Thursday, June 24, 2021

¡¡¡¡SU PRIMER LUISVI!!!








La inflación mediática que padecemos es muy tóxica, ya lo sé, pero nos proporciona impagables momentos de comicidad. El video de la mamá del "luisvi" parece extraído de El Mundo Today,  pero resulta que va completamente en serio. "No es para tanto, cariño", le dice a la niña cuando sus lágrimas de emoción se hacen incontenibles. ¿Como que no, majadera? Con lo que has pagado por el bolso viviría una familia durante meses.

Teniendo en cuenta la cantidad de personas valiosas que a duras penas llegan a fin de mes, que semejante tonta de baba nade en la abundancia invita a imitar al Santo Job y, mirando al cielo, preguntar: "Tío, pero tú, ¿de qué cojones vas?"

La humanidad tiene un problema muy grande con la riqueza. El imaginario novelesco retrata a los antiguos mandarines como ridículos glotones, pero los ricos de nuestro tiempo son aún más patéticos: basan su distinción en el standing de las marcas que consumen. En mi juventud me causaba cierto apuro denunciar la opulencia: temía ser acusado de envidioso. Ya no. Pasaron los años en que me seducían personajes como el Gran Gatsby, el Ciudadano Kane o, por aterrizar en la realidad, Richard Branson o Mark Zuckerberg, que por cierto me parecen casi tan vacuos y tan gilipollas como nuestros Mario Conde, Jesús Gil o Ruiz-Mateos. La realidad es que la inmensa mayoría de privilegiados que fabrica el capitalismo contemporáneo son unos mierdas. Conozco infinidad de pijos insufribles que no han tenido un problema en su vida y que jamás han hecho otra cosa que obedecer a sus papis y seguir la corriente. Si yo fuera capaz de escribir una novela sobre un héroe de verdad buscaría a un subsahariano que se sube a una patera en Libia o pensaría en algunos de mis alumnos, de cuya existencia sin padres y criándose en un hospicio me informan puntualmente los servicios sociales del ayuntamiento de la localidad donde trabajo. (Fliparían ustedes con algunos casos, se lo aseguro)

 

Recuerdo una conferencia del admirable economista Juan Torres que denunciaba a los especuladores como "criminales". Cuando, atascada la rentabilidad de sus inversiones en el petróleo, se inclinan al sector alimentario, generan subidas en el precio de mercancías como el trigo que complican la vida e incluso matan de hambre a cientos de miles de personas en los lugares más pobres del planeta. Pero no hay que viajar muy lejos para encontrar infamias. La Gran Recesión, con el consiguiente rescate a los bancos, es probablemente la mayor estafa de la historia, y ha supuesto un traslado de riqueza a las élites y de consiguiente desigualdad que no tiene precedentes. Es curioso que sean los reaccionarios que por pura estupidez adoran a este tipo de bandidos los que más se quejan de la "blandura" de las leyes con respecto a rateros y ladrones de poca monta, o los que disfrutan gritando en los bares contra los inmigrantes. 

 

 

 

¿Demagogia? Sí, probablemente. Cioran afirma que debemos estar de lado de los débiles, "pero sin olvidar ni por un momento que están hechos de la misma pasta que sus opresores". También se me podría objetar que yo soy, a fin de cuentas, otro privilegiado y que también aspiro a distinguirme de mis vecinos a través de mis elecciones como consumidor. Podríamos debatir sobre el exceso de confort en que vivimos y la huella ecológica que dejamos, pero me cuesta pensar que el opel corsa de 11 años que tengo y el piso de 70 metros en que vivo con mi familia son un ejemplo de obscena opulencia. 

 

Lo diré de una vez: la feroz desigualdad que atraviesa este planeta es una vergüenza para un tiempo en el cual somos capaces de modificar genéticamente los alimentos, viajamos a Marte o fabricamos vacunas en dos meses que salvan millones de vidas frente a una pandemia. En un momento en que las colas del hambre están repletas, se desestructuran vidas a velocidad inusitada o se incrementa hasta el 30 por ciento el porcentaje de niños en riesgo de exclusión, insulta a cualquier conciencia mínimamente sensible saber que en España el número de ricos se acercará a los dos millones de personas hacia 2025, lo cual explica por qué una de las pocas industrias que ha crecido en la última década es la del lujo. 

 

Por cierto, y a propósito de mi condición de docente, dos consejos a la ínclita tik toker, quien por cierto dicen que tiene un millón de seguidores, lo que me hace preguntarme si la mayoría no la siguen para reírse de ella. 

 


El primero es que la próxima vez que una hija suya acabe "la sele" se meta el luisvi por donde le quepa. Me ha costado un huevo motivar a mis alumnos para preparar las pruebas EBAU hablándoles sobre un futuro universitario y profesional en el que ni yo mismo creo demasiado. No sé si me entienden. 

 

El segundo: si quieres lucirte en youtube ten al menos la decencia de no sacar a la niña, a la que has conseguido convertir en el hazmerreír nacional. Con mofarnos de tu estupidez ya tenemos bastante. 

  


Thursday, June 17, 2021

NORUEGA. RAFAEL LAHUERTA.

 


Cuando supe que Rafael Lahuerta había llamado "Noruega" a su novela me picó la curiosidad. Bastó iniciar la lectura para confirmar lo que suponía, que Rafa sólo querría escribir sobre aquello que conoce perfectamente: Valencia. 


Conocí a Lahuerta hace algunos años. Creo que me tiene cierto cariño porque soy nieto de uno de los primeros héroes del club de fútbol que ambos amamos enfermizamente. En su primer libro, "La balada del Bar Torino", me sentí identificado con todo lo que relataba sobre la magia del viejo Mestalla, sobre el Matador Mario Kempes, sobre esa indescifrable pasión que hace temblar desde que, siendo niños, nuestros padres o abuelos nos llevaban al estadio. En aquel graderío aprendí cómo son los varones adultos cuando, abandonados el traje y las responsabilidades, se dejan llevar por sus pasiones más primitivas. Rafa es la única persona que recuerda perfectamente una anécdota que formará parte de mi memoria hasta el día que me extinga. Valencia-Sevilla... Kempes capturó el balón en área propia, lanzó el contragolpe, atravesó la inmensidad del rectángulo sin que ningún rival pudiera frenarle mientras el rumor en la grada se incrementaba, alcanzó la frontal y, contra toda prudencia, conectó un izquierdazo feroz que entró cruzado ante la inútil estirada del célebre portero sevillista, conocido como Super Paco. Un viejo que se sentaba siempre en primera fila saltó al campo... No era nada premeditado, fue el puro entusiasmo de un anciano que, acaso, vivió el último momento de inflamación pasional de su vida... Se abrazó sobre la hierba a Kempes, que, sorprendentemente, le abrazó también a él. Una comunión así entre un futbolista y sus fans me parece irrepetible, pero Mario era así. 



"Noruega" es una novela sobre el dolor de crecer, sobre la falta de delicadeza con la que la vida nos atropella. Y es, también, el relato entrecortado de una ciudad que se abrió a duras penas a la modernidad y a la posmodernidad, que aquí se dieron a la vez. 


"Tú, que eres joven y aún estás a tiempo, huye de aquí, márchate... Esta ciudad te matará", le dice Raúl Núñez, el flaco, al protagonista. 


Tiene razón en lo básico: Valencia es una ciudad criminal, aunque quizá lo sea toda ciudad donde uno nace y crece si cae en la imprudencia de amarla. Una mujer de Calabria me dijo hace poco que en Valencia se sentía como en casa. Aquello me hizo pensar en cierta frase de "Noruega" que cito de memoria: "Valencia es una ciudad italiana en el país equivocado". 

 


Valencia te mata, te mata lentamente porque es una ciudad que no tiene remedio. Nos aferramos con tal convicción a nuestras contradicciones que si en algún momento desfilara la Diosa Razón ante nosotros giraríamos la cabeza para no tener que verla. 

 

Resultado de un aterramiento interminable ganado a los pantanos, los cronistas romanos de los tiempos fundacionales describieron la desembocadura del Turia como un contorno de mosquitos y malaria. Como en la albufera, especies destinadas a sobrevivir en el fango chapotean respirando a duras penas y tratando de arrebatarle la pieza al vecino. No afirmo que en esta ciudad haya más hijos de puta que en ninguna otra... el éxito de bandidos y trileros atraviesa el conjunto de la civilización. Sin embargo aquí cualquier robaperas llegado de Murcia o de Madrid consigue hacer fortuna entre arrozales y naranjos. Es nuestro -y muy nuestro- esperar a que algún majadero descubra que basta con estimular astutamente nuestra ridícula megalomanía para cautivar nuestras voluntades. 


Valencia es una de tantas tierras de venas abiertas, un paisaje rico pero condenado a la explotación, casi siempre a la explotación extranjera. Hijos de Caín, nos enojamos de forma tempestuosa y pirotécnica cuando nos insultan desde Madrid o Barcelona, pero después somos nosotros los primeros en escarnecer a los nuestros cuando brillan. 


No sigo, se apodera de mí la melancolía y termino diciendo cosas que pienso pero que no debo decir. Es la misma melancolía, en dirección contraria, que me asaltó durante los años que viví fuera de Valencia. Soñaba con regresar, con trabajar para hacer una ciudad de la que dejar de avergonzarnos. 



He claudicado, mi melancolía era más profunda de lo que creí en aquellos años. No bastaba con regresar, salió mal y no fui feliz. No sé si aún estoy a tiempo de marcharme ni si seré capaz de hacerlo cuando  llegue el momento. 

Lean "Noruega". Gocen y sufran con ella, les prometo ambas cosas.




Thursday, June 10, 2021

CASANOVA Y LA VIOLENCIA INDÓMITA

 














Con motivo de la Ley Wert, me quejé ante un compañero del Seminario de Sociales por el acoso a las asignaturas de Filosofía. Para buscar su complicidad, le recordé aquello tan brechtiano de que "a continuación irán a por vosotros". A lo que contestó, muy inteligentemente, que no temía tal cosa "porque pocas tentaciones mayores para un gobernante que manipular la Historia". Se diría que más que correr peligro las asignaturas de ciencias sociales, lo que sí está bajo permanente amenaza es la fiabilidad científica de los estudios historiográficos, al menos aquellos que llegan a un público masivo. 


Hace tiempo que quería referirme al ensayo de Julián Casanova, "Una violencia indómita. El siglo XX europeo". En su epílogo avisa sobre aquel peligro. "En vez de enfrentarse de verdad a los diferentes y terribles pasados, se elaboran historias para el uso y la tranquilidad de quienes quieran, o sientan la necesidad, de identificarse con ellas. No son los hechos históricos los que se investigan y discuten, sino la interpretación de esos hechos que mejor sirve a los gobernantes y grupos políticos para montar una versión oficial de la historia..."


El encarnizado esfuerzo de documentación que sostiene las casi cuatrocientas páginas del ensayo cargan de legitimidad al autor para realizar la advertencia con la que termina, en lo que constituye en realidad una defensa de la historiografía. 


Pugno para que el estremecimiento no me domine a lo largo de la lectura. Nunca me pareció más cargado de sentido aquello de "el horror, el horror" del Kurz de Joseph Conrad en "El corazón de las tinieblas". 














Debe ser mi pereza lo que me anima a consolarme con la imagen del novecientos como una centuria confusa, febril y, de alguna manera, euforica. Ante la alegría noctámbula del jazz, el hechizo del cinematógrafo o la tecnología del consumo, la degollina de las guerras mundiales asalta mi  imaginario como dos terremotos de odio, violentas explosiones de furia que, al modo de infecciones extraordinariamente virulentas, envenenan -solo momentáneamente- el glorioso relato del progreso que los europeos nos hemos construido. 

La exhaustiva crónica de la barbarie que Casanova efectúa convierte esta visión en una puerilidad. No hubo largos periodos de paz interrumpidos por dos enloquecidas contiendas alentadas por alguna misteriosa secta de vampiros. El "brutalismo" se había convertido en una forma de vida por la aventura colonial en el sur del mundo. En África, prácticas de exterminio como la perpetrada por los esbirros de Leopoldo de Bélgica en el Congo, no las hacemos equivaler a Auschwitz o el Gulag porque, en el fondo, hemos comprado el más siniestro de los boletos vendidos por el racismo: algunas vidas valen más que las otras. 

Sí, la primera Gran Guerra la decidieron sátrapas y cancilleres, tipos taimados y sin escrúpulos. Algunos de ellos son magistralmente retratados por Kubrick en "Senderos de gloria", donde la instrucción de enviar millares de jóvenes a una muerte segura se emite con una espantosa frialdad. Pero no nos engañemos: el ardor patriótico que celebraba ruidosamente las declaraciones de guerra, creando colas entusiastas de reclutas voluntarios, no es solo consecuencia de la perversidad de unos cuantos oligarcas. Murieron como moscas en las trincheras. Una tecnología de la muerte ya muy sofisticada se empleaba frente a movimientos masivos de infantería no muy diferentes de las guerras napoleónicas. El precio en vidas humanas fue endemoniadamente elevado.










Antes y después, las calles de media Europa eran invadidas por paramilitares que perseguían a proletarios insurrectos, mujeres feministas o judíos supuestamente entregados a la conspiración por destruir la civilización. Adolf Hitler fue un monstruo, desde luego. Pero las condiciones de posibilidad de ese "mal absoluto" -como definimos hoy el plan nazi de dominar el mundo, destruir la democracia y exterminar a los judíos y a otros de "sangre impura"- se establecieron antes. Y no solo por las insoportables deudas de guerra heredadas de la guerra anterior por Alemania. 
 
¿Hará falta referirse a la degollina española del 36-39? La conclusión de aquella contienda terrible entre españoles y las posteriores venganzas emprendidas por un régimen de asesinos completaron la única gran victoria del fascismo en aquellos años, prologándose su obra criminal en nuestro país hasta los años setenta. 

El estudio de Casanova nos impide caer en la candidez de entregar el monopolio de la brutalidad al fascismo, como si una ideología pudiera apropiarse de la crueldad en exclusiva. Solo es un ejemplo -quizá el "mejor" ejemplo- pero los bombardeos y la invasión de Alemania por los aliados, con especial mención a las tropas soviéticas, constituyeron un calculado programa de atrocidad y destrucción. 

Prefiero no seguir, lean el libro... Casanova se explica mucho mejor que yo.

Me asalta una pregunta. Hace más de 300 años, con la Paz de Westfalia, las naciones europeas demostraron ser capaces de escarmentar. Aquel tratado sirvió para poner fin a unas guerras interminables que estuvieron cerca de destruir el continente. La Ilustración es en gran medida una consecuencia de aquel esfuerzo por pacificar tierras demasiado habituadas a ver correr la sangre. El horror nunca se fue, de acuerdo, pero hubo que esperar al siglo XIX para ver cómo una explosión tecnológica sin precedentes se ponía al servicio de las pasiones más primitivas y feroces, desencadenando un largo periodo de devastación. Si nos hemos autodestruido por completo todavía debe ser porque la suerte nos ha acompañado... Hasta el momento, claro. 

No sé qué decir. Quizá Walter Benjamin, que vivió los peores momentos del novecientos, debe ser especialmente atendido cuando desmitifica el sentido de lo que entendemos por civilización, cuyo camino es siempre indisociable de la barbarie que va causando a su paso. 

Soy educador, solo se me ocurre citar a Adorno, quien continuará hasta el fin de mis días iluminando mis pasos: "La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación". Quizá, como el propio Adorno añade, la lucha corre el riesgo de volverse desesperada cuando uno intuye que en el principio mismo de la civilización está instalada la barbarie. 



Wednesday, June 02, 2021

LOS INDULTOS


Inevitable a estas horas opinar sobre los indultos. 


No hace falta escuchar imprecaciones, desafíos, amenazas y otros graznidos en los diarios, radios y teles de la Brunete mediática... Basta con acercarse a la barra de un bar o, como me pasó ayer, deambular por la frutería del Mercadona, para ver cómo se van afilando las cuerdas y cuchillos del linchamiento de Pedro Sánchez. Es preciso decirlo, y da igual si responde a un pacto anterior con Esquerra Republicana -como todos sospechamos- o lo hace por sentido de la responsabilidad: este gesto acabará con su gobierno, y puede que incluso con su carrera política... Y él lo sabe, ergo hay que tenerlos muy bien puestos para tomar una decisión así.  


Me dirijo, en exclusiva, a quienes tienen ganas de hablar y, de estos, a aquellos para los cuales dialogar no consiste en defender una posición, sino en esperar que el otro me proporcione algo que yo no tengo. Como no soy seguidor de Habermas, no creo en la posibilidad de establecer unas condiciones ideales para el diálogo... Siempre hay presiones, siempre se ejerce alguna forma de violencia en controversias tan inflamables. No hay manera de escapar al aire viciado que respiramos cuando el asunto en cuestión afecta a nuestro bienestar, a nuestro futuro, a nuestro amor propio incluso. Me conformaré con esperar, por consiguiente, que quienes me lean partan de la consideración de mi buena fe, que es exactamente lo que yo haré con ellos.


Al grano. Sánchez ha de indultar a los presos. Es mi opinión y creo poder argumentarla. 



En primer lugar -y pese a que de ninguna manera acepto la denominación de "presos políticos" para Jonqueras y compañía, ni la de "exiliados" para Puigdemont y otros- entiendo que el Procés es  una iniciativa secundada por gran parte del pueblo catalán. Violar la ley y suspender o abolir garantías parlamentarias básicas, como hizo el Govern de la Generalitat, es una conducta delictiva y debe ser juzgada como tal por las instituciones judiciales del Estado democrático. 


Que se traicione la legalidad constitucional por motivos políticos no hace desaparecer la especie delictiva, pero sí tiene valor a efectos de la posibilidad del indulto, máxime cuando el carácter de rebelión contra el Estado que impulsa al infractor no ha sido canalizado desde la violencia. No cabe la amnistía, como pretenden los independentistas, pues España no es en ningún caso una dictadura ni un Estado ilegítimo, ni tampoco subsiste la figura del "error judicial". Pero el indulto no es una decisión de los jueces, es una medida política prevista, y por cierto se ha aplicado anteriormente a personajes condenados por crímenes de corrupción e incluso de terrorismo de Estado, sin olvidarnos de la amnistía generalizada que se acordó, al modo de Ley de Punto Final, al Régimen de Franco. Conviene no ignorar que Jonqueras y sus compañeros han pasado varios años en la cárcel, incluyendo una prisión preventiva de dudosa legitimidad.



Hay una segunda razón, y me remito a las explicaciones que han aparecido en los últimos días en el diario El País, que no es sospechoso de activismo radical, excepto a los ojos de los reaccionarios más talibanes,  ( https://elpais.com/opinion/2021-05-31/indultos-a-tejero-si-y-a-junqueras-no.html) (https://elpais.com/opinion/2021-05-30/a-los-catalanes.html). (https://elpais.com/opinion/2021-06-01/necesidad-y-utilidad-social-del-indulto.html?rel=lom). Los presos han de ser liberados porque ese es el gesto que el Gobierno Central ha de hacer para superar la fase del choque de trenes y encaminarse hacia un tiempo nuevo de deliberación. Como muy bien explicó el Editorial del diario del 30 de mayo, el gesto no busca una reconciliación del Estado con los líderes, sino con la ciudadanía catalana. Es preocupante, y en cierto modo desalentador, que la mitad de los catalanes haya apoyado iniciativas tan dudosas como un referéndum sin garantías, o tan irresponsables y antidemocráticas como la proclamación de la República, que se saltó olímpicamente los derechos de millones de catalanes y aún de españoles del resto del Estado. Pero también fue intolerable el ejercicio de violencia represiva que llevó a cabo el Gobierno Rajoy para evitar el referéndum, que constituyó en cualquier caso una movilización popular pacífica. 


No sé si con esto se rebaja el célebre suflé. Sí sé que lo que no lo rebaja es enviar a las fuerzas del orden a soltar porrazos. Lo que se consigue con eso es exactamente lo contrario, y sucede lo mismo con la obtusa pretensión de ignorar la existencia de un conflicto muy serio en Catalunya, por no hablar del ridículo anticatalanismo que se detecta en gran parte de la derecha española. Hay veces en que me pregunto si la evidencia, nos guste o no, de que la mitad de los catalanes no desean seguir siendo españoles tiene que ver con el deseo de muchos ciudadanos del Estado de una España completamente "descatalanizada". Lo diré de una vez: los reaccionarios españoles son por lo común hostiles a todo lo catalán. Y, qué quieren, si yo tuviera esa sensación respecto a mi tierra también me fugaría. No sé si me irían bien las cosas, a lo mejor no, pero sería la manera de no tener que decir que soy paisano de Jiménez Losantos, Herrera, Aznar, la horda de Vox y tantos y tantos tipos y tipas que están en mis antípodas mucho más de lo que están algunos de mis allegados, catalanes o valencianos, que simpatizan con el Procés. 


A estos solo les pido una cosa. Dejen de equipararme, cada vez que se me define como unionista, con el facherío hispánico. No tengo nada que ver con ellos, y me ofende enormemente que se sugiera tal cosa. En la España que pretenden me reconozco tan poco como ustedes... puedo que incluso menos. Y de esa España yo también me iría. De otro lado tampoco estoy seguro que haya grandes distancias, más allá del idioma, entre ese facherío hispánico al que ustedes tanto desprecian y las élites del Principado, que por si no lo saben son las que aspiran a seguir dirigiendo la República cuando se proclame no en falso. 


Deberían considerarlo. Pero si siguen pensando que Sánchez y su gobierno es lo mismo que Rajoy and company... entonces los que de verdad no quieren dialogar son ustedes. 



    

Thursday, May 27, 2021

 

SHAKESPEARE HA MUERTO

 


La web informa del fallecimiento del octogenario Shakespeare, que por lo visto, fue el primer varón británico en vacunarse contra el covid. Se presiente a estas horas cierta tristeza en su localidad, pues era un hombre popular entre sus vecinos, pero no es ésta, como pueden imaginar, la verdadera razón por la que ha trascendido la noticia. Lo relevante es el nombre del finado, circunstancia mediáticamente agrandada porque ha circulado el fake de que se llamaba William y que su pueblo era el mismo que el del Bardo que creó a Hamlet. Pues resulta que no, no se llama William sino Bill -tampoco se le va tanto- y su pueblo no era Stratford upon-Avon.


Verán: me fascina el mundo de Shakespeare desde que me conozco.



De crío me dejaron impactadas aquellas imágenes de Rey Henry, interpretadas con una solemnidad inigualable por John Gielgud, uno de los grandes actores shakespeareanos, quien además de para Orson Welles, hizo Shakespeare para Mankiewicz con “Julio César”. En realidad, se trataba de “Campanadas a medianoche”, bellísima versión cinematográfica wellesiana de “Enrique IV”, donde Orson interpretaba a Falstaff, infame compañero de correrías del joven Hal -Laurence Olivier-, que abandonará la vida ligera la mañana en que, a la muerte de su padre, le corresponderá tomar el trono.



Nada puedo decir de Shakespeare y su inmenso universo que no hayan dicho mejor otros. Cioran, ese escéptico radical que presumía de no creer en nada, dijo estar dispuesto a entregar “el mundo entero y todo Shakespeare por una brizna de ataraxia”. Observen con atención: se desprendería del mundo antes que del dramaturgo. Recuerdo también cierta anécdota personal revelada por Borges. Confesaba haber deambulado sin rumbo por barrios de Buenos Aires hasta dar, casualmente, con un pequeño teatro donde se representaba una obra del Bardo. Se animó imprudentemente a entrar. Todo era lamentable, los actores, la escenografía, el vestuario… “Aún así, salí henchido de pasión trágica… Shakespeare se había abierto camino una vez más”.


Insisto, no sé qué decir, y quizá sea mejor obedecer el mandato de los místicos, que guardan silencio sobre Dios porque su infinitud es lo indecible. Puedo por eso citar incluso a mi hermano, quien hace cuarenta años me preguntó, indignado, “¿qué hace Hamlet por los suelos?”. Tenía razón, la que andaba extraviada bajo el sofá era la edición de Austral -bastante mal traducida por cierto- de la más grandiosa tragedia jamás escrita.



Me viene a la memoria cierta parodia de Woody Allen, quien profundiza hasta el absurdo en las polémicas circunstancias relativas a la autoría de algunas de las obras atribuidas a Shakespeare. A medida que avanza en la investigación, descubrimos que no sabemos apenas nada del mejor escritor de la historia… ¿Son las obras de Shakespeare de su amigo Marlowe? ¿Era en realidad Shakespeare la mujer de Shakespeare? ¿Eran Shakespeare dos o más personas? Es aleccionador pensar que hay quien emplea su vida en resolver tan procelosos enigmas mientras yo me dedicó a disfrutar leyendo “Macbeth” y “La tempestad”, fueran de Shakespeare, de la Reina Elizabeth o de alguna prostituta de Whitechapel.


Permítanme cierta comicidad, a fin de cuentas nuestro personaje fue tan grande en la lágrima y el espanto como en el caricato y el enredo.

 


Bueno, sí pondré algo de mi cosecha, aunque solo sea una ocurrencia del momento. Creo que no entenderemos a Shakespeare mientras no advirtamos que su condición de dramaturgo es, al menos lo es en su caso, indisociable de su trabajo en una compañía de teatro. Esto es impensable en, pongamos por caso, un novelista. Podemos otorgar carácter sagrado a los elementos escenográficos incluidos en el texto original, pero se nos olvida que si aparece una cuerda para subir a un balcón es porque, a lo mejor, la compañía no disponía en ese momento de una escalera lo bastante alta. Me divierte por eso el papanatismo de majaderos como Javier Marías -alias “mariconadas ni una”- a quien le pone enfermo cualquier propuesta de representación shakespeareana que se aleje mínimamente de la ortodoxia de los jubones, las espadas y las capas renacentistas. Los conflictos de los personajes shakespearianos son eternos, definen los contornos de lo trágico y lo cómico de nuestra efímera presencia en el mundo… la grandeza de la obra de Shakespeare consiste en que vale para todas las épocas y lugares. Las implicaciones de su literatura desbordan cualquier pretensión de ortodoxia, Shakespeare es demasiado grande para aceptar el corsé de un academicismo shakespeareano.

 

Añado otra pequeña curiosidad. ¿Se han preguntado alguna vez que diría Shakespeare de nosotros? ¿Escribiría sobre Trump en tono de comedia o engrandecería al personaje otorgándole la ambición autodestructiva de Ricardo III? ¿Veríamos a una mujer cabizbaja en el metro, disertando sobre el sinsentido de su existencia? Se me ocurre que para parecer shakespearianos lo primero que deberíamos hacer es apagar el puto móvil, pero creo que es pedir demasiado.

 

Ah, por cierto, Bill Shakespeare no ha muerto de covid. Descanse en paz.

 

Wednesday, May 19, 2021

EL15M Y NOSOTROS, QUE LO QUISIMOS TANTO

Sigo pensando que el 15M es lo más interesante y enigmático que nos ha pasado en el último medio siglo.

 


 La Santa Transición sería una astuta obra de ingeniería política. La reacción multitudinaria al 23F mostró al mundo que los españoles ya no deseaban las asonadas cuarteleras. El ingreso en Europa fue la culminación de un largo anhelo histórico por hacer que está península demasiado cercana a África se sintiera parte de la modernidad. La Movida Madrileña, los festivales de música, la celebración olímpica o los éxitos deportivos nos convencieron de que podíamos aportar algo al planeta... Nada de todo esto es despreciable, lo digo sin asomo de sarcasmo. Sin embargo todo estaba de alguna forma en el guión, todos estos acontecimientos sin duda luminosos formaban parte de un relato previsible. 

 

De acuerdo, es un relato repleto de sombras, contiene muchas mentiras y arrastra, sin duda, efectos de manipulación orientados a despolitizar a las multitudes. Pero es, pese a todo, muy consistente, aunque solo sea porque ha generado cuatro décadas de paz en un país cuyo historial contiene demasiada sangre y venganza. Nunca hay paz sin conflictos, somos seres humanos, no ángeles. Las cosas no han estado bien en este tiempo y lo están menos ahora mismo. Pero en estas horas vemos cómo legiones de desdichados se lanzan a nado desde las playas del norte de África para llegar hasta nosotros. Algo habrá en nuestras vidas de envidiable incluso ahora, cuando más agrietado se nos aparece el dichoso relato y cuando más amenazantes se presentan los años venideros. 

 



El 15M no estaba en el guion. Es un genuino acontecimiento en el sentido que otorgan Alan Badiou o Slavoj Zizek al concepto. Por eso, de entre todos sus eslóganes, el "Nobody expects the spanish revolution" se me antoja como el más sugerente, seguramente por su polisemia. La gente llegó a las plazas... eso ha ocurrido otras veces. Pero no se marchó. Y lo que hizo fue recordar a quienes toman las decisiones que la democracia solo merece tal nombre si la voluntad de la ciudadanía tiene alguna transitividad. Por eso nos pusimos a deliberar. Nada incomoda más a quienes siguen pensando que la democracia es una formalidad más o menos incómoda, una novedad extranjera que hubo que implantar porque tener a un sátrapa vestido de militar -y que convirtió la nación en un cuartel- empezaba a resultar muy poco presentable ante los tribunales de la historia de Occidente. 

 

"El 15M fracasó". Esta especie debe ser matizada, aunque contiene mucho de verdad. Decía Joaquín Estefanía, uno de los pocos hombres de Prisa a los que sigo leyendo, que las algaradas reaccionarias suelen suceder a las revoluciones fracasadas. La historia le da la razón insistentemente desde la Toma de la Bastilla o la proclamación de la Comuna. La durante años tan esperada emergencia de la ultraderecha española puede ser hoy un síntoma de ese efecto. Es el mismo que localizamos en el triunfo del descerebrado de Trump tras los años de Obama. Volviendo a nuestro país, tampoco sorprende que la caída del líder más significativo que ha dado la izquierda española en el siglo XXI se interprete como el cierre del ciclo del 15M. 

 

No estoy seguro de que sea tan sencillo. Podemos pensar que las aguas han vuelto a su cauce y que, por ejemplo, el bipartidismo ha superado su peor crisis. Pero sospecho que el vacío que se ha abierto en la confianza ciudadana hacia los partidos políticos dista mucho de ser una herida restañada. 

 



"No nos representan". Quienes ven a los Indignados de entonces como un rescoldo de utopismo revolucionario más o menos estéril y desfasado no están destinados a entenderlo, pero aquello no fue un movimiento de nostálgicos ni de cándidos. Ni siquiera los códigos de inteligibilidad que articularon el Mayo Francés son suficientes para entender lo que pasó en las plazas aquellos días inolvidables. Más allá de ciertos gestos más o menos desesperados o radicales, lo que de verdad unió a aquella diversidad de gentes fue la convicción de que el sistema nos había estafado. Pocos hablaban en los campamentos de 2011 del maoísmo, de la dictadura del proletariado o de nacionalizar los bancos. Lo diré de una vez: lo que de verdad reunió a la gente fue el miedo a no tener una vida. 

 

La indignación sacó a los ciudadanos de casa. La evidencia de que la crisis se estaba resolviendo con un colosal traslado de riqueza a favor de las élites confirmaba la evidencia de que el viejo pacto entre clases se había roto unilateralmente. Algunos llaman a este fenómeno "la secesión de los ricos". Me parece acertado. Algún allegado me dijo, al estallar la Gran Recesión, que "han decidido exterminarnos". Es un sarcasmo, una hipérbole arbitraria, sí, pero contiene un tercer sentido nada despreciable: el capitalismo globalizado está haciéndonos sentir que sobramos, que se nos permite vivir con tiempo prestado y que en el futuro ya solo podremos aspirar a la precariedad. Que a un joven se le diga que lo mejor del bienestar ya lo hemos quemado las generaciones anteriores resulta irritante; pero que mientras se te dice que vas a tener una biografía repleta de amenazas haya centenares de corruptos o las grandes fortunas aprovechen las penurias de la mayoría para incrementar su poder y su riqueza... buff, si no entendemos que ante tal panorama salga desacreditada la legitimidad de las instituciones es que no entendemos nada. 

 

Dijo Zizek no tener demasiada fe en el asambleísmo. "Yo no quiero gestionar la polis, sería un esfuerzo penoso y sobrehumano. Prefiero que lo hagan otros para yo poder dedicarme a escribir y a cuidar de mi casa." Hay mucha carga de cinismo en este razonamiento, como siempre en Zizek, pero tiene razón en lo esencial. Por eso yo reinterpretaría el eslogan central del 15M. "No nos representáis"... "pues aprended a hacerlo, joder". En otras palabras. El problema, al contrario de lo que piensan algunos antisistema inconsecuentes, no proviene del fracaso de la representación, sino de que han renunciado a representarnos, que es muy distinto. Yo sí quiero ser representado; otra cosa es si lo estoy siendo o no. 

 

Es esta la razón por la cual desconfío de quienes, como Amador Savater, insisten en el riesgo de que los partidos políticos -y creo que piensa en Podemos- secuestren el espíritu de las multitudes movilizadas para reificarlo en una organización jeraquizada y, finalmente, integrada en el sistema. Lo que consiguió el 15M -y yo creo que, con todos sus errores, Podemos ha aportado mucho a ello- es convencer a una gran parte de la ciudadanía de que la democracia tiene que abrirse paso día a día en medio de enormes dificultades. Ello supone un gran esfuerzo, el que  cada uno de nosotros ha de realizar en su trabajo, en su barrio y en su casa para vencer a los intolerantes, a los abusadores, a los corruptos...

 

Sí, diez años después quizá sea el momento de decir que el 15M ha fracasado. Pero, yo siempre vuelvo a Antonio Gramsci, los campamentos han extendido por la arena del debate público convicciones que hace solo unos años producían sorna. Por ejemplo, la de que el capitalismo, liberado del control de las instituciones democráticas, es una hoy una máquina destructiva capaz de exterminarnos a todos.  

 

Deberíamos deliberar sobre ello.

 

 

 

 

Wednesday, May 12, 2021

 


DIVERTIRSE HASTA MORIR

 

Algunos allegados se sorprenden porque no muestro especial pesar ante la concluyente derrota que “los míos” han sufrido en Madrid. De entrada debo alegar que no me ha sorprendido en exceso: Madrid es lo que es, y si un gobierno de izquierda es ya una anomalía para la Villa y Corte, para la comunidad autónoma es casi un imposible. Cuando fue posible, hace veinte años, sobornaron a dos miserables para que el PP siguiera gobernando la comunidad en la persona de Esperanza Aguirre, lo que desencadenó una larga secuencia de negligencia y corrupción, no exenta de esa chulería que, sospecho, debe tener algo que ver con eso del "a la madrileña" que hemos oído en la reciente campaña electoral . No parecen haber escarmentado, puesto que lo que se han buscado para sustituirla, tras el breve periodo de Cristina Cifuentes,  es al alter ego de Aguirre, la simpar señora Ayuso.

 

¿Les va bien la vida a los madrileños hasta el punto de mostrarse alérgicos a cualquier proyecto transformador y optar sistemáticamente por gobiernos conservadores? Quizá sea más exacto afirmar que “creen” que les va bien. Y si no, da igual: la derecha les brinda la posibilidad de echarles la culpa a los catalanes, a los inmigrantes, a Podemos y a las feministas. De alguna manera, y pese a la afición que tienen a declararse víctimas de la incomprensión ajena, los madrileños intuyen que su lugar en el mundo es afortunado y que cualquier aire de cambio sopla desde la periferia y con el objetivo de hurtarles protagonismo y privilegios. No hay más que reparar brevemente en el aire con el que los “madrileños profundos” deambulan en verano por la costa para darse cuenta de que su mayor carencia es la que creen que no tienen:  una verdadera perspectiva de conjunto respecto al Estado y todas sus singularidades. Por eso es completamente imposible que entiendan lo que está pasando en distintas comunidades, por ejemplo Euzkadi y Catalunya -aunque no solo ellas- donde los acontecimientos siguen una lógica cada vez más intraducible a los códigos de lo madrileño.


 


A mí me puede parecer un error colectivo votar mayoritariamente a la derecha y más aún a la ultraderecha, pero ésta es una apreciación muy personal y perfectamente discutible. Yo a estas alturas de la vida estoy seguro de muy poquitas cosas. Soy de izquierdas porque no sé ser otra cosa. Quizá esa tendencia de la que no sé cómo desembarazarme me condene a vivir en una melancolía crónica. 


Puedo pensar que Angel Gabilondo es el mejor dirigente que Madrid habría tenido nunca. Lo siento: no creo que los cinco millones de habitantes del territorio estén preparados para ver en este personaje tan solvente intelectual y éticamente mucho más que un muermo sin ningún poder de seducción. Puedo, de igual forma, enojarme porque se le otorgue crédito a una consigna tan ridícula como la de "comunismo o libertad", sobre todo cuando ha sido lanzada por un partido que pacta con señores que, a diferencia del PP, no tienen escrúpulos en proclamarse admiradores del Caudillo.


Pero claro, ya se sabe, los de Podemos son bolivarianos y el comunismo siempre fue totalitario... Por lo general siempre he pensado que los reaccionarios en España no suelen saber de qué hablan cuando hablan de comunismo. En cualquier caso, no creo que Podemos sea comunista, por más que sus líderes se hayan formado en el marxismo, cosa que no pienso reprocharles, entre otras cosas porque es algo que comparto con ellos... yo, que no soy comunista. En cualquier caso, si lo fueran tampoco creo que soñaran demasiado con imponer alguna suerte de régimen estalinista, pues si de algo se da cuenta buenos analistas del capitalismo como Errejón o Iglesias es que éste es prácticamente imbatible. Aún así, la prensa insiste en que la fobia a Pablo Iglesias ha movilizado el voto a la derecha incluso en los territorios más tradicionalmente inclinados a la izquierda. 



La prensa, digo... Tiene narices que Iglesias sea acusado de liberticida y de querer acabar con ella cuando, más allá de La Tuerka, tiene a todos los magnates del negocio periodístico, incluyendo a los de la prensa supuestamente progresista, acosándolo ferozmente desde hace un lustro hasta que han conseguido destruirle. Es una especie calumniosa y despreciable a la que se han adherido con entusiasmo incluso personajes tan intelectualmente respetables como Javier Marías, que hace de vocero semanal de algunos de los tópicos más ridículos del franquismo sociológico.


Aún así... bueno, quizá la izquierda no sea sino un sueño irresponsable. A lo mejor cada periodo de gobierno de izquierda solo es el tiempo que necesitan los españoles para acordarse de que la igualdad, la justicia social o el ecologismo son, después de todo, batallas destinadas a perderse ante la prosa del mundo y la realpolitik del sálvese quien pueda. 


Bien, pero permítanme una pequeña apostilla, porque hay algo que no pienso aceptar ni en mis momentos más escépticos. Es repugnante que la derecha capitalice las supuestas aspiraciones de libertad acusando al Gobierno Sánchez de llevar un año y medio aterrorizándonos. Y eso sí que no, güei. No estoy diciendo que la gestión de la pandemia haya sido impecable. Ni lo ha sido en el caso de Sánchez ni lo ha sido en el de los distintos gobiernos autonómicos, empezando por el de Madrid, que ha sido una sucesión de dislates. Llevamos mascarillas, se ponen multas a los que violan normas sanitarias y se nos confinó en casa durante meses, con las desastrosas consecuencias económicas que ya conocemos, porque había que hacerlo... Repito, lean mis labios: había que hacerlo. Se tomaron todas esas decisiones porque si no los hospitales habrían colapsado y porque, afortunadamente, no somos Brasil ni la India, países donde la mortalidad derivada del covid parece más propia de un feroz conflicto bélico. 



No sé si han oído las declaraciones de Carles Francino en la Ser, recién regresado de una convalecencia por la pandemia dichosa que estuvo muy cerca de matarle. Dice haber visto a los sanitarios que le salvaron la vida a él y a su familia llorar de rabia e impotencia mientras un hatajo de subnormales celebraban un multitudinario botellón en el centro 
de Madrid. 


Hay que desearle suerte a Ayuso, no estoy bromeando. Pero la libertad no es esto, no lo es en absoluto.