre el paro y el trabajo precario, sufrir asaltos, enfrentarse a la violencia de las bandas, ser tempranamente desescolarizado, sufrir enfermedades sin recibir la atención sanitaria adecuada…

Imaginen por un momento que son un padre o una madre afroamericana que sobrevive a trancas y barrancas de forma honrada. Tiene hijos a los que intenta dar una vida digna pese a que los obstáculos contra los que lleva toda la vida peleando no se acaban nunca. Acostumbrado a presenciar, y a veces a padecer, la brutalidad policial, hoy acude a una manifestación contra el racismo y ve cómo el señor que ocupa la Casa Blanca le acusa de terrorista porque entre los manifestantes hay elementos violentos o porque unas calles más abajo hay disturbios y enfrentamientos.

Hace ya medio siglo que Martin Luther King dijo tener un sueño. Lo asesinaron, seguramente porque cuando se dio cuenta de que podía conseguir que unos pocos chicos negros fueran a la universidad, se planteó si no era el momento de continuar la lucha contra el supremacismo trazando una hoja de ruta que sacara a los afroamericanos de la pobreza endémica. Desde entonces hemos tenido a Michael Jordan, Will Smith e incluso un presidente llamado Obama, un negro que ahora se nos aparece como un prodigio de sensatez y moderación ante la barbarie de Trump.

Forma parte ya de mi memoria recurrente la cuarta temporada de The Wire, esa obra magna que, acaso por suerte, no ha terminado de ser entendida. No me avergüenza recordar las lágrimas que me hizo derramar la cuarta temporada, que enfocaba la infección social de Baltimore en unas escuelas públicas burocratizadas e inútiles, pobladas de profesores cínicos o agotados y de adolescentes negros destinados a la pobreza, la droga y la delincuencia. Ante el relato de la trayectoria del grupo de amigos que protagonizaron aquel relato digno de Dickens, me convencí de algo terrible: para sobrevivir en las calles de una urbe como Baltimore siendo negro necesitas determinación, inteligencia, prudencia, fortaleza, coraje… Sí, todo eso… pero, por encima de todo necesitas otra cosa: suerte, mucha suerte.

Me temo que vamos a gente muy enfurecida.   

 

 


Friday, May 29, 2020

HASTA UN PUEBLO DE DEMONIOS



Sabemos desde Kant que la verdad es un constructo, que aquello a lo que denominamos "la realidad" es el resultado de un denso mapa categorial que aprendemos desde niños a través del lenguaje. Establecer las conclusiones oportunas lleva tiempo y tiene implicaciones colosales. El feminismo, por ejemplo, alcanzó su mayoría de edad, volviéndose con ello real
mente "peligroso" para el patriarcado, el día en que Simone de Beauvoir nos explicó que el género, antes que una imposición aleatoria de la biología, era una compleja configuración histórico-cultural. 

Este descubrimiento nos aboca, irremediablemente, a la diversidad. Con Kant, que escribe en plena Revolución Francesa -por cierto horrorizado a distancia ante las carnicerías de Robespierre-  la Ilustración culmina la formulación de su proyecto, que pasa por la configuración de comunidades polifónicas es, decir, democráticas. No hace falta ser un experto musicólogo para saber que la polifonía no es el caos. La expectativa de no caer en la cínica desidia del "todo vale" o, como diría Ratzinger, en el vértigo del relativismo, pasa por erigir la Razón como garante tanto del conocimiento como de la acción moral. Esto significa muchas cosas. Para empezar, la condición racional plenamente desplegada en el sujeto ilustrado garantiza la libertad o, en palabras de Kant, la autonomía intelectual y moral. Cada ser humano entenderá el mundo como le dicte su conciencia, pero el principio de la libertad fundamentada en la razón no será lo que le separe de los demás, sino más bien lo que nos una a todos. 

Con todas las cautelas a las que el sentido crítico de la razón kantiana me invita, presumo que desde este pilar se sostienen los Derechos Humanos, el principio cosmopolita que reclama una justicia universal, la lucha contra el desastre ecológico  (en especial, el cambio climático), el control de la especulación financiera, la batalla contra el crecimiento de la desigualdad y la precariedad, la protección de los servicios básicos... 

Bien, ahora entenderán por qué recurro a Kant a riesgo de aburrirles. Si yo cediera a mis primeras inclinaciones, haría como algunos de mis allegados y hoy les diría lo que pienso de ciertos sujetos que han llenado páginas y telediarios en los últimos días. De no ser porque me parecen bastante cortitos, diría que son maestros en sacar lo peor de mí. Claro que tampoco debe hacer falta mucho talento, pues hay un par de vecinos de mi bloque que, con bastantes menos estudios que la Marquesa, también lo consiguen a menudo. 

Reflexionemos, ¿debemos sucumbir a la indignación porque un líder del gobierno español, al cual por cierto yo he votado con pleno sentido de la responsabilidad, sea insultado en la persona de su padre, acusado de "terrorista"? La cuestión no es lo que ese comentario y su autora merezcan de mí, la cuestión es si estoy dispuesto a caer en el juego que nos propone y que, sobre todo, sigue con plena convicción la mayor parte de la prensa. De ser así, hoy me limitaría a explicarles por qué creo que esa señora y yo estamos en las Antípodas, hasta el punto de que lo que todo lo que sea bueno para ella va a ser malo para mí.  

He empezado explicando que nuestra visión del mundo adquiere sentido a partir de una serie de a prioris. Esta convicción sortea la antigua fe en un "ojo de Dios". Si la realidad se construye, y hay, por tanto, múltiples formas de otorgar sentido a la experiencia, entonces debemos extraer dos conclusiones urgentes. La primera es que debo aceptar, y en cierto modo incluso celebrar, la diferencia de criterio... Vamos, que hay muchos que piensan muy distinto a mí y que eso, lejos de ser un fastidio, es el cimiento mismo desde el que se sustenta la salud de la comunidad. La segunda es que lo que me presentan como "verdadero", debo identificarlo como el resultado de una serie de interpretaciones, selecciones de relevancia y, en definitiva, decisiones humanas que dependen de intereses privados. 

Lo diré de una vez: podemos pasar días, semanas y, si queremos, el resto de nuestras vidas, hablando de lo que una diputada le dijo a un oponente... y si nos cansamos, tranquilos, siempre hay raciones abundantes de "Sálvame" en el Parlamento. Podemos pensar que no se puede caer más bajo, pero sí se puede, no hay más que mirar en youtube alguna de esas sesiones parlamentarios de ciertos países de las estepas asiáticas donde sus señorías se majan masivamente a palos. En cualquier caso no sé si estamos tan alejados de la barbarie como solemos pensar, sobre todo cuando nos percatamos de que los sillones del Congreso están repletos de almas sin conciencia. 

Somos nosotros, cada uno de nosotros, los que tenemos la responsabilidad de decidir qué es lo verdadero y qué son maniobras de distracción o espectáculos pirotécnicos, por no decir pornográficos. Nissan acaba de cerrar y ha dejado miles de familias en la calle el mismo día nefasto en que Alcoa ha echado a la mitad de su plantilla. No es una simple exigencia intelectual, sino ética, la de mirar hacia los verdaderos incendios que amenazan con destruirnos, para lo cual hace falta audacia, mucha más que la que se requiere para leer a gritos prensa hooligan o lanzar imprecaciones desde las redes sociales. 

Esto, a poco que se disfrute de las luces de la razón, puede terminar por entenderlo -como avisaba el viejo Kant- "hasta un pueblo de demonios". Nos va en ello la supervivencia o, si lo prefieren, mantenernos lejos de las tierras de los bárbaros. 

Wednesday, May 20, 2020

SARAY


No se engañen, no pretendo defender a Saray porque es indefendible. Y CCOO se equivoca cuando censura el comportamiento con la concursante que tuvo Masterchef, especialmente en el momento de la expulsión, pues es ridículo pretender que "le debería haber cuidado especialmente dada su condición de gitana y trans". A una persona categorizada como socialmente vulnerable se le deben otorgar facilidades, pero considerar que puede ser impunemente maleducada, agresiva y despótica supone no solo abaratar reglas de convivencia que valen universalmente, sino además falsear la realidad: nadie soporta a alguien así en la "vida real". Sé bien porque lo digo. Dirijo a diario grupos de niños y adolescentes, y sé perfectamente que dejar que un individuo ególatra, caprichoso e indolente imponga su lógica al conjunto tiene efectos destructivos que es mi obligación impedir. 

¿Por qué pese a todo esto la pasada noche me acosté pensando que Saray era mi héroe? 

Masterchef es uno de tantos realities presentados como concurso y que, al dotarse de un cierto crédito cultural -"la cocina"-, se vuelve tolerable para una cadena pública. Ahora mismo, y el dato es trascendente, es el programa más rentable de TVE. El dinero que emplea en "invitar" a supuestas leyendas de la restauración, ante los cuales los concursantes han de babear con rictus embelesado, y la supuesta autoridad profesional de los tres presentadores le dan la capa de blanco necesaria para que no se advierta que el verdadero interés del espacio es claramente morboso. Al final no es mucho más que un Gran Hermano con la excusa de enseñarte a caramelizar la cebolla antes de sofreír unas mollejas.  

Un divertimento ligero no es intrínsecamente malo... Ni bueno tampoco. Cada persona elige cómo entretenerse y es perfectamente razonable que a la gente no le apetezca ver películas de Von Trier a según qué horas. Otra cosa es que uno haya de tragarse lo que le den o, como expliqué hace unos días en relación a "Sálvame", que haya que aceptar que la basura lo es menos porque las multitudes la adoren. Hace unos veinte años, con el film "El show de Truman" como su gran visión profética, un modelo nuevo de televisión barata y ferozmente eficaz vino para adueñarse del medio. Su clave secreta era convertirnos a todos en mirones -ahora ya sin rubor- de eso que antes solo podíamos imaginar pegando la oreja a la pared para saber por qué reñían los vecinos. Nadie ve Masterchef para aprender recetas, esa es una excusa para marujas. El reality se sigue porque necesitamos que nos ofrezcan el espectáculo del dolor, de la euforia, del miedo o del odio. Esto ya nos lo ofrecían antes desde la ficción del relato, sí, pero la neotelevisión cuenta con el gancho adictivo por excelencia: lo que nos vende es la realidad, lo que ven nuestros ojos es lo que "verdaderamente" ocurre. 

Esto, obviamente, es mentira. En realidad es la mayor de todas, pues precisamente se presenta como lo contrario. Los programas están todos perfectamente trucados. Esto es así desde el primer Gran Hermano, emitido con enorme éxito hace ya veinte años. Se nos hizo creer que veríamos la vida -y quien sabe si la muerte- completamente en directo, pero luego solo presenciábamos un resumen correspondiente a un relato preconfigurado. Las votaciones después nos otorgaban la hipnosis de una ridícula democratización del medio televisivo. No son estos años de zozobra, sino aquellos primeros del siglo, en que la economía se inflaba sin pausa, cuando de verdad nos volvimos todos imbéciles. 

Solo he visto dos veces Masterchef. Escribí sobre la primera, aquel concursante algo cándido que creyó que haría reír al jurado con aquel plato esperpéntico al que llamó "León come gamba". Lo de Saray de esta semana ha sido mucho más heavy, más bizarro, diría yo. La seleccionaron para participar entre veinte mil aspirantes no por saber cocinar, que no tiene ni idea, ni siquiera por la singularidad de sus condiciones... La llevaron a Masterchef porque intuyeron que podía ser el agitador que todo grupo de concursantes necesita para que haya lío y el programa gane audiencia. Les funcionó bien, y la prueba es que yo, que soy un detractor, está hablando ahora de Masterchef, y que sus cifras de audiencia batieron records la noche estelar de Saray. Pero se les escapó de las manos... Y sospechó que de lo que ocurrido con Saray sólo nos han mostrado la mitad de la mitad. 

Inolvidable momento para la historia de la tele ese en el cual Saray se entera que tiene que pelar una perdiz y cocinarla. Se niega, se mea en el programa y decide rebelarse, asumiendo lo que ningún concurso puede tolerar: el suicidio. Genial la presentación del plato con un pajarraco -el "aguilucho asqueroso este", decía la gitana-, rodeado de tomatitos cherry y haberle quitado una pluma. La repugnante reprimenda de los jueces, que sacaron lo más siniestro de su odiosa personalidad autoritaria, convencidos de su superioridad moral, recitando como gallinas cluecas la panoplia de la dignidad del arte culinario,,, El escarnio a Saray del resto de concursantes, que, como ella espetó ante la cámara, demostraron ser un hatajo de hipócritas. Su desaire final, tirando el delantal, me recuerda a episodios míticos como el de Umbral y su libro o Lola Flores y su pendiente perdido. 

Vivimos en la Era Trump, no deberíamos olvidarlo. No sé si saben que, antes de llegar a la Casa Blanca, Donald presentó un reality-concurso particularmente fascista, donde la clave para ganar era comportarse como un miserable. Todos tenemos miedo... Miedo al paro, a la marginación, a quedar fuera de onda... Últimamente también a los virus. Las colas de "personas como nosotros" en la beneficencia nos empuja a la obediencia, a la sumisión, a la falsedad, a una competencia mezquina y desprovista de sentimientos tan imprescindibles como la solidaridad. Saray es una paria, y sabe que solo comportándose como tal podrá salir del anonimato y la pobreza. En ese sentido es una accidente de Masterchef, un accidente televisivo, un virus que se les escapó de las manos. 

Por segunda vez mereció la pena ver Masterchef. Que se jodan.