Wednesday, November 10, 2021

LOS MISERABLES

 


Repaso en youtube la formidable entrevista que Iglesias realizó a Carlos Fernández Lliria en La Tuerka. 

https://www.youtube.com/watch?v=kZMrO3fR9ps

Preguntado en las postrimerías de la entrevista por algunos personajes, me sorprende su contundencia al definir a Gabriel Albiac como un "estafador y un miserable". Dado que otorgo gran autoridad intelectual y moral al entrevistado, no tardo ni un minuto en ponerme a escrudriñar por internet, a ver que es en la actualidad del personaje aludido, entre otras cosas por qué hace ya veinte años que dejé de seguirle. En aquel entonces Albiac me parecía un tipo avispado y con una formación envidiable: Althusser, Negri, Foucault, la cultura judía... El problema es que, cuando le leía, ya presentía en sus textos cierto olor a confusión. Me pasaba como con los textos de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la gloriosa Falange, que tan pronto se expresaba como un musolini de segunda que parecía estar a punto de comandar una revuelta proletaria. No tardé en cogerle el truquillo: Albiac hacía uso de una formación inequívocamente marxista para terminar dirigiéndola contra sí misma, es decir, para arremeter contra todo lo que sonara a izquierda. 


A mí la trayectoria de Albiac no me deja lugar a dudas: es el típico ex-comunista que pasó de odiar el Régimen a terminar poniendo su experiencia y sus conocimientos al servicio de los reaccionarios de la patria. La lista de los que son como él resulta extrañamente amplia: Sánchez-Dragó, Jiménez Losantos, el ex-ministro Piqué, Moa... Podríamos meter en el saco a otros como Azúa, Savater, incluso, aunque sea peruano, a Vargas-Llosa. Ahora entiendo aquella frase atribuida a Palmiro Togliatti, quien afirmaba que "la última guerra será entre comunistas y ex-comunistas". 

A ver, si uno piensa en Borges, en Chesterton, Churchill, de Maistre o Carl Schmitt, puede hacerse cargo de que no necesariamente ser conservador equivale a ser gilipollas. El problema es pues intrínsecamente hispánico. Por razones que sería largo analizar pero que están ahí, la derecha española, más que burguesa, liberal o tradicionalista, es por encima de todo castiza y cerril, no pasa de reaccionaria y odia todo lo que suene a intelectualidad o apertura de mente. Por eso, cuando necesitan legitimarse, como no saben ir más allá de "los rojos también sois malos", recurren a ex-comunistas más o menos bien formados para convencerse. 


Es significativo que sea un tipo tan oscuro como Pío Moa quien ha removido las bajas pasiones de la derecha al "revisar" la Guerra Civil, de cuyo relato supuestamente se habrían apoderado los rojos, recordando que, a fin de cuentas, Franco fue lo menos malo que podía pasarnos. Es igualmente preocupante que durante tantos años nuestros conciudadanos fachas hayan convertido en referente  intelectual y moral a un fanático tan colérico, resentido y lleno de odio como Jiménez Losantos. Y el cóctel funciona. Ya sabemos: en las checas se torturaba a mansalva durante la guerra; Paracuellos debe ser continuamente recordado pero los que hablan de buscar en las cunetas y de memoria histórica son unos resentidos; la izquierda es connivente con los secesionistas, incluyendo a los batasunos; el comunismo es totalitario y genocida como Stalin, Pol Pot, Mao y Castro; el gobierno con Podemos es bolivariano; Zp echó al PP de la Moncloa gracias al 11M... Creo que no hace falta continuar, la lista de tópicos a los que la derecha se aferra para desacreditar cualquier discurso progresista es interminable.



Les explico cómo creo que funciona el negocio. 

Gabriel Albiac publica recientemente un ensayo sobre el Mayo Francés, en cuyas algaradas participó. Me llama la atención que el libro salga ahora, pues el aluvión de trabajos sobre el asunto vino con el 40 aniversario de la toma de la Sorbona, en 2018. (Aprovecho para recomendarles el excelente ensayo de Joaquín Estefanía, "Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía", donde el episodio francés es enmarcada dentro de la lógica del pensamiento antagonista del último medio siglo). Como no voy a leer el libro, pero conozco al personaje, me ceñiré a una entrevista que, a propósito del mismo, he consultado.

(https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-gabriel-albiac-ahora-vende-como-revolucion-populismo-201804150119_noticia.html)

La cosa es más o menos así, siempre según el interfecto. 

En general el 68 fue una impostura bastante mierder. Allá iban tirando cócteles molotov legiones repletas de fanáticos maoístas, hipócritas hijos de papá que terminaron bien colocados y malvados manipuladores como Sartre. En general, eran -éramos, dice don Gabriel- un hatajo de jóvenes que no tenían ni zorra idea de nada. Aún así, debemos ser indulgentes porque se trató de un movimiento potente e ilusionado que transformó muchos hábitos de pensamiento y conducta en Occidente. Lo realmente importante es que puso fin al mayor horror de la historia, el comunismo. Lo que a Albiac le parece relevante es que constituyó en realidad una explosión libertaria y heterodoxa contra el espíritu totalitario del marxismo, encarnado a la obediencia soviética que aún subsistía y que empezaba a ser sustituida por la de Pekín. Después de todo, aquella confusa correría juvenil y desnortada tuvo algo bueno: abrió el camino al fin de la fe comunista, lo que desembocaría más de veinte años después en la Caída del Muro. El mundo se ha librado de los catecismos marxistas y, por tanto, ahora somos razonablemente felices. 


No soy comunista y no tengo duda de que Stalin fue un psicópata y Castro un oportunista. Pero sí soy de izquierda y, sobre todo, creo que la experiencia del 68 arrastra valores transformadores sumamente influyentes. Su heterodoxia pudo ser una molestia para la izquierda autoritaria, pero, mucho antes que eso, Mayo constituye una llamada de alerta respecto al riesgo de esclerosis de los valores democráticos en un mundo regido por los valores mercantiles de la moral burguesa. Fracasara o no, que esa es otra historia, los movilizados de La Sorbona tuvieron la audacia de intentar llevar a la práctica la mayor de las promesas democráticas, la de la participación ciudadana, que veían seriamente amenazada... una intuición que ha resultado profética, como hemos ido comprobando posteriormente. 

No sé si ven a donde voy a parar. El mecanismo es siempre él mismo: yo fui de izquierdas, sé lo malos que son los rojos y lo peligrosa que es la tentación del comunismo. A partir de ahí, selecciono aquellos datos que me dan la razón y elimino torticeramente los que me la niegan, dibujando con ello el paisaje que colma los deseos de quienes me leen, es decir, reaccionarios bastante cerriles y con poca formación. 


Ojo, los datos siempre se seleccionan y responden a interpretaciones, pero se puede ser un manipulador o investigar de forma honesta. Lo primero, como diría Fdez Lliria, es propio de estafadores y de miserables.  

 

Monday, November 08, 2021

LOS FINES DE LA EDUCACIÓN (Y II)

 

 

 

 

¿Qué es una escuela? Siguiendo la denominación de Neil Postman, se me ocurre que es un “centro de atención”… O mejor, debe serlo, pues de lo contrario lo que tenemos es un “centro de detención”. La segunda opción suena fatal, pero no es descabellada. Alguien podría decirme: "bueno, la escuela socializa, como ha hecho siempre... y ahora además integra". La integración... sospecho que ese es el término clave del actual relato educativo. Suena bien, pero ofrece un problema: por muchos que sean los alumnos con problemas de integración que ingresan en un instituto, siempre son una minoría... Queda una inmensa mayoría silenciosa más allá del palabro dichoso. Si ocupan un pupitre es porque aspiran a obtener conocimiento. En cuanto a la minoría problemática... está bien que queramos integrarlos, pero ¿integrarlos a qué? Insisto en la pregunta: ¿cuáles son los fines de la educación?


Tengo encendidas las alarmas desde hace tiempo porque los niveles de hastío que presiento en el alumnado son casi dramáticos. Se diría que vienen, con una obediencia que me cuesta explicar, a fustigarse como penitentes durante seis o siete horas escuchando hablar de cosas que, por lo general, son incapaces de asociar a sus propias vidas. ¿Les sorprende que haya profesores desmotivados? Yo he oído decir a un compañero que jamás se sintió tan a gusto en un aula como cuando impartió clases a presos de la cárcel, pues "por primera vez en mucho tiempo he sentido que unos alumnos me hacían caso". A mí me ha pasado lo mismo con ancianos en una universidad popular. Pero yo educo a adolescentes, joder ¿qué está pasando? 


Voy al grano. Creo que falta un relato compartido, creo que la escuela lo tuvo y lo ha perdido. Existía ese relato en el franquismo. Era un relato repugnante, pero funcionaba a su manera. Existió en los primeros años de la democracia, durante los cuales los institutos públicos pasaron por una edad dorada que las sucesivas legislaciones, empezando por la logse, consiguieron destruir. El supuesto relato de la integración que hoy parece sustentar la escuela es una falacia. La prueba es que la misión de socializar o integrar a alumnos que lo necesitan por razones de extranjería, pobreza, disrupción o dificultades cognitivas, recae sobre los centros públicos. Las escuelas privadas, o mejor dicho, concertadas -puesto que las pagamos todos- no se dedican a integrar, más bien capturan al alumnado "deseable". 

Igualmente falaz es el relato de la revolución tecnológica, la innovación educativa o la última moda: las ciencias cognitivas. Como explica Neil Postman, "lo que no se ha podido solucionar sin  ordenadores tampoco va a solucionarse con ellos". No hay relato compartido para la escuela, por eso la ideología de trasfondo que se impone es la que domina el mundo tras los muros: productivismo, consumo, mercado. 

No sé si me explico. Cuando yo estudiaba se entendía la escuela pública, y muy en especial la entonces llamada enseñanza media, como "un ascensor social". Esa prodigiosa metáfora creaba un círculo virtuoso: la educación pública y de calidad es un vector de movilidad social. Deberíamos preguntarnos por qué la movilidad entre clases se ha paralizado en nuestro tiempo. Como en el franquismo profundo, si provienes de clase humilde en España envejecerás y morirás como persona pobre. Por eso, lo que conseguimos mis compañeros y yo en el Instituto es fabricar indiferencia. Trabajo en una localidad formada por clase obrera, con una legión de familias desestructuradas y niños con problemas que antes que de integración son económicos. Lo que estamos produciendo es, fundamentalmente, mano de obra barata. Lo que se me pide no es que enseñe los derechos humanos o a Descartes, lo que me piden es que haga de guardés del garaje donde los chicos pasan largas horas diarias. Si consigo que los más conflictivos no terminen siendo delincuentes, perfecto, si no lo consigo, al menos que no estén en la calle haciendo maldades durante unas horas. 


Me llama la atención el tiempo que se emplea en debates pedagógicos. Se critican las clases magistrales y la supuesta obsesión de los docentes por la carga memorística. No digo que no sea un buen debate, pero no es "el" debate. La verdadera cuestión, con independencia de la metodología que cada profesor emplee como buenamente pueda, es si la sociedad quiere que los niños aprendan algo. 

Miren, es mejor no buscar problemas inexistentes ni inventar bálsamos de fierabrás. Lo que hace un profesor, a veces por pura vocación, a veces por simple ánimo de supervivencia profesional, es civilizar a sus alumnos. Civilizar, en el sentido más ilustrado de la palabra. Llegar puntualmente a clase, sacar el cuaderno, aprender a escribir disertaciones, leer significativamente textos y analizarlos, guardar turnos de palabras, evitar abusos y acosos, multiplicar y dividir fracciones, visitar parajes naturales para aprender a amar el entorno... ¿De verdad creen que es muy diferente de lo que la escuela ha hecho siempre? Si además, y en esto los filósofos estamos especialmente alerta, de crear librepensadores o, si lo prefieren, ciudadanos con conciencia crítica, entonces es un diez. Si les hacemos sentir útiles a la comunidad, entonces matrícula de honor. 

Sentirse útiles a la comunidad, lo acabo de escribir con toda la intención. Hacerles entender que forman parte de la tribu y que habrán de heredad la responsabilidad de conservarla y hacerla crecer. Eso y la posibilidad de prosperar en todos los sentidos es el célebre relato. Lo demás es botellón, y drogas, y fascismo, y consumo, y teléfono móvil, y Vox...



Thursday, November 04, 2021

LOS FINES DE LA EDUCACIÓN (I)



¿Qué les hemos hecho?, pregunta mi compañero de Departamento en relación al enésimo ataque perpetrado a la enseñanza de la Filosofía. Reducción drástico de las horas en bachiller, eliminación en la ESO, supresión cuasi-absoluta de la Ética. Cada vez que el PSOE diseña una ley de educación, nuestra materia sale seriamente malparada. Bien visto, yo no creo que les hayamos hecho gran cosa a los socialistas. La ex-Ministra Celaà es demasiado estúpida como para diseñar tramas conspirativas orientadas a evitar que los alumnos cultiven el pensamiento crítico y todas esas cosas que los filósofos presumimos de enseñarles. Yo creo que en realidad es una mezcla de indigencia intelectual y tecnocracia. Para que parezca que hacen algo diferente, necesitan colocar en el currículo materias supuestamente innovadoras, por lo general con nombre rimbombantes con los que se pretende ocultar su vacío y su inutilidad. La consecuencia es que la pagamos, como otras veces, los de Lenguas Clásicas y nosotros. 


Voy a dejar pasar la tentación de defender aquí la importancia de las enseñanzas que vengo impartiendo desde hace casi tres décadas. Desempeño mi trabajo -y a mí por cierto nadie me regaló mi plaza- con ilusión y afecto, pero también con un creciente desaliento, pues compruebo en mi larga experiencia que no voy a convencer ni a las multitudes ni a quienes las gobiernan que lo que esta sociedad necesita es más Platón y menos Prozac. Además, tengo comprobado que este tipo de protestas, a veces incluso entre algunos compañeros, huelen mucho a defensa de intereses corporativos o sectarios.  


Ya que vamos a estrenar la octava ley de educación desde la llegada de la democracia, permítanme hacer algo más filosófico que defender mi carga lectiva. ¿Se han preguntado alguna vez cuál es la finalidad de la escuela? Quizá no se hayan percatado, pero en el fondo es la misma pregunta que esa que se hacen ustedes cuando con gran sensatez observan que cada gobierno suprime la ley vigente para imponer, normalmente sin acuerdo, una nueva y que lleva su sello. El disturbio consiguiente a pie de obra es fácil de imaginar. Eso a los políticos les importa bien poco. El PP considera enemigos a los docentes, en especial a los de la escuela pública; el PSOE piensa que somos mercado electoral cautivo, pues desoye nuestros consejos y nos engaña de forma sistemática, a pesar de lo cual -o eso creen en el Partido- se les sigue votando sin mayores resquemores. De otro lado, la política siempre tiende a ser cortoplacista. De lo que en educación planta un legislador ahora recogeremos frutos dentro de mucho, cuando a él ya nadie le pida cuentas, ni siquiera aunque esos frutos sepan a demonios o estén envenenados. Por eso, en ningún terreno se advierte con más claridad que en educación la conversión de la política en marketing o, como diría Baudrillard, en simulacro. Hay cambios continuos porque, en el fondo, no se quiere cambiar nada en profundidad... la comunidad escolar es rehén de una batalla partidista, por eso llevamos treinta años dando vueltas como una ratita en la rueda de la jaula, sin saber nunca ni siquiera bajo qué marco legal estamos agarrando una tiza. 


Insisto: ¿para qué enseñamos? ¿Por qué ustedes, señores ciudadanos, me pagan fielmente al final de cada mes? ¿Qué pretendemos conseguir cuando construimos un establecimiento educativo? Muy a menudo presenciamos debates sobre el modelo educativo. El diario El  País, por ejemplo, cuya empresa matriz sostiene grandes intereses en materia educativa, nos ilustra casi a diario con expertas apreciaciones sobre los más revolucionarios métodos para enseñar. Se nos habla de los grandiosos descubrimientos de las ciencias cognitivas, de lo sabios y felices que seremos cuando terminemos de informatizar las aulas, de la importancia de que los profesores nos reciclemos, de los premios que tal o cual banco o corporación de especuladores entrega con no sé muy bien qué criterios a cierto proyecto educativo que "va a revolucionar la docencia"... 


Imaginen la siguiente situación. En una oficina ferroviaria los supuestos expertos discuten larga y sesudamente sobre cómo incrementar la velocidad de los trenes. Al cabo de un rato ya han resuelto el problema: los trenes van a ir más rápido y van a ser incluso más bonitos y a servir café de más calidad... El pequeño problema es que nadie se ha preocupado de pensar sobre la dirección de dichos trenes. Irán muy rápido, pero no sabemos a dónde. 


Este es el gran problema actual de la educación: no sabemos cuál es su finalidad.  


(CONTINUARÁ EN BREVE)

INHABILITADO

 



Si cedo a mis primeros impulsos voy a empezar a decir burradas en relación a la inhabilitación del congresista Alberto Rodríguez, de manera que mejor les pongo en manos de dos tipos tan documentados como Ximo Bosch, portavoz de Jueces para la Democracia, y del ex-juez Martín Pallín. 

Espero que al menos a ellos no los acusará el Juez Marchena de "ignorantes", como suele hacer cuando se le discute. Debe ser mi analfabetismo jurídico el que me invita a sospechar que este togado tan pistonudo es un pit bull del PP en el Tribunal Supremo. ¿Es tendenciosa su actitud en este asunto? No tengo ninguna duda. Tanto como lo fue en el caso Garzón, cuya destrucción profesional ha sido el mayor éxito que se ha apuntado el personaje. En cuanto a la Presidenta de la Cámara Baja... Lo siento por mis amigos socialistas, cuyo cariño hacia mí voy a poner a prueba una vez más, pero una cosa es la prudencia que se exige en un cargo como el que ella desempeña y otra es la cobardía. Una Presidenta debe defender a sus congresistas, no contra cualquier cosa, obviamente, pero sí contra la injusticia. Muy a menudo, y en relación a la separación de poderes, reclaman los conservadores que los políticos -siempre tan sospechosos de autoritarismo a sus ojos- no intercedan en el poder judicial. Yo empiezo a preguntarme si ese peligro no viene en la dirección contraria, pues el apremio de Marchena a Batet, instándole a "ejecutar" su sentencia, tiene poco de homenaje a Montesquieu. Como ha dicho Gabriel Rufián, acabamos de elegir al Juez Marchena nuevo Presidente del Congreso de los Diputados. 




Es imaginable el recorrido futuro de la ridícula sentencia que ha desembocado en la inhabilitación de Alberto Rodríguez. Pasará como con la que expulsó de la judicatura a Baltasar Garzón, que ya ha sido condenada por arbitraria por el Tribunal de Derechos Humanos de la ONU. Lamentablemente, eso será dentro de mucho, y acaso ni siquiera sirva para que en este país hagamos una reflexión profunda sobre la calidad democrática de nuestros tribunales superiores. Por mi parte, yo tendré que intentar explicarle a mis alumnos por qué un político que no ha hecho nada sale del Congreso y caballeros infinitamente más tóxicos salen de la cárcel al poco o no llegan siquiera a entrar en ella.  

Por supuesto reaparecen las sombras de la persecución a la izquierda, más en concreto a Podemos. Honra al diario El País el editorial del otro día, en el que denuncia de forma concluyente un proceso que huele mal, muy mal. Acaso se han dado cuenta de que este ataque viene de la derecha y que, además, no hace sino reforzar la credibilidad de Podemos como partido perseguido por el stablishment. No quiero ser mezquino, en la dirección de El País sido justos y ya está,  pero conviene no olvidar que el grupo Prisa ha sido durante años especialmente feroz a la hora de cargar contra la organización morada. 


Lo he dicho muchas veces, el gran pecado de Podemos ha sido su éxito. La singularidad de esta organización, nacida al socaire de una monumental crisis de legitimidad del régimen democrático, ha dejado de parecerme el asunto central de lo que yo bauticé hace tiempo como "el Caso Podemos". Lo que de verdad despierta mi interés como sociólogo es el rechazo a Podemos. No solo ha sido un tema de fachas rancios y poseídos por un atávico miedo a qué sé yo... el comunismo, la colectivización de la tierra y los bancos, la reapertura de las checas, la importación del modelo bolivariano. Lo que de verdad me ha sorprendido es la cantidad de personas a las que respeto y con una buena formación intelectual y moral que han cargado insistentemente y de forma inmisericorde contra el intento más serio que yo he conocido de transformar significativamente las estructuras del país. Creo que en la experiencia Podemos hay, con opciones de éxito o sin ellas, un propósito real de lesionar la confortable seguridad en la cual viven los amos del país, seguros de que mientras gobierne la izquierda del Psoe, no se irá mucho más lejos de casar a los gays o pacificar a los catalanes insurrectos. No diga que sea poca cosa, pero a veces me gusta creer que puedo ilusionarme con la política. 


Me pasó en su momento con Podemos, cuyo gran pecado -lo diré una y mil veces- ha sido su éxito. Me está pasando ahora, por cierto, con Yolanda Díaz, a la que me gusta imaginar como futura Presidenta del Gobierno de España. Pero parece que pensar así te expone a muchos riesgos. Es, a fin de cuentas, lo que le ha pasado a Alberto Rodríguez, aunque a lo mejor es solo por las rastas. 

Tuesday, October 19, 2021

SOBRE EL JUEGO DEL CALAMAR



Despierta inquietud la propagación por los patios escolares de los siniestros procedimientos de "El juego del calamar". Es razonable, pero no veo gran novedad ni motivo de escándalo: desde tiempos remotos la tele o el cine han fecundado la imaginación infantil para perpetrar barbaridades... puedo jurarlo. En cualquier caso para maltratar a los débiles, cumplimentar venganzas o sacudirle al mariquita de la clase nunca hicieron falta inspiraciones ajenas, nos bastábamos con nuestra propia barbarie. 

¿Les parece atroz lo del calamar? Bien, pero es que la televisión que yo veía de crío también estaba llena de violencia, machismo y crueldad. Se veía menos sexo, sí, pero se presentía por todas partes sin llegar a hacerse explícito porque la mojigatería reinante vigilaba escrupulosamente. No sé si nuestros chicos consumen más o menos violencia mediática, pero puedo asegurarles que no son más crueles ni mas acosadores ni mas violentos que éramos nosotros. De otro lado, no estaría mal recordar a los padres que son ellos quienes deciden qué pueden y qué no pueden ver sus vástagos en la tele o en internet. 

A grandes rasgos y por si forman parte de la minoría que aún no ha visto la serie...

Seong Gi-hun es un paria social por méritos propios. Ludópata y, a menudo, borracho y pendenciero, las deudas le están devorando. Es un milagro que su madre le deje aún vivir en su casa o su ex-mujer todavía le permita ver a su hija, con la que Seong actúa como el más incompetente de los padres. En plena desesperación, topa con un caballero que representa a una misteriosa firma que organiza juegos con grandes premios en metálico. La pesadilla empieza en ese momento. Seong entra junto a varios centenares de desdichados como él en un escenario infernal de juegos con apariencia infantil donde perder supone la muerte. 

Asistimos desde entonces a una sucesión de competiciones, cada una de las cuales es más siniestra que la anterior. El chirriante colorido de las estancias, similar al de una simpática guardería, y el tono falsamente afable de la voz en off que se dirige a los participantes, es lo único que nos aleja de Auschwitz. La muerte es igualmente calculada, el terror de ser el siguiente se convierte en parte esencial de la lógica en que se instalan los "jugadores". La crueldad no encuentra límites, la vida pasa a no valer nada o, en todo caso, a valer la entrada que unos cuantos desalmados pagan por contemplar el espectáculo. Se me ocurre que al menos los nazis tenían algún motivo contra los judíos. En el Calamar no mueres porque nadie tenga nada contra ti, eres tan solo una pieza cuyo destino es ser "eliminada" como parte de una diversión macabra. 

Los jugadores no son obligados a participar, deciden voluntariamente seguir en la isla porque, pese a que solo uno de entre varios cientos habrá de sobrevivir, la codicia de obtener la gigantesca bolsa de millones reservada al ganador les empuja a resistir. El mismo Seong, perfectamente consciente de la locura en la que han ingresado, decide resistir porque encuentra en la isla la única posibilidad que vislumbra de abandonar el pozo de fracaso y ruindad al que se ha abocado su vida. 
 

No les cuento más. Les recomiendo el visionado de la serie desde una contradicción: no me gusta El juego del calamar. Creo que es un producto astuto, es decir, efectista y destinado a no dejar una huella demasiado profunda... Está muy lejos de lo que considero una teleserie importante y peligrosamente cerca de otras tan tramposas como La casa de papel, a la que recuerda en algunos aspectos. Brilla en su poder adictivo e incluso consigue algunos personajes luminosos, pero poco más. 

Y pese a todo... Verán, llevo días preguntándome si no hay algo de verdad en lo que imagina el guionista de esta serie. Ya nos hemos acostumbrado a la pornografía emocional del reality, donde los protagonistas se pelean, follan y odian "de verdad", como nos enseñó Gran Hermano, en un camino que después se ha hecho sistémico en la televisión del siglo XXI. ¿Por qué no llevar hasta sus últimos extremos la lógica del reality, convirtiendo el terror y los asesinatos en la parte esencial del espectáculo? Como explica Byung Chul Han -por cierto filósofo de origen coreano- el capitalismo contemporáneo tiene la misión de "extenuarnos". Convencidos de que somos responsables de nuestra mediocridad y nuestro fracaso, nos auto-obligamos, como los jugadores del calamar, a obedecer sin rechistar hasta morir por agotamiento y ansiedad. En la serie te pegan un tiro en la cabeza cuando pierdes. No es una pequeña diferencia, pero acaso el paisaje de la precariedad hacia el que nos encaminamos tiene algo que ver con el de la dichosa isla. 

Creo que harán bien viendo la serie. Pero sin niños, of course.  

Thursday, October 14, 2021

FIERAS CORRUPIAS






No es probable que la posteridad otorgue su gloria a Fernando Sánchez-Dragó por la valía de su ingente obra literaria, pero hay que reconocer que sus programas televisivos nos brindaron algunos episodios impagables. Muchos de ustedes recuerdan la borrachera de Arrabal, seguro que sí. Pero, ya ven, a mí me mola más aquel en el cual Manuel García Viñó lidió violentamente con Vicente Molina-Foix, concluyendo la contienda fuera de cámara con un bofetón de aquél a éste.

Viñó ya murió hace tiempo y ni siquiera el libelo que él dirigía, “La fiera literaria”, continúa publicándose. En cuanto a Molina-Foix, ha comentado en alguna ocasión que aquel fue un episodio penoso y que no es buena cosa que a menudo, cuando se habla de él, se le recuerde por este trance y no por sus textos.

Miren el video, tiene su enjundia. Un anciano con signos evidentes de enfermedad mental escarnece sin motivo aparente al contertulio… Le grita, le insulta, trata de convencerle de que es un mal escritor y, lo más llamativo, dice que puede “demostrarlo”. Lo de acabar con una hostia es casi lo de menos: si se pudiera matar con las palabras, Molina-Foix no habría sobrevivido al “coloquio”. Tuvo razón el escritor en su respuesta: García Viñó se comportó como lo que probablemente era, un fascista. El motivo fundamental por el que sospecho que Dragó le convocó es que tanto en La fiera como en diarios muy de derechas se dedicaba a defenestrar insistentemente a los novelistas más celebrados del país.

A quienes conocían La fiera literaria no debieron sorprenderles tales maneras. El objetivo principal de esta publicación era demostrar que Javier Marías era el peor escritor de la historia. Desataban también largas secuencias de insultos y desafíos a Elvira Lindo, Antonio Muñoz-Molina, Almudena Grandes o Juan José Millàs. No me olvido de Arturo Pérez Reverte, otra de sus fobias declaradas. Claro que don Manuel no se limitaba a los escritores en nómina de Prisa: también cargaba sin piedad contra el star system de otros gigantes editoriales, de ahí sus feroces diatribas contra Eduardo Mendoza o Carlos Ruiz-Zafón. Las malas lenguas interpretan que la final caída en desgracia de Viñó tiene que ver con que molestó a ciertos prebostes del mundillo mediático, y no me refiero a Prisa.




A través de Wikipedia he sabido que el tal Viñó fue también un prolífico literato, con largas incursiones en materias dispares como la poesía, la novela o el ensayo. Solo los títulos de sus obras ya prometen un aburrimiento sin fin, pero creo que no emplearé mis próximos años de vida en comprobarlo. Mi conclusión es imaginable: un escritor fracasado que se hace célebre insultando a colegas con éxito es, por encima de todo, un envidioso.

Su mayor invención como crítico es, por lo visto, la” lectura acompasada”, que consiste en copiar fragmentos de escritores muy leídos para demostrar que hacen un uso incorrecto del castellano. Así se entiende lo que en el video -pueden comprobarlo ustedes- le dijo en un tono muy aseverativo a Molina-Foix: “puedo demostrar que usted es un mal escritor”.

Bien. He consultado algunos de esos pasajes en La Fiera. A veces son hasta divertidos. Y no es que no tenga razón ocasionalmente: supongo que a veces Javier Marías cae en ciertos usos lingüísticos discutibles. El problema es que si yo no adoro al autor de “Berta Isla” no es porque Viñó y otros fanáticos del rigor académico me hayan “demostrado” que es un mal escritor... El problema es más bien que nunca consigo entusiasmarme con sus tramas, con sus personajes, con su sentido estético, con su ámbito de preocupaciones, con su visión del mundo… Marías me deja frío, más o menos igual que algunos de los autores a los que odiaba Viñó. Sin embargo, discrepo radicalmente en otras fobias, por ejemplo la que toma como diana a Eduardo Mendoza, quien a mi entender alcanza cimas literarias con novelas como “La verdad sobre el caso Savolta” o “La ciudad de los prodigios”. Podría hablar de los demás citados, de mis impresiones respecto a cada uno de ellos, pero yo, al contrario que el señor Viñó, no me considero un experto literario.

Desconfío de la posibilidad de “demostrar” que X o Y son malos escritores. Yo he oído aseverar de forma concluyente que Hemingway es un escritor nefasto, pero, qué quieren, a mí me encantan “Por quién doblan las campanas” o “El viejo y el mar”. He leído incluso críticas hacia el manejo del castellano supuestamente descuidado de Cervantes en el Quijote, pero a mí don Miguel consigue cautivarme en cada página.
















¿Algo más? Sí, ha de haber algo más. De lo contrario no tendría sentido referirse a un personaje y una publicación cuya difusión solo es explicable por el morbo de ver cómo se insulta a celebridades y, sobre todo, por esa obsesión por desacreditar al Grupo Prisa que la derecha española arrastra desde hace más de treinta años. A mí la causticidad de un viejo resentido puede no decirme gran cosa. Pero, verán, con independencia de si nos gusta más o menos Javier Marías, la cuestión es si realmente hay algo de verdad en la opinión central de Viñó, según el cual el mercado literario ha convertido la novelística española de los últimos cincuenta o sesenta años -se dice pronto- en una absoluta impostura. De entrada no creo que sea malo que haya un mercado literario, me parece inevitable. ¿Legiones de autores injustamente postergados? Seguro que sí, aunque si leen la singular la lista que hizo La fiera de las mejores novelas españolas del siglo XX, igual les pasa como a mí, que me invita a pensar que en el mundo hay mucho flipao y mucho imbécil empeñado en parecer original y profundo.

… Y aun así, la pregunta tiene sentido: ¿cuanto de impostura hay en lo que con gran esfuerzo inversor promocionan Planeta o Prisa? A los espabilaos de La Fiera les pone enfermos Marías. A mí me parece un bluff Ruiz Zafón. (A Marías les parecemos imbéciles todos, dicho sea de paso). No sé, una vez me dijo un músico que los Rolling Stones eran unos “músicos mediocres”.  Pues será así, pero a mí, que no sé ni solfeo, me parecen geniales. Lo que intento decir es que la celebridad, dentro y fuera de la literatura, es siempre sospechosa o, como dijo Rilke, “una suma de malentendidos”. Y sí, la industria literaria nos ha dado a truhanes como Fabio Coelho o Pío Moa. Pero también nos ha dado a Luis Landero, no lo olvidemos.

Friday, October 08, 2021

PAGAR IMPUESTOS

 


No debería hacer falta explicar a la gente por qué pagamos impuestos. Entiendo que, de entrada, la palabra nos ponga a todos a la defensiva. “Imponer” implica coaccionar, tomar algo a la fuerza que no se concedería de buen grado. Esta precisión semántica invita a pensar en la famosa definición de estado como “aquel al que se atribuye el monopolio de la fuerza”, que debemos al imprescindible Max Weber. Existen sin embargo sinónimos que no arrastran las mismas connotaciones, como “tributar”, o el medieval “diezmo”. En uno u otro caso, entendemos que hay una administración que recauda en capital o especies de sus súbditos, y que es perfectamente humano desear que al jinete uniformado y su séquito se les olvide este año pasar por nuestra hacienda y llevarse una parte, que siempre nos parece excesiva, del grano que hemos obtenido agachando el lomo como mulas de carga.

Ahora bien, desde que el mundo es mundo, o mejor dicho, desde que existe la civilización, siempre ha hecho falta sufragar una administración. Con el tesoro público resultante se financian cosas tan buenas como la construcción de caminos, escuelas y torres de vigilancia, o tan malas como mazmorras, cañones o patíbulos. Supongo que un anarquista profundo recordará aquello de “no le deseo un estado a nadie” y contestará que las grandes estructuras burocráticas se crearon no para liberar a los ciudadanos sino más bien para garantizar su esclavitud. Sugerente principio, pero hay un pequeño problema: sin instituciones no podríamos vivir, y, como dice Tony Judt, “de momento no hemos inventado nada mejor que los estados”.

Hablando del monopolio de la fuerza y de las atribuciones de la res pública, recuerdo de la universidad a un radical que afirmaba de forma concluyente la necesidad de acabar con el ejército. Yo simpatizaba con su convicción pacifista, pero cuando una anciana le preguntó lo típico en estos casos -“y si no hay soldados, ¿qué hacemos si nos invade el Rey de Marruecos?-, yo no terminé de ver clara su respuesta, aunque me eché unas risas:

“Pues que entren las tropas de Hassan II... a mí me la sopla”

 




Supongo que ven por donde voy. No me gustan demasiado las fuerzas armadas, de hecho hice en su momento lo que pude por librarme de la mili, pero lo que no soy es gilipollas. Hablando de radicales, también recuerdo el caso de un pequeño terrateniente para el que trabajé en una ocasión, y al cual yo definiría como un “anarquista reaccionario”. Era un activo defraudador fiscal. Decía que si venían “los moros, yo los espero en mi casa con la escopeta cargada”. Alguien podría pensar que si todos actuáramos así no harían falta ejércitos, pero yo más bien creo que harían falta legiones armadas hasta los dientes para evitar que nos matáramos unos a otros.

 

Siento haberme hecho mayor y, por consiguiente, escéptico en relación a ciertos excesos pueriles del radicalismo. Pero, verán, a menudo me malicio que a los amos del mundo les encanta oír que lo público no funciona y que el Estado nos oprime, pues lo que desean es justamente eso, debilitar hasta sus últimos extremos su poder garante de la justicia y el derecho para que triunfe de una vez por todas y sin trabas la ley del más fuerte.

A ver. El País, al que por primera vez en mucho tiempo estoy dispuesto a elogiar, ha sacado a luz una trama de empresas off shore en paraísos fiscales que, lejos del caso puntual, parecen corresponder a un problema sistémico. No voy a explicar qué es un paraíso fiscal ni cuáles son las monstruosas dimensiones del fraude que propician, pero tengo claro desde hace mucho que constituyen uno de los grandes cánceres de la comunidad planetaria y que deben ser perseguidos porque ocasionan desigualdad, injusticia, violencia terrorista, criminalidad… ¿No hablaba Bush jr, de “El eje del Mal”? Pues ahí lo tienes, majadero, por ejemplo en unas islitas a unas pocas millas de tus costas.

Un neoliberal me dijo que lo que hay que hacer con los paraísos fiscales es “competir con ellos”. Supongo que el odioso dumping fiscal que con respecto a otras comunidades españolas ejerce actualmente Madrid debe parecerle estupendo. Lo que a mí me parece es que a los tramposos hay que sancionarlos, pues jugar dopado es jugar sucio. El problema no es solo nacional, obviamente. A lo mejor soy un racista, pero no creo que haya en el mundo un país más odioso que Suiza, aunque en el pack podríamos meter a otros, y no solo a los ya reconocidos como Luxemburgo, Mónaco o Liechtenstein, que parecen haber sido creados para que los amos del viejo continente custodien sus tesoros de la supuesta codicia de los burócratas.

Las autojustificaciones son conocidas. Enumero, algunas son muy divertidas.

 

1.     Mis impuestos sufragan a funcionarios vagos y políticos corruptos.

2.     Todo lo que se gestiona desde la administración pública y no desde las leyes del mercado es ineficaz.

3.     No es ilegal buscar salidas menos gravosas para mis bienes.

Podríamos seguir. Hasta llegar a declarar que la fiscalidad es un robo y que viviríamos mejor sin impuestos no va demasiado trecho. A mí, que soy malicioso, todos estos mantras de los think tanks liberales me huelen un poco a chamusquina. Yo también me desgravo mis cosillas, e incluso he llegado a acceder a los deseos del fontanero que me arregló el wc y me dijo que no me haría recibo. No soy un santo. Pero la realidad es que pago unos impuestos bestiales al consumo, a través de las facturas de agua o luz y, por supuesto, a través del IRPF, que me resta un tanto por cien altísimo de mi sueldo bruto. Me ponen enfermo la corrupción y las puertas giratorias, pero sospecho que quienes más hacen por untar a los políticos o meterlos en sus consejos consultivos cuando salen de los partidos son precisamente los amos financieros del país.

Si por ellos fuera, el papel del estado no sería otro que el de hacer de policía vigilante de sus negocios y sus propiedades. Por fortuna no estamos en el Antiguo Egipto, no pagamos impuestos para construirle mausoleos a cuatro magnates. Hay Estado porque necesitamos hospitales, carreteras, escuelas, policía… existen las instituciones porque si lo dejáramos todo en manos de los “emprendedores”, los usureros, el Ibex y demás próceres del mal llamado “mercado libre”, entonces viviríamos en un mundo hobbesiano, una especie de selva donde toda sombra de justicia se asfixiaría bajo los gruñidos de los depredadores.