
Pronto hará cien años que el maestro Ortega dijo aquello de que "no sabemos lo que nos pasa... y eso es lo que nos pasa". No sé si ahora sabemos lo que pasaba a los españoles de hace un siglo, lo que sí tengo claro es que el diagnóstico orteguiano es perfectamente trasladable a la actualidad: no sabemos lo que nos pasa, y lo que es peor, no aprendemos. Como buen socrático puedo alentarme pensando que el reconocimiento de la ignorancia es el primer paso del camino a la verdad... el problema es que sospecho que la mayoría de nuestros conciudadanos no han descubierto todavía que habitan la caverna. Millones viven en la ridícula creencia de que la sobrecomunicación característica de la explosión tecnomediática que vivimos nos vuelve sabios casi a la fuerza. Pero hay motivos, a poco que lo pensemos, que refutan esa estúpida autoconfianza.
Cae en mis manos un libro imprescindible editado en 2017 por Seix Barral, "El gran retroceso" ("Un debate internacional sobre el reto de reconducir el rumbo de la democracia"). Contiene una serie de artículos expresamente encargados para el libro a autores tan reputados como Zygmunt Bauman, Bruno Latour, Slavoj Zizek o Arjun Appadurai. A bote pronto, el título descarga el primer jarro de agua fría: no es sólo el relato del progreso el que se desfonda, es que ni siquiera, como gustaba a los posmodernos, nos encontramos en situación de incertidumbre o de atasco... lo que los prestigiosos autores dan por supuesto es que, al menos en muchos aspectos, estamos involucionando.

Los síntomas apuntan en esa dirección. Hay coincidencia respecto a la incapacidad de las instituciones que articulan los Estados para controlar los procesos económicos. Ya sabemos lo que entonces significa globalización: el capital esquiva las fronteras y viaja en situación de ingravidez y a la velocidad de la luz... las personas no, los derechos tampoco. El gran problema es que los actores políticos que reconocemos desde la Paz de Westfalia, las naciones, ya no están en disposición de fiscalizar y regular los flujos económicos, lo que hace peligrosamente ubicuas y todopoderosas a las megacorporaciones, que determinan nuestra suerte como ciudadanos, como consumidores y como trabajadores en una medida que convierte en casi irrelevantes los parlamentos que hemos elegido. El consiguiente abaratamiento de la democracia es irremediable.
¿Prosperidad? ¿Sobreproducción? Eso nos hicieron creer los que más tenían que ganar con las burbujas especulativas, con las deslocalizaciones y los procesos de desindustrialización, la pérdida de poder de sindicación, la precarización de los empleos, la privatización de los servicios públicos, la emigración descontrolada, la opacidad fiscal... Cuando la lógica del préstamo y el endeudamiento salvaje se apoderó de la economía los bancos se apoderaron a su vez de todos nosotros, convirtiéndonos en los rehenes que habríamos de rescatarlos después de sus desmanes y corruptelas.

El mundo no va hoy hacia la cohesión porque la desigualdad no hace sino crecer, es decir, lo que caracteriza a este ciclo del capitalismo es un gigantesco traslado de riqueza desde las clases medias o bajas hacia las élites. Estamos ante uno de las mayores estafas de la historia. Debería llamarnos la atención que los países emergentes, cada vez con una influencia mayor sobre el conjunto del planeta, se llamen Rusia, China, Turquía y Singapur. Perdonen si sueno a eurocentrista, pero el futuro de los derechos humanos es oscuro.
Hablando de Europa, ¿nos preguntamos si el Brexit y otras algaradas de provincias convierten a Europa en un Estado fallido?
Y puestos a lanzar preguntas...¿cómo ha podido perder tanto crédito el laborismo precisamente en el tiempo en que la gran creación del socialismo democrático, el Estado del Bienestar, es más añorado que nunca, y tan claro ha quedado que el neoliberalismo destruye sociedades?
¿Y Trump? Quizá no sea tan sencillo como presuponer que las multitudes que le encaramaron al poder están formadas por idiotas. En cualquier caso se equivocan: su problema no son los inmigrantes ni el discurso liberal de izquierda que rechaza las prácticas sexistas o racistas en nombre del derecho, su auténtico enemigo son las élites, es decir, aquellas mismas cuyos privilegios ha llegado Trump para proteger. Trump no va a solucionar nada, y por el camino todos, no solo los norteamericanos, perderemos la oportunidad de debatir y negociar sobre las soluciones
¿Y cuáles podrían ser esas soluciones? los distintos autores disertan sobre opciones como la renta mínima... cada día estoy mas convencido de que esta medida podría tener consecuencias casi revolucionarias. Podemos referirnos también a la destrucción de los paraísos fiscales o a la urgente necesidad de acabar, al menos en Europa con el "dumping", es decir, con la absurda competencia entre los miembros de la Unión Europea. No hay que olvidarse ni por un momento de la urgente necesidad de políticas de choque frente al cambio climático, cuyas devastadoras consecuencias empiezan a llegarnos en distintas formas. En directa conexión con lo anterior podríamos referirnos a la capacidad de las instituciones internacionales para racionalizar la demografía y los flujos migratorios.
Déjenme, para concluir, formular la cuestión que está en el trasfondo de todas las demás: ¿es posible recuperar la política o, si lo prefieren, el espíritu de la república frente a la omnipotencia de la economía? En esa misma línea -y quizá sea en el fondo la misma pregunta-, ¿es posible articular instituciones extranacionales con poder suficiente para regular problemas que ya no pueden ser gestionados desde el confinamiento de las viejas fronteras nacionales?
... This is the question... Y, como a Hamlet, no es solo el honor lo que está en juego, nos va la vida en ello, me temo.

El Valencia ya es un club centenario. La efemérides no le otorga un lugar especial. La mayoría de los grandes clubes españoles ya la cumplieron; también algunos de menos tamaño como los vecinos del Levante o el ilustre decano, Recreativo de Huelva, fundado nada menos que en 1889 por ingleses empleados en las minas onubenses. Lo que, hablando de longevidad, otorga características especiales al club es la supervivencia de Mestalla, el estadio construido en 1923 junto a una de las acequias árabes de la ciudad del Turia y que, milagrosamente, sobrevive hasta nuestros días. Tras cuatro años en Algirós, el club de football fundado en el Bar Torino se trasladó a Mestalla gracias a la deslumbrante celebridad que en aquellos primeros años de la década de los "años locos" adquirieron Cubells y Montes. La competencia entre los fanáticos de uno y otro, cuyas cualidades contrapuestas generaban encendidas controversias, dispararon la atención popular hacia este nuevo deporte en la ciudad, resultando determinantes para convertir al club en lo que ha terminado siendo, en especial para la capital valenciana, una institución comparable a las Fallas o la Verge dels Desemparats por el fervor multitudinario que despierta.

Hoy me pregunto si sirve para algo la historia, si eso a lo que llamamos la memoria es algo más que un amontonamiento de experiencias inconexas que los viejos relatan a los jóvenes y que, como en el monólogo final de Blade runner, están destinadas a perderse para siempre, "como lágrimas en la lluvia". De la trayectoria futbolística de Arturo Montes a sus descendientes nos llegaron las leyendas. Haber conocido a escrupulosos estudiosos del Valencia fundacional, como mi amigo José Ricardo March, o a analistas tan documentados como Rafa Lahuerta, autor de "La balada del Bar Torino", me ha servido para no sentirme sólo ante la evidencia -sobradamente contrastada- de que todas aquellas hazañas que me contó mi padre eran verdaderas.
He reivindicado en otras ocasiones la figura de mi abuelo. Recientemente, y con ocasión de un partido de copa contra el Sporting de Gijón en Mestalla, quedé con mi amigo Ricardo Signes junto al enorme retrato de Montes y me dediqué, obviamente sin revelar mi identidad, a escuchar lo que decían quienes curioseaban la exposición que el club ha dedicado a sus viejas glorias para celebrar el centenario. Un individuo con traza innoble, tras reírse de los inmensos pantalones negros y la camiseta de cordaje de mi abuelo dijo algo así como "debieron poner al primero que encontraron". No, pobre idiota, no fue el primero que encontraron, Montes fue muy grande, como Cubells, como Mundo, como Wilkes, como Kempes.

Se aloja en lo más profunda de mi memoria una escena que sólo la muerte o el alzheimer en sus fases más avanzadas podrá llevarse algún día. Desde la localidad que ocupaba cerca del corner norte con mi padre, vi como en la portería más alejada Kempes robaba un balón. Cabalgó casi cien metros sin que ningún defensa del Sevilla pudiera frenarle. El fragor del estadio iba creciendo a medida que el Matador se acercaba a la frontal, convirtiéndose en estallido cuando descargó un zurdazo terrorífico que batió sin remedio a SuperPaco, como llamaban al portero del Sevilla. Un anciano que se sentaba en primera fila, incapaz de contener la emoción, saltó al verde y abrazó a Mario, quien con toda naturalidad estrechó el cuerpo de aquel exaltado mientras un policía intentaba devolverlo al graderío. Yo vi en aquel momento a Kempes con su gesto característico, los brazos abiertos y su larga melena con el trasfondo de los edificios de la calle Joan Reglà aún a medio construir, que se ha convertido ya en una de las imágenes míticas del club. En algún momento he llegado a preguntarme si lo soñé, si no fue verdad. Pero sí lo fue. Lo sé porque un día Rafa Lahuerta me dijo que él también la vivió y que recordaba perfectamente a aquel anciano abrazado a Mario.

Durante años creí tener una debilidad con el fútbol. Ya no. Mi debilidad es el Valencia, y el Valencia no es fútbol, es otra cosa, ya sé que parece absurdo, pero sé muy bien por qué lo digo. Mestalla y el Valencia son esa parte mágica de la infancia que queda en lo más profundo del alma y se resiste a morir. Es ese misterioso rumor doméstico que sólo entienden los iniciados, ese sentimiento tan ajeno a la lógica que uno ve difuminarse cuando es adulto y que le hizo creer que el mundo tenía sentido y que los mayores de tu familia garantizaban la solidez del orden de las cosas. Un día se apodera de uno el desencanto. Descubres que todo era más frágil y precario de lo que creías y que el destino más probable de las andanzas humanas, incluso de aquellas que alcanzan la dimensión de la epopeya, son la extinción y el olvido.
¿Por qué entonces, cuando me acerco a Mestalla en los días de partido presiento la mirada de los héroes que ya se fueron? ¿Por qué aún hoy, cuando callejeo por Valencia, pienso tan a menudo que los muertos me vigilan y protegen? No sé, no soy capaz de explicarlo. Qué desatinados somos los seres humanos, ¿verdad?
"Anoche soñé que volvía a Manderlay." Una voz femenina en off inicia con esa confidencia un film que, una vez visto por primera vez, ya nunca se olvida. La voz corresponde a la segunda señora de Winter. Tras el intrincado y neblinoso camino, asilvestrado por el descuido, averiguamos por qué jamás podrá regresar más que en sus sueños, o mejor, en sus pesadillas: Manderlay fue incendiado y destruido. Yo sí regreso a la suntuosa mansión a menudo, sus secretos me hechizan desde que la vi por vez primera siendo un párvulo.
Sin duda ustedes conocen el guión que, por encargo del célebre productor David O. Selznick se adaptó de "Rebeca", el exitoso folletín gótico-romántico de Daphne du Maurier. El aristócrata viudo Maxim de Winter, amo del palacio de Manderlay, elige como su segunda esposa a una joven ingenua y de modestas pretensiones que conoce en Montecarlo. Ya en Manderlay, la nueva señora de Winter ve a cada momento lesionada su autoestima ante la asfixiante proliferación de los signos de Rebeca que sobreviven en la casa a su trágica desaparición en el mar.
Un perro, al modo del cancerbero del infierno, guarda la puerta de la que fue la habitación de la señora.
Esa estancia misteriosa fascina y angustia a la vez a la nueva señora, cuyo nombre, por cierto, no llegamos a conocer en ningún momento del film. La incursión "clandestina" en la suntuosa habitación de Rebeca da lugar a uno de los pasajes más célebres y perversos de la historia del cine. Imposible olvidar cada uno de los gestos de Mrs Danvers, quien descubre sin ningún recato su condición de vestal destinada a guardar la memoria de Rebeca, esa a la que "usted creyó poder sustituir".
La estrategia del relato muestra sus cartas al fin cuando, una vez reabierto el caso de la muerte de Rebeca de Winter por la policía, descubrimos que Maxim no sólo no continúa enamorado de ella sino que la aborrecía profundamente. Rebeca era hermosa, divertida y seductora, por eso se casó con ella. Pero tras la boda no tardó en exhibir impúdicamente su feroz egoísmo y su profunda perversión. Maxi de Winter supo demasiado tarde que acababa de instalar en Manderlay al mismísimo demonio.
Las confusas circunstancias de la muerte de Rebeca provocan el contubernio jurídico que, una vez resuelto, unirá ya sin recelos a Maxim y su segunda esposa para siempre. La venganza de Rebeca, con la señora Danvers pegando fuego a la mansión, constituye una pírrica victoria: los señores de Winter serán felices para siempre, aunque ya nunca habrán de regresar a Manderlay más que en sueños.
Bien. Pese a que la genialidad de la realización hitchcokiana salta a la vista a cada instante, "Rebeca" sería a mis ojos un producto artísticamente menos deslumbrante si no presintiera su equívoco, ese misterioso y sublime deslizamiento hacia el horror que escapa a quienes sólo alcanzan a felicitarse por el happy end que envía definitivamente a Rebeca a los fuegos del averno.

No pretendo sobreinterpretar -asumo la prudencia aconsejada por Umberto Eco-; no afirmo que Hitchcock, que ni siquiera tuvo un control absoluto del producto final, pretendiera colarnos algún tipo de mensaje subliminal o criptograma para iniciados. Lo que sí digo es que la ambigüedad del film abre tal espacio para el equívoco y las dobles y triples lecturas que resulta ridículo pensar en "Rebeca" tan solo como un relato romántico para chicas tontuelas y enamoradizas. Tampoco está de más saber que Alfred Hitchcock construyó el conjunto de su extensa obra desde una mirada demasiado torcida, e incluso tóxica, como para conformarnos con la interpretación edulcorada.
Veamos. El señor de Winter es un rancio aristócrata y, sospechamos, un influyente cacique, como se deduce del trato favorable que le dispensa el juez cuando asoman los indicios de que él podría ser el asesino de Rebeca. La eligió como esposa, dice, porque era una mujer deslumbrante. Y ella -y con ella aquellos que a su sombra empezaron a merodear por Manderlay- era una arribista deseosa de escapar a su condición plebeya utilizando a Maxim de Winter. Advierto la picaresca de Rebeca, no me convence tanto el supuesto de su psicopatía ni su temperamento luciferino. Y advierto también la resistencia de la oligarquía a la movilidad social, en lo cual consiste el conflicto por excelencia de la novela moderna.

"Era perversa, cínica, libertina... Me hizo saber cosas horribles sobre ella que es mejor que no conozcas." Observen a la segunda señora de Winter: es sumisa, pasiva, cándida, humilde, bondadosa... no puede estar más lejos de la prepotencia de su predecesora. Se ilusiona hasta tal punto por haber sido elegida por el aristócrata que, convencida de que éste aún ama a Rebeca, le propone seguir juntos aunque él no pueda corresponderle. Como sucede con Jonathan Harker o Mina en el "Drácula" de Vram Stoker, las sombras de la muerte gravitan sobre ella para empujarla a los infiernos. Lo diré de una vez: de Winter se casa con ella porque es la bella durmiente, una princesa que aguarda oculta y silenciosa a que un gentil varón llegue para salvarla. Qué estupendos son los hombres, ¿verdad?
¿Y Rebeca? Rebeca es el mal y su reino es satánico. "Ella se reía de todos ustedes", afirma su enamorada señora Danvers. Rebeca no fue una mujer destinada a obedecer. Conquistó los salones de la hipocresía y la holganza nobiliaria derrotando a cuantos creyeron poder avasallarla. Había que matarla... o inventarse, mediante un tramposo giro narrativo, inventarse una enfermedad incurable que justificara su final y exculpara a Maxim.
En cierto modo es verdad que Rebeca nos ha vencido a todos. El mundo se parece hoy más a ella que a Maxim de Winter. Para nosotros como espectadores, exactamente igual que para la protagonista del film, todo empieza y acaba con Rebeca. Nada en la historia de los señores de Winter merece ser contado después de que arda Manderlay. Rebeca nunca aparece en la película que lleva su nombre y, sin embargo, su omnipresencia lo determina todo. Curiosamente, la única señora de Winter que conocemos ni siquiera tiene nombre.
Setenta años después de esta obra maestra continuamos llamando "rebeca" a una prenda cuya portadora ni siquiera se llamaba así. ¿Se lo han planteado?
Pese a que las leyes educativas del PP se han esforzado por reducir a su mínima expresión la enseñanza de la filosofía en general, y de la filosofía feminista en particular, el departamento universitario de Valencia ha tenido el inteligente coraje de mantener la presencia de Simone de Beauvoir y "El segundo sexo" en el curso de 2º de Bachiller, que conduce a los estudios superiores. Ahora mismo, un profesor tiene la posibilidad de elegir a de Beauvoir y su célebre texto, "El segundo sexo", en competencia con Ortega, para la parte de Filosofía del siglo XX, convirtiendo a la autora francesa en directa heredera de la tradición racionalista de Descartes y la ilustrada de Kant.
En vísperas del 8 de marzo, busco información en youtube sobre "el Castor", como le llamaba la pareja de su vida, Jean-Paul Sartre. Con este coloso compartió infinidad de cosas, incluyendo la competencia intelectual, acaso porque fue el único sabio a su altura que puedo encontrar a lo largo de su vida. Su heterodoxa relación amorosa es ya uno de los mitos de la "gauche" francesa del siglo XX.

Tras visionar un reportaje de Informe Semanal sobre su multitudinario funeral en París en 1986, me topo una vez más con el estercolero de internet. "Haters", los llaman así. Por cada persona sensata que insta a la gente a leer e informarse antes de decir barbaridades, alzan la voz legiones de fanáticos que apenas saben escribir en español y que se dedican a proferir insultos, calumnias y mentiras sin el mínimo atisbo de cautela. Todo ello ante la complicidad de la celebérrima y omnipresente web, que en contar sus ganancias sí debe ser muy diligente, pero que no parece interesada en hacer nada para evitar la difamación y el escarnio.
A ellos no les servirá de mucho, pues dada su ortografía, sospecho que no leen más allá del editorial de La Razón y algún catecismo, pero a ustedes sí me gustaría hablarles sobre la Simone que ganó mi corazón hace ya décadas, cuando tuve la suerte de leer la vieja edición de "El segundo sexo" que mi padre adquirió clandestinamente en la trastienda de la librería Dávila, poco antes del fin del franquismo.

Simone de Beauvoir es básicamente dos cosas. De un lado, forma parte de una tradición que, superado el romanticismo individualista del intelectual decimonónico declarado "maldito" y enemigo de la sociedad, entiende la escritura como un acto de compromiso social y resistencia. La sombra del viejo aserto marxiano es alargada: "los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo, ahora deben transformarlo". De otro lado, en tanto que analista y crítica del patriarcado, y habiendo asumido la evidencia de que el socialismo soviético no había emancipado a la mujer, marcó la distancia entre el feminismo y las demás teorías de la izquierda, convirtiendo el pensamiento feminista en un discurso singular y con condiciones y lenguaje específicos. Puede entonces decirse sin problemas que con Beauvoir nacen los estudios de género. No es extraño que tras los años de incomprensión y escándalo sobrevenidos por la publicación de "El segundo sexo", la ya anciana Simone fuera convertida en madre fundadora y casi en celebridad totémica de las movilizaciones masivas de los años del pop y el Mayo Francés.

"No se nace mujer, se llega a serlo", esta es la gran frase que todos citan, empezando por los detractores. No me preocupa demasiado que los torpes no pasen de la primera página, si es que llegan tan lejos. Pero a Simone hay que explicarla, porque su interpretación de la historia de la humanidad es, además de brillante, extremadamente astuta y no está exenta de ironía.
¿Qué es una mujer? O mejor: ¿de qué hablamos cuando hablamos de lo femenino? ¿Existe algún "eterno femenino" que podemos identificar a través del tiempo y las culturas o más bien es el patriarcado el decidió qué era lo femenino y obligó a partir de entonces a las mujeres a comportarse con arreglo a ese rol pre-decidido? Siempre cabe alegar que todo esto son abstracciones y que, después de todo, lo femenino -como lo masculino- no es otra cosa que un sexo, es decir, una categoría biológica sin más. Y lo es, desde luego, pero no lo es "sin más", lo es con todo lo que ello implica, y eso son miles de años de dominación y silenciosa pasividad. Como explica Beauvoir, "si todo es una cuestión de hormonas, ¿por qué entonces se nos dice que somos mucho o poco femeninas? ¿por qué se habla de la mujer-mujer o del hombre viril como ideales a los que se nos exige acercarnos?"
Queda así desenmascarada la mayor operación ideológica de la historia: el lugar del varón no es singular, se ha erigido en el lugar de lo universal, de "lo humano". Se entiende entonces por qué no existe algo como la "literatura masculina", no hay visión masculina, la suya es la universal, ante lo cual las demás son alteridades, posiciones singulares y, por tanto, defectuosas.
Durante milenios, dice Beauvoir hace casi setenta años, la mujer ha cargado con las supuestas imposiciones de su biología. Con la incorporación al mercado laboral, la universalización de la escolaridad o la difusión de los sistemas anticonceptivos, llega una oportunidad histórica. Las grandes reivindicaciones ya no son simples utopías de cuatro lunáticas solitarias: autonomía económica sin discriminación salarial, libertad sexual y familiar, reparto equitativo de las tareas de cuidado, coeducación a todos los niveles.

El más ambicioso proyecto de emancipación humana de la historia contemporánea encuentra en Simone de Beauvoir su mayor fuente de inspiración. No soy mujer, pero no albergo ninguna duda respecto al valor que en mi favor tiene la propuesta de una sociedad menos inhóspita para todos, un mundo donde puedo construir mi vida y decidir mis valores sin tener que rendir cuentas a ninguna supuesta masculinidad universal a la que debo asimilarme.
"...Bonne Journée de la femme"
Imparto por primera vez en mi vida un taller de filosofía para niños. Es un aula de segundo de Primaria en un colegio público, los protagonistas del taller tienen siete años. La maestra que me ha invitado se llama Vanesa. Creo que es magnífica. Mi estilo es muscular, enérgico, alzo la voz a menudo para hacerme oír. De forma acaso inconsciente persigo mantener la atención del grupo, lo que al cabo de una hora y media me deja casi agotado. Vanesa, por el contrario, es apacible, sabe lo que quiere y persevera a cada momento para conseguirlo. Lo que ha conseguido en estos dos años con ese grupo -por cierto muy numeroso y con una enorme diversidad- me parece admirable. Algún día esta sociedad descubrirá lo que le debe a quienes trabajan con nuestros niños.
"Filosofía para niños" es en realidad el nombre de un proyecto ambicioso y de largo recorrido iniciado por Mathew Lipman, quien se inspiró en John Dewey, uno de los más grandes pensadores del siglo XX y pater familias de las corrientes de renovación pedagógica que tanto han hecho por la democratización de la escuela en Occidente y que han sido a menudo tan maltratadas y confundidas. Conocer el trabajo de Lipman y muchos de sus seguidores, y haber tenido el placer de ver esa joya del documental llamada "Ce n´est qu´un début" ("Sólo es el principio") han transformado mi visión de la enseñanza de la filosofía.

Durante décadas rehuí las aulas de primer ciclo de Secundaria, ocupadas por preadolescentes. Entendía que la madurez que exigen las abstractas enseñanzas de Platón o Descartes se avenían mal con el cerebro infantil. Mis primeras dudas surgieron a vueltas con la polémica sobre la Educación para la Ciudadanía, asignatura hoy extinta en la LOMCE y que lanzó en su momento el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Una compañera, fanática opusdeísta, me espetó airada en un claustro que lo que pretendíamos con esa asignatura era "adoctrinar a los niños en la ideología del género". Añadió -y esta es la clave- que si por ella fuera también eliminaría la asignatura de Ética. Entonces lo entendí. Como la Iglesia sólo asume la moral desde el adoctrinamiento, su objetivo es eliminar a cualquier posible rival. Aquella idiota ignoraba algo esencial: la Ética problematiza la moral, plantea la reflexión sobre la fundamentación de los valores que rigen la conciencia e impulsa la autonomía moral de los sujetos. Lo curios es que, pese a lo ridículo de su razonamiento, daba en el clavo, pues si nos acostumbramos desde niños a actuar como librepensadores, los titulares de las grandes confesiones corren el riesgo de perder su autoridad. Es la vieja historia del mito y el logos, tan antigua como la filosofía, tan antigua como la civilización misma y, por ende, como la democracia inventada a orillas del Egeo.
A lo largo de mi carrera he observado que los alumnos de bachiller más impermeables a mis clases esquivan los desafíos fundamentales a los que les someto: leer y analizar textos, construir disertaciones y participar en debates planteando posiciones argumentadas. Estos alumnos aspiran a aprenderse de memoria la última noche un supuesto corpus teórico, vomitarlo en el examen por la mañana y olvidarlo de inmediato para pasar a otra cosa.
Desde que conozco a Lipman me pregunto si el problema, que afecta en realidad al conjunto de las materias académicas, no empieza en Primaria. Si ustedes ven "Sólo es el principio" acaso se sorprendan. Yo lo sé porque tengo un hijo de siete años. Los niños son capaces de elaborar discursos. Construyen cosmovisiones porque sin ellas es imposible ingresar en la razón y, por tanto, en la comunidad civilizada.
Mi propuesta en clase de Vanesa siguió las pautas más sencillas de Lipman. Cada participante, empezando por mí, se presenta con su nombre, lo sustituye por el nombre que le gustaría tener, y añade un dibujo o símbolo que de alguna manera les identifique. Berta dibujó a su gato y se hizo llamar "gato interesante". Ángel, un niño de origen colombiano, se hizo llamar "El Rata".
A continuación los niños sacaron de un cofre una batería de preguntas escritas en etiquetas. "¿Cómo se llama tu madre?", "¿qué has comido hoy?", "¿por qué los osos polares son blancos?", "¿cuántas son seis más siete?"
La siguiente batería de etiquetas contiene preguntas como "¿qué es el amor?", "¿por qué tenemos envidia?", "¿puede una chica jugar bien al fútbol?", "¿en qué se diferencian una persona negra y una blanca?"... Los niños tardan poco en entender que estas nuevas preguntas -al contrario que las anteriores, que demandan respuestas sencillas y obvias- son preguntas abiertas, requieren reflexión y abren la posibilidad del debate y el disenso.

La tecnocracia y la cultura del consumo y la pasividad ciudadana quieren acabar con la filosofía porque una sociedad diversa y conformada por librepensadores perturba la lógica de la obediencia y la sumisión. Mi propuesta es no solo recuperar la enseñanza de la filosofía en la Secundaria y el Bachiller... Yo, siguiendo a Dewey y Lipman, la extendería a las escuelas. Juzguen ustedes.
Explica Guy Debord en su célebre y profético ensayo que el espectáculo no es una simple representación, sino una Weltanschaaung o, para que nos entendamos, una concepción hegemónica del mundo y un vector básico de socialización. No es que las relaciones entre humanos amplíen su difusión mediante el espectáculo, sino que éste toma el lugar de aquellas, simula que son ellas, con lo cual consuma el perfecto asesinato de lo social, pues no se descubre su cadáver. Hemos sido engullidos por la pantalla, los media aniquilan las relaciones humanas, pero como todo transcurre ahora dentro de ella, creemos que lo social resplandece más que nunca. De esta forma, y dado que el espectáculo sólo es simulacro de socialidad, el cadáver teledirigido de lo social se apodera de la vida humana precisamente para neutralizarla, para desactivar sin solventarlos sus conflictos y contradicciones.
Veamos. Programa "Chester in love", Antena 3. El presentador, Risto Mejide, que ha hecho fortuna en la tele por sus habilidades como impertinente fustigador de concursantes, es decir como showman, más que por sus virtudes como entrevistador, convoca a su sofá al "intelectual" Arcadi Espada.
Que un personaje tan irrelevante obtenga líneas a menudo es de entrada preocupante. No estoy demasiado seguro de si Espada cree todas las barrabasadas que dice. De lo que no tengo dudas es de que ejerce de baladrón y bufón mediático porque con ello adquiere notoriedad y fortuna. Le va bien así, como le va bien a otros cuantos que deambulan por La Sexta, el diario El Mundo o similares con la misión de proporcionar titulares escandalosos y calentar al personal. Espada responde perfectamente al perfil habitual: antiguo militante de extrema izquierda, desencanto convertido en cinismo, el rechazo a la supuesta corrección política, desplazamiento hacia posiciones reaccionarias... todo muy previsible, muy aburrido incluso. No hay más, son gente sin talento ni calidad humana para otra cosa que no sea hacer de tonto útil en las tertulias, generando la simpatía de los sectores más resentidos de la sociedad, o haciendo sentir a los "correctos" -léase Ana Rosa Quintana o el propio Mejide- que su conciencia es más limpia e higiénica.

Como pueden observar, no soy sospechoso de afinidad con el personaje. Sin embargo, a los pocos minutos ya emerge la sospecha de que lo que le ha planteado Mejide es una encerrona. Comparece en representación del feminismo, del que Espada se presenta como azote, la veterana Lidia Falcón. Ridículamente encaramada a un púlpito en frente del sofá, reprocha al invitado sus supuestas intervenciones en favor de violadores, acosadores y maltratadores. Completamente alejado de la deontología del entrevistador, Mejide toma sistemáticamente partido en contra del entrevistado, acusándole de tramposo e irrespetuoso... No hay en Espada una sola subida de tono, es el contenido de sus intervenciones lo que el presentador considera repulsivo. La pregunta que uno se hace entonces es inevitable: ¿por qué entonces lleva al programa a un tipo que es célebre por defender ideas abyectas?
El paroxismo de la espectacularización televisiva se desata a continuación. Se reprocha a Espada una intervención despreciativa frente a quienes a sabiendas traen al mundo niños con síndrome de Down. Se sube al dichoso estrado un señor afectado. Lloroso, apenas puede articular palabra. Cuando se otorga a Espada la oportunidad de contestar demanda al presentador que le deje hablar el tiempo que sea necesario sin interrupciones, exactamente igual que él ha hecho con el otro invitado. Mejide lo expulsa del programa. Cuando se marcha, Espada alega: "el tramposo eres tú".
Miren, a mí me causan un profundo desprecio los tipos como Arcadio Espada. Hay algo muy turbio, muy tenebroso en esa mirada torva y ese hablar engolado. Es un indigente moral, y como todo indigente, produce una mezcla de asco y lástima. Reconozco en su porte algo que que proviene de los peores recovecos del corazón humano y que se manifiesta en el ideario que exhibe en diarios y televisiones. Espada es un tipo dañado, uno de tantos que será olvidado y que irá a parar a la fosa común de la insignificancia a la que nos vemos abocados los que apenas hemos hecho nada en la vida.
Pero no, no es el bueno de don Arcadio el desencadenante de mi escrito. ¿Nos damos cuenta de la naturaleza del show televisivo que se nos ofrece? Dice Mejide durante la entrevista que le "hierve la sangre" con las opiniones del entrevistado. ¿Por qué entonces -vuelvo a preguntar- lo sienta en el Chester? Yo contesto: para proporcionarnos el miserable espectáculo de su escarnecimiento. Espada es una patética criatura del show bussiness, pero Mejide también, y no de mejor calaña. Lo que intentaba Mejide con su entrevistado es lo que hace habitualmente en los concursos y realitys cutres en los que ejerce de "tribunal", es decir, humillar y pisotear a los desdichados que participan. ¿Qué nos hace pensar que en esos programas actúa y en "Chester" es el Risto de verdad? A mí me parece que en ambos hace lo que sabe hacer, que es triturar a la gente para quedar él por encima y, por ende, hacer sentir al espectador que también él es mejor.
Al final del programa y tras haber afirmado que le llevó porque todo el mundo merece ser escuchado, expulsa a su entrevistado a modo de final feliz del bochornoso show que ha montado. "El tramposo eres tú", dice Espada, y por más que me moleste darle la razón en algo a semejante sujeto, qué quieren que les diga, tiene razón.
Acabo donde empecé, en Debord. El espectáculo no nos ofrece realidad, si profundiza más y más en la lógica del reality es precisamente porque ha hecho desaparecer lo real, de ahí que, como lo echamos de menos, no haga sino ofrecérnoslo en versión simulada. Lo que vimos en Chester in love es una manipulación perfectamente tramada de lo que se presenta como una controversia ideológica, pero no hay tal, ya no la hay nunca en la tele.
La tramposa es la tele. Y ahora viene la autopregunta: ¿por qué vi esa entrevista? Contesto: porque por la mañana Cuatro ya había extendido el rumor de que en el programa que se emitía grabado esa noche Mejide había expulsado a Espada. Ergo soy cómplice. Por cierto, durante la entrevista y hasta el momento culminante -que imagino que veremos repetidamente en programas de zapping- la cantidad de pausas publicitarias resultó insufrible. Insisto, soy cómplice. Temo que usted también.
El veredicto del jurado en "Doce hombres sin piedad" parece irremisiblemente destinado a ser unánime. Las pruebas que incriminan al reo son demoledoras. Cuando vi la obra en Estudio 1 hace una eternidad me impactaron las razones del único miembro que inicialmente discrepa: "seguramente ustedes tienen razón, pero quiero que me convenzan y disipen así cualquier sombra de duda que pueda existir, pues si el veredicto es de culpabilidad el acusado se enfrenta a una posible pena de muerte". Supongo que ya saben lo que pasa luego.
A Pedro Sánchez deberíamos reconocerle al menos que su posición es complicada. "Gobernar es difícil", decía a menudo Mariano Rajoy. Tenía razón, pero en el caso del actual Presidente la dificultad es aún mayor: todo el mundo está contra él, quizá incluso quienes están de su lado no hacen sino esperar el momento de apuñalarle.

Veamos. Según la derecha, y me refiero únicamente al caso catalán, Sánchez es un "felón" que ha caído en la "alta traición" y forma parte de un ejército golpista. Para los secesionistas es justo lo contrario, es decir, un antidemócrata que desde el autoritarismo del Estado opresor no está dispuesto a aceptar la supuesta voluntad popular. Llegan a resultar cómicas esas tertulias televisivas donde unos le acusan de haber vendido a España cediendo a las condiciones de los separatistas, mientras estos porfían para convencerles de que no, "este señor no nos concede nada, este señor es para nosotros un enemigo como ustedes". Luego está el fuego amigo, del que nadie está preparado para defenderse. El País, diario de cabecera de la izquierda moderada, cargó inmisericorde contra Sánchez cuando decidió mantener el "no es no" para no facilitar un gobierno de la derecha. El célebre aparato del Partido y los defensores de la ahora casi olvidada Susana Díaz llevan años intentando destruirle e incluso hoy no pierden la menor ocasión para desacreditarle.
Pero Sánchez, lo siento, es el protagonista de uno de los relatos más fascinantes de la vida política española de los últimos años, que por cierto suele navegar por derroteros más bien grises y mezquinos. Muchos socialistas desagradecidos no parecen haber entendido que el actual líder salvó al Partido en el momento más crítico de su historia. Una vez dimitió y fue dado por muerto, el episodio del automóvil dando vueltas por España, que merecería una película y de las buenas, llegó a suscitar una mezcla de lástima y desprecio. Pero Sánchez regresó reforzado, se presentó a las primarias contra Díaz y todas las viejas glorias que la respaldaban. Las bases, siempre tan inoportunas, le devolvieron el trono de fuego del PSOE. Algún tiempo después, con una representación parlamentaria casi ridícula, Sánchez jubiló a un Presidente nefasto y contaminado por la corrupción y devolvió al PSOE al primer puesto en las encuestas de voto. Es un proceso inaudito cuyo final está aún por escribir, pero tiene a día de hoy las cualidades de una pequeña obra maestra de la política, entre otras cosas porque con un golpe de genio entendió que los nacionalistas o la izquierda profunda eran cautivos de la exigencia de ayudarle a echar al PP.
Permítanme darle vuelo a la frase de Rajoy, veamos por qué es tan difícil gobernar.
No es plato de gusto lidiar con un asunto tan inflamable como el de la secesión. Es una ingenuidad pensar que un gobernante del Estado va a conceder un referéndum de autodeterminación, y menos en las condiciones en que lo ha planteado el Gobern de Catalunya, saltándose garantías parlamentarias básicas e ignorando a los millones de catalanes que no quieren separarse de España. Pero es aún más torpe creer que este problema se resuelve únicamente desde la represión policial, como le gusta pensar a la derecha. Sólo un hatajo de irresponsables pueden sostener la especie de que no hay nada de qué hablar y que las largas penas de prisión que proponen para los dirigentes del Procés va a acabar con problema, cuando la evidencia es que lo que van a conseguir es lo que ya ha ocurrió durante los años de Rajoy, que el soufflé independentista no hizo sino crecer.

Dejo de lado el problema catalán, entre otras cosas porque los dos bandos enfrentados están empeñados en hacernos creer que es lo único que importa. Sustenta la socialdemocracia el principio de que su misión en el gobierno es proteger los derechos sociales y compensar los desperfectos que, empezando por la creciente desigualdad, alimenta la dinámica del actual capitalismo global. Proteger lo que aún queda del Estado del Bienestar es objetivo esencial de un gobernante de izquierdas. Asusta en este sentido escuchar a Casado hablar del gobierno de Madrid que piensan birlarle en breve a Carmena como un "laboratorio neoliberal" inspirado en las ideas de Milton Friedman, en mi opinión uno de los personajes más dañinos de la historia reciente de Occidente. Sus recetas son conocidas: bajar los impuestos a los ricos, eliminar derechos laborales y prestaciones a los desfavorecidos y vender las empresas públicas.
Un caso sintomático: Venezuela. No estoy en condiciones de opinar taxativamente sobre la mejor solución para el país. Lo que me cuesta entender es que desde Podemos se inste a Sánchez a desautorizar a Guaidó mientras desde la derecha se le acuse de "cobarde" a pesar de que el Presidente no ha hecho sino apoyar la posición de la Unión Europea.
Podría referirme también al preocupante ascenso de la ultraderecha. Mas de cuatro décadas después de la muerte del Dictador, los viejos enemigos de la democracia reaparecen para recordarnos que las libertades y los derechos humanos están siempre bajo amenaza.

"No me gusta Sánchez, pero...". Esta frase la he oído mucho últimamente. A mí sí me gusta, o mejor, empieza a gustarme. Pero eso es lo de menos, lo importante son los puntos suspensivos. Sánchez es lo que ahora mismo tenemos para resistir a los malos. Si encuentran algo mejor me avisan.