Desde la Cueva del Gigante, lugar perdido en un territorio árido donde antiguamente se refugiaban los bandoleros, esta página intenta echar luz, y también alguna sombra, sobre los fenómenos sociales contemporáneos: las nuevas tribus, los simulacros culturales, los movimientos de masas, etc...
Tuesday, October 19, 2021
SOBRE EL JUEGO DEL CALAMAR
Thursday, October 14, 2021
FIERAS CORRUPIAS
No es probable que la posteridad otorgue su gloria a
Fernando Sánchez-Dragó por la valía de su ingente obra literaria, pero hay que
reconocer que sus programas televisivos nos brindaron algunos episodios impagables.
Muchos de ustedes recuerdan la borrachera de Arrabal, seguro que sí. Pero, ya
ven, a mí me mola más aquel en el cual Manuel García Viñó lidió violentamente
con Vicente Molina-Foix, concluyendo la contienda fuera de cámara con un
bofetón de aquél a éste.
Viñó ya murió hace tiempo y ni siquiera el libelo que
él dirigía, “La fiera literaria”, continúa publicándose. En
cuanto a Molina-Foix, ha comentado en alguna ocasión que aquel fue un episodio
penoso y que no es buena cosa que a menudo, cuando se habla de él, se le
recuerde por este trance y no por sus textos.
Miren el video, tiene su enjundia. Un anciano con
signos evidentes de enfermedad mental escarnece sin motivo aparente al
contertulio… Le grita, le insulta, trata de convencerle de que es un mal
escritor y, lo más llamativo, dice que puede “demostrarlo”. Lo de acabar con
una hostia es casi lo de menos: si se pudiera matar con las palabras,
Molina-Foix no habría sobrevivido al “coloquio”. Tuvo razón el escritor en su
respuesta: García Viñó se comportó como lo que probablemente era, un fascista. El motivo
fundamental por el que sospecho que Dragó le convocó es que tanto en La fiera como
en diarios muy de derechas se dedicaba a defenestrar insistentemente a los
novelistas más celebrados del país.
A quienes conocían La fiera literaria no debieron sorprenderles tales maneras. El objetivo principal de esta publicación era demostrar que Javier Marías era el peor escritor de la historia. Desataban también largas secuencias de insultos y desafíos a Elvira Lindo, Antonio Muñoz-Molina, Almudena Grandes o Juan José Millàs. No me olvido de Arturo Pérez Reverte, otra de sus fobias declaradas. Claro que don Manuel no se limitaba a los escritores en nómina de Prisa: también cargaba sin piedad contra el star system de otros gigantes editoriales, de ahí sus feroces diatribas contra Eduardo Mendoza o Carlos Ruiz-Zafón. Las malas lenguas interpretan que la final caída en desgracia de Viñó tiene que ver con que molestó a ciertos prebostes del mundillo mediático, y no me refiero a Prisa.
A través de Wikipedia he sabido que el tal
Viñó fue también un prolífico literato, con largas incursiones en materias
dispares como la poesía, la novela o el ensayo. Solo los títulos de sus obras ya
prometen un aburrimiento sin fin, pero creo que no emplearé mis próximos años de
vida en comprobarlo. Mi conclusión es imaginable: un escritor fracasado que se
hace célebre insultando a colegas con éxito es, por encima de todo, un
envidioso.
Su mayor invención como crítico es, por lo visto, la”
lectura acompasada”, que consiste en copiar fragmentos de escritores muy leídos
para demostrar que hacen un uso incorrecto del castellano. Así se entiende lo
que en el video -pueden comprobarlo ustedes- le dijo en un tono muy aseverativo
a Molina-Foix: “puedo demostrar que usted es un mal escritor”.
Bien. He consultado algunos de esos pasajes en La
Fiera. A veces son hasta divertidos. Y no es que no tenga razón ocasionalmente:
supongo que a veces Javier Marías cae en ciertos usos lingüísticos discutibles.
El problema es que si yo no adoro al autor de “Berta Isla” no es porque Viñó y
otros fanáticos del rigor académico me hayan “demostrado” que es un mal
escritor... El problema es más bien que nunca consigo entusiasmarme con sus tramas, con sus personajes,
con su sentido estético, con su ámbito de preocupaciones, con su visión del
mundo… Marías me deja frío, más o menos igual que algunos de los autores a los
que odiaba Viñó. Sin embargo, discrepo radicalmente en otras fobias, por
ejemplo la que toma como diana a Eduardo Mendoza, quien a mi entender alcanza
cimas literarias con novelas como “La verdad sobre el caso Savolta” o “La
ciudad de los prodigios”. Podría hablar de los demás citados, de mis
impresiones respecto a cada uno de ellos, pero yo, al contrario que el señor
Viñó, no me considero un experto literario.
Desconfío de la posibilidad de “demostrar” que X o Y son malos escritores. Yo he oído aseverar de forma concluyente que Hemingway es un escritor nefasto, pero, qué quieren, a mí me encantan “Por quién doblan las campanas” o “El viejo y el mar”. He leído incluso críticas hacia el manejo del castellano supuestamente descuidado de Cervantes en el Quijote, pero a mí don Miguel consigue cautivarme en cada página.
… Y aun así, la pregunta tiene sentido: ¿cuanto de
impostura hay en lo que con gran esfuerzo inversor promocionan Planeta o Prisa?
A los espabilaos de La Fiera les pone enfermos Marías. A mí me parece un bluff
Ruiz Zafón. (A Marías les parecemos imbéciles todos, dicho sea de paso). No sé,
una vez me dijo un músico que los Rolling Stones eran unos “músicos mediocres”.
Pues será así, pero a mí, que no sé ni
solfeo, me parecen geniales. Lo que intento decir es que la celebridad, dentro
y fuera de la literatura, es siempre sospechosa o, como dijo Rilke, “una suma
de malentendidos”. Y sí, la industria literaria nos ha dado a truhanes como
Fabio Coelho o Pío Moa. Pero también nos ha dado a Luis Landero, no lo
olvidemos.
Friday, October 08, 2021
PAGAR IMPUESTOS
No debería hacer falta explicar a la gente por qué pagamos impuestos. Entiendo que, de entrada, la palabra nos ponga a todos a la defensiva. “Imponer” implica coaccionar, tomar algo a la fuerza que no se concedería de buen grado. Esta precisión semántica invita a pensar en la famosa definición de estado como “aquel al que se atribuye el monopolio de la fuerza”, que debemos al imprescindible Max Weber. Existen sin embargo sinónimos que no arrastran las mismas connotaciones, como “tributar”, o el medieval “diezmo”. En uno u otro caso, entendemos que hay una administración que recauda en capital o especies de sus súbditos, y que es perfectamente humano desear que al jinete uniformado y su séquito se les olvide este año pasar por nuestra hacienda y llevarse una parte, que siempre nos parece excesiva, del grano que hemos obtenido agachando el lomo como mulas de carga.
Ahora
bien, desde que el mundo es mundo, o mejor dicho, desde que existe la
civilización, siempre ha hecho falta sufragar una administración. Con el tesoro
público resultante se financian cosas tan buenas como la construcción de
caminos, escuelas y torres de vigilancia, o tan malas como mazmorras, cañones o
patíbulos. Supongo que un anarquista profundo recordará aquello de “no le deseo
un estado a nadie” y contestará que las grandes estructuras burocráticas se
crearon no para liberar a los ciudadanos sino más bien para garantizar su
esclavitud. Sugerente principio, pero hay un pequeño problema: sin
instituciones no podríamos vivir, y, como dice Tony Judt, “de momento no hemos
inventado nada mejor que los estados”.
Hablando
del monopolio de la fuerza y de las atribuciones de la res pública, recuerdo de
la universidad a un radical que afirmaba de forma concluyente la necesidad de
acabar con el ejército. Yo simpatizaba con su convicción pacifista, pero cuando
una anciana le preguntó lo típico en estos casos -“y si no hay soldados, ¿qué
hacemos si nos invade el Rey de Marruecos?-, yo no terminé de ver clara su
respuesta, aunque me eché unas risas:
“Pues
que entren las tropas de Hassan II... a mí me la sopla”
Supongo
que ven por donde voy. No me gustan demasiado las fuerzas armadas, de hecho
hice en su momento lo que pude por librarme de la mili, pero lo que no soy es
gilipollas. Hablando de radicales, también recuerdo el caso de un pequeño
terrateniente para el que trabajé en una ocasión, y al cual yo definiría como
un “anarquista reaccionario”. Era un activo defraudador fiscal. Decía que si
venían “los moros, yo los espero en mi casa con la escopeta cargada”. Alguien
podría pensar que si todos actuáramos así no harían falta ejércitos, pero yo
más bien creo que harían falta legiones armadas hasta los dientes para evitar
que nos matáramos unos a otros.
Siento
haberme hecho mayor y, por consiguiente, escéptico en relación a ciertos
excesos pueriles del radicalismo. Pero, verán, a menudo me malicio que a los
amos del mundo les encanta oír que lo público no funciona y que el Estado nos
oprime, pues lo que desean es justamente eso, debilitar hasta sus últimos
extremos su poder garante de la justicia y el derecho para que triunfe de una
vez por todas y sin trabas la ley del más fuerte.
A
ver. El País, al que por primera vez en mucho tiempo estoy dispuesto a elogiar,
ha sacado a luz una trama de empresas off shore en paraísos fiscales que, lejos
del caso puntual, parecen corresponder a un problema sistémico. No voy a
explicar qué es un paraíso fiscal ni cuáles son las monstruosas dimensiones del
fraude que propician, pero tengo claro desde hace mucho que constituyen uno de
los grandes cánceres de la comunidad planetaria y que deben ser perseguidos
porque ocasionan desigualdad, injusticia, violencia terrorista, criminalidad…
¿No hablaba Bush jr, de “El eje del Mal”? Pues ahí lo tienes, majadero, por
ejemplo en unas islitas a unas pocas millas de tus costas.
Un
neoliberal me dijo que lo que hay que hacer con los paraísos fiscales es
“competir con ellos”. Supongo que el odioso dumping fiscal que con respecto a
otras comunidades españolas ejerce actualmente Madrid debe parecerle estupendo.
Lo que a mí me parece es que a los tramposos hay que sancionarlos, pues jugar
dopado es jugar sucio. El problema no es solo nacional, obviamente. A lo mejor
soy un racista, pero no creo que haya en el mundo un país más odioso que Suiza,
aunque en el pack podríamos meter a otros, y no solo a los ya reconocidos como
Luxemburgo, Mónaco o Liechtenstein, que parecen haber sido creados para que los
amos del viejo continente custodien sus tesoros de la supuesta codicia de los
burócratas.
Las
autojustificaciones son conocidas. Enumero, algunas son muy divertidas.
1. Mis impuestos
sufragan a funcionarios vagos y políticos corruptos.
2. Todo lo que se
gestiona desde la administración pública y no desde las leyes del mercado es
ineficaz.
3. No es ilegal
buscar salidas menos gravosas para mis bienes.
Podríamos
seguir. Hasta llegar a declarar que la fiscalidad es un robo y que viviríamos
mejor sin impuestos no va demasiado trecho. A mí, que soy malicioso, todos
estos mantras de los think tanks liberales me huelen un poco a chamusquina. Yo
también me desgravo mis cosillas, e incluso he llegado a acceder a los deseos
del fontanero que me arregló el wc y me dijo que no me haría recibo. No soy un
santo. Pero la realidad es que pago unos impuestos bestiales al consumo, a
través de las facturas de agua o luz y, por supuesto, a través del IRPF, que me
resta un tanto por cien altísimo de mi sueldo bruto. Me ponen enfermo la
corrupción y las puertas giratorias, pero sospecho que quienes más hacen por
untar a los políticos o meterlos en sus consejos consultivos cuando salen de
los partidos son precisamente los amos financieros del país.
Si
por ellos fuera, el papel del estado no sería otro que el de hacer de policía
vigilante de sus negocios y sus propiedades. Por fortuna no estamos en el
Antiguo Egipto, no pagamos impuestos para construirle mausoleos a cuatro magnates.
Hay Estado porque necesitamos hospitales, carreteras, escuelas, policía…
existen las instituciones porque si lo dejáramos todo en manos de los
“emprendedores”, los usureros, el Ibex y demás próceres del mal llamado
“mercado libre”, entonces viviríamos en un mundo hobbesiano, una especie de
selva donde toda sombra de justicia se asfixiaría bajo los gruñidos de los
depredadores.
Wednesday, September 29, 2021
DEVUÉLVANME LA DOCENCIA
Thursday, September 23, 2021
MARICONES PERDIDOS
De acuerdo, lo de los neonazis en Chueca del otro día no es para reírse. Pero, reconózcanmelo, el caso del manifestante homófobo que aparece orgulloso en twitter y es identificado por el chico con el que se había acostado anteriormente resulta cómico. La conversación privada entre ambos, que el gay reconocido decidió hacer pública, no tiene desperdicio. De esta guisa…:
-“Pero si tú eres al que se la chupé hace poco”
El nazi le contesta en privado lo que el interlocutor terminará haciendo público:
-“Lo que yo haga en mi vida privada no importa, haz el favor
de no publicarlo que me hundes”
Y sí, seguro que al tipo lo han hundido, al menos ante los
demás cabezas rapadas, unos señores encantadores que tienen el cuajo suficiente
para acudir a Chueca en pleno siglo XXI para manifestarse contra los
homosexuales. Si detrás de la decisión por parte del político correspondiente de
tolerar dicha movilización hay mala fe o solo negligencia, no soy capaz de
discernirlo. Lo que sí sé con certeza es que después de tales ejercicios de
supuesta libertad de opinión vienen la violencia, el abuso, el miedo… En suma,
todos los ingredientes del coctel del fascismo, cuyo objetivo esencial siempre
es aplastar la diversidad desde el ejercicio de la intimidación. Y eso por no
hablar del mal gusto y la incultura de quien corea eslóganes como “Fuera
sidosos de nuestros barrios” (Yo también podría hablar sobre la gente que me
gustaría echar de mi barrio, empezando por los macarras ultratatuados que van
con perros con instintos criminales).
Por acabar con el protagonista de esta historia tan de vodevil... Bueno, se me ocurre que además de no
pasarse próximamente por el club de reuniones de rapados ni por la sede de Vox, debería
hacer un esfuerzo por aclararse. Por cierto, no es el único. Yo puedo entender
que haya personas reticentes a admitir en público su orientación sexual, pues
ni siquiera hoy, pese a los avances propiciados por la democracia, implica
riesgo cero ir por el mundo besando morros “inadecuados”. Lo que sí me cuesta
mucho más entender es la cantidad de maricas y boyeras fachas que van por el
mundo, algunos ocupando incluso cargos relevantes. Yo no digo que porque a uno
le gusten los de su sexo haya de abrazar la fe marxista-leninista; puede ser neoliberal e
incluso devoto de la Semana Santa. Lo que no me cuadra es que apoye al PP, que
se ha opuesto históricamente a todas las reformas políticas ideadas para hace a
la gente más libre -empezando por el matrimonio homosexual-, y que además pacta
con un partido tan declaradamente homófobo como Vox.
A mi parecer cada persona puede chupar, morder o hurgar lo que le apetezca y le dejen. Mi felicitación a quien mejor se lo pase. Como cantaba el Titi, “si estás vivo y no estás muerto, a darle gusto a tu cuerpo”. Bastante jodido es aguantar a ciertos vecinos, que tus padres enfermen, que barruntes que ese dolor persistente sea cáncer o que el mundo esté repleto de miseria y dolor para que encima tengamos que seguir haciéndole caso a los inquisidores. Nunca tan tristes y oscuros personajes que he encontrado en las sacristías -pero también, mucho ojo, en ciertas militancias de izquierda- han terminado de aclararme por qué les molestan tanto el sexo y el erotismo, que a mí me parecen dimensiones esenciales del bienestar y la paz de espíritu y cuerpo. Supongo que al niño Jesús le hacen llorar los orgasmos. Pero no estoy muy seguro, pues también me dijeron que salían pelos verdes en las manos si te hacías pajas… y a mí nunca me salieron, ya ven.
Hace un par de días descubrí que habían abierto un club “de
ambiente” por un lugar por el que paso casi a diario. Salieron del garito tres
tipos con la cerveza en la mano y franca camaradería masculina. Eran voluminosos,
barbudos… . Me recordaban a mí y a mis amigotes cuando quedábamos para beber y
ver jugar al Valencia… La única diferencia es que ellos quedan para follar. Sin
dramatismos, sin laberintos emocionales ni todos esos juegos de equívoco y
elusión a los que tan acostumbrados estamos en el mundo hetero.
Lo diré de una vez. Yo creo que los gays -y me refiero, sí, a los hombres homosexuales- han sido muy listos. Hay que tener en cuenta la negra y larga noche de la que vienen. Hasta el año 75 aún les pegaban palizas los de la Brigada Social o los de Cristo Rey. Decir que la batalla está ganada es precipitado, pero sería una jeremiada negar que el camino ha ido normalizándose. Y sí, hay tipejos que se atreven a protagonizar un esperpento como el del otro día en Chueca. Pero ya sabemos cómo funciona el alma reaccionaria: cada vez que una minoría injustamente oprimida se instala en la normalidad, exhibiéndolo incluso con orgullo, el rencor aparece en formas violentas. Esto lo saben los negros, las feministas y, si nos remontamos en el tiempo, los siervos o los esclavos libertos. Nunca las luchas más justas se ganaron plácidamente.
¿Qué se puede aprender de ellos? Ya me he referido a la
salud mental que demuestran por dresdramatizar las relaciones sexuales. Pero
hay otra cosa, y tiene que ver con lo del tuit del que he empezado hablando.
Generalizando mucho -pero es que si no generalizo no escribo- yo diría que su éxito se basa en un dominio magistral del terreno de la ironía.
Me explico.
Sigo habitualmente los videos de cocina de Mikel López Iturriaga, francamente divertidos y desenfadados. Alguien le mandó un tuit con evidentes ganas de fastidiar: “A mí me pareces más maricón que cocinero”. Lejos de enojarse, Mikel dijo que estaba pensando en titular así a su sección en El País: “Más maricón que cocinero”. Ahí va otra, ésta tomada del mundo de la ficción. En un antiguo episodio de Los Simpsons, Homer empieza a preocuparse porque su esposa ha hecho amistad con un gay. “Lo que más me molesta de vosotros es que uséis con todo desparpajo las palabras que nosotros hemos inventado para insultaros”.
No sé si ven dónde quiero ir a parar. La cultura gay ha usado
con brillantez la estrategia del judoka. Cuanto mayor es la agresividad del
hostil, peor es el revolcón que se pega, pues el gay, en vez de responder con
idéntica violencia, esquiva la colisión y le deja estrellarse contra el muro de
su propia ceguera. Es por todo ello que no comparto ciertas críticas a la
Fiesta del Orgullo o, qué sé yo, la obra y la filosofía de Andy Warhol, el cine
de Almodóvar o incluso algunas intervenciones de personajes más o menos
diletantes como Boris Izaguirre o Bob Pop.
Aprendamos de ellos, pues.
Friday, September 10, 2021
HAN VUELTO
No sabemos qué está pasando en Afganistán. No es extraño,
pues, a fin de cuentas, tampoco entendimos en su momento una guerra europea: la
de los Balcanes. Cuando, por ejemplo, el siniestro Rey de Bélgica, mandaba
asesinar a millones de indígenas en el Congo porque le importunaban, los
europeos vivíamos confortablemente, convencidos de que el continente negro
necesitaba nuestra presencia para “civilizarse”. Nada se nos contaba sobre las
carnicerías que allí se perpetraban. Hoy sí creemos saber lo que pasa. La hipertrofia
informativa alimenta la sensación de que el drama se nos está
transmitiendo en
directo, pero, cómo tantas veces, lo que nos llega es un relato, un relato
sesgado y accesible a nuestras mentes, tan perfectamente formateadas en la
lógica demo-liberal.
Creemos saber, pero no entendemos. No podemos imaginar en
qué mundo viven los habitantes de Afganistán. No sabemos por qué los pastunes parecen
desear el regreso talibán, no sabemos cómo le ha ido a la mayoría de las
mujeres durante la dominación extranjera… solo sabemos que con los bárbaros volverán
a ser martirizadas, excluidas, anuladas… La disidencia será perseguida… claro,
como en tantos otros sitios.
En cualquier caso ese noticiario que en los últimos días
empieza a remitir -al hilo de la DANA, el frustrado fichaje de M´Bappe o las
ridículas críticas del líder del PP- forma parte de un horror show que
encuentra su momento ideal en el verano. Los mismos que se sienten impulsores
de la revolución feminista apoyando la causa de Rociíto, nos exhortan a hacer
algo para salvar a las mujeres afganas del terror talibán. Sorprende que la
estructura de las tertulias “serias” sea análoga a la de los programas de
telebasura a los que nos ha acostumbrado Telecinco.
Si realmente creemos saber, deberíamos estar en condiciones
de contestar a ciertas preguntas.
Para empezar, y pese a que buscamos a los talibanes en las tinieblas de la prehistoria -y ciertamente sus prácticas y sus gestos parecen medievales, casi asirios-, nos cuesta entender que en su origen está la CIA. ¿Qué responsabilidad tiene el gobierno norteamericano en la emergencia histórica de los fanáticos? En la lógica de la Guerra Fría, los halcones de Washington entendieron que aquella plaza en el centro del mundo no se podía conceder a los soviéticos… Entonces se inventaron a los barbudos. Y como sucede en las películas, cuando alimentas al monstruo antes o después se vuelve contra ti.
“Geoestrategia”, lo llaman. La OTAN nos lanzó a invadir
Afganistán y se alegaron motivos humanitarios. Veinte años después abandonamos
el fortín porque el ejército regular afgano “nos ha decepcionado”. Ese problema
no lo tienen en Arabia Saudí. Allá los sátrapas controlan el petróleo, la
sharía se impone igualmente y la obscena riqueza de algunos coexiste con la
infame pobreza de los esclavos, como si una y otra cosa no tuvieran nada que
ver. Pero Afganistán es más fea porque toda ella es pobre y en vez de jeques
mandan los señores de la guerra.
Ah, claro, y está el Islam, esa cosa tan peculiar a la que
aquí nos referimos como sabiendo de qué hablamos. Miramos el mundo musulmán
como un fracaso histórico sin remedio. Como siempre, aplicamos fórmulas
simplistas para concluir que una cultura desconectada del progreso bloquea el
acceso al bienestar y la democracia. Pero no pensamos que los fanáticos siempre
han triunfado en todo el planeta allá donde se escampaban la ignorancia, el
hambre y la violencia. También fue así en Europa, sede de las mayores
degollinas hasta no hace mucho.
No dudo de la brutalidad talibán, sé qué tipo de sujeto es
un fanático. Y sé también por qué la gente desesperada se une a ellos. ¿Quién
de entre nosotros no desearía un destino menos infame para los ciudadanos de
Afganistán, especialmente para las mujeres, amenazadas por el burka, cuando no
algo peor? Ahora bien, cuando identificamos con los derechos humanos y la
democracia eso a lo que llamamos pomposamente los “valores occidentales”, se
nos olvidan dos cosas.
La primera es que, antes que progreso y libertades, lo que los
occidentales han exportado al mundo son ejércitos, armas, esclavitud y
corrupción. Cuando, no sé si por una candidez angélica o un cinismo atroz, los
liberales hablan de la necesidad de más globalización”, me pregunto si el
verdadero problema con algunas sociedades, especialmente con la árabe, no
radica en que son refractarias a la mercantilización generalizada que impone el
capitalismo contemporáneo. “Integrismo blanco”, así llamaba Baudrillard a la
gran lógica de la mundialización cuyo designio es someter a la ferocidad de la
rentabilidad corporativa cualquier lugar de la Tierra con posibilidades
extractivas. Tras ese integrismo soft, repleto de buenas palabras, se oculta un
plan siniestro: asfixiar todas las formas de singularidad comunitaria y
cultural, toda práctica generadora de cohesión social que de una u otra forma
se resista a la plantilla única de la globalización, esa que solo puede
expresarse a través del dinero y la especulación.
La otra cosa que se nos olvida, seguramente por un patético paternalismo, es que en esas sociedades a las que enviamos a los ejércitos para salvarles de sí mismos, existen personas y colectivos llenos de coraje que pelean por sacar a sus comunidades adelante. Grupos de médicos, maestros y líderes de barrio en las favelas; colectivos indigenistas que protegen las selvas de una criminal deforestación; pastores nómadas que en el Sahel plantan cara a los yihadistas; cooperativas de pequeños propietarios que resisten la presión de la agricultura intensiva y los monocultivos; estudiantes e investigadores que trabajan por encontrar en bosques y montañas nuevos remedios frente a la depredación de las farmacéuticas… La lista, por fortuna, es interminable. La expresión enferma y odiosa de esa resistencia son los terroristas y los fanáticos, pero vamos por mal camino si no entendemos que el mundo no está esperando que le salvemos con nuestros ejércitos, que solo son la prueba de que no entendemos nada.
Wednesday, August 25, 2021
SOBRE GUSTOS
Como tantas otras veces a lo largo de mi vida, ando a vueltas con las enseñanzas de Umberto Eco. Me pregunto, en vísperas del regreso a la escuela, cómo hacer entender a mis alumnos el valor de la obra de arte, aunque solo sea para aclarar mis propias ideas al respecto.
"Sobre gustos no hay nada escrito", se dice a menudo con intención de esquivar el debate y deslegitimar a cualquier autoridad dispuesta a establecer criterios de distinción entre lo estimable y lo insignificante. De entrada es una falsedad, pues de nada se ha escrito tanto como sobre los gustos. Además niega la evidencia de que en materia estética hay argumentaciones consistentes y argumentaciones simplistas, de igual manera que no valen lo mismo una percepción formada que otra pueril y zafia. Para que me entiendan: la innegociable subjetividad de mis gustos -hacia los que como todo hijo de vecino exijo respeto- no debe impedirles sonreírse a mi costa si un día les digo que prefiero las novelas de Corín Tellado a las de Cervantes o reclamo para las tortugas Ninja el lugar reservado a las obras de Bernini en la Galería Borghese.
Puedo ofrecer ejemplos menos extremos. A mí, por ejemplo, se me antoja que El Código Da Vinci, además de un astuto producto comercial, es una mala novela. Tampoco valoro como otra cosa que un divertimento ligero las novelas de Arturo Pérez Reverte, opinión que extiendo a las de Santiago Posteguillo, Dolores Redondo o Megan Maxwell. No nombro a estos autores por casualidad, figuran en las estadísticas de novelistas más vendidos, desconozco si con méritos comparables a los de Terenci Moix o Antonio Gala, dos intelectuales admirables pero también dos novelistas perfectamente prescindibles y que fueron leídos por multitudes a finales del siglo pasado. Iba a hablar de "La sombra del viento", pero lo dejo de momento, que algunos se me enfadan.
Les nombré al inicio a Umberto Eco, quien dedicó páginas muy brillantes al análisis de "Los misterios de París", obra hoy olvidada, pero que en su momento alcanzó tal popularidad, que se dice en Francia que ancianos y enfermos dilataban el momento del óbito para saber cómo acababa la novela. Con "Los misterios...", afirma Eco que Eugene Sue funda la llamada "literatura de masas". Poca broma respecto a la influencia del personaje, a quien por cierto Eco responsabiliza de haber activado los escritos de Marx y Engels, quienes por cierto consideraban el socialismo de Sue como altamente tóxico para el futuro de la revolución proletaria. No la he leído, y no lo voy a hacer. Creo que es mala y que emplearé mejor mi tiempo en otros menesteres. Eco explica las condiciones de posibilidad del éxito masivo de dicha novela y de otras obras similares, comparando su condición de "relatos de consolación" con lo que él mismo llama "novela problemática", que encuentra por ejemplo en Balzac.
Permítanme trasladarme al universo cinematográfico. Hace muchos años, siendo casi adolescentes, un chaval llamado Valen nos sorprendió declarando su amor al cine norteamericano, oponiéndolo al cine europeo desde el esquema del cine-espectáculo frente al cine de autor. "Lo que pido a una película", decía, " es que me divierta; yo no necesito películas con mensaje". Hablaba de la intelectualidad europea -"rojos de café"- como una presunción de "reserva espiritual de Occidente" y se refería a Spielberg como un genio. Por el contrario, presentaba a Herzog, Godard y otros muy apreciados por la "intelligentsia" europea como unos majaderos que solo sabían aburrir al personal y que sobrevivían gracias a subvenciones porque solo unos cuantos esnobs acudían a ver sus películas en las salas de arte y ensayo.
El planteamiento era sugerente, pero simplista y fácilmente desmontable. Hablando de "mensajes", nada contiene tanta ideología y suministra más valores que el cine de masas... No hay más que analizar por encima una película de la Disney, la saga de Star Wars, que aquel amigo adoraba, o cualquier western convencional. No hay relatos ideológicamente neutros, y los que pretenden divertir emiten a menudo más doctrina que cualesquiera otros. De otro lado, la dualidad entre cine europeo y americano, pese a que pueda tener sentido, no debe plantearse en términos tan básicos. Tan norteamericanos son "Los diez mandamientos", "Escuela de sirenas", "Lo que el viento se llevó" o "ET" como las pelis de Charles Chaplin, Woody Allen o Terrence Malick, en las que se reconoce una poderosa gramática de autor. Hollywood ha sido siempre una industria por encima de cualquier otra cosa -como por cierto lo es ahora mismo Bombay-, y eso le ha inclinado a producir insistentemente espectáculos de masas facturados como entretenimientos fáciles y de consumo rápido, normalmente con propuestas narrativas convencionales, cultivo del star system y derroche de recursos en marketing, acción y efectos especiales. EEUU ha producido grandes creadores cinematográficos y ha elaborado muchas de las mejores películas de la historia, pero la pretensión de que "Ciudadano Kane" o "Sunset Boulevard" son obras maestras porque "divierten" o "entretienen" es una majadería que no explica nada.
Si el éxito masivo no es entonces el criterio, ¿debemos entonces preguntar a los críticos?
Cuidado. Los dos críticos de cine más célebres de este país son Carlos Pumares y Carlos Boyero. El primero me parece simplemente un histrión impresentable. En cuanto al segundo, resulta ocasionalmente divertido, pero, aunque a menudo acierta, se deja llevar por sus filias y sus fobias con tal facilidad, que lo mejor que se puede hacer con sus crónicas es reírse un rato con ellas y directamente olvidarlas, sobre todo cuando se pone a lanzar anatemas contra quienes le caen mal, como por ejemplo Almodóvar entre otros muchos.
Podríamos también recurrir a análisis más rigurosos y menos efectistas. El problema es que entonces nos toparemos con la prestigiosa revista Cahiers du cinema, cuyo rastro ha sido seguido durante décadas por nuestra cartelera Turia. Si ustedes revisan la lista de las cien mejores películas de la historia según Cahiers, descubrirán, para empezar, que la presencia de films franceses es abusiva, lo cual refleja un chauvinismo que a mí, ya ven, me pone a mucha distancia de sus opiniones. De otro lado, se refleja en la lista una predilección sospechosa por películas claramente minoritarias, hasta el punto de que parece que cualquiera que guste masivamente queda casi irremediablemente proscrito. Si hay algo peor que comulgar sistemáticamente con la masa por puro borreguismo, es pretender alejarse de ella por un elitismo mal entendido que, en el fondo, refleja intransigencia y una ridícula pretensión de originalidad. Pueden echarle un vistazo también a la lista de la BBC, a las que cada diez años ha ido presentando la revista británica Sight and Sound, a la de los lectores de la web Filmaffinity... Observarán que hay numerosas coincidencias, pero también feroces discrepancias.
Para terminar de perdernos en el laberinto, les aconsejaría mirar las listas de mejores pelis según algunos célebres directores. Parece fácil suponer que tipos como Bergman, Scorsese, Allen o Tarantino deberían saber de la materia tanto o más que los críticos más sesudos. Se sorprenderán entonces con la diversidad de opiniones que hallarán entre ellos. (Nota a modo de curiosidad: adoro a Ingmar Bergman, pero lo que dijo del cine de Orson Welles es propio de un indocumentado y de un mal espectador de cine.)
¿Qué hacemos entonces? Pues... no lo sé, la verdad. Yo creo que lo que debemos hacer es ver películas buenas, así de sencillo. Aceptemos consejos que vengan de aquí y de allá y, después, opinemos libremente. Yo amo películas de autores tan poco convencionales como Bela Tarr y Andrei Tarkovski, pero Godard me parece un pelmazo y Passolini hace mucho que dejó de interesarme. Spielberg, que desató aquella antigua discusión que les he trasladado, me parece un cineasta circense y menor en algunos de sus espectáculos, y sin embargo dio en la diana con "Salvar al soldado Ryan" o "Munich" (No amo "La lista de Schindler", pese a sus enormes virtudes, lo siento)
Ya ven, no acabo de solucionar ningún problema. Pero sí creo poder ofrecer algún consejo por pura experiencia propia. De críos a todos nos gustaban las gominolas, pero lo exquisito cuesta. Es una condena para un adolescente la exigencia de leerse "La Celestina" y yo le disuadiría de leer a esas alturas de su vida a Samuel Beckett. Ahora bien, sin esfuerzo es muy difícil llegar a entender que Dios bajó a la Tierra para inspirar la voz de Camarón o la trompeta de Miles Davis. Mi consejo es disponerse a tales esfuerzos si uno encuentra el tiempo y la calma para emprenderlos. Háganlo sin remilgos para terminar reconociendo que no les gustó "Ada o el ardor", de Nabokov, o que no soportan las películas de Antonioni porque les parecen un tostón. Háganlo sin pretender ser originales o parecer cultos y, sobre todo, no pretendan que sus preferencias se conviertan en un arma arrojadiza contra nadie.
Acabo. Este verano, además de leer -al fin- las mil páginas de "Los hermanos Karamazov", me lo he pasado viendo películas calificadas como clásicas, especialmente películas antiguas muy valoradas entre los académicos. Pues bien, no les voy a recomendar a Lang ni a Murnau ni a Renoir. Vean, háganme el favor, "La ciudad de Dios" y "Timbuktú", brasileña y maliense respectivamente. Son películas recientes, se hicieron en este siglo. No sé si algún día figurarán en las listas de Cahiers, aunque no me cabe duda de que son magníficas. Hablan sobre gente que tiene problemas relacionados con la pura supervivencia en lugares tan comprometidos del sur del mundo como las favelas o el Sahel. Tengo la sospecha de que las grandes historias, que es a fin de cuentas de lo que siempre se nutrieron los grandes narradores, van a ir viniendo cada vez más de lugares como esos. No se las pierdan, creo que a lo mejor me lo agradecen.



















