1. Quienes me odian porque les he dado motivos... qué tediosos y previsibles resultan en su rencor. Por contra, aquellos que me odian sin motivo... que misteriosa fascinación ejercen a mis ojos. Repudian lo que soy, lo que represento... experimentan aversión ante cualquier cosa que hago, incluso cuando respiro. Algunos -estos son los mejores- a duras penas alcanzan a disimular su rechazo. En su hostil vigilancia cuidan de mí con un mimo y una dedicación que dudaría en exigir a mis allegados.
2. Cuando leí mi tesina en la Universidad intervinieron dos catedráticos. Una hizo todo lo posible por destruirme, intentó ridiculizarme, porfió reiteradamente en su intervención para convencerme de lo pequeño e insignificante que yo era. El otro, un tipo de enorme talento y con un prestigio que nadie se atrevía a cuestionar, adoptó ante mí una actitud condescendiente y me perdonó la vida... Incluso elogió algunos aspectos de mi trabajo que le parecían valiosos. Qué aristocrática distinción la de aquel hombre: simplemente él no me temía.
3. ¿Quieres que nadie te odie? Prueba a cortarte las dos piernas y sal a la calle en silla de ruedas.
4. Los curas de mi colegio eran por lo general odiosos y mezquinos. Un día llegó uno de las misiones -se llamaba Vicente- que tenía el poder hipnótico de los santos. Las clases de Religión de Vicente son lo más cerca que he estado de creer en Dios. Le amábamos y, en los pocos meses que pasó con nosotros, dejó una huella indeleble. Sin embargo uno de mis amigos manifestó reiteradamente su aversión por Vicente: "No lo trago", decía a menudo. Deberíamos extraer conclusiones de aquello. Hagas lo que hagas, aunque como un mártir te entregaras con todo el alma a las más nobles proezas, jamás podrás gustar a todo el mundo.
5. "¿Por qué no le quieres?", preguntaba a menudo mi madre con profunda frustración a mi abuela refiriéndose a su marido, es decir, a mi padre. Mi abuela nunca supo qué contestar. Era como preguntarle a un escorpión por qué odia a las mangostas.
6. Algunos tipos perspicaces, cuando regresan de un viaje por el Medio Oeste de los Estados Unidos dicen que en las praderas desiertas se presiente, como un ejército de fantasmas, a la raza que los invasores blancos aniquilaron en un lapso de tiempo de espeluznante brevedad. Dijo Bauman que la modernidad empezó el día en que un Príncipe creyó que era posible extirpar el Mal de la faz de la Tierra exterminando a las colectividades que le molestaban. Pero no se extermina impunemente, el hueco que deja una tribu suprimida deja una atmósfera cargada de hechizos.

7. Ningún sentimiento más bíblico, más ancestral que la venganza. No soy ajeno a él, pero sé que no se sobrevive a su consumación impunemente. La venganza es el mayor veneno inventado por el hombre.
8. Me deja tan perplejo que la Tierra no haya decidido aún librarse del mono raro que somos... ¿No lo merecemos más que los saurios? A veces me pregunto si nos prepara una extinción humillante y dolorosa.
9. Imposible para nosotros leer la Biblia sin espantarse ante sus ruindades, venganzas y sangrientas arbitrariedades. Los Evangelios, por contra, inclinados a la superioridad moral... qué irritante ladrillo.
10. Los grandes relatos sobre el odio, la venganza y la crueldad sólo son posibles a costa de asumir que la existencia humana es un trágico sinsentido. Piensen en Edmundo Dantés contra quienes le delataron falsamente en El Conde de Montecristo, Ethan Edwards contra Cicatriz en The searchers de John Ford, Ripley contra el alienígena en las distintas entregas de Alien... Lo relevante de tan sombrías historias no es la justicia del ritual sangriento que llevan a cabo, ni la endemoniada malignidad del enemigo... Lo que realmente les otorga grandeza -y esto lo entendió Shakespeare como nadie- es que el odio y su poder destructivo contaminan de tal manera a quienes lo ejercen que sólo completarán su venganza a costa de quedar envenenados para siempre.
Siempre hemos sabido que son los movimientos de masas los que cambian el mundo. ¿Cómo distinguirlos del academicismo estéril, la corrección política o el simulacro cool del marketing? Pensemos en el proceso que conduce a la gigantesca movilización del pasado jueves. Una sombra de indignación ante la evidencia de una larga serie de injusticias y humillaciones va ganando peso hasta que se desencadena una gran tormenta, después de la cual ya nada vuelve a ser lo mismo, y uno no puede oponerse sin quedar retratado. Mal retratado, por supuesto.
"Después se olvidará todo, habrá como mucho cambios cosméticos y la derecha sociológica volverá a imponerse". El hecho de que esto tenga algo de verdad no cambia lo esencial: las multitudes, cuando son capaces de unirse en torno a una idea básica, producen terremotos. Y, ante ello, incluso los mandarines se ven obligados a posicionarse, aunque sea sólo para ponerse a cubierto o para mentir arguyendo que ellos también están con la causa.

La rectificación del Presidente Rajoy en los últimos días obedece a esta lógica. Cuando en la radio le preguntaron por algo tan tangible como la discriminación salarial por razón de género, contestó rechazando la sola posibilidad de dar instrucciones a los empresarios sobre qué sueldos deben pagar. Con ello, dentro del estilo tan cutre que le caracteriza, Mariano definió la esencia del neoliberalismo: olvidar que la obligación de un gobernante es precisamente legislar para combatir los abusos. Unos días después cambiaba de opinión, y el jueves incluso le vimos con el lazo azul, lo cual demuestra que hasta los más reaccionarios, los que siempre se oponen por sistema a cualquier cambio que cuestione privilegios asentados, se ven obligados a disfrazarse cuando el viento arrecia.
Más allá del muro reaccionario, entiendo que pueda generar cierta confusión el carácter tan novedoso de una movilización como ésta. Ya pasó con el 11-M. Las sociedades están tranformándose a una gran velocidad, por todas partes aparecen nuevas formas de trabajo y de ocio, nuevos lenguajes, nuevas formas de explotación y de comunitarismo...quien espere para sumarse a una protesta a que las viejas formas de la Revolución asomen va a tener que quedarse en casa. Ese carácter multiforme de las formas de resistencia va a ir ya definitivamente asociado a cualquier reivindicación que merezca la pena defender. Debemos asumir la radical disparidad de las formas de sujetivación, o, por no ponerme demasiado foucaultiano, las sociedades contemporáneas han convertido en innegociable la autonomía moral y la singularidad de los individuos.
En cualquier caso hemos de salir del aislamiento. Sostengo que es la evidencia de la dominación y la injusticia lo que puede unir a tantas y tantas fuerzas fragmentarias.
Movimientos como el del día ocho plantean a nivel global el gran desafío al que nos enfrentamos quienes seguimos creyendo que la democracia y el bienestar están permanentemente amenazadas. Feminismo, movimientos como el LGTB, organizaciones globales que defienden los derechos humanos, ecologismo, precariado, foros alterglobalización... Creer que la fragmentación de la resistencia es un mal a evitar es no entender la complejidad de la realidad social en que nos movemos. No se trata de uniformizar ni a sujetos ni a colectivos, ya sólo los dogmáticos pueden soñar con eso. El reto es encontrar los nexos que puedan vincular los distintos territorios de lucha en movimientos que, sin estrangular la especificidad de cada uno, afronten proyectos comunes.
Incluso quienes no somos mujeres hemos aprendido algo importante estas últimas semanas: no es verdad el "No hay alternativa" proclamado hace décadas por aquel ser odioso llamado Margaret Thatcher. Aquello inspira el "No se puede" con el que nos intoxicaron durante los años del austericidio y los recortes. Ahora sabemos que eso es más bien lo que los reaccionarios querían que pensásemos, es decir, que renunciemos a la política y, por tanto, a la ciudadanía.
Sí se puede, desde luego, pero llega el momento de hacer que lo que ocurrió el ocho de marzo no se quede ahí.
Tengo en 4º de ESO una alumna -María- a la que adoro y que ayer replicó a mis razones alegando que yo pensaba así porque soy un "varón, blanco y heteropatriarcal". Ella aseveró que a la manifestación del 8 de marzo sólo debían acudir mujeres. "Entiendo", le dije "que las que están convocadas sean mujeres, y entiendo que ellas formen la parte más visible de la manifestación, pero es un error rechazar adhesiones, entre otras cosas porque los hombres, que sin duda somos parte esencial del problema, tenemos derecho a formar parte de la solución".
No me preocupa el improperio que María me dirigió, es una joven con amplia preocupación social y expectativas de apasionada militancia, lo cual me parece infinitamente mejor que la indiferencia política que reina entre sus compañeros. Me preocupan también otras cosas.
Por ejemplo. Ayer por la mañana mi hija me dijo que a veces le pegaban en el cole. Ante mi enojo, trató de tranquilizarme alegando que ya se "había acostumbrado". Sin comentarios.
Por la tarde traté de convencer a una señora mayor de la necesidad de la huelga de mujeres del 8 de marzo. Defendí con apasionamiento la idea de que han sido movimientos de protesta con intenciones progresistas -muy especialmente el feminismo- los que han conquistado derechos tan trascendentales como el sufragio universal, la emancipación laboral de la mujer, el divorcio, el aborto, los derechos por maternidad... La situación de las mujeres en nuestro país no es la ideal, pero, como afirma una allegada, "prefiero ser mujer aquí que en Somalia o Yemen, y prefiero ser mujer ahora que en el siglo XVII". Pese a esa y otras muchas razones que ofrecí a favor del principio de que derechos y libertad se conquistan desde la lucha social, no conseguí convencer a mi interlocutora, que se aferraba a la idea de que "no vamos a poder cambiar nada". No me desanimó su impermeabilidad, el hecho mismo de que dialogáramos durante un buen rato me parece una razón más en favor del fenomenal pifostio que se está montando con la huelga del día ocho.

Al salir del local en el que pasé la tarde me encontré a un antiguo alumno. Me dijo que había abandonado el piso de alquiler que compartía con otros dos chicos porque temía coger una infección, dado que el apartamento jamás se limpiaba. Todos sus ocupantes, varones con huevos colganderos y voz de trueno, consideraban que no era su misión en la vida limpiar su propia mierda. De ello se deduce lo obvio: muchas familias siguen educando a sus hijos varones -y supongo que también a las féminas-en las pautas más rancias y obsoletas del patriarcalismo.
Miren, yo creo que la idea de esta huelga tan innovadora es magnífica y que está generando una movilización colosal, quizá por encima de lo que ella misma planeaba. Vayan o no muchas a la huelga, el proyecto está teniendo éxito porque ha conseguido generar el clima de controversia que hace que merezca la pena formar parte de eso a lo que se llama la sociedad civil. Mal que le pese a quienes afirman que no hay alternativas -seguramente porque no quieren que las haya- son este tipo de situaciones las que conciencian, educan y cohesionan a las comunidades.
Respecto a la causa feminista las claves de reivindicativas son muy claras: feminización de la pobreza, impunidad del maltrato, esclavitud sexual, desigualdad en los derechos laborales, ausencia o inoperancia de las leyes de conciliación familiar... Podemos seguir, pero eso se lo dejo a otros, o mejor a otras.
Permítanme, para concluir, una apostilla.
Todo movimiento, hasta el más honesto y necesario, ha registrado siempre "líneas duras", radicalismos obtusos y versiones ortodoxas e inquisitoriales. La ferocidad no es un síntoma de pureza y coherencia, sino de fanatismo y zafiedad. No estoy reclamando titubeos ni concesiones, se debe ser contundente en la defensa de principios básicos de justicia, pero la descalificación ad hominem de cualquier forma de discrepancia es una forma de autorrefutarse. Es bueno ser apasionado, pero todo discurso debe fundamentarse en la autocrítica, porque de lo contrario sólo es un conjunto de ladridos cuya única expectativa es imponerse por la fuerza.
Hay feministas intolerantes y las hay particularmente idiotas. En los últimos días he leído algún que otro escrito publicado en medios de gran repercusión que da a pensar que a veces se suben al carro los más lerdos. Esto es exactamente lo mismo que podría decir de los socialdemócratas, los ecologistas o los defensores de los derechos de los niños... todas ellas opciones estupendas pero que albergan ciertas actitudes mezquinas y dan refugio a algunas personas abominables. He conocido feministas odiosas de igual manera que leninistas o veganos odiosos.

Muy bien, ¿y qué? ¿Merece la pena esta causa a pesar de sus imperfecciones? Yo creo que sí, aunque, como dice María, soy un varón blanco y heteropatriarcal hasta cuando apoyo al feminismo. Como dijo Billy Wilder: "nadie es perfecto".
Llega la muerte y... te deja frío, habría de decir, pero a mí más bien me deja con cara de idiota. En eso supongo que consiste, el anonadamiento, como si te robaran el aliento y la última emoción intensa fuera la consternación. Pero la extinción tiene un enemigo, la memoria.
No me puede ser indiferente el fallecimiento de Forges porque forma parte de mi vida, de toda mi vida. Desde que me conozco estaban sus chistes gráficos en mi casa. Recuerdo siendo crío chistes forgianos del tardofranquismo que no acertaba a entender. Un tipo con visera aparecía junto a un montículo del que se había apropiado. Cobraba por subirse al montículo por "mirar a Europa dos minutos", añadiendo un plus si durante su vistazo el cliente se permitía poner rictus de melancolía. Es un chiste glorioso, pero hace falta haber sabido muchas cosas para asumir su frustración, su sarcástica tristeza. En entender a un humorista gráfico de los grandes puede uno tardar la vida entera. Forges puso su tiempo en dibujos, sus personajes fueron testigos y víctimas de una traumática y a la vez emocionante transformación.

No era radical ni pesimista, pero tuvo coraje para burlarse del Tirano sin que éste se percatara demasiado, que es lo que mejor han hecho siempre nuestros humoristas. No se creía en condiciones de pontificar, pero tenía principios y pensaba que sus dibujos servían para mostrar que las cosas no van tan bien como pregonan los mandarines. Amó mucho la democracia, pero no titubeó en exhibir sus miserias. Cargó contra los políticos, es verdad, pero no dejó de denunciar la mezquindad moral de una ciudadanía acomodada a la sopa boba del consumo, la insolidaridad y la indiferencia.

Antonio Fraguas se sentía español... con todas los complejos a cuestas, con toda la ironía y sin autoindulgencia. Vivía en la capital del Imperio, y sabía que entre los rascacielos del desarrollo uno olvida que casi todo el país es un medio yermo de color marrón. "Algún día, Blasillo, todo esto será tuyo"... y en el horizonte Blasillo sólo divisa el desierto. Sabía que tras cada exceso de prepotencia varonil de Mariano había una Concha burlándose a escondidas, que tras cada triunfo que celebrábamos en el camino hacia la modernidad y la opulencia dejábamos tras nuestros pasos -como si nunca hubieran existido- mucha miseria, mucho feudalismo, la humillación de muchas generaciones de servidumbre.
Tengo la impresión de que nos ha dejado un alegre compañero que nos guió en un largo trecho del camino, alguien que nos enseñó cómo sobrellevar sus dolores y asperezas. Y haciéndonos reír. Eso sobre todo. Incluso en los momentos de las lágrimas. Como ahora.
Sólo una sociedad profundamente enferma puede insistir tanto en no querer ver las evidentes causas de su mal. Los medios conservadores de Norteamérica tienen hoy a bien escarbar en el perfil psiquiátrico del perturbado que ha cometido la atrocidad del Instituto de Parkland. Nada sobre el trasfondo que hace posible toda esta locura: una cultura ferozmente violenta y paranoica por un lado y, por el otro, el poder colosal del lobbie armamentístico. En cuanto al Presidente Trump, sus declaraciones han estado a la altura de su leyenda: hay que incrementar las medidas de seguridad en los centros escolares. Es un crack, sí.
En los EEUU se encuentra el cinco por cien de la población mundial, sin embargo contiene más de la mitad de las armas de uso civil del planeta. Están muy locos los yanquis, solemos decir, pero no nos engañemos: ni el odio, ni la venganza ni, obviamente, la demencia, son privativas de Norteamérica. Conozco por nuestros lares a muchas personas -entre otros algunos alumnos o ex alumnos- que si pudieran acceder fácilmente a las armas de fuego convertirían la plácida convivencia de este rincón europeo en un infierno donde viviríamos permanentemente aterrados.
En Bowling for Columbine, a vueltas con la matanza escolar más terrible de la historia, Michael Moore observaba con melancolía los treinta metros de río que separaban la frontera con Canadá. "¿Qué ocurre en nuestro lado", se preguntaba "...para que la muerte por disparos sea una constante cotidiana y, tan sólo treinta metros más allá, vivan completamente en paz?".
Moore nos invita a contemplar el manicomio nacional, que se presenta curiosamente sonriente y eufórico, como suele pasar por cierto con los negocios más infames del capitalismo. Aparecen spots con rubias monísimas y recauchutadas que empuñan con mirada lasciva la recortada que van a venderte. En un banco del Medio Oeste te regalan un rifle sólo por abrirte una cuenta.
Pues bien, las estadísticas demuestran que después de cada acontecimiento como el de Columbine o Parkland se incrementa notablemente la venta de armas. Hay que defenderse de los malos, claro. Y, por cierto, ¿quiénes son los malos? Para Nikolas Cruz eran sus compañeros de escuela y sus profesores, por eso los acribilló. No parece que el origen hispano de su apellido le creara grandes dudas cuando se adiestró como asesino con grupos paramilitares de supremacistas blancos.
Ténganlo claro, esto no va a parar. Veremos cuántos caen la próxima vez.
No me encontrarán entre quienes presumen de no ser amantes de las listas ni soportar la costumbre periodística de poner notas a las películas. Me divierten moderadamente este tipo de cosas, aunque no llego a los extremos del neurótico protagonista de Alta fidelidad, que hacía listas sumamente precisas de las chicas que más daño le habían hecho, entre otras muchas a cual más estrambótica. Leo críticas de cartelera y me fijo en las calificaciones porque no tengo ni tiempo ni dinero para ir demasiado al cine, de manera que he de seleccionar, qué vamos a hacerle.
Son días de premios cinematográficos... Hemos visto los nacionales y ahora viene el tío Óscar, me provocan curiosidad estos eventos y he pensado una lista propia de preferencias, pero como no veo tantas pelis al año como para hacer mis propios Oscars del año, he optado por hacer una lista de las películas que más me han gustado en lo que llevamos de siglo.

Hay otro motivo. Surfeando por la Red me topé con la lista de la BBC, y me quedé tan sorprendido, que consulté otras, como la de la revista Rolling Stone, y alguna otra presentada como la lista de los críticos y expertos cinematográficos. Que Mulholland drive sea de forma mayoritaria considerada como la obra maestra por excelencia del siglo me causó cierta sorpresa, pues el David Lynch que a mí llegó a hipnotizarme tiene tan poco que ver con ese film como el de la segunda entrega televisiva de Twin Peaks, que me parece una ilustre majadería. Pero esto no es lo peor. Junto a pelis que no he visto, figuran en lo más alto películas que o me parece que están lejos de la excelencia, o contienen defectos considerables, o no son capaces de llegarme o, simplemente, me parecen obras menores. Es el caso de Pozos de ambición, Deseando amar, la última de Mad Max, Hijos de los hombres, Amelie (ésta me pone malo), El lobo de Wall Street y alguna otra que considero sobrevalorada pero que no voy a nombrar para no ganarme enemigos, que ya se sabe cómo son estas cosas.

No pretendo tener razón, entre otras cosas porque no soy un experto. No sé cómo se hace una película, intuyo que es difícil manufacturar un film creíble, pero sé que al menos soy capaz de presentir cierta belleza y conmoverme en lo profundo de una sala oscura. Una lista sólo debe ser una serie de consejos. No son las mejores películas del siglo, entre otras cosas porque hay presuntas obras maestras que no he visto. Pero sí son las que más me han gustado a mí. Léanla para irritarse, para discutirla o, simplemente, para pasar el rato y luego olvidarla. Y no dejen de ir al cine, claro.
Helas, por orden. He puesto especial atención en el top ten:
1. Million dollar baby. Clint Eastwood.
2. La cinta blanca. Michael Haneke.
3. El árbol de la vida. Terrence Malick.
4. Melancholia. Lars Von Trier.
5. Mystic river. Clint Eastwood.
6. Roma. Adolfo Aristarain.
7. La estrella ausente. Gianni Amelio.
8. La habitación del hijo. Nanni Moretti.
9. El secreto de sus ojos. Juan José Campanella.
10. Truman. Cesc Gay.
11. La gran belleza. Paolo Sorrentino.
12. Master and commander. Peter Weir.
13. Una historia de violencia. David Cronenberg.
14. Big fish. Tim Burton.
15. Pequeña Miss Sunshine. Jonathan Dayton y Valeria Faris.
16. Match Point. Woody Allen.
17. Las invasiones bárbaras. Denys Arcand.
18. Munich. Steven Spielberg.
19. El pianista. Roman Polanski.
20. Lugares comunes. Adolfo Aristarain.
21. El nuevo mundo. Terrence Malick.
22. Del revés. Peter Docter y Ronnie Del Carmen.
23. La vida de los otros. Florian Henckel Von Donnersmarck
24. Blue jasmine. Woody Allen.
21. El viaje de Chihiro. Hayao Miyazaki.
22. Dogville. Lars Von Trier.
23. Her. Spike Jonze.
23. Relatos salvajes. Damián Sziffron.
24. El laberinto del fauno. Guillermo del Toro.
25. 11/9/1. 11 de septiembre. VVAA
26. Carol. Todd Haynes.
27. Lost in traslation. Sophie Coppola.
28. Babel. Alejandro González Iñárritu.
29. Pozos de ambición. Paul Thomas Anderson.
30. Julieta. Pedro Almodóvar.
31. Boyhood. Richard Linklater.
32. Hable con ella. Pedro Almodóvar.
33. Tony Erdmann. Maren Ade.
34. Shame. Steve McQueen.
35. Caché. Michael Haneke.
36. Saraband. Ingmar Bergman.
37. El hombre que nunca estuvo allí. Hermanos Coen.
38. Amores perros. Alejandro González Iñárritu.
39. Madre! Darren Aronofsky.
40. El cielo abierto. Miguel Albaladejo.
Finalmente me decido a ver Boyhood, que aparece en las clasificaciones de los expertos como una de las últimas grandes obras que ha ofrecido el cine. Me resistí a verla porque el experimento inaudito de rodarla a pequeños fragmentos en un trayecto completo de ocho años no me decía gran cosa. Ver crecer a los niños y envejecer a sus padres durante ese tiempo no me aportaba nada que -pensaba- no se pudiera hacer con un periodo de rodaje convencional y cambiando a los actores que empiezan siendo críos y acaban adultos, como tantas veces se ha hecho cuando el relato abarca un amplio plazo. Visto el film ya no creo que el experimento en cuestión sea una anécdota estéril, aunque entiendo que Boyhood es mucho más que eso.
Estamos ante una narración sobre el tiempo, esto parece obvio. En cierto modo es una investigación sobre lo que el tiempo hace con los seres humanos.
Decía Cioran que "estamos desamparados ante el tiempo". Así están los personajes de Boyhood. Se agradece que la película sea capaz de llegarnos al alma con tanta fuerza sin necesitar las truculencias ni las solemnidades hoy tan frecuentes en los relatos cinematográficos y televisivos. No corre la sangre, no hacen falta muertes porque presentimos que la muerte está en todas partes, que nuestra finitud es la condición secreta que atraviesa nuestros actos, casi siempre sin que nos demos cuenta.
"Creí que tenía más tiempo", dice la protagonista cuando su segundo y último hijo abandona la casa rumbo a la universidad. Súbitamente, se percata de que ha pasado el tiempo sin enterarse. Ha peleado por salvar a sus dos hijos en un hogar desestructurado con distintos episodios matrimoniales infortunados... Y de pronto, el tiempo se le ha echado encima y en el horizonte sólo asoman las sombras.
Gurús budistas y escritores de autoayuda nos recuerdan insistentemente que debemos vivir el presente, no impacientarnos, no pasarnos la vida haciendo planes y aplazando la felicidad para mañana. Está muy bien, pero temo que la pretensión de vivir al margen de la temporalidad es ilusoria.Quizá sea un veneno, pero ese veneno nos constituye. No vivimos en el tiempo, somos tiempo, sólo hay tiempo, no hay otro lenguaje al que traducir nuestra experiencia.
Fue San Agustín el primero en anunciar que Dios había elegido la Historia para desarrollar su plan para la estirpe de Adán. Hegel y otros modernizaron ese planteamiento, pero les faltó un paso más: lo dio Heidegger, en el decisivo periodo de entre-guerras al definir al ser-ahí del hombre como un "ser para la muerte": No habitamos el tiempo, somos tiempo. No somos nada más allá de la contingencia que supone existir sabiendo que somos caducos y que nuestro destino es la extinción. El miedo a esa condición finita forjó la más gloriosa de todas las ficciones: la eternidad. Pero, como también afirmó Cioran, la fe es la mayor torpeza jamás ideada por un mamífero: sólo eliminando lo perecedero, es decir, todo aquello que nos importa, podemos concebir la eternidad.

"Se ha pasado muy rápido", me dijo recientemente una anciana que me vio crecer. El tiempo nos acucia a todos. No es que pase rápido o que la vida sea corta, es sólo que cuando nos situamos ante el pasado nos parece que no ha durado lo suficiente, que lo que el tiempo inmenso del que creíamos disponer era una promesa incumplida.
Boyhood es una gran película. Sin truculencias ni histeria nos hace ver que vivimos a la intemperie y envejecemos sin remedio... Y sin segundas oportunidades.