Wednesday, January 21, 2026

ADAMUZ









 



Cuando sobreviene la tragedia debemos elegir. Cabe exigir medidas de seguridad, incremento de inversiones, delimitación de responsabilidades… Todo esto se debe de hacer, pero lo que a mí me tienta es guardar silencio.



Vivimos en un sistema que se pretende hiperracionalizado. A mí el ferrocarril me ha parecido siempre un modelo de transporte precario. Tremendamente seductor, pero en permanente riesgo, pues el artefacto se desplaza por una estrecha vía que ha de estar siempre en perfectas condiciones. La invención del AVE situó a nuestra vieja nación en la tardomodernidad, convirtiendo los antiguos desplazamientos interminables en acelerados tours de force en los que -con la ayuda de otra invención reciente, el teléfono móvil- se cubren cientos de kilómetros sin establecer vínculos ni con los demás viajeros ni con el paisaje.

Según Paul Virilio, la velocidad cambia nuestra percepción del mundo, y determina por tanto una antropología diferente. No somos los mismos que se desplazan más rápido, somos otros. Es exactamente lo mismo que sucede con la electrónica, que no hace lo mismo con más facilidad, sino que hace algo distinto. “El medio es el mensaje”, dijo McLuhan… La velocidad es el mensaje. En realidad ya no nos desplazamos, viajar era otra cosa.

Si los barcos inventaron los naufragios, entonces convendremos en que los ordenadores crearon los virus y los trenes los descarrilamientos. Cuando creamos la Red de Alta Velocidad el volumen de uso de las vías era muchas veces inferior al actual. Nos desplazamos más veces y más rápido. Nos parece normal que sea así y nos vemos en condiciones de exigirlo. Los accidentes no suceden porque sí, pero aun así es inevitable que sucedan. El accidente y la catástrofe que desencadena son el reverso negativo de nuestra eficacia tecnológica. Si un tren se desplaza a trescientos por hora y se accidenta, la tragedia es espantosa. De igual manera, si se produce un apagón como el de hace unos meses, pero por algún motivo no se resuelve en unas horas, corremos el riesgo de volver a la Edad Media.


No somos fuertes, somos tremendamente débiles. Nuestra tecnología nos da muchas cosas pero está, me temo, destinada a destruirnos. Es lo único que puedo rescatar de esta tragedia: recordar que no hay una gran diferencia entre un insecto y yo. Muero con la misma facilidad y todos mis recuerdos, el amor a mi hija, la primera luz a la que dirigió sus ojos, el dolor del parto de su madre, la emoción de tanto olor a pura vida… todo desaparecerá, “como lágrimas en la lluvia”.

Mi edad no me ha hecho listo ni fuerte, pero he aprendido a valorar el colosal azar de estar vivos. Todos los días mueren seres humanos en todas partes, muchos de ellos en una terrible soledad. Pero cuando se produce una tragedia con docenas de muertos, uno piensa en tantos planes como tenían las víctimas en la cabeza, en el amante que les esperaba al volver a casa, en la camiseta de un ídolo que tienes en la habitación, en las fotos del viaje a París, en el carcinoma maligno que le quitaron de la garganta a tu madre, en aquella cervezas en la playa de O Grove…

Qué tristeza sin fin.