Wednesday, November 18, 2020

MUERTE A LA ENSEÑANZA DE LA ÉTICA

 


No es casualidad que la materia de Ética venga impartiéndose en enseñanzas elementales y medias desde tiempos remotos. Sin ánimo de remontarme a los antiguos griegos, es conveniente, como sucede a menudo, encontrarnos con los ideales de la Ilustración, que son -quiero creer- los pilares que sostienen la civilización contemporánea. Gracias al rigor y la maestría del viejo Kant entendimos que el lugar de la Ética ya no era el que le destinaba el monacato medieval: la fundamentación de las virtudes teologales. Entendida como respuesta a la pregunta por el deber, la Ética ocupa el lugar de la acción libre y gobernada por la Razón. 


Podemos pretender entonces que las clases de Ética están destinadas a deambular hoy por el desierto, pues creemos vivir en un mundo gélido y desprovisto de sentido, donde los valores de lo virtuoso buscan refugio en la subjetividad de cada individuo, lo que equivale a eliminarlos del espacio de lo público. Más a mi favor, precisamente porque la reflexión sobre el ethos en el contexto presente es contracíclica, necesitamos de ella más que nunca. 


Conviene informar a los legos sobre algunas cuestiones que nos permiten entender mejor lo que aquí hay en juego. 


Felizmente superadas las tinieblas de la Dictadura, España debió pasar a una condición de Estado laico que nunca se consumó de facto, de ahí los  privilegios de los que sigue gozando la Iglesia Católica. Al menos dejamos de ser un Estado teocrático, por eso los estudiantes podían elegir no dar la asignatura de Religión. La presión de la jerarquía curial obligó a la administración a elegir entre el adoctrinamiento evangélico y la materia de Ética, lo que en la práctica, convertía esta última en una asignatura de castigo para quienes no aceptaran ser adoctrinados por un piadoso "profesor" enviado por el obispo de turno. 



Antes de que en la etapa Rajoy la Ley Wert recuperara el antiguo dilema entre Ética y Religión, provocando una simpática regresión que nos hizo sentir a todos más jóvenes y más idiotas, la Ética había sido recluida por el PSOE a la condición de asignatura de dos horas en 4º de ESO. Bien, al menos dejábamos de ser castigo para infieles y se superaba el absurdo de que un alumno que diera Religión no tuviera derecho a conocer los fundamentos racionales de la ley moral... como si por el hecho de abrazar la fe uno quedara automáticamente exento de la reflexión racional sobre el problema del bien y del mal, que es a fin de cuentas de lo que va la Ética. Con el delirante Wert volvimos a la casilla de salida... Lo que no entiendo es por qué han tardado tanto en acabar con su infame legado. 


Bien, creo haber presentado los términos del problema. Vamos al siguiente escándalo, en este caso provocado por el gobierno socialista, que arrastra históricamente una especial afición a pasar como el caballo de Atila sobre todas las disciplinas filosóficas. La idea de la Ministra Celaà es cargarse la Ética. Si la sustituirá por alguna materia de nombre estúpido lo ignoro, pero hay precedentes. La cuestión es por qué. 


Veamos. Hay un primer factor que siempre está presente y al que no atendemos suficientemente. Los gobernantes suelen tener la patológica aspiración de dejar su nombre en la historia poniéndole a las materias algún nombre ridículo y de aire tecnocrático como "Emprendimiento", "Educación ético-cívica" y gilipolleces similares. Lo de "Ética", ya se implantó hace dos mil quinientos años, y ellos no van a ser menos que Aristóteles, un pobre hombre que deambulaba por el ágora vestido con túnica. Es como llamar a un hijo "Balian" o "Daenerys", lo que equivale a hacer cargar a un inocente con tu ridícula voluntad de distinguirte y ser original. 


Sigo. Cuando gobierna la derecha, el objetivo de minimizar la Ética se dirige a reimplantar el principio pre-moderno según el cual el problema de los valores debe inspirarse en la Palabra Revelada y no en la Razón, que parece ser cosa de ateos irredentos. 



¿Y la izquierda? ¿Por qué acosa a la asignatura? Pues miren, yo creo que el problema tiene que ver con ese prejuicio al que antes me he referido, según el cual la pregunta por el deber y la virtud no hace sino sumirnos en abstractas reflexiones metafísicas... Es mucho más práctico y rentable ventilarlo en "soluciones técnicas". Preguntada sobre el particular, la simpar ministra contesta que la Ética es una "materia transversal", que es como decir que no le cae mal pero que prefiere que no la impartamos porque le parece una pérdida de tiempo. 


No soy conspiranoico, no creo que Celaá sea tan lista como para decidir que si los ciudadanos reflexionan demasiado sobre la decencia descubrirán que ella, como la mayoría de sus compañeros de profesión, no está a la altura. Lo que sí sé es que ese es finalmente el efecto que se consigue, es decir, evitar que proliferen los librepensadores, pues para pensar ya están ellas, y lo que a nosotros nos toca es obedecer, producir y consumir.  



Lo curioso es que después, cuando preguntamos por qué la sociedad es violenta, injusta y reaccionaria, la gente contesta que faltan valores éticos y que debería intensificarse su presencia en la enseñanza. Yo creo que sin Ética no solo seguiremos teniendo gobernantes deleznables, lo que conseguiremos es cargarnos la democracia misma. 


Concluyo con Rousseau: "Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad". (Rousseau, Jean-Jacques, "El contrato social", 1762) Piensen en ello, por favor. 

Sunday, November 08, 2020

VOLANTAZO


Entiendo perfectamente las reticencias, en realidad yo también las tengo. Soy el primero que lamentó en su momento la derrota de Sanders ante Biden en las primarias del Partido Demócrata, circunstancia que viví con similar escepticismo cuatro años atrás, cuando le tocó a Rodham Clinton relegar a Sanders para enfrentarse a Trump, que se presentaba por primera vez para ganar la Casa Blanca. 


No hace falta ser un irredento revolucionario y un feroz enemigo del capitalismo para entender que Biden va a ser un presidente moderado, un político del stablishment que de ninguna manera hará sentir bajo amenaza a las élites del país, que son, en gran medida, los amos del mundo. "Necesitamos una transformación radical, una auténtica revolución... Al menos Trump muestra sin hipocresías la verdadera cara del sistema, lo que incentiva la construcción de espacios de resistencia", se nos dice. Y lo dicen personajes tan celebrados como el marxista Zizek, quien alimentó su leyenda de provocador declarando que de ser americano también habría votado a Trump antes que a Hillary.



Este argumentario suena poco menos que a incontestable. El problema es que no nos lleva a ningún sitio. Más bien anuncia lo contrario: la hipocresía de un gobierno moderado refuerza las bases del sistema y seda las energías críticas... ergo las multitudes encontrarán en la derrota de Trump la excusa para el retorno a la pasividad. Vale, pero, ¿soy entonces el único que está moderadamente feliz, o cuanto menos aliviado, por una derrota Republicana que, después de todo, ha sido bastante más rotunda de lo que se nos hacía ver en los últimos días? ¿Se trata solo de la venganza por ver cómo muerde el polvo un majadero? 


Intento explicarme. 



En primer lugar este resultado supone un volantazo de alcance global, con repercusiones que iremos comprobando. Durante los últimos años, el malestar de la ciudadanía del planeta parecía expresarse con el apoyo a nuevos amos de talante reaccionario. Autoritarismo, machismo, homofobia, negacionismo climático, racismo, nacionalismo, culto al dinero fácil, histrionismo mediático... Con Trump llegó a la Casa Blanca precisamente quien construyó su discurso desde el rechazo a la política. Se diría que los americanos votaron hace cuatro años al tipo que pretendía ocupar las instituciones para destruirlas. No es muy distinto el planteamiento  que llevó al éxito a Le Pen o Bolsonaro, entre otros. En esa guerra contra la democracia la batalla que acaba de ganarse es en realidad el triunfo de la decencia. Solo por eso, y no por lo mejor o peor gobernante que resulte Biden, ya hay una razón para alegrarnos. La hay porque los norteamericanos han reaccionado acudiendo masivamente a votar, demostrando que no quieren vivir en un país del que se avergüencen por tener un mamarracho de presidente. 


Hay otra cuestión, entiendo que más discutible, pero que no me resisto a poner sobre la mesa. La mayor transformación social promovida desde la política en el siglo XX, el New Deal, tuvo como autor a un político, F.D.Roosevelt, que tenía de socialista lo que yo de bailarín de claqué. El mundo necesita otro contrato social, la ciudadanía del planeta debe, a través de sus instituciones representativas, de embridar una serie de procesos que, ahora mismo y bajo el efecto de una globalización caótica, se han descontrolado por completo. Nos estamos adentrando en un territorio ecológico catastrófico, el fundamentalismo de mercado ha disparado la desigualdad, la tecnología está devastando la estructura del mundo laboral, los desplazamientos de población discurren según la agenda de los explotadores y no de los gobiernos, los agentes financieros envenenan la economía productiva...



No soy ingenuo, no pretendo que Biden sea el hombre llamado a corregir todas estas tendencias. Lo que sí es que hay cosas que nunca hará la derecha... y otras muchas que, con la presión ciudadana debida, sí puede llegar a hacer un gobierno socialdemócrata, aunque solo sea porque, por puro interés de partido, saben que siempre habrá otro Trump esperando para capturar a los decepcionados.  


Permítanme una última observación a modo de posdata. Me ha sorprendido mucho en los últimos días el miedo generalizado a la reacción de Trump, a su negativa a aceptar la derrota. En algún diario satírico aparecía el personaje recordándonos a todos que aún tiene a su alcance el célebre botón nuclear. En el New York Times un sesudo analista advertía que el padre de Ivanka seguirá teniendo una gran influencia sobre la vida política del país. Pues miren, yo discrepo: Donald es un hombre acabado, así de sencillo. Su ridícula reacción denunciando supuestos fraudes en el recuento me hace pensar en ese monstruo de las películas que sigue moviendo los tentáculos histriónicamente y pegando alaridos cuando ya lo han arrojado al barranco y está definitivamente derrotado. Trump no va a conseguir nada en los tribunales. Incluso sus amigos están empezando a rehuirle. Pasará con Trump como en la ciudad donde vivo pasó con Rita Barberà. Parecía invencible y creía tener abducida a la ciudadanía. El día que se la pegó en unas elecciones se disolvió como un azucarillo, su legado quedó reducido a la nada y fue olvidada por todos, hasta el punto de que ni siquiera quienes tanto la jalearon se atreven hoy a mentarla porque quedan como unos cutres. 



Es curioso que un tipo que se hizo célebre con un reality televisivo como The Apprentice, basado en eso tan americano del odio a los perdedores, pase ahora a formar parte sin remedio de la legión de los que hemos fracasado en la vida. 


Bienvenido, Donald, temo que te va a costar entenderlo, pero aquí no se está tan mal después de todo. 

Tuesday, November 03, 2020

¿UN TIRO EN EL PIE?


De "tiro en el pie" califica Vargas-Llosa la elección de Trump para ocupar la Casa Blanca hace cuatro años. Los americanos votaron mal, afirma el Nobel peruano. No estoy seguro de que sea muy liberal dicho planteamiento, yo creía que la democracia era intrínsecamente buena y que no se depreciaba en función de si ganan los que a mí me gustan. De otro lado, al novelista parece que se le olvida que Trump no obligó al Partido Republicano, con el que tanto simpatiza don Mario, a ser proclamado candidato para enfrentarse en las presidenciales a Hillary Clinton, elegida por los Demócratas. Pese a los numerosos hostiles dentro de la jerarquía del Partido, las bases republicanas creyeron que sería un buen competidor, y no parece que se equivocaran, pues Donald, contra pronóstico, terminó derrotando a Clinton. No obstante, la cuestión de fondo que da sentido al artículo es otra: a los EEUU les va mal con Trump, luego lo mejor es que pierda. 


Es de agradecer que Vargas-Llosa, un irredento conservador, tenga personalidad suficiente para reconocer lo que todos advertimos, que Trump es un patán.  Es la misma que le inclina a pedir a la ciudadanía que vote el martes a los Demócratas, pues entiende que Joe Biden, pese a sus insuficiencias, es el hombre de la moderación que el momento que vivimos necesita, en favor de la nación y del resto del mundo, ver sentado en el Despacho Oval. 


Está muy bien... el problema es que no le creo. No es que no sea sincero en su diatriba a Trump. Lo que advierto es que su análisis es tramposo y su posición falaz, entre otras cosas porque elude cualquier atisbo de autocrítica. Lo diré de una vez: la derecha más o menos elegante del mundo sabe que Trump es impresentable y sospechan que va a ser derrotado por Biden... es el momento oportuno para romper definitivamente puentes con su modelo de derecha cutre y maloliente. El artículo de Vargas-Llosa responde a ese plan...



Pero no es tan sencillo, lo siento. Y la razón es bien sencilla: el trumpismo no es un verso suelto ni un accidente que le ha sobrevenido al conservadurismo norteamericano. La presidencia de Trump es hija de la furiosa y muy bien financiada presión ejercida por el Tea Party durante los ocho años de Obama. Trump no es un liberal, desde luego, no en el sentido en que la gente como Vargas-Llosa se reconoce a sí misma como tal. Pero el trumpismo que derrota a Clinton sí está vinculado a aspectos tan inseparables de la cultura reaccionaria como el odio a la inmigración, el machismo, el nacionalismo, el militarismo y el culto a las armas, el rechazo al ecologismo, el odio a la política profesional... Trump no ha llegado a la Casa Blanca por ser, como piensa Vargas-Llosa, un conservador equivocado, sino mas bien por lo contrario... porque su estilo rabioso y autoritario encarna ahora mismo mejor que nadie la deriva del conservadurismo en nuestro tiempo. 


Veamos...


Sin dejar de recordarnos en su artículo de este domingo en El País su profunda aversión por los regímenes de Cuba y Venezuela, el creador de Pantaleón deja bien claro su lugar en el mundo al declararse ferviente admirador de Ronald Reagan y simpatizante del Partido Republicano. Han pasado cuarenta años y las circunstancias son otras, desde luego, pero, qué quieren, a mí me recuerda mucho la emergencia del reaganismo y sus posteriores líneas de acción a las que ahora encuentro en Trump... La única diferencia es que, como actor, Donald es algo más histriónico que Ronnie. De otro lado, y aunque no soy fan del castrismo ni del chavismo, creo que esa obsesión por recalcar que son el eje del mal desnuda un error muy común: Vargas-Llosa parece ignorar que el autoritarismo es hijo de la pobreza y la desigualdad, y no a la inversa. El problema es que, mientras no haya supuestos comunistas en el poder, al novelista la pobreza le suele traer al fresco. Por cierto, reprocha a Trump que su hostilidad al gobierno venezolano, además de ineficaz, responde al "oportunismo", pues no se ha preocupado de ayudar de verdad al pueblo de aquel país, en lucha contra sus tiranos. Me pregunto cuándo la lucha del gobierno norteamericano contra algún régimen comunista en América Latina se ha basado en la voluntad de ayudar al bienestar y la paz entre los ciudadanos del país en concreto. Siempre hay geoestrategia, lo que de verdad molesta a Vargas-Llosa es que Trump no ha conseguido todavía cargarse el régimen de Caracas e imponer a su amigo Guaidó en el gobierno. 


Se ceba a continuación el escrito con la pavorosa gestión del covid. 



Acusa a Trump de ser un millonario sin cultura, algo que en realidad me parece muy de "Mocasines", como llamaban a don Mario en su juventud: a los pijos de noble cuna siempre les han molestado los arribistas y los nuevos ricos... Y no porque les moleste la riqueza, sino porque sus formas les recuerdan a la chusma. Y tiene razón, Trump es vulgar y plebeyo, no tiene ningún interés en ocultarlo y es ese por cierto su gran secreto. Le afea Mario su racismo, expresado en delirios como el de la gran muralla con México y el insistente discurso anti-inmigración. Le va algo en el asunto porque Vargas-Llosa es hispano, pero creo que su análisis es poco profundo. La derecha, diga lo que diga, no quiere echar a los inmigrantes, quiere esclavizarlos, mantenerlos en situación de precariedad y aún de esclavismo... y, cuando venga bien, poder echarlos sin problemas y culparlos de los problemas del país. A mí no me preocupa demasiado el racismo de Trump porque lo verdaderamente racista son las prácticas del capital, al cual le conviene una mano de obra barata y sin derechos porque le resulta rentable. De eso no habla Mario, solo le molesta que Trump hable con tono de paleto del Ku Kux Klan. También podría el articulista elogiar el trabajo contra del racismo de Obama durante su gobierno, pero para el negrito no hay ni una palabra. 


Alude Vargas-Llosa al fracaso en el plan para la paz entre israelís y palestinos, que ha fracasado porque es evidentemente inaceptable para estos últimos. No recuerdo que haya sido de otra forma cuando el tema ha caído en manos de un gobierno republicano, por ejemplo el de Bush jr, aún más pirómano que Trump a la hora de poner sus sucias manos sobre el Medio Oriente. Pero los dislates de anteriores gobiernos republicanos en la región no habla, claro.


Concluye, por supuesto, denunciando la nefasta gestión del gabinete Trump respecto al covid. Si el país no ha ido a la ruina es gracias a la agilidad y eficacia del modelo de oferta y demanda, el cual permite a los empresarios seleccionar a los mejores empleados y a estos exigir mejores salarios y decidir en qué empresa quieren trabajar. No dudo que en los EEUU haya profesionales que ocupan un lugar privilegiado en el sistema laboral, pero, qué quieren, yo -que tengo miras estrechas- asocio el modelo americano a la precariedad, la neutralización sindical, la desigualdad escandalosa y el deterioro de los derechos de los trabajadores. Sí, Wall Mart, Mac Donald´s y todas esas cosas, pero, según Vargas-Llosa, el país es el paraíso de las relaciones laborales. Yupiii!!!


Pero lo que de verdad me llama la atención es que acuse a Trump de haber desoído las reiteradas llamadas de los expertos para decretar restricciones pretextando razones económicas. Quiero recordar que Vargas-Llosa, en pleno confinamiento español, encabezó junto a José María Aznar un escrito que proclamaba lo siguiente: "Algunos gobiernos han identificado una oportunidad para arrogarse un poder desmedido. Han suspendido el Estado de derecho e, incluso, la democracia representativa y el sistema de justicia". Tras referirse, como no, a Venezuela, Cuba y Nicaragua, afirman que "En España y la Argentina dirigentes con un marcado sesgo ideológico pretenden utilizar las duras circunstancias para acaparar prerrogativas políticas y económicas que en otro contexto la ciudadanía rechazaría resueltamente". 


¿En qué quedamos, Mario? ¿Debían los gobiernos restringir ciertas libertades en aras de la salud, como hicieron los gobiernos de distintos signos ideológicos, aunque el documento solo habla de izquierdistas, o, por el contrario, había que proteger las libertades ciudadanas frente a la algarada estalinista que que nos amenazaba con la excusa sanitaria? 


Asombrosa desfachatez, me parece a mí. Ojalá pierda Trump. Y no, desde luego, porque lo diga Vargas-Llosa, entre otras cosas porque mañana igual dice lo contrario. A saber. 



 



 



Thursday, October 22, 2020

"DERECHITA COBARDE"


 Lo lamento por sus numerosísimos detractores y por algún amigo que ya he perdido por defenderle, pero Pablo Iglesias vuelve a tener razón: la culpa del ascenso de la ultraderecha la tiene, al menos en parte, el Partido Popular. 


Nada que objetar al comportamiento de Casado y su gente en relación a la moción de censura. Entendieron desde el principio que no iba contra el Gobierno sino contra ellos. Dado que la relevancia política del acontecimiento era nula -al menos si entendemos como político lo que afecta a los ciudadanos y no al interés de los partidos- no había otra que menospreciarlo en público y esperar a que escampara pronto y con las mínimas consecuencias. 


Nadie sino el PP podía salir perjudicado por estos días que han sido todavía más esperpénticos de lo que esperábamos. Sánchez sale reforzado mientras hay dentelladas en la derecha por encabezar la oposición, Iglesias revitaliza su perfil guevarista de luchador contra el fascismo y Abascal conforta a sus votantes demostrándoles que es igual que ellos, es decir, un tarugo. Solo el PP sufre con la comedia bufa de esta semana, y no le ha ido peor porque Casado ha entendido a tiempo, como advertimos en su discurso del jueves, que o marca las distancias con Vox o le hacen la pinza. 



Este procedimiento de pura supervivencia no salva a su partido, sin embargo, de las responsabilidades respecto al crecimiento de la bestia. O acaso no sea exactamente su partido, sino más bien la derecha española en general, la que debiera hacer un examen de conciencia respecto a la amenaza de que un grupo hostil a la democracia llegue a convertirse en una seria alternativa de poder. Alguien me podría decir que esto no ha ocurrido antes porque, en realidad, el PP contenía a esa derecha cerril, civilizándola en valores democráticos básicos y limando sus peores aristas. Esta hipótesis tiene a mi entender las mismas posibilidades de acierto que la contraria, es decir, que el PP ha mantenido en su seno el franquismo residual, protegiéndole de la extinción. 


En uno u otro caso, creo que estamos en un ciclo nuevo. A la sombra de Abascal se reaniman algunos viejos fuegos de nostalgia franquista, no hay duda. Pero el contexto es completamente diferente al del 23F y los nuevos incendios obedecen a causas nuevas, causas por cierto muy próximas a las que han animado a la derecha extrema en otras naciones europeas. 


De esa mutación, que afecta a todos los ámbitos de la sociedad y que no es nacional sino global, no tiene la culpa el PP. De lo que sí la tiene es de haber creído que podría usar ese nuevo impulso reaccionario en su favor, de ahí los numerosos pactos con Vox en diferentes gobiernos autonómicos y consistoriales. Ese cortoplacismo que lleva a obtener el poder donde sea y como sea, y la miopía estratégica de quien no ve que da de comer al monstruo que ha de devorarlo, lleva a la derecha a la circunstancia actual, la peor en que ha llegado a encontrarse desde los tiempos de Fraga. 



Pero creo que hay algo más, y es bastante siniestro. Si la ultraderecha ha tardado tanto en asomar en España no es porque no existiera, es porque estaba integrada en el sistema. Su electorado vivía satisfecho con los principios del aznarismo, sobre todo desde que don José María empezó a enloquecer y nos condujo a una guerra intolerable junto al zote de Bush. Siempre intuyeron que aquél era el partido de Manuel Fraga... Y tenían razón, la tenían incluso cuando se dedicaron a vender la panoplia del "partido centrado", que era desde luego una mentira pero que les sirvió para recoger a muchos votantes defraudados por abundantes razones con el felipismo.  


El deterioro económico, la revolución en los sistemas de información y comunicación, el proceso catalán, la inmigración o el creciente protagonismo de las mujeres o los homosexuales en la vida del país han propiciado una creciente irritación entre quienes no son capaces de asumir la complejidad de las sociedades contemporáneas. Quizá algunos hayan descubierto en estos días que Vox no tiene una sola propuesta factible o razonable. Ni es posible hacer lo que pretenden ni constituye solución a nuestros problemas. Por eso, si alguna vez alcanzaran el gobierno, no nos sacarían de Europa ni echarían al mar a los inmigrantes, aunque estos sin duda lo tendrían peor de lo que lo tienen. Lo que sí harían es lo que ya ha hecho Trump y lo que, en realidad, siempre hizo la derecha española y, con los matices pertinentes, el PSOE, es decir, proteger el capitalismo corporativo. O, si lo prefieren, el poder omnímodo del IBEX y del sistema financiero. 


Prefiero ver a Casado enviar a la mierda a Abascal que lo contrario. Pero ¿realmente los conservadores españoles están en contra de las ideas de Vox? En eso consiste el examen de conciencia que deben hacer. Otra cosa es que quieran hacerlo. 

 

Thursday, October 08, 2020

LIM


El Valencia es un club de fútbol con un siglo de existencia que despierta pasiones seguramente muy locales pero, acaso por ello, extremadamente exacerbadas. Sé por qué lo digo, he acudido desde los cuatro años a Mestalla y he estado en infinidad de bares donde la tele se corona con una bufanda del murciélago. Lo mío viene de familia, mi abuelo fue una de las celebridades fundacionales del club: un nieto de Arturo Montes deja de interesarse por el fútbol antes que dejar de ser valencianista. Conozco a muchos correligionarios. Y he descubierto que, en realidad, a todos nos viene de familia. Hemos presenciado noches gloriosas y también tumultos incendiarios. Somos, dicen, un pueblo entregado a la pirotecnia, pero yo creo más bien que lo que somos es pirómanos. En un momento de delirio, podemos pegar fuego a lo que más amamos, para de inmediato lanzarnos como bomberos suicidas para sofocar las llamas. 


Hace siete años, el valencianismo vendió su alma al diablo. A diferencia del pacto fáustico, en el cual se salta sin red con todas las consecuencias, las legiones que se entregaron con armas y bagajes a Peter Lim no quisieron asumir que Lucifer viene siempre a cobrar su deuda. El legendario club de la acequia árabe de Mestalla es ahora un ecce homo que se despeña hacia el infierno. Una deuda colosal en medio de una nueva crisis global ha convertido el Valencia en una sociedad anónima financieramente inviable. Si el sátrapa de Singapur aún no ha vendido es porque no hay quien compre semejante ruina. Ante tal escenario, el horizonte no puede ser más negro: ¿ley concursal y embargo de los acreedores? ¿Extinción societaria? 



"El Valencia es demasiado grande para caer", dicen algunos. Paco Lloret, uno de los chotos más razonables que conozco, inyecta ánimos a la tropa recordando que hemos salido de peores: "El Valencia sobrevivió a una guerra, a una gran riada y al descenso a segunda... Sobrevivirá también a esto". Creo que Paco peca de optimista. No sé de ningún gran club europeo que haya desaparecido por una guerra, por un desastre natural o por un fracaso deportivo, pero casos como el del Dnipro de Ucrania, el Parma de Italia, el Magdeburgo de Alemania, el francés Stade de Reims, los escoceses del Glasgow Rangers o, entre nosotros, el Real Zaragoza, demuestran que un colapso financiero sí puede conducir a un club a la desaparición o, en todo caso, a la absoluta irrelevancia. 


La forma más tópica de explicar esta catástrofe es aludir a la negligencia, cuando no a la deshonestidad, de una sucesión delirante de propietarios y gestores dignos de una comedia de Berlanga. La escena ha estado plagada de despilfarradores, megalómanos, trileros, farsantes e incompetentes. No todos los gestores del Valencia han sido nefastos, los ha habido honestos, laboriosos e incluso brillantes, pero han sido minoría porque, por sorprendente que resulte, cuando hombres buenos han dirigido el club siempre han proliferado turbas deseosas de destruirles, a menudo jaleados por algunos voceros mediáticos particularmente abominables. Un mito arrancado del Poema de Mío Cid gusta mucho a los celtibéricos porque les hace creer que son grandes vasallos y que quien no está a la altura es su señor. Pero no es cierto, el señor es un ilustre majadero, pero es el vasallo quien le puso la alfombra roja para que se adueñara del castillo. Este fenómeno en el Valencia no se inventó con Lim. Ya hubo anteriormente indeseables tiranos al timón... destrozaron en el club y eran valencianos; el de Singapur solo vino para liquidar lo que otros ya había dejado hecho jirones. Reconozcámoslo: fue el valencianismo quien aceptó una venta que equivalía a la prostitución del "sentiment" al solaz de un forastero cuyo aval era y únicamente su condición de oligarca financiero. 



Lim es una calamidad, ha mentido en todo, pero los primeros en mentir fueron quienes tanto se esforzaron desde el club por presentar su llegada como "la más grande operación económica de la historia del fútbol mundial". ¿Lo ven? Siempre la misma ridícula megalomanía. 


El futuro es negro, debo ser muy sincero y reconocer que ya no veo solución. Habrá quien siga esperando la venida de otro mesías financiero que nos salve; yo sospecho que antes o después habremos de pensar en la posibilidad de refundar el club. 


Todo esto a la mayoría de ustedes, queridos amigos, no les importa, pues o bien no son del Valencia, o mejor aún, tienen el buen gusto de no interesarse por este asunto tan baladí llamado fútbol. Permítanme por ello una reflexión al margen pero muy vinculado al asunto de este escrito. 



Si consultan wikipedia se harán una idea de cómo alcanzó Peter Lim la fortuna que le permitió aparecer en la lista Forbes de los tipos más ricos del mundo. Singapur, país que algunos consideran admirable por su capacidad competitiva y por su supuesta paz social, es en realidad un ejemplo de Estado autoritario. A lo largo de los últimos trescientos años los apologetas del capitalismo no han dejado de insistirnos en la asociación entre mercado y democracia. Mucho me temo que la emergencia del llamado "modelo asiático" le está dando una peligrosísima vuelta de tuerca a la historia del capital. Nunca fue un camino de rosas, pero si el capital siempre ocultó siniestras prácticas de dominación, el capitalismo asiático -ahora mismo liderado por China- implica el desenmascaramiento definitivo de los rasgos más autoritarios y feudales del juego del dinero.  


¿Saben por qué Peter Lim ha decidido liquidar el Valencia? Porque aún no hemos entendido que no somos eso a lo que se llama el "respetable público"... Somos sus siervos, o eso cree él. 


No sé si se dan cuenta de a qué nos enfrentamos. Lim desaparecerá y le olvidaremos. Es algo mucho más serio que un club de fútbol lo que corre peligro. 

Thursday, October 01, 2020

QUINO O MAFALDA


Diría que Mafalda nos ha dejado huérfanos con la muerte de su creador de no ser porque, en realidad, sus tiras cómicas dejaron de dibujarse hace más de medio siglo, cuando Quino era todavía un hombre joven. Esto no lo sabe mucha gente porque las tiras cómicas protagonizadas por esta niña argentina nos han venido acompañando después de distintas formas, sin llegar nunca a desaparecer del todo. Muchos creían, cuando se encontraban en un diario una tira que no habían visto antes, que era nueva y que Quino continuaba produciéndolas. Curiosamente, y pese a que Mafalda es considerada una de las bestias negras de la siniestra dictadura de Videla, Quino dejó de dibujarla en el 73, cuando, en cualquier caso, Argentina vivía igualmente sometida a uno más de los regímenes militares que han destruido una de las naciones potencialmente más ricas del mundo. Parece atravesar toda nuestra vida, pero, dado que empezó en el 66, puede decirse que tan solo vivió siete años. Antes y después de ese breve periodo Quino dibujó mucho, pero la mayoría solo somos capaz de reconocerle por Mafalda. 



Bien. Lo primero que se me ocurre es una pequeña maldad. Dada la epidemia de tristeza que ha causado en todas partes la desaparición del dibujante, me pregunto si no debería ir siendo hora de que los argentinos redefiniesen seriamente sus contribuciones al resto de la humanidad. La misma tierra donde se venera religiosamente a Perón o a Maradona ha dado a luz a personajes como Borges, Cortázar, Aristarain, Luppi, Darín o Quino. En cualquier caso es un problema que tienen ellos... Quino ya es universal. Y sus dibujos, por cierto, hablan español. 


Lo segundo que me interesa traer a colación es la célebre frase del citado Cortázar cuando le preguntaron qué pensaba de Mafalda: "Lo importante no es lo que pensemos de Mafalda, sino lo que Mafalda piensa de nosotros". Como mago del pensamiento a contra corriente, el autor de "Rayuela" capturó el quid de la cuestión: Mafalda es nuestra propia conciencia, el grito de asombro de aquel niño razonable que aún llevamos dentro ante lo absurdo del mundo que hemos construido como adultos. 



Mafalda mira el mundo con asombro e ironía,  filosofa, se hace preguntas, nos inquiere... También a los gobernantes, pero sin olvidar nunca que el escenario dentro del cual se mueven con tanta desfachatez lo hemos levantado entre todos. Esos gobernantes, amparados en la pueril magia del carisma, son venales, violentos, contradictorios, ciclotímicos... Más o menos igual que quienes les condujeron entre vítores al poder. Mafalda pregunta a los argentinos a qué carajo juegan, qué país quieren construir... Reconoce en su patriotismo desaforado los resortes de una sobreactuación tras la no hay sino el vacío moral, la injusticia, el fracaso colectivo, la traición de la modernidad. Mafalda no entiende a Susanita, que solo quiere ser una fémina como Dios manda y casarse, pero le perdona, no da más de sí. Pero es nuestra conciencia la que en la imagen de Quino no tiene derecho a encontrar paz. 


En cualquier caso, insisto, el país ya no está a tiempo de reclamar la propiedad de Mafalda, pues Mafalda es universal... o mejor: Mafalda encarna las contradicciones y las debilidades de las clases medias del mundo. Nos reconocemos en ella, o mejor, nos reconocemos en Dieguito, en Susanita, en los padres de Mafalda...


Tras la impertinencia, exquisitamente educada casi siempre, nos encontramos la voluntad de comprender... y acaso de perdonar. Mafalda -por contestar a Cortázar- piensa mal de nosotros, pero está dispuesta a ser condescendiente con nuestros pequeños vicios, nuestra cobardía, nuestra torpeza. Mafalda desde su "no puedo entenderos", sabe en realidad muy bien lo que se está cociendo. Su permanente perplejidad responde a que sigamos adelante con ello. 


Dijo Zygmunt Bauman que el mundo contemporáneo había sustituido el dolor de la represión por el de la esquizofrenia, mucho más acorde a la lógica de la posmodernidad. Superado el victorianismo, nuestra neurosis ya no proviene, como antes, de la represión de los instintos, sino de la desorientación, del vértigo que produce no saber quiénes somos. 



No lo saben los argentinos y no lo sabemos los españoles, aunque ambos hemos ganado mundiales de fútbol. Lanzados a una modernidad ultratecnificada, intentamos olvidar cuanto antes que somos dos pueblos de cabreros, falsos hidalgos famélicos que presumen de blasones que nunca tuvieron o que, en todo caso, se acompañaron siempre de hambre, de fanatismo y de violencia. 


Acaso es que aún no hemos aprendido a aterrizar. Es lo que Mafalda diría de nosotros. Me parece a mí, vamos. 



Wednesday, September 23, 2020

EL ESCARNIO


¿No lo han notado? los demás les juzgan. Lo hacen -o lo hacemos- con una colosal desfachatez. 


Deberían encasquetarnos a todos la peluca dieciochesca y la toga de magistrado... así dictaríamos sentencias a cada instante sobre nuestros semejantes y podríamos además exigir que se cumplieran. Ni el verdugo ni el vigilante de la guillotina darían abasto entonces, me temo; de nuestra firma saldrían ejecuciones a diestro y siniestro. No es verdad que solo juzguemos con severidad a los responsables políticos... también empuñamos cuerdas y cuchillos para enjuiciar la dedicación del presidente de la finca, del director del colegio, del conserje, de nuestro vecino...


La obviedad de que las calles, los caminos y las salas están repletas de personas viscosas y desagradables no elude dos evidencias que solemos olvidar. La primera es que un defecto, un acto equivocado o un mal momento no convierten a nuestro prójimo en un hijo de perra al que habría que colgar de un baobab. Voy a parecer un poco instructor de catequesis, pero es tan sencillo como desarrollar la virtud de la paciencia y acostumbrarse a perdonar. La segunda se le explica a los críos desde que adquieren algo parecido al uso de razón: "¿tú te has visto?"... en otras palabras, ¿somos conscientes de que lo que tan insoportable nos resulta en el comportamiento ajeno puede encontrarse en nosotros mismos sin que nos percatemos?



Tranquilos, no voy a insistir en mi habitual berrea contra la generalizada costumbre de echarle la culpa de todo a los políticos. Aunque sí, sigo pensando que tiene que ser difícil tomar decisiones cuando uno parece rodeado de distintas jaurías, todas deseosas de responsabilizarte de sus males. Yo me refiero más bien a ese hábito cotidiano tan extendido entre los españoles por el cual, a poco que hacemos grupito, nos entregamos al escarnio de nuestros semejantes más cercanos. 


Se me ocurren varias causas. 


De entre los simios, parece que al que más nos asemejamos es al chimpancé, que resulta ser el más social de los monos superiores. Eso, y las bondades del clima hispánico, explican por qué nos gusta tanto hacer comandita en los parques, el bar o los corredores de la oficina para crujir a todo cristo. Hay otro factor. Para formar una camarilla, o, como dicen los adolescentes, una pandilla, hace falta establecer formas de inclusión tanto como de exclusión. "Nosotros somos los guais de la fábrica, o del claustro, o del equipo", lo cual supone que vais a poner a parir a todos los demás, pues no son como vosotros. Condenamos con mucha soltura el racismo, el fanatismo, el egoísmo... pero esperamos encontrarlo en ayatolas y vampiros que habitan en exóticas montañas, sin querer advertir que todas las simientes del Mal están en la única intolerancia que no deberíamos permitir: la nuestra. 


"No juzguéis y no seréis juzgados", afirma Jesús de Nazareth. Pero me parece más elaborada esa aserción, últimamente muy mentada, que se atribuye a los cuáqueros: "Un enemigo es alguien cuya historia aún no has escuchado".  


A ver, no aspiro a la beatificación ni creo aquello de que todo el mundo es bueno: hay mucha gente que se cruza a diario con nosotros y que sólo merece una profunda repulsión. Algunos viven en barrios bajos, se dedican a la delincuencia y venden drogas en la puerta de los colegios; otros llevan guantes blancos... esto ya lo sabemos de sobra. Lo que yo cuestiono es lo barata que se vende la facultad de juzgar, y de hacerlo preferentemente en grupo y de forma sumarísima. 


Verán, yo no he estado en una cárcel, no he vivido en ciudades sometidas a una atroz inseguridad, no he sido torturado por un marido violento. Para ser justo, creo que he tenido en general una vida bastante confortable, pero me han pasado algunas cosas y he ido a algunos sitios. Piensen por un momento en la conserje del colegio a la que guardan rencor porque ha sido desagradable con ustedes o porque lleva una banderita en la mascarilla que les desagrada. Ahora imaginen que sale del patio de una finca destartalada en un suburbio con tres críos. Del padre o padres de los susodichos no sabemos nada. Puedo elucubrar sobre las razones por las que esa mujer ha llegado a esa circunstancia ante la que, a mi entender, exhibe un heroísmo que nadie reconoce pero del que yo sería probablemente incapaz. Puedo creer que ha cometido errores o conformarme con pensar que ella se lo ha buscado, pero son personas así las que sostienen el mundo, aunque no se suele hablar de ellas en las noticias. 


"Es un impresentable...", "es un gilipollas" o, como dicen mis alumnos, "qué asco de pavo"... Yo mismo he usado este tipo de expresiones en innumerables casos, sobre todo cuando era joven. Te ibas a tu casa a ver la Copa de Europa pensando que eras mejor que los demás y esperabas a que tu madre te hiciera la cena mientras despotricabas contra el mundo. 


Y hablando de madres. Recuerdo la noche en que vi, segundo a segundo, cómo parían a mi hija. Desde entonces se me han quitado las ganas de meterme con ninguna mujer que haya sido madre. Tampoco con las enfermeras que asisten a los partos. ¿Han visto cómo se encuentra una persona en medio de un tratamiento de quimioterapia? ¿Han tenido alguna vez miedo, miedo de verdad, a que los maten unos mafiosos? ¿Han sido objeto de una violencia atroz sin poder resistirse? ¿Les ha abandonado un amante dejándoles sin casa y con lo puesto?


No debemos ser tolerantes con cualquier cosa porque el mal existe, desde luego. Pero deberíamos pensárnoslo dos veces antes de entregarnos al escarnio a tan bajo precio como solemos hacerlo. A lo mejor deberíamos esperar a escuchar la historia de la persona a la que con tanta ligereza escarnecemos.